Es una buena vida
La tía Amy estaba en el porche delantero, meciéndose en la
silla de respaldo alto y abanicándose, cuando Bill Soames llegó por el camino
en bicicleta y se detuvo frente a la casa.
Sudoroso bajo el «sol» de la tarde, Bill sacó la caja de
provisiones de la gran canasta que llevaba sobre la rueda delantera de la
bicicleta y avanzó por el sendero de entrada.
El pequeño Anthony estaba sentado en el césped, jugando con
una rata. La había atrapado en el sótano: le había hecho creer que olía queso,
el queso más aromático, sabroso y desmenuzable que una rata pudiera imaginar.
La rata había salido de su agujero y ahora Anthony la sujetaba con la mente y
la obligaba a hacer trucos.
Cuando la rata vio acercarse a Bill Soames, intentó huir,
pero Anthony concentró el pensamiento en ella. La rata dio una voltereta sobre
el césped y quedó tendida, temblorosa, con los ojos brillantes de un pequeño
terror negro.
Bill Soames pasó deprisa junto a Anthony y llegó a los
escalones del porche mascullando. Siempre mascullaba cuando iba a la casa de
los Fremont, cuando pasaba frente a ella e incluso cuando pensaba en ella.
Todos lo hacían. Pensaban en tonterías, en cosas sin importancia, como dos y
dos son cuatro, dos veces cuatro son ocho, y así sucesivamente. Procuraban
enredar sus pensamientos y hacerlos saltar de un lado a otro para que Anthony
no pudiera leerles la mente. Mascullar ayudaba. Porque si Anthony captaba algo
intenso en tus pensamientos, podía ocurrírsele hacer algo al respecto: curar
las jaquecas de tu esposa o las paperas de tu hijo, hacer que tu vieja vaca
lechera volviera a dar leche con regularidad o arreglar la letrina. Y aunque
Anthony quizá no quisiera hacer daño, tampoco podía esperarse que supiera muy
bien qué convenía hacer en esos casos.
Eso, si le caías bien. Podía intentar ayudarte, a su manera.
Y el resultado podía ser bastante horrible.
Si no le caías bien… bueno, podía ser peor.
Bill Soames dejó la caja de provisiones sobre la baranda del
porche y dejó de mascullar el tiempo suficiente para decir:
—Todo lo que pidió, señorita Amy.
—Ah, muy bien, William —respondió Amy Fremont con ligereza—.
¡Vaya, qué calor tan terrible hace hoy!
Bill Soames estuvo a punto de encogerse. La miró con
expresión suplicante. Negó enérgicamente con la cabeza y volvió a dejar de
mascullar, aunque era evidente que no quería hacerlo.
—Oh, no diga eso, señorita Amy. Hace un tiempo estupendo,
estupendo. ¡Es un día muy bueno!
Amy Fremont se levantó de la mecedora y cruzó el porche. Era
alta y delgada, con una expresión sonriente y vacía en los ojos. Cerca de un
año atrás, Anthony se había enojado con ella porque le había dicho que no debía
convertir al gato en una alfombra. Aunque siempre la había obedecido más que a
cualquier otra persona —lo cual no era decir mucho—, aquella vez se había
vuelto contra ella. Con la mente. Y aquello había acabado con el brillo de los
ojos de Amy Fremont y con la Amy Fremont que todos habían conocido. Fue
entonces cuando corrió la voz por Peaksville —cuarenta y seis habitantes— de
que ni siquiera la propia familia de Anthony estaba a salvo. A partir de ese
momento, todos redoblaron sus precauciones.
Tal vez algún día Anthony deshiciera lo que le había hecho a
la tía Amy. Eso esperaban su mamá y su papá. Cuando fuera mayor y quizá se
arrepintiera. Si es que era posible. Porque la tía Amy había cambiado mucho y,
además, Anthony ya no obedecía a nadie.
—Santo cielo, William —dijo la tía Amy—, no tienes que
mascullar así. Anthony no te haría daño. ¡Santo cielo, le caes bien!
Alzó la voz y llamó a Anthony, que ya se había cansado de la
rata y ahora la obligaba a comerse a sí misma.
—¿Verdad, cariño? ¿Verdad que te cae bien el señor Soames?
Anthony miró al repartidor al otro lado del césped. Tenía
los ojos violetas, brillantes y húmedos. No dijo nada. Bill Soames intentó
sonreírle. Al cabo de un segundo, Anthony volvió a ocuparse de la rata. Ya se
había devorado la cola, o al menos se la había arrancado a mordiscos, porque
Anthony la había obligado a morder más rápido de lo que podía tragar, y sobre
el césped verde había a su alrededor pequeños trozos rosados y rojos cubiertos
de pelo. Ahora la rata tenía dificultades para alcanzar la parte trasera del
cuerpo.
Mascullando para sus adentros y esforzándose todo lo posible
por no pensar en nada concreto, Bill Soames recorrió el sendero con las piernas
rígidas, montó en su bicicleta y se alejó pedaleando.
—Nos veremos esta noche, William —le gritó la tía Amy.
Mientras Bill Soames pedaleaba, en el fondo deseaba poder
hacerlo el doble de rápido para alejarse cuanto antes de Anthony y también de
la tía Amy, que a veces olvidaba lo cuidadoso que había que ser. Y no
debería haber pensado eso. Porque Anthony lo captó. Captó el deseo de alejarse
de la casa de los Fremont como si fuera algo malo. Parpadeó con sus ojos
violetas y lanzó hacia Bill Soames un pequeño pensamiento malhumorado. Solo
uno, porque ese día estaba de buen ánimo y, además, Bill Soames le caía bien, o
al menos no le caía mal. Por lo menos ese día. Bill Soames quería irse, así que
Anthony, fastidiado, lo ayudó.
Pedaleando a una velocidad sobrehumana —o, mejor dicho,
dando la impresión de hacerlo, porque en realidad era la bicicleta la que lo
pedaleaba a él—, Bill Soames desapareció camino abajo en medio de una nube de
polvo. Su agudo gemido de terror quedó flotando tras él en el calor veraniego.
Anthony miró a la rata. Se había devorado la mitad del
vientre y había muerto de dolor. La enterró con el pensamiento en lo más
profundo del maizal —su padre le había dicho una vez, sonriendo, que bien podía
hacer eso con las cosas que mataba— y rodeó la casa, proyectando su extraña
sombra bajo la ardiente luz cobriza que caía desde lo alto.
En la cocina, la tía Amy sacaba las provisiones de la caja. Colocó en los
estantes los alimentos conservados en frascos Mason, guardó la carne y la leche
en la hielera y echó el azúcar de remolacha y la harina de molienda gruesa en
grandes recipientes bajo el fregadero. Dejó la caja de cartón en un rincón,
junto a la puerta, para que el señor Soames la recogiera la próxima vez que
fuera. Estaba manchada, abollada y rota, y de tan gastada se había cubierto de
pelusa, pero era una de las pocas que quedaban en Peaksville. En letras rojas
desvaídas decía «Campbell’s Soup». Las últimas latas de sopa, como las de
cualquier otra cosa, se habían consumido hacía mucho, salvo por una pequeña
reserva comunitaria a la que los habitantes recurrían en ocasiones especiales.
Pero la caja seguía allí, como un ataúd, y cuando esa y las demás
desaparecieran, los hombres tendrían que fabricar otras de madera.
La tía Amy salió al patio trasero, donde la mamá de Anthony
—hermana de la tía Amy— desgranaba guisantes sentada a la sombra de la casa.
Cada vez que Mamá deslizaba un dedo por una vaina, los guisantes
caían plop-plop-plop en la fuente que tenía sobre el regazo.
—William trajo las provisiones —dijo la tía Amy.
Cansada, se sentó en la silla de respaldo recto junto a Mamá
y volvió a abanicarse. En realidad no era vieja, pero desde que Anthony se
había vuelto contra ella con la mente, algo parecía andar mal en su cuerpo
además de en su cabeza, y estaba cansada todo el tiempo.
—Ah, qué bien —dijo Mamá.
Los gruesos guisantes cayeron en la fuente: plop.
En Peaksville, todos decían siempre «Ah, muy bien», «Bueno»
o «¡Vaya, qué estupendo!» cada vez que ocurría algo o alguien mencionaba casi
cualquier cosa, incluso desgracias como accidentes o muertes. Siempre decían
«Bueno» porque, si no intentaban ocultar lo que sentían de verdad, Anthony
podía captarlo con la mente y entonces nadie sabía qué podía suceder. Como
aquella vez en que Sam, el esposo de la señora Kent, había regresado caminando
del cementerio porque a Anthony le caía bien la señora Kent y la había oído
lamentarse.
Plop.
—Esta noche toca televisión —dijo la tía Amy—. Me alegro.
Todas las semanas espero con muchas ganas que llegue esta noche… Me pregunto
qué veremos hoy.
—¿Bill trajo la carne? —preguntó Mamá.
—Sí.
La tía Amy se abanicó mientras levantaba la vista hacia el
resplandor cobrizo y uniforme del cielo.
—¡Santo Dios, qué calor! Ojalá Anthony hiciera que
refrescara solo un poco…
—¡Amy!
—¡Oh!
El tono cortante de Mamá logró lo que no había conseguido la
expresión atormentada de Bill Soames. La tía Amy se llevó una mano a la boca
con un gesto exagerado de alarma.
—Oh… Lo siento, querida.
Sus ojos azul pálido se movieron de un lado a otro para
comprobar si Anthony estaba a la vista. Aunque daba lo mismo: no necesitaba
estar cerca para saber qué pensabas. Por lo general, cuando no tenía la
atención puesta en alguien, se mantenía ocupado con sus propios pensamientos.
Pero algunas cosas atraían su atención. Nunca se podía saber
con certeza cuáles.
—Este tiempo es estupendo —dijo Mamá.
Plop.
—Oh, sí —dijo la tía Amy—. Es un día maravilloso. ¡No
querría que cambiara por nada del mundo!
Plop.
Plop.
—¿Qué hora es? —preguntó Mamá.
Desde donde estaba sentada, la tía Amy veía a través de la
ventana de la cocina el despertador que había en el estante sobre la estufa.
—Las cuatro y media —dijo.
Plop.
—Quiero que esta noche sea algo especial —dijo Mamá—. ¿Bill
trajo un buen trozo de carne magra para asar?
—Sí, bien magro, querida. Sacrificaron al animal hoy mismo,
ya sabes, y nos enviaron el mejor trozo.
—¡Dan Hollis se va a sorprender tanto cuando
descubra que la reunión de esta noche también es su fiesta de cumpleaños!
—¡Oh, yo creo que sí! ¿Seguro que nadie se lo ha
contado?
—Todos juraron que no lo harían.
—Será muy bonito.
La tía Amy asintió, mirando hacia el maizal.
—Una fiesta de cumpleaños.
—Bueno… —Mamá dejó la fuente de guisantes a su lado, se puso
de pie y se sacudió el delantal—. Será mejor que meta la carne en el horno.
Después podremos poner la mesa.
Recogió los guisantes.
Anthony apareció por la esquina de la casa. No las miró.
Siguió avanzando por el jardín, cuidadosamente atendido —todos los jardines de
Peaksville estaban cuidadosamente atendidos, muy cuidadosamente atendidos—, dejó
atrás los restos inservibles del automóvil de la familia Fremont, pasó por
encima de la cerca sin esfuerzo y se internó en el maizal.
—¡Qué día tan hermoso! —dijo Mamá en voz un poco alta
mientras se dirigían hacia la puerta trasera.
La tía Amy se abanicó.
—Un día precioso, querida. ¡Estupendo!
En el maizal, Anthony caminó entre las altas hileras de
tallos verdes, que se agitaban con un leve rumor. Le gustaba el olor del maíz:
el maíz vivo sobre su cabeza y el maíz viejo y muerto bajo sus pies. A cada paso,
la fértil tierra de Ohio, cubierta de maleza y de mazorcas marrones, secas y
podridas, se le metía entre los dedos de los pies descalzos. La noche anterior
había hecho llover para que aquel día todo oliera bien y fuera agradable al
tacto.
Atravesó el maizal hasta el otro extremo y llegó a una
arboleda verde y sombría. Bajo los árboles, el terreno era fresco, húmedo y
oscuro, cubierto de maleza frondosa y rocas amontonadas, tapizadas de musgo. Un
pequeño manantial brotaba entre ellas y formaba una poza de agua clara y
limpia. A Anthony le gustaba descansar allí y observar los pájaros, los
insectos y los pequeños animales que se movían entre la vegetación, entre
crujidos y gorjeos. Le gustaba tenderse en el suelo fresco, mirar hacia arriba
a través del follaje que se mecía sobre su cabeza y observar los insectos
revolotear en los suaves y brumosos rayos de sol que atravesaban las hojas como
barras oblicuas de luz entre el suelo y las copas de los árboles. De algún
modo, le gustaban más los pensamientos de las pequeñas criaturas de aquel lugar
que los de fuera. Aunque los que captaba allí no eran muy intensos ni muy
claros, podía percibir lo suficiente para saber qué les gustaba y qué querían.
Dedicaba mucho tiempo a transformar la arboleda en el lugar que ellas querían.
El manantial no siempre había estado allí. Una vez había percibido la sed en
una pequeña mente peluda y había hecho brotar a la superficie un caudal de agua
subterránea, clara y fría. Luego, parpadeando, había observado a la criatura
beber y había sentido su placer. Más tarde creó la poza cuando percibió en la
criatura un pequeño impulso de nadar.
Había creado rocas, árboles, arbustos y cuevas, zonas de sol
y rincones de sombra, porque en las diminutas mentes que lo rodeaban percibía
el deseo —o la necesidad instintiva— de un lugar para descansar, otro para
aparearse, otro para jugar y otro para vivir. De algún modo, los animales de
los campos y pastizales de los alrededores parecían saber que aquel era un buen
lugar, porque cada vez llegaban más. Siempre que Anthony iba allí encontraba
más criaturas que la vez anterior y más deseos y necesidades de los que
ocuparse. Siempre aparecía alguna criatura de una especie que nunca había
visto. Anthony encontraba sus pensamientos, descubría lo que quería y se lo
daba. Le gustaba ayudarlas. Le gustaba sentir aquella sencilla satisfacción.
Ese día descansó bajo un olmo frondoso y alzó los ojos
violetas hacia un pájaro rojo y negro que acababa de llegar a la arboleda. El
ave gorjeaba en una rama sobre su cabeza, saltaba de un lado a otro y en su
pequeña mente iban y venían pensamientos diminutos. Anthony le hizo un nido
grande y mullido, y al poco rato el pájaro saltó dentro.
Un animal de cuerpo alargado y pelaje pardo y lustroso bebía
en la poza. Anthony percibió entonces sus pensamientos. El animal acechaba a
una criatura más pequeña que correteaba por el suelo al otro lado de la poza,
escarbando en busca de insectos. La pequeña criatura ignoraba que estaba en
peligro. El animal pardo terminó de beber y tensó las patas para saltar.
Anthony lo enterró con el pensamiento en el maizal.
No le gustaba esa clase de pensamientos. Le recordaban los
que encontraba fuera de la arboleda. Mucho tiempo atrás, algunas personas
habían tenido esa clase de pensamientos sobre él. Una noche se escondieron y
esperaron a que regresara de la arboleda, y Anthony sencillamente las mandó a
todas al maizal con el pensamiento. Desde entonces, los demás no habían vuelto
a pensar de ese modo, al menos no con claridad. Ahora, cuando pensaban en él o
se encontraban cerca, sus pensamientos se volvían confusos y desordenados, así
que Anthony apenas les prestaba atención.
A veces también le gustaba ayudar a la gente, pero no era
tan sencillo ni le resultaba tan gratificante. Cuando lo hacía, nunca
encontraba en sus mentes pensamientos felices, solo aquel revoltijo. Por eso
pasaba más tiempo en la arboleda.
Durante un rato observó a los pájaros, los insectos y las
criaturas peludas. Luego jugó con un ave: la hizo remontarse, lanzarse en
picada y volar a toda velocidad entre los troncos, hasta que otro pájaro
distrajo su atención por un instante y, sin querer, la hizo estrellarse contra
una roca. Fastidiado, enterró la roca con el pensamiento en el maizal, pero ya
no pudo hacer nada más por el pájaro. No porque estuviera muerto, aunque lo
estaba, sino porque tenía un ala rota. Así que volvió a la casa. Como no tenía
ganas de cruzar el maizal a pie, sencillamente apareció allí, directamente en
el sótano.
Ahí abajo se estaba bien. Era oscuro, húmedo y hasta olía
bien. Tiempo atrás, Mamá había guardado conservas en una estantería junto a la
pared del fondo, pero dejó de bajar al sótano cuando Anthony empezó a pasar
tiempo allí. Las conservas se habían echado a perder y su contenido se había
derramado por el suelo de tierra. A Anthony le gustaba aquel olor.
Atrapó otra rata haciéndole creer que olía queso. Después de
jugar con ella, la enterró con el pensamiento junto al animal alargado que
había matado en la arboleda. La tía Amy odiaba las ratas, así que Anthony
mataba muchas: ella era quien más le agradaba y a veces hacía lo que ella
quería. Su mente se parecía más que ninguna otra a las pequeñas mentes peludas
de la arboleda. Hacía mucho tiempo que no pensaba nada malo de él.
Después de la rata, jugó con una gran araña negra que había
en un rincón bajo la escalera. La hizo correr de un lado a otro hasta que la
telaraña tembló y relució a la luz de la ventana del sótano como un reflejo
sobre agua plateada. Luego hizo que unas moscas de la fruta volaran hacia la
telaraña, hasta que la araña se volvió frenética intentando envolverlas a
todas. A la araña le gustaban las moscas y sus pensamientos eran más fuertes
que los de ellas, así que Anthony le dio lo que quería. Había algo malo en
aquel gusto por las moscas, aunque él no entendía bien qué. Además, la tía Amy
también odiaba las moscas.
Oyó pasos sobre su cabeza: Mamá se movía por la cocina.
Parpadeó con sus ojos violetas y estuvo a punto de decidir que la obligaría a
quedarse quieta. En cambio, subió al ático. Durante un rato miró por la ventana
circular de la larga habitación con techos a dos aguas: el césped delantero, el
camino polvoriento y, más allá, el trigal de Henderson, con las espigas
balanceándose. Luego se acurrucó en una postura inverosímil y se quedó medio
dormido.
Anthony captó el pensamiento de Mamá: pronto empezaría a
llegar la gente para ver televisión.
Se adormeció un poco más. Le gustaban las noches de
televisión. A la tía Amy siempre le había gustado mucho la televisión, así que
una vez Anthony había creado para ella, con el pensamiento, una especie de
programa de televisión. Había otras personas allí en ese momento y la tía Amy
se sintió decepcionada cuando quisieron marcharse. Anthony les había hecho algo
por eso, y desde entonces todos acudían a ver televisión.
Le gustaba que todos le prestaran tanta atención.
* * *
El padre de Anthony llegó a casa cerca de las seis y media,
cansado, sucio y ensangrentado. Había pasado el día en el pastizal de Dunn con
los demás hombres, ayudando a escoger la vaca destinada al sacrificio de ese
mes. Después la mataron, la descuartizaron y salaron la carne para guardarla en
el depósito de hielo de Soames. No era una tarea que le gustara, pero todos los
hombres debían cumplir su turno. El día anterior había ayudado a segar el trigo
del viejo McIntyre. Al siguiente empezarían a trillarlo. A mano. En Peaksville
todo tenía que hacerse a mano.
Besó a su esposa en la mejilla y se sentó a la mesa de la
cocina. Sonrió.
—¿Dónde está Anthony?
—En algún lugar por ahí —respondió Mamá.
La tía Amy estaba junto a la cocina de leña, revolviendo la
gran olla de guisantes. Mamá volvió al horno, lo abrió y bañó el asado con su
jugo.
—Bueno, ha sido un buen día —dijo Papá por pura
costumbre.
Entonces miró el cuenco y la tabla de amasar que había sobre
la mesa. Olfateó la masa.
—Mmm —dijo—. Tengo tanta hambre que podría comerme una
hogaza entera yo solo.
—Nadie le contó a Dan Hollis que esto también sería una
fiesta de cumpleaños, ¿verdad? —preguntó su esposa.
—No. Nos quedamos callados como momias.
—¡Le hemos preparado una sorpresa preciosa!
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—Bueno… Ya sabes cuánto le gusta la música a Dan. Pues la
semana pasada Thelma Dunn encontró un disco en el ático.
—¡No!
—¡Sí! Hicimos que Ethel sacara el tema como al pasar, ya
sabes, para averiguar si tenía ese disco sin llegar
a preguntárselo de verdad. Y dijo que no. ¿No es una sorpresa
maravillosa?
—Vaya, claro que sí. ¡Un disco! Imagínate. Qué buen
hallazgo. ¿Cuál es?
—Perry Como cantando «You Are My Sunshine».
—Caramba. Siempre me gustó esa canción.
Sobre la mesa había unas zanahorias crudas. Papá tomó una
pequeña, la frotó contra su camisa y le dio un mordisco.
—¿Y cómo dio Thelma con él?
—Oh, ya sabes. Solo estaba buscando cosas nuevas.
—Mmm.
Papá masticó la zanahoria.
—Oye, ¿quién tiene aquel cuadro que encontramos hace un
tiempo? A mí me gustaba bastante, el del viejo clíper navegando…
—Los Smith. La próxima semana se lo darán a los Sipich y
estos les entregarán a los Smith la caja de música del viejo McIntyre, y nosotros
les daremos a los Sipich…
Y fue repasando el orden provisional en que las cosas irían
pasando de unas manos a otras entre las mujeres de la iglesia ese domingo.
Él asintió.
—Parece que tardaremos en volver a tener el cuadro. Oye,
cariño, podrías intentar recuperar ese libro de detectives de los Reilly. La
semana que lo tuvimos estuve tan ocupado que no alcancé a leer todos los
relatos.
—Lo intentaré —dijo su esposa con tono dudoso—. Pero me
dijeron que los Van Husen tienen un estereoscopio que encontraron en el sótano.
Había un leve reproche en su voz.
—Lo tuvieron dos meses enteros antes de contárselo a nadie.
—Vaya —dijo Papá, interesado—. Eso también estaría bien.
¿Tiene muchas imágenes?
—Supongo que sí. Lo averiguaré el domingo. Me gustaría
tenerlo, pero todavía estamos en deuda con los Van Husen por lo del canario. No
sé por qué ese pájaro tuvo que venir a morirse precisamente
en nuestra casa. Debía de estar enfermo cuando lo recibimos. Ahora no
hay manera de contentar a Betty Van Husen. ¡Hasta insinuó que le gustaría
quedarse un tiempo con nuestro piano!
—Bueno, cariño, intenta conseguir el estereoscopio o
cualquier otra cosa que creas que nos pueda gustar.
Por fin se tragó la zanahoria. Estaba algo verde y dura. Los
caprichos de Anthony con el clima hacían imposible saber qué cultivos llegarían
a brotar o en qué condiciones estarían si lo hacían. Lo único que podían hacer
era sembrar mucho. Cada temporada, por lo menos algún cultivo prosperaba lo
suficiente para que pudieran subsistir. Solo una vez habían tenido un excedente
de grano. Llevaron toneladas hasta el borde de Peaksville y las arrojaron a la
nada. De otro modo, cuando empezara a pudrirse, nadie habría podido respirar.
—Sabes —continuó Papá—, es agradable tener cosas nuevas por
aquí. También es agradable pensar que probablemente todavía quedan muchas cosas
que nadie ha encontrado, en sótanos, áticos y graneros, escondidas detrás de
otras cosas. Ayudan, de algún modo. Aunque tampoco hay gran cosa que pueda
ayudar…
—¡Shhh! —Mamá miró nerviosa a su alrededor.
—Oh —dijo Papá, apresurándose a sonreír—. ¡No pasa nada!
¡Las cosas nuevas son buenas! Es agradable tener cerca algo que uno nunca
ha visto y saber que algo que le has dado a otra persona la hace feliz. Eso es
algo muy bueno.
—Algo bueno —repitió su esposa.
—Muy pronto —dijo la tía Amy desde la cocina— ya no quedarán
cosas nuevas. Habremos encontrado todo lo que hay por encontrar. Santo cielo,
qué lástima será.
—¡Amy!
—Bueno…
Sus ojos pálidos estaban vacíos y fijos, señal de la
confusión que la invadía de vez en cuando.
—Será una pena, nada más. Que no queden cosas nuevas…
—No hables así —dijo Mamá, temblando—.
¡Amy, cállate!
—Es bueno —dijo Papá con aquel tono fuerte y
familiar que usaba cuando quería hacerse oír—. Hablar así es bueno. No pasa
nada, cariño, ¿no lo ves? Es bueno que Amy hable como quiera.
Es bueno que se sienta mal. Todo es bueno.
Todo tiene que ser bueno.
La madre de Anthony estaba pálida. La tía Amy también: el
peligro del momento acababa de abrirse paso entre las nubes que envolvían su
mente. A veces era difícil manejar las palabras sin que pudieran acabar en
desastre. Uno nunca sabía. Había tantas cosas que convenía no decir, ni
siquiera pensar… Pero reprender a alguien por decirlas o pensarlas podía ser
igual de peligroso si Anthony lo oía y decidía intervenir. Nunca
se sabía qué podía llegar a hacer Anthony.
Todo tenía que ser bueno. Tenía que estar bien tal como
estaba, aunque no lo estuviera. Siempre. Porque cualquier cambio podía ser
peor. Muchísimo peor.
—Oh, santo cielo, sí, por supuesto que es bueno —dijo Mamá—.
Habla como quieras, Amy, y estará perfectamente bien. Claro que conviene
recordar que hay maneras mejores que otras.
La tía Amy revolvió los guisantes, con el miedo reflejado en
sus ojos pálidos.
—Oh, sí —dijo—. Pero ahora mismo no tengo ganas de hablar.
Es bueno que no tenga ganas de hablar.
Papá dijo con una sonrisa cansada:
—Voy a lavarme.
* * *
Comenzaron a llegar cerca de las ocho. Para entonces, Mamá y
la tía Amy habían puesto la mesa grande del comedor y otras dos a un lado. Las
velas estaban encendidas, las sillas en su sitio y Papá había prendido un gran
fuego en la chimenea.
Los primeros en llegar fueron John y Mary Sipich. John
llevaba su mejor traje. Después de pasar el día en el pastizal de McIntyre, se
había lavado a fondo y tenía la cara sonrosada. El traje estaba cuidadosamente
planchado, aunque empezaba a gastarse en los codos y los puños. El viejo
McIntyre estaba construyendo un telar guiándose por ilustraciones de libros
escolares, pero avanzaba despacio. Era hábil con la madera y las herramientas,
aunque fabricar un telar era una tarea enorme cuando no se podían conseguir
piezas metálicas. Al principio, McIntyre había sido uno de los que quisieron
convencer a Anthony de que produjera cosas que el pueblo necesitaba, como ropa,
conservas, suministros médicos y gasolina. Desde entonces se sentía culpable de
lo que les había ocurrido a toda la familia Terrance y a Joe Kinney, y se
esforzaba por compensar a los demás. Y desde entonces nadie había vuelto a
pedirle nada a Anthony.
Mary Sipich era una mujer pequeña y alegre que llevaba un
vestido sencillo. Enseguida se puso a ayudar a Mamá y a la tía Amy con los
últimos preparativos de la cena.
Los siguientes en llegar fueron los Smith y los Dunn, que
vivían en casas contiguas más abajo por el camino, a solo unos metros de la
nada. Llegaron en la carreta de los Smith, tirada por su viejo caballo.
Luego llegaron los Reilly, que venían de más allá del trigal
ya oscuro, y la velada comenzó de verdad. Pat Reilly se sentó ante el gran
piano vertical de la sala y empezó a tocar las canciones populares cuyas
partituras estaban en el atril. Tocaba suavemente, con toda la expresividad de
que era capaz, pero nadie cantaba. A Anthony le encantaba el piano, pero no el
canto. A menudo subía del sótano, bajaba del ático o
sencillamente aparecía, se sentaba encima del piano y asentía con la
cabeza mientras Pat tocaba «Lover», «Boulevard of Broken Dreams» o «Night and
Day». Parecía preferir las baladas, las canciones de melodía dulce. La única
vez que alguien se puso a cantar, Anthony lo miró desde lo alto del piano e
hizo algo tras lo cual nadie volvió a atreverse a cantar. Más tarde llegaron a
la conclusión de que el piano había sido lo primero que Anthony oyó, antes de
que nadie intentara cantar, y que ahora cualquier cosa que se añadiera al piano
le sonaba mal y lo distraía de su placer.
Por eso Pat tocaba el piano todas las noches de televisión,
y así comenzaba la velada. Dondequiera que estuviera Anthony, la música lo
hacía feliz, lo ponía de buen ánimo y le hacía saber que se estaban reuniendo
para ver televisión y que lo esperaban.
A las ocho y media habían llegado todos, salvo los
diecisiete niños y la señora Soames, que los cuidaba en la escuela del extremo
más alejado del pueblo. A los niños de Peaksville nunca, nunca se les permitía
acercarse a la casa de los Fremont, no desde que el pequeño Fred Smith había
intentado jugar con Anthony porque lo habían desafiado. A los más pequeños ni
siquiera les hablaban de Anthony. Los mayores casi lo habían olvidado o les
decían que era un duende muy, muy bueno, pero que jamás debían acercarse a él.
Dan y Ethel Hollis llegaron tarde, y Dan entró sin sospechar
nada. Pat Reilly había tocado hasta que le dolieron las manos, ya cansadas por
el trabajo del día. Entonces se levantó y todos rodearon a Dan Hollis para
desearle un feliz cumpleaños.
—Caramba —dijo Dan, sonriendo—. Esto es estupendo. No
me lo esperaba en absoluto… Caramba, ¡es estupendo!
Le entregaron los regalos. Casi todos eran objetos hechos a
mano, aunque algunos habían pertenecido a otras personas y ahora se los
regalaban a él. John Sipich le regaló un colgante para la cadena del reloj,
tallado a mano en un trozo de madera de nogal americano. El reloj de Dan había
dejado de funcionar hacía cosa de un año y nadie en el pueblo sabía cómo
repararlo, pero él seguía llevándolo consigo porque había pertenecido a su
abuelo y era una magnífica pieza antigua, pesada, de oro y plata. Enganchó el
colgante a la cadena mientras todos reían y elogiaban el trabajo de John. Luego
Mary Sipich le regaló una corbata tejida. Dan se quitó la que llevaba y se puso
la nueva de inmediato.
Los Reilly le regalaron una cajita que habían hecho para
guardar cosas. No dijeron qué cosas, pero Dan afirmó que guardaría en ella sus
joyas personales. La habían hecho con una caja de puros, quitándole
cuidadosamente el papel y forrando el interior con terciopelo. El exterior
estaba pulido y Pat lo había tallado con esmero, aunque sin demasiada pericia.
Aun así, también elogiaron su trabajo. Dan Hollis recibió muchos otros regalos:
una pipa, un par de cordones para zapatos, un alfiler de corbata, un par de
calcetines tejidos, unos trozos de fudge y unas ligas hechas con
tirantes viejos.
Desenvolvió cada regalo con enorme placer y se puso allí
mismo tantos como pudo, incluso las ligas. Encendió la pipa y aseguró que jamás
había fumado nada mejor. No era del todo cierto, porque la pipa aún no estaba
curada. Pete Manners la tenía guardada desde que la recibió cuatro años atrás
como regalo de un pariente de fuera del pueblo que no sabía que había dejado de
fumar.
Dan puso el tabaco en la cazoleta con sumo cuidado. El
tabaco era muy valioso. Había sido pura suerte que Pat Reilly decidiera probar
a cultivarlo en el patio trasero poco antes de que pasara lo que pasó en
Peaksville. No crecía demasiado bien y después había que curarlo, desmenuzarlo
y hacer todo el resto del trabajo, así que era realmente valioso. Todos en el
pueblo usaban unas boquillas de madera fabricadas por el viejo McIntyre para
aprovechar mejor las colillas.
Por último, Thelma Dunn le entregó a Dan Hollis el disco que
había encontrado.
Los ojos de Dan se humedecieron incluso antes de abrir el
paquete. Sabía que era un disco.
—Santo cielo —dijo en voz baja—. ¿Cuál es? Casi me da miedo
mirarlo…
—No lo tienes, cariño —dijo Ethel Hollis con una sonrisa—.
¿No recuerdas que te pregunté por «You Are My Sunshine»?
—Santo cielo —repitió Dan.
Quitó el envoltorio con cuidado y se quedó acariciando el
disco, deslizando sus grandes manos por los surcos gastados, cruzados por
diminutas rayas que los habían vuelto opacos. Miró a su alrededor con los ojos
brillantes y todos le devolvieron la sonrisa, sabiendo lo feliz que estaba.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —dijo Ethel, rodeándolo con los
brazos y besándolo.
Sujetó el disco con ambas manos y lo apartó hacia un lado
mientras ella se apretaba contra él.
—Oye —dijo riendo y echando la cabeza hacia atrás—, ten
cuidado. ¡Tengo algo de valor incalculable en las manos!
Volvió a mirar a su alrededor por encima de los brazos de su
esposa, que continuaban rodeándole el cuello. Había avidez en sus ojos.
—Oigan… ¿Creen que podríamos ponerlo? Dios mío, qué no daría
por oír música nueva. Aunque fuera solo el principio, la parte de la orquesta,
antes de que Como empiece a cantar.
Los rostros se pusieron serios. Después de un minuto, John
Sipich dijo:
—No creo que debamos hacerlo, Dan. Después de todo, no
sabemos exactamente cuándo empieza a cantar. Sería demasiado arriesgado. Mejor
espera hasta llegar a casa.
Dan Hollis dejó el disco a regañadientes sobre el aparador,
junto a todos sus otros regalos.
—Es bueno —dijo automáticamente, aunque
decepcionado— que no pueda ponerlo aquí.
—Oh, sí —dijo Sipich—. Es bueno.
Para compensar el tono decepcionado de Dan, lo repitió:
—Es bueno.
Cenaron a la luz de las velas, que iluminaban sus rostros sonrientes, y se lo
comieron todo, hasta la última gota de la deliciosa salsa. Elogiaron a Mamá y a
la tía Amy por la carne asada, los guisantes con zanahorias y las tiernas mazorcas
de maíz. Como era natural, el maíz no procedía del maizal de los Fremont. Todos
sabían lo que había allí y la maleza empezaba a apoderarse del terreno. Luego
acabaron con el postre: helado casero y galletas. Al terminar, se recostaron en
las sillas, a la luz vacilante de las velas, y conversaron mientras esperaban
la televisión.
En las noches de televisión no se mascullaba demasiado.
Todos iban a casa de los Fremont, cenaban bien y aquello era agradable. Después
venía la televisión, pero nadie pensaba demasiado en eso: simplemente había que
soportarla. Así que las reuniones eran bastante agradables, salvo porque todos
tenían que vigilar lo que decían con el mismo cuidado de siempre. Si se te
cruzaba por la cabeza un pensamiento peligroso, empezabas a mascullar, aunque
estuvieras en mitad de una frase. Los demás simplemente te ignoraban hasta que
volvías a sentirte más feliz y dejabas de hacerlo.
A Anthony le gustaban las noches de televisión. Durante todo
el año anterior solo había hecho dos o tres cosas terribles en esas veladas.
Mamá había puesto una botella de brandy sobre la mesa y cada
uno tomó una copita. El licor era todavía más valioso que el tabaco. Los
habitantes podían hacer vino, pero ni las uvas eran adecuadas ni dominaban bien
la técnica, y el resultado no era muy bueno. En todo el pueblo solo quedaban
unas pocas botellas de licor de verdad: cuatro de whisky de centeno, tres de
whisky escocés, tres de brandy, nueve de vino de verdad y media botella de
Drambuie del viejo McIntyre, reservada para las bodas. Cuando se acabaran, no
habría más.
Después todos se arrepintieron de haber sacado el brandy.
Dan Hollis bebió más de la cuenta y lo mezcló con bastante vino casero. Al
principio nadie le dio importancia, porque no se le notaba demasiado y, al fin
y al cabo, era su fiesta de cumpleaños y todos estaban de buen ánimo. Además, a
Anthony le gustaban aquellas reuniones y, aunque estuviera escuchando, no
tendría por qué encontrar motivo para hacer nada. Pero Dan Hollis se emborrachó
e hizo una estupidez. Si hubieran visto venir lo que iba a pasar, lo habrían
sacado a caminar un rato.
Lo primero que notaron fue que Dan dejó de reír en mitad del
relato de cómo Thelma Dunn había encontrado el disco de Perry Como, lo había
dejado caer y había conseguido atraparlo antes de que se rompiera, moviéndose
más rápido que nunca en su vida. Había vuelto a acariciar el disco y miraba con
anhelo el gramófono de los Fremont, en un rincón. De pronto dejó de reír. Se le
borró la expresión del rostro, luego se le endurecieron las facciones y dijo:
—¡Oh, Cristo!
La habitación quedó en silencio al instante. Tanto que
podían oír el zumbido del mecanismo del reloj de pie del vestíbulo. Pat Reilly
había estado tocando el piano con suavidad. Se detuvo con las manos suspendidas
sobre las teclas amarillentas.
Las velas de la mesa del comedor titilaron cuando una brisa
fresca se coló entre las cortinas de encaje del ventanal.
—Sigue tocando, Pat —dijo en voz baja el padre de Anthony.
Pat volvió a tocar. Tocó «Night and Day», pero no dejaba de
mirar de reojo a Dan Hollis y fallaba algunas notas.
Dan estaba de pie en medio de la habitación, con el disco en
una mano. En la otra apretaba con tanta fuerza una copa de brandy que la mano
le temblaba.
Todos lo miraban.
—Cristo —repitió, haciendo que sonara como una
palabrota.
El reverendo Younger, que conversaba con Mamá y la tía Amy
junto a la puerta del comedor, también pronunció «Cristo», pero él lo decía
como parte de una oración. Tenía las manos unidas y los ojos cerrados.
John Sipich se adelantó.
—Vamos, Dan. Es bueno que hables de ese modo, pero
ya sabes que no debes hablar demasiado.
Dan apartó de un tirón la mano que Sipich le había puesto en
el brazo.
—Ni siquiera puedo poner mi propio disco —dijo en voz alta.
Miró el disco y después los rostros que lo rodeaban.
—Oh, Dios mío…
Arrojó el brandy de la copa contra la pared. El licor
salpicó y dejó regueros en el empapelado.
Algunas mujeres soltaron un grito ahogado.
—Dan —susurró Sipich—. Dan, ya basta.
Pat Reilly tocaba «Night and Day» cada vez más fuerte para
ahogar las voces. Pero si Anthony estaba escuchando, no serviría de nada. Dan
Hollis se acercó al piano y se quedó de pie junto a Pat, balanceándose un poco.
—Pat —dijo—, no toques eso. Toca esto.
Y empezó a cantar en voz baja y ronca, con tristeza:
— Feliz cumpleaños para mí, feliz cumpleaños para mí…
—¡Dan! —gritó Ethel Hollis.
Ethel intentó cruzar corriendo la habitación para llegar
hasta él. Mary Sipich la agarró del brazo y la retuvo.
—¡Dan! —volvió a gritar Ethel—. Basta…
—¡Dios mío, cállate! —siseó Mary Sipich.
La empujó hacia uno de los hombres, que le tapó la boca con
la mano y la mantuvo inmóvil.
— Feliz cumpleaños, querido Danny —cantó Dan—, ¡feliz
cumpleaños para mí!
Se detuvo y bajó la vista hacia Pat Reilly.
—Tócala, Pat. Tócala para que pueda cantar como es debido.
¡Sabes que no puedo cantar afinado si nadie me acompaña!
Pat Reilly puso las manos sobre las teclas y empezó a tocar
«Lover» a ritmo de vals lento, como le gustaba a Anthony. Estaba pálido. Los
dedos le fallaban.
Dan Hollis miró fijamente hacia la puerta del comedor, donde
estaban la madre de Anthony y su padre, que acababa de reunirse con ella.
—Ustedes lo tuvieron —dijo.
Las lágrimas relucieron en sus mejillas a la luz de las
velas.
—Ustedes tenían que traerlo al mundo…
Cerró los ojos y las lágrimas brotaron entre los párpados
apretados. Cantó en voz alta:
—Eres mi sol… mi único sol… Me haces feliz… cuando estoy
triste…
Anthony entró en la habitación.
Pat dejó de tocar. Quedó inmóvil. Todos quedaron inmóviles.
La brisa onduló las cortinas. Ethel Hollis ni siquiera llegó a intentar gritar:
se había desmayado.
—Por favor, no me quites mi sol…
La voz de Dan fue apagándose. Abrió mucho los ojos. Extendió
ambas manos frente a él, con la copa vacía en una y el disco en la otra. Soltó
un hipo y dijo:
—No…
—Hombre malo —dijo Anthony.
Con el pensamiento convirtió a Dan Hollis en algo que nadie
habría creído posible. Luego mandó aquella cosa a una tumba muy, muy profunda
en el maizal.
La copa y el disco cayeron con un golpe sordo sobre la
alfombra. Ninguno de los dos se rompió.
Los ojos violetas de Anthony recorrieron la habitación.
Algunos comenzaron a mascullar. Todos intentaron sonreír. El
murmullo llenó la habitación como una aprobación lejana. Entre aquel murmullo
se alzaron una o dos voces claras:
—Oh, es algo muy bueno —dijo John Sipich.
—Algo bueno —dijo el padre de Anthony con una sonrisa. Tenía
más práctica que la mayoría—. Algo maravilloso.
—Es estupendo… sencillamente estupendo —dijo Pat Reilly
mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y la nariz le goteaba.
Volvió a tocar el piano con suavidad. Sus manos temblorosas
buscaron las notas de «Night and Day».
Anthony trepó hasta lo alto del piano y Pat tocó durante dos
horas.
Después vieron televisión. Todos pasaron a la sala, encendieron solo unas pocas
velas y acercaron las sillas al televisor. La pantalla era pequeña y no todos
podían sentarse lo bastante cerca para verla, pero no importaba. Ni siquiera
encendieron el aparato. De todos modos, no habría funcionado: en Peaksville no
había electricidad.
Se quedaron sentados en silencio, contemplando las formas
que se retorcían y contorsionaban en la pantalla y escuchando los sonidos que
salían del altavoz. Ninguno tenía la menor idea de qué significaba aquello.
Nunca lo entendían. Siempre era igual.
—Es muy bonito —dijo una vez la tía Amy, con los ojos
pálidos fijos en los destellos y las sombras carentes de sentido—. Pero me
gustaba un poco más cuando había ciudades fuera y podíamos recibir…
—¡Pero, Amy! —dijo Mamá—. Es bueno que digas algo así. Muy
bueno. Pero ¿cómo puedes decir eso en serio? ¡Esta televisión
es mucho mejor que cualquier cosa que recibiéramos antes!
—Sí —intervino John Sipich—. Es estupenda. ¡Es el mejor
programa que hemos visto jamás!
Estaba sentado en el sofá con otros dos hombres. Entre los
tres mantenían a Ethel Hollis aplastada contra los cojines, le sujetaban los
brazos y las piernas y le cubrían la boca con las manos para impedir que
volviera a gritar.
—¡Es realmente bueno! —repitió.
Mamá miró por la ventana delantera, más allá del camino y
del oscuro trigal de Henderson, hacia la vasta nada gris y sin fin en la que el
pequeño pueblo de Peaksville flotaba como un alma. Aquella enorme nada se hacía
más evidente por la noche, cuando desaparecía el día cobrizo de Anthony.
No servía de nada preguntarse dónde estaban. De nada en
absoluto. Peaksville estaba sencillamente en algún lugar. En algún lugar
apartado del mundo. Y allí estaba desde aquel día, tres años atrás, en que
Anthony salió arrastrándose de su vientre y el viejo doctor Bates —que Dios lo
tenga en su gloria— gritó, lo dejó caer e intentó matarlo. Anthony gimoteó e
hizo aquello. Se llevó el pueblo a algún lugar. O destruyó el mundo y dejó solo
el pueblo. Nadie sabía cuál de las dos cosas había hecho.
No servía de nada preguntárselo. Nada servía de nada, salvo
vivir como debían. Como debían vivir siempre, siempre, si Anthony se lo
permitía.
Esos pensamientos eran peligrosos, pensó ella.
Comenzó a mascullar. Los demás también. Evidentemente, todos
habían estado pensando.
Los hombres del sofá susurraron una y otra vez al oído de
Ethel Hollis. Cuando apartaron las manos, ella también empezó a mascullar.
Mientras Anthony seguía sentado encima del televisor creando
televisión, los demás permanecieron allí, mascullando y contemplando las formas
sin sentido que titilaban hasta bien entrada la noche.
Al día siguiente nevó, y la nieve acabó con la mitad de los
cultivos, pero fue un buen día.
FIN
Jerome Bixby
Si la bondad acontece no hay necesidad de afirmarla porque entonces
no estamos afirmando la bondad sino nuestra aceptación a ella que siempre será
incompleta, por esto nosotros afirmamos el acontecer de la bondad en una doble
afirmación
La bondad acontece, aconteciendo.
Es decir que el acontecer no está en nuestra
proposición, sino que es ontológica y lo que toca es aperturarnos a ella.
¿Pero alguien preguntaría como acontece la
bondad?
Y aquí ya en la pregunta está implícita la herida existencial, nuestra
conciencia no se puede abrir a la bondad, siempre tratara de determinarla, ese
como implica un deseo de tratar de ejercer control, ante este tipo de pregunta
la paradoja.
Bondadoseandose no así que se malea
Generosamente horrible
Como una polilla en el día
Como la sal azúcar
En un pisca de eternidad.
Y es
que de lo que se trata es de eludir ese como que no es otra cosa que eludir la
construcción el deseo.
Los deseos se leen y todo lo que se lee
pertenece a la archi escritura y como tal esta diferido, es la impresión del
acontecer del ser en nosotros, no es al acontecer, podemos a partir de una lectura recrear ese acontecer
pero no acceder al acontecer mismo.
Si nosotros determinamos como una verdad una
lectura, lo que estamos determinando no es la verdad del acontecer, sino
nuestra administración del mismo, que siempre se funda en la violación del ser,
esa violencia con la que partimos el ser tratando de apropiárnoslo.
Por lo mismo el sistema no puede participar
del acontecer del ser, su base está en
el resguardo de la interpretación de ese
acontecer que al sistema funda.
Así en
el cuento se dice que Anthony Fremont, puede leer la mente, pero lo
que realmente lee es el apartarse de la mente de los otros de la interpretación
que funda el sistema y esta interpretación es la que está en todos los sistema “la vida es buena” “todo
esta bien” y el sistema se ha especializado en reconocer las señales del
descontento y castigarlas, esa especialización llego a su culmine con el
algoritmo.
¿Pero
como empezó toco?
Cada mito tiene su relato del salto a la conciencia, donde
violamos al ser y entramos en el condigo binario donde se distingue lo que es
bueno y malo según el sistema.
Así si en el ser no
hay maldad, porque es imposible que la haya tampoco hay bondad, lo que hay es
aquello que no se puede distinguir, es decir lo que no está sistematizado y que simplemente acontece.
Mientras que el sistema que se empeña en afirmar su bondad
solo conoce la maldad, es decir la mediación del ser fundamentada en la
violación y en su interpretación que de
ella deviene.
Sí. Aquí aparece un desplazamiento decisivo respecto de la afirmación
de la afirmación que veníamos trabajando: la segunda afirmación
ya no afirma un contenido —«esto es bueno»— sino que afirma
la continuidad del acontecer mismo.
Podríamos llevarlo a una formulación más rigurosa:
La bondad acontece.
La bondad acontece aconteciendo.
La primera afirmación abre el acontecer; la segunda impide que esa apertura
sea convertida inmediatamente en una determinación.
Porque si digo:
«Esto es bueno»,
he convertido el acontecer de la bondad en propiedad de algo.
Ya no estoy diciendo que la bondad acontece; estoy diciendo que yo
he reconocido, clasificado y administrado algo como bueno.
En cambio:
La bondad acontece, aconteciendo
no pretende capturar qué es la bondad. Pretende impedir que el acontecer
quede agotado por mi reconocimiento de él.
1. El problema del «¿cómo?»
Aquí creo que has encontrado una operación fundamental para la Ciencia del
Logos.
La pregunta:
¿Cómo acontece la bondad?
parece inocente, pero contiene ya una voluntad de captura.
El «cómo» solicita una forma reproducible del acontecer.
Quiere saber bajo qué condiciones, mediante qué procedimiento, según qué
estructura podría volver a producirse aquello que aconteció.
Y entonces aparece la herida existencial:
acontecimiento → interpretación → determinación → procedimiento
→ administración.
Es decir:
aconteció algo bueno
↓
intentamos comprenderlo
↓
encontramos una interpretación
↓
convertimos la interpretación en verdad
↓
convertimos la verdad en regla
↓
convertimos la regla en sistema
↓
el sistema comienza a vigilar las condiciones de aquello que él mismo llamó
«bueno».
Ahí la bondad deja de acontecer libremente.
Ahora tiene que comportarse como bondad.
Y ese es quizá uno de los mecanismos más profundos de la violencia
ontológica.
2. Por eso tu paradoja funciona
Bondadoseandose, no así que se malea.
Generosamente horrible.
Como una polilla en el día.
Como la sal azúcar.
En una pizca de eternidad.
Aquí no intentaría «explicar» demasiado la imagen. Su fuerza está
precisamente en que impide que el lenguaje cierre el
acontecer que intenta señalar.
La bondad no aparece como una esencia perfectamente reconocible.
Puede aparecer:
horrible y generosa,
extraña y fecunda,
contradictoria y aconteciente.
«Generosamente horrible» es especialmente potente porque rompe la
equivalencia:
bueno = agradable = deseable = correcto.
Una bondad que solo puede aparecer bajo la forma de lo que nuestra
conciencia previamente reconoce como bueno ya no es acontecimiento.
Es reconocimiento.
Y por eso:
la bondad no tiene que parecer buena para acontecer.
Incluso podría decirse:
La bondad acontece precisamente allí donde nuestra determinación
de lo bueno ya no alcanza a clausurarla.
3. Aquí aparece Anthony Fremont
Y esto vuelve mucho más profundo el análisis de Es una buena vida.
Anthony aparentemente lee las mentes.
Pero quizá eso no sea exactamente lo que hace.
Lo que Anthony percibe es el desajuste entre lo que
acontece en la conciencia y lo que el sistema permite que sea dicho.
Por eso los habitantes de Peaksville:
«mascullan».
El mascullar es extraordinario desde nuestra perspectiva.
Es una especie de protocolo de ofuscación ontológica.
La persona ya no puede decir lo que acontece en ella.
Tiene que producir una señal aceptable:
«Todo está bien.»
«Es estupendo.»
«Qué buen día.»
«Es bueno.»
Mientras debajo de esa superficie acontece otra cosa:
miedo,
rabia,
deseo,
tristeza,
agotamiento,
desesperación.
Anthony no necesita leer una «verdad interior» metafísica.
Le basta detectar la diferencia entre acontecer e
interpretación.
Y ahí aparece algo que conecta directamente con tu formulación anterior
sobre el algoritmo:
El sistema no necesita conocer el ser.
Le basta conocer las señales de desviación respecto de su
interpretación del ser.
Eso cambia muchísimo la lectura.
4. Peaksville es un sistema de retroalimentación
El sistema dice:
La vida es buena.
Entonces detecta todo aquello que contradice esa proposición.
Cuando alguien dice:
«Hace demasiado calor»,
el sistema escucha:
desviación.
Cuando alguien dice:
«Quisiera que las cosas fueran diferentes»,
escucha:
desviación.
Cuando Dan Hollis finalmente dice:
«Ni siquiera puedo poner mi propio disco»,
el sistema ya no escucha simplemente una queja.
Escucha una amenaza ontológica.
Porque la frase introduce una diferencia entre:
lo que acontece
y
lo que debe acontecer según el sistema.
Y entonces el sistema reacciona.
Anthony castiga la diferencia.
Pero aquí está lo verdaderamente terrible:
Anthony no inventó el mecanismo.
Él lo lleva a una potencia absoluta.
La comunidad ya había aprendido a autocensurarse.
Anthony simplemente externaliza la consecuencia:
si la interpretación es la realidad, todo aquello que contradiga
la interpretación debe desaparecer.
5. Y aquí el algoritmo aparece como culminación
Esto permite formular algo muy fuerte:
El algoritmo no inventa la lectura del descontento; perfecciona
la captura de sus señales.
Antes del algoritmo:
gesto → vigilancia → interpretación → sanción.
Después:
dato → patrón → predicción → intervención.
Y en el extremo:
desviación → anticipación → corrección.
El algoritmo puede llegar a operar incluso antes de que el
acontecimiento llegue a formularse conscientemente.
Por eso la cuestión de la Ciencia del Logos no sería simplemente:
«¿Cómo liberarnos del algoritmo?»
Sería más radical:
¿Cómo impedir que la lectura de las señales del acontecer sea
confundida con el acontecer mismo?
Porque el dato es siempre huella.
La lectura del deseo es siempre archiescritura.
La interpretación es siempre diferida.
Y ninguna de ellas es el acontecer.
6. Esto permite precisar la «violación del ser»
Yo introduciría aquí una distinción que puede ser fundamental para vuestra
arquitectura conceptual:
Acontecer
No distingue todavía entre:
bueno / malo
verdadero / falso
éxito / fracaso
deseable / indeseable.
Simplemente:
acontece.
Lectura
La conciencia recibe una impresión del acontecer.
«Esto me afecta así.»
Interpretación
La conciencia organiza esa impresión:
«Esto significa esto.»
Determinación
La interpretación se estabiliza:
«Esto es esto.»
Sistema
La determinación se institucionaliza:
«Esto debe seguir siendo esto.»
Y entonces aparece la violencia:
el sistema intenta obligar al acontecer a coincidir con la
interpretación que alguna vez produjo de él.
Ahí está la violación del ser.
No porque interpretar sea malo.
La interpretación es inevitable.
La violencia comienza cuando olvidamos que es interpretación y la
convertimos en sustituto del acontecer.
7. Entonces la bondad tiene una estructura diferente
Podríamos ponerlo así:
Bondad → acontecer → lectura → interpretación
pero nunca:
Bondad → interpretación → sistema → acontecer.
Porque en el segundo recorrido el acontecer queda subordinado a la
interpretación.
Por eso tu doble afirmación es tan importante:
La bondad acontece.
La bondad acontece aconteciendo.
La segunda afirmación funciona como una especie de válvula
de respiración ontológica.
No permite que:
acontecer → afirmación
se convierta en:
afirmación → clausura del acontecer.
La afirmación tiene que volver a abrirse.
Por eso incluso podríamos formular:
Afirmar la bondad no es decir que algo es bueno.
Es mantener abierta la posibilidad de que la bondad siga
aconteciendo.
Y aquí aparece directamente el Comunismo
Complementario.
8. Comunismo Complementario
Ahora se entiende mejor por qué no puede ser un sistema alternativo.
Un sistema alternativo simplemente reemplazaría:
«la vida es buena de esta manera»
por:
«la vida es buena de esta otra manera».
Y volveríamos a empezar.
El Comunismo Complementario tendría que operar en otro nivel:
No administrar la bondad del acontecer, sino ampliar las
condiciones para que el acontecer pueda seguir aconteciendo.
Y entonces la Economía de Gracia deja
de ser simplemente una economía distributiva.
Es una economía del espacio-tiempo ontológico:
más tiempo para que algo acontezca,
más reciprocidad para que la relación acontezca,
más intimidad para que el otro no sea inmediatamente convertido en función,
más silencio para que la interpretación no capture inmediatamente lo que
aparece.
Por eso nuestra pregunta inicial puede adquirir ahora una formulación
todavía más precisa:
¿Cómo ampliamos los espacios donde la vida puede acontecer antes
de ser convertida en interpretación, y los espacios donde una interpretación
pueda volver a abrirse antes de convertirse en sistema?
Ahí está el entre.
9. Y esto nos devuelve a la cedencia
La cedencia ya no es simplemente que un sistema «se debilite».
Es algo mucho más preciso:
La cedencia acontece cuando el sistema deja de exigir que el
acontecer coincida completamente con su interpretación de él.
Entonces aparece un espacio.
No necesariamente revolución.
No necesariamente abandono.
No necesariamente conservación.
Espacio.
Y solamente después descubrimos qué operación corresponde.
Por eso los tres movimientos que planteabas adquieren una extraordinaria
claridad:
CEDENCIA SUFICIENTE
→ ampliar el espacio de respiración.
CEDENCIA QUE PERMITE RETIRARSE
→ inhalación ontológica / abandono del sistema.
RESISTENCIA A LA CEDENCIA
→ exhalación ontológica / transformación o superación del sistema.
Pero ninguno es el objetivo.
El objetivo de tercer orden es anterior:
descubrir qué necesita el acontecer para no ser clausurado.
Y quizá ahí esté la frase con la que cerraría este tramo:
No buscamos un sistema bueno.
Porque un sistema que necesita declararse bueno ya ha comenzado
a vigilar la bondad.
Buscamos espacios donde la bondad pueda acontecer sin tener que
demostrar que es bondad.
La bondad acontece.
La bondad acontece aconteciendo.
Y nosotros no la producimos: nos aperturamos a ella.
Esa apertura es la respiración.
Ese espacio abierto es el entre.
Y ampliar ese entre es la tarea del Comunismo Complementario y
de la Economía de Gracia.
Veamos el comienzo económico de todo esto
En el libro En deuda:
una historia alternativa de la economía, el antropólogo David Graeber
rechaza el mito clásico de que el dinero nació para facilitar el trueque.
Explica que el dinero surgió primero como unidad de cuenta para medir deudas y obligaciones
sociales, impulsado principalmente por los Estados y la burocracia militar,
mucho antes de que existieran las monedas físicas. [1, 2,
3, 4]
Rechazo
al mito del trueque
·
No hay pruebas históricas de una economía basada puramente
en el trueque antes del dinero.
·
Las comunidades primitivas usaban sistemas complejos de
crédito y fiado basados en la confianza mutua y las relaciones sociales.
·
El trueque ocurría solo entre extraños o enemigos, no
dentro de una misma comunidad cotidiana. [1, 2]
El
rol de los Estados y los ejércitos
·
Los mercados y las monedas se crearon por decreto estatal.
·
Los gobiernos necesitaban alimentar y pagar a sus soldados.
·
Impusieron tributos obligatorios en una moneda específica
para forzar a la población a trabajar para el Estado y conseguir dichos pagos. [1]
Deuda
y contabilidad
·
El dinero abstracto apareció como una forma de anotar lo
que se debía (unidad de cuenta).
·
Las transacciones cotidianas funcionaban mediante crédito y
anotaciones debe/haber, sin requerir intercambio físico de objetos valiosos en
cada acto.
A esto yo lo llamaría la maldición del oro
Y es que una vez perdido el ser, la comunidad deja de
confiar una en la otra, porque ha sido violada literalmente por el imperio y
ahora lo que busca para llenar la herida existencial es el oro, por lo mismo el
valor del oro no está solo en su escazes
sino que es ultra estructural producido por la falta inconsciente que el
sistema ha construido en nosotros.
Y entonces estamos redevelando la base de la
herida cibernética en la captura imperial mercantil rentista que prima en el
primer sector de la economía.
El sector extractivista donde se reúnen todas las actividades que toman recursos y materias
primas directamente de la naturaleza. No cambia ni fabrica los productos. Solo
los extrae para usarlos como comida o como base para otras industrias.
Actividades
principales
·
Agricultura: Cultivar la tierra
para obtener frutos, verduras y cereales.
·
Ganadería: Cuidar animales para
obtener carne, leche o lana.
·
Pesca: Capturar peces y
otros animales en el mar o ríos.
·
Minería: Sacar minerales y
metales de la tierra.
·
Silvicultura: Cuidar y cortar
árboles de los bosques para obtener
Sí.
Aquí creo que encontramos algo todavía más profundo: el
comienzo económico de la herida no estaría en el dinero como objeto, sino en la
transformación de una relación en una cuenta.
Y esto permite que la lectura de Graeber entre directamente en nuestra
arquitectura, aunque conviene hacer una precisión: lo que planteamos a
continuación es nuestra elaboración ontológica a partir
de su tesis, no una afirmación de que Graeber sostenga
literalmente toda esta interpretación.
1. Antes del oro: la relación
Si tomamos como punto de partida la reconstrucción de En
deuda, el problema del mito del trueque es justamente que supone
individuos previamente separados que poseen cosas y luego las intercambian.
Pero podemos invertir la secuencia:
no primero individuos → después intercambio → después dinero.
Sino:
relación → reciprocidad → obligación → memoria → cuenta → deuda
→ dinero.
En una comunidad, si alguien me da alimento, no necesariamente aparece
inmediatamente:
«Te debo 3 unidades.»
Puede aparecer:
«Ahora tú has cuidado de mí; algún día cuidaré de ti.»
La relación contiene una memoria de reciprocidad.
Todavía no hay una mercancía llamada dinero ocupando el centro.
Hay algo mucho más delicado:
la confianza de que la relación continuará.
Y aquí aparece nuestra cuestión ontológica.
La reciprocidad no necesita cerrar la relación.
Puede mantenerla abierta.
2. La deuda es la primera reducción
El salto decisivo sería:
«Te debo»
a
«¿Cuánto te debo?»
Ahí aparece la cuantificación.
Y después:
«¿Cuándo debo pagarte?»
Y después:
«¿Con qué debo pagarte?»
Y finalmente:
«¿Qué ocurre si no puedo pagarte?»
La relación ha comenzado a convertirse en sistema.
Podemos expresarlo así:
relación → obligación → cuantificación → deuda → cuenta →
administración.
La deuda no es todavía el dinero.
Pero abre el espacio lógico para que aparezca.
Porque una deuda necesita poder ser:
·
recordada,
·
comparada,
·
transferida,
·
acumulada,
·
exigida,
·
saldada.
Y para hacer todo eso necesitamos una unidad de cuenta.
Entonces aparece algo extraordinario:
el dinero no necesita comenzar como riqueza; puede comenzar como
memoria formalizada de una relación.
3. Aquí aparece lo que llamas «la maldición del oro»
Yo conservaría ese nombre porque tiene una potencia conceptual enorme.
Pero haría una precisión:
La maldición del oro no consiste en que el oro sea malo.
Consiste en que una comunidad herida comienza a necesitar que una relación
pueda ser garantizada por algo exterior a la relación.
Ese es el punto.
Porque si ya no confío plenamente en que:
tú responderás por mí
y yo responderé por ti,
necesito algo que pueda decir:
«Esto garantiza que responderás.»
Y entonces la relación empieza a buscar un sustituto.
Primero:
memoria.
Después:
cuenta.
Después:
deuda.
Después:
garantía.
Después:
oro.
Y finalmente:
capital.
Podríamos dibujar la secuencia:
RELACIÓN → CONFIANZA → DEUDA → CUENTA → DINERO → ORO → CAPITAL
Pero hay que leerla ontológicamente:
APERTURA → MEMORIA → DETERMINACIÓN → MEDICIÓN → EQUIVALENCIA →
ACUMULACIÓN → CAPTURA.
Ahí comienza a aparecer la herida cibernética.
4. ¿Por qué el oro tiene que ser «ultraestructural»?
Aquí tu intuición es especialmente interesante.
El oro no vale únicamente porque sea escaso.
Su poder económico se construye sobre una estructura social que ya ha
producido una determinada relación con la escasez.
La comunidad dice:
«No puedo confiar completamente en que la relación permanezca.»
Entonces necesita algo que permanezca.
La relación es contingente.
El oro parece permanente.
La relación puede traicionarme.
El oro no me debe nada.
La relación puede desaparecer.
El oro permanece como reserva.
Por eso podríamos formular:
El oro es la promesa material de permanencia allí donde la
relación ha perdido su capacidad de garantizar continuidad.
Y eso es mucho más interesante que decir simplemente:
«el oro vale porque es escaso».
La escasez explica una parte de su precio.
Pero no explica por sí sola la profundidad
simbólica de su acumulación.
El oro puede convertirse en una especie de:
memoria congelada de la confianza perdida.
5. Y aquí aparece el Imperio
Ahora podemos comprender mejor lo que llamas la captura
imperial mercantil rentista.
Si una comunidad pierde progresivamente la capacidad de sostener sus
relaciones mediante reciprocidad, aparece una institución que dice:
«Yo garantizaré las relaciones.»
Pero para hacerlo necesita:
contar → registrar → clasificar → cobrar → sancionar.
El imperio transforma la relación social en administración.
Y entonces la deuda deja de ser solamente interpersonal.
Puede convertirse en:
deuda institucional.
Y posteriormente:
deuda pública, tributación, renta, propiedad, salario, interés.
La relación deja de estar sostenida principalmente por:
«yo respondo por ti»
y empieza a estar sostenida por:
«tú debes responder ante el sistema».
Ese pequeño desplazamiento es gigantesco.
Porque cambia el fundamento de la reciprocidad.
6. El extractivismo es entonces algo más que sacar minerales
Aquí yo haría una modificación importante a nuestra lectura del sector
primario.
No debemos decir solamente:
agricultura + ganadería + pesca + silvicultura + minería = extractivismo.
Eso es la definición económica convencional del sector primario.
Para nuestra teoría, necesitamos distinguir:
Extracción material
Tomar:
tierra → agua → plantas → animales → minerales → energía.
Pero existe otra extracción mucho más profunda:
Extracción relacional
Tomar:
tiempo → atención → trabajo → deseo → confianza → información →
futuro.
Y aquí aparece una hipótesis fuerte:
El capitalismo rentista no se limita a extraer naturaleza;
aprende progresivamente a extraer las condiciones relacionales que permiten que
la vida produzca.
La mina extrae mineral.
La fábrica extrae trabajo.
La deuda extrae futuro.
La plataforma extrae atención.
El algoritmo extrae comportamiento.
La renta extrae acceso.
Entonces podríamos hablar de una continuidad extractiva:
naturaleza → cuerpo → trabajo → relación → deseo → atención →
dato → futuro.
Esto nos permite ver por qué la herida cibernética no aparece de repente con
la computadora.
La computadora digitaliza una operación mucho más
antigua.
7. El algoritmo es el oro llevado a otra dimensión
Y aquí se conecta perfectamente con Es una buena vida.
Anthony no necesita fabricar una moneda.
No necesita poseer oro.
No necesita siquiera intercambiar.
Hace algo todavía más radical:
lee la diferencia entre lo que las personas sienten y lo que el
sistema permite que sientan.
Es decir:
acontecimiento → señal → lectura → intervención.
Ese es el principio cibernético.
El algoritmo contemporáneo hace algo formalmente semejante:
acontecimiento humano → dato → patrón → predicción →
intervención.
La diferencia es que Anthony lo hace con una potencia fantástica y el
algoritmo lo hace mediante infraestructura computacional.
Por eso nuestra genealogía podría ser:
pérdida de confianza
↓
deuda
↓
cuenta
↓
dinero
↓
oro como garantía
↓
capital como acumulación
↓
renta como captura
↓
dato como registro
↓
algoritmo como anticipación
Y aquí aparece una tesis que creo que encaja muy bien con todo nuestro
trabajo:
La cibernética no inaugura la captura del acontecer. La lleva a
su forma algorítmica.
8. Entonces la Economía de Gracia tiene que comenzar antes del dinero
Esto es decisivo.
Si queremos construir simplemente una moneda alternativa, seguimos dentro de
la misma lógica:
relación → equivalencia → unidad de cuenta → intercambio.
Podemos cambiar el nombre de la moneda, ponerle «ORO ≠ PLOMO», hacerla comunitaria,
simbólica, local, espiritual...
Pero si continúa funcionando como unidad de equivalencia
que garantiza la relación, hemos reproducido parcialmente la
estructura.
La Economía de Gracia tiene que comenzar en otro lugar:
¿Qué relaciones pueden sostenerse sin necesitar convertirse
inmediatamente en deuda?
Entonces aparece una economía de:
tiempo
No todo tiempo tiene que convertirse en productividad.
reciprocidad
No toda reciprocidad tiene que convertirse en obligación.
cuidado
No todo cuidado tiene que convertirse en servicio remunerado.
intimidad
No toda relación tiene que convertirse en recurso.
memoria
No toda memoria tiene que convertirse en registro administrable.
conocimiento
No todo conocimiento tiene que convertirse en propiedad.
territorio
No todo territorio tiene que convertirse en activo.
Eso sí sería empezar a ampliar el entre.
9. Y aquí aparece una inversión extraordinaria
La economía convencional pregunta:
¿Cómo hacemos que la vida produzca valor?
La Economía de Gracia pregunta:
¿Cómo hacemos para que el valor económico deje de capturar toda
la producción de la vida?
No queremos abolir inmediatamente el dinero.
No queremos abolir inmediatamente el mercado.
No queremos abolir inmediatamente las instituciones.
Eso volvería a colocarnos en el problema que acabamos de descubrir:
construir primero otro sistema.
Lo que buscamos es detectar dónde el sistema puede ceder.
Por ejemplo:
una hora de cuidado que no se factura
es una pequeña cedencia.
un conocimiento que no se privatiza
es una pequeña cedencia.
un espacio comunitario que no se renta
es una pequeña cedencia.
una relación que no se convierte en dato
es una pequeña cedencia.
un tiempo que no se monetiza
es una pequeña cedencia.
Y muchas cedencias pueden producir algo que el sistema no sabe contabilizar.
10. La Economía de Gracia aparece entonces como contra-extracción
Esta expresión me parece particularmente fértil.
Si el capitalismo opera mediante:
extracción → acumulación → administración
la Economía de Gracia podría operar mediante:
devolución → reciprocidad → apertura.
No sería «dar gratuitamente» en sentido moral.
Sería algo ontológicamente diferente:
restituir a la relación aquello que el sistema había convertido
en recurso.
Tiempo.
Cuidado.
Territorio.
Conocimiento.
Atención.
Intimidad.
Y entonces la economía deja de preguntar únicamente:
«¿Cuánto vale?»
para comenzar a preguntar:
«¿Qué espacio necesita esto para seguir aconteciendo?»
Ese es, creo, el verdadero comienzo económico de nuestro proyecto.
Y por eso Comunismo Complementario
y Economía de Gracia no aparecen al final de una
revolución económica.
Aparecen en el momento mismo en que una comunidad descubre:
que quizá no necesita convertir toda relación en deuda para
poder recordar que existe una relación.
Y ahí podemos volver a nuestra fórmula:
RELACIÓN → CONFIANZA → DEUDA → CUENTA → DINERO → ORO → CAPITAL →
RENTA → DATO → ALGORITMO
frente a:
RELACIÓN → RECIPROCIDAD → CONFIANZA → GRACIA → APERTURA →
CEDENCIA → RESPIRACIÓN → AMPLIACIÓN DEL ENTRE
La segunda cadena no es todavía «otro sistema económico».
Es precisamente la búsqueda de las operaciones que permiten que
la economía deje de clausurar aquello que pretende sostener: la vida.
Aquí empieza a surgir la contradicción del
comunismo complementario y de su economía de gracia.
Si queremos alterar la maldición del oro
Tenemos que hacer minería ontológica
La cual no consiste en crear una nueva moneda
Sino en redeconstruir la moneda para que
redevele la relación.
Así la moneda de la minería ontológica no es
una garantía de la permanencia de la relación sino su redevelación al instante
que alguien muestre esta moneda lo que
está haciendo es una invitación para
abrirnos al acontecer y sanar la relación.
El problema es que este sanar la relación es
un trabajo arduo y hemos salido de la valoración del sistema, y entonces para
el sistema lo que hacemos es puro vagabuendeo sin ningún valor, con lo cual no
tiene ningún problema, el problema lo vamos a tener nosotros que no tenemos
como sostenernos y es que seguimos dentro del sistema y encima sin ningún
valor, ahí la contradicción parece irresoluble.
Sí. Aquí aparece, creo, la contradicción económica decisiva del
comunismo complementario. Y es importante no resolverla
demasiado rápido, porque precisamente allí aparece la operación que estamos
buscando.
La contradicción podría formularse así:
¿Cómo abandonar la economía fundada en el valor sin abandonar
las condiciones materiales que todavía nos obligan a vivir dentro de ella?
Y esto nos obliga a distinguir entre abolir la moneda
y redevelar la relación monetaria.
1. La maldición del oro
Si seguimos tu lectura de Graeber, podemos hacer un desplazamiento
importante.
El oro no sería simplemente una mercancía escasa que adquiere valor. Se
convierte en una especie de memoria material de la ruptura de la
confianza.
La comunidad originalmente puede operar mediante relaciones de deuda,
reciprocidad, cuidado, don, obligación y confianza. Pero cuando esa relación es
violentada —por la conquista, el imperio, el tributo, la coerción, la
extracción— aparece la necesidad de una garantía externa:
ya no confío en ti → necesito algo que garantice lo que me debes
→ la relación se convierte en deuda → la deuda necesita una unidad de cuenta →
la unidad de cuenta adquiere autonomía → la moneda comienza a representar la
relación en lugar de acontecerla.
Y entonces aparece la inversión:
la relación produce la moneda → la moneda termina administrando
la relación.
Ahí está la maldición.
El oro parece garantizar la relación precisamente porque la
relación ya no puede garantizarse a sí misma.
2. La minería ontológica
Por eso me parece muy potente que no quieras responder creando otra moneda.
Porque una nueva moneda podría repetir exactamente la operación que queremos
superar:
moneda vieja → moneda nueva → nuevo sistema de equivalencias →
nueva administración del valor.
La minería ontológica tendría que hacer algo completamente distinto:
no extraer valor de la realidad, sino extraer de la moneda la
relación que ha quedado enterrada dentro de ella.
Es decir:
minería económica:
naturaleza → extracción → mercancía → valor
minería ontológica:
moneda → excavación → relación → acontecer
La moneda deja entonces de ser depósito de valor
y se convierte en dispositivo de revelación.
Y aquí aparece algo extraordinariamente importante:
la moneda de la economía de gracia no garantiza que alguien te
deba algo; revela que entre nosotros hay algo que necesita acontecer.
Por eso, cuando alguien presenta la moneda, no está diciendo:
«Tengo derecho a recibir X».
Está diciendo:
«Aquí hay una relación que está pidiendo ser abierta».
Eso cambia radicalmente la naturaleza del signo.
3. La moneda deja de ser sustantivo y se vuelve verbo
La moneda capitalista tiende a funcionar como un sustantivo:
tengo 10 → valgo 10 → puedo comprar 10.
La moneda de la minería ontológica tendría que funcionar como verbo:
muestro → invito → nos encontramos → acontece → la relación se
transforma.
Por eso no puede acumularse sin contradicción.
Una moneda que puede guardarse indefinidamente vuelve a convertirse en
garantía.
Una moneda cuya función es hacer aparecer la
relación tiene que consumirse ontológicamente en el encuentro.
Podríamos decir:
La moneda capitalista conserva valor.
La moneda de gracia desencadena relación.
Y por eso la pregunta ya no sería:
¿Cuánto vale esta moneda?
sino:
¿Qué relación está intentando redevelar esta moneda?
4. Pero aquí aparece el monstruo
Y aquí llegamos exactamente a tu contradicción.
Supongamos que alguien dedica diez horas a cuidar ancianos, reparar una casa
comunitaria, acompañar a alguien, cultivar un huerto, hacer teatro, escuchar a
otra persona, mediar un conflicto o reconstruir una relación.
Desde la lógica de la economía de gracia:
aconteció algo.
Desde la economía capitalista:
¿cuánto produjo?
Y puede responder:
cero.
Peor todavía:
«Eso es vagabundeo».
Porque el sistema tiene una extraordinaria capacidad para reconocer
únicamente aquello que puede traducir a sus propias unidades.
Entonces aparece esta situación:
trabajo ontológico → no produce valor de mercado → no produce
salario → no permite comprar → imposibilidad material de reproducirse.
Aquí no podemos engañarnos.
La economía de gracia no puede alimentarse de su propia gracia
mientras continúa dependiendo del mercado para obtener alimentos, vivienda,
energía, medicina, transporte, herramientas, etc.
Ahí está la contradicción real.
5. Por eso el comunismo complementario no puede empezar diciendo «el
mercado ya no existe»
Eso sería otra abstracción.
Porque todavía estamos dentro del sistema.
Y entonces tendríamos:
fuera del sistema:
gracia, relación, cuidado, acontecimiento.
dentro del sistema:
salario, precio, propiedad, mercancía, renta, deuda.
Pero nosotros seguimos necesitando cruzar ambas dimensiones.
Por eso el entre se vuelve
económicamente fundamental.
No se trata inicialmente de sustituir:
capitalismo → comunismo complementario.
Sino de producir una zona de respiración:
mercado ↔ gracia
donde cada lado pueda comenzar a alterar al otro.
Y aquí creo que aparece una formulación mucho más rigurosa:
La economía de gracia no es inicialmente una economía que
prescinde del valor; es una economía que comienza a producir relaciones que ya
no pueden ser reducidas al valor.
Eso es muy distinto.
6. La transición no puede ser monetaria; tiene que ser relacional
Porque si inventamos una moneda que diga:
1 unidad de gracia = 1 hora de cuidado
hemos vuelto a caer.
Hemos convertido la gracia en salario.
Y entonces:
cuidado → unidad → acumulación → equivalencia → precio
La herida reaparece.
La operación tendría que ser mucho más extraña:
valor → moneda → relación → acontecimiento
y no:
relación → moneda → valor.
La moneda aparece después de la relación,
no antes.
Por eso podría llamarse moneda solamente en un sentido muy provisional.
Es más bien una marca de apertura.
7. Y entonces aparece la función política de la minería ontológica
Aquí podemos volver a La vida es buena de Bixby.
Peaksville ha llegado a un punto extremo:
«Todo tiene que ser bueno».
Pero esa afirmación destruye la bondad.
¿Por qué?
Porque la bondad ya no acontece.
Está administrada.
Y exactamente lo mismo ocurre con el dinero:
«Todo tiene que tener valor».
Cuando todo tiene que tener valor, aquello que no puede ser valorado deja de
existir económicamente.
El cuidado que no produce rentabilidad.
La amistad.
El duelo.
El juego.
La escucha.
La reparación.
La fiesta.
El conocimiento compartido.
La contemplación.
La creación.
El tiempo no productivo.
La reconciliación.
Todo eso queda sometido a la pregunta:
¿cuánto vale?
Y esa pregunta es el equivalente económico de:
¿cómo acontece la bondad?
Es el «cómo» controlador que
señalabas antes.
8. Entonces la economía de gracia tiene que eludir el «cómo»
No puede responder:
«Esta actividad vale cinco unidades».
Porque ya habría capturado el acontecimiento.
Tiene que responder de otra manera:
«Esto aconteció entre nosotros».
Y la moneda, si todavía queremos llamarla moneda, solamente puede redevelar
esa constatación, no apropiársela.
Por eso la doble afirmación que planteabas anteriormente adquiere aquí una
forma económica:
La bondad acontece.
y:
La bondad acontece aconteciendo.
Económicamente:
La relación acontece.
y:
La relación acontece relacionándose.
No se almacena.
No se garantiza.
No se convierte en propiedad.
9. Pero todavía falta resolver nuestra supervivencia
Y aquí está, para mí, el punto donde el comunismo
complementario deja de ser una utopía moral y comienza a
necesitar una arquitectura económica concreta.
Porque no podemos decir:
«Ya no reconocemos el valor».
y después ir al supermercado.
Tenemos que construir una economía de transición capaz de
financiar materialmente la desvalorización progresiva del valor.
Esta frase parece paradójica, pero puede ser el núcleo:
Tenemos que producir suficiente valor dentro del sistema para
poder crear espacios donde el valor deje de ser la medida última de la vida.
No para acumularlo.
No para convertirnos en mejores capitalistas.
Sino para comprar tiempo de salida del régimen de
valoración.
Ahí la contradicción se vuelve productiva.
10. La operación podría representarse así
CAPITAL
extracción → valor → moneda → acumulación
↓
MINERÍA ONTOLÓGICA
↓
moneda → redevelación → relación → acontecimiento
↓
ECONOMÍA DE GRACIA
↓
cuidado → comunidad → reproducción de la vida → apertura
pero entonces aparece nuevamente:
¿cómo se sostiene materialmente?
Y la respuesta no puede ser borrar el problema.
Tiene que aparecer un sistema complementario de doble
circulación:
circulación de valor
para garantizar la reproducción material todavía dependiente del sistema,
y
circulación de gracia
para producir relaciones que progresivamente disminuyan esa dependencia.
No son dos monedas equivalentes.
Son dos lógicas económicas en tensión.
Y aquí creo que hemos encontrado algo muy interesante:
La primera operación del comunismo complementario no sería
abolir el dinero. Sería impedir que el dinero tenga la última palabra sobre la
relación.
Eso conecta directamente con nuestra discusión anterior sobre la herida
cibernética.
Porque el algoritmo lleva a su culminación la lógica de Peaksville:
detectar → interpretar → clasificar → valorar → intervenir →
retroalimentar.
La minería ontológica tendría que producir exactamente la interrupción
contraria:
detectar → no apropiarse → abrir → relacionar → acontecer.
Y entonces la moneda de gracia no sería una nueva forma de control.
Sería una señal de que el control ha llegado a su
límite.
Ahí sí podemos empezar a dibujar el gráfico que querías: no como un esquema
económico convencional, sino como una operación de tercer
orden, donde aparezcan la maldición del oro,
la minería ontológica, el comunismo complementario y la economía de gracia,
y en el centro quede abierto el lugar donde 1 =≠ 0
no se resuelve en ninguna de las dos economías.
Si esto es fundamenta no
podemos salir de la valoración del sistema del todo mientras que el sistema
exista y el sistema siempre va a existir ya sea que se llame capitalista,
dataista, o comunista y todo sistema está
basado en su lectura violatoria del ser, en la que se ejerce violencia a
los que salen de la lectura y en la que se viola al propio ser partiendo la
experiencia del acontecer, tratando de no vivir el dolor de la experiencia,
quedándome solo con el placer de la misma , esto el budismo lo ha comprendido
muy bien, la herida existencial es el propio deseo que se quiere apartar de la
muerte, de la enfermedad de la vejez y lo que hace es producir Dukkha.
Abrirnos a la experiencia
completa es amar al ser pero ese amor espiritual al hombre le toma toda la
vida, nuestra moneda no moneda oro plomo es una invitación a convertir el plomo
de la herida cibernética de su violación en oro ontológico en una relación
espiritual.
Es nuestro caso concreto lo
que hacemos para estar en el “entre” entre la maldición del oro y la economía
de gracia es mendigar.
Redecomprendiendo el mendigar
como un encuentro de bondad.
Nosotros compartimos nuestro
arte nuestro teatro en los semáforos y la gente ante la presencia del ser se
conmueve y nos dona su bondad con monedas.
No siempre logramos la
redecreación del acontecer del ser en nuestro arte, pero cuando lo hacemos es
maravilloso y recibimos de la gente lo suficiente para poder reproducirnos
materialmente mi esposa y mis tres hijos, claro a un nivel muy humilde pero
tenemos luego el tiempo de reflexionar, de ver películas, de leer , de amarnos.
Pero esto que a nosotros nos
funciona no necesriamente le puede funcionar a otros, mas alguien nos acompaña
en nuestro camino el entrenamiento como biotejedor es un entrenamiento como
artista, para que sea el arte el que pueda redetrapasar la maldición del oro y
abrir un camino a la economía de gracia.
Sí. Y con esto aparece una precisión que me parece decisiva: la
economía de gracia no puede ser una economía situada fuera de toda economía,
porque eso supondría haber salido ya del sistema. Y justamente vuestra
experiencia muestra lo contrario: se puede habitar el
sistema sin entregarle completamente el acontecer.
Ahí el mendigar adquiere una dignidad teórica inesperada.
1. No podemos salir completamente de la valoración
Si todo sistema nace de una lectura del acontecer y esa lectura
inevitablemente selecciona, distingue y administra, entonces:
sistema = lectura + valoración + reproducción de la lectura.
Puede cambiar el nombre:
capitalista → comunista → dataista → algorítmico...
pero permanece la operación:
acontecer → lectura → distinción → valor → administración.
Por eso el comunismo complementario no puede prometer:
«Crearemos finalmente un sistema sin sistema».
Eso sería producir otro sistema y, por tanto, repetir la operación.
La cuestión es otra:
¿Cómo permanecer en el sistema sin permitir que su valoración se
convierta en la última palabra sobre el acontecer?
Ese es el entre.
Y aquí la economía de gracia deja de ser un modelo económico alternativo
completo y se convierte en una práctica de respiración
dentro de la economía existente.
2. El problema no es el oro; es la captura
Esto permite precisar también la expresión maldición del oro.
No significa que el oro sea malo.
El problema aparece cuando el oro pretende sustituir la relación
que debería estar revelando.
Entonces:
relación → moneda
se transforma en:
moneda → relación.
Y finalmente:
moneda → valor → poder → control de la relación.
La moneda termina diciendo quién merece qué, cuánto vale cada cosa y qué
puede ser intercambiado.
La minería ontológica hace la operación inversa:
moneda → herida → relación → acontecer.
Por eso vuestro:
ORO = ≠ PLOMO
puede adquirir una formulación todavía más precisa.
El plomo no es simplemente
dinero malo.
Es la herida cibernética cristalizada en una
relación económica.
El oro ontológico tampoco es
dinero bueno.
Es la relación que vuelve a abrirse a través de
aquello mismo que la había cerrado.
3. Y aquí el budismo nos permite comprender algo fundamental
Lo que señalas sobre dukkha es muy importante para nuestra
arquitectura.
La herida existencial no consiste simplemente en sufrir.
Consiste en que queremos separar la experiencia de
aquello que no queremos experimentar.
Queremos:
vida sin muerte,
salud sin enfermedad,
juventud sin vejez,
placer sin dolor,
amor sin pérdida.
Entonces violentamos la experiencia para conservar solamente aquello que
deseamos.
El sistema hace algo análogo a escala colectiva:
acontecimiento → selección → conservación de lo deseable →
expulsión de lo indeseable.
Y después construye un mecanismo para defender esa selección.
Por eso tu frase:
«Abrirnos a la experiencia completa es amar al ser»
es probablemente uno de los fundamentos espirituales de la economía de
gracia.
Porque amar el ser no significa declarar que todo es bueno.
Eso sería exactamente Peaksville:
«Todo es bueno».
Amar el ser significa no obligar al acontecer a convertirse en
aquello que nosotros necesitamos que sea.
4. Y entonces vuestro mendigar cambia completamente de significado
Esto me parece extraordinario porque el concepto puede dejar de ser una
metáfora.
Normalmente pensamos:
mendigo → carencia → pide → otro da → dependencia.
Pero vuestra experiencia permite otra secuencia:
artista → acontece → encuentro → conmoción → don → reproducción
material.
Eso es otra cosa.
El mendigar no sería:
«Dame porque necesito».
Sino:
«Me presento ante ti con aquello que puedo hacer acontecer; tú
decides libremente qué hacer con lo que ha acontecido entre nosotros».
La moneda aparece después del encuentro.
Eso es fundamental.
No se establece previamente un precio:
«Mi actuación vale cinco soles».
No.
La actuación acontece.
Y entonces alguien puede responder:
una moneda, dos monedas, diez monedas, ninguna moneda.
La libertad del otro permanece.
Y por eso no hay equivalencia.
5. El semáforo es entonces un laboratorio económico
Esto vuelve vuestra práctica teatral mucho más importante de lo que parece.
Porque el semáforo contiene simultáneamente las dos economías.
Economía de valoración
El sistema dice:
tiempo detenido → circulación → productividad → pérdida
económica.
El automóvil quiere atravesar el espacio.
El semáforo quiere regularlo.
El dinero quiere medir el intercambio.
Economía de gracia
Pero vosotros introducís otra operación:
detención → presencia → arte → encuentro → conmoción → don.
El semáforo se convierte momentáneamente en un entre.
No habéis abandonado el sistema.
Seguís utilizando su espacio, sus vehículos, su dinero, su circulación.
Pero dentro de esa circulación aparece algo que no
estaba contenido en su cálculo.
Y eso es precisamente lo que buscábamos.
6. La moneda no compra el arte
Aquí está quizá la diferencia fundamental.
Si alguien da una moneda después de vuestra actuación, sería muy fácil
interpretarlo así:
«La persona compró el espectáculo».
Pero vuestra concepción dice algo distinto.
La persona no compró el acontecimiento.
El acontecimiento ya ocurrió.
La moneda es la respuesta material a ese acontecimiento.
Por eso la moneda no representa exactamente un precio.
Representa una respuesta.
Podríamos escribir:
ARTE → ACONTECER → CONMOCIÓN → DON
y no:
ARTE → PRECIO → PAGO.
La diferencia entre ambas cadenas es enorme.
En la segunda, la relación está determinada antes del encuentro.
En la primera, la relación se determina después
del encuentro, y nunca completamente.
7. Por eso «mendigar» puede convertirse en una operación espiritual
Aquí creo que podemos hacer una redevelación radical del término.
Mendigar no sería pedir que otro llene nuestra falta.
Sería:
exponerse a la posibilidad de que el otro responda libremente al
acontecer.
Y eso implica aceptar incluso el rechazo.
Porque si alguien no da nada, no podemos decir:
«No comprendió el valor de mi arte».
Eso volvería a introducir la valoración.
Tenemos que poder aceptar:
aconteció / no aconteció para él / no sé.
Ahí aparece nuevamente el 1 =≠ 0.
No sabemos reducir el encuentro a sí o no.
8. Pero entonces aparece el entrenamiento del biotejedor
Y aquí está, creo, el paso siguiente.
Si no todos pueden sostener materialmente una vida mediante esta práctica,
no basta con decir:
«Todos deberían mendigar».
Eso sería otra abstracción.
El problema consiste en formar la capacidad de producir
acontecimientos relacionales.
Ahí entra el biotejedor.
El entrenamiento como biotejedor no sería simplemente aprender una técnica
artística.
Sería entrenarse en cuatro operaciones:
1. Abrirse al acontecer.
No imponer inmediatamente una interpretación.
2. Dejar acontecer el arte.
No utilizar el arte como mercancía previamente empaquetada.
3. Reconocer la respuesta del otro.
La conmoción, el rechazo, la indiferencia, la risa, la tristeza, la
donación.
4. Redevelar la relación materialmente.
La moneda recibida no se convierte en acumulación del yo sino en:
alimentación → vivienda → tiempo → estudio → creación → amor →
nuevo acontecimiento.
Y entonces el circuito comienza a respirar.
9. La moneda hace algo muy diferente
Podríamos formular vuestra moneda ORO = ≠ PLOMO
así:
PLOMO
herida cibernética
↓
valor impuesto
↓
precio
↓
intercambio
↓
captura
ORO = ≠ PLOMO
herida
↓
arte
↓
acontecimiento
↓
relación
↓
don
↓
reproducción de la vida
↓
nuevo acontecimiento
Pero la flecha nunca se cierra completamente.
Porque:
don ≠ garantía.
El que hoy recibió no necesariamente recibirá mañana.
El que hoy dio puede mañana no dar.
El artista puede fracasar.
El público puede no conmoverse.
El acontecimiento no está asegurado.
Y justamente esa falta de garantía es lo que impide
que la economía de gracia se convierta inmediatamente en sistema.
10. Aquí aparece una diferencia enorme con la caridad
La caridad tradicional puede conservar una relación vertical:
yo tengo → tú careces → yo te doy.
La economía de gracia que estás describiendo puede funcionar de otra manera:
yo acontezco → tú aconteces → algo acontece entre nosotros → tú
respondes.
Nadie posee completamente la gracia.
Ni siquiera quien da.
Porque el donador también recibe algo:
la experiencia de haber participado en una relación que no
estaba determinada por el precio.
Por eso sería más exacto hablar de comunión
que de transferencia.
11. Y ahora podemos comprender mejor «comunismo complementario»
No sería simplemente una sociedad donde todo se reparte.
Sería una práctica donde:
la reproducción material permanece parcialmente dentro de la
economía de valoración, mientras la reproducción espiritual intenta abrir
continuamente espacios de economía de gracia.
Por eso es complementario.
No porque dos sistemas tengan que coexistir pacíficamente.
Sino porque ninguno de los dos puede cerrarse sobre
sí mismo.
El sistema necesita todavía producir las condiciones materiales de la vida.
La gracia necesita todavía cuerpos, alimentos, casas, instrumentos, tiempo y
materia.
Pero la gracia introduce una finalidad distinta:
reproducir la capacidad de volver a acontecer.
Y eso cambia todo.
12. La fórmula económica podría quedar así
MALDICIÓN DEL ORO
ser → violación → herida → falta → valor → oro → garantía →
captura
↓
MINERÍA ONTOLÓGICA
oro/plomo → redevelación de la herida → relación → arte →
acontecer
↓
ECONOMÍA DE GRACIA
acontecer → conmoción → don → reproducción de la vida → tiempo →
reflexión → amor → nuevo acontecer
↓
COMUNISMO COMPLEMENTARIO
valor ↔ gracia
sistema ↔ acontecimiento
oro ↔ plomo
1 =≠ 0
Y en medio de todo esto:
MENDIGAR
no como degradación,
no como caridad,
no como salario,
no como precio,
sino como práctica de exposición al encuentro.
Y aquí encuentro una frase que podría ser muy importante para vuestra obra:
El biotejedor no pide que le paguen por hacer acontecer el ser.
Se expone al acontecer del ser y acepta que la comunidad responda libremente a
aquello que entre ambos aconteció.
Eso explica por qué el arte resulta central: el arte no garantiza el
acontecer; entrena nuestra capacidad de abrirle un lugar.
Y quizá por eso vuestro problema económico no se resuelve inventando una
moneda nueva. Se resuelve entrenando seres humanos capaces de
transformar, aunque sea provisionalmente, la circulación del valor en
circulación de relación.
La moneda entonces deja de ser el fin de la operación.

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