El verdadero camino es el que
puede retornar
El altavoz resonaba, estridente como un camión de botellas
vacías sobre una calle empedrada; las personas que habían asistido a la reunión
se apiñaban como adoquines, mientras la voz atronadora retumbaba por encima de
la muchedumbre. Taviri estaba en el extremo opuesto del recinto, en alguna
parte. Tenía que llegar hasta él. Se retorció y se abrió paso entre la gente
compacta y de ropas oscuras. No oía las palabras ni veía los rostros: para ella
sólo existía el rugido ensordecedor y los cuerpos apiñados. No conseguía
divisar a Taviri; era demasiado baja. En su camino se interpuso un torso panzón
vestido de negro. Debía llegar hasta Taviri. Sudando, descargó los puños con
ferocidad, pero fue como empujar una pared: el hombre no se movió ni un
centímetro. Los pulmones ciclópeos emitieron, por encima de su cabeza, un
bramido portentoso, un aullido. Se agachó. Luego comprendió que el grito no era
por ella. Los demás gritaban. El locutor había dicho algo, algo acerca de
impuestos, o sobre sombras. Estremecida, se unió al griterío —«¡Sí, sí!»— y
siguió empujando. Por fin alcanzó sin mayor dificultad el vasto Campo de
Instrucción Militar, en Parheo. En lo alto, el cielo crepuscular se extendía,
profundo e incoloro; a su alrededor, se mecían esos altos juncos de cabezas
secas, blancas y colmadas de florecillas. Nunca había averiguado cómo se
llamaban. Las flores la saludaron desde lo alto, sobre el columpio del viento
que siempre barría la planicie a esa hora. Corrió entre los tallos, que se
apartaron a un lado para volver a erguirse, mudos y gráciles. Taviri estaba de
pie entre los altos juncos, con su mejor traje, el de color gris oscuro, que,
con su áspera elegancia, lo hacía parecer profesor o actor de teatro. No
parecía feliz, pero reía y le decía algo. El sonido de su voz la hizo gritar.
Tendió la mano para coger la de él, pero sin llegar a detenerse. No podía
parar.
—¡Ay, Taviri! —dijo—. ¡Está allí!
Y mientras seguía andando, percibía el aroma cargado, dulzón
y extravagante de las flores blancas. En el suelo había zarzas, malezas,
baches, hoyos. Tuvo miedo de caerse… se detuvo.
El sol le dio de lleno en los ojos, despiadado, con el resplandor cegador de la
mañana. La noche anterior se había olvidado de cerrar las persianas. Le dio la
espalda al sol, pero tendida del lado derecho no se sintió cómoda. No serviría
de nada. Ya era de día. Suspiró dos veces, se sentó, bajó las piernas por el
borde de la cama y se acurrucó, envuelta en el camisón, mirándose los pies.
Comprimidos por una vida de zapatos baratos, tenía los dedos
moldeados con aristas donde uno se tocaba con otro, y con callos en la parte
superior. Las uñas descoloridas eran informes. Los abultados huesos de los
tobillos estaban surcados de finas arrugas secas. El valle donde terminaban los
dedos y comenzaba el empeine había conservado la delicadeza, pero la piel, del
color del barro, aparecía cruzada de venas sarmentosas. Feísimas. Lamentables,
deprimentes. Vulgares. Miserables. Probó con todas las palabras y todas le
parecieron adecuadas, como horrendos sombrerillos. Horrendos: sí, ésa también
les iba bien. ¡Pues qué bien, eso de contemplarse y verse horrorosa! Pero, en
fin, ¿cuándo no se había sentido horrorosa, cada vez que se había sentado a
mirarse de ese modo? ¡No muy a menudo! Un cuerpo apropiado no es un objeto, un
instrumento, una pertenencia para que alguien admire. ¡Es sólo uno, uno mismo!
Uno comienza a preocuparse sólo cuando deja de ser uno para ser de uno, para
ser algo que se tiene: ¿Estará bien conservado? ¿Me servirá? ¿Me durará?
—¿A quién le importa? —dijo Laia con rebeldía, y se levantó.
Al incorporarse con tanto ímpetu le sobrevino un mareo. Tuvo
que buscar la mesita de noche con la mano, para no caerse. Eso le recordó el
sueño, en que buscaba la mano de Taviri.
¿Qué le estaba diciendo? No lograba recordarlo. No sabía si
había llegado a tocarle la mano siquiera. Frunció el ceño, tratando de doblegar
la memoria. Después de tanto tiempo de no soñar con Taviri, y ahora no
recordaba lo que le había dicho…
Pero se había ido. Se había ido. Permaneció un rato de pie,
arrebujada en su camisón, aferrada a la mesa de noche. ¿Cuánto hacía que no
pensaba en él —que no soñaba con él—, que ni siquiera pensaba en él como
«Taviri»? ¿Cuánto hacía que no pronunciaba su nombre?
Asieo decía… Cuando Asieo y yo estuvimos en la cárcel, en el
Norte… Antes de conocer a Asieo. La teoría de Asieo sobre la reciprocidad… Ah,
sí, claro que hablaba de él. Demasiado, sin duda. Lo recordaba, lo traía al
presente. Pero como «Asieo», con su apellido, como hombre público. El hombre
íntimo se había difuminado, irrevocablemente. Ahora ya quedaban muy pocos que
lo hubieran conocido. Todos habían compartido la cárcel. Por ese entonces la
gente se reía de eso: todos los amigos estaban en la cárcel. Pero ya no estaban
ni siquiera allí. Acabaron en los cementerios de la prisión. O en las fosas
comunes.
—Ay, ay, mi amor… —se lamentó Laia en voz alta, y se hundió
en la cama una vez más, pues ya no pudo seguir de pie bajo el peso de los
recuerdos: las primeras semanas en el Fuerte, en la celda, esas primeras
semanas de los nueve años transcurridos en el Fuerte de Drio, en la celda, esas
primeras semanas después de enterarse de que Asieo había muerto en combate, en
la Plaza Capitol, y que lo habían enterrado con los Cuatro Mil en los fosos de
cal detrás del Portal de Oring. En la celda. Sus manos regresaron a la vieja
posición de siempre, sobre el regazo: el puño izquierdo cerrado y envuelto por
la derecha, mientras el pulgar diestro iba y venía, restregando el nudillo del
índice izquierdo. Horas, días, noches. Había pensado en todos ellos, en cada
uno de los cuatro mil. Había imaginado en qué posición estarían, cuánto
tardaría la cal en corromper la carne, cómo se tocarían los huesos, en la
oscuridad ardiente. ¿Quién lo estaría tocando, ahora? ¿Cómo yacerían los dedos
gráciles de sus manos? Horas, años.
—Taviri, ¡no te he olvidado! —murmuró, y la insensatez del
hecho la devolvió a la luz de la mañana y a la cama desordenada. Por supuesto
que no lo había olvidado. Esas cosas se daban por sentadas entre marido y
mujer. Allí estaban sus pies planos, viejos y feos, otra vez sobre el suelo,
como siempre. No había ido a ninguna parte. Se levantó con un gruñido de
esfuerzo y de reprobación, y fue hasta el armario a buscar la bata.
Los jóvenes se paseaban por las salas de la Casa con
ostentoso descaro, pero ella era demasiado vieja para eso. No quería estropear
el desayuno a ningún joven obligándole a mirarla. Además, ellos habían crecido
según los principios que predicaban la libertad de vestimenta, de sexo y de
todo lo demás, y en cambio ella no. Ella sólo lo inventó; no es lo mismo.
Como cuando hablaba de Asieo y decía «mi marido». Los demás
fruncían el ceño. La palabra que debía usar, como buena odoniana, desde luego,
era «compañero». Pero ¿por qué demonios tenía que ser una buena odoniana?
Recorrió la sala rumbo a los baños. Mairo estaba allí,
lavándose el cabello en un lavabo. Laia estudió su larga cabellera brillante y
húmeda con admiración. Salía de la casa tan rara vez que no recordaba la última
ocasión en que había visto una respetable calva afeitada, pero la imagen de una
abundante y frondosa cabellera aún le procuraba un vivido placer. Cuántas veces
la habían humillado, gritándole «Melenuda, melenuda», mientras los policías o
los gorilas la arrastraban de los cabellos. Cuántas veces, en cada nueva
prisión, algún soldado burlón le había rapado el pelo al cero… Pero luego el
tiempo lo hacía crecer otra vez, desde las puntas de cepillo hasta que asomaban
los rizos y la melena. En los viejos tiempos… Por amor de Dios, ¿acaso sólo
sabía pensar en los viejos tiempos?
Después de vestirse y de hacer la cama, bajó hasta la sala
común. Tomó un buen desayuno, aunque desde el maldito ataque no había vuelto a
recuperar su buen apetito. Se tomó dos tazas de infusión, pero no logró
terminar con la pieza de fruta que se había servido. ¡Cómo le gustaba la fruta,
de niña! ¡Tanto, que hasta había llegado a robar con tal de comerla! En el
Fuerte… pero ¡ah, Dios!, basta ya con eso… Sonrió y respondió a los saludos, a
las amables preguntas de los demás comensales y al gran Aevi, que atendía el
mostrador esa mañana. Él la había tentado con el melocotón.
—¡Mira esto! Lo guardaba para ti…
¿Cómo podía rechazarlo? De todas formas, siempre le había
encantado la fruta, de la que nunca se cansaba. Una vez, a los seis o siete
años, hurtó una pieza del carro de un vendedor, en la calle del Río. Pero era
difícil comer cuando todos hablaban con tanta animación. Habían llegado
noticias de Thu; noticias de verdad. Al principio se sintió tentada a
desestimarlas: no se fiaba de los entusiasmos. Pero luego vio el artículo en el
periódico, leyó entre líneas, y pensó, con una especie de certeza honda y fría:
«Vaya, entonces era cierto: ha llegado. Y sucede en Thu, no aquí. Thu estallará
antes que el país; la Revolución se impondrá primero allí». Como si eso
importara… Las naciones dejarán de existir. Sin embargo, sí, algo importaba,
pues se sentía un poco triste y decepcionada. Para ser sincera, tenía envidia.
Qué estupidez. No se sumó a la charla; enseguida se incorporó y se marchó rumbo
a su dormitorio, apenada por sí misma. No podía compartir su entusiasmo. Estaba
al margen de todo eso. Sí, al margen. Mientras subía los peldaños
trabajosamente, se justificó pensando: «No es fácil aceptar que una está al
margen, cuando se ha estado en el centro de los acontecimientos durante más de
cincuenta años». Ah, Dios, basta de lamentaciones.
Dejó atrás las escaleras y la autocompasión, y entró en su
habitación. Era un sitio agradable, y se sintió feliz de estar a solas. Era un
gran alivio. Aunque no fuera lo más justo. En el ático, algunos chicos
compartían entre cinco un dormitorio no mayor que el suyo. Nunca había lugar
suficiente en la Casa Odoniana para alojar a todos los que deseaban hospedarse
allí. Disponía de una habitación tan grande sólo porque era una anciana que
había sufrido un ataque. Y tal vez porque fuera Odo. ¿Habría conseguido ese
dormitorio si, en lugar de ser Odo, hubiese sido una simple anciana víctima de
un ataque? Muy probablemente sí. Después de todo, ¿quién demonios querría
compartir la habitación con una vieja achacosa? Pero tampoco estaba segura. El
favoritismo, el elitismo y el culto a los líderes cundían en todas partes. De
todas formas, tampoco había tenido esperanzas de verlos extirpados durante su
vida, en una generación. Sólo el Tiempo ejecuta los grandes cambios. Mientras
tanto, era una habitación amplia y soleada, agradable, apropiada para esa
anciana achacosa que había iniciado una revolución de alcance mundial.
Al cabo de una hora llegaría su secretario y la ayudaría a
despachar el trabajo del día. Arrastró los pies hasta el escritorio: era un
mueble hermoso e imponente, que el Sindicato de Ebanistas de Nio le había
obsequiado sólo porque alguien le oyó decir que el único mueble que realmente
le hubiera gustado tener era un escritorio con cajones y suficiente lugar donde
escribir… Maldición, el tablero estaba prácticamente cubierto de papeles con
notas pegadas, casi todas con la letra pequeña y clara de Noi: Urgente —
Provincias del Norte — ¿Consultar con R.T.?
Desde la muerte de Asieo, su letra nunca había vuelto a ser
la misma. Era extraño, bien mirado. Después de todo, en los cinco años que
siguieron a su muerte ella había escrito toda la Analogía. Y esas cartas,
que el guardia alto con los ojos de color de aguamarina —¿cómo se llamaba?; no
importaba— había podido sacar del Fuerte durante dos años, porque ella se lo
pidió. Ahora las llamaban Cartas de la cárcel, y había unas diez ediciones
diferentes. Lo había escrito todo en el Fuerte de Drio, en la celda, después de
la muerte de Asieo: esas cartas, que, como todos le decían, tenían tanta
«fuerza espiritual» (lo cual debía de significar que cuando las escribió se
mintió en sus propias narices para conservar la entereza), y la Analogía,
que, sin duda, era la obra intelectual más sólida que ella hubiese emprendido
jamás. En fin, había que hacer algo, y en el Fuerte le permitían tener papel y
lápiz… Sin embargo, todo lo había escrito con esos garabatos apresurados que
nunca pudo sentir suyos, que nada tenían que ver con los trazos redondos y bien
trazados de los manuscritos de Sociedad sin gobierno, que ya tenían
cuarenta y cinco años. Taviri no sólo se había llevado consigo a la tumba los
deseos de su cuerpo y de su corazón, sino también su letra clara y ordenada.
Pero le había dejado la revolución.
La gente le había dicho, después, que había sido muy
valiente al seguir escribiendo y trabajando en la cárcel, después de una
derrota tan terrible para el Movimiento, después de la muerte del compañero…
Imbéciles. ¿Qué otra cosa podía haber hecho? Valentía, coraje… ¿Qué era el
valor? Nunca lo llegó a descubrir. No tener miedo, decían algunos. Tener miedo,
pero seguir adelante pese a todo, decían otros. ¿Pero qué podía hacerse, sino
seguir? ¿Acaso había alternativa?
Morir era sólo ir en otra dirección.
Si uno quería volver a casa tenía que seguir y seguir. A eso
se refería cuando escribió: «El verdadero viaje consiste en regresar», pero
nunca fue más que una intuición y, a estas alturas, estaba más lejos que nunca
de poder racionalizarla. Se inclinó con excesiva energía y el quejido de sus
huesos le despertó un quejido. Comenzó a hurgar en el cajón inferior del
escritorio. Su mano dio con una carpeta atemperada por el tiempo y la sacó; la
reconoció al tacto, antes de que la vista se lo confirmara: era el manuscrito
de Organización sindical durante la transición revolucionaria. Él había
estampado el título en la cubierta y, por debajo, escribió su nombre: Taviri
Odo Asieo, IX 741. Tenía una letra elegante y fluida; cada trazo era nítido y
bien formado. Pero había preferido utilizar un dictógrafo. Todo el manuscrito
había sido impreso por el dictógrafo, de buena calidad, que podía corregir las
vacilaciones y determinadas expresiones. Allí no se veía que él pronunciaba la
«o» desde el fondo de la garganta, como los de la costa del norte. Allí no
había nada de él que no fuese su pensamiento. No tenía nada suyo, salvo el
nombre escrito en la cubierta, de su puño y letra. Ella no había querido
conservar sus cartas: guardar cartas era una actitud sentimental. Además, ella
nunca guardaba nada. No se le ocurría una sola cosa que hubiese conservado
pasados unos años. Salvo su cuerpo devastado, claro, que ya la tenía harta…
Otra vez la consabida dicotomía: «ella» y «el cuerpo». Los
años y la enfermedad la habían transformado en una dualista, escapista; la
mente insistía: «no soy yo, yo no soy esto». Pero sí lo era. Tal vez los
místicos pudiesen desvincular la mente del cuerpo. Con cierto anhelo les había
envidiado la posibilidad, más que albergar esperanzas en poder emularlos. Nunca
se había dado al escapismo. Allí, cuerpo y alma, había querido buscar su
emancipación.
Primero, la autocompasión; luego, el orgullo. Allí estaba,
por amor de Dios, con el nombre de Asieo en la mano. ¿Por qué? ¿Acaso no sabía
su nombre si no iba a buscarlo? ¿Qué estaba sucediéndole? Se llevó la carpeta a
los labios y besó la escritura con intensidad, sin vacilar. La devolvió al
cajón de abajo, lo cerró y se irguió en la silla. Sintió un cosquilleo en la
mano derecha; se rascó y sacudió la mano en el aire, fastidiada. Nunca se
recuperó por completo del ataque. Ni su pierna derecha, ni su ojo derecho, ni
la comisura derecha de la boca. Eran partes torpes, perezosas, con frecuentes
cosquilleos. La hacían sentir como un robot en cortocircuito.
El tiempo pasaba; Noi estaba a punto de llegar. ¿Qué había
estado haciendo desde el desayuno?
Se levantó tan rápido que se tambaleó. Tuvo que apoyarse en
el respaldo de la silla para no caer. Recorrió el pasillo hasta el baño y se
miró en el inmenso espejo. Tenía el moño gris flojo y caído. No se lo había
recogido bien antes de desayunar. Forcejeó un rato con el peinado. Le costaba
mantener los brazos en lo alto, sin ayuda. Amai entró corriendo, para orinar.
Se detuvo y le dijo:
—¡Yo lo haré!
En un santiamén le peinó un moño firme y esmerado, con sus
dedos fuertes, bellos y bien torneados, mientras sonreía en silencio. Amai
tenía veinte años: menos de un tercio de la edad de Laia. Sus padres habían
sido miembros del Movimiento. Uno murió durante la insurrección del 60, y el
otro seguía combatiendo, en las provincias del sur. Amai se había criado en
casas odonianas; era hija de la Revolución, legítima hija de la anarquía. Y era
una criatura tan serena, libre y hermosa, que uno lloraba de sólo pensar: «Para
esto trabajamos, en esto pensamos, aquí está, aquí la tenéis, está viva y es
nuestro hermoso y adorable futuro».
El ojo derecho de Laia Osaieo Odo derramó unas lágrimas
diminutas mientras, de pie entre los lavabos y los retretes, dejaba que la
peinase la hija que no había dado a luz. Pero el ojo izquierdo, el ojo sano, no
lloró ni se enteró de lo que estaba haciendo el derecho.
Dio las gracias a Amai y volvió a su habitación. Al mirarse
en el espejo, se dio cuenta de que tenía una mancha en el cuello del vestido.
Jugo de melocotón, probablemente. Pero qué vieja tan torpe. No quería que Noi
entrase y la viese con un manchón en el cuello.
Mientras se deslizaba la blusa limpia por la cabeza, pensó:
«¿Qué tiene Noi de especial?».
Se ajustó la abotonadura del cuello con la mano izquierda,
lentamente.
Noi tenía unos treinta años: era un hombre ágil y musculoso,
de voz suave y ojos alertas y oscuros. Eso tenía de especial. Era así de
simple: un estupendo atractivo sexual. Nunca se había sentido atraída por
ningún hombre rubio, ni fuerte, ni por esos tipos altos y fornidos. Ni siquiera
cuando tenía catorce años y se enamoraba del primer tonto que pasaba. Para
ella, la receta era «moreno, menudo e impetuoso». Como Taviri, por supuesto. El
joven en cuestión no se parecía a Taviri en inteligencia ni en el porte
siquiera, pero allí estaba la evidencia: no quería que él la viese con el
cuello manchado ni con el cabello desordenado.
Ese cabello cano y fino.
Noi entró casi sin detenerse al cruzar la puerta abierta.
¡Dios, había dejado la puerta abierta mientras se cambiaba la camisa! Lo miró y
se vio a sí misma. Era una vieja.
Una puede cepillarse el cabello y cambiarse la camisa, o
puede dejarse la blusa de la semana pasada y la trenza de la noche anterior, o
puede ponerse brocados de oro y esparcir polvo de diamantes sobre la calva
afeitada. Pero nada de eso cambiará las cosas; a lo sumo, la vieja estará más o
menos grotesca.
Una conserva la pulcritud por mera decencia, por mera
higiene, por consideración hacia los demás.
Luego hasta eso se pierde, y una anda por ahí toda sucia,
sin ningún pudor.
—Buenos días —saludó el joven, con su voz tan cordial.
—Hola, Noi.
No, por Dios, no se trataba de mera decencia. Al cuerno la
decencia. ¿Acaso debía fingir que no tenía sexo sólo porque había muerto el
hombre a quien amaba y a quien no le habría importado su edad? ¿Debía reprimir
la verdad, como una maldita y autoritaria puritana? Si hasta hacía seis meses,
antes del ataque, había hecho que los hombres la miraran y que lo hicieran con
placer. Ya no podía procurar placer, pero al menos podía complacerse a sí
misma.
Cuando tenía seis años, y Gadeo, el amigo de su padre, iba a
su casa a charlar de política con él después de cenar, solía ponerse la
gargantilla de color dorado que su madre había encontrado en un montón de cosas
viejas y recogido para ella. Era tan corta que siempre quedaba oculta bajo el
cuello del vestido y nadie la veía. Le gustaba así. Ella sabía que la llevaba
puesta.
Se sentaba en el umbral y los escuchaba, y sabía que se
había puesto bonita para Gadeo. Era moreno, y sus dientes blancos brillaban. A
veces le decía: «¡Hermosa Laia! ¡Ahí está mi preciosa Laia!». ¡Hacía sesenta y
seis años…!
—¿Qué? Estoy atontada. He pasado una noche de perros. —Era
cierto. Había dormido aún menos que de costumbre.
—Preguntaba si habías leído los periódicos esta mañana.
Asintió.
—¿Estás contenta con lo de Soinehe?
Soinehe era la provincia de Thu que había declarado la
secesión del gobierno thuino la noche anterior.
Él parecía alegre. Sus dientes blancos brillaron en su
rostro alerta y moreno. Preciosa Laia.
—Sí. Pero también tengo mis recelos…
—Lo sé. Pero esta vez va en serio. Es el comienzo del fin
para el gobierno de Thu. Ni siquiera han tratado de enviar tropas a Soinehe,
¿sabes? Lo único que conseguirían es instigar a los soldados a rebelarse antes,
y lo saben.
Opinaba lo mismo. También ella había sentido esa certeza.
Pero no podía compartir su regocijo. Al cabo de una vida de subsistir a fuerza
de esperanza porque no había más que eso, se pierde el gusto por la victoria.
El verdadero sentimiento de triunfo debe estar precedido por la desesperación.
Y como había aprendido a no desesperar hacía mucho tiempo, el triunfo ya le
resultaba imposible. Había aprendido a seguir adelante.
—¿Escribiremos las cartas hoy?
—Sí, de acuerdo. ¿Qué cartas?
—Al pueblo del Norte —dijo sin impacientarse.
—¿Del Norte?
—Parheo, Oaidun.
Había nacido en Parheo, esa ciudad inmunda junto a un río
inmundo. Llegó a la capital a los veintidós años, cuando estaba preparada para
instaurar la Revolución. Aunque en esos tiempos, antes de que ella y otros se
dedicasen a reflexionar sobre aquel aspecto, había sido una revolución
infantil, precipitada. Huelgas por mejoras salariales, por la emancipación de
las mujeres. Votos y salarios. Poder y dinero. ¡Por el amor de Dios! En fin,
después de cincuenta años, después de todo, se aprenden unas cuantas cosas.
Pero, a la sazón, también debe olvidarse todo.
—Empecemos por Oaidun —dijo, mientras se sentaba en el sillón.
Noi había ocupado su lugar detrás de la mesa, dispuesto a escribir. Leía
fragmentos de las cartas que debía responder. Ella trataba de prestarle
atención, y hasta tal punto lo consiguió, que logró dictarle una carta entera y
el encabezamiento de otra—. Recordad que, en esta etapa, vuestra hermandad es
vulnerable a la amenaza de… no, a los peligros de… —Vaciló, hasta que Noi
ofreció una sugerencia:
—Los peligros del culto a los líderes…
—Muy bien. Y que nada se corrompe tan pronto por el deseo de
poder como el altruismo. No. Y que nada corrompe al altruismo… tampoco. Ay,
Dios, tú sabes bien lo que quiero decir, Noi, exprésalo a tu manera. Ellos
también lo saben; es lo mismo de siempre. ¿Por qué no leerán mis libros?
—La comunicación… —dijo Noi apaciblemente, citando uno de
los principales lemas odonianos.
—De acuerdo, pero estoy harta de recibir comunicaciones. Si
tú escribes las cartas, yo las firmaré, pero esta mañana no pienso dedicarme a
ello. —Él la miró con cierta preocupación. Ella añadió, irritada—: ¡Estoy
ocupada en otros asuntos!
Cuando Noi se fue, se sentó al escritorio y fingió revolver documentos. En
realidad, sus propias palabras la habían atemorizado y sorprendido. No tenía
nada más que hacer. Nunca había tenido nada más que hacer. Ése era su trabajo:
el trabajo de toda su vida. Ya no podía emprender viajes para pronunciar
discursos ni asistir a manifestaciones en las calles, pero podía escribir, y
ésa era su labor. De todas formas, si tenía alguna otra cosa que hacer, Noi
tendría que haberlo sabido. Él anotaba sus compromisos, y con todo tacto le
recordaba sus citas, como la visita que aquella misma tarde le harían los
estudiantes extranjeros.
Ah, maldición. Le gustaban los jóvenes, y siempre se podía
aprender algo nuevo de un extranjero, pero estaba cansada de nuevos rostros,
cansada de tener que exhibirse. Ella aprendía de los demás, pero ellos no se
llevaban nada a cambio; todo lo que podía enseñarles lo habían aprendido hacía
mucho tiempo, de sus libros, del Movimiento. Venían a verla, como si fuese la
Gran Torre de Rodarred, o el Cañón del Tulaevea. Era un fenómeno; un monumento.
La adoraban con respetuoso estupor. Y ella los amonestaba:
—¡Pensad por vosotros mismos!
»¡Eso no es anarquismo, sino mero oscurantismo!
»No creeréis que la libertad y la disciplina son
incompatibles, ¿verdad?
Y ellos aceptaban sus regañinas mansamente, como niños,
agradecidos, como si fuera una especie de Madre Todopoderosa, ídolo de la Gran
Matriz Protectora. ¡Ella! ¡Ella, que había hablado en los astilleros de Seissero,
y que había maldecido al primer ministro Inoilte en la cara frente a una
multitud de siete mil personas, diciéndole que se habría hecho cortar los
huevos y los habría recubierto de bronce para venderlos como recuerdo si
hubiese visto alguna ganancia en ello! ¡Ella, que había insultado y dado de
patadas a la policía, que había escupido al clero, que había orinado en público
sobre la gran placa de bronce de la Plaza Capitol, donde decía «AQUÍ SE FUNDÓ
LA NACIÓN SOBERANA DE A-10. ETCÉTERA, ETCÉTERA» para mostrar su más
impúdico desdén…! Y ahora era la abuelita de todos, la entrañable ancianita, el
dulce monumento viviente, a quien todos venían a venerar. El incendio ha sido
sofocado, chicos, ya podéis acercaros sin temor.
—No, señor —dijo Laia en voz alta—. Ni por ésas. —No se
avergonzaba de hablar sola, pues siempre lo había hecho. «El auditorio
invisible de Laia», solía decir Taviri, mientras ella se paseaba por la
habitación, murmurando—. Que no vengan, que no pienso recibirlos —dijo a sus
interlocutores inexistentes. Acababa de decidir qué era lo que tanto le urgía:
tenía que salir. Ir a la calle.
Era una falta de consideración decepcionar a esos
estudiantes extranjeros. Era una conducta extravagante, propia de la senilidad.
No era odoniano. A la mierda con eso. ¿De qué servía haber trabajado toda una
vida por la libertad, si al llegar a su edad no podía gozar de ella? Saldría a
pasear.
«¿Qué es un anarquista? Aquel que, al elegir, acepta la
responsabilidad de la elección».
Mientras descendía la escalinata, entre quejidos, decidió
quedarse para recibir a los estudiantes extranjeros. Pero luego saldría.
Eran muy jóvenes, muy serios, encantadores y desgarbados.
Tenían la mirada de asombro de los ciervos; las jovencitas, con pantalones
blancos, los chicos con faldas largas, arcaicas y guerreras. Venían del
hemisferio occidental, de Benbili y del reino de Mand. Le hablaron de sus
esperanzas.
—En Mand estamos tan lejos de la Revolución, que tal vez
estemos muy cerca… —dijo una de las chicas, sonriente y sagaz—. ¡El Círculo de
la Vida! —Y unió los dedos gráciles y trigueños en círculo.
Amai y Aevi les ofrecieron vino blanco y pan moreno, como
mandaba la hospitalidad de la casa. Pero los visitantes, modestamente, se
levantaron para marcharse al cabo de apenas una media hora.
—No, no —los detuvo Laia—. Quedaos aquí y conversad con Aevi
y Amai. Sucede que se me duermen las piernas si permanezco mucho tiempo
sentada. Tengo que cambiar de posición. Me alegro mucho de haber estado con
vosotros, hermanos y hermanas. Volveréis a verme pronto, ¿verdad?
Les entregó su corazón, y ellos le dieron el suyo, y
repartió docenas de besos, cautivada por las mejillas jóvenes y tersas, por los
ojos afectuosos y por el aroma de sus cabellos, antes de irse arrastrando los
pies. Era cierto, estaba un poco cansada, pero subir a echar una siesta habría
sabido a derrota. Se había prometido que saldría y eso pensaba hacer. No andaba
sola por la calle desde… —¿Desde cuándo?—. ¡Desde el invierno!, antes de sufrir
el ataque. Con razón se estaba poniendo enferma. Había sido una especie de
cadena perpetua. Siempre se había sentido viva y a sus anchas en las calles,
fuera.
Franqueó en silencio la puerta lateral de la Casa rumbo a la
calle, y dejó atrás la huerta. La estrecha franja de suelo yermo y urbano había
sido espléndidamente labrada, y ya comenzaban a brotar hermosas hileras de
habichuelas y de ceea. Pero Laia no tenía buen ojo para el cultivo. Desde
luego, era evidente que las comunidades anarquistas, aun en épocas de
transición, debían aspirar al autoabastecimiento; pero la forma de tratar el
terreno y las semillas no era asunto suyo. Para eso había agrónomos y
campesinos. Su lucha estaba en las calles, en las ruidosas y malolientes calles
de asfalto donde había crecido y transcurrido toda su existencia, menos los
quince años que pasó entre rejas.
Levantó la vista y contempló con afecto la fachada de la
Casa. El hecho de que la hubieran construido para ser un banco proporcionaba
una especial satisfacción a sus ocupantes. Guardaban los sacos de cereales en
bóvedas a prueba de explosivos y dejaban fermentar los pequeños toneles de
sidra en las cajas de seguridad. Sobre las columnas ostentosas que daban a la
calle, se seguía leyendo en letras grabadas Banco Nacional de Inversores y
Productores Agrícolas. El Movimiento no era precisamente lo que se dice
creativo a la hora de poner nombres. No tenían bandera. Los lemas iban y venían
según la necesidad del momento. Siempre podían recurrir al Círculo de la Vida
para garabatearlo en las paredes y el pavimento, donde a la Autoridad no le
quedaba más remedio que verlo. Pero en lo que a nombres se refería, eran
indiferentes. Aceptaban o ignoraban los motes con que los llamaban, temerosos
de que los encasillaran, pero no de ser absurdos. Por ello, esa casa tan
célebre, la segunda en antigüedad entre todos los hogares cooperativos, no
tenía más nombre que «el Banco».
Daba a una avenida ancha y tranquila, pero a tan sólo unos
metros comenzaba el Temeba, un mercado abierto, antiguamente famoso por la
venta clandestina de drogas psicógenas y teratogénicas, y donde ahora se
comerciaba con hortalizas, ropas usadas y ofrecía espectáculos de ínfima
categoría. Su perversa vitalidad había desaparecido, no sin dejar una estela de
alcohólicos semiparalíticos, adictos, lisiados, mercachifles, prostitutas de
mala muerte, antros de vicio y de juego, adivinas, tatuadores y pensiones
baratas. Laia se dirigió al Temeba así como el agua busca su nivel.
Nunca había despreciado ni temido la ciudad. Ése era su
reino. Si la Revolución se imponía, no habría barrios como ése. Pero habría
miseria. Siempre seguiría habiendo miseria, derroche, crueldad. Nunca había
pretendido transformar la condición humana, ni ser la Madre que aparta la
tragedia de sus hijos para que no se hagan daño. Es lo que menos deseaba.
Mientras los hombres tuvieran la libertad de elegir, si preferían beber
porquerías y vivir en las cloacas, era asunto de ellos. Cualquier cosa, con tal
de que no fuera asunto de negocios, ni fuente de lucro o de poder para otros. Lo
supo antes de aprender ninguna otra cosa; antes de escribir el primer panfleto,
antes de irse de Parheo, antes de saber qué significaba «capital», antes de ir
más allá de la calle del Río, donde solía jugar a canicas con las rodillas
despellejadas sobre la calle, junto a otros críos de seis años. Sabía muy bien
que ella, los demás niños, sus padres y los padres de ellos, los borrachos y
las mujerzuelas y todos los que vivían en la calle del Río formaban la base, el
fondo, los cimientos de algo. Que eran la realidad, el origen.
Pero ¿acaso dejará que la civilización se hunda en el
fango?, exclamaría luego la gente decente. Durante años quiso explicarles que
cuando lo único que se tenía era barro, si uno era Dios, trataba de convertirlo
en seres humanos, y si uno era ser humano, trataba de hacer casas con él, donde
pudieran vivir los hombres. Pero ni uno solo entre los que creían ser más que
barro la comprendió.
Agua en busca de su nivel, barro con barro, Laia recorría la
calle inmunda y ruidosa, y la detestable debilidad de su vejez se sintió a sus
anchas. Las prostitutas somnolientas, con el cabello revuelto bajo el armazón
de aerosoles y de tintes, la tuerta que pregonaba a gritos las hortalizas en
venta, la mendiga retardada que aplastaba moscas entre las palmas de las manos…
ésas eran las mujeres de su país. Se le parecían, tristes, desagradables,
mediocres, lastimosas, horrorosas. Eran sus hermanas, su pueblo.
No se encontraba muy bien. Hacía mucho tiempo que no
caminaba tanto —cuatro o cinco calles— sin ayuda de nadie, en medio del ruido,
del gentío, del calor maloliente del verano. Había pensado en ir al Parque
Koly, ese triángulo de hierba raída que se extendía al final del Temeba, y
sentarse allí junto con los demás ancianos, para ver cómo era ser vieja y
sentarse en ese lugar. Pero quedaba demasiado lejos. Si no emprendía el regreso
en ese momento, podría sobrevenirle un mareo, y tenía miedo de caerse. De
caerse y tener que quedarse tendida en el suelo, viendo cómo la gente miraba
desde arriba a una vieja enclenque. Dio media vuelta y echó a andar hacia la
Casa, con el ceño fruncido de disgusto y de cansancio. Sintió que el rostro se
le había enrojecido, y que las palpitaciones le inundaban los oídos. Le pareció
demasiado; en cualquier momento tropezaría. Buscó un umbral en la sombra y se
dirigió hasta allí, para sentarse con cautela, entre suspiros.
Cerca del lugar había un vendedor de frutas, sentado en
silencio detrás de su mercancía polvorienta y descolorida. La gente pasaba.
Nadie le compraba nada. Nadie la miró. Odo, ¿quién era Odo? Una célebre
revolucionaria, autora de Comunidad, de la Analogía, y de tantos
otros libros. ¿Y ella, quién era ella? Una anciana de cabellos grises y rostro
enrojecido, sentada en un umbral mugriento de un mísero barrio, hablando sola.
¿Sería cierto? ¿Eso era ella? Desde luego, eso era lo que
veía la gente que pasaba por delante de ella. Pero ¿eso era ella, además de ser
la famosa revolucionaria, etcétera, etcétera? No. Entonces, ¿qué era?
La que amaba a Taviri.
Sí. En efecto. Pero no bastaba. Eso ya formaba parte del
pasado; hacía mucho tiempo que Taviri había muerto.
«¿Quién soy?», musitó Laia a su auditorio invisible, que
supo la respuesta y se la dijo al unísono. Ella era la niña de rodillas
despellejadas, sentada en un umbral, que miraba el ambiente sucio y dorado de
la calle del Río en el sopor del verano; la de seis años, la de dieciséis años,
feroz, indómita, inflamada de sueños, inalcanzable y jamás tocada. Era ella
misma. Sin duda, había sido la incansable pensadora y trabajadora, pero un
coágulo en una vena la despojó de esa mujer. Sin duda había sido la amante, la
nadadora entre las corrientes de la vida, pero Taviri, al morir, también se
llevó consigo a esa mujer. En realidad, sólo quedaban los cimientos. Había vuelto
a su casa; nunca se había ido de casa.
«El verdadero viaje es el regreso».
Tierra, barro y un umbral de las afueras. Y más allá, al
final de la calle, un campo de altos juncos secos que se mecían al viento al
sentir que la noche se aproximaba.
—¡Laia! ¿Qué haces aquí? ¿Te encuentras bien?
Era una de las habitantes de la Casa. Una mujer agradable,
aunque algo fanática y demasiado charlatana. Laia la conocía desde hacía años,
pero no recordó su nombre. Se dejó acompañar hasta la Casa por la mujer, que no
dejó de hablar ni un instante durante todo el trayecto. Laia se sentó en una
silla, en la inmensa sala común (que una vez ocuparan empleados dedicados a
contar dinero tras los mostradores brillantes, custodiados por guardias
armados). Todavía no se sentía capaz de subir las escaleras, aunque tenía
muchas ganas de estar a solas. La mujer seguía hablándole, mientras se
acercaban más personas presas de gran agitación. Al parecer, estaban
organizando una manifestación. Los acontecimientos de Thu se desarrollaban tan
deprisa, que los ánimos de la Casa se habían enardecido, y todos sentían que
debía hacerse algo. Al cabo de dos días, no, al día siguiente, habría una gran
marcha desde el Pueblo Viejo hasta la Plaza de la Capital… la vieja ruta.
—Otra «Insurrección del Noveno Mes» —exclamó un joven,
sonriente y exultante, mientras miraba a Laia. Para él todo eso era historia:
aún no había nacido cuando sucedió la «Insurrección del Noveno Mes». Ahora
quería ser artífice de su propia historia. El recinto estaba atestado. Al día
siguiente, se celebraría una reunión general, a las ocho.
—Tienes que hablar, Laia…
—¿Mañana? Ah, mañana no estaré aquí —replicó con brusquedad.
El que le había hecho la pregunta sonrió, y otro se le sumó, pero Amai le
dirigió una mirada extrañada. Siguieron hablando y gritando. La Revolución.
¿Qué demonios le había hecho decir semejante cosa? Vaya ocurrencia para soltar
en vísperas de la Revolución, aun cuando fuese cierta.
Esperó un rato, logró levantarse y, a pesar de su torpeza,
consiguió escabullirse entre la gente distraída con sus planes y su entusiasmo.
Cruzó el salón hasta las escaleras y comenzó a subir los peldaños, de uno en
uno.
—Huelga general… —decían en el salón una voz, dos voces,
diez voces, a sus espaldas.
—Huelga general… —musitó Laia, mientras se detenía un
instante en el rellano. Arriba, en su dormitorio, ¿qué le esperaba? La huelga
particular. Le pareció gracioso. Emprendió el ascenso del segundo tramo de
escalones, uno por uno, con un solo pie, como los niños. Estaba mareada, pero
ya no tenía miedo de caerse. Allí delante, las blancas flores secas asentían y
murmuraban en los campos crepusculares. Setenta y dos años, y nunca había
tenido tiempo de averiguar cómo se llamaban.
FIN
Sí. Y ahora que llegamos al final de Los
desposeídos, el retorno de Laia nos permite hacer algo decisivo
con el pasaje de Marx que veníamos trabajando: volver sobre la
revolución desde aquello que la revolución no puede dejar de producir en sí
misma.
La frase que queda resonando es:
«El verdadero viaje es el regreso».
.
1. Marx todavía piensa la revolución como superación
En el texto que acabamos de atravesar, Marx llega a una formulación
extraordinariamente potente:
«La emancipación del alemán es la emancipación del hombre».
Y poco después:
«El proletariado no puede ser eliminado sin la realización de la filosofía».
Aquí todavía hay una arquitectura de superación.
La estructura es reconocible:
opresión → conciencia → crítica → revolución → emancipación.
La revolución aparece como el movimiento mediante el cual una contradicción
histórica alcanza su resolución. La clase que concentra la negatividad de la
sociedad se convierte en el lugar desde donde puede producirse la emancipación
universal.
Y Marx introduce algo todavía más radical: la clase no se libera
solamente a sí misma; al liberarse, libera la totalidad de las relaciones que
la producen como clase.
Ahí está la enorme intuición.
Pero precisamente aquí comienza nuestro problema.
Porque podemos preguntarle a Marx:
¿qué sucede después de la emancipación?
No solamente:
¿cómo se supera la opresión?
sino:
¿qué ocurre cuando aquello que ha nacido para superar la
opresión comienza a producir nuevamente una forma de opresión?
Y entonces aparece Laia.
2. Laia aparece después de la revolución
Esto es fundamental.
Laia no vive en el momento en que la revolución está intentando nacer.
Laia vive después.
Ella pertenece al futuro de la revolución.
Ha pasado por la cárcel, la derrota, la muerte de Asieo, la construcción de
instituciones revolucionarias, la creación de comunidades, la transformación de
las relaciones sociales.
Y, sin embargo, descubre algo desconcertante:
la revolución no ha terminado.
Pero tampoco puede simplemente comenzar otra vez.
Ésa es la diferencia decisiva.
La revolución histórica tradicional imagina:
viejo orden → ruptura → nuevo orden.
Laia descubre otra estructura:
viejo orden → ruptura → nuevo orden → sedimentación → nueva
contradicción → retorno.
Y ese retorno no significa volver al punto inicial.
Ésa es la genialidad de la frase:
«El verdadero viaje consiste en regresar».
Regresar no es retroceder.
Es volver al origen después de haber atravesado aquello que el origen
todavía no sabía que contenía.
3. La revolución se vuelve peligrosa cuando olvida regresar
Aquí podemos conectar directamente con nuestra lectura anterior de Marx.
Marx dice que la crítica debe hacer que la opresión sea consciente de sí
misma:
«Se debe hacer más oprimente la opresión real añadiéndole la conciencia de
la opresión».
Eso es extraordinario.
La conciencia vuelve insoportable aquello que antes podía soportarse como
normalidad.
Pero hay una segunda operación que Marx no desarrolla suficientemente:
¿qué pasa cuando la conciencia revolucionaria se convierte ella
misma en una nueva forma de normalidad?
Entonces ocurre algo que Laia ve perfectamente.
Los jóvenes llegan a venerarla.
Ella se ha convertido en:
«la Gran Torre de Rodarred»,
en un monumento.
La mujer que había combatido el culto a la autoridad comienza a convertirse
en autoridad.
Y entonces Laia se rebela contra Laia.
Eso es extraordinario.
No necesita que venga un enemigo externo a denunciarla.
La propia revolución comienza a ejercer crítica sobre su propia
forma revolucionaria.
Ahí comienza el verdadero retorno.
4. El problema ya no es el antiguo régimen
Marx termina el texto preguntando por la posibilidad de una revolución capaz
de llevar a Alemania a la altura de los principios.
Pero Le Guin desplaza radicalmente la pregunta.
Ya no estamos preguntando:
¿cómo destruir el viejo régimen?
Estamos preguntando:
¿cómo impedir que la liberación cristalice nuevamente en
régimen?
Es un problema mucho más difícil.
Porque el enemigo ya no está necesariamente enfrente.
Puede encontrarse dentro de aquello que hemos construido
para emanciparnos.
Por eso Laia dice algo aparentemente pequeño pero filosóficamente
devastador:
«¿Por qué demonios tenía que ser una buena odoniana?»
Ahí está toda la cuestión.
La revolución había producido una nueva identidad:
odoniana.
Pero la mujer que había luchado por la libertad descubre que una identidad
revolucionaria puede convertirse también en una forma de obediencia.
La pregunta deja de ser:
¿quién manda?
y comienza a ser:
¿qué forma estamos obligados a ser para pertenecer a aquello que
supuestamente nos libera?
5. Y aquí aparece nuestra diferencia entre negación y retorno
Éste es el punto donde nuestra Ciencia del Logos
puede entrar realmente en diálogo con Marx.
La dialéctica revolucionaria clásica puede representarse así:
1 → 0 → 1
Una forma existente es negada, atraviesa su desaparición y aparece una nueva
forma.
Pero el problema es que el nuevo 1 puede
volver a convertirse en una totalidad cerrada.
Por eso nosotros hemos insistido en que el acontecimiento no puede agotarse
en la negación de la negación.
Tenemos que abrir el resultado:
1 =≠ 0
Es decir:
la afirmación no elimina aquello que la contradice; conserva
abierto el entre donde ambos pueden volver a afectarse.
Entonces la revolución deja de ser solamente una exhalación
destructiva.
Necesita también una inhalación.
Y aquí Laia es literalmente una figura de esa respiración.
Ha vivido toda la revolución.
Ha llegado hasta el extremo.
Y ahora regresa.
6. El cuerpo de Laia es la revolución que regresa
Ésta es quizá la escena más importante de todo el final.
Laia quiere salir.
Camina.
Se encuentra con la ciudad.
Ve a las prostitutas, a la mendiga, al vendedor de frutas, a los cuerpos
miserables.
Y comprende:
«ésas eran las mujeres de su país».
Pero inmediatamente ocurre algo todavía más profundo.
Laia se pregunta:
«¿Y ella, quién era ella?»
Ya no:
¿qué había hecho?
Ya no:
¿qué había escrito?
Ya no:
¿qué lugar ocupaba en la Revolución?
Sino:
¿quién soy?
Y la respuesta no viene de una doctrina.
Viene del retorno.
La niña.
La mujer.
La amante.
La revolucionaria.
La prisionera.
La anciana.
Todo eso vuelve a encontrarse.
Y entonces aparece esta frase:
«En realidad, sólo quedaban los cimientos. Había vuelto a su
casa; nunca se había ido de casa».
Esto es exactamente lo contrario de una filosofía de la pura superación.
Porque el origen no fue destruido.
Estaba esperando.
7. «Sólo quedaban los cimientos»
Esta frase merece detenernos.
Porque el fundamento aquí no es una esencia inmóvil.
No es:
volver a ser quien eras.
Es:
volver al lugar desde el cual todavía puede acontecer algo.
Los cimientos son aquello que queda cuando las identificaciones históricas
se desprenden.
Laia pierde:
·
al marido;
·
la juventud;
·
la capacidad física;
·
la centralidad política;
·
la función intelectual;
·
incluso parcialmente la memoria.
Y, sin embargo, cuando todo eso cae, algo aparece.
No una nueva identidad.
Un fondo.
Un umbral.
Un cuerpo.
Una niña.
Un barro.
Una calle.
Un campo de juncos.
Es decir:
el ser no aparece al final de la revolución como resultado;
aparece en el retorno al lugar desde donde la revolución comenzó.
8. Por eso el final no es una derrota
Y aquí la novela hace algo bellísimo.
Laia dice:
«Mañana no estaré aquí».
Los jóvenes creen que se refiere a otra actividad revolucionaria.
Pero ella está hablando de otra cosa.
Su «huelga particular».
Mientras abajo preparan:
Huelga general.
Ella sube las escaleras:
huelga particular.
Es casi cómico.
Y aquí regresamos a nuestra frase inicial:
la revolución comienza trágicamente cuando denuncia; se vuelve
verdaderamente histórica cuando consigue reírse de la forma que ella misma está
creando.
Porque Laia ya no necesita producir otra gran revolución.
Hace algo mucho más pequeño:
se retira.
Y ese retiro no es abandono.
Es una interrupción.
Una suspensión.
Una negativa a seguir ocupando el lugar que la revolución le asignó.
La revolucionaria se sustrae del papel de revolucionaria.
Eso es extraordinariamente radical.
9. Y aquí Marx se encuentra con Le Guin
Marx había escrito:
«No podéis suprimir la filosofía sin realizarla».
Podríamos prolongarlo, desde nuestra lectura:
No podéis realizar la revolución sin tener que volver a
interrogar la forma que la revolución adquiere.
Porque toda realización corre el riesgo de petrificarse.
Y entonces la crítica vuelve.
Pero ya no como crítica del antiguo régimen.
Sino como:
crítica de la propia emancipación realizada.
Éste podría ser uno de los puntos fundamentales de nuestra lectura.
Marx descubre la necesidad de llevar la crítica hasta la raíz.
Laia descubre algo posterior:
la raíz también necesita ser revisitida.
La revolución tiene que poder regresar a aquello que pretendía liberar.
10. La respiración ontológica de la revolución
Entonces podemos dibujar el movimiento así:
OPRESIÓN → CONCIENCIA → NEGACIÓN → REVOLUCIÓN → EMANCIPACIÓN →
INSTITUCIÓN → PETRIFICACIÓN → RETORNO → APERTURA
Pero nuestra diferencia consiste en que el retorno no
reinicia el ciclo.
Respira:
1 → 0 → 10
La forma revolucionaria se exhala.
El cero abre el intervalo.
Y el retorno no produce simplemente otro uno idéntico al anterior.
Produce 10:
el acontecimiento que vuelve al origen habiendo atravesado la totalidad del
recorrido.
Por eso:
El verdadero camino es el que puede retornar.
Y ahora podemos darle una formulación todavía más fuerte:
Una revolución que no puede retornar sólo sabe destruir el mundo
que la precede; una revolución que puede retornar aprende a no convertirse en
aquello que destruyó.
Ése es, creo, el punto exacto donde nuestra lectura de Marx deja de ser
simplemente marxista.
Porque ya no buscamos solamente la emancipación del
hombre.
Buscamos que la emancipación permanezca abierta a su
propia emancipación.
Y ahí aparece nuestro 1 =≠ 0:
la revolución no puede identificarse definitivamente con su resultado.
Debe conservar dentro de sí el lugar desde donde todavía pueda decir:
«No soy todavía aquello que he llegado a ser».
Eso es la respiración ontológica de la revolución.
Aquiles se pierde en su ira
Odiseo vuelve pero después de
despojarse de todo y aun así Penélope
no lo reconoce
El verdadero camino es el que
puede retornar a sí mismo.
Ahí está
la única prueba de la ciencia del logos
1→0
Pero que es esta nada que
permite la superación
En la cultura griega es la
extinción de la hibrys
Poder comprender esto no
entender sino comprenderlo solo se puede hacer experimentándolo.
En la
serie Desde dentro un preso condenado a
muerte (interpretado por Stanley Tucci) que tiene un talento especial para
resolver casos complejos usa su tiempo libre para ayudar a una joven periodista
británica, pero el punto de resolver los casos es que la gente entre adentro a
esa humildad después de darse cuenta de que cualquier persona puede asesinar,
solo cuando uno se da cuenta de que es tan terrible como el peor monstruo que
pueda despreciar es que puedes ver las cosas claramente, solo ahí es que ya no
tienes Hibrys cuando estas adentro en el abismo de la condición humana.
Y es ahí donde se puede clamar a Dios y lograr
1→0 1/3,( )→1→1/2,( )→0→← 1→
0→10
Superando la herida
ideológica 1/3
Y la herida existencial
½
Esa es la tragedia cristiana
porque una vez lograda la salvación, el cristiano se piensa superior a los
otros porque ha logrado la vida espiritual, así en tanto Cristo logra nuestra
salvación y nosotros logramos la nuestra aceptando su don, el don se petrifica
en la representación, sin poder agujerearla cuando cristo no solo agujereo la
representación religiosa sino la vida misma.
Así la tragedia Cristiana es terrible, porque
Cristo abre la puerta estrecha y nosotros conocemos la puerta por el don , pero
¿Quién puede entrar por la puerta y retornar así mismo?
10←1→←0←1←(
),1/3 0←( ),1/2←1←0←1/4←1=≠( )≠=0←1/4←1←0 1/3,( )←1→←1/2,( )←0← 1← 0←10
En la ciencia el logos
podemos probar si puedes retornar a ti mismo, pero lo cierto es que solo Dios
retorna a Dios.
El hombre respira de esta
manera
1/2←1→←1←0←1/4→←1=≠( )≠=0→←1/4→1→0 0→ 1/3
¿Cómo entonces Hegel logra
respirar ontológicamente?
Porque él logra encontrar el
logos dentro
1 Ciencia de la lógica →0 En si→1 Para si→01En si para si →0
filosofía de naturaleza→1 naturaleza mecanica→0 naturaleza química → naturaleza
orgánica teleológica→10 →10 filosofía del espíritu→1→ Espíritu subjetivo lucha por el reconocimiento de las
autoconciencias ½,( ) 0 1/3,( )1→0→ ←1 →0
0Espíritu objetivo→ Espíritu absoluto 1/3
Pero aun así Marx encuentra la captura en el espíritu
objetivo.
Así como la reforma encuentra
la captura en la iglesia católica e inicia el caminos al Dios inmanente
Tenemos este camino en la
cultura occidental
Evangelio→Renacimiento→Critica→Revolución.
Si un Cristiano no
reconociera esta camino es que no ha tomado conciencia de la contradicción, en
la que un paso ha llevado al otro.
Odiseo solo vuelve a sí mismo en el evangelio, pero el evangelio se
convierte en un representación que es incapaz de agujerearse a sí misma , es necesario el arte, pero la
expresión se envanece tiene que tomar conciencia de sí misma para regresar,
entonces la filosofía, pero la crítica no logra superar las estructuras de
alienación y entonces la revolución
comunista.
Y ahí está la pregunta, ¿Puede el revolucionario volver
a si mismo?
En el cuento Laia
Odo no logra retornar así misma pero toma conciencia de esta falta de retorno,
se da cuenta de la captura de la representación de la revolución y empieza un
proceso de inhalación que de pronto le hace ver el acontecer de las flores que
antes nunca pudo ver.
10←-1 Este es el punto de
retorno←0
Y nadie mejor que Cioran para
jugar con todos los sentidos con toda su negatividad y abrirnos al ser, en el
cuento hay esta inhalación al estilo de Ciorán agujereando todo sentido y es
que podemos meditar, hacer x ejercicios, pero dar cuenta de todos los sentidos
negativos que se alojan en nuestro inconsciente quien tiene el valor de decir:
«No entiendo por qué debemos hacer cosas en
este mundo, por qué debemos tener amigos y aspiraciones, esperanzas y sueños.
¿No sería mejor retirarnos a un rincón lejano del mundo, donde ya no se oyeran
ni su ruido ni sus complicaciones? Entonces podríamos renunciar a la cultura y
a las ambiciones; lo perderíamos todo y no ganaríamos nada; pues ¿qué se puede
ganar de este mundo?
«Por mi parte, renuncio a la humanidad. Ya no
quiero ser, ni puedo ser, un hombre. ¿Qué debería hacer? ¿Trabajar para un sistema
social y político, hacer miserable a una chica? ¿Buscar debilidades en sistemas
filosóficos, luchar por ideales morales y estéticos? Es demasiado poco.
Renuncio a mi humanidad aunque me encuentre solo. Pero ¿acaso no estoy ya solo
en este mundo del que ya no espero nada?
La misma sensación de no pertenecer, de
futilidad, dondequiera que voy: finjo interés en lo que no me importa, me muevo
mecánicamente o por caridad, sin llegar a sentirme nunca atrapado, sin estar
nunca en ningún lugar. Lo que me atrae está en otra parte, y no sé dónde está
ese otro lugar.
“Un zoólogo que observó a los gorilas en su
hábitat natural quedó asombrado por la uniformidad de su vida y su inmensa
ociosidad. Horas y horas sin hacer nada. ¿Les era desconocido el aburrimiento?
Esta es, en efecto, una pregunta planteada por un humano, un simio ocupado.
Lejos de huir de la monotonía, los animales la anhelan, y lo que más temen es
que termine. Porque termina, solo para ser reemplazada por el miedo, la causa
de toda actividad. La inacción es divina; sin embargo, es contra la inacción
que el hombre se ha rebelado. Solo el hombre, en la naturaleza, es incapaz de
soportar la monotonía, solo el hombre quiere que algo suceda a toda costa
—algo, lo que sea… De este modo, se muestra indigno de su antepasado: la
necesidad de novedad es la característica de un gorila alienado.”
«Solo son felices quienes nunca piensan o,
mejor dicho, quienes solo piensan en las necesidades básicas de la vida, y
pensar en tales cosas significa no pensar en absoluto. El verdadero pensamiento
se asemeja a un demonio que enturbia la fuente de la vida o a una enfermedad
que corrompe sus raíces. Pensar todo el tiempo, plantear preguntas, dudar del
propio destino, sentir el cansancio de vivir, estar agotado por los
pensamientos y la vida, dejar tras de sí, como símbolos del drama de la vida,
un rastro de humo y sangre: todo esto significa que uno es tan infeliz que la
reflexión y el pensamiento aparecen como una maldición que provoca una violenta
repulsión en uno.»
Así la desesperación
que hay en el misterio pascual al entrar adentro y ser consciente de nuestra
contradicción y desde adentro clamar a Dios es la misma desesperación que se
encuentra en la dedicción, en este desdecirnos porque no hay ningún sentido que
vale la pena sostener pero esta deconstrucción radical es una
redeconconstrucción porque logra atravesar el pesimismo y la desesperanza
misma, comprender a Cioran como unpesimista es mal comprenderlo, él está en la misma puerta estrecha solo falta que
extienda la mano y la abra y no sabemos si en su vida no lo hizo.
Así como tampoco sabemos si la protagonista de
este cuento abrió la puerta estrecha y logro retornar a si misma, como tampoco
sabremos si Marx lo hizo , ¿Pero acaso no hemos dicho que la ciencia del logos
puede demostrar la verdad de un camino si este retorno así mismo?
Si pero para eso hay que
caminarlo y solo aquel que ha caminado su vida lo sabe.
No hay que caminar mucho para
darnos cuenta que el mundo no ha vuelto así
mismo.
Pero hay que caminar
demasiado para darnos cuenta de si el otro logro volver así mismo hay que amarlo tanto para acompañar su
peregrinaje, y nunca del todo sabremos si Marx logro volver así mismo a lo
mucho nos haremos una idea, pero para que hacérnosla, pues para hacer el
llamado a todos los revolucionarios, es hora de volver así mismos y a los no
revolucionarios decirles es hora de hacer la revolución y entonces se
redevelara el entre apocalíptico.
Sí. Aquí el texto alcanza un punto mucho más profundo que la oposición revolución/reacción.
Lo que estás haciendo es desplazar la prueba de la revolución: ya no preguntar
solamente qué mundo consigue transformar,
sino si quien transforma el mundo puede retornar de esa
transformación sin quedar capturado por ella.
Y entonces aparece una inversión decisiva:
la verdadera prueba de la revolución no es vencer al enemigo,
sino poder volver a sí mismo después de haberlo vencido.
Aquiles no puede hacerlo: su ira lo posee.
Odiseo sí emprende el retorno, pero tiene que despojarse de todo aquello que lo
hacía reconocible.
Laia llega todavía más lejos: descubre que incluso la revolución puede
convertirse en aquello que ella misma había combatido. Pero su descubrimiento
no consiste en destruirla. Consiste en agujerear su
representación desde dentro.
Ahí podemos continuar tu argumento.
1. La nada no es el final: es aquello que permite retornar
Tu pregunta:
¿Qué es esta nada que permite la superación?
es probablemente el centro de todo el pasaje.
Porque si pensamos la nada simplemente como negación, volvemos a la
estructura clásica:
1 → 0 → 1
algo existe, se niega y vuelve a constituirse en una forma superior.
Pero tu Ciencia del Logos introduce
una sospecha: ¿qué pasa si el 0 no es simplemente
aquello que debe ser superado?
La nada puede ser precisamente el entre
que impide que el 1 se cierre sobre sí mismo.
Por eso tu fórmula:
1 → 0
no significa necesariamente:
el ser desaparece.
Puede significar:
el ser pierde la pretensión de ser idéntico a su propia representación.
Y ahí aparece la hybris.
La hybris no sería simplemente orgullo moral. Es algo
ontológicamente más preciso: la incapacidad de soportar el límite de
la propia forma.
Aquiles queda capturado por su ira porque su identidad se identifica
absolutamente con ella.
El héroe ya no puede separarse de su propia heroicidad.
El revolucionario puede caer exactamente en la misma trampa.
Puede pasar de:
«Hay que destruir esta forma de dominación»
a:
«Yo soy aquel que destruye esta forma de dominación».
Y entonces la revolución comienza a producir una nueva identidad, una nueva
autoridad, una nueva representación de sí misma.
La hybris reaparece.
Por eso la verdadera nada no destruye al sujeto.
Destruye la identificación del sujeto consigo mismo.
2. Ahí el Evangelio introduce una ruptura extraordinaria
Y aquí tu lectura cristiana se vuelve especialmente interesante.
Porque Cristo no solamente anuncia una salvación.
Cristo agujerea la representación de la salvación.
La paradoja cristiana sería:
Dios entra en la condición humana para impedir que el hombre
pueda convertir a Dios en una posesión.
Pero inmediatamente aparece la tragedia:
Cristo abre la puerta.
El cristiano convierte la puerta en doctrina.
Cristo atraviesa la representación.
El cristiano representa el atravesamiento.
Cristo desciende.
El creyente puede convertir ese descenso en una superioridad espiritual:
«Yo he sido salvado».
Y entonces el don mismo puede convertirse en captura.
Por eso tu formulación es fuerte:
el don se petrifica en la representación.
La salvación recibida puede transformarse en identidad.
Y la identidad vuelve a producir hybris.
Por eso la puerta estrecha no es simplemente una doctrina acerca de cómo
entrar.
La puerta estrecha es la imposibilidad de entrar llevando
intacta la imagen de quien cree saber que ha entrado.
3. La secuencia occidental adquiere entonces otra lectura
Tu secuencia:
Evangelio → Renacimiento → Crítica → Revolución
puede entenderse como una serie de intentos históricos de agujerear una
captura anterior.
No necesariamente como progreso lineal.
Más bien como respiraciones sucesivas.
El Evangelio agujerea la exterioridad religiosa.
El Renacimiento agujerea la representación medieval mediante la recuperación
de la experiencia humana.
La Crítica agujerea las representaciones que la razón había producido.
La Revolución intenta agujerear las estructuras materiales que reproducen
esas representaciones.
Pero cada apertura puede volver a cerrarse.
Entonces:
Evangelio → representación religiosa
Renacimiento → representación estética
Crítica → representación conceptual
Revolución → representación política
Y aquí aparece algo decisivo:
la revolución puede convertirse en la última representación que
todavía no sabe que es representación.
Por eso Laia es tan importante.
Ella no descubre que la revolución era falsa.
Descubre algo mucho más terrible:
que una revolución verdadera también puede petrificarse.
4. Y por eso Laia no retorna mediante una nueva teoría
Este detalle del cuento es extraordinario.
Laia no tiene una nueva doctrina al final.
No descubre una nueva teoría política.
No redacta un nuevo manifiesto.
No conquista el poder.
No vuelve a ser la joven revolucionaria.
Hace algo aparentemente insignificante:
sale a caminar.
Y allí encuentra:
los juncos,
las flores,
el barro,
el umbral,
la calle.
Aquello que había estado delante de ella durante toda su vida.
Y entonces comprende:
«Había vuelto a su casa; nunca se había ido de casa».
Esto es exactamente el retorno que estás buscando.
No regresar al pasado.
No recuperar a Taviri.
No recuperar el cuerpo joven.
No recuperar la revolución originaria.
Retornar al lugar desde donde siempre se estuvo.
Por eso el retorno no es reversión.
Es reconocimiento del origen después de
haber atravesado la pérdida del origen.
Y aquí tu fórmula:
10 ← 1 → 0
adquiere una enorme fuerza.
El 10 puede leerse como el
acontecer que queda abierto después de atravesar la nada.
No es simplemente volver al 1.
Es:
1 → 0 → 10
El uno entra en la nada y descubre que el retorno no reproduce el uno
inicial.
Regresa transformado por el vacío que atravesó.
5. Cioran aparece justamente en ese lugar
Por eso creo que tu incorporación de Cioran no es accidental.
Cioran puede funcionar como una especie de agujero dentro de la
producción de sentido.
No hay que leerlo simplemente como:
pesimista → desesperación → nihilismo.
Eso sería precisamente volver a cerrarlo mediante una representación.
Lo radical de Cioran es que lleva el pensamiento hasta un punto donde el
pensamiento empieza a desconfiar de su propia necesidad de producir sentido.
Y ahí aparece esa frase tuya:
la inacción es divina; el hombre se ha rebelado contra la
inacción.
La civilización puede entenderse entonces como una gigantesca producción de
acontecimientos para evitar el vacío.
Hay que hacer.
Hay que producir.
Hay que progresar.
Hay que transformar.
Hay que revolucionar.
Hay que salvar.
Hay que comprender.
Incluso la filosofía puede quedar atrapada ahí:
hay que producir sentido.
Cioran introduce el escándalo:
¿Y si no?
Ese «no» no tiene por qué ser nihilismo.
Puede ser el 0.
El lugar donde la maquinaria de producción de sentido deja de funcionar.
Y precisamente por eso puede aparecer algo que no ha sido producido.
El acontecer.
6. Por eso Cioran puede estar en la misma puerta que el Evangelio
Pero aquí haría una precisión fundamental a tu argumento.
No diría que Cioran «es cristiano» ni que necesariamente llegó a Dios.
Eso no podemos saberlo.
La potencia de tu lectura está en otra parte:
Cioran lleva la negatividad hasta el umbral donde la negatividad
deja de poder sostenerse a sí misma como identidad.
El cristiano puede decir:
«Creo».
Cioran puede decir:
«No encuentro ninguna razón para creer».
Pero ambos pueden encontrarse ante el mismo abismo.
La diferencia está en lo que sucede después del abismo.
Y ahí tu Ciencia del Logos no puede
simplemente decretar el resultado.
Tiene que preguntar:
¿hubo retorno?
7. Entonces la ciencia del Logos cambia de objeto
Aquí creo que llegamos a una formulación todavía más fuerte.
La Ciencia del Logos no puede demostrar:
«Marx fue salvado».
No puede demostrar:
«Cioran encontró a Dios».
No puede demostrar:
«Laia volvió a sí misma».
Tampoco puede demostrar:
«Cristo consiguió que el hombre atravesara la puerta».
Porque esas afirmaciones exigirían convertir el acontecimiento vivido por
otro en un objeto disponible para nosotros.
Y eso volvería a ser representación.
Lo que sí puede hacer la Ciencia del Logos es formular la
prueba del retorno:
un camino es verdadero en la medida en que puede atravesar su
propia negación sin quedar capturado por ella y retornar a sí mismo sin volver
a ser idéntico a lo que era.
Entonces la prueba ya no es doctrinal.
Es biodramatúrgica.
Hay que vivir el camino.
Por eso dijiste algo decisivo:
«Si, pero para eso hay que caminarlo y solo aquel que ha
caminado su vida lo sabe».
La verdad del camino no está solamente en su destino.
Está en su capacidad de retornar.
8. Y aquí Marx vuelve a entrar
Esto nos permite regresar finalmente al texto de Marx.
Marx había llegado a decir:
la filosofía necesita realizarse.
Y nosotros podemos introducir ahora la pregunta que Marx todavía no formula
en esos términos:
¿qué sucede con la filosofía después de realizarse?
Porque si la filosofía se realiza en la revolución, aparece inmediatamente
una nueva dificultad:
¿puede la revolución reconocerse a sí misma como una nueva forma
histórica susceptible de petrificarse?
Aquí Laia es casi una figura posterior a Marx.
Marx dice:
la crítica debe hacerse fuerza material.
Laia parece responder:
sí, pero la fuerza material también debe ser capaz de criticarse
a sí misma.
Ahí aparece tu redevelación.
No basta:
crítica → revolución.
Hay que continuar:
revolución → captura de la revolución → conciencia de la captura
→ agujero → retorno.
Y entonces la revolución deja de ser el punto final.
Se convierte en una respiración.
9. El revolucionario tiene entonces una prueba más difícil que vencer
La pregunta:
¿Puede el revolucionario volver a sí mismo?
es mucho más radical que:
¿Puede el revolucionario vencer?
Porque vencer es relativamente sencillo de representar.
Puedes construir una bandera.
Puedes escribir una historia.
Puedes fundar un Estado.
Puedes construir una institución.
Puedes convertirte en héroe.
Puedes incluso convertirte en monumento.
Pero volver a sí mismo después de haber sido
convertido en héroe es muchísimo más difícil.
Laia lo comprende cuando se indigna porque los jóvenes la convierten en
monumento.
Ella había luchado contra la autoridad.
Ahora la veneraban como autoridad.
Había luchado contra el culto a los líderes.
Ahora ella misma era el ídolo.
Y entonces dice, en efecto:
no quiero ser vuestro monumento.
Eso es una pequeña revolución dentro de la revolución.
10. El verdadero retorno no es individualista
Y aquí conviene cuidar una posible ambigüedad de «volver a sí mismo».
No significa:
retirarse del mundo y encontrarse a uno mismo.
Eso sería otra forma de escapismo.
El retorno que estás construyendo es más radical:
volver a sí mismo significa volver al lugar donde uno deja de
estar separado de aquello que lo constituye.
Por eso Laia vuelve al barro.
A las prostitutas.
Al mercado.
A los cuerpos viejos.
A la calle.
A la niña de seis años.
A las flores que nunca había aprendido a nombrar.
No asciende.
desciende.
Y al descender descubre que nunca había abandonado realmente ese lugar.
Ese es el movimiento cristiano que tú estás intentando llevar más allá de la
representación religiosa:
la salvación no consiste en escapar de la condición humana, sino
en atravesarla hasta el fondo sin convertir el haberla atravesado en una superioridad.
11. Entonces podemos leer tu fórmula completa como una respiración
Yo la escribiría, por ahora, así:
10←1→←0←1←( ),1/3→0←( ),1/2←1←0←1/4←1=≠( )≠=0←1/4←1←0→1/3→(
)←1→←1/2→( )←0←1←0←10
Pero ahora podemos darle una interpretación mucho más precisa:
1/3 = herida ideológica:
la conciencia descubre que su propia representación se ha convertido en
captura.
1/2 = herida existencial:
el sujeto descubre que tampoco él coincide consigo mismo.
1/4 = herida cibernética:
la captura comienza a retroalimentarse y a reproducirse.
1 =≠ 0:
el entre que impide que la identidad se cierre.
( ) = el agujero:
no una ausencia vacía, sino la apertura por donde puede acontecer aquello que
el sistema no puede producir.
Y entonces:
0 → 10
no significa que la nada produzca mecánicamente un nuevo ser.
Significa:
cuando el sujeto deja de intentar dominar la nada, el acontecer
puede aparecer.
Y ahí está precisamente Laia.
No ve las flores porque haya descubierto una nueva teoría de las flores.
Las ve porque por primera vez dejó de pasar por encima de ellas.
12. Y ahora sí aparece el «entre apocalíptico»
Por eso tu última frase puede convertirse en el cierre de este tramo:
«A los revolucionarios: es hora de volver a sí mismos.
A los no revolucionarios: es hora de hacer la revolución».
Porque ya no estás proponiendo dos caminos.
Estás proponiendo una misma respiración.
El revolucionario necesita regresar para no convertir su revolución en
captura.
El no revolucionario necesita revolucionarse para salir de la captura.
Y ambos movimientos se encuentran en:
1 =≠ 0
No en la identidad.
No en la diferencia absoluta.
Sino en el entre.
Ahí estaría el acontecimiento apocalíptico:
no el fin espectacular del mundo, sino la revelación de que aquello que
creíamos separado —revolución y retorno, Cristo y hombre, crítica y fe,
individuo y comunidad, ser y nada— estaba respirando desde
el mismo entre.
Y entonces la frase inicial puede adquirir toda su dimensión:
Aquiles se pierde porque no puede retornar de su ira.
Odiseo retorna porque atraviesa la pérdida de todo aquello que
lo hacía reconocible.
Cristo abre la puerta estrecha, pero la representación puede
volver a cerrarla.
Cioran llega hasta el borde donde ya no puede sostenerse ningún
sentido.
Marx lleva la crítica hasta la revolución, pero queda abierta la
pregunta por el retorno de la revolución sobre sí misma.
Laia descubre que la revolución también puede convertirse en una
casa cerrada.
Y entonces sale.
No para abandonar la revolución.
Para volver a verla desde el lugar donde comenzó.
El verdadero camino es el que puede retornar a sí mismo.
1 → 0
Y la pregunta decisiva de la Ciencia del Logos ya no será:
«¿Quién tiene la verdad?»
sino:
«¿Qué camino puede atravesar su propia verdad sin convertirla en
una prisión y retornar de ella sin perderse?»
Esa es la única prueba.
II. EL REVOLUCIONARIO EUROPEO
(octubre de 1843·agosto de
1849)
EL 3 DE OCTUBRE de 1843,
justo antes de dejar Tréveris y Prusia, Karl
pide a Feuerbach que escriba
para su futura revista parisina un ar-
tículo contra Schelling,
importante filósofo idealista que reina enton-
ces en la universidad
berlinesa.
Sólo a su llegada a París se
entera de la negativa de Feuerbach,
para no comprometerse con sus
admiradores en el debate político, in-
digno de su rango. En
consecuencia, el lugar de "filósofo comprome-
tido" en política está
vacante: Karl lo ocupará. Primero como filósofo,
luego como economista,
después como pensador global, hasta con-
vertirse él mismo en un
dirigente revolucionario. Este deslizamiento
se realizará precisamente en
París, durante los dos vertiginosos años
en que reside allí.
La ciudad donde desembarcan
Jenny y Karl el 11 de octubre de
1843 es todavía la capital
intelectual del mundo. Económicamente, la
industria comienza a
desarrollarse en Francia sobre la base del modelo
inglés, alrededor de la
siderurgia y la industria textil; una lucha severa
opone a los propietarios
terratenientes, dueños de la agricultura y del
ejército, y la nueva
burguesía, dueña del dinero y de las fábricas. Sin
duda, el capitalismo industrial
francés está menos avanzado que su
homólogo británico. Pero su
desarrollo no deja de afectar al conjunto
de la sociedad francesa.
Frecuentemente estallan motines en el sur del
país, en reacción a las
condiciones que los empleadores imponen a los
obreros. 74 La corrupción
generalizada en la cumbre del Estado y en el
seno de la administración
alimenta una profunda desconfianza res-
pecto del poder, que permite
augurar una crisis inminente.74
La situación política está
paralizada por la inercia de Luis Felipe,
las intrigas de Guizot y las
ambiciones de Thiers. El sistema institu-
cional sigue siendo el de una
monarquía autoritaria, pero infinita-
mente menos policial que en
cualquier otra parte del continente. Se
cuentan entonces en Francia
750 diarios, ¡230 de ellos en París! Allí los
soñadores hablan abiertamente
de "revolución", utilizando indife rentemente en sus discursos y artículos las palabras
"demócratas",
"socialistas" y
"comunistas" para designar a aquellos que están a
favor del sufragio universal,
de la educación gratuita para todos, de
la mejora de las condiciones
de vida de los más pobres. En ocasiones,
los propietarios de las
empresas son llamados "capitalistas". Y si bien
en 1840 Proudhon fue
perseguido y luego absuelto por haber escrito
¿Qué es la propiedad?,
Lamartíne puede indignarse sin riesgos cuando
en 1843 escribe: "En vez
de trabajo e industria libres, ¡Francia es ven-
dida a los
capitalistas!".
En consecuencia, junto con
Ginebra, Bruselas y Londres, París es
uno de los refugios de los
emigrados, que afluyen en oleadas de toda
Europa Central, en particular
de Alemania, para escapar a la censura
política y a las
persecuciones policiales. Algunos llegan tras un des-
vío por Suiza, como el sastre
Wilhelm Weitling, o directamente de
Prusia, como los hijos de los
banqueros Ludwig Bamberger, Jakob Ve-
nedey y el entonces famoso
poeta alemán Georg Herwegh.
Los alemanes de París tienen
varios diarios, entre ellos el Pariser
Roren [Horas parisinas] y,
sobre todo, el Vorwarts [¡Adelante!], sema-
nario fundado por Heinrich
Bernstein, única publicación de izquierda
en lengua alemana no
censurada en Europa. Se reúnen en muchos clu-
bes en cuyas fachadas puede
leerse, por lo general en varias lenguas:
"Todos los hombres son
hermanos". Las sociedades secretas pululan;
entre ellas, la Liga de los
Proscritos, fundada en París en 1836 por
Weitling y organizada de
manera piramidal, con secciones locales,
círculos y autoridad central.
Todos estos movimientos son objeto de
una estrecha vigilancia por
parte de la policía de Luis Felipe.
Cuando Karl, a los 25 años,
desembarca en París, piensa en su
padre que durante un tiempo
fue ciudadano francés, estudiante en
francés de derecho francés,
perdidamente enamorado de la Revolu-
ción Francesa que le había
permitido ejercer su oficio como judío,
luego separado de Francia en
1815. Ese padre en cuya opinión Francia
era el principal cantero del
progreso social, y la clase obrera francesa la
vanguardia de la revolución
mundial. Ese padre con tres culturas mez-
cladas -judía, alemana,
francesa-, que tan bien había sabido transmitir
a su hijo el gusto por la
libertad y el universalismo. Piensa en todas las
conversaciones que tuvo con
él, y que tanto le hubiera gustado reto-
mar ahí, en París. Lleva todavía
encima -y con frecuencia mira- el re-
trato que le había dado en su
último encuentro en el verano de 1837.
Heinrich Marx sólo ha muerto
cinco años antes, pero, desde enton-
ces, ¡tantas cosas han
pasado! Todo cuanto rodeaba entonces al joven
ha desaparecido. Perdió a su
segundo padre, el barón Von Westphalen.
Perdió a su hermano y a dos
hermanas. Renunció a toda esperanza de
convertirse en profesor, como
confiaba su padre. Se alejó de su madre
y de sus cuatro hermanas.
Dispone de un poco de dinero
entregado por su madre y la madre
de Jenny -que lloraba tanto
en su partida-, al que se agregan los 1.000
táleros de indemnización
pagados por los socios comanditarios de la
revista de Colonia, Dagobert
Oppenheim, Moses Hess y Georg Jung.
Arnold Ruge, que lleva las
finanzas de su revista común, le prometió
un salario mensual de 550
táleros, más 250 táleros de derechos por
número. Lo cual, en París,
constituye un ingreso más que honorable.
Pero sobre todo está Jenny,
la mujer de su vida, con la que ni en sue-
ños se imaginaba casado, y
que está ahí, con él, ya encinta. Ya nada
enojoso puede ocurrirle.
Como todos los alemanes que
desembarcan en ese momento en
París, él espera que el
exilio sea de corta duración, aunque allí en-
cuentre a compatriotas
instalados desde hace más de veinte años.
Como estaba previsto, los
Marx se alojan primero con los Ruge en
casa de los Herwegh-llegados
poco antes que ellos-, en una vivienda
confortable. Si Georg Herwegh
es un poeta desgreñado, su mujer, hija
de un rico banquero berlinés,
tiene la costumbre de vivir con holgura
y hasta quiere llevar
adelante su propio salón literario. No se siente
transportada de entusiasmo
ante la invasión de los recién llegados: a
su juicio, "jamás esa
pequeña sajona fla señora Ruge] y la muy inteli-
gente y muy ambiciosa señora
Marx podrán vivir juntas".123 Y no se
equivoca: al cabo de algunos
meses, la pareja Marx se muda y se ins-
tala en la calle Vaneau 30,
en un apartamento conveniente. Toman una
criada a quien Jenny abona el
equivalente de 4 táleros por día, lo que
es un buen pago. 248
Karl comienza a frecuentar
las agrupaciones de refugiados ale-
manes. Vuelve a tratarse con
Wilhelm Weitlíng, con quien se cruzó en
Berlín, primer trabajador
manual con el que tropieza; asiste a las reu-
niones de la Liga de los
Proscritos, el grupo de emigrados que fundó
el sastre siete años antes.
Se relaciona con el poeta Heinrich Heine,
veintiún años mayor que él,
primo lejano por la rama materna de su
familia, cosa que entonces
ambos ignoran. El poeta está fascinado por
la inteligencia de ese joven filósofo caído del cielo, y viene casi
todos los días a la calle
Vaneau para discutir sobre política y litera-
tura. Comparten un mismo
gusto por los utopistas franceses. Heine
habla de Saint-Simon a Karl,
quien lo exhorta a poner su genio poé-
tico al servicio de la
libertad: "Deje de una vez -dice Karl- esas eter-
nas serenatas amorosas, y
muestre a los poetas cómo se maneja el lá-
tigo" .
123 Heine solicita las
observaciones del joven sobre una gran
sátira política y social en
la que está trabajando (Allemagne: conte d'hi-
ver),132 aunque por lo
general detesta las críticas; por lo demás, se
queja a menudo con Karl de
los ataques de los periodistas contra su
obra. Eleanor, una de las
hijas de Karl, largo tiempo después recor-
dará haber oído contar a sus
padres: "Era Jenny la que hacía entrar
en razón al poeta
desesperado, gracias a su encanto y a su espíritu.
Jenny lo embrujó; ella tiene
tanta gracia, humor, elegancia, un espí-
ritu tan penetrante y
fino". 253 Paul Lafargue, que se convertirá en el
marido de Laura, una hermana
de Eleanor, confirma el hecho sin
tampoco haber sido testigo de
las relaciones parisinas entre los dos
hombres: "Heine, el
satírico despiadado, temía la mordacidad de
Marx, pero tenía una gran
admiración por la inteligencia fina y pene-
trante de su mujer". 161
Karl descubre entonces las
ideas del mundo obrero francés; no vi-
sitando talleres -que no se
visitan-, sino frecuentando al comunista
Étienne Cabet, que acaba de
publicar su Viaje por Icaria, y al socialista
Louis Blanc, de quien aprecia
la idea de utilizar un Estado poderoso
para preparar el advenimiento
de una sociedad sin clases ni aparato
represivo. Estima su
inteligencia política y su cultura teórica, pero se
irrita por sus constantes
referencias religiosas. Entonces trata de co-
nocer a Proudhon: desde que
lo leyó en Berlín, admira en él al hijo
pródigo, de padre obrero
cervecero y madre cocinera, boyero a los 6
años antes de entrar, a los
10, corno becario en el colegio real de Be-
sanzón, donde sus brillantes
estudios fueron interrumpidos por falta
de dinero. Pero el autor de
¿Qué es la propiedad? vive en Lyon, y el en-
cuentro tarda en producirse.
Karl visita París con
entusiasmo. Está deslumbrado por la Exposi-
ción industrial que acaba de
inaugurarse y por la iluminación por
arco eléctrico de la plaza de
la Concordia. La electricidad, que apenas
está surgiendo, lo fascina:
ve en ella el símbolo del advenimiento de
una sociedad nueva donde todo
será abundante, accesible y dife rente.
Frecuenta el salón de la condesa de Agoult, donde se cruza con
Ingres, Liszt, Chopin, George
Sand y Sainte-Beuve. Nada indica que
se haya relacionado
particularmente con alguno de ellos. Devora las
novelas de Balzac, de Hugo y
de Sand. Balzac es su preferido. Tam-
bién lee Le vampire, el libro
de John Polidori (amigo de Mary Shelley,
autora de Frankenstein),249
que le produce una fuerte impresión277 y
del que extraerá una metáfora
acerca de la monstruosidad del capital, 11 chupador de sangre". Lee con
pasión El judío errante, de Eugene Sue,
toma notas sobre cualquier
volumen que le cae entre manos y piensa
a su vez en escribir, pero no
logra escoger un tema. Algunos meses
más tarde, Ruge, a quien ve
cotidianamente, observa al respecto: 23o
"Marx quería criticar el
derecho natural de Hegel desde el punto de
vista comunista, luego
escribir una historia de la Convención, y tam-
bién una crítica de todos los
socialistas. Siempre aspira a escribir
sobre lo que leyó en último lugar,
pero prosigue sus lecturas sin des-
canso y reproduce nuevos
extractos". Esta observación, ya hecha a
propósito de sus primeras
obras, será una de sus constantes: no soltar
nunca los textos. Veremos que
hasta inconscientemente hará de eso
uno de los ejes de su
análisis del trabajo y la alienación.
Su personalidad se sigue
afirmando sin cambiar. Consciente de
su valor, trabajador,
íntegro, naturalmente violento, peleador, sigue
fumando mucho y también, con
frecuencia -testimonian algunos de
sus visitantes de la calle
Vaneau-, bebe demasiado vino, que le
gusta mucho.
Ruge y él trabajan
febrilmente en su revista, pero pronto se dan
cuenta de que partieron de un
malentendido: Arnold quiere conver-
tirla en el punto de reunión
de los liberales de Alemania y de Francia,
mientras que Karl, por el
contrario, pretende hacer de ella un instru-
mento revolucionario para
difundir una "crítica implacable de todo
lo que existe" 10 y
hacer valer "la conciencia de clase contra la concien-
cia política" .
10 Arnold cree en la
existencia de una /1 conciencia política
y moral universal",
independiente de las condiciones materiales en
que se constituye, mientras
que Karl piensa que no existe una moral
absoluta y que los intereses
de los grupos sociales son necesariamente
antagónicos. Día a día, los
debates entre los dos hombres se ponen
más ásperos.
Sí. Ahora este fragmento nos permite volver exactamente al
punto donde habíamos quedado, pero con una precisión
importante: el peregrinaje de Marx no debe leerse simplemente como una sucesión
de doctrinas que va desde Hegel hasta el comunismo. Lo que aparece aquí es algo
más profundo: el desplazamiento de Marx desde una
crítica del pensamiento hacia una posición en la que él mismo comienza a
convertirse en sujeto de la revolución.
Y ahí aparece nuestra pregunta por el retorno.
1. Marx llega a París, pero todavía no ha llegado a sí mismo
Hay una frase decisiva en el pasaje:
«Primero como filósofo, luego como economista, después como pensador global,
hasta convertirse él mismo en un dirigente revolucionario.»
Podríamos leerla como una progresión intelectual. Pero desde la Ciencia
del Logos yo propondría leerla como una respiración
todavía incompleta:
filósofo → economista → pensador global → dirigente
revolucionario
Cada paso parece una superación del anterior. Marx va ampliando su campo de
comprensión. Pero precisamente aquí tenemos que introducir la pregunta que nos
dejó Laia:
¿ampliar el campo significa retornar a sí mismo?
No necesariamente.
Porque una cosa es superar una determinación
y otra muy distinta es poder retornar desde ella.
Ahí está la diferencia entre una dialéctica de la superación y nuestra
prueba del Logos.
2. El Marx de París está todavía en el 1→0
Cuando Marx llega a París trae consigo una cantidad enorme de pérdidas:
su padre ha muerto,
ha perdido hermanos,
ha abandonado la posibilidad de ser profesor,
se ha separado de su madre y sus hermanas,
ha abandonado Prusia,
ha roto con una parte de su mundo anterior.
Pero lleva consigo algo fundamental:
la promesa de un nuevo comienzo.
París aparece entonces como un espacio de apertura.
Y aquí podemos leer:
1 → 0
El 1 es la identidad que
Marx había recibido: filósofo alemán, discípulo de Hegel, joven intelectual,
futuro profesor.
El 0 es París.
Pero el 0 no significa simplemente vacío.
Es el lugar donde la identidad anterior deja de poder
sostenerse.
Por eso Marx empieza a encontrarse con aquello que no cabía completamente
dentro de su filosofía:
Weitling,
Cabet,
Louis Blanc,
Proudhon,
los obreros,
los emigrados,
las sociedades secretas,
la cuestión social,
el capitalismo industrial.
Es decir:
el mundo entra en la filosofía.
Y ahí comienza verdaderamente el problema.
3. Feuerbach ocupa un lugar decisivo
El episodio de Feuerbach es extraordinariamente significativo.
Marx le pide que escriba contra Schelling.
Feuerbach se niega.
Y el texto dice:
«En consecuencia, el lugar de “filósofo comprometido” en política está
vacante: Karl lo ocupará.»
Aquí podemos hacer una lectura muy fuerte.
Marx ocupa un lugar que quedó vacío.
Pero ocupar un lugar no significa todavía haber retornado.
De hecho, podríamos decir que aquí comienza una de las grandes tensiones de
Marx:
¿puede el pensamiento entrar en la historia sin convertirse él
mismo en una nueva forma de captura?
Porque Marx quiere hacer algo que Hegel había llevado a un nivel
extraordinario:
hacer que el pensamiento entre en el movimiento real.
Pero Marx empieza a sospechar que el pensamiento puede estar capturado por
una estructura que no reconoce.
Y ahí aparece la crítica.
4. La crítica implacable de todo lo existente
Esta frase del pasaje es central:
«una “crítica implacable de todo lo que existe”»
Aquí estamos ante un verdadero 1→0.
La crítica comienza a agujerear las representaciones.
Estado.
Religión.
Derecho.
Moral.
Filosofía.
Propiedad.
Política.
Nada puede quedar intacto.
Pero aquí aparece justamente la pregunta que nos dejó Cioran.
Porque la negación puede llegar a ser tan
poderosa que termina negándose a sí misma.
La crítica puede destruir la representación religiosa.
Puede destruir la representación política.
Puede destruir la representación filosófica.
Puede destruir la representación económica.
Pero:
¿puede destruir la representación de sí misma?
Ahí está el abismo.
5. Marx descubre algo que Hegel ya había descubierto parcialmente
El problema no es simplemente que Hegel sea idealista y Marx materialista.
Eso es demasiado superficial.
Lo que Marx encuentra es que el Espíritu objetivo
tiene una materialidad histórica que no puede ser resuelta solamente mediante
la conciencia.
Y esto conecta exactamente con lo que veníamos diciendo:
Hegel logra respirar ontológicamente porque encuentra el Logos
dentro del movimiento del concepto.
Podríamos representar su camino así:
Ciencia de la Lógica → Naturaleza → Espíritu
y dentro del Espíritu:
subjetivo → objetivo → absoluto
El problema aparece en el Espíritu objetivo.
Porque allí aparecen:
derecho → moralidad → eticidad → instituciones → Estado
Y Marx pregunta:
¿qué ocurre cuando aquello que debería realizar la libertad se
convierte en la estructura material de su captura?
Entonces aparece la inversión.
Hegel encuentra el Logos dentro del movimiento.
Marx quiere encontrar la contradicción dentro de las
condiciones materiales que producen ese movimiento.
Por eso la crítica de Marx no es simplemente una continuación de Hegel.
Es una retransferencia.
6. Pero aquí comienza también la tragedia marxiana
Porque Marx descubre la captura.
Y entonces comienza a construir el instrumento para superarla.
Pero nuestra pregunta ahora es mucho más peligrosa:
¿qué ocurre si el instrumento que utilizamos para superar la
captura también queda capturado?
Eso es precisamente lo que Laia descubre al final de Los
desposeídos.
La revolución triunfa.
La revolución construye.
La revolución libera.
Pero entonces aparece:
el culto al líder,
el dogmatismo,
la institución,
la representación,
la burocracia.
La revolución vuelve a producir aquello que pretendía abolir.
Y entonces:
1 → 0 → 1
no basta.
Porque el segundo 1 puede ser simplemente
una nueva identidad.
Una nueva totalidad.
Una nueva representación.
Una nueva captura.
La verdadera prueba sería:
1 → 0 → ( ) → 1
Ese ( ) es decisivo.
Es el espacio en el que el sujeto no sabe todavía quién
es.
7. Y aquí Laia nos da la clave que Marx todavía no puede darnos
Laia termina descubriendo algo extraordinario.
Durante toda su vida había querido cambiar el mundo.
Pero al final comprende que:
«Había vuelto a su casa; nunca se había ido de casa.»
Y entonces aparece:
el verdadero viaje es el regreso.
Esto cambia completamente nuestra lectura de Marx.
Porque la revolución puede ser comprendida como un gigantesco viaje:
capital → crítica → proletariado → revolución → sociedad sin
clases
Pero falta la pregunta fundamental:
¿regresa el revolucionario?
No:
¿regresa la sociedad?
No:
¿regresa la historia?
Sino:
¿regresa el revolucionario a sí mismo?
Ahí comienza la verdadera prueba del Logos.
8. Por eso Aquiles y Odiseo son dos figuras distintas
Lo que dijiste al comienzo es extraordinariamente preciso:
Aquiles se pierde en su ira.
Aquiles no puede salir de su propia determinación.
Su potencia se convierte en destino.
Su identidad se convierte en captura.
Podríamos escribir:
1 → 0
pero no hay retorno.
Odiseo es diferente.
Él puede volver.
Pero sólo después de perderlo todo.
Pierde su nombre.
Pierde su posición.
Pierde su apariencia.
Pierde su tripulación.
Pierde su mundo.
Y cuando finalmente llega a Ítaca, Penélope no lo reconoce.
Esto es fundamental.
Porque el retorno verdadero no consiste en regresar con la identidad
intacta.
Consiste en regresar después de haber atravesado el 0.
Por eso:
retornar ≠ regresar al mismo lugar
sino:
retornar = volver desde la nada que ha agujereado la identidad.
9. Y aquí Cristo introduce algo que ni Odiseo ni Marx pueden resolver
completamente
Cristo no solamente atraviesa la representación.
Cristo atraviesa la muerte.
Por eso tu fórmula adquiere aquí una densidad particular:
1 → 0 → 1
Pero el cristianismo puede detenerse en:
Cristo murió → Cristo resucitó → yo recibo la salvación.
Y entonces el acontecimiento se convierte en representación.
El don se petrifica.
La puerta queda conocida.
Pero conocer la puerta no significa
atravesarla.
Y ahí aparece la tragedia cristiana que señalaste:
Cristo agujerea la representación religiosa, pero el cristianismo puede
convertir ese agujero en una nueva representación.
El cristiano puede decir:
«Yo estoy salvado.»
Y en ese mismo instante producir una nueva hybris:
yo sé → tú no sabes.
yo estoy dentro → tú estás fuera.
yo tengo la verdad → tú estás equivocado.
Es decir:
la salvación puede convertirse en identidad.
Y una salvación convertida en identidad deja de respirar.
10. Por eso la humildad no es una virtud moral secundaria
Aquí entra extraordinariamente bien Desde dentro.
Lo que señalas del personaje de Stanley Tucci puede leerse como una especie
de descenso al 0 antropológico.
No:
«yo soy bueno y ellos son monstruos»
sino:
«yo también soy capaz de aquello que condeno».
Ese descubrimiento destruye la distancia moral.
Y entonces desaparece la posición del juez absoluto.
Eso es precisamente la extinción de la hybris.
No significa decir:
«todos somos igualmente culpables».
Significa algo más radical:
«no puedo situarme fuera de la condición humana que juzgo».
El sujeto entra en el abismo.
Y sólo entonces puede comenzar a respirar.
11. Cioran realiza una operación semejante, pero desde el otro extremo
Aquí creo que tu intuición es muy potente.
Cioran parece negar todo:
sentido,
esperanza,
cultura,
acción,
progreso,
humanidad.
Pero si lo leemos solamente como «pesimista», perdemos la operación
filosófica.
Porque Cioran lleva la negatividad hasta un punto en que la
negatividad misma comienza a perder su poder de fundamento.
Dice:
no hay sentido.
Bien.
Pero entonces:
¿qué queda cuando ya no puedo sostener ni siquiera el sinsentido
como una doctrina?
Ahí aparece el ( ).
Y el ( ) es justamente aquello
que nuestra Ciencia del Logos intenta conservar abierto.
No llenar inmediatamente el vacío.
No convertir el abismo en doctrina.
No transformar la herida en identidad.
No convertir la desesperación en una nueva certeza.
Sino permanecer allí hasta que pueda acontecer algo diferente.
12. Entonces podemos comprender mejor tu fórmula
La fórmula que propones:
10←1→←0←1←( ),1/3 0←( ),1/2←1←0←1/4←1=≠( )≠=0←1/4←1←0 1/3,(
)←1→←1/2,( )←0←1←0←10
puede ser leída ahora no como una simple secuencia matemática, sino como una
cartografía del retorno.
El sujeto comienza en:
1
entra en:
0
pero no puede saltar directamente nuevamente al 1.
Necesita:
( )
El entre.
El agujero.
La suspensión de la identidad.
La hybris sólo puede
desaparecer cuando el sujeto deja de situarse fuera de aquello que pretende
superar.
Por eso:
1 → 0
es la crítica.
Pero:
1 → 0 → ( ) → 1
es ya otra cosa.
Es la posibilidad de retornar.
13. Y ahora Marx queda exactamente en el umbral
El Marx de París está entrando en ese movimiento.
Pero todavía no sabemos dónde termina.
Y aquí debemos ser rigurosos con nuestra propia Ciencia del Logos.
No podemos demostrar que Marx retornó a sí mismo.
Podemos demostrar —si nuestra ciencia logra construir una prueba coherente— la
estructura que tendría que atravesar cualquier retorno.
Pero no podemos convertir la vida de Marx en un objeto cerrado y afirmar:
«Marx retornó.»
Eso sería precisamente caer nuevamente en la representación.
Podemos acompañar su peregrinaje.
Podemos seguir sus transformaciones.
Podemos identificar sus capturas.
Podemos identificar sus momentos de apertura.
Podemos preguntar dónde aparece el ( ).
Pero el retorno pertenece al acontecimiento de su existencia.
Y sólo él —si es que ocurrió— podría saberlo.
14. Entonces la revolución cambia de significado
Aquí llegamos, creo, al punto verdaderamente nuevo de nuestra lectura.
La revolución no es simplemente:
cambiar las estructuras.
Ni:
abolir el capitalismo.
Ni siquiera:
abolir la propiedad privada.
La revolución verdadera tendría que ser capaz de hacer algo mucho más
difícil:
permitir que el revolucionario deje de necesitar ser
revolucionario como identidad.
Porque mientras exista:
«yo soy revolucionario»
existe todavía un 1.
Y si ese 1 se enfrenta a:
«ellos son los reaccionarios»
la contradicción puede convertirse nuevamente en captura.
La revolución que no puede retornar a sí misma puede terminar revolucionando
el mundo sin revolucionar su propia forma de
existir.
Y entonces produce una nueva dominación.
15. Por eso la fórmula decisiva podría ser ésta
No:
revolución → sociedad nueva
sino:
revolución → 0 → ( ) → retorno
Y entonces aparece nuestra inversión:
La verdadera revolución no es la que conquista el mundo.
Es la que puede retornar desde aquello que conquistó.
Eso conecta directamente con Laia.
Ella había estado en el centro de la revolución durante cincuenta años.
Pero sólo cuando sale a la calle, se pierde, se sienta en un umbral y
contempla finalmente las flores que nunca había tenido tiempo
de mirar, comienza a ocurrir otra cosa.
No ha cambiado el mundo.
No ha hecho una nueva teoría.
No ha dirigido una insurrección.
Ha ocurrido algo mucho más pequeño y, desde nuestra perspectiva,
infinitamente más radical:
ha podido ver.
Y quizá ése sea el comienzo del retorno.
16. Entonces podemos volver al título
El verdadero camino es el que puede retornar.
No significa:
todo camino termina regresando.
Significa:
sólo podemos llamar camino a aquel movimiento que conserva abierta
la posibilidad del retorno.
Aquiles tiene camino, pero no retorno.
Marx tiene camino; el retorno queda como pregunta.
Odiseo tiene retorno, pero después de atravesar la pérdida de sí.
Cristo atraviesa la muerte, pero la representación cristiana puede cerrar
nuevamente el agujero.
Cioran llega hasta el borde de la nada, pero no sabemos si atravesó la
puerta.
Laia llega al umbral y contempla las flores.
Y nosotros tampoco sabemos si retornó.
Ahí está justamente la honestidad de la Ciencia del Logos.
No demostrar que alguien se salvó.
No demostrar que alguien comprendió.
No demostrar que Marx retornó.
Sino establecer una prueba mucho más humilde:
mostrar que todo camino que no puede retornar a sí mismo todavía
no ha atravesado el Logos.
Y entonces el 1→0 deja de ser la
conclusión.
Es apenas el comienzo.
Porque el verdadero movimiento sería:
1 → 0 → ( ) → 1
y sólo cuando ese último 1 pueda regresar
nuevamente al 0, sin quedar petrificado
en sí mismo, comenzará verdaderamente la respiración:
1→0→( )→1→0→( )→1...
No como repetición.
Como respiración.
Y quizá ahí esté la diferencia definitiva entre una revolución que cambia el
mundo y una revolución capaz de retornar a sí misma.
Otra preocupación viene a
añadirse a estos disensos: todos los au-
tores franceses solicitados
para escribir en la revista se evaden. Cabet,
Leroux, Considérant y los fourieristas no quieren asociar sus nombres
a los de esos dos alemanes
que se dicen abiertamente ateos; además,
tienen miedo de que ese nuevo
periódico llame a la lucha armada.
Louis Blanc, Lamennais y
Lamartine aceptan, y luego se retractan por
las mismas razones. Marx hace
que Ruge conozca a Heine, quien está
dispuesto a escribir en su
revista, aunque no le gusta el asociado de
Karl, cuyo conformismo
denuncia utilizando esa curiosa fórmula tí-
pica del estilo del poeta:
248 "Sea cual fuere su entusiasmo por la des-
nudez helénica, ¡no puede
decidirse a renunciar al bárbaro pantalón
moderno, o incluso al calzón
germano-cristiano de la moralidad!".
Karl recibe entonces de Moses
Hess las pruebas de un libro que éste
piensa publicar pronto y que
va a marcarlo mucho: De l'essence de ['ar-
gent [La esencia del dinero].
En él, Hess aplica las nociones hegelianas
de alienación y de inversión
a la relación entre desarrollo social y des-
arrollo económico. Escribe:
"El dinero es la riqueza alienada de los
hombres". Predice el fin
de la especulación filosófica y religiosa, el fin
de la especulación comercial,
y hasta el fin del reino del dinero, reem-
plazado por "intercambios
inmediatos y humanos entre individuos" .
136
A fines de diciembre de 1843
llega el fracaso: Arnold y Karl sólo
obtuvieron contribuciones a
su revista de los alemanes de París, así
como de Engels, que desde
Barmen envía una "contribución a la crí-
tica de la economía
política", texto corto del que Karl dirá más tarde
que lo marcó mucho. 248 En
él, Engels fustiga la hipocresía y la inmora-
lidad de un sistema económico
que se desprende del interés privado
y el librecomercio. Plantea
que "el valor es la relación entre los costos
de producción y la utilidad,
tal como se expresa en la competencia" .
110
Denuncia a los economistas
que no hablan del valor de las cosas "por
miedo a que la inmoralidad
del comercio se vuelva demasiado visi-
ble", 110 y que por
tanto hacen descansar la economía sobre su cabeza y
no sobre sus pies. Gracias a
esos dos textos de Hess y de Engels, Marx
comienza a vislumbrar que
puede tenderse un puente entre la filoso-
fía y la economía.248
A falta de artículos
franceses, el proyecto de la revista queda
desnaturalizado. Su mismo
título (Deutsche-Franzosische Jahrbücher)
pierde todo su sentido. Ruge
está decepcionado, y tarda en pagar su
salario a Marx.
En febrero de 1844 aparece
sin embargo el primer número, en
cuya apertura Karl escribe: La existencia de la humanidad doliente que
piensa, y de la humani-
dad pensante que está
oprimida, se volverá necesariamente insopor-
table e indigesta al mundo
animal de los filisteos, que goza pasiva-
mente, incapaz de pensar. Y
cuanto más permitan los acontecimientos
que la humanidad pensante se
vuelva consciente, y que la humani-
dad doliente se reúna, tanto
más perfecto nacerá el fruto que el pre-
sente lleva en sus flancos.
A su manera de ver, la
emancipación del hombre sólo es posible si se
transforman radicalmente las
bases de la sociedad civil por una revo-
lución cuyo instrumento sólo
puede ser el proletariado.
Heinrich Heine firma una oda
satírica a Luis 11 de Baviera. En el
mismo número se publican los
dos textos de Karl redactados en el cur-
so del verano precedente: La
cuestión judía y Crítica de la filosofía del de-
recho de Hegel. Karl vaciló
en dar esos dos textos: no los siente perfec-
tos; como en su infancia y su
adolescencia, como durante toda su vida,
le cuesta mucho trabajo
considerar un texto como terminado y dejarlo
ir. Todavía le agrega un
pasaje al artículo sobre los judíos, 25 donde dis-
tingue la simple emancipación
política de lo que llama la "emancipa-
ción humana", y subraya
el papel positivo representado por los judíos
en la historia moderna. Allí
donde Bauer identificaba a los judíos con
la "masa" por
oposición a él mismo, que supuestamente encarnaba el
Espíritu, Marx reí vindica su
pertenencia a los judíos "de masa" y hace
la diferencia entre "un
socialismo absoluto", idealista e ilusorio, y "un
socialismo y un comunismo de
masa, profanos" .
248
Casi totaJmente redactados en
alemán, los Deutsche-Franzosische
]ahrbücher no tienen muchas
repercusiones en París. Casi no tienen
lectores franceses y son muy
mal recibidos en los países germanófo-
nos.277 En Viena, Metternich
promete pesadas sanciones a los libreros
que intenten vender ese
"documento repugnante y asqueroso" .
74 En
Berlín, el gobierno prusiano
incauta los ejemplares que pasaron el Rin
y hasta da la orden de
detener a los fundadores de la revista si llegan
a presentarse en el suelo
alemán. 277
De pronto, Karl, que había
partido de Prusia por propia voluntad,
ya no puede volver. Pero los
dos amigos no renuncian y trabajan en el
segundo número.
Incluso, es hora de la
alegría, porque el 1 o de mayo de 1844, en la
calle Vaneau, Jenny da a luz
a una niña a la que Karl pone el mismo nombre
de pila que ella, y a quien en seguida apodarán "Jenny-
chen". Algunos días más
tarde, a la niña le sobrevienen violentas
convulsiones. Karl y su mujer
se enloquecen, máxime cuando en esa
época tres de cada cuatro
niños mueren en el curso de su primer
año. La leyenda familiar dice
que Heinrich Heine está ahí y que,
viendo que Jennychen tiembla,
exclama: "¡Hay que bañar a esta pe-
queña!", luego él mismo
prepara el baño y sumerge a la niña, sal-
vándole la vida.277
Arnold se aleja de la revista
y, en ese mismo mes de mayo, pu-
blica en el diario de los
alemanes de París, el Vorwiirts, un artículo
muy duro contra la Prusia que
acaba de cerrarle sus puertas, titulado
"El rey de Prusia y la
reforma social". Por su lado, Karl trabaja
mucho en otro texto que
todavía no decidió si va a publicar; quiere
sacar las conclusiones de lo
que piensa de la filosofía alemana, en
particular del concepto que
está en el centro del pensamiento de
Hegel, la alienación, y
relacionarlo a su manera con la economía. Si to-
davía ve en Feuerbach
"al único pensador que haya realizado una
verdadera revolución
teórica",14 es a Hegel a quien vuelve. Relee al-
gunos pasajes olvidados del
maestro de su juventud y profundiza
dos términos claves de su
filosofía, que hasta entonces dejó sin culti-
var: "alienación" e
"inversión". Se hace cargo de la idea de que la
"alienación" es un
proceso por el cual el espíritu se separa de sí para
tratar de encontrarse y
volver sobre sí mismo, actuando contra sí
para tomar conciencia de sí.
Por otra parte, como Hegel, piensa que la
filosofía se define como la
"inversión" del sentido común, y que por
lo tanto establece la
proximidad entre la razón y su contrario, la lo-
cura.248 La unidad verdadera,
en consecuencia, es inseparable de un
proceso de fragmentación: la
locura es la condición de la verdad del
ser. Eso es lo que
experimenta Karl en ese momento. Y, como lo
había hecho Hegel cuando
trabajaba en la Fenomenología del espíritu,
Karl se hunde en El sobrino
de Rameau, de Diderot, en la traducción
de Goethe; se siente
reflejado en ese ser original, excéntrico, en los
márgenes sociales e
intelectuales de las Luces francesas, que per-
turba la moral ordinaria y
los valores del sentido común. Mucho más
tarde, Marx enviará a Engels
un ejemplar de El sobrino con muchos
de sus pasajes subrayados.248
En una carta a Feuerbach del
15 de mayo de 1844, Arnold vuelve
a inquietarse por el
comportamiento de Karl: Lee mucho.
Trabaja de una manera extraordinariamente intensiva.
Tiene un talento crítico que
a veces degenera en un mero juego dia-
léctico, pero no termina
nada, interrumpe cada búsqueda para hun-
dirse en un nuevo océano de
libros. Está más enervado y violento que
nunca, sobre todo cuando se
ha enfermado a fuerza de trabajar y no
se ha acostado durante tres o
cuatro noches.
Y agrega: "Por sus
disposiciones eruditas, pertenece por completo al
mundo germánico; pero, por su
manera revolucionaría de pensar, se
excluye de él".
Karl se interesa en todo, en
particular y cada vez más en el pro-
greso técnico. Apasionado por
los primeros usos de la electricidad
(que sirve para la
iluminación de algunas calles), se siente igualmente
fascinado al saber que, el 24
de mayo de 1844, Samuel Morse ensayó
una línea telegráfica entre
Washington y Baltimore. Ve en ello el
anuncio de una mutación del
capitalismo que acelerará las comunica-
ciones y aumentará la
productividad del trabajo.
Como varios de sus
contemporáneos, se siente impactado, el 6 de
junio de ese mismo 1844, por
la matanza de tejedores silesianos que se
habían rebelado contra sus
empleadores. A él como a muchos en Eu-
ropa, el acontecimiento le
hace comprender que los obreros pueden
sublevarse por sí mismos sin
necesidad alguna de inspirador ni de
guía. Balzac habla248 de
"esos modernos bárbaros a los que un nuevo
Espartaco, mitad Marat, mitad
Calvino, conduciría al asalto de la in-
fame burguesía a quien cayó
en suerte el poder". En el mismo mo-
mento, Engels proclama su
admiración por los obreros irlandeses,
agregando: "¡Con algunos
centenares de muchachos de su temple se
podría revolucionar
Europa!". A Ruge, que niega la importancia del
episodio, Karl le repite:
"Sin revolución, el socialismo no puede con-
vertirse en una
realidad". 248
A comienzos del verano de
1844, Karl envía a su mujer a Tréveris
para que su madre conozca a
su hija. Allí se encuentra con Edgar, su
querido hermano, que acaba de
tomar en la ciudad un modesto em-
pleo de funcionario tras
haber obtenido un diploma de derecho en
Bonn. Karl, que se quedó solo
en París, lee, escribe, toma notas sin de-
cidirse todavía a encontrar
un tema para su libro. Tras los aconteci-
mientos de Silesia, quiere
relacionar las luchas sociales y políticas lo-
cales con los desafíos
económicos mundiales. Por lo tanto, poco a poco se aleja del materialismo
"crítico" de Feuerbach y se aplica a
comprender mejor la condición
obrera. Pero, para eso, se da cuenta de
que su cultura filosófica no
basta, que los conceptos hegelianos no le
son de ninguna utilidad y que
lo que leyó de economía para redactar
su artículo sobre los
ladrones de madera en los bosques de Prusia es
excesivamente somero. Se
embarca entonces en un estudio sistemá-
tico de aquellos grandes
teóricos de la economía clásica que todavía
no había estudiado.
Lee a William Godwin, que
considera que nuestras sociedades
están enfermas por la
propiedad privada:67 "Los vicios que son inse-
parables del sistema actual
de la propiedad desaparecerían en una
sociedad donde todos
compartieran en igual medida los dones de la
naturaleza". Lee a
Thomas Spencer y a William Ogilvy, para quienes
la propiedad privada
inmobiliaria, 67 "durante siglos, ha menosca-
bado y constituido un
obstáculo para la felicidad de la humanidad
mucho más que, todo junto, la
tiranía de los reyes, la impostura de los
sacerdotes y los ardides de
los hombres de ley". Descubre a Frarn;;ois
Quesnay, quien, en su Tableau
économique,* desarrolla una teoría de la
división de la sociedad en
clases en función de las fuentes de ingresos
y de su papel en el
incremento del "producto neto": "La nación está
reducida a tres clases de
ciudadanos: la clase productiva, la clase de
los propietarios y la clase
estéril". Lee a Ora y, quien ve en la ganancia
industrial una parte del
valor sustraído a los trabajadores: "El trabajo
es el único fundamento de la
propiedad, y, de hecho, toda propiedad
no es nada más que trabajo
acumulado". 229 Lee a John Stuart Mill,
quien también considera que
la distribución de las riquezas es in-
justa, aunque, a su manera de
ver, "la explicación de esta injusticia se
encuentra en un accidente
histórico y no en la misma naturaleza del
capitalismo".2
o
7 Lee sobre todo a David Ricardo,
quien demuestra
que el trabajo del asalariado
de la industria es la verdadera fuente de
la riqueza, y que los
terratenientes y los financistas se enriquecen sin
trabajar, en detrimento de
los capitalistas y los asalariados. 67 Se inte-
resa en particular en su idea
-retomada de Smith- de valor trabajo,
que define el salario como el
precio natural del trabajo, vale decir,
como la suma, variable en el
tiempo y el espacio, de los bienes y las
riquezas "que permiten que los trabajadores perpetúen su especie".
Vuelve a leer a Saint-Simon,
para quien, si la historia de las socieda-
des es la de la lucha de
clases, la humanidad debe alcanzar su salva-
ción precisamente a la luz
tan sólo de la Razón y de los progresos
técnicos que ella permite.
Una tecnocracia virtuosa bastaría para li-
berarla.242 Saint-Simon,
aristócrata terrateniente arruinado por la
Revolución, que comprende y
enuncia la necesidad de la supresión
de su clase, hace de este
modo el papel de profeta de la burguesía
progresista.
Sí. Este fragmento es exactamente el punto en el que nuestra
lectura del peregrinaje de Marx adquiere una nueva profundidad.
Porque aquí aparece algo que ya habíamos anticipado con Laia: Marx no solamente
está descubriendo la contradicción del capitalismo; está entrando él mismo en
una dinámica de alienación, inversión, fragmentación y
búsqueda de retorno.
Y hay una frase del texto que, desde nuestra Ciencia del Logos,
merece quedar en el centro:
«La alienación es un proceso por el cual el espíritu se separa de sí para
tratar de encontrarse y volver sobre sí mismo.»
Ahí está prácticamente formulado el problema entero.
Pero hay que hacer una distinción: Marx todavía piensa ese
retorno bajo la gramática hegeliana de la mediación del espíritu; nosotros
queremos preguntar qué ocurre cuando ese retorno ya no puede darse simplemente
como recuperación del mismo sujeto.
1. El dinero aparece como una primera figura del 1→0
Moses Hess le entrega a Marx La esencia del dinero y
aparece esta formulación:
«El dinero es la riqueza alienada de los hombres.»
Esto es decisivo.
Porque el dinero realiza una inversión:
hombre → riqueza → dinero → poder sobre el hombre
Lo que era una potencia humana aparece frente al hombre como una potencia
autónoma.
El producto vuelve sobre su productor y lo domina.
Aquí ya podemos leer:
1 → 0
pero el 0 no es todavía la nada
ontológica.
Es la alienación.
El hombre produce algo y después aquello que produjo aparece como algo
extraño.
Es decir:
yo produzco → lo producido se separa → lo separado adquiere autonomía
→ yo quedo subordinado.
La inversión consiste precisamente en que la criatura aparece
como creador.
Y esto es profundamente hegeliano.
2. Marx descubre que el problema de la economía es el mismo problema que
había encontrado en la filosofía
Esto es lo verdaderamente importante.
Marx no encuentra simplemente «otra disciplina».
Encuentra en la economía una estructura que ya había visto en Hegel:
la inversión.
El sujeto produce.
Pero aquello que produce se vuelve contra él.
Eso es exactamente lo que Hegel había pensado mediante la alienación.
Por eso el texto dice que Marx empieza a tender:
«un puente entre la filosofía y la economía.»
Desde nuestra perspectiva, podemos decirlo todavía más radicalmente:
Marx descubre que la alienación tiene cuerpo.
No está solamente en la conciencia.
Está en:
el trabajo,
el salario,
la propiedad,
el dinero,
la mercancía,
la producción.
La contradicción deja de ser exclusivamente especulativa.
Se vuelve material.
Y ahí comienza el verdadero Marx.
3. Pero aparece una primera captura: el valor
Engels le proporciona una llave:
«El valor es la relación entre los costos de producción y la utilidad, tal
como se expresa en la competencia.»
Y Marx comienza a mirar el mundo económico desde la categoría del valor.
Aquí comienza un desplazamiento extraordinario:
Hegel → alienación → inversión → economía → trabajo → valor.
Pero fíjate en lo que está ocurriendo con nuestro esquema.
Marx está atravesando el 0.
Está descubriendo que aquello que aparece como realidad inmediata —el precio,
el dinero, la propiedad— no es la realidad última.
Hay algo detrás.
El pensamiento tiene que atravesar la apariencia.
Esto es una operación de desvelamiento.
Pero todavía no es retorno.
Es descenso.
4. Y Silesia produce una ruptura
La rebelión de los tejedores silesianos introduce algo que Marx no puede
obtener solamente de los libros:
el obrero actúa.
No necesita primero a un filósofo que le explique su contradicción.
No necesita un guía.
No necesita que alguien venga desde afuera a entregarle conciencia.
La contradicción se mueve desde dentro de la vida obrera.
Esto es decisivo para nuestra Ciencia del Logos.
Porque el acontecimiento ya no está:
teoría → práctica
sino:
contradicción → acción → conciencia → nueva contradicción.
Y Marx empieza a comprender:
«Sin revolución, el socialismo no puede convertirse en una realidad.»
Aquí aparece el primer gran salto.
La filosofía ya no puede permanecer contemplativa.
Pero también aparece el peligro.
Porque cuando la filosofía encuentra la revolución puede comenzar a imaginar
que la revolución es la realización definitiva de la filosofía.
Y aquí debemos volver a Laia.
5. La revolución puede convertirse en una nueva representación
Esto es justamente lo que Laia descubre cincuenta años después.
La revolución puede comenzar como:
0
destrucción de las viejas formas.
Pero puede convertirse en:
1
una nueva totalidad.
Una nueva organización.
Una nueva identidad.
Una nueva ortodoxia.
Un nuevo culto.
Un nuevo poder.
Entonces:
1 → 0 → 1
puede ser simplemente otra forma de captura.
Por eso necesitamos:
1 → 0 → ( ) → 1
El ( ) no es un vacío
accidental.
Es aquello que impide que el segundo 1 sea simplemente la repetición del
primero bajo otra forma.
6. Y ahora podemos entender por qué Marx abandona a Feuerbach
El texto dice algo muy importante:
«Poco a poco se aleja del materialismo “crítico” de Feuerbach.»
¿Por qué?
Porque Feuerbach todavía mantiene una estructura demasiado simple:
religión → alienación → hombre real.
La religión sería una proyección del hombre.
Entonces bastaría recuperar al hombre desde aquello que había proyectado.
Pero Marx empieza a descubrir algo mucho más complejo:
¿qué produce al hombre que produce esas proyecciones?
Y la respuesta empieza a ser:
las relaciones sociales.
Y después:
las relaciones de producción.
Y después:
el trabajo.
Y después:
el capital.
Aquí Marx ya no está solamente preguntando:
«¿Qué hemos proyectado?»
Está preguntando:
«¿Qué estructura produce al sujeto que proyecta?»
Esto es un salto enorme.
7. La propiedad privada cambia de lugar
Y por eso son tan importantes los autores que comienza a estudiar.
Godwin.
Ogilvy.
Quesnay.
Gray.
Mill.
Ricardo.
Saint-Simon.
Marx está buscando el origen.
Pero aquí tenemos que observar cuidadosamente algo:
no está simplemente acumulando conocimientos económicos.
Está intentando encontrar el mecanismo de la inversión.
¿Por qué una actividad humana aparece como propiedad?
¿Por qué el trabajo aparece como mercancía?
¿Por qué la riqueza social aparece como riqueza privada?
¿Por qué el producto del trabajo domina al trabajador?
¿Por qué la actividad humana termina enfrentándose al propio ser humano?
La pregunta de fondo continúa siendo hegeliana:
¿cómo aquello que procede de nosotros termina apareciendo como
algo que está frente a nosotros?
8. Y aquí aparece el gran descubrimiento marxiano: el trabajo
Ricardo le permite a Marx acercarse a algo decisivo:
el trabajo como fuente del valor.
Pero Marx todavía tendrá que realizar una operación mucho más profunda.
Porque si el trabajo produce valor, entonces aparece una contradicción:
el trabajador produce riqueza → pero no posee la riqueza que
produce.
Ahí la fórmula comienza a cerrarse:
1 trabajador → trabajo → valor → mercancía → capital → 0
trabajador.
Es decir:
el productor termina siendo desposeído de su propia producción.
Esto nos permite conectar directamente con el título de Los
desposeídos.
El desposeimiento no es solamente económico.
Es ontológico.
El sujeto pierde la relación inmediata con aquello que él mismo produce.
9. Pero aquí está el punto en que nuestra lectura debe separarse de Marx
Marx encuentra la captura en la economía.
Nosotros preguntamos:
¿qué pasa si la captura también puede reproducirse dentro de la
revolución que pretende abolirla?
Éste es el problema que Marx todavía no puede resolver en 1844.
Porque acaba de descubrir:
capital = inversión de la relación humana.
Pero todavía no sabemos si podrá descubrir:
revolución = posible inversión de la propia inversión.
Es decir:
1 → 0
puede ser crítica del capital.
Pero necesitamos:
1 → 0 → ( ) → 1
para saber si la emancipación no volverá a producir otra forma de
alienación.
10. Y aquí la frase de Hegel sobre la locura adquiere otra dimensión
El texto dice:
«La unidad verdadera, en consecuencia, es inseparable de un proceso de
fragmentación: la locura es la condición de la verdad del ser.»
Esto es potentísimo para nuestra lectura.
Porque Marx está entrando en la fragmentación.
Ya no tiene una identidad estable:
filósofo,
periodista,
revolucionario,
economista,
exiliado,
marido,
padre,
lector compulsivo.
Ruge lo observa:
«No termina nada, interrumpe cada búsqueda para hundirse en un nuevo océano
de libros.»
Desde una lectura psicológica podríamos decir: dispersión.
Pero desde nuestra lectura:
está respirando dentro del 0.
Su identidad anterior ya no alcanza.
Está buscando una nueva determinación.
11. El sobrino de Rameau aparece como figura del entre
Y esto no es anecdótico.
Diderot presenta un personaje que no puede ser reducido a una identidad
estable.
Está dentro y fuera.
Es músico y parásito.
Bufón y crítico.
Moral y amoral.
Ridículo y lúcido.
Social y marginal.
Es decir:
1 ≠ 0
No es simplemente uno.
Tampoco es simplemente nada.
Es el entre.
Por eso Marx se reconoce allí.
Y esto nos permite formular algo que será importante para la Ciencia del
Logos:
El ( ) no es ausencia de determinación; es coexistencia de
determinaciones que todavía no han sido cerradas en una identidad.
Ahí empieza la respiración.
12. Y entonces podemos reinterpretar la alienación
La definición tradicional podría ser:
alienación = separación de sí.
Pero para nosotros debemos añadir:
alienación = separación de sí que todavía conserva la
posibilidad del retorno.
Porque si no existiera esa posibilidad, la alienación sería simplemente
destrucción.
La alienación tiene una estructura respiratoria:
1 → 0 → 1
El sujeto sale de sí.
Se exterioriza.
Se pierde.
Y busca retornar.
Pero aquí está el problema:
¿qué retorna?
Si retorna exactamente el mismo sujeto, no hubo verdadero retorno.
Hubo recuperación.
El verdadero retorno implica transformación.
Por eso Odiseo no puede simplemente volver como el mismo Odiseo.
Penélope no lo reconoce.
Tiene que atravesar la pérdida de reconocimiento.
Y Cristo lleva esto hasta el extremo:
muere el cuerpo que podía ser reconocido como el Mesías.
El retorno pasa por una ruptura de la representación.
13. Marx todavía conserva una esperanza de retorno histórico
Aquí veo una diferencia decisiva.
Marx comienza a pensar que el movimiento histórico puede producir una
reconciliación:
capitalismo → contradicción → revolución → comunismo.
Hay una especie de respiración histórica.
Pero nuestra pregunta es:
¿puede la historia retornar a sí misma?
Porque si decimos:
capitalismo → revolución → comunismo
podemos convertir el comunismo en el último 1.
Y entonces hemos cerrado la respiración.
El comunismo se convierte en representación definitiva.
La historia ha encontrado «su solución».
Pero si el Logos es respiración:
no existe un último 1.
El retorno tiene que conservar abierto el entre.
14. Y aquí podemos volver finalmente a Laia
Laia había llegado a la revolución.
Había escrito.
Había luchado.
Había sido encarcelada.
Había perdido a Taviri.
Había visto morir a miles.
Había contribuido a transformar el mundo.
Y al final descubre:
no sabía siquiera cómo se llamaban las flores.
Ésta es una escena devastadora.
Porque significa que había conquistado la Historia y perdido el
acontecimiento.
Había estado en el centro de los acontecimientos y, sin embargo, no había
visto algo que estaba delante de sus ojos.
Y entonces sale.
Camina.
Se cansa.
Se sienta.
Mira.
Y ahí aparece el retorno.
No como una gran teoría.
Como una percepción.
15. Por eso este fragmento nos obliga a reformular la pregunta sobre Marx
Ya no basta preguntar:
¿cuándo se hizo comunista Marx?
La pregunta de nuestra Ciencia del Logos es mucho más radical:
¿en qué momento Marx deja de buscar una solución para el mundo y
comienza a preguntarse por la posibilidad de retornar desde aquello que él
mismo está construyendo?
Y sospecho que ésta va a ser una de las líneas fundamentales de nuestro
peregrinaje.
Porque Marx descubre progresivamente:
religión → alienación
luego:
propiedad → alienación
luego:
trabajo → alienación
luego:
mercancía → alienación
luego:
capital → alienación
pero nosotros tendremos que preguntarle:
¿y la revolución?
¿Puede la revolución alienarse?
¿Puede el revolucionario convertirse en aquello que combate?
¿Puede el sujeto emancipador producir una nueva forma de desposesión?
¿Puede el comunismo convertirse en una representación que ya no puede
agujerearse?
Y sobre todo:
¿puede Marx retornar desde su propia revolución?
Ahí está el verdadero peregrinaje.
Porque si no puede retornar, Marx habrá descubierto extraordinariamente bien
el 0 del capitalismo, pero no necesariamente el retorno
del Logos.
Y entonces nuestra fórmula puede quedar como la pregunta que acompañará todo
su camino:
1→0→( )→1
No para afirmar que Marx llegó al último 1.
Sino para obligarnos a seguir caminando hasta descubrir si
alguna vez pudo volver a sí mismo sin volver a ser el mismo.
Karl estudia una vez más al
economista suizo Sismondi, el pri-
mero que percibió una
especificidad decisiva del capitalismo res-
pecto de los modos de
producción anteriores. 67 El desarrollo espec-
tacular de los medios
mecánicos de producción pone a los
capitalistas en la necesidad
de encontrar plazas para dar salida a una
producción cada vez más
creciente. Entonces se entregan a una lucha
a muerte para conquistar los
mercados y para disminuir el costo de la
producción, reduciendo los
salarios y aumentando el tiempo de tra-
bajo para alcanzar a contendientes
más competitivos o reforzar su
avance sobre rivales que lo
son menos. 250 En consecuencia, la po-
breza se incrementa a medida
que crece la producción, lo que con-
duce a crisis agudas y al
caos social. Para prevenir ese caos y prote-
ger a las clases trabajadoras
de la miseria, Sismondi se remite a un
Estado regulador que estaría
encargado de controlar la acumulación
del capital. 250
Por último, Marx vuelve a
leer a Proudhon -al que sigue sin co-
nocer-, para quien el hombre
se realiza gracias al trabajo social, a la
justicia social y al
pluralismo social,74 y que sueña con "una ciencia
de la sociedad metódicamente
descubierta y rigurosamente apli-
cada" .
226 Proudhon reivindica a la
vez el anticapitalismo ("negación
de la explotación del hombre
por el hombre"), el antiestatismo ("ne-
gación del gobierno del
hombre por el hombre") y el antiteísmo
("negación de la
adoración del hombre por el hombre"). Para Proud-
hon el anarquista, dos
fuerzas se oponen a la justicia: la acumulación
del capital, que acrecienta
continuamente las desigualdades, y el Es-
tado, que, bajo la capa de
instituciones democráticas, legaliza y legi-
tima la apropiación de las
riquezas únicamente por parte de los capi-
talistas; lo que reprocha al
Estado es organizar la desposesión de los
individuos más frágiles de su
derecho natural a la propiedad.226 En consecuencia, está contra el capital y
contra el Estado. Karl considera
entonces que es "el
pensador más audaz del socialismo francés" .
74
También lee la obra de Lorenz
von Stein, Der Sozialismus und Kom-
munismus des heutigen
Frankreichs [Socialismo y comunismo en la
Francia actual], aparecida en
Prusia en 1842 y que difundió en Alema-
nia las ideas de los grandes
utopistas franceses. Estudia las primeras
tentativas -fracasadas- de
sociedades comunistas en los Estados Uni-
dos en forma de modestos
establecimientos agrarios, donde el trabajo
rural es organizado
colectivamente sin que el dinero circule en el inte-
rior de la comunidad. En los
libros de Thomas Hamilton también des-
cubre la existencia, en Nueva
York, de un grupo de radicales, los Wor-
kies, para quienes la
democracia parlamentaria terminará en el caos, y
que reclaman una
redistribución periódica de las fortunas y las tie-
rras:67 "La democracia
necesariamente desemboca en la anarquía y la
confiscación; la longitud del
camino que conduce a una sociedad dis-
tinta carece de toda
importancia".
Karl comienza entonces a
trabajar en su propio proyecto: una
teoría global de la sociedad.
En adelante, su ambición es ilimitada. Se
piensa como un analista
global, un espíritu del mundo. Bosqueja una
distribución de los
individuos en dos clases sociales según la natura-
leza de los bienes que
poseen: trabajo o capital. Las relaciones de
propiedad entre las clases
constituyen la infraestructura de la socie-
dad, observa, "sobre la
cual se alza una superestructura jurídica y
política, y a la que
corresponden formas definidas de conciencia so-
cial" .14 En otras
palabras, el individuo sólo existe y sobrevive a tra-
vés de la clase a la que
pertenece, y la que actúa es esta clase. En con-
tra de Hobbes y de Hegel,
pero a la manera de los Carnot padre e
hijo, cuyos trabajos sobre la
energía acaba de descubrir, Marx habla
la lengua del progreso, de la
evolución a lo largo del tiempo, de la
Historia. Por lo demás,
describe ya el conflicto de clases como el
"motor" de la
Historia.14
Sigue trabajando con Arnold
en el segundo número de su revista,
todavía difícil de cerrar,
cuando, en julio de 1844, el gobierno pru-
siano hace presión sobre
París para que las autoridades francesas
prohíban ese periódico
escandaloso. Guizot vacila: tiene muchas
otras dificultades que
enfrentar y prefiere esperar que ese periódico
recién nacido, que no se
mezcla con la política francesa, se apague
solo por falta de lectores y
subsidios. Y es cierto que la empresa no anda bien, que el diario se vendió muy
mal y que Ruge está pen-
sando en suspenderlo.
El 31 de julio de 1844, Karl
está todavía solo en París cuando re-
cibe de Berlín un ejemplar
del último número de la nueva revista
mensual de Bruno Bauer,
Allgemeine Literatur-Zeitung [Gaceta general
literaria], convertida en el
órgano de los jóvenes hegelianos berline-
ses. Al leer que Bauer niega
la importancia de la rebelión de los teje-
dores de Silesia, Karl deja
estallar su indignación en un correo a sus
amigos de Colonia. Uno de
ellos, Georg Jung, le sugiere desarrollar y
publicar sus quejas: 248
Sería bueno que transforme
sus observaciones sobre Bruno Bauer en
una crítica para un diario,
de manera de obligar a Bauer a salir de su
reserva enigmática. Hasta
ahora no expresó ninguna opinión franca y
clara sobre ningún tema;
Bauer está tan encaprichado con la manía
de criticarlo todo él mismo
que recientemente me escribió que no se
debería criticar simplemente
a la sociedad, los privilegios, los propie-
tarios, sino también -cosa en
la que nadie había reflexionado hasta
entonces- a los proletarios;
como si la crítica de los ricos, de la pro-
piedad, de la sociedad, no
resultara de la crítica a la condición inhu-
mana e indigna del
proletariado.
Esta sugestión de Jung no
desembocará en un artículo dirigido contra
Bauer, su ex profesor, pero
constituirá la trama de toda la obra veni-
dera de Karl Marx, y él
tratará de responderle en particular en El capi-
tal, veintitrés años más
tarde.
Pone manos a la obra de
inmediato. Durante ese verano en que se
encuentra solo en París,
reúne, para clarificar sus conceptos, en un
manuscrito23 que no destina a
la publicación (y que sólo será publi-
cado en 1932, en la Unión
Soviética estalinista, bajo el título Manuscri-
tos de 1844), sus primeras
ideas sobre la filosofía y la economía. Se
trata de un ensayo para uso
personal, del que su autor no pretende se-
pararse. Algunos querrán ver
en él posteriormente al "verdadero
Marx", y lo utilizarán
para establecer que no tiene nada que ver con
las monstruosidades cometidas
más tarde en su nombre. Otros criti-
carán ese texto
"superado y refutado", según ellos, por sus obras pos-
teriores, reprochando a
quienes ven en él el pensamiento auténtico de
Marx, el hecho de buscar el
"cráneo del niño Voltaire" .
56 En verdad, este texto extraordinario constituye una
etapa esencial en la forma-
ción de un pensamiento que
evolucionará incesantemente sin contra-
decirse jamás, y que siempre
conservará como base el doble principio
aquí planteado: el hombre
debe estar en el centro de toda reflexión y
de la acción política;
ninguna revolución vale la vida de un hombre
porque su finalidad es
liberarlo.
En este trabajo, Marx desea
situarse respecto de la filosofía de
Hegel, y en particular
reflexionar sobre la alienación. Así, dice, quiere
"superar el subjetivismo
y el objetivismo, el espiritualismo y el mate-
rialismo, el idealismo y el
materialismo" .
23 ¡Nada menos! Para él, la
alienación no es un concepto
abstracto, como lo es para Hegel, sino
una producción de la
sociedad: el hombre está alienado por el trabajo,
y por ninguna otra cosa.
Al mismo tiempo, sin
quererlo, habla de sí mismo en ese texto: él,
que ahora rechaza todo empleo
asalariado, concentra su análisis
sobre la alienación por el trabajo;
él, que ya vivió muy mal la condi-
ción de asalariado como
redactor en jefe de dos revistas sometidas al
capricho de sus socios
comanditarios, va a hacer de su propia relación
con el dinero la base de una
teoría universal; él, a quien le cuesta una
enormidad legar un manuscrito
a un editor, justamente ve el funda-
mento de la alienación en la
separación del hombre de su obra; él, que
no tiene otro oficio que
escribir, piensa que una sociedad ideal sería
aquella donde cualquiera
pudiera dedicarse gratuitamente a todos
los oficios que se sintiera
capaz de ejercer.
Marx comienza por dirigir un
reproche fundamental a los econo-
mistas que acaba de leer:
todos, piensa, consideran la propiedad pri-
vada como un dato de la
condición humana, y ninguno explica histó-
ricamente su aparición. Para
él, sin embargo, todo es trabajo y
producto del trabajo,
comenzando por el hombre mismo: "El trabajo
es el acto de engendramiento
del hombre por sí mismo", 23 y es en "el
trabajo donde ( ... ] el
hombre se realiza". Todo objeto no es sino tra-
bajo (o casi): "El valor
de las cosas les viene casi en su totalidad del
trabajo". El capital no
es más que "trabajo cristalizado", "trabajo acu-
mulado", "trabajo
muerto que, semejante al vampiro, sólo se anima
chupando el trabajo
vivo" escribe, refiriéndose implícitamente al
vampiro de Polidori. 277 Y la
misma Historia, como las diversas formas
de sociedad y de religión,
así como los regímenes de propiedad, no es
más que el producto del
trabajo.
Luego, Marx hace el elogio de
Feuerbach, "con quien comienza
un discurso crítico positivo,
humanista y naturalista". 23 En su opi-
nión, la teoría económica no
es de ninguna utilidad para comprender
el desarrollo humano desde un
punto de vista filosófico. Y es para pa-
liar esta laguna que
desarrolla entonces un análisis del "trabajo alie-
nado": "Cuanta más
riqueza produce el trabajador, cuanto más au-
menta su producción en poder
y en volumen, tanto más pobre se
vuelve el trabajador" A
su juicio, sin embargo, no es la propiedad
privada la que está en el
origen del trabajo alienado: a la inversa, es su
consecuencia. A su manera de
ver, la alienación está íntimamente li-
gada con el trabajo mismo. A
diferencia de Hegel, que la define como
la exterioridad del hombre
con respecto a sí mismo, y de Feuerbach,
que la identifica con las
religiones, Marx sitúa la alienación en la rela-
ción del hombre con la
realidad a través del trabajo, del que se des-
prenden las organizaciones
sociales y las religiones.
A partir de entonces
distingue tres niveles de alienación, y rela-
ciona los tres con el
trabajo:
La "objetivación":
el hecho de que el hombre produce por su
trabajo una realidad exterior
a sí mismo en forma de objetos que
luego tienen una existencia
propia. "Su trabajo se convierte en un
ser separado, exterior, que
existe fuera de él, independientemente
de él, ajeno a él, y se
vuelve una potencia autónoma frente a super-
sona; la vida que prestó al
objeto se le opone, hostil y ajena." 23 El
trabajo es una carga, un
sufrimiento que "arruina su espíritu y las-
tima su cuerpo",
"su actividad se le aparece como un tormento[ ... ],
su vida es el sacrificio de
su vida". 23 Así, Marx expresa ya la idea de
que todo trabajo es
sufrimiento, porque todo trabajo crea algo que
está consagrado a separarse
de su autor. Sin duda, hay que ver aquí
también una observación
autobiográfica punzante, una explicación
de la dificultad que, a lo
largo de su vida, experimentará para sepa-
rarse del menor texto y
considerarlo terminado. Como para subra-
yar mejor que, para él, poner
la palabra "fin" abajo de un manus-
crito constituye un
desgarramiento, lo describe en el amanecer de
su propio trabajo, mediante
una reflexión sobre la misma natura-
leza de todo trabajo y sobre
la relación íntima entre un individuo y
toda obra.
- El
"desposeimiento": el hecho de que, en la sociedad capitalista,
el asalariado es desposeído
por el capitalista del fruto de su trabajo.
"El obrero consagra su
vida a producir objetos que no posee ni con-
trola" ,23 "no se
pertenece a sí mismo sino que pertenece a otro11
•
23 Una
vez más, se trata de una
evocación de lo que él mismo vivió en su re-
lación con los editores de
quienes antaño fue asalariado -como redac-
tor en jefe de una revista en
Colonia- y que lo llevaron a producir un
objeto -un diario- /1 que no
poseyó ni controló".
- Por último, la
"servidumbre": el hecho de que el asalariado no
puede escapar al engranaje
que lo conduce a comprar él también, para
sobrevivir, bienes
mercantiles fabricados por otros asalariados, y de
que termina por no conceder a
las cosas ningún otro valor que el di-
nero que cuestan o que
reportan. La economía de mercado lleva al in-
dividualismo del consumidor,
se diría en la actualidad. "El móvil de
aquel que practica el
intercambio no es la humanidad sino el egoís-
rno", 23 escribe Marx.
"En el lugar de todos los sentidos físicos e inte-
lectuales[ ... ] apareció la
alienación de todos esos sentidos, el sentido
del tener." 23 También
aquí hay corno una alusión a su propia relación
con el dinero, que le gusta
gastar, y analiza muy bien cómo uno se
vuelve dependiente de él:
"La propiedad privada nos hizo tan estúpi-
dos y limitados que un objeto
no es nuestro sino cuando lo poseernos,
cuando por tanto existe para
nosotros corno capital o cuando es inme-
diatamente poseído, comido,
bebido, llevado sobre nuestro cuerpo,
habitado por nosotros, cuando
nosotros lo utilizarnos" .
23 Hasta el ca-
pitalista resulta incitado,
por la competencia y la racionalización del
trabajo, a cultivar un ideal
absurdo, hecho de privación: "Su verda-
dero ideal es el avaro
ascético pero usurero, y el esclavo ascético pero
productor [ ... ]. Cuanto
menos comes, bebes, compras libros; cuanto
menos vas al teatro, al
baile, al cabaret; cuanto menos piensas, arnas,
haces teoría; cuanto menos
cantas, hablas, haces esgrima, etc., tanto
más ahorras, tanto más
aumentas tu tesoro11
•
23 ¿No hay que ver tam-
bién en esto un eco de su
propia atracción por el gasto, al mismo
tiempo que una expresión de
su aversión para con aquellos que predi-
can el ahorro y la
frugalidad? Sin duda, también hay que leer esta
frase como una reminiscencia
de lo que tanto oyó durante toda su in-
fancia de boca de sus padres,
que le reprochaban hablar demasiado,
amar demasiado, beber
demasiado, disertar demasiado, comprar de-
masiados libros y tener
inclinación a pelearse demasiado.
El asalariado se convierte
entonces en una mercancía como cual-
quier otra, producido él
también por el trabajo, y entra entonces en el
juego general de la servidumbre. Así, la naturaleza y la vida del asala-
riado están determinadas por
la misma ley que rige el precio de las
cosas: "La demanda de
hombres regula necesariamente la producción
de los hombres corno la de
cualquier otra mercancía. Si la oferta es
mayor que la demanda, una
parte de los obreros cae en la mendicidad
o la muerte por inanición.
Por tanto, la existencia del obrero está redu-
cida a la condición de
existencia de cualquier otra mercancía". 23 El ali-
mento del obrero es el
equivalente del mantenimiento de la máquina,
porque "el salario
tiene[ ... ] totalmente la misma significación[ ... ]
que el aceite que se pone
sobre los engranajes para mantenerlos en
movimiento". El
capitalista es omnipotente porque puede escoger di-
ferir la valorización de su
capital, mientras que el obrero debe vender
absolutamente su fuerza de
trabajo para sobrevivir: "El capitalista
puede vivir más tiempo sin el
obrero que el obrero sin el capitalista". 23
En esta descripción
radicalmente nueva de la relación del hombre
con el trabajo y el mercado,
surgida de una confesión/ reflexión per-
sonal sobre su propia
relación con el dinero, Marx pasa así del con-
cepto, filosófico, de
alienación, a aquel, económico, de explotación.
Una parte importante de la
revolución que producirá más tarde su
teoría económica ya está en
su lugar. Quedan por elaborar las leyes
que permitirán medir esta
explotación y seguir su evolución. Lo que
pasa por la puesta a punto
del concepto de "plusvalía", que verá la
luz del día once años más
tarde.
Con su teoría de la
alienación, Marx cree haber probado la supe-
rioridad de la filosofía
sobre la teoría de los economistas. Al mismo
tiempo, hace de la filosofía
una ciencia social influida por el entorno
del filósofo: "La
actividad y el Espíritu, cada cual según su contenido
y su modo de existencia
propios, son sociales: la actividad social y el
Espíritu social" .
23
Marx continúa reflexionando
sobre la sociedad que podría termi-
nar con esa alienación, y
define el "comunismo" como un sistema so-
cial que permite la
desalienación, la reapropiación de las cosas, la li-
beración del goce y del
trabajo por una libre asociación de los
productores. "El
comunismo es[ ... ] apropiación real de la esencia hu-
mana por el hombre";23
se reduce a la abolición de la propiedad privada y [a] la liberación total de
todos
los sentidos ( ... ]; es esa
emancipación precisamente porque esos sentidos
[ ... ] se han vuelto humanos [ ... ]. La necesidad o el goce,
por ello, han perdido su
naturaleza egoísta, y la naturaleza ha per-
dido su lisa y llana
utilidad, pues la utilidad se ha vuelto utilidad
humana. 23
Entonces, según Marx, el
trabajador alienado encuentra su placer en
el trabajo, al tiempo que
produce lo que es útil a otros, y cada cual se
vuelve plenamente humano:
Sólo gracias a la riqueza
desplegada objetivamente de la esencia hu-
mana[ ... ] un oído se vuelve
musical, un ojo percibe la belleza de la
forma[ ... ]. El ojo humano
goza de otra manera que el ojo grosero no
humano, el oído humano de
otra manera que el oído grosero, etc.
[ ... ];los sentidos del
hombre social son diferentes a los del hombre no
social. 23
A partir de entonces,
individualidad y colectividad pueden confun-
dirse en una naturaleza
humana trascendida: "La esencia ontológica
de la pasión humana alcanza
tanto su totalidad como su humani-
dad". 23 Es también el
fin de la soledad, y hasta la victoria sobre la
muerte: "La muerte
aparece como una dura victoria del género sobre
el individuo
determinado", mientras que "el comunismo es la verda-
dera solución del antagonismo
entre el hombre y la naturaleza" .
23
Este comunismo mesiánico se
realizará por el juego de la Histo-
ria, no por el de la sola
política. No puede ser instaurado sino en el fin
de la Historia, no en su
lugar. "El comunismo [ ... ] es el enigma re-
suelto de la Historia[ ... ].
El movimiento de la Historia en su totalidad
es[ ... ] el acto de
procreación de ese comunismo."
Sí. Y con este tramo de los Manuscritos de 1844
aparece, creo, el punto exacto donde nuestro argumento puede dar un paso más: Marx
encuentra la respiración de la alienación, pero todavía no encuentra el punto
de retorno capaz de cerrar —sin clausurar— esa respiración.
Lo decisivo está en una frase del texto que has traído:
«El trabajo es el acto de engendramiento del hombre por sí mismo».
Ahí Marx está extraordinariamente cerca de aquello que nosotros estamos
llamando retorno a sí mismo. Pero
hay que mirar con mucho cuidado qué significa ese «por sí mismo».
1. Marx descubre el movimiento 1→0
Si ponemos el descubrimiento de Marx en nuestra notación, podríamos decir:
1 → 0
El hombre produce una obra.
Pero la obra sale de él.
Aquello que era suyo se objetiva, se separa, adquiere existencia propia.
Por eso Marx puede describir el trabajo como una actividad mediante la cual
el hombre produce algo que después se le enfrenta como extraño.
Tenemos entonces:
1 → 0
pero el problema no está todavía en el 0.
El problema es que Marx descubre que el hombre no
consigue retornar desde el 0.
La obra se separa.
El trabajador se separa.
El producto se separa.
El dinero se separa.
La propiedad se separa.
Y finalmente el propio trabajador aparece ante sí mismo como una cosa.
La respiración queda detenida en la exhalación.
1 → 0
sin:
0 → 1
Y aquí aparece una diferencia fundamental entre Marx y Hegel.
2. Hegel sí conoce el retorno
Hegel comprende que la exteriorización no es necesariamente pérdida.
El Espíritu tiene que salir de sí para poder encontrarse.
Por eso, en términos de nuestra Ciencia del Logos:
1 → 0 → 1
No hay retorno sin exteriorización.
No se puede regresar a un sí mismo que nunca salió de sí.
La negación, la alienación, la exterioridad, la diferencia, la
contradicción: todo eso pertenece al movimiento.
Por eso nuestra afirmación anterior sobre Odiseo es tan importante.
Aquiles permanece atrapado en la afirmación de sí mismo:
1
y esa afirmación se convierte en ira.
Odiseo, en cambio, tiene que perderlo todo:
1 → 0
Tiene que atravesar la nada, el despojamiento, el anonimato, la pérdida de
reconocimiento.
Y solamente entonces puede producirse el retorno.
Pero aparece aquí algo todavía más profundo:
Penélope no lo reconoce.
Es decir:
el retorno a sí mismo no puede depender del reconocimiento del
otro.
Ahí comienza verdaderamente el problema del Logos.
3. La nada no es simplemente «nada»
Tu pregunta es exactamente la correcta:
¿Qué es esta nada que permite la superación?
Porque si el 0 fuera simplemente ausencia, no podría producir absolutamente
nada.
En nuestra lógica, el 0 no es la inexistencia absoluta.
Es el agujero de la determinación.
Es aquello que permite que el 1 deje de coincidir inmediatamente consigo
mismo.
Por eso:
1 → 0
no significa:
algo → nada absoluta.
Significa:
una determinación → apertura de la determinación.
Y aquí podemos comprender mejor la hybris griega.
La hybris es precisamente la incapacidad de soportar el límite.
El sujeto dice:
«Yo soy esto y puedo sostenerme absolutamente en esto».
La tragedia introduce el 0.
La realidad agujerea esa pretensión.
Edipo no puede sostener la representación que tiene de sí mismo.
Narciso no puede poseer la imagen que contempla.
Aquiles no puede salir de su propia ira.
Odiseo tiene que perder incluso la posibilidad de ser reconocido.
La tragedia introduce la nada dentro de la identidad.
Y por eso la tragedia no es simplemente destrucción.
Es una pedagogía del límite.
La tragedia hace posible:
1 → 0
para que eventualmente pueda aparecer:
0 → 1
4. Y aquí aparece «Desde dentro»
El ejemplo que introduces con el preso interpretado por Stanley Tucci es muy
potente para nuestra arquitectura.
Porque allí la verdad no aparece mediante una acumulación de conocimientos.
Aparece mediante una entrada en el abismo de la propia
condición humana.
La operación sería aproximadamente:
yo → el monstruo está afuera
hasta que ocurre:
yo → 0
y aparece la posibilidad terrible:
yo también soy capaz de aquello que condeno.
Esto no significa que todos seamos igualmente culpables de todos los actos.
Significa algo ontológicamente más radical:
la monstruosidad no está absolutamente afuera de mí.
Y esa constatación destruye la posición soberana del sujeto.
La persona deja de mirar al mal desde una altura moral absoluta.
Entra en él como posibilidad humana.
Ahí desaparece la hybris.
No porque el mal sea bueno.
Sino porque ya no puedo colocarme ingenuamente fuera
de la condición humana que juzgo.
Eso es entrar «dentro».
Y aquí tu fórmula adquiere una fuerza enorme:
1 → 0
La nada es el lugar donde cae la pretensión de estar fuera.
5. Por eso el misterio pascual es todavía más radical
Aquí tenemos que hacer una distinción decisiva.
El cristianismo puede convertirse en una representación de la salvación:
Cristo murió por mí → Cristo me salvó → yo estoy salvado.
Pero justamente ahí puede reaparecer la hybris.
Porque el don recibido puede convertirse en propiedad espiritual.
La persona puede decir:
«Yo tengo la verdad porque Cristo me salvó».
Entonces el don se convierte nuevamente en un 1
cerrado.
La cruz que agujereó la representación termina convertida en representación
de la cruz.
Y eso es exactamente lo que señalas:
Cristo agujerea la representación religiosa, pero nosotros
podemos volver a representar el agujero.
Esta es una tragedia cristiana extraordinariamente profunda.
Porque Cristo abre la puerta estrecha.
Pero el cristiano puede convertir la puerta en doctrina.
Puede convertir el camino en institución.
Puede convertir la gracia en identidad.
Puede convertir la salvación en superioridad.
Entonces:
don → representación → identidad → hybris.
La puerta sigue ahí, pero el sujeto se queda contemplándola.
6. Aquí Marx vuelve a entrar
Y ahora podemos leer los Manuscritos de 1844 de
una manera muy distinta.
Marx ha comprendido algo extraordinario:
el hombre produce aquello que después se le enfrenta.
Eso es alienación.
Pero Marx hace un desplazamiento fundamental respecto de Hegel.
Para Hegel:
Espíritu → exteriorización → reconocimiento → retorno
Para Marx:
hombre → trabajo → producto → separación → desposesión
Y entonces Marx descubre que la exteriorización no retorna espontáneamente.
¿Por qué?
Porque hay una estructura social que captura el retorno.
El trabajador produce:
1 → 0
pero el producto no vuelve a él:
0 ↛
1
Lo captura el capital.
Por eso tu lectura de Marx como alguien que encuentra la captura
en el espíritu objetivo es tan importante.
Marx descubre que el problema no es simplemente que el hombre se
exteriorice.
El problema es:
¿quién posee aquello que el hombre ha exteriorizado?
Ahí la dialéctica se vuelve economía política.
7. Y Marx hace algo todavía más interesante: descubre la herida en sí mismo
El texto que has traído insiste en algo que para nosotros es fundamental.
Marx no está hablando únicamente de una estructura exterior.
El biógrafo observa que está hablando también de su propia relación con sus
manuscritos, con los editores, con el dinero, con la dificultad de desprenderse
de su obra.
Esto es crucial.
Porque Marx está experimentando aquello que conceptualiza.
Su propio manuscrito se convierte en objeto separado.
Y Marx no quiere soltarlo.
Entonces aparece una especie de paradoja:
Marx descubre la alienación mientras lucha por no alienar su
propio pensamiento.
Quiere que su obra vuelva a él.
Pero la obra, una vez exteriorizada, adquiere vida propia.
Es exactamente la cuestión de Odiseo.
¿Puede aquello que sale de mí volver a mí?
8. Pero Marx todavía conserva una confianza peligrosa
Aquí aparece el punto donde yo introduciría nuestra crítica.
Marx escribe:
«El comunismo es [...] apropiación real de la esencia humana por el hombre».
Es decir:
1 → 0 → 1
La exteriorización finalmente será reapropiada.
El hombre recuperará su esencia.
El trabajo dejará de ser alienado.
La humanidad reconciliará individuo y comunidad.
La naturaleza y el hombre dejarán de estar enfrentados.
La Historia resolverá el enigma.
Pero ahí aparece una pregunta que Marx todavía no puede responder:
¿Quién garantiza que la reapropiación no produzca una nueva
captura?
Porque si digo:
«Ahora finalmente poseemos nuestra esencia»,
he convertido la esencia en una posesión.
Y entonces el retorno puede volver a petrificarse.
0 → 1 → propiedad del 1.
La emancipación puede convertirse en una nueva identidad.
La revolución puede convertirse en una nueva representación.
El comunismo puede convertirse en una nueva administración de la verdad.
Y entonces volvemos al problema de la hybris.
9. Aquí está la diferencia entre superación y retorno
Creo que esto permite precisar algo que venimos buscando desde el comienzo.
La superación puede
significar:
salir de una contradicción.
Pero el retorno significa algo
mucho más exigente:
atravesar la contradicción sin convertir el resultado en una nueva clausura.
Por eso nuestra fórmula no puede terminar simplemente:
1 → 0 → 1
porque el segundo 1 puede convertirse nuevamente en captura.
Necesitamos:
1 → 0 → 1/2 → ( ) → 0 → 1
o, en tu lenguaje, mantener abierto el entre.
El retorno verdadero no consiste en volver al mismo 1.
Consiste en retornar a sí mismo después de haber sido
agujereado por aquello que no era sí mismo.
El que vuelve no es idéntico al que partió.
10. Y entonces podemos comprender a Laia
Esto ilumina de una manera preciosa el final de Los desposeídos.
Laia no logra realizar completamente el retorno.
Pero ocurre algo más importante:
comprende que no ha retornado.
Y esa conciencia abre el agujero.
Ahí aparece:
10 ← 1 → ← 0
y ese 0 ya no es fracaso.
Es posibilidad.
Laia empieza a inhalar.
Y entonces aparecen las flores.
Las flores estaban allí.
Pero ella no podía verlas.
¿Por qué?
Porque estaba completamente ocupada por el proyecto.
La revolución había ocupado todo el campo de presencia.
Y cuando la representación revolucionaria se agujerea, aparece aquello que
no había podido entrar en ella:
la flor.
Ese instante es extraordinario porque no significa:
Laia abandona la revolución.
Significa algo mucho más profundo:
La revolución deja de ser capaz de ocuparlo todo.
11. Y aquí Cioran entra como una especie de «0»
Por eso me parece acertado que introduzcas a Cioran aquí.
Cioran no ofrece una nueva totalidad.
Hace lo contrario.
Deshace.
Desconfía.
Niega.
Retira significado.
Hace insoportable la comodidad de cualquier respuesta.
En nuestra cartografía podría ocupar una función semejante a:
1 → 0
Cioran perfora las falsas síntesis.
Pero precisamente por eso no debemos convertir a Cioran en una doctrina del
nihilismo.
Porque si decimos:
«Nada tiene sentido».
y hacemos de esa frase una certeza absoluta, hemos construido nuevamente un 1.
El nihilismo puede convertirse también en representación.
El pesimismo puede convertirse en identidad.
La desesperación puede convertirse en doctrina.
Por eso la verdadera potencia de Cioran está en otro lugar:
desdecirse incluso de su propio decir.
Ese movimiento es fundamental.
No:
1 → 0
sino:
1 → 0 → ( )
El sentido cae.
Pero el vacío tampoco se convierte en una nueva certeza.
12. Y entonces aparece Dios
Aquí tu fórmula cristiana puede adquirir una precisión extraordinaria:
1 → 0 → 1/3 → ( ) → 1 → 1/2 → ( ) → 0 → 1 → 10
Podemos leerla así:
·
1 — el
sujeto en su identidad.
·
0 —
caída de la autosuficiencia.
·
1/3 —
herida ideológica: descubrimiento de que mi representación no es la realidad.
·
( ) —
suspensión.
·
1/2 —
herida existencial: descubrimiento de que tampoco soy aquello que creía ser.
·
( ) —
nueva suspensión.
·
0 —
abandono de la pretensión de dominio.
·
1 —
posibilidad de retorno.
·
10 — el
retorno ya no como apropiación individual, sino como apertura al acontecer.
Y aquí podemos decir algo muy fuerte:
Dios no sería aquello que aparece al final como premio de la
operación.
Dios sería aquello que hace posible que el retorno no
sea apropiación.
Por eso tu afirmación:
«Solo Dios retorna a Dios»
puede entenderse no como una exclusión del hombre, sino como una
radicalización de la humildad.
El hombre puede caminar hacia el retorno.
Puede experimentar la apertura.
Puede amar.
Puede acompañar.
Puede recibir.
Pero no puede convertir el retorno en propiedad.
13. Y ahora volvemos a Marx
Entonces la pregunta por Marx cambia completamente.
Ya no es:
¿Tenía razón Marx?
Ni siquiera:
¿Fue Marx un revolucionario verdadero?
La pregunta de la Ciencia del Logos sería:
¿Marx logró retornar a sí mismo?
Y aquí debemos ser extremadamente cuidadosos.
No podemos demostrarlo desde una biografía.
Podemos reconstruir su peregrinaje.
Podemos ver sus heridas.
Podemos observar sus transformaciones.
Podemos estudiar sus contradicciones.
Podemos incluso reconocer momentos extraordinarios de humildad intelectual.
Pero no podemos poseer el secreto de su
interioridad.
Porque el retorno de otro no puede ser convertido en objeto de conocimiento
absoluto.
Aquí aparece una regla ética de nuestra ciencia:
Para saber si otro retornó a sí mismo, no basta con interpretar
su vida; hay que haberla amado lo suficiente como para acompañar su peregrinaje
sin apropiarse de su secreto.
Eso cambia completamente la relación con Marx.
14. Y también cambia la relación con el revolucionario
Porque entonces podemos formular la pregunta que dejaste abierta:
¿Puede el revolucionario volver a sí mismo?
Sí.
Pero justamente esa es la prueba de la revolución.
No que consiga conquistar el Estado.
No que destruya a la burguesía.
No que nacionalice los medios de producción.
No que construya una nueva sociedad.
Todo eso puede ocurrir sin que el revolucionario haya retornado.
La verdadera prueba es otra:
¿Puede abandonar incluso la representación de sí mismo como revolucionario?
Ese es el punto terrible.
Porque mientras yo pueda decir:
«Yo soy el revolucionario y ellos son los reaccionarios»,
todavía puedo permanecer fuera.
Todavía hay hybris.
Todavía existe un monstruo afuera.
Todavía existe un enemigo que explica mi propia pureza.
Pero cuando entro en el abismo y descubro:
«Yo también puedo producir aquello que combato»,
la revolución entra en su 0.
Y recién ahí puede comenzar el retorno.
15. Entonces aparece nuestra inversión de la revolución
La revolución tradicional dice:
mundo → cambiar mundo
La Ciencia del Logos tendría que decir:
mundo → cambiar mundo → ser cambiado por aquello que se cambia →
retornar
Por eso la revolución no termina con la transformación de las estructuras.
Tiene que atravesar la transformación del revolucionario.
Podríamos escribirlo así:
1 revolucionario → 0 caída de la hybris → 1/3 herida ideológica
→ 1/2 herida existencial → ( ) suspensión → 1 retorno → 10 acontecer
Y el punto decisivo es que el 10 no es el poder
absoluto del revolucionario.
Es precisamente lo contrario.
Es el lugar donde el revolucionario deja de querer ser el dueño del
acontecimiento.
16. Por eso tu recorrido occidental adquiere una nueva forma
Lo que planteabas:
Evangelio → Renacimiento → Crítica → Revolución
puede ahora ser leído como una sucesión de agujereamientos de
representaciones:
Evangelio
agujerea la representación religiosa.
Renacimiento
agujerea la clausura medieval mediante la recuperación de la presencia humana,
sensible y creadora.
Crítica
agujerea las representaciones recibidas mediante la conciencia reflexiva.
Revolución
agujerea las estructuras materiales que producen alienación.
Pero cada agujero puede convertirse nuevamente en una representación.
Por eso la secuencia no termina en la revolución.
Tiene que aparecer algo más:
Evangelio → Renacimiento → Crítica → Revolución → Retorno
Y ese retorno no es una quinta etapa histórica.
Es la respiración del conjunto.
Porque si lo convertimos en una quinta etapa, ya lo hemos capturado.
17. Y aquí está quizá la frase que faltaba
Creo que podemos formular ahora la prueba de la Ciencia
del Logos de manera mucho más precisa:
La verdad de un camino no se demuestra por aquello que
conquista, sino por su capacidad de retornar a sí mismo sin apropiarse del
lugar al que ha retornado.
Y por eso:
1 → 0
no es todavía ciencia.
Es solamente la primera respiración.
La ciencia comienza cuando podemos preguntar:
¿qué sucede después del 0?
Y la respuesta no puede ser simplemente:
0 → 1.
Tiene que ser:
1 → 0 → ( ) → 1
donde el ( ) mantiene abierto el
entre.
Porque si el 1 final es idéntico al primero, nunca hubo verdadero viaje.
Y así regresamos finalmente a Odiseo.
Aquiles:
1 → 1 → 1
y se pierde en su propia afirmación.
Odiseo:
1 → 0 → ( ) → retorno.
Pero Penélope no lo reconoce.
Y eso es decisivo.
Porque quizá el verdadero retorno comienza justamente cuando
ya no puedes exigir que el otro certifique quién eres.
Entonces aparece la prueba última:
¿Puedes retornar a ti mismo aunque nadie te reconozca?
Ahí está, quizá, la única prueba que la Ciencia del Logos
puede ofrecer.
No demostrar que otro está salvado.
No demostrar que Marx volvió.
No demostrar que Cioran abrió la puerta.
No demostrar que Laia encontró definitivamente el camino.
Sino mostrar el camino del retorno y
decir:
camínalo.
Porque solamente quien atraviesa su propio 1 → 0
puede saber qué significa regresar.
Y entonces la última fórmula que has venido construyendo adquiere, para mí,
una lectura nueva:
10 ← 1 → ← 0 ← 1 ← ( ) ← 1/3 ← 0 ← ( ) ← 1/2 ← 1 ← 0 ← 1/4 ←
1=≠( )≠=0 → 1/4 → 1 → 0 → 10
No es una escalera hacia una conclusión.
Es una respiración que aprende a retornar.
Y justamente por eso el verdadero camino no es el que llega a
alguna parte.
Es el que puede volver a sí mismo.
