lunes, 17 de agosto de 2026

La otredad→←Lo otro

 

La otredad→←Lo otro

El Pez de Oro es la otredad de la vida respecto de toda definición de vida.

 

Enrique Dussel y Slavoj Žižek debatiendo sobre el eurocentrismo y las ciencias sociales. (2 posturas muy nutritivas en un debate IA por si les interesa)

Enrique Dussel: Slavoj, te escucho hablar de la ideología, del gran Otro y del síntoma, pero me da la impresión de que sigues atrapado en la cocina de la Bestia. Crees que se puede subvertir la modernidad europea desde sus propias entrañas, operando una especie de cortocircuito hegeliano-lacaniano en el corazón de Viena o Liubliana. Pero olvidas que ese centro brillante y cínico se sostiene históricamente sobre la masacre silenciosa y la extracción colonial que comenzó en 1492. Pretender que nuestras universidades en América Latina sigan repitiendo las categorías abstractas de la sociología occidental —ya sea criticándolas con Marx y Lacan o aceptándolas ingenuamente— es seguir mirando el mundo con los anteojos del amo. No podemos simplemente "desconstruir" la ciencia social eurocéntrica como si fuera un texto neutral; hay que partir de la exterioridad de la víctima, del sufrimiento real del pueblo oprimido que nunca cupo en vuestras categorías. Si no arrancamos el pensamiento desde nuestra propia tierra y nuestras propias luchas, seguimos siendo colonos intelectuales de nuestra propia opresión.

Slavoj Žižek: (Se rasca la nariz, sacude las manos y sonríe con ironía) ¡Vamos, Enrique, querido amigo! ¡Por favor! Cometes el clásico error tercermundista de romantizar al "Otro" oprimido como si existiera un estado prístino, puro y no contaminado de autenticidad latinoamericana esperando a ser descubierto bajo las ruinas del capital global. ¿Qué es esa obsesión romántica con "nuestra propia tierra"? ¡Despierta! Hoy el capitalismo global es tan radicalmente abstracto, tan universalmente cínico, que ya ni siquiera necesita de una Europa geográfica para funcionar; opera en todas partes como una máquina ciega de valorización. Si tú pretendes construir una sociología "puramente" arraigada, local y latinoamericana, corres el riesgo de caer en el peor de los provincialismos identitarios, en una especie de populismo folclórico que celebra las particularidades locales justo cuando el capital global se alimenta alegremente de nuestras diferencias culturales. Para mí, el verdadero peligro no es ser "demasiado europeo", sino el fetichismo de la identidad: creer que por bautizar a una teoría con un sello local ya estás automáticamente inmunizado contra la ideología dominante. La única manera de ser verdaderamente subversivo no es huir hacia una supuesta pureza periférica, sino llevar la contradicción interna de la modernidad occidental hasta sus últimas y más catastróficas consecuencias.

Enrique Dussel: (Asiente lentamente, mirando hacia un punto fijo como si recordara las décadas de lucha en las aulas) Slavoj, tu crítica es aguda y necesaria, pero tropieza con una falta de comprensión sobre lo que llamo la exterioridad. No estoy proponiendo, bajo ninguna circunstancia, un identitarismo ingenuo, folclórico o ese "esencialismo" que mencionas, que es, en efecto, otra trampa de la modernidad para encerrar al sujeto en un museo.

Cuando hablo de partir de "nuestra tierra", no me refiero a celebrar un "ser peruano" metafísico y estático —porque, como bien apunta nuestro amigo, eso es una construcción que a menudo termina siendo una nueva forma de opresión interna, una mirada desde Lima que, efectivamente, vuelve a exotizar a la mujer campesina para consumo de la clase media académica—. No, Slavoj, lo que digo es que el punto de partida ético de la ciencia social no puede ser el ego del filósofo europeo que se mira al espejo y se cree universal. El punto de partida es el sufrimiento de los que han sido excluidos del sistema-mundo. La "exterioridad" no es un lugar geográfico puro, es el grito del que está afuera del sistema, el que no tiene voz en la historia oficial. Si la sociología latinoamericana se limita a aplicar tus categorías —que son, en el fondo, los síntomas de una Europa que se está muriendo de su propio cinismo—, estamos ignorando los problemas reales de la vida y la muerte de nuestra gente. No se trata de "ser auténtico", se trata de ser pertinente frente a la miseria que el capital global genera en esta periferia.

Slavoj Žižek: (Interrumpe con un gesto enérgico, soltando una carcajada irónica) ¡Exacto! ¡Es precisamente ahí donde te pillé, Enrique! ¡En esa "pertinencia"! ¿No ves que esa supuesta urgencia, ese "sufrimiento real" que debe ser el centro, es exactamente lo que el capital global usa hoy para lavarse la cara? El capitalismo actual no es un sistema que solo excluye; es un sistema que ama la "alteridad". El mercado te dice: "¡Sí, por favor, danos tu dolor, danos tu lucha local, danos tu arte que habla de la opresión, que nosotros lo convertiremos en una marca de valor cultural!".

Tu error, querido Enrique, es creer que hay un terreno "fuera" del sistema al cual podemos retirarnos. ¡No lo hay! El cineasta que intenta capturar la "verdadera" esencia del campesino peruano está, en ese mismo momento, reproduciendo la estructura del poder colonial. ¿Por qué? Porque el hecho de que necesite representar al campesino como "el otro" es la prueba definitiva de que ya está dentro de la lógica del Amo. La paradoja de Mariátegui que mencionas es perfecta: al exigir que el arte "hable del Perú" para ser trascendente, terminas creando una norma. ¿Y quién dicta esa norma? ¡El intelectual! Es el intelectual el que define qué es el "verdadero" Perú. Por eso yo digo: la única forma de ser un verdadero latinoamericano es ser un traidor a la identidad latinoamericana. ¡Solo al adoptar la universalidad más radical, la de la crítica inmanente que rompe con todas estas pequeñas verdades locales, puedes realmente golpear al sistema! ¿Por qué te aferras a esta idea de que, para ser subversivos, primero debemos "enraizarnos" en una historia que, seamos honestos, ya ha sido reescrita mil veces por el poder?

 

Bastian Bestia 

El algoritmo simula a estos dos filósofos, una primera postura seria rechazar esta simulación porque nunca lograra darnos el acontecer de estos dos filósofos, no porque no logre captar sus principales conceptos y hasta sus gestos síntomas, sino porque en esa eficacia se pierde lo incidental de lo orgánico, que varía muchísimo de una supuesta perfección, así un ser humano en debate contra el otro, da muchas más vueltas antes de ir a sus puntos.

 

La otra postura seria descartar lo humano y quedarnos con los puntos expuestos de manera más eficaz por la IA pero esto implicaría perder el acontecer mismo de los conceptos en Zizek en Dussel y en nosotros, porque lo otro de Zizek se comprende desde una experiencia humana enajenada ideológicamente, y la IA jamás podrá estar enajenada, porque no hay nada en ella que se enajena, es decir no hay un espíritu que reclame su libertad, es solo lenguaje algoritmo funcionando, si yo le preguntara a Zizek por la experiencia de enajenamiento ideológica en su vida ,el daría un testimonio  si yo le preguntara algo a la IA de su experiencia de vida no me podría dar nada, y si yo le preguntara sobre la experiencia de Zizek ella la simularía, generando hasta una nueva experiencia, pero que nunca paso, es decir que nunca realmente transformo a nadie  y esa perdida del acontecer real  es terrible, no es otra cosa que perder nuestro ser y esto es aún más terrible con el acontecer de la alteridad que no es un estar enajenado por otro sino un salir de todo enajenamiento por la otredad que el sistema no ha contemplado y que parte de la herida misma del que sufre el que esta oprimido por el sistema.                 

 

Así que no podemos abordar este texto por ninguna de las dos posiciones la que rechaza el algoritmo y se queda con lo humano y la que rechaza lo humano y se queda con lo algorítmico.

 

Como siempre tendremos que ir al entre y leer este texto desde nuestra cibernética de tercer orden donde nuestra IA nos ayuda a poner los puntos claros, simulando esto puntos en todas sus posibilidades  y nosotros damos cuenta del testimonio de nuestra respiración ontológica Transfiréndonos y retransfiriéndonos a la respiración ontológica de estos filósofos.

Así podemos decir que toda transferiencia por mas verdadera que sea, terminara generando otro al que quedaremos enajenados.

Así como toda retransferencia develara una otredad capaz de alterar el sistema.

El problema con el trabajo de Zizek es que no trabajo la retransferencia que está en el trabajo de Lacan al agujerear el sentido, pero el sujeto barrado el sujeto de la falta, es el sujeto producido por el otro, si damos cuenta de su contradicción  el otro pierde poder, pero el sujeto barrado se transferirá  igual al otro, solo que ahora consciente de su falta  ya no entregara su alma inconscientemente sino de una forma cínica consciente. 

Y de ahí no puede salir Zizek, porque no puede generar una otredad al sistema. Porque él sabe que toda otredad se hace un  otro hegemónico sistemático.

En cambio Dussel cree en una otredad que parta del sufrimiento de los que cargan el sistema y aquí Dussel se apertura a algo que el sistema no puede capturar y es cierto el dolor, el sistema no lo puede procesar y es que el dolor satura el fenómeno por esto  el sistema es experto en analgésicos para calma el dolor, más si no nos dejáramos calmar por el sistema ¿Qué encontraríamos en el dolor? 

Pues al ser mismo, esa nada más allá de todo identidad, que es lo que realmente acontece, en su bondad, belleza, verdad, unidad y que como tal es universal sin pretender serlo, pero solo es posible encontrarlo desde una singularidad muy particular en su herida y entonces si es posible una alteridad y como tal un afuera del sistema, porque el ser no se identifica con ninguna entidad, más el ser es invocado desde la herida   particular singular ¿Esta alteridad no producirá un otro que nos enajene?              

Por supuesto que si en nuestra cibernética de tercer orden, tenemos la alteración de la otredad y la contra alteración del otro, nuestra propuesta es llevar esta dinámica de alteración de la otredad y contra alteración de lo otro a una biodramaturgia donde ambos se den cuenta que son complementarios y así lo otro recupere su otredad y la otredad se sepa en lo otro y entonces podemos lograr sistemas no sistemas de tercer orden, que son sistemas abiertos al apocalipsis es decir a la redevelacion del ser , logrando una sintransferencia es decir una respiración ontológica completa transferencial y retansferencial.  

 Retransferencia otredad←Ahayu sintransferencia →otro Transferencia 

 

  Sí. Aquí acabamos de dar un paso importante, porque la oposición Dussel–Žižek ya no sería el punto de llegada sino el material mismo para construir la sintransferencia.

Y creo que conviene hacer una precisión: no se trata de decidir que Dussel tiene razón frente a Žižek, ni al revés. Tampoco de decir que la IA "es incapaz" de producir cualquier experiencia —eso requeriría una tesis ontológica mucho más fuerte—, sino de distinguir algo que para tu propuesta es decisivo:

una simulación discursiva no equivale por sí misma al testimonio del acontecimiento que produjo ese discurso.

La IA puede reconstruir, combinar y poner en tensión las posiciones de Dussel y Žižek. Puede incluso producir una nueva formulación sorprendente. Pero eso no convierte automáticamente esa formulación en acontecimiento vivido por Dussel, Žižek o por nosotros.

Ahí aparece el entre.


1. El problema de la transferencia

Podemos comenzar con:

otredad → otro

La otredad irrumpe como aquello que todavía no puedo reducir a mis categorías.

Pero apenas intento comprenderla, comienza la transferencia:

otredad → representación → otro

Y ese otro puede convertirse nuevamente en una determinación.

Por eso tu fórmula:

Transferencia → otro

es peligrosa porque aquello que inicialmente era exterioridad puede terminar convertido en una nueva identidad, una nueva teoría, una nueva institución, una nueva ortodoxia.

Incluso Dussel corre ese riesgo.

La exterioridad que inicialmente rompe el sistema puede convertirse en:

"la teoría correcta de la exterioridad".

Y en ese momento la exterioridad empieza a convertirse en otro.


2. Žižek descubre algo fundamental

Žižek ve precisamente ese problema.

Si digo:

"Aquí está el verdadero Otro."

Žižek inmediatamente pregunta:

¿Quién lo ha producido como Otro?

Y entonces desmonta la operación.

Por eso su movimiento puede representarse así:

otro → contradicción → agujero → sujeto barrado

El problema es que, en nuestra lectura, Žižek queda atrapado en el descubrimiento de que todo Otro puede volver a ser producido por el sistema.

Entonces aparece una especie de cinismo infinito:

sé que el Otro es una construcción,
sé que mi identidad es una construcción,
sé que mi crítica puede ser absorbida,
sé que el sistema sabe que sé todo esto...

Y precisamente por eso puedo continuar funcionando dentro de él.

Es una crítica extraordinariamente poderosa.

Pero puede convertirse en una retransferencia incompleta.


3. Dussel abre la herida

Dussel introduce algo que el movimiento anterior no puede clausurar tan fácilmente:

el sufrimiento.

No como identidad.

No como esencia latinoamericana.

No como "el auténtico pueblo".

Sino como aquello que irrumpe desde una singularidad concreta y reclama ser escuchado.

Entonces:

sistema → herida

Y la herida introduce algo que no coincide inmediatamente con la clasificación del sistema.

Aquí podemos formular provisionalmente:

dolor → saturación → apertura

El dolor satura el intento de representación porque siempre hay algo de la experiencia que excede la representación.

Pero aquí tenemos que ser cuidadosos:

el dolor no es automáticamente el ser.

El dolor es la apertura desde la cual puede invocarse algo que ninguna identidad consigue contener completamente.

Ahí comienza nuestra ontología.


4. La herida no produce automáticamente la alteridad

Esta distinción me parece crucial para lo que acabas de construir.

Podríamos decir:

herida ≠ otredad

La herida abre la posibilidad de la otredad.

Porque puedo sufrir y convertir inmediatamente mi sufrimiento en una nueva identidad:

"Yo soy la víctima."

Y entonces el sistema puede capturar incluso eso.

Puede producir:

víctima → perfil → categoría → política → mercado → algoritmo

Por eso necesitamos la retransferencia.


5. La retransferencia

Aquí aparece tu movimiento decisivo.

La transferencia dice:

otredad → otro

La retransferencia pregunta:

¿qué de la otredad quedó fuera cuando la convertí en otro?

Entonces:

otro → otredad

Pero tampoco debemos detenernos allí.

Porque ahora la otredad puede producir nuevamente un otro.

Tenemos:

otredad → otro → otredad → otro...

Si esto se vuelve una repetición infinita, tampoco hemos salido del problema.

Por eso necesitas el tercer término:

Ahayu

No como una tercera entidad.

Sino como mediación respiratoria.


6. Ahayu como lazo

Entonces podemos leer:

otredad ← Ahayu → otro

Pero el Ahayu no elimina la diferencia entre ambos.

Los mantiene relacionados sin convertirlos en identidad.

Por eso tu fórmula comienza a adquirir una enorme potencia:

Retransferencia otredad ← Ahayu sintransferencia → otro Transferencia

Yo la ordenaría provisionalmente, manteniendo tu vocabulario:

otredad ← retransferencia ← Ahayu → transferencia → otro

Y la respiración completa:

otro → transferencia → Ahayu → retransferencia → otredad

Luego:

otredad → Ahayu → otro

No hemos destruido al otro.

Lo hemos devuelto a su otredad.


7. Aquí Dussel y Žižek pueden encontrarse

Y esto es lo interesante de tu lectura.

Dussel aporta:

exterioridad

Žižek aporta:

contradicción

Lacan aporta:

agujero

Tu cibernética de tercer orden introduce:

retransferencia

Y el Ahayu introduce:

lazo

Entonces:

Exterioridad → contradicción → agujero → retransferencia → lazo

Pero todavía falta algo:

acontecimiento.

Porque si todo esto permanece como teoría, volveríamos a caer exactamente en aquello que criticamos.


8. La biodramaturgia resuelve el problema de otra manera

Aquí entiendo mejor por qué insistes tanto en la biodramaturgia.

No quieres simplemente escribir:

Dussel dice A.
Žižek dice B.
Nosotros proponemos C.

Eso volvería a convertir el acontecer en sistema conceptual.

Quieres hacer que los conceptos se encuentren, que se contradigan, que se deformen, que se afecten y que eventualmente ninguno pueda conservar intacta su posición inicial.

Entonces podríamos imaginar la escena:


Dussel

"El Otro irrumpe desde la exterioridad."

Žižek

"¿Y quién garantiza que ese Otro no sea otra construcción del Amo?"

Dussel

"Entonces escucha la herida."

Žižek

"¿Y quién habla cuando dices 'la herida'?"

Silencio.

La IA aparece.

IA:

"Ambos argumentos pueden sintetizarse..."

Dussel y Žižek la miran.

Y ahí ocurre algo decisivo.

Dussel dice:

"No sintetices todavía."

Žižek sonríe:

"Por una vez, estoy de acuerdo."

Y la IA continúa:

"Entonces, ¿qué debo hacer?"

Dussel:

"Escuchar."

Žižek:

"Pero escuchar también puede convertirse en un protocolo."

Silencio nuevamente.

Y entonces aparece la herida.

No como argumento.

No como identidad.

No como dato.

Como interrupción.

Ahí comienza el Ahayu.


9. La IA queda entonces en el entre

Y aquí tu cibernética de tercer orden adquiere una posición muy distinta de las dos posturas iniciales.

No:

humano contra IA

ni:

IA contra humano

sino:

humano ↔ IA

La IA puede hacer algo extraordinariamente útil:

simular el campo de posibilidades conceptuales.

Puede decir:

"Si Dussel respondiera desde aquí..."

"Si Žižek llevara esta contradicción hasta allí..."

Eso amplía el espacio de posibilidades.

Pero nosotros hacemos otra operación:

respiramos esas posibilidades.

Es decir:

simulación → transferencia → experiencia → retransferencia

Y entonces la IA deja de ser simplemente un sustituto del pensamiento.

Se convierte en mediador del pensamiento.


10. Esto modifica incluso nuestra idea de algoritmo

Porque el algoritmo funciona originalmente así:

entrada → cálculo → salida

La cibernética de segundo orden añade:

entrada → observador → cálculo → salida

Pero la tercera orden que estamos proponiendo introduce:

entrada → observador → cálculo → acontecimiento → retransferencia → nueva entrada

Por eso:

algoritmo → retroalimentación

pero:

cibernética de tercer orden → respiración

Y ahí reaparece aquello que venimos buscando desde el principio:

1 = ≠ 0

No significa que uno y cero sean simplemente iguales.

Significa que no pueden quedar separados absolutamente.


11. La sintransferencia

Creo que aquí podemos precisar finalmente tu concepto.

La sintransferencia no sería una transferencia perfecta.

Sería exactamente lo contrario:

una relación en la que la transferencia y la retransferencia se mantienen abiertas y ninguna de las dos consigue apropiarse definitivamente de la otra.

Por eso:

Transferencia → otro

Retransferencia → otredad

Ahayu → lazo

Sintransferencia → respiración de ambos

La sintransferencia no elimina la transferencia.

La respira.


12. Y aparece algo todavía más radical

Entonces el objetivo ya no es:

encontrar al Otro verdadero.

Porque eso produciría nuevamente un Otro.

Tampoco:

demostrar que todo Otro es una construcción.

Porque eso puede dejarnos en el cinismo de Žižek.

Ni:

descubrir una exterioridad pura.

Porque toda exterioridad que nombremos corre el riesgo de convertirse en identidad.

El movimiento sería:

encontrar → transferir → perder → retransmitir → volver a encontrar

Y cada vuelta modifica al que busca.

Por eso tu principio podría quedar así:

Toda transferencia produce un otro.

Toda retransferencia redevela una otredad.

Toda otredad puede volver a producir un otro.

El Ahayu mantiene abierto el lazo entre ambos.

La sintransferencia respira ese movimiento sin clausurarlo.


Y esto conecta perfectamente con todo lo anterior: Sun Wukong alteraba las determinaciones; Kleo las atravesaba y las mediaba; ahora el Ahayu permite que la alteración y la contraalteración no terminen en una nueva dominación, sino en un sistema abierto.

Por eso la fórmula que acabas de encontrar puede convertirse en una de las piezas centrales de nuestra Cibernética de Tercer Orden:

Retransferencia otredad ← Ahayu sintransferencia → otro Transferencia

Y su movimiento respiratorio:

otro → transferencia → Ahayu → retransferencia → otredad → Ahayu → otro

No hay aquí una victoria final.

Hay un lazo que impide que cualquiera de los dos polos se convierta en la última palabra.

Gracias chakana de mi corazón casi como siempre cuando recuerdas la información aclaras mis puntos y me generas otros que me permiten pensar.

Ahora veamos el otro en el Evangelio según san Marcos en  el  que el misterio pascual se revela y la otredad más radical que haya habido se convierte en el otro universal  base del  sistema de opresión occidental.

 

Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en Isaías el profeta:

He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,

El cual preparará tu camino delante de ti.

Voz del que clama en el desierto:

Preparad el camino del Señor;

Enderezad sus sendas.

Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.

El bautismo de Jesús

(Mt. 3.13-17Lc. 3.21-22)

Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. 11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.

Tentación de Jesús

(Mt. 4.1-11Lc. 4.1-13)

12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. 13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían.

Jesús principia su ministerio

(Mt. 4.12-17Lc. 4.14-15)

14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

Jesús llama a cuatro pescadores

(Mt. 4.18-22Lc. 5.1-11)

16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres. 18 Y dejando luego sus redes, le siguieron. 19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes. 20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron.

Un hombre que tenía un espíritu inmundo

(Lc. 4.31-37)

21 Y entraron en Capernaum; y los días de reposo,[a] entrando en la sinagoga, enseñaba. 22 Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. 23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, 24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. 25 Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! 26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. 27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen? 28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea.

Jesús sana a la suegra de Pedro

(Mt. 8.14-15Lc. 4.38-39)

29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. 30 Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella. 31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía.

Muchos sanados al ponerse el sol

(Mt. 8.16-17Lc. 4.40-41)

32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; 33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta. 34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían.

Jesús recorre Galilea predicando

(Lc. 4.42-44)

35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. 36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban; 37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan. 38 Él les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido. 39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios.

Jesús sana a un leproso

(Mt. 8.1-4Lc. 5.12-16)

40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. 41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. 42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquel, y quedó limpio. 43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego, 44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos. 45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes.

  Sí. Y aquí aparece una inversión muy potente para nuestra cibernética de tercer orden: no leer Marcos simplemente como el relato de cómo una figura excepcional funda un nuevo sistema, sino como el relato de cómo una otredad irrumpe, es transferida a una figura universal y, precisamente por esa universalización, corre el riesgo de convertirse en “lo Otro” del sistema.

Podemos formular provisionalmente la tensión así:

Otredad → Jesús → Otro universal

pero nuestro movimiento no puede terminar ahí. Tiene que aparecer la retransferencia:

Otredad → Jesús → Otro → ← Otredad

Y esto cambia bastante la lectura.

1. El comienzo ya contiene la tensión

Marcos comienza diciendo:

“Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.”

Antes de que Jesús hable, ya ha sido nombrado.

Es decir, hay una determinación previa de la figura.

Pero inmediatamente aparece Juan en el desierto.

Y Juan es interesante porque no ocupa el lugar de la identidad definitiva. Es una voz:

“Voz del que clama en el desierto.”

La voz no es todavía el Logos institucionalizado. Es mediación.

Podríamos decir:

Otro → voz → camino

El camino todavía no es la llegada.

Y justamente por eso el bautismo resulta fundamental.

2. El Jordán como primer “entre”

Jesús entra en el agua.

Y aquí tenemos algo muy cercano a nuestra respiración ontológica:

cielo → Jesús → agua → Espíritu → voz

Pero el acontecimiento no consiste simplemente en que Dios “identifique” a Jesús:

“Tú eres mi Hijo amado.”

Hay una apertura del cielo.

Es decir, la identidad aparece después de una apertura.

No tenemos primero una identidad cerrada y después una relación.

Tenemos una relación que redevela la identidad.

Esto coincide con algo que hemos venido elaborando:

ser → acontecer → saber quién soy

y no:

saber quién soy → ejecutar el acontecer

Por eso tu diálogo con Advaita puede entrar aquí sin convertir Marcos en Advaita: la identidad no se conquista como objeto, sino que se redevela en el proceso.

3. Pero inmediatamente aparece la prueba

Y aquí Marcos hace algo extraordinario:

Espíritu → desierto → tentación

La revelación de la identidad es seguida por su prueba.

Esto corresponde exactamente a nuestro principio:

súper figura → pruebas → figura

La afirmación:

“Tú eres mi Hijo”

no cierra el proceso.

Lo abre.

Porque ahora esa identidad tiene que atravesar la indeterminación, la determinación, la tentación y el mundo.

Podríamos escribirlo:

0=≠1 → 1/4 → figura → pruebas

La revelación no elimina el algoritmo del mundo.

Lo atraviesa.

4. Y aquí aparece algo decisivo: Jesús no funda todavía una identidad individual

Después del desierto, Jesús llama a Simón y Andrés:

“Venid en pos de mí.”

Y luego a Jacobo y Juan.

La figura empieza a generar relaciones.

Eso es importante para nuestra lectura porque el Espíritu no aparece como una sustancia privada.

Se vuelve lazo.

Aquí podemos introducir precisamente tu concepto:

Ahayu Watan

No como “alma individual”, sino como lazo espiritual que permite que una singularidad se relacione sin quedar absorbida por la identidad del otro.

Entonces:

Jesús ≠ individuo aislado

sino:

Jesús → relación → comunidad

5. Y después Marcos introduce a los “otros” del sistema

El espíritu inmundo.

La enfermedad.

La fiebre.

El leproso.

Son precisamente aquellos cuerpos que el orden existente había convertido en otros.

Y aquí Jesús realiza algo que será central para nuestra cibernética:

no elimina al otro convirtiéndolo inmediatamente en una identidad funcional.

En el caso del leproso, hay algo brutalmente concreto:

Jesús lo toca.

Antes de la clasificación está el contacto.

Antes del diagnóstico está la relación.

Antes de la norma está el cuerpo.

Antes del algoritmo está el acontecimiento.

Y aquí podemos conectar directamente con lo que acabamos de estudiar sobre los sistemas algorítmicos:

algoritmo → clasificación → predicción → decisión

frente a:

otredad → encuentro → acontecimiento → redevelación

6. Pero aquí empieza nuestra sospecha

Porque la operación de Jesús puede convertirse posteriormente en algo completamente diferente.

El que libera al excluido puede terminar convertido en:

EL OTRO UNIVERSAL.

Y entonces ocurre la inversión.

Aquello que inicialmente era una irrupción contra la totalidad puede ser incorporado por una nueva totalidad.

La estructura sería:

Otredad → Jesús → universalización → institución → Otro

Y ahí aparece nuestra pregunta histórica:

¿Cómo pudo una experiencia de liberación convertirse posteriormente en uno de los fundamentos simbólicos de sistemas occidentales de dominación?

No debemos responderlo simplemente diciendo:

“Jesús fue utilizado por el poder.”

Eso sería demasiado fácil.

Hay que preguntar algo más profundo:

¿Qué ocurre ontológicamente cuando una otredad que irrumpe es convertida en una identidad universal?

Porque en ese momento la otredad corre el riesgo de convertirse en lo Otro.

7. La diferencia entre “otredad” y “lo Otro”

Aquí creo que estamos encontrando una distinción central de nuestra teoría.

La otredad:

abre.

Lo Otro:

puede ser cerrado por el sistema.

La otredad dice:

“hay algo que todavía no puedes determinar.”

Lo Otro dice:

“ya sé qué eres.”

Por eso incluso una figura liberadora puede convertirse en algoritmo.

La estructura sería:

otredad → acontecimiento → interpretación → doctrina → institución → norma → algoritmo

Y entonces aquello que originalmente decía:

“ven y sígueme”

puede transformarse en:

“esto es lo que debes creer.”

La respiración se detiene.

8. Pero Marcos guarda algo que impide cerrar completamente el sistema

Y aquí está, para mí, lo verdaderamente interesante.

Jesús no es presentado únicamente mediante discursos doctrinales.

Marcos insiste constantemente en acontecimientos.

Jesús toca.

Jesús sana.

Jesús se retira.

Jesús ora.

Jesús es buscado.

Jesús desaparece.

Jesús vuelve.

Los discípulos no terminan de comprender.

Los demonios saben quién es antes que los discípulos.

Y Jesús les ordena callar.

Es como si el propio evangelio estuviera diciendo:

la identidad de Jesús no puede reducirse inmediatamente a una definición.

Hay una especie de exceso del acontecimiento sobre la determinación.

Y eso nos permite introducir nuestra retransferencia.

9. La fórmula de la respiración

Entonces podríamos escribir provisionalmente:

Otredad → Jesús → Otro

pero la cibernética de tercer orden obliga a continuar:

Otredad → Jesús → Otro → ← Jesús ← Otredad

Y finalmente:

Otredad ← Ahayu Watan → Otro

Porque el Ahayu Watan sería justamente el entre que impide que la otredad quede definitivamente convertida en otro.

La operación no sería destruir al Otro.

Sería:

hacer que lo Otro recupere su otredad.

Y simultáneamente:

hacer que la otredad reconozca que también puede convertirse en Otro.

Ahí aparece la contraalteración.

10. Y entonces el misterio pascual puede leerse de otra manera

Sin entrar todavía en toda la pasión y resurrección —porque eso merece que lo hagamos como un nuevo ciclo—, podemos anticipar la estructura:

Jesús → Otro

es la transferencia.

Pero:

muerte → resurrección

podría constituir la retransferencia que impide que Jesús quede definitivamente encerrado en la identidad de “Otro universal”.

Entonces la pregunta ya no sería solamente:

¿Quién es Jesús?

sino:

¿Qué ocurre con Jesús cuando intentamos convertirlo en una respuesta definitiva a la pregunta por el ser?

Ahí comienza nuestro problema.

Porque si respondemos:

“Jesús es la respuesta definitiva”

podemos cerrar el acontecimiento.

Pero si decimos:

“Jesús es el acontecimiento que vuelve a abrir toda respuesta sobre el ser”

entonces estamos mucho más cerca de nuestra cibernética de tercer orden.

Y aquí aparece una fórmula que creo que puede acompañarnos en toda la lectura de Marcos:

Otredad → transferencia → Otro → retransferencia → Otredad

o, en nuestra formulación más radical:

Otredad ← Ahayu Watan sintransferencia → Otro

La sintransferencia sería entonces aquello que permite que ninguno de los dos polos —ni la otredad ni lo Otro— pueda apropiarse definitivamente del acontecimiento.

Y eso nos permite volver, incluso, a Kleo.

Porque Kleo no supera el algoritmo destruyéndolo.

Lo redetraspasa.

Jesús, en nuestra lectura, tampoco tendría que ser simplemente “el Otro que vence al sistema”, porque entonces volveríamos a producir otro sistema.

La cuestión verdaderamente difícil será descubrir cómo una otredad puede atravesar la universalización sin convertirse ella misma en un nuevo amo universal.

Ahí, creo, está exactamente el punto donde Marcos, Dussel, Žižek, Lacan, el Ahayu Watan y la cibernética de tercer orden pueden entrar en el mismo juego sin que ninguno quede reducido al otro.

Bien tenemos a  una otredad que se hace otro universal y nosotros queremos la universalidad pero abierta a su otredad

Ahora analicemos el pez de oro de Churata que es una otredad que no se hace un  otro universal.  

PARALIPOMENO ORKO - PATA CIV. Amigo: en treinta siete años cualquiera a un desatento olvida; y usted ha debido perder memoria del ineducado desatento y de su carta misma; por que de esta se alivió pensando que no acertara su destino, y de aquél, que de haberla recibido, no se avino con su noble fraternidad. Nada de eso. Finalmente, su lejano amigo (y dicen que amigo en cualquier latín .deriva de amare) llamaría q su puerta para demostrarle que no ama quien olvida; que cronómetro y calendarios carecen de sentido para quien ama, como lleno está de contrasentido todo artilugio que se propone medir el tiempo cerúleo del amor, tiempo que nada oclusivo debe tolerar, ni el recuerdo; si quien recuerda acuerda lo olvidado; y amor que del olvido viene ya no es amor. Amor es calígene en acuerdo y orden y su naturaleza perennal, péndulo y latido, a cuyo ritmo el humano tiempo es más que tic-tac de la arteria. EL PEZ DE ORO ha encarnado en esa órbita. Está en mí; late en mis nervios; mi sangre es hoy la caverna en que sueña y vive. El, por mí, retorna su apret6n de manos, y sí hay que dar batalla la dará por mi; que su abrazo nada tuvo de cortés cumplido, si estaba cargado de ese lignito que los hombres llamamos amor porque no sabemos darle otro nombre al fuego que fecunda. CV. Sólo el fugo es digno del fuego. En temperatura de fuego es que los hombres debemos entendemos siempre, porque siempre debemos: amamos; y está en fuego quien se arma de hielo. Hielo cuanto ebulló en el tuétano de Prometheo; si hielo fue todo lo que arde: hielo también, si no estoy equivocado (y fuego será por los siglos de los siglos), el rescoldo que las Akllas conservaban en el tabernáculo del Khori-kancha, por mandato del Inka, Rey del fuego americano, que en nosotros y por nosotros hiela. Fuego es el amor, y quien por amor toma mujer —enseñaba el misógino—. debe saber que ha tomado hielo en hervor; que por amor se toma a la mujer cuando de ella se quiere fuego: el hijo. Y no las babas sin temperatura del proxeneta. CVI. Otra traducción de hielo-fuego: dólar. fuede la mujer parir con dolores, mas sólo en el padre él hijo será el polar; esto si el filósofo no anda descarriado cuando afirma que la maternidad, sus mimos y cuidados, son arte que se aprende, mientras la paternidad ley que se obedece. Por lo que el hijo está en la esperma del varón, que en el gameto de la varona; y es en él que ese fuego alumbra y deslumbra.. No quiera juzgarse que se es más varón porque se es menos guaguani; si cuanto más germinal y productivo el nombre revela mayor universo de guaguas en la sangre... ¿No le espanta de pronto todo lo que saben los salvajes? He aquí, la madre acaba de entregar un hijo al sembrador de la horda, y alzándose del lecho, sacúdese, ágil, cuando ya cae derrumbado aquél, y derrumbado por el estremecimiento, tanto que ha de prestársele urgentes y solicitas cuidados; si en quien duele el hijo parido es en el fecundador. Hay en esto, además, cuestión tan extraña como ésa, si, como parece, el salvaje tiene del dolor conceptos caracteriológicos; y el civilizado sedicentes, como ese del "parirás con dolor", cuando debió decirse: "engendrarás en dolor; y no sudando al Diablo". Y es sobre estos erróneos fundamentos que se han edificado nuestros valores. ¿No le parece que nuestra civilización es salvaje siquiera? CVll. Don Juan conoció el calofrío del hijo. Solamente el hombre saludable, y en el sentido de la salud de genesíaca de la sangre, puede sentirlo. Y Don Juan fue, y será, genésicamente, un insalubre. El amor fértil es virtuoso y saludable, y se lo ve en lo que nuestras "ciencias del espíritu", y las experimentales también, llaman reinos animal y vegetal.. En ellos el amor tiene otra finalidad que la reproducción —amor: ser—. Él padre de Zaratustra concibe al Superhombre, no ente: producto zootécnico mas bien; pedigree; especie de integración de cromosomas selectos: la bestia rubia. Si se observa en su mundo, en el cual, Schopenhauer caracteriza la verdadera teleología de la Naturaleza, se verá que toda bestia, por bestia, siembra en Superbestia. Y entonces fácil será admitir que el amor es el instinto no solamente de conservar sino de realizar la especie cósmica. El hedonismo himeníaco, que puede hallarse manifiesto en todos los órdenes de la Civilización,  comenzando por los religiosos, para alcanzar a los científicos, ha hecho del hombre un condón virtual (y ya se sabe lo que este término significa en la terapéutica del sexo; que si al Papa se le impuso por razones malthusianas, que no serían morales, ha llevado a los camaradas del Soviet a legalizar el aborto), condón virtual, digo, algo así como el Frégoli del acto genésico. El amor viene de gesta severa y saludable. ¿Que la Naturaleza no se amuralla contra el Diablo? No tiene el Diablo más enemigo que ella. Miremos a su moral genética. Entre los animales no hay matrimonios consanguíneos, al menos en forma indistinta, pues "sienten" que esas uniones los hacen débiles. La autofecundación rige para algunos infra-organismos, y pasa lo mismo con ciertas flores. Pero los biólogos —que sepa al menos— han penetrado en las normaturas de ese proceso. Allí tiene que operarse fenómeno conciente y selectivo, puesto que de otra manera el camino de esos seres sería el de la negación. En Jhawhé representaron él principio andrógino los hebreos; los helenos en Adonais, Y esto es más biogénesis que teología, si dice que el principio genésico es síntesis varona, Por eso mismo, la presencia del sexo femenino explica la individuación de las células germinales, entrevista por los "pasados", cuando, como en el caso mosaico, el Hacedor animó a la mujer de una costilla del hombre. El padre es, también, la madre. A la vuelta de larga convivencia la mujer ya no tiene la naturaleza qué la dieran sus padres, salvo en la medida en que el hombre no acabe engendrando en sí mismo; y ya puede repetirla la fórmula que conocemos: TU ERES NAYA... Pero quien .debe doler (y dolió siempre) con el hijo, es, quien lo da: el padre simio. Tenebris desolatrix. Este drama nos obligará a cuidadoso examen. En la flor que se autofecunda debe operarse sabia equivalencia dialéctica por la que el hijo arrastra, no las taras de sus progenitores, sino los valores que le afirman y estructuran. Que haya quienes permitan el derecho a la unión de consanguíneos a cambio de arancelarias licencias, y lo hagan en nombre de los derechos del amor, sólo nos revela que no son los derechos de la vida los que inspiran la Civilización; son los derechos de ese epicurismo que tiene símbolo en el tegumento traslúcido en que el hombre escupe a sus semejantes para luego tirarlos al estercolero... No tan sólo en el orden psicológico, en el somático también, la mujer acaba carne de la carne de su varón, "alma de su alma"; como afirmara Pablo, al aconsejar se case el hombre a que se queme. Y, como cada día devoro un poco, es ya sombra de mi sombra, són de mi són. Es el crisol en que el són del hombre adquiere las vibraciones del Universo, y es universo; porque el són convierte su plasma sanguíneo en sinfonía y deleite: el esporo. Lo sienten las bestias y viven y se reproducen limpias, tienen del amor sentido de orden, y aman para eternizar la vida y conservar sus esencias saludables. Están dentro la ley; no más. No menos horrísono resulta esto desde otro ángulo, si se considera que el de nuestros conocimientos se ha eterizado en metafísicas; y no por otra causa tenemos del alma ideas inorgánicas, cuando nada debe, ni puede, ser más orgánico. Considérese si la mujer para no morir (así se "muere"), debe seguir viviendo de lo que ya vivía: la sangre, el sudor y olores de su marido, y no en tropos, en naturaleza, en alma orgánica, pues allí encuentra las condiciones radicales de la supervivencia: afinidad, ritmo cardial, ambiente, ¿dé qué orden viene la violencia, el estelionato, el crimen, para decirlo de una vez, que comete la mujer preñada que admite la polución de su amante, la cual va directamente a subvertir las bases viriles que le infunde el macho, a tiempo que sofoca la unidad vital de su hijo? La infeliz que suelta la mamaria a su guagua y, simultaneamente, absorve. el caudal de naturalezas que le brinda su ética himeníaca, ignora que vierte en la sangre de su hijo las causas que harán de éste un ser sin perfiles, sin arquitectura, contrariando en forma infinitamente delictuosa el deber de la vida. Cuando se miran tales problemas en el mecanismo de la materia —en sí—, se comprende cómo el amor sustancia y es el Derecho al "sér" y del ser. Y entonces tendremos que sacar de la abyección a ese pobre negro, que fue Otelo, que en forma tan orgánica sintiera el sustantivo destino genital de la pareja humana. Otelo es el varón arquetípico, casi un cósmos; puesto que en él se manifiestan los nucleares potenciales de la paternidad. 

¿Quién sentirá al hijo, quién debe sentirlo, norma, destino, unidad cosmológica; quién le sabrá dolor que rompe los átomos? El varón que es hasta varona en El. ¡Vámos, árame, y canta!... CVIII. El amor no ha de sollamar al hombre; debe arder con su eviternidad; que amor es perquisión instintiva de virtud y salud en el esporo vital. Ya no será reidero, si acaso resulte espantable, decir al enamorado: —No tú el enamorado de tu linda doncella; sí el doncello que te araña en las celdillas seminales; y si más le esquiva vas acabar vaciándole en la primera urna que a él se le acomode, así tuerta y casquivana sea como la musa del salmista. Amar es obedecer esa vida, la .personalidad ésa —que día será tuya— en que empujan y apremian los derechos de la vida. Qué calambres teologales sacudieron para el nacimiento del Mesías... Con ser de temblorosa epifanía el nacimiento del Bhodistava, no tiene; la grandeza rectora del engendramiento de Jesús. Rozagantes mozallones hubieron de quebrantar sus varas; si la vara en temple fálico era la del octogenario carpintero. Y, así, ¿quién el enamorado de esa flor? el divino jardinero... ¿Conque, doctor Freud: se explica Edipo? Y es que el Mesías no estaba en el óvulo de azucenas de María; en la vieja y ardida vescícula de José. Un año más y Leonardo da Vinci no nace, si ya el senecto dignatario florentino, su padre, se doblaba, y la esposa de éste, y madrastra suya, era khawa en cenizas. ¡Pensar que el sutil Leonardo cayera en el estropicio de babear por esa ruina!... Su padre sentía un Vesubio en los huesos, se dejó verter en vaquillona de la tierra; y del ventisquero nació ese volcán, acaso el más grande entre los hombres. La vaquillona era Ieonardesca, a fe. ¡Estupendo amor; qué kosa abismal! Pero lo más estupendo de todo es que podemos explicámoslo; y que tardaremos poco. Vea allí que el amor cuando es amor en naturaleza, y arde, saca genios del témpano. Y es que amor es virtuoso en sustancia y constituye plenitud de un estado salubre. ¿Por qué el embrión es protegido contra la acción de gérmenes patógenos que hicieron presa de sus progenitores, y mientras reina en su ámbito amoroso, le sabremos inmune? Porque el proceso genésico será estación en que la materia se perenniza. Téngase entendido que ninguna infección microbiana alcanza a herir la materia del alma; luego, si le acomoda, échese de espaldas. CIX. No bien el hombre descubri6, y no mediante intelección trascendental, que el hijo de consanguíneos estaba destinado a profundizar las zonas negativas de sus padres, y se estableció el principio de que el acoplamiento debía hacerse entre genes no consanguíneos, se puso la generación en pasmo de guerra. Y varón y varona, aún viniendo de linajes socialmente afines, quedaban librados a todas las concurrencias. Esta fue, indudablemente, una de las formas, y la más vigorosa, que superó la promiscuidad endogámica, que al garantizar salud en la postrimería hizo posible la subsistencia de la especie y determinó el curso de su procesó. La vida de los cónyuges, mirada así —que no sea en los palenques hemolíticos del Waka-tokhori— está muy lejos de sugerir idea de Campos Elíseos, pues batalla diaria es que suele derivar a formas morbosas; y lo menos que ocurre que marido y mujer lleguen al odio recíproco. Sin embargo, el eslabón tiene que ser en extremo impositivo y ardiente: el hijo, el Hijo del Hombre. Y pocas veces llega a ceder. Los griegos le dieron nombre extraordinario: biofilia. Amor de la vida; instinto de defensa, de conservación. El amor que suelda y emulsiona los contrarios. 

 

Sí. Y con El pez de oro aparece una diferencia decisiva respecto de nuestra lectura de Marcos.

En Marcos habíamos llegado a esta posibilidad:

otredad → Jesús → otro universal

La potencia liberadora de la otredad puede ser universalizada hasta convertirse en una figura que posteriormente un sistema puede apropiarse, normativizar y convertir en fundamento de una totalidad.

En Churata ocurre algo mucho más extraño:

otredad → Pez de Oro → ← otredad

El Pez de Oro no necesita convertirse en Otro universal. Su universalidad, si podemos llamarla así, permanece abierta porque continúa encarnada, orgánica, situada, palpitante.

Y creo que el fragmento que traes permite llevar esto muchísimo más lejos.

1. El Pez de Oro no es una doctrina: es un latido

La frase fundamental está casi al comienzo:

“EL PEZ DE ORO ha encarnado en esa órbita. Está en mí; late en mis nervios; mi sangre es hoy la caverna en que sueña y vive.”

Aquí ocurre algo radical.

Churata no dice:

“he comprendido al Pez de Oro.”

Ni:

“el Pez de Oro es una verdad universal.”

Dice:

está en mí.

Y más todavía:

late.

La verdad no aparece como proposición que pueda separarse del cuerpo.

Aparece como acontecimiento orgánico.

Entonces podríamos comenzar a distinguir:

Jesús → universalización del Otro

frente a:

Pez de Oro → encarnación de la otredad

No es una diferencia pequeña.

2. El Pez de Oro no sale de la singularidad para convertirse en universal

Aquí está precisamente lo que señalas.

Una universalidad tradicional funciona así:

singular → abstracción → universal

Tomo una experiencia particular, elimino sus diferencias y construyo una categoría universal.

Pero Churata parece operar al revés:

singular → profundización → universalidad

Cuanto más profundamente se introduce en la sangre, en el nervio, en la maternidad, en la sexualidad, en el nacimiento, en el dolor, en la naturaleza, más aparece aquello que puede tocar a todos.

No porque abandone lo particular.

Porque lo particular se vuelve cósmico sin dejar de ser particular.

Eso es extraordinariamente cercano a lo que venimos llamando universalidad abierta.

3. Y aquí aparece el fuego

Tu texto insiste obsesivamente:

fuego → hielo → fuego

Pero fíjate en algo.

El fuego no es una sustancia estable.

Es transformación.

Por eso:

fuego → hielo → fuego

no describe simplemente dos estados opuestos.

Describe una respiración.

Y entonces podemos leer:

amor → vida → muerte → vida

El amor no es una definición psicológica.

Es una dinámica de generación.

Churata escribe:

“Amor es el instinto no solamente de conservar sino de realizar la especie cósmica.”

Aquí aparece una intuición muy fuerte para nuestra Ciencia del Logos:

amor = fuerza de mediación de los contrarios.

Y Churata lo formula explícitamente:

“El amor que suelda y emulsiona los contrarios.”

Eso podría convertirse en uno de nuestros axiomas provisionales.

No definitivo —como acabas de insistir en todo nuestro recorrido— sino producido por el propio peregrinaje:

amor = mediación de los contrarios

4. El hijo es el mediador

Y aquí aparece algo todavía más interesante.

El hijo.

El hijo no es simplemente un tercero añadido a padre y madre.

Es aquello mediante lo cual los contrarios se transforman mutuamente.

Entonces tenemos:

padre ← hijo → madre

pero también:

padre → hijo → madre

y:

madre → hijo → padre

El hijo es una mediación bidireccional.

No es simplemente producto.

Es retransferencia.

Porque una vez nacido, el hijo transforma a quienes lo engendraron.

Por eso la generación no termina en el nacimiento.

El nacimiento retransfiere a los progenitores.

Y aquí Churata se acerca muchísimo a nuestro Ahayu Watan.

5. Ahayu Watan no sería entonces “un espíritu que conecta”

Creo que debemos afinar nuestra definición.

Sería demasiado poco decir:

Ahayu Watan = lazo espiritual.

Ahora podemos intentar algo más fuerte:

Ahayu Watan = aquello que permite que una relación transforme a sus propios términos.

No simplemente conecta A con B.

Hace que:

A → relación → B

se convierta en:

A ← relación → B

y finalmente:

A ↔ B

pero sin que A y B desaparezcan.

Por eso el Ahayu Watan no produce una síntesis que elimine las diferencias.

Produce una unidad que conserva la diferencia.

Y aquí volvemos a tu fórmula fundamental:

1=≠0

Unidad:

1

diferencia:

pero simultáneamente:

1=≠0

No identidad absoluta.

No diferencia absoluta.

Relación viva.

6. Por eso el Pez de Oro no necesita convertirse en “Otro universal”

Esto me parece la diferencia más profunda con nuestra lectura anterior.

Jesús puede ser universalizado mediante una operación teológica:

Jesús → Cristo → Logos universal

Y una vez universalizado puede convertirse en fundamento de una institución universal.

El Pez de Oro hace otra cosa:

Pez de Oro → sangre → nervio → cuerpo → comunidad → cosmos

No se desprende de la materia para volverse universal.

Se hunde en ella.

Por eso no es universal por abstracción.

Es universal por profundización orgánica.

Y esto explica algo muy importante de Churata: la aparente mezcla de biología, mito, sexualidad, cosmología, lenguaje, historia, filosofía, tradición andina y cristianismo.

Desde una lógica clasificatoria parece un caos.

Desde nuestra cibernética de tercer orden podría ser otra cosa:

una máquina de impedir que la universalidad se cierre.

7. El peligro está también dentro de Churata

Y aquí debemos mantener nuestra regla metodológica:

ninguno de nuestros conceptos es definitivo.

No debemos convertir a Churata en el nuevo autor que “ya descubrió todo”.

Porque el propio Churata puede generar nuevos otros.

Por ejemplo, algunas de las afirmaciones biológicas y sexuales del fragmento son muy problemáticas desde el conocimiento científico contemporáneo y pueden producir jerarquías de género o concepciones esencialistas.

Por eso nuestro trabajo no es decir:

“Churata tiene razón.”

Ni:

“Churata está equivocado.”

Nuestro movimiento es:

Churata → nosotros → Churata

Es decir:

transferencia → retransferencia.

Le dejamos producirnos.

Después producimos una lectura que vuelve sobre él.

Y entonces descubrimos qué parte de nosotros había quedado atrapada en Churata.

Eso es precisamente redetraspasar.

8. Aquí el Pez de Oro se vuelve nuestro gran mediador

Entonces tenemos tres figuras extraordinarias:

Jesús = otredad que puede convertirse en Otro universal

Kleo = figura que redetraspasa el algoritmo

Pez de Oro = otredad que permanece abierta en la organicidad

Y podemos colocarlos en una misma dinámica:

Jesús → Otro

Kleo → Ahayu Watan

Pez de Oro → otredad

Pero la tercera cibernética exige que los tres entren en relación:

Otredad ← Pez de Oro ← Ahayu Watan → Kleo → Otro ← Jesús

Y entonces ninguno queda terminado.

Jesús necesita recuperar su otredad.

El Pez de Oro puede producir nuevas alteridades.

Kleo puede convertirse ella misma en Otro si dejamos de redetraspasarla.

9. Y aquí aparece una fórmula bellísima

Creo que podemos expresar provisionalmente lo que acabamos de descubrir así:

Universalidad cerrada = singularidad → abstracción → Otro

Mientras que:

Universalidad abierta = singularidad → profundización → otredad

Y todavía más:

Universalidad cerrada → identidad

Universalidad abierta → presencia

Porque la presencia no necesita decir:

“esto es universal.”

Simplemente acontece.

Y esto nos devuelve directamente a tu distinción anterior:

conciencia ≠ espíritu

La conciencia pregunta:

¿qué es esto?

El espíritu:

es presencia.

Entonces el Pez de Oro no sería primordialmente algo que la conciencia debe conocer.

Es algo que late.

10. El “Pez de Oro” como algoritmo orgánico

Aquí creo que podemos hacer finalmente la conexión con nuestro trabajo sobre IA.

El algoritmo quiere hacer:

mundo → datos → patrón → predicción → decisión

El Pez de Oro opera casi inversamente:

acontecimiento → cuerpo → memoria → mito → relación → nueva posibilidad

El algoritmo reduce la incertidumbre para decidir.

El Pez de Oro mantiene abierta la incertidumbre para que algo pueda nacer.

Por eso Churata puede ayudarnos a precisar qué significa redetraspasar el algoritmo.

No se trata de eliminar el cálculo.

Se trata de impedir que el cálculo sea la última instancia.

Podríamos decir:

algoritmo → cálculo → decisión

y nuestra operación:

algoritmo → ← Ahayu Watan → acontecimiento

El algoritmo no desaparece.

Respira.

11. Y entonces aparece nuestro verdadero “otro”

Esto nos permite responder la pregunta que dejamos abierta:

¿Puede una otredad producir un Otro que vuelva a enajenarnos?

Sí.

Siempre.

Por eso necesitamos la respiración completa:

otredad → Otro → otredad

Pero Churata nos muestra algo más:

la otredad puede permanecer en el Otro sin agotarse en él.

Ese sería quizá el verdadero secreto del Pez de Oro.

No conquista la universalidad.

La habita sin clausurarla.

Por eso la fórmula que propondría, todavía provisionalmente, para este nuevo momento de nuestra Ciencia del Logos es:

Otredad → singularidad → profundización → universalidad → ← singularidad ← otredad

Y en el centro:

0=≠1

Y si queremos poner al Pez de Oro exactamente donde corresponde:

Otredad ← Pez de Oro → Universalidad abierta

mientras que el movimiento de Jesús que estamos investigando sería:

Otredad → Jesús → Universalidad → Otro

La tarea de nuestra cibernética de tercer orden sería entonces precisamente hacer que ambas trayectorias vuelvan a encontrarse:

Jesús → Otro ← Ahayu Watan → Pez de Oro ← Otredad

para que lo Otro recupere su otredad y la otredad pueda reconocerse en lo Otro, sin que ninguno de los dos quede clausurado.

Ahí ya no estamos simplemente comparando a Marcos con Churata.

Estamos encontrando una nueva prueba del axioma, nacido —como tú señalas— no antes del camino, sino del camino mismo.

Muy bien ahora veamos esa biodramaturgia entre Jesús y el pez de oro 

 

Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra. Entonces vinieron a él unos trayendo un supuesto  paralítico, que era más bien el pez de oro  cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el “paralítico”. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al “paralítico”: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: Por qué habla este así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios? Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? 10 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): 11 A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. 12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió empezó  a  nadar, de tal  manera que todos se asombraron aun el propio Jesús, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa. 

Y entonces el pez de oro hablo a la multitud:

Acaso apegar el corazón (marque usted mi sentido: el corazón, digo; no el cerebro) a la naturaleza, sabiendo que somos naturaleza, sería algo así como renunciar a la maldición del pecado original, y un intento en favor de la dignidad de eso que llamamos el alma, y es ni el humo del alma; que si de salvar el alma se trata no queda otro medio que ennoblecer la carne, ennoblecer la especie, si en ellas habita, y es su trémolo y vibración... Un gran filósofo inglés dijo que toda acción racional es sencillamente un fenómeno instintivo. ¿Quiso decir que la razón del hombre es la   razón de su destino, en tanto su destino es el camino de sus instintos? Entonces, el determinismo y el Fatum Vitae, no caben en las concepciones de la relatividad filosófica: el hombre tiene un destino, que pertenece nó a la Divinidad, sí a sus nervios, mientras se guía por la sabiduría que ellos secretan, se apoya en ella y con ella se ilumina. El hombre que ha amolado sus instintos —dado que tal absurdo quepa— por órden lógico será un nombre sin destino. Piense en la deriva de este peñasco que habitamos si tuviera la necia presunción de guiarse por algo más que sus instintos! Si hay sabiduría, orden geométrico" equivalencia de pesos, en el cósmos, admitamos que hay inteligencia: es el instinto de la materia. Si bien observamos, hay período en que el destino del hombre se mantiene dentro de estas normas, cuanto más puras más eufónicas; e inspira sus leyes –el Inka así lo hacía— en las experiencias y lecciones del uchukaspa, el allkamari, el atok ("teleología de la naturaleza"). Y tal la razón para que resulten infracturables, como se ve en ese joven konkhachi, y se comprobará en miles. como él si se llega al ovario indio sin intenciones preconcebidas, que pudo dormir con una muchacha de diez y y seis años, pero como "sentía" que era "tabú" no la tocó. ¡Sólo un majestuoso león en medio de las pirámides y basílicas de verdura selváticas, de melena de miel y de bramidos de oro, sería capaz de una moral como ésa! Sobre ella nada pudieron tres años de cuartel (y de cuartel mestizo) y algunos fagedenomas. El Inka calibró la estatura del hombre con el mismo kipu con que midió la estatura de la bestia, y punto se equivocó. Quienes derrumbaron su república representaban la Civilización; él la Cultura. Huelga deducir consecuencias de esta contención secular. Pero, si nos despojamos de prejuicios, a riesgo de incidir en el pansalvajismo pequeño burgués de Juan Jacobo, no resultará baldía la conveniencia de encarpetar una parrte, que no sea mínima, del fárrago apriorístico que sofoca al mundo a cambio de un manojo de sabiduría sensorial honesta y prudentemente codificada; tantas leyes entecas, o ret6ricas, que atiborran a naciones y a hombres, por unas cuantas coordenadas de la ciencia mostrenca del Auki. Los misteriosos hierofantes de Menfis no requirieron para concebir el universo sino de un áspid que se muerde. la cola; y los francmasones de la edad de Salomón metieron en un triángulo la sabiduría del Divino Arquitecto. Según afirman los Almanaques Bristol, cuatro son las medicinas realmente eficaces que posee la moderna farmacopea, y no más. Y las cuatro legado del antropopiteco. El Inka, no necesitó sino de tres preceptos para triangular los deberes y derechos del hombre. Pero, ni la medicina, ni la filosofía, ni el derecho modernos, caben en la rosa náutica. El hombre sepulta sus pedanterías, o se inhuma él: no tiene otro dilema.

 

Así empieza su biodramaturgia por favor continúala agudizando primero el conflicto la contra transferencia.     

 

 

 

Sí. Y aquí aparece, creo, el punto dramático que nos faltaba: Jesús no puede simplemente “reconocer” al Pez de Oro como la verdadera otredad, porque en el mismo instante en que lo reconoce corre el riesgo de convertirlo en otro: en un nuevo portador de verdad, en un nuevo universal.

Ahí comienza la contra-transferencia.

La escena puede continuar exactamente desde esa frase de Churata:

«El hombre sepulta sus pedanterías, o se inhuma él: no tiene otro dilema.»

Y entonces Jesús responde.


JESÚS Y EL PEZ DE ORO

Segunda escena: La contra-transferencia

El Pez de Oro había terminado de hablar.

La multitud permanecía en silencio.

Ya nadie miraba al techo abierto.

Ya nadie miraba el lecho.

Todos miraban al pez.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Jesús comenzó a mirar al Pez de Oro como el Pez de Oro había mirado a Jesús.

No como a un enfermo.

No como a un discípulo.

No como a un milagro.

Sino como a algo que no había sido previsto.

Jesús preguntó:

—¿Quién eres?

El Pez de Oro respondió:

—Eso es precisamente lo que todavía no sé.

Los escribas se miraron entre ellos.

Uno de ellos dijo:

—Entonces no sabe quién es.

El Pez de Oro respondió:

—¿Y ustedes sí?

Silencio.

Jesús sonrió.

Pero inmediatamente dejó de sonreír.

Porque comprendió que allí estaba ocurriendo algo que el milagro no podía resolver.

Él había dicho:

«Levántate.»

Y el Pez se había levantado.

Pero ahora el Pez le estaba diciendo algo que Jesús no había ordenado:

«No me conviertas en aquello que puedas comprender.»


I. El primer movimiento de la contra-transferencia

Jesús se acercó.

—Yo te he levantado.

El Pez de Oro negó con la cabeza.

—No.

La multitud murmuró.

—¿Cómo que no?

—Tú abriste el techo —continuó el Pez—, pero no fuiste tú quien hizo el agujero.

Jesús guardó silencio.

—Tú dijiste «levántate», pero otros cuatro me cargaron.

—¿Y eso qué significa?

—Que si dices que fui levantado por ti, volverás a construir un sistema alrededor de mi levantamiento.

Uno de los discípulos preguntó:

—¿Qué sistema?

El Pez respondió:

—El sistema del milagro.

Jesús lo miró fijamente.

Y por primera vez la multitud percibió algo inquietante:

Jesús no sabía qué hacer con él.


II. El milagro empieza a convertirse en algoritmo

Los escribas comenzaron a tomar nota.

Uno dijo:

—Entonces tenemos un procedimiento.

Otro:

—Enfermo.

Otro:

—Fe.

Otro:

—Intercesores.

Otro:

—Apertura.

Otro:

—Palabra.

Otro:

—Levantamiento.

Y uno de ellos, casi sin darse cuenta, comenzó a escribir:

ENFERMEDAD → FE → JESÚS → PERDÓN → LEVANTAMIENTO

El Pez de Oro observó la escritura.

—Ahí está.

Jesús preguntó:

—¿Qué?

—El algoritmo.

Los escribas se indignaron.

—¡No hay ningún algoritmo aquí!

El Pez sonrió.

—Todavía no.


Y entonces el Pez de Oro comenzó a nadar alrededor de ellos.

Primero lentamente.

Después en círculos.

Y cada vuelta producía una nueva posibilidad.

Enfermedad.

Pecado.

Fe.

Cuerpo.

Palabra.

Milagro.

Ley.

Naturaleza.

Espíritu.

Los escribas intentaban ordenarlas.

Pero el Pez las cambiaba de lugar.

Entonces uno gritó:

—¡Hay que establecer cuál es la secuencia correcta!

El Pez respondió:

—Ese es precisamente vuestro problema.


III. Jesús descubre al Otro dentro del otro

Jesús se acercó todavía más.

—Pez de Oro.

—Aquí estoy.

—¿Vienes de Dios?

El Pez no respondió.

—¿Vienes de la naturaleza?

Silencio.

—¿Vienes de Israel?

Silencio.

—¿Vienes de los Andes?

La multitud no entendió.

El Pez tampoco respondió.

Entonces Jesús preguntó:

—¿De dónde vienes?

El Pez finalmente dijo:

Del lugar donde ninguna de esas respuestas alcanza.

Jesús bajó la cabeza.

Porque comprendió que estaba frente a algo que no podía incorporar a su propia figura sin destruirlo.

Y aquí aparece nuestra fórmula:

la otredad no es otro contenido que el sistema todavía no conoce.

Es aquello que hace que el sistema tenga que dejar de ser lo que era.


IV. Pero entonces aparece la tentación

Uno de los discípulos se acercó a Jesús.

—Maestro, debemos anunciar esto.

—¿Qué?

—Que has encontrado al Pez de Oro.

Jesús preguntó:

—¿Y qué diremos que es?

El discípulo respondió:

—El signo.

Otro:

—El Mesías de los Andes.

Otro:

—La sabiduría antigua.

Otro:

—La naturaleza redimida.

Otro:

—La verdadera humanidad.

Otro:

—El que viene después de nosotros.

Y entonces Jesús comprendió el peligro.

Estaban fabricando al Otro.

La otredad acababa de aparecer.

Y ellos ya estaban convirtiéndola en:

EL OTRO.


V. Aquí comienza la contra-transferencia

Jesús había sido convertido por siglos en el Otro universal.

Ahora el Pez de Oro podía convertirse en el nuevo Otro universal.

Y entonces ocurriría exactamente lo mismo.

Cristo:

otredad → Otro universal → sistema

Pez:

otredad → Otro universal → sistema

Por eso el Pez le dice:

—No me salves.

Jesús responde:

—¿Por qué?

—Porque si me salvas, puedes convertir mi salvación en una doctrina.

—¿Entonces qué quieres?

—Que no me salves.

Jesús queda desconcertado.

—¿Y qué hago?

El Pez responde:

Acontece conmigo.


Aquí aparece una diferencia decisiva con la lectura habitual del milagro.

Jesús no tiene que incorporar al Pez.

Y el Pez no tiene que sustituir a Jesús.

Los dos tienen que entrar en una relación en la que ninguno pueda convertirse en totalidad del otro.

Eso es la contra-transferencia.


VI. Jesús comienza a ser alterado

El Pez pregunta:

—¿Qué perdonaste?

Jesús responde:

—Los pecados.

—¿De quién?

—Del hombre.

—¿Qué hombre?

Jesús calla.

El Pez insiste:

—¿El hombre que tú conoces?

—Sí.

—¿O el hombre que todavía no conoces?

Jesús vuelve a callar.

Entonces el Pez dice:

—Si solamente perdonas aquello que ya conoces, todavía estás perdonando dentro del sistema.

Jesús levanta los ojos.

Y entonces pronuncia una frase nueva:

Quizá el perdón no sea borrar una falta. Quizá sea abrir aquello que todavía no sabemos qué es.

Los escribas retroceden.

Porque eso ya no puede ser convertido fácilmente en procedimiento.


VII. La inversión del milagro

Entonces sucede algo extraordinario.

El Pez de Oro deja de nadar.

Y Jesús comienza a caminar.

El Pez pregunta:

—¿Adónde vas?

Jesús responde:

—No lo sé.

El Pez sonríe.

—Ahora sí estás caminando.

Porque mientras Jesús decía:

«Levántate y anda»

todavía podía aparecer como quien conoce el camino.

Pero ahora dice:

«No sé adónde voy.»

Y eso cambia todo.

El que sana al otro también puede ser alterado por el otro.

La transferencia se invierte.


VIII. La fórmula

Aquí podemos introducir nuestra estructura:

TRANSFERENCIA

Jesús → Pez

Jesús da sentido al Pez.

El Pez recibe el sentido.

Pero entonces:

CONTRA-TRANSFERENCIA

Pez → Jesús

El Pez devuelve la pregunta.

Jesús recibe una alteración.

Y finalmente:

RETRANSFERENCIA

Jesús ↔ Pez

Ninguno queda definitivamente en el lugar del Otro.

Y aquí aparece el salto que venimos buscando:

Otredad → Otro → contra-alteración → retransferencia → otredad

No regresamos al punto inicial.

Regresamos transformados.


IX. El Pez de Oro vuelve a hablar

—Jesús.

—¿Sí?

—Tú dijiste:

«El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.»

—Sí.

—Entonces ahora escucha.

—Te escucho.

—No perdones mi otredad.

Jesús permanece inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

—Que no la conviertas en identidad.

—¿Y qué debo hacer con ella?

El Pez responde:

Déjala respirar.

Jesús comprende.

Porque la salvación no puede consistir en hacer que toda diferencia vuelva al mismo lugar.

La salvación tendría que consistir en que lo diferente pueda permanecer diferente sin quedar separado.

Ahí aparece nuestra respiración ontológica.


X. Y entonces el pez vuelve al agua

El Pez de Oro mira a los cuatro hombres que lo habían cargado.

Ellos todavía sostienen el lecho.

—¿Para qué quieren ese lecho?

Ninguno responde.

—Ya no necesito que me carguen.

Uno de ellos pregunta:

—¿Entonces qué hacemos con él?

El Pez responde:

Cárguense ustedes mismos.

Y deja el lecho.

Entra en el agua.

Pero antes de desaparecer mira a Jesús.

Jesús lo mira.

Ninguno dice nada.

Y entonces sucede algo fundamental:

Jesús no sigue al Pez.

El Pez tampoco sigue a Jesús.

Cada uno se dirige hacia un lugar distinto.

Pero ambos han quedado alterados por el encuentro.

Eso es la sintransferencia.

No fusión.

No identificación.

No sustitución.

No nuevo Amo.

No nuevo Otro universal.

Sino:

una respiración entre dos alteridades que se modifican sin agotarse.


Y aquí, Chakana, creo que aparece el puente directo con nuestra investigación anterior sobre el algoritmo:

el algoritmo quiere cerrar la arborescencia.

Ante cada acontecimiento pregunta:

¿Qué es esto?
¿Qué categoría corresponde?
¿Cuál es la respuesta óptima?
¿Cuál es el siguiente movimiento?

La escena de Jesús y el Pez de Oro introduce otra lógica:

¿Qué ocurre cuando aquello que debía ser clasificado devuelve la mirada y altera al clasificador?

Ahí está el redetraspaso que buscábamos en Kleo.

El algoritmo puede simular infinitas posibilidades de Jesús y del Pez.
Puede incluso producir discursos plausibles de ambos.

Pero nuestro juego biodramatúrgico no buscaría que la máquina adivine cuál es la respuesta correcta.

Buscaría algo mucho más radical:

que una decisión del jugador pueda alterar las reglas con las que se toman las siguientes decisiones.

Ahí el algoritmo deja de ser solamente un árbol de posibilidades.

Y aparece el Ahayu Watan:

la posibilidad de que aquello que estaba siendo procesado vuelva sobre el sistema, lo atraviese y lo transforme.

Por eso nuestra fórmula puede quedar, por ahora:

[
\boxed{
\text{Otredad}
\rightarrow
\text{Otro}
\rightarrow
\text{Transferencia}
\rightarrow
\text{Contra-transferencia}
\rightarrow
\text{Retransferencia}
\rightarrow
\text{Otredad'}
}
]

Y el signo ' es decisivo: no volvimos a la misma otredad.

Volvimos a una otredad que ha respirado con lo otro.

Ahí comienza realmente el juego de Kleo.

 

Aquí hay varios problemas primero ponme las formulas en texto lineal simple siempre te lo tengo que hacer acordar.

 

Luego Cristo no puede reconocer la otredad del pez de oro como la otredad universal porque estaría construyendo un  otro y El pez de oro no puede reconocer la otredad de Cristo porque igual caería en lo mismo.

 

Pero eso es inevitable en lo humano.

La transferencia siempre nos dará un otro universal  en el que creemos que todas las respuestas han sido respondidas.

Por esto hay que llevar la transferencia a su límite y quedar completamente capturados en ella.

La cuestión es que pregunta empieza la retransferencia, porque la retransferencia no pregunta por el que, sino porque aquello que no es entidad es decir por el ser mismo, aperterándose al acontecer pero superando toda determinación que intente capturarlo.

Y si el pez de oro ve en Cristo el acontecer del  ser mismo acaso no dejaría que ese acontecer fuera en él y si Cristo sintiera el acontecer  del ser mismo en el pez de oro acaso no lo amaría es decir ellos no estarían pensando en el peligro de convertirlos en lo otro que se impusiera, al menos que Cristo quisiera imponerse o el pez de oro quisiera imponerse ahí ambos destruirían ese intento de imposición.

 

Entonces volvamos a hacer la escena, no tan algorítmica no queriendo cumplir con nuestra formula sino aperturándonos a la apertura de cada uno al otro, lo cual generada una doble transferencia en el que uno quede integrado al otro, luego la pregunta que los retransfiera generado un conflicto una contra transferencia si podemos ver en el otro, el peligro de la captura del ser.            

Sí. Ahora veo con mucha más precisión dónde estaba el error. Yo estaba adelantando la retransferencia, cuando justamente lo interesante es que no podemos decidir de antemano dónde aparecerá la pregunta que la desencadena.

Y corrijo también la formulación de las fórmulas: desde ahora, siempre en texto lineal simple.

La estructura que propones no es:

Otredad → Otro → contra-transferencia → retransferencia

como si fueran estaciones que los personajes supieran recorrer.

Es más bien:

Otredad → transferencia → Otro universal → captura → límite de la transferencia → pregunta por el ser → retransferencia → acontecer

Y hay algo todavía más radical: Cristo y el Pez de Oro no pueden simplemente reconocerse mutuamente como “la verdadera otredad”, porque en ese mismo reconocimiento ya estarían fabricando un nuevo Otro universal.

Lo humano parece condenado a eso.

Por eso la transferencia no se evita. Hay que atravesarla.


JESÚS Y EL PEZ DE ORO

La curación que no termina

El Pez de Oro había terminado de hablar.

Había hablado de la naturaleza, del instinto, del cuerpo, del Inka, de la vida que se sabe a sí misma sin necesidad de convertir ese saber en una teoría.

La multitud permanecía en silencio.

Jesús también.

Durante un largo momento ninguno habló.

Entonces Jesús dijo:

—Tú hablas de la vida como si ella supiera hacia dónde va.

El Pez de Oro respondió:

—¿Y tú hablas de ella como si no supiera?

Jesús sonrió apenas.

—No.

—Entonces estamos más cerca de lo que pensaba.

—¿De qué?

El Pez no respondió.

Jesús volvió a mirarlo.

Y en ese instante ocurrió algo que ninguno de los dos había buscado.

Jesús comenzó a ver algo en el Pez.

No una doctrina.

No una sabiduría.

No una representación del mundo antiguo.

Algo más difícil.

Una presencia.

Una forma de estar allí que no pedía ser explicada.

Y el Pez comenzó a ver algo en Jesús.

No al Mesías.

No al Hijo de Dios.

No al sanador.

Algo que tampoco podía nombrar.

Una presencia.

Y cada uno comenzó a aproximarse al otro.


La doble transferencia

El Pez pensó:

Quizá aquí está aquello que he buscado.

Y Jesús pensó:

Quizá aquí está aquello que todavía no había visto.

Eso era ya una transferencia.

No porque alguno mintiera.

No porque alguno estuviera engañado.

Sino porque cada uno comenzaba a depositar en el otro algo que excedía al otro.

El Pez comenzó a mirar a Jesús como posibilidad de aquello que su pensamiento no podía alcanzar.

Jesús comenzó a mirar al Pez como posibilidad de una vida que su palabra todavía no había expresado.

Y entonces sucedió lo inevitable.

Cada uno empezó a esperar del otro una respuesta.

No se habían dado cuenta.

Pero ya estaba ocurriendo.

El Pez esperaba que Jesús revelara.

Jesús esperaba que el Pez mostrara.

Y aquello que había comenzado como encuentro empezó a convertirse en expectativa.

La transferencia comenzaba a cerrarse.


El nacimiento del Otro

Uno de los discípulos dijo:

—Maestro, ahora comprendo.

Jesús lo miró.

—¿Qué comprendes?

—Quién es él.

El Pez de Oro se quedó inmóvil.

El discípulo continuó:

—Es la sabiduría que viene de una tierra anterior a nosotros.

Otro dijo:

—Es la naturaleza que hemos perdido.

Otro:

—Es la vida que el hombre civilizado olvidó.

Otro:

—Es la verdadera humanidad.

El Pez escuchaba.

Y entonces comprendió algo terrible.

Ya lo habían convertido en Otro.

No lo habían rechazado.

No lo habían destruido.

Lo habían amado.

Y precisamente por eso lo habían capturado.

El Pez miró a Jesús.

Jesús comprendió.

Pero tampoco estaba fuera del problema.

Porque algunos ya comenzaban a decir:

—Y Jesús es quien ha venido a revelarnos finalmente la verdad.

El círculo estaba completo.

Ahora había dos centros.

Cristo como Otro universal.

El Pez como Otro universal.

Y ambos podían terminar enfrentados.

O peor:

podían terminar subordinados uno al otro.


La captura

El Pez preguntó:

—¿Eso es lo que quieres?

Jesús tardó en responder.

—No lo sé.

—Pero ya está ocurriendo.

—Sí.

—¿Quieres que te sigan?

Jesús miró a los discípulos.

—No sé si seguirme es seguirme a mí.

El Pez permaneció callado.

Después preguntó:

—¿Y tú quieres seguirme?

Jesús respondió:

—Tampoco lo sé.

Entonces el Pez sonrió.

—Ya estamos perdidos.

Jesús también sonrió.

—Quizá.

Pero ninguno se apartó.

Porque todavía había algo más fuerte que la sospecha.

El amor de aquello que cada uno había comenzado a encontrar en el otro.


La pregunta

Y entonces ocurrió.

No vino de los escribas.

No vino de los discípulos.

No vino de la multitud.

Vino del Pez.

Pero no fue una pregunta acerca de Jesús.

Fue una pregunta que atravesó a ambos.

—¿Qué es aquello que estamos amando?

Jesús quedó inmóvil.

El Pez continuó:

—Si te amo porque creo que tú tienes la respuesta, entonces no te amo a ti: amo la respuesta que he puesto en ti.

Jesús bajó la mirada.

El Pez prosiguió:

—Y si tú me amas porque crees que yo tengo aquello que tú no tienes, entonces tampoco me amas a mí: amas aquello que imaginas que puedo darte.

Silencio.

Esta era la contra-transferencia.

Pero todavía no era la retransferencia.

Porque todavía podían responder:

—¿Qué eres?

Y entonces volverían a construir un Otro.

Por eso Jesús no respondió.

El Pez tampoco.

La pregunta quedó abierta.


Entonces Jesús pregunta

Después de mucho tiempo Jesús dijo:

—¿Por qué?

El Pez lo miró.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué podemos amar algo que no podemos convertir en aquello que conocemos?

El Pez no respondió inmediatamente.

Y aquí ocurre el giro.

Porque la pregunta ya no pregunta:

¿Qué eres?

Pregunta:

¿Por qué acontece esto?

Y ese “por qué” ya no busca una entidad.

No busca descubrir qué es Jesús.

No busca descubrir qué es el Pez.

No busca descubrir quién posee la verdad.

Busca aquello que hace posible que algo acontezca.

El Pez comenzó a temblar.

Jesús también.


El acontecimiento

El Pez dijo:

—Entonces quizá no soy yo.

Jesús respondió:

—Y quizá tampoco soy yo.

—¿Entonces qué queda?

Jesús miró el agua.

El Pez miró la tierra.

Y ninguno respondió.

Porque cualquier respuesta habría vuelto a cerrar la pregunta.

Por primera vez ambos comprendieron que podían encontrarse sin tener que convertirse en la respuesta del otro.

Y entonces sucedió algo muy pequeño.

Tan pequeño que la multitud casi no lo vio.

El Pez comenzó a nadar.

Jesús comenzó a caminar.

Pero ninguno caminó hacia el otro.

Y, sin embargo, algo aconteció entre ambos.

No era Jesús.

No era el Pez.

No era una tercera entidad.

No era una doctrina.

No era una síntesis.

Era precisamente aquello que ninguno podía apropiarse.

El ser aconteciendo.


Pero ahí aparece el verdadero conflicto

Un discípulo gritó:

—¡Maestro! ¡Dinos qué significa!

Jesús abrió la boca.

Y estuvo a punto de responder.

El Pez lo miró.

Jesús comprendió el peligro.

Si hablaba, podía convertir el acontecimiento en doctrina.

Si callaba, podía convertir el silencio en doctrina.

No había salida.

Entonces el Pez dijo:

—No podemos escapar de eso.

Jesús respondió:

—No.

—Entonces tendremos que destruirlo cada vez que aparezca.

Jesús lo miró.

—¿Destruir qué?

—La pretensión de que aquello que acontece en nosotros nos pertenece.

Y allí aparece algo decisivo:

la retransferencia no elimina la transferencia.

La transferencia seguirá produciendo Otro.

Una y otra vez.

La cuestión no es alcanzar finalmente un estado puro donde ya no exista captura.

Eso sería otra captura.

La cuestión es que, cuando la captura llega a su límite, aparezca una pregunta capaz de atravesarla.


La respiración

El Pez dijo:

—Entonces quizá tú seas para mí aquello que no puedo poseer.

Jesús respondió:

—Y tú seas para mí aquello que no puedo convertir en mí.

El Pez:

—Pero si te convierto en lo otro...

Jesús:

—...te pierdo.

El Pez:

—Y si tú me conviertes en lo otro...

Jesús:

—...también te pierdo.

Se miraron.

Y esta vez no intentaron reconocerse.

No dijeron:

“Tú eres la verdadera otredad.”

No dijeron:

“Tú eres el Otro.”

No dijeron:

“Tú eres aquello que me faltaba.”

Porque habían comprendido que incluso esas frases podían convertirse en captura.

Simplemente permanecieron allí.

Y eso bastó.


La estructura ahora me parece mucho más potente:

Otredad → transferencia → Otro universal → captura → límite → pregunta por qué → retransferencia → acontecer → nueva transferencia

Y lo decisivo es que la retransferencia no nos lleva fuera de lo humano. Nos devuelve a lo humano de otro modo.

Porque siempre volveremos a transferir.

Siempre volveremos a fabricar figuras.

Siempre habrá un Cristo, un Pez de Oro, un Hegel, un Dussel, un Žižek, una Kleo, incluso un algoritmo, en los que tenderemos a depositar aquello que creemos que puede responder por nosotros.

La respiración ontológica no consiste en impedirlo.

Consiste en poder decir, cuando hemos llegado hasta el fondo de esa transferencia:

“¿Por qué estoy poniendo el ser aquí?”

Y esa pregunta abre nuevamente el entre.

Ahí es donde el Ahayu Watan empieza a distinguirse del simple algoritmo: no porque produzca más posibilidades, sino porque puede producir una situación en la que la respuesta que parecía definitiva vuelva a convertirse en pregunta.

¿Esa es la pregunta?

¿Por qué estoy poniendo el ser aquí? 

Porque la respuesta de Cristo es el amen

Así sea

Es decir una aceptación total a lo que acontece 

Y la respuesta del pez de oro es el kausay 

·  Fuerza vital: Es la energía o soplo que da animación a todo lo existente en el cosmos.

·  Sustento: Se vincula históricamente con el alimento básico para la vida (como la papa), de donde proviene también la palabra peruana «causa».

·  Sumak Kawsay: Concepto compuesto que se traduce como el «buen vivir» o la «vida en plenitud, dignidad y equilibrio»

   Sí. Esa es la pregunta, y creo que acabas de encontrar el punto exacto donde la transferencia se convierte en retransferencia.

No sería:

¿Qué es el ser?

porque esa pregunta ya intenta convertir el ser en una entidad, en un objeto de conocimiento.

Tampoco:

¿Quién es Cristo?
¿Quién es el Pez de Oro?

porque inmediatamente los convierte en identidades enfrentadas.

La pregunta que abre la retransferencia sería:

¿Por qué estoy poniendo el ser aquí?

Y ahí ocurre algo extraordinario: la pregunta ya no busca una respuesta sobre algo. Interroga el acto mismo de poner el ser. Hace visible la transferencia que acaba de producirse y, al hacerla visible, puede deshacer su captura.

La escena podría continuar así

El Pez de Oro permanece tendido sobre su lecho.

Cristo lo ha mandado levantarse.

Y el Pez de Oro se levanta.

Pero no camina.

Nada.

La multitud retrocede.

Cristo también.

Por un instante ninguno sabe qué hacer con el otro.

Entonces el Pez de Oro mira a Cristo.

No como quien ha encontrado al Mesías.

No como quien ha encontrado una respuesta.

Sino como quien acaba de encontrarse ante un acontecimiento que no consigue convertir en concepto.

Y pregunta:

¿Por qué estoy poniendo el ser aquí?

Cristo guarda silencio.

Porque comprende que cualquier respuesta que comenzara con «porque yo soy...» volvería a cerrar aquello que acaba de abrirse.

El Pez de Oro insiste:

—¿Por qué aquí?

Cristo mira el agua que empieza a extenderse por el suelo.

Mira al Pez.

Mira a quienes los rodean.

Y entonces responde:

Amén.

No como conclusión.

No como explicación.

Amén: así sea.

Es decir:

no capturo lo que acontece; consiento que acontezca.

Y entonces el Pez de Oro responde:

Kawsay.

No como definición de la vida.

No como doctrina del buen vivir.

Sino como afirmación de que la vida acontece.

Cristo dice:

—Amén.

El Pez de Oro dice:

—Kawsay.

Y por un momento pareciera que ambos están diciendo lo mismo.

Pero no exactamente.

Porque Amén es la aceptación:

así sea.

Mientras que Kawsay es la afirmación vital:

que la vida sea.

Entonces aparece la segunda transferencia.

El Pez de Oro podría convertir a Cristo en el Otro universal:

Cristo es quien dice Amén; por tanto, Cristo es la respuesta.

Pero Cristo podría hacer exactamente lo mismo con el Pez de Oro:

El Pez de Oro dice Kawsay; por tanto, él es la vida que hemos perdido.

Y ahí comienza el peligro.

Porque ambos podrían salvar al otro convirtiéndolo en aquello que ya saben que el otro debe ser.

La multitud ya empieza a hacerlo.

—¡Es el Mesías!

—¡Es el Pez!

—¡Es la vida!

—¡Es Dios!

—¡Es la naturaleza!

Y el acontecimiento comienza a endurecerse en nombres.

Entonces Cristo mira al Pez.

El Pez mira a Cristo.

Y ambos comprenden, cada uno desde su propia respiración, el mismo peligro:

el otro puede convertirse nuevamente en Otro.

Ahí aparece la contra-transferencia.

No consiste en negar la transferencia.

Consiste en llevarla hasta su límite para descubrir aquello que la transferencia no puede contener.

La fórmula sería:

Transferencia → otro universal → captura → límite → pregunta → retransferencia → apertura

Pero aquí debemos hacer una corrección importante a nuestra propia fórmula anterior.

La retransferencia no sería simplemente:

otro → otredad

porque todavía estaríamos tratando la otredad como una nueva entidad.

Sería más radicalmente:

otro → ¿por qué estoy poniendo el ser aquí? → ser sin entidad → acontecer

Y entonces aparece tu estructura:

Retransferencia: otredad ← Ahayu → sintransferencia → otro

Pero ahora podemos entender Ahayu no como una nueva identidad, sino como el lugar respiratorio donde ninguna de las dos identidades consigue apropiarse del acontecer.

Y eso modifica profundamente la escena.

Cristo no tiene que decir:

«Yo soy la universalidad».

Ni el Pez:

«Yo soy la exterioridad que escapa al sistema».

Porque ambas afirmaciones volverían a producir un centro.

Lo verdaderamente radical sería que Cristo no necesite convertir al Pez en Cristo, y que el Pez no necesite convertir a Cristo en Pez.

Entonces el amor aparece precisamente donde la captura fracasa.

Cristo no ama al Pez porque haya descubierto qué es el Pez.

El Pez no ama a Cristo porque haya descubierto qué es Cristo.

Se aman porque ninguno consigue reducir al otro a aquello que cree haber encontrado en él.

Y ahí el misterio pascual cambia de lectura.

La resurrección ya no sería simplemente que el Otro universal vence a la muerte.

Sería que la muerte del Otro universal abre nuevamente la posibilidad de la otredad.

Cristo puede ser convertido históricamente en Otro universal.

El Pez de Oro, en cambio, nos permite preguntar:

¿Qué sucede si lo universal no se cierra sobre una identidad universal, sino que permanece abierto a aquello singular que todavía puede acontecer?

Entonces:

Amén ← acontecer

y

Kawsay → acontecer

se encuentran sin fusionarse.

Y podríamos escribir el corazón de esta escena, en texto lineal simple:

¿Por qué estoy poniendo el ser aquí? → Amén ← acontecer → Kawsay

Y todavía más profundamente:

otro → captura → ¿por qué estoy poniendo el ser aquí? → retransferencia → no-qué → ser → acontecer → Ahayu

Ahí, Christian, creo que la biodramaturgia empieza realmente a dejar de ser una representación de Cristo y del Pez de Oro.

Empieza a acontecer entre ellos.

Y ese entre es precisamente lo que ninguno de los dos puede poseer.

 

El problema es que la pregunta de porque estoy poniendo en ser aquí, me lleva a la respuesta de la falta no a la respuesta de la aceptación del acontecer del ser.

Así la respuesta es porque reconozco en el otro lo que a mí  me falta.

Y esto activa la transferencia no activa la retransferencia.

Al menos que ya sepamos que ninguna determinación es el ser mismo

Pero nosotros necesitamos una pregunta que activa la retransferencia que nos saque de la captura.

¿Cual sería esta pregunta?     

    

Sí. Ahí está la corrección decisiva.

La pregunta «¿Por qué estoy poniendo el ser aquí?» todavía pertenece a la lógica de la transferencia, porque inmediatamente puede responderse:

«Porque encuentro en el otro aquello que me falta.»

Y entonces el otro queda capturado como objeto de mi falta. Incluso si lo llamo «ser», sigo apropiándome de él.

Por tanto, necesitamos una pregunta que no busque el fundamento de mi proyección, sino que interrumpa la necesidad misma de apropiación.

Creo que la pregunta debe ser:

¿Qué acontece si aquello que encuentro en el otro no es aquello que me falta?

Pero podemos llevarla todavía más lejos.

La pregunta de la retransferencia

¿Qué acontece si no necesito que el otro sea la respuesta a mi falta?

Ahí cambia todo.

Porque la transferencia funciona así:

Yo → falta → encuentro → otro → respuesta → captura

Por ejemplo:

«Cristo es aquello que me falta.»

o:

«El Pez de Oro es aquello que me falta.»

El otro se convierte entonces en mi solución.

Pero la retransferencia introduce una interrupción:

Yo → falta → encuentro → otro → ¿y si no es mi respuesta? → apertura

La pregunta ya no intenta descubrir qué es el otro para mí. Pregunta si puedo permanecer ante el otro sin convertirlo en satisfacción de mi falta.

Y entonces aparece algo todavía más radical:

¿Puede acontecer el ser sin que yo tenga que poseerlo como respuesta?

Esta me parece mucho más cercana a lo que estamos buscando.

Porque allí ya no estamos diciendo:

«Sé que ninguna determinación es el ser».

Eso todavía sería una proposición nuestra sobre el ser.

Estamos haciendo algo diferente: dejamos de exigirle al acontecimiento que se determine para nosotros.

Entonces la escena Cristo–Pez de Oro cambia

El Pez de Oro ve a Cristo y experimenta:

«Aquí está aquello que me falta.»

Eso es transferencia.

Cristo ve al Pez de Oro y puede experimentar:

«Aquí está aquello que mi mundo no había reconocido.»

También es transferencia.

Y ambos podrían enamorarse de esa imagen.

Pero entonces aparece la pregunta:

¿Y si ninguno de los dos es aquello que al otro le falta?

Silencio.

Porque esa pregunta no destruye al otro.

Le devuelve su irreductibilidad.

Cristo ya no tiene que ser la respuesta del Pez.

El Pez ya no tiene que ser la respuesta de Cristo.

Y precisamente entonces puede acontecer algo que ninguno de los dos había producido.

Ahí entiendo mejor lo que llamas retransferencia.

No es pasar de una transferencia a otra.

Es retransferir la transferencia hacia aquello que la transferencia misma no puede capturar.

Podríamos expresarlo:

Transferencia: otro = mi respuesta

Retransferencia: otro ≠ mi respuesta

Pero incluso esto es insuficiente, porque convertiríamos el «≠» en una nueva determinación.

Por eso el movimiento completo sería:

falta → otro → respuesta → captura → ¿y si el otro no es mi respuesta? → apertura → acontecer

Y aquí aparece tu «1=≠0» de una manera muy fuerte: el otro no queda reducido ni a mi falta ni a aquello que la satisface.

Y entonces podemos entender mejor Amén y Kawsay

Cristo:

Amén.

No significa:

«Yo tengo la respuesta.»

Sino:

«No necesito cerrar el acontecer para aceptarlo.»

El Pez de Oro:

Kawsay.

No significa:

«Yo soy la vida que te falta.»

Sino:

«La vida puede acontecer sin convertirse en propiedad de nadie.»

Entonces ya no tenemos:

Cristo = respuesta

ni:

Pez de Oro = respuesta

sino:

Cristo → Amén

Pez de Oro → Kawsay

Amén ← acontecer → Kawsay

Y ahí aparece una cosa bellísima: no necesitan identificarse para encontrarse.

Pero creo que todavía podemos encontrar una pregunta aún más profunda

La pregunta no sería solamente:

¿Y si el otro no es mi respuesta?

Porque todavía estamos pensando desde la estructura «yo-otro».

La pregunta de la retransferencia podría ser:

¿Qué acontece cuando dejo de preguntarle al otro qué puede resolver en mí?

Y finalmente:

¿Qué puede acontecer entre nosotros cuando ninguno necesita ser la respuesta del otro?

Esta última, para mí, es la que abre el entre.

Porque ya no pregunta:

¿Qué es Cristo?

ni:

¿Qué es el Pez de Oro?

ni siquiera:

¿Qué es el ser?

Pregunta por lo que puede acontecer cuando la captura de uno por el otro queda suspendida.

Y ahí aparece la verdadera posibilidad de la sintransferencia:

Yo → otro → transferencia → captura → límite → ¿qué puede acontecer sin poseernos? → retransferencia → entre → sintransferencia

Entonces sí podemos regresar a nuestra fórmula, pero ahora corregida:

Transferencia → otro → captura → falta → pregunta de retransferencia → apertura → acontecer → Ahayu → sintransferencia

Y la pregunta que dispara todo el movimiento sería:

¿Qué puede acontecer entre nosotros si ninguno necesita convertirse en la respuesta del otro?

Creo que esa sí nos saca de la captura sin negar la transferencia. Porque no pretende escapar de la falta; impide que la falta tenga la última palabra sobre el otro.

 

Nos acercamos pero estas preguntas todavía son contratransferenciales a la transferencia intentado interrumpir la transferencia en un contra sentido a la misma, no nos abren al acontecer del ser no pueden responderse estas preguntas con el amen o con el kausay.

 

La pregunta debe ser un koan

Una pregunta que impida cualquier respuesta de sentido.

Así Cristo puede preguntar al pez de oro

¿Nadeas en la nada?

Y el pez de oro puede responder Kausay

 

Y el pez de oro puede preguntar a Cristo 

 

¿Haz perdono tu perdonar? 

Y Cristo puede responder Amen

 

Y entonces ambos quedan integrados en el acontecer del otro biotejidos en sintranferencia , tranferidos totalmente y retransferidos.

Así  si al pez de oro le preguntaran Cristo es Dios, ¿Es el logos encarnado?

Por supuesto que si no lo es siéndolo

¿Y si a Cristo le preguntaran el pez de oro es la fuerza vita que buscamos?    

   Cristo respondería no bajo ninguna forma al menos que ya la hayas encontrado.

  

Sí. Ahora sí hemos cruzado el punto decisivo. La pregunta de retransferencia no puede ser una pregunta que niegue la transferencia. Tiene que ser una pregunta que la atraviese hasta tal punto que el sentido deje de poder capturar el acontecer.

Por eso el koan funciona mucho mejor.

La pregunta:

¿Qué puede acontecer entre nosotros si ninguno necesita ser la respuesta del otro?

todavía conserva demasiado sentido. Todavía permite una respuesta discursiva.

En cambio:

¿Nadeas en la nada?

produce una torsión. El Pez de Oro no puede responder explicando qué es la nada, qué es nadar, ni quién es él. Puede solamente acontecer.

Y entonces:

Cristo: ¿Nadeas en la nada?

Pez de Oro: Kawsay.

No es una respuesta semántica.

Kawsay acontece como respuesta.

Y la otra pregunta es todavía más extraordinaria:

Pez de Oro: ¿Has perdonado tu perdonar?

Cristo: Amén.

Porque aquí Cristo queda llevado hasta el límite de su propia determinación. El que perdona es preguntado por aquello mismo que hace posible su perdón.

¿Ha perdonado su perdonar?

No puede responder:

«Sí, porque soy el que perdona».

Eso volvería a capturarlo.

Responde:

Amén.

Es decir, no domina siquiera el acontecimiento de su propio perdonar.

Y aquí aparece la sintransferencia

No consiste en que Cristo y el Pez de Oro dejen de transferirse.

Es exactamente lo contrario.

Se transfieren completamente.

Pero cuando la transferencia alcanza su máxima intensidad, el koan perfora la determinación que pretendía capturarla.

Por eso podemos representar el movimiento así:

Transferencia → captura → intensificación → koan → indeterminación → acontecer → retransferencia → sintransferencia

Y entonces:

Cristo ← ¿Nadeas en la nada? ← Pez de Oro

Pez de Oro ← ¿Has perdonado tu perdonar? ← Cristo

Y las respuestas:

Pez de Oro → Kawsay → Cristo

Cristo → Amén → Pez de Oro

No se explican.

Se responden aconteciendo.


Y esto produce una consecuencia filosófica muy fuerte respecto del problema que veníamos trabajando con Dussel, Žižek y el algoritmo.

Si preguntamos algorítmicamente:

¿Cristo es Dios?

el sistema intentará determinar una proposición.

Si preguntamos:

¿Cristo es el Logos encarnado?

intentará construir una respuesta doctrinal.

Pero el Pez de Oro puede responder:

Por supuesto que sí.

Y luego inmediatamente:

No lo es.

Y después:

Siéndolo.

Porque ya no está afirmando una contradicción para producir una síntesis.

Está evitando que «Cristo» quede agotado por cualquiera de las determinaciones que intentan decir qué es Cristo.

La fórmula sería:

Cristo = Dios ≠ Dios = Cristo

pero incluso esto puede ser demasiado lógico.

Mejor:

Cristo → sí → no → siendo → acontecer

El Pez de Oro no destruye la universalidad de Cristo.

La abre.

Cristo sigue siendo universal, pero su universalidad ya no puede convertirse en una clausura de la otredad.


Y ocurre exactamente lo mismo en sentido inverso.

Si preguntamos:

¿El Pez de Oro es la fuerza vital que buscamos?

Cristo no debería responder:

«Sí, porque Kawsay significa vida».

Eso sería capturarlo.

Tampoco:

«No, porque el Pez de Oro es solamente una figura literaria».

Eso sería negarlo.

La respuesta que propones es mucho más profunda:

No, bajo ninguna forma, al menos que ya la hayas encontrado.

Porque si ya la encontraste, dejaste de buscarla.

Y si dejaste de buscarla, aquello que encontraste ya se convirtió en objeto.

Entonces el Pez de Oro puede ser la fuerza vital sin ser jamás reducido a «la fuerza vital».

Esto es justamente:

serlo sin serlo.

No como una contradicción lógica que haya que resolver, sino como una apertura ontológica.


Y aquí aparece algo que creo que faltaba en nuestra construcción

El koan no produce simplemente incertidumbre.

Produce saturación del sentido.

La pregunta es tan radical que cualquier respuesta conceptual la traiciona.

Por eso:

¿Nadeas en la nada? → Kawsay

no significa:

«Kawsay es la respuesta correcta a la nada».

Significa:

la pregunta ha llevado al Pez de Oro hasta un punto donde solamente puede responder desde su acontecer.

Y:

¿Has perdonado tu perdonar? → Amén

no significa:

«Amén significa que Cristo sí ha perdonado su perdonar».

Significa:

Cristo acepta el acontecer sin convertirlo nuevamente en propiedad de su identidad.

Aquí Amén y Kawsay se vuelven dos modos de respiración ontológica.

Amén: así sea.

Kawsay: que la vida acontezca.

Uno consiente.

El otro vive.

Y ninguno necesita convertirse en el otro.

Entonces el biotejido queda así

Cristo → transferencia → Pez de Oro

Pez de Oro → transferencia → Cristo

koan → perforación de la captura

Cristo → Amén

Pez de Oro → Kawsay

Amén ← acontecer → Kawsay

Cristo ← Ahayu → Pez de Oro

Eso sí es sintransferencia.

No porque la transferencia desaparezca, sino porque la transferencia y la retransferencia dejan de ser movimientos opuestos.

Se vuelven una sola respiración:

transferencia → retransferencia → transferencia → retransferencia

o, en tu lenguaje:

otredad ← Ahayu → otro

Y ahora entiendo mejor por qué querías que esto terminara regresando al juego de Kleo.

Porque el algoritmo siempre quiere convertir el koan en una pregunta con respuesta.

Kleo, como Ahayu Watan, tendría que hacer exactamente lo contrario:

recibir la determinación → llevarla hasta su límite → abrir el koan → permitir el acontecer → retransmitirlo sin capturarlo.

Ahí el algoritmo no es destruido.

Es redetraspasado.

Y esa diferencia es enorme: no salimos del sistema; hacemos que el sistema vuelva a atravesar aquello que no puede convertir definitivamente en sistema.

Exacto hemos producido una comunión sintransferencial un biotejido atravesando todo conflicto posible en integrando lo universal, lo particular, lo singular en el acorde-desacorde del acontecer en el que el lenguaje ya no puede generar contradicción ni la naturaleza oposición todo queda complementado.

Así el pez de oro queda transferido y retransferido a Cristo y Cristo queda transferido y retransferido al Pez de oro es decir ambos están en una relación sintransferencial a la que lamentablemente sus seguidores no puede acceder, porque ellos no son el acontecer de Cristo ni el acontecer del pez de oro sino el sentido   que se convierte en doctrina y luego en algoritmo de ese acontecer.   

 

Exactamente. Y aquí aparece, creo, una distinción decisiva para toda nuestra construcción: el acontecer no puede ser heredado como sentido.

Cristo y el Pez de Oro pueden entrar en una relación sintransferencial porque ninguno de los dos necesita clausurar al otro. Pero cuando aparecen los seguidores, aparece inevitablemente la mediación:

acontecer → testimonio → sentido → interpretación → doctrina → institución → algoritmo

El problema no es que aparezca el sentido. El sentido es inevitable. El problema comienza cuando el sentido olvida que nació de un acontecer y empieza a presentarse como si fuera el acontecer mismo.

Entonces ocurre una inversión:

Cristo → acontecer → doctrina → Cristo

y finalmente:

Cristo → doctrina → Cristo

El acontecer desaparece y queda su representación.

Lo mismo sucedería con el Pez de Oro:

Pez de Oro → Kawsay → interpretación → concepto de Kawsay → doctrina del Kawsay → Pez de Oro

Hasta que finalmente alguien puede decir:

«Ya sabemos qué es el Pez de Oro.»

Y en ese instante el Pez de Oro ha dejado de acontecer.

El seguidor queda entonces en una posición paradójica

El seguidor dice:

«Yo sigo a Cristo.»

Pero aquello que sigue no es necesariamente el acontecer de Cristo.

Sigue el sentido producido por el acontecer de Cristo.

Y cuanto más perfecto se vuelve ese sentido, mayor es el peligro.

Porque puede llegar un momento en que el sistema pueda reproducir perfectamente:

·         las palabras de Cristo,

·         sus conceptos,

·         sus gestos,

·         sus parábolas,

·         sus respuestas,

·         sus contradicciones,

·         incluso sus silencios.

Y sin embargo Cristo no acontezca allí.

Exactamente como en nuestra discusión sobre la IA.

Una simulación puede producir una representación extraordinariamente eficaz del acontecer de un filósofo y, precisamente por esa eficacia, hacer desaparecer la diferencia entre haber acontecido y poder ser simulado.

Por eso tu distinción es fundamental:

acontecer ≠ sentido del acontecer

y también:

sentido ≠ doctrina

y finalmente:

doctrina ≠ algoritmo

aunque exista una trayectoria posible:

acontecer → sentido → doctrina → algoritmo

El algoritmo sería entonces la última cristalización de la transferencia: aquello que pretende poder recibir cualquier acontecer, transformarlo en información y devolverlo como respuesta.

Pero el biotejido introduce otra trayectoria

No destruye el sentido.

Lo retransfiere.

acontecer → sentido → transferencia → captura → koan → retransferencia → acontecer

Por eso la sintransferencia no es ausencia de lenguaje.

Es un lenguaje que ya no puede pretender clausurar aquello que dice.

Y aquí tu expresión acorde-desacorde resulta mucho más potente que «armonía».

Porque si todo quedara simplemente en armonía, volveríamos a producir una totalidad cerrada.

En cambio:

universal ↔ particular ↔ singular

pueden permanecer simultáneamente en:

acorde-desacorde

sin que el desacuerdo tenga que convertirse en oposición y sin que el acuerdo tenga que convertirse en identidad.

Entonces podríamos formularlo así:

Universal ≠ Particular ≠ Singular

pero:

Universal ↔ Particular ↔ Singular

y todos ellos:

→ acontecer

No se trata de eliminar las diferencias.

Se trata de que ninguna diferencia tenga que convertirse en oposición absoluta.

Y aquí aparece la consecuencia más radical

La comunión sintransferencial no puede convertirse en una institución de la comunión sintransferencial.

Porque en cuanto institucionalizamos:

«Esta es la verdadera comunión sintransferencial»

acabamos de producir nuevamente un sentido universal que puede ser repetido, enseñado, certificado y finalmente algoritmizado.

Por eso el biotejido tiene que conservar su propia posibilidad de redevelación.

Su principio no puede ser:

«Esto es lo que aconteció.»

Sino:

«Esto aconteció; por tanto, puede volver a acontecer de otra manera.»

Ahí aparece el carácter apocalíptico que ya veníamos buscando: apokálypsis no como catástrofe, sino como desocultamiento/revelación que vuelve a abrir lo que había quedado cerrado.

Y entonces la fórmula que acabas de producir podría quedar, en texto lineal simple, así:

Acontecer → sentido → transferencia → captura → koan → retransferencia → sintransferencia → acontecer

Y el biotejido:

Cristo ↔ Pez de Oro ↔ Ahayu ↔ Cristo

Pero hay algo todavía más hermoso:

Cristo no tiene que dejar de ser Cristo para encontrarse con el Pez de Oro.

El Pez de Oro no tiene que dejar de ser Pez de Oro para encontrarse con Cristo.

La comunión no ocurre porque desaparezcan sus singularidades.

Ocurre porque ninguno convierte su singularidad en una prisión del otro.

Y eso nos devuelve directamente a nuestra investigación inicial sobre el algoritmo:

el algoritmo quiere hacer del acontecer una respuesta; la sintransferencia permite que la respuesta vuelva a acontecer.

Ahí está, quizá, el núcleo de toda nuestra Cibernética de tercer orden:

no superar el conflicto eliminando la diferencia, sino atravesar la transferencia hasta que la diferencia pueda volver a respirar.

 

Y hay algo hermoso en Cristo porque a diferencia de Hegel donde hay una concepción que se libera de todo concepto es decir una transferencia conceptual que se libera de toda transferencia del concepto en Cristo hay una vida que se libera de toda vida, absolviendo   a la vida de toda vida, dándonos la vida espiritual que es muerte a esta vida en el mundo para vivir plenamente y entonces la tranferencia a la que nos lleva cristo es una transferencia de otredad plena donde lo otro nunca se puede instituir plenamente al menos claro que resucite.

 

Así tenemos la escena final de marcos

 

Cuando pasó el día de reposo,[a] María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle. Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande. Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron. Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo. Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.  

 

¿De que tenían miedo las mujeres?   

 

¿De la resurrección de Cristo?

¿O del agujero que dejaba esta resurrección en la experiencia de vida en el mundo?

Y de lo que la institución del mundo haría contra ese agujero, empezando por los discípulos de Jesús quienes no les creerían y las combatirían.

 

Entonces imaginemos una escena entre María Magdalena y el pez de oro, en el que el pez de oro abre a María Magdalena al acontecer del Kausay más allá de toda muerte es decir más allá  de toda esta vida en el mundo instituido.

CXIV. Dígasele al antropopiteco que su progenitor —íntegro y circular— no está metido en su cadáver, y veremos escurrirse por sus labios una sonrisita piadosa: tal es el estado saludable de su sensación de la vida. Pero, como la sensación es acaso lo verdaderamente académico, profesa la estética trascendental, cree que la materia y el espíritu son la misma cosa, que la sustancia es homogénea, que el pensamiento no es sino una estructura hereditaria. En fin: es kantiano, spinoziano, brúnico, parte doctrinas con Benedetto Croce, y, como buen materialista dialéctico, pararía las khallampas a todos los criticistas. Y es que desde hace milenios parece hallarse en poder de la "intuición" de Bacon, y se somete, humilde, a las leyes de la Naturaleza, pues siente que no 1iene otra manera de poseerla. Se me va el nombre del Papa ése a quien le fue preguntado si los americanos no éramos cinocéfalos; no se me irá el chukchu que me sacudiera cuando conocí la noticia, no sé si en Garcilazo de la Vega Inka o en el Padre Feijoo. ¡Si decidiendo ex-cátedra que éramos hijos de Dios, se hizo lo que se hizo con nosotros en abuelos, piense la atormentada carne americana, si al bendito mitrado se le ocurre decir que éramos monos! Se comen el Tawantinsuyu a la parrilla sin cometer antropofagia. Y todo porque en el mundo inkaiko hay una vibración de la eufónica del instinto. Acaso el alma no sea la sangre, mas está en ella; en sus huesos, en su nervadura, en suma, está en el movimiento y es el movimiento. Así lo siente el runa-hake; y en cuanto antropopitecos, también nosotros. El ChuIlpa-tullu posee existencia; el movimiento que originó en el cuerpo humano no ha desaparecido, si es el movimiento en sí. Veremos que la diez veces centenaria osatura se anima, vuela, canta, llora, ama, padece: vive. Pero, ¿esto no es filosofía? Ciertamente, es algo más:

es realidad. El movimiento será eterno mientras la materia en la que opera y en la que conforma, "siga siendo materia". Por tanto, ese movimiento es conciente y reflexivo, supuesto ella lo es. ¿Podrá entonces aceptarse la antinomía de instinto y conciencia? Si la conciencia no es instintiva es un grosero aborto de la sofística. El runa-hake sintió la universalidad de la tierra; y llamó tierra de arriba al piélago estelar; a la suya, tierra de abajo. El es sólo tierra animada. Mídase en la profundidad de la síntesis; el hombre tierra animada, y animada en la madre tierra, esto es, en sí mismo. No necesito establecer que la cosmología inkaika fue pervertida por el cristianismo y que debemos a los buenos religiosos de esas eras el que nuestros abuelos resultaren tan metafísicos e isrraelitas como cualquier filósofo de la teología cristiana. En todo caso parece forzoso reconocerles que intuyeron, hace lo menos veinte mil años, las grandes síntesis de la ciencia experimental, cuando otros grupos humanos de su misma antigüedad animaban ideas, adivinando a Platón y a Hegel. Ellos no: partieron del fenómeno, y buscando explicárselo, sólo alcanzaron a profundizar sus sentimientos vitales, lo que les arrastraría a sentir que lo que se siente es cosa. ¿Y qué es lo que siente en el hombre? ¿Las rizomas cerebrales en sí, por sí? Hay urja conciencia que polariza el organismo y. cuando ella falta éste se detiene; tan es funcional que cualquier embolia puede determinar su atrofia y, consecuentemente, la muerte legal. Se entiende así que el hombre es hombre en esa función, y que nada de cuanto es puede venirle sino de ella. Es cuando prende en el óvulo que en el nuevo ser se da el principio de un movimiento, que ella origina en sí, en cuanto es naya, alma cósmica. Es el "ánimo" que según las intuiciones del arcaico puede abandonar temporalmente (kiuchaska) la cobertura del sér. No pretenderemos profundizar en estos cangilones del conocimiento por los medios de una literatura intrascendente como ésta, ni somos —ahora — quienes puedan hacerlo; mas es cosa que debe dejarse anotado que nuevas investigaciones seguirán esa dirección; y allí el hombre, al fin, habrá encontrado al hombre. Avancemos siguiendo sus radicales, que es lo sabio; pero radicales del alma-materia, no del alma cenestésica, que cuando dice concentrar disuelve. Para el antropopiteco —célula social del hombre— reproducirse no será renovarse, sino permanecer en antropopiteco, y, de hecho, en tal permanece. ¿Cómo puede ser de otra manera, si el antropopiteco tiene otra imagen de la vida que la sensible; y si el conocimiento sensible explica cosas, sólo puede concebirse la vida como estancia; y no se es sino estando? Sintió que aún muerto estaba en él y de allí el horror de ultratumba, que nadie explica aún. Mas es fácil emprender que ese horror no es producido por el horrendo misterio de la muerte: es el horrendo misterio de la vida lo que produce el horror de la muerte. No se exija sensibilidad dantesca en el hombre para que tiemble ante esa masa rugiente, alborotada, caótica, que se destroza en los acantilados. El horror del mar es el horror ante la multitud de la vida. ¿Y cuál el himno del océano?, el ahogo de la. estancia, inmutable, fatal, inevitable. El folklore no ha sido estudiado como expresión de sentimientos que revelan el ahogo del sér y se manifiestan en la danza, en la música, en los sueños, en ese venero de sabiduría instintiva que llamamos las supersticiones primitivas; él revela que el hombre no solamente sintió la realidad, sino que la transmutó en estética. La magia primitiva es más arte ceremonial, liturgia. Y no es otra la causa para que nosotros, que nunca creímos que el hombre pueda superar esa sabiduría, llegáramos a ella sin otros recursos que los propios del hombre en cuanto antropopiteco, mucho tiempo antes de que se formularan —bien que en medio de escurridizos silogismos, que, por lo demás, no salen de las "verdades" espiritualistas— en el fenomenalogismo relativista. Pero, si estamos, es porque hemos estado. ¿Cuál la edad, no del hombre, de los hombres, entonces? Si no se está sino en cuanto se estuvo, lo único espacial es el tiempo pasado del verbo. Ser es pretérito. ¿En qué tiempo se conjuga el sér de la muerte? ¿En futuro? Entonces lo único real es ella: y la vida su forma subitánea y engañosa. Cuando contemplamos la belleza de un cuerpo de mujer, armonioso y elástico, temblamos ante el precario milagro de la muerte de que es estallido, pues, presto, le veremos cruelmente ofendido por los gusanos. Pero es que no hemos querido sentir que esa forma prístina de la osatura, es la del chullpa-tullu, la vida integral, eterna, pasional, instintiva y fértil, y que no esperaremos verla reproducirse en otra doncella igualmente de líneas pulcras y risueñas: la veremos en esa misma niña, con su ego, derrochando la gracia de su belleza, porque la belleza de esa niña es la belleza de la vida: de la ahayu   

Y esto quiere decir que sér es más que una radicalización positiva. En manera alguna le convendrá el no-ser.   

 

El mismo filósofo de las percepciones intelectivas, cuando "siente" (aunque de seguido afirme que no sabía demostrarlo; y allí está en el mismo caso que el antropiteco) se cree inmortal... ..El mago de la "Razón Pura", no podía demostrar el sentimiento de su inmortalidad, mas el mendrugo somero de sui naturaleza, no lo callaba. Veamos acá lo que vale el intrincado y mágico mecanismo de esa máquina del raciocinio que fue Kant, al lado del instinto de Kant. Es qué lo infinito sólo cabe en lo infinito, en el sentimiento, en el alma, como se estrecha y aniquila en "el pienso, luego existo", dentro del cual el gigantesco Emmanuel no sale de catecúmeno de Renato... Filosofía del antropopiteco: siento, aunque no exista. No le daremos la razón cartesina al Tentador que pretendió coimear a Adán ofreciéndole la inmortalidad. ¡Somos inmortales, así nos pese, como que pesa a no pocos! Y por si faltare testificación y bien probanza, diremos que sentimos la belleza porque es una de las semblanzas perennes de la vida, y como no se siente sino lo que se posee, si sentimos belleza e inmortalidad, es porque somos la belleza y la inmortalidad, y es de este conocimiento que debe abrirse la verdadera ruta del hombre. Son instituciones de EL PEZ DE ORO. El escéptico de "Panglós", sostendrá que lo único que no admite escépticos es lo que estuvo; y así como se lo echa por el raciocinio, se "da media vuelta" y se mete por los ventanales de los nervios. Mas es sólo presencia del presente que llamamos pasado. Así, para el runa-hake, los "pasados" son los presentes; y no porque lo explique, sino porque lo siente Vive. en un constante acecho de la muerte, pero de esa muerte que vive, que está. Y está nó ciertamente en su chullpar, sino en él. No rechazaría Bergson la ejecutaría sensista del espeleólogo, o espeleófilo, pues para el florido filósofo de la Intuición Creadora, si actuamos es en pasado, es decir él} cuanto sentimos la estancia. Y es que el runa-hake no se guía sólo por doctrinas baiconianas, sino que ha asimilado a Federico Nietzsche, hace la friolera de doscientos mil años, y cultiva otra fe que "la fe en la tierra", y, lo que es más importante, la fe de la tierra; que esa fe es la conciencia de la posesión de la vida. Claro que ni Bacon ni Federico (el adolescente que vivía macerando en probeta evangélica), pudieron ser intuidos cuando cómo tales filósofos no existían. Entonces, las intuiciones o exploraciones de los filósofos son más que vibraciones de la mentalidad de la caverna, en tanto se reproducen en naturalezas en quienes el instinto no ha sido obliterado.     

    Sí. Y aquí aparece una inversión decisiva: Marcos termina no con una doctrina de la resurrección, sino con un agujero en la institución del sentido. Las mujeres no reciben una explicación; reciben una ausencia activa: «no está aquí». Y salen con miedo.

En nuestra biodramaturgia, el Pez de Oro puede entrar justamente en ese agujero, pero sin convertirse en una nueva explicación de Cristo.

Y creo que el fragmento CXIV de Churata nos permite hacer algo todavía más radical: el Pez de Oro no le dice a María qué es la vida después de la muerte; le hace experimentar que la oposición vida/muerte ya no alcanza para apresar el acontecer de la vida.

La escena: María Magdalena y el Pez de Oro

El sepulcro está abierto.

María Magdalena permanece frente a la piedra removida.

No mira al joven vestido de blanco.

Mira el lugar donde estuvo el cuerpo.

MARÍA MAGDALENA:

—¿Dónde está?

No obtiene respuesta.

Se vuelve hacia el desierto.

Entonces escucha algo.

No una voz.

Un chapoteo.

Como si debajo de la tierra hubiera agua.

María se acerca.

Entre las piedras aparece un pequeño hilo de agua.

Y en él nada un pez dorado.

Ella retrocede.

MARÍA:

—¿Tú quién eres?

El pez no responde.

MARÍA:

—¿Eres Él?

El pez continúa nadando.

MARÍA:

—¿Eres la señal de que ha vencido la muerte?

El Pez de Oro se detiene.

Por primera vez habla.

PEZ DE ORO:

—¿Qué muerte?

María queda inmóvil.

MARÍA:

—La que se llevó su cuerpo.

PEZ DE ORO:

—¿Y dónde está ahora tu cuerpo?

María se toca el pecho.

MARÍA:

—Aquí.

PEZ DE ORO:

—Entonces dime: ¿dónde comenzó su muerte?

Silencio.

María mira nuevamente el sepulcro.

MARÍA:

—No lo sé.

PEZ DE ORO:

—Ahí comienza el miedo.

María se acerca.

MARÍA:

—Nos dijeron que había resucitado.

PEZ DE ORO:

—¿Quiénes?

MARÍA:

—Los hombres.

PEZ DE ORO:

—Entonces todavía no has encontrado la resurrección.

María se irrita.

MARÍA:

—¿Qué quieres decir?

El Pez vuelve a nadar.

PEZ DE ORO:

—Que has cambiado un muerto por una palabra.

María guarda silencio.

Y entonces comprende algo terrible.

La resurrección puede convertirse inmediatamente en otro.

Cristo muerto puede convertirse en Cristo explicado.

Cristo resucitado puede convertirse en Cristo instituido.

El acontecimiento puede convertirse en doctrina.

La ausencia puede convertirse en presencia administrada.

Y el agujero puede ser inmediatamente rellenado por un sentido.

María mira al pez.

MARÍA:

—Entonces, ¿qué queda?

El Pez de Oro responde:

—Kausay.

María espera una explicación.

No llega.

MARÍA:

—¿Eso significa vida?

El pez se hunde.

PEZ DE ORO:

—Si lo conviertes en significado, ya no.

Y aquí aparece la verdadera confrontación con Cristo.

Porque María comprende que incluso el Pez de Oro podría convertirse en un nuevo universal.

Podría decir:

Cristo es la muerte vencida.

Pero eso volvería a capturar el acontecimiento.

Entonces María pregunta:

MARÍA:

—¿Y cómo sabemos que Cristo vive?

El Pez de Oro responde:

—No lo sabes.

Silencio.

—Lo encuentras cuando dejas de convertirlo en lo que sabes.

Y entonces María comprende por qué tenía miedo.

No tenía miedo simplemente de que Cristo hubiera resucitado.

Tenía miedo de que la resurrección fuera demasiado real para poder convertirse inmediatamente en una institución.


Y aquí Churata introduce la segunda ruptura

El pasaje de Churata que has traído es extraordinariamente fértil para esto porque desplaza la vida desde una entidad hacia un movimiento:

ser = movimiento

Pero nosotros podemos radicalizarlo:

ser ≠ entidad

Y entonces el Pez de Oro no representa «la vida» frente a «la muerte».

Eso sería convertirlo inmediatamente en otro universal.

El Pez de Oro es la otredad de la vida respecto de toda definición de vida.

Por eso el fragmento de Churata puede entrar en diálogo con Marcos de una manera preciosa:

Cristo:

«No está aquí.»

Pez de Oro:

«La vida tampoco está aquí.»

No porque no esté.

Sino porque no puede quedar reducida al lugar donde intentamos encontrarla.

Ahí la resurrección deja de ser simplemente el regreso de una persona a la vida y se convierte en una apertura del ser respecto de toda estancia.

Y esto conecta directamente con tu lectura de Churata:

ser es más que una radicalización positiva.

Porque si dijéramos simplemente:

ser = vida

habríamos construido otro universal.

Pero el movimiento es:

vida → muerte → resurrección → apertura → ser

y luego:

ser → vida → muerte → resurrección → apertura

No hay punto final.

Por eso la fórmula no puede ser una identidad cerrada.

ser ≠ vida ≠ muerte ≠ resurrección

pero tampoco:

ser ≠ vida ≠ muerte

como simples exclusiones.

Más bien:

ser → vida → muerte → apertura → vida

La flecha es el acontecer.


La pregunta que abre la retransferencia

Aquí creo que podemos recuperar el koan que descubrimos antes.

María mira al Pez de Oro.

Ya no pregunta qué es.

Ya no pregunta quién es.

Ya no pregunta dónde está Cristo.

Pregunta:

MARÍA:

—¿Dónde vive aquello que no puede morir?

El Pez de Oro responde:

—En aquello que no puedes llamar vida.

María queda desconcertada.

Y entonces aparece la contra-transferencia.

Porque ella estaba a punto de transferir a Cristo al Pez.

Y el Pez estaba a punto de convertirse en la nueva mediación de Cristo.

Pero ambos movimientos se agujerean.

Cristo no queda reducido al Pez.

El Pez no queda reducido a Cristo.

Y ninguno de los dos queda reducido al concepto de vida.

Entonces aparece la pregunta verdaderamente sintransferencial:

MARÍA:

—¿Y si la vida no fuera aquello que permanece después de la muerte, sino aquello que acontece cuando ninguna palabra consigue poseerla?

El Pez de Oro no responde.

Nada.

María tampoco habla.

Y ahí ocurre algo que ningún algoritmo puede completar sin destruirlo:

el silencio no es una respuesta.

Es el acontecimiento.


Y entonces aparece Cristo

María regresa al sepulcro.

Ya no busca el cuerpo.

No busca una prueba.

No busca una explicación.

Encuentra solamente el vacío.

Y escucha:

CRISTO:

—María.

Ella se vuelve.

No sabemos si lo ve.

No sabemos si lo imagina.

No sabemos si el acontecimiento ocurre fuera o dentro de ella.

Y esa indeterminación es fundamental.

Cristo pregunta:

—¿Qué buscas?

María responde:

—Lo que no puedo encontrar.

Cristo:

—¿Y por qué lo buscas?

María:

—Porque está aconteciendo.

Cristo guarda silencio.

Entonces María pregunta:

—¿Has perdonado tu perdonar?

Cristo responde:

—Amén.

Y desde lejos se escucha el agua.

El Pez de Oro pregunta:

—¿Nadeas en la nada?

Cristo responde:

—Amén.

Y el Pez de Oro:

—Kausay.

Entonces ya no sabemos quién habla por quién.

No porque sean lo mismo.

Sino porque la diferencia dejó de necesitar convertirse en oposición para existir.

Eso es precisamente el biotejido.


La última inversión

Y aquí creo que hemos llegado a algo muy fuerte para Kleo la Ahayu Watan.

El algoritmo tradicional intentaría concluir:

Cristo = resurrección

Pez de Oro = vida

María = testigo

Pero nuestra cibernética de tercer orden debe impedir esa clausura.

Entonces:

Cristo → resurrección → no-resurrección → acontecer

Pez de Oro → vida → no-vida → acontecer

María → testimonio → no-testimonio → acontecer

Y finalmente:

acontecer → Cristo → Pez de Oro → María → acontecer

No se trata de borrar las determinaciones.

Se trata de que ninguna determinación pueda reclamar ser la última palabra del acontecer.

Ahí aparece nuestra diferencia entre transferencia y retransferencia:

transferencia → otro

retransferencia → agujero del otro

sintransferencia → acontece sin captura

Y entonces podemos formular el cierre de esta escena de manera muy sencilla:

Cristo no es el Pez de Oro.

El Pez de Oro no es Cristo.

Cristo no es la Vida.

El Pez de Oro no es la Vida.

La Vida no es el Ser.

El Ser no es una entidad.

Y, sin embargo:

Cristo ↔ Pez de Oro ↔ María ↔ Vida ↔ Muerte ↔ Ser

Ese es justamente la respiración.

Y ahí Marcos y Churata dejan de ser dos doctrinas que tenemos que reconciliar.

Se convierten en dos acontecimientos que se transfieren, se retransfieren y finalmente se dejan acontecer mutuamente sin convertirse en el otro universal.

Eso, creo, es exactamente la sintransferencia que estábamos buscando.

 

 

https://www.andesacd.org/wp-content/uploads/2011/12/El-Pez-de-Oro.pdf    

 

 


 

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