viernes, 18 de octubre de 2024

Diacrítica a una filosofía salvaje

 

Diacrítica  a una filosofía salvaje 

Redeconstruyendo la organicidad del lenguaje  

 

 

BOCETOS DE UNA FILOSOFÍA SALVAJE SIMBOLOGÍA MATERIALISTA La Pakarina o el dios Penates han sido representación de una necesidad objetiva satisfecha por el trabajo… Dioses fueron en su tiempo el Ají o el Puma, y en tanto se mantuvieron sometidos a la voluntad de dominio del hombre, igualmente todos los seres de la naturaleza. Así, los mochicas adoraron a un dios aiapaeco como los Antis adoraron a uno hidrocarbonado. Proteo nace en el Quersoneso, y es una imagen del mar cambiante y comercial; el Achachila nace en el Titikaka, y representa a la tierra múltiple e inagotable; y esta relación entre naturaleza que produce e individuo que aprovecha la maravillosa fecundidad, es lo que ha venido a constituir nuestra mitografía o zoología mental. ¿Puede indagarse por la naturaleza numinosa que forma este mundo primitivo? ¿Su conjunto de hechos? El positivista Smoller (en un tratado de sociología) sostiene que en sana doctrina hacienda, enserío, aldea o ciudad son palabras unívocas, y tiene sobrada razón; para los efectos prácticos de nuestro análisis no habría manera de diferenciarlas de la “wasintin”, o casa colectiva, que fue célula de la marka (Castro Pozo). En la promiscuidad del ayllu primitivo las relaciones de consanguinidad son igualmente intrincadas, confusas, tanto que el parentesco es clasificatorio como en los pueblos indogermanos (Cunow). El anciano del ayllu se convierte en el Achachila freudianamente. Es fácil además comprobar que el positivismo buscó en la entraña de la sociedad primitiva con los mismos resultados del materialismo dialéctico: ambos encontraron que las ideas míticas o numinosas corresponden a fenómenos biológicos o económicos, y que sólo la inevitable anfibología del idioma tribal o clásico explica la aparente diferencia de las mismas. EL ABSOLUTO El absoluto del hombre primitivo –frutos, vivienda, frío, calor, etc.,– ha mantenido sobre él una influencia decisiva hasta el momento en que ciertos factores extraños a la simpleza de sus costumbres vinieron a reemplazarlos por un nuevo absoluto. Por ejemplo, si la aclimatación de la Chokhe (papa), fue el gran problema agrario de los habitantes andinos, era natural que la providencia de la lluvia formará parte de su más elevada y compleja concepción metafísica originando al dios meteorológico por excelencia: Wirakocha. A su vez el sistema de regadío por medios en su tiempo de extrema habilidad, engendra entre los persas una religiosa veneración por las canales, a punto de sugerir una teodicea, y si los cánticos del Zend-Avesta tienen un valor litúrgico no es tanto por ortodoxia cuanto por la importancia agrológica y técnica de la sabiduría de Zoroastro… Ya no es un personaje insólito el espíritu diabólico que enloqueció a Fausto y pretendió desbaratar la castidad de Jesús. Sus armas: radio, rayos X, capital financiero, foto–telegrafía, gases incendiarios, etc., pueden ser utilizados hasta hoy por el más estandarizado de los ciudadanos; se ha perdido el pavor del endriago; el diablo de nuestra época es un Leviatán mecánico de costillas de platino, cuyo saludable corazón palpita con cinco mil caballos de fuerza. En esta época de la conquista del átomo y de las secreciones endocrinas ni el más majadero de los poetas concebiría al Mesías bajo su dulce túnica inconsútil; el mesías contemporáneo es marxista, freudiano, calvo y cínico. Lo pintoresco ha muerto. 

 

 

Wirakocha no es pues otra cosa –y es cosa de todas maneras– que un acontecimiento psíquico en el cual la chokhe y el chacarero se complementan. La coexistencia de estos dos elementos: trabajo y naturaleza, revelan el concepto que de totalidad y de mundo tiene el hombre, y patentiza su sentimiento de las cosas… METODOS EMPÍRICOS Apliquemos a la elucidación de estos problemas una lógica manual –lógica manual que en este caso equivale a lógica instintiva, o a lo que Hegel llamó el “acontecimiento psíquico”– y veremos que la unidad del ser en la vida se realiza más directamente cuando el hombre se liga a la raíz de intereses de su grupo, entendidos por su absoluto, el que a su vez sería solo la metafísica de su técnica. Es decir, el absoluto se genera cuando el hombre se sirve –porque los domina– de agua, viento, calor, fuerza eléctrica, luz incandescente, automóvil, avión, radio, caballo, carreta, etc, etc., unidades útiles de su mundo vegetativo. Mientras este consorcio no se efectúe, es lógico presuponer que el hombre primitivo o moderno se halle incompleto y, por tanto, no alcance la presciencia del mito, su unidad o sinergia… De esta suerte, cuando necesiten disponer de todas sus fuerzas individuales o colectivas, los cristianos emitirán a Cristo en la misma dignidad jerárquica en que los americanos emitimos al Anchancho… Posteriormente este suceso de calidad manual asume prerrogativas y posibilidades infinitas… LOS SÍMBOLOS No es preciso entonces que las cosas sean; nos basta con su utilidad, pero una forma no puede ya pasarse sin la otra; y se arriba al ápice de un cierto pragmatismo en el que tanto podría descubrirse el pensamiento de Spinoza, Demócrito o Bentham. En efecto, no es imprescindible que las cosas sean; basta que las cosas devengan útiles; y como la utilidad es un concepto práctico, se deduce que todo lo útil es real… He aquí como ninguna de las religiones positivas, ni aquella que padeció la alquimia tomista, puede evadir este imperativo. Tan pesada y grosera intelección tiene sus símbolos, y esos símbolos en nuestro mundo están representados por la Mamata o el Jañachu, aquella, animación de la tierra que produce, éste, del dios solar, fálico y genitor. En el mismo plano de equivalencia Keyserling colocará al mito del chofer; George Sorel el de la huelga general… EL MUNDO MECÁNICO Una vez que el absoluto agrario y doméstico posee representación objetiva y política, porque ha superado las relaciones elementales del clan, formando un todo homogéneo y expansivo, sólo la máquina, este organismo dotado de pequeños secretos y en el que se continúa la técnica primitiva, conformará nuestra virtualidad psíquica. De este orden de posibilidades han nacido las grandes doctrinas ontológicas y han nacido también las grandes ciudades, reclámense de la antigüedad, el presente o el futuro. Aquí estamos ya frente a la mitologización del instrumento, es decir del fruto artificial, y ello aunque absurdo y paradojal aparentemente, es posible, en sus consecuencias, el de mitologización es un proceso de diferenciación y de síntesis, por tanto de utilidad, y la máquina es aquel episodio sensorial en que el hombre ha materializado sus entelequias. Por este camino el hombre se encamina a la formación del hombre  

 

Cuando el grupo cinegético se bautiza con el nombre de un animal: Kunturi, pongamos por caso, es que se adueñó de la técnica rampante del ave en su beneficio, y ambas fuerzas entrabadas dieron origen a cierta unidad social y mental que denomina por antonomasia a la familia o al grupo. El mito de la antigüedad se ha convertido en la máquina de hoy… Por tanto es imprescindible diferenciar dos naturalezas por lo menos, la naturaleza nativa y la naturaleza mecánica: ambas denuncian la naturaleza inmanente del hombre. UNA ANTROPOLOGÍA Todavía podríamos buscar otras formas u otras pruebas a la paradoja con el proceso de los mitos y el examen de algunas piezas tiwanakotas o nazcas, de la impropiamente llamada alfarería obscena. Lo que el alfarero indígena quiso representar en el hombre que posee sexualmente al Puma, no fue el vicio nefando, para el que su imaginación moral carecía de refinamiento y decadencia, pues luego elevó el producto intelectual de este hecho a mito o tótem de su pueblo o familia. El Hombre-puma, o el Hombre-kuntur, indicarían más bien que el indígena se adueñó de la fiereza del mayor felino de sus montañas, o de la altivez del ave vulturina, de su audacia y fulminante poderío, y que adornándole de tales dimensiones ajenas a su naturaleza objetiva, pudo sacar de ellas características propias, inconfundibles. Tampoco Quirón, el sabio centauro, es más que la animación de un arquetipo en que el hombre aparece dominador de la bestialidad oscura. Pueblo que consubstanció la gracia de la forma, el griego al concebir las nupcias de Leda con el Cisne, ofrecía una versión del procedimiento genésico que no sería rivalizado por el cristianismo en la transfixión de la carne, cuando María, madre de Jesús, aceptó la semilla divina por intermedio de un ave pasional: la paloma; porque en Leda, en el transporte sexual, hay siempre más sustancia en movimiento, mayor volumen y materia que discurre, mayor juego de luces y de sombras… La virgen judía acepta el acoplamiento en una actitud mística; el ave rijosa no la hiere; su maternidad se diluye en un deliquio; y porque de su vientre virginal se ha tomado una carne pura, como dice Juan Crisóstomo, no concibe al homúnculo; concibe un aroma eterno… Zeus, más psicólogo y conocedor del corazón femenino que la paloma del Paracleto, para poseer a una de las tentadoras bellezas de la Hélade, se convierte en una lluvia de oro… MONISMO El principio de que todo es naturaleza se confirma, pues, en esta etapa del desarrollo mental del hombre. Así, cuando Waldo Frank asegura que la máquina es también un instrumento de la adoración animista de la voluntad, ofrece una genial síntesis del proceso social y descubre que el verdadero significado de eudemonismo es la utilidad y el servicio. La utilidad común condujo a la invención de la máquina y del utensilio, los mismos que en determinado momento fueron máquina y utensilio de sangre. Cabe decir que en el mundo mecánico deviene el mundo primitivo, que nuestro totemismo zoomorfo se prolonga en la mística de un Gregorio Nazianceno que en la urbe multisonora se precisan diferenciar los ruidos de la jungla, como en el visaje ingenuo de Charles Chaplin relampaguea la triste alegoría del hombre del hacha de piedra y de la flecha de sílex… ENDOLATRÍA AMERICANA Consecuentemente, no es sólo naturaleza lo que sale de las manos de Dionisos, sino todo aquello en que el hombre puso su voluntad de vivir. El mundo fáustico de Nietzsche es también una antropología y una medida de la naturaleza: el mito representa la expresión de esa unidad.   

 

 

El hombre y su grupo no alcanzan otra forma de entendimiento que tales símbolos suprafísicos, porciones algebraicas de pensamiento, verdaderos sentidos de disciplina aplicados al trabajo… La percepción trascendental de que habló Kant, y en la que estableció el pródromo de su metafísica, no es más que la percepción alegórica y antropológica del mundo; lo que Wundt aclaró diciendo que el mito es la proyección más o menos total del sujeto sobre el objeto, y es obvio que en este caso el sujeto sea el hombre y el objeto su devenir… He aquí los elementos panteístas de nuestro mundo: todo vuelve a todo; todo es todo; nada es todo. Nuestros agricultores son un códice de esa sabiduría, y los actuales tanto como los antiguos, pues viven en constante endolatría; y al juzgar a sus divinidades como a la animación de la madre tierra, considerándose ellos mismos –hallpa kamaska– energía organizada de esa unidad profunda e insondable –Pachamama–, rinden sus tributos a la tierra significándole la inmensidad de un estupor de que ellos mismos son objeto. Por eso para nuestros abuelos como para Heráclito, la muerte no es sino una devolución de la vida, y tan segura certidumbre se comprueba en los chullpares donde junto a la momia encontramos las provisiones necesarias a las prolongadas caminatas, atención concedida no al espíritu, “forma subsistente” que falta en la ideografía indígena, sino al individuo –unidad terrestre– que luchó junto a sus contemporáneos. Esta devolución del hombre a la vida por la muerte, y el concepto de que en cada fragmento de la materia existe una síntesis del todo inmortal (el “átomo inmortal” de Demócrito), nos arrastran a establecer que la concepción atómica de la vida se compagina con la concepción animista de la naturaleza, formas primarias de representar ese Universo de que la máquina también resulta un “determinante”, una imagen y una medida. 

 

 

Así el mito es ciencia porque la música es ciencia porque el baile ritual es ciencia pero ¿Dónde comienza la ciencia?

En la alteración y ¿Qué  es lo que alteraba a Gamaliel Churata? Su naturaleza salvaje la cual denuncia la ruptura de la organicidad del lenguaje y entonces el comienza a recomponer esta organicidad, si la crítica no puede comprender esta redeconstrucción de la organicidad transferencial del lenguaje, es porque el mundo y en especial el académico está  basado  es esta desintegración espiritual.

 

Entonces todo parece comenzar con la ciencia como verdad que altera, luego viene la diacrítica el dialogo critico reflexivo donde vamos tomando autoconciencia de esta verdad, antes dijimos que había que empezar  por la música que en el espíritu absoluto era mística pero el problema con la mística que una vez se quiera explicar se pierde si no se hace el trabajo reflexivo, especulativo, la mística  queda vaciada porque no hay un concepto donde puede concebirse y encontrarse, miremos el proceso de Churata y lo que hay es un  dialogo critico donde él va tomando conciencia de esta verdad salvaje.

 

 

 

Política andinista del Perú Walter Ramírez.- ¿Cree usted posible un movimiento político inspirado en el Andinismo?

Churata.- Ninguna política moderna es ya posible sino alrededor de los intereses de las mayorías, y en el Perú para hablar de mayorías humanas hay que ir a los Andes. Por tanto, una política andinista es políticamente lo más lógico y congruente en el Perú. Su pregunta me permite, además, declarar el anhelo de que las inquietudes estéticas de los Andes dejen ya el plano simplemente especulativo para convertirse en una fuerza política, es decir, de acción colectiva. Walter Ramírez.- ¿Tendría esta política un contenido histórico?

Churata.- Yo considero provisorio el episodio histórico del Perú en la costa. Cuando la historia del Perú se vuelva a elaborar en los Andes, este país recuperará su ritmo vital. Previo, pues, a todo movimiento político de cualquier orden que sea, el Perú debe consumar la Revolución que lo meta dentro de sí mismo.

Walter Ramírez.- ¿La economía de la costa en mayor desarrollo industrial sería un obstáculo para este fin? Churata.- No. Desde un centro político-social como el Kosko, por ejemplo, los problemas peruanos cambian radicalmente de sentido. Consideremos, ante todo, que el Perú no es un país industrial, sino agrario y minero, por excelencia agrario, y entonces si pensamos con la cabeza llegaremos a la conclusión de que el industrialismo incipiente de la costa no puede generar un estado de ánimo industrial en el Perú.

Walter Ramírez.- Esto implica una lucha abierta contra Lima… Churata.- ¿Por qué? ¿Lima es un centro fabril? Eso haremos los serranos cuando la política esté gobernada por nosotros (ahora también lo está, pero los serranos que ha hecho política hasta hoy en Lima son animales híbridos, como la china-chola, por ejemplo), porque Lima, avanzada peruana sobre la costa, debe ser un gran emporio de riqueza fabril, mas esto sólo será posible La cuando esa riqueza baje de los Andes, y no del presupuesto. Nada de antilimeñismo. El antilimeñismo como todos los odios falaces es inútil. A la Sierra no le sirve de nada. González Prada y Mariátegui, limeños, fueron los descubridores de la “sierra”. Los serranos amamos en Lima la gracia y el donaire ¿Cómo odiarla? Sólo los pederastas odian lo femenino.

Walter Ramírez.- ¿Usted ha derivado hacia el nacionalismo? Churata.- ¿Por qué dice usted derivado? Yo pienso que el primer acto de una política masculina no será irrigar los estuarios de la costa sino electrificar los Andes. El nacionalismo lo entiendo así. Precisamente porque no puede haber política sin nación –que es lo que ahora ocurre en el Perú– es que sostengo que la nacionalidad peruana está en los Andes. Creo necesario manifestar a usted que tanto Marx, Vladimiro Ilich o Josef Stalin, me dan la razón… Elogio de la acción

Walter Ramírez.- ¿Teniendo usted tanto que hablar, porqué ha callado tanto señor Churata? Perdone esta pregunta antes de seguir adelante…

Churata.- Eso no tiene importancia, amigo mío. Nunca fui muy devoto de la verborragia. Tal vez si por razón de clase sea más amigo de la acción que de las palabras. Claro está que muchos malos actos valen menos que una buena palabra. Empero, pocas veces los actos –seres vivos– pueden resultar inferiores a las palabras, por bellas y volátiles que sean. Lo que es digno de toda alabanza es la palabra que se hace acción y camina. “Amor es acción” ha escrito Georg Finck, novelista judío.

 

La política peruana

Walter Ramírez.- ¿Quiere hacer usted una crítica de la política izquierdista y derechista del Perú, de sus hombres y de sus partidos?

Churata.- Estoy voluntariamente desvinculado de la política del Perú, igualmente de sus hombres. Le hablaré, pues, en términos generales. La herencia de Leguía no ha sido liquidada. Como toda dictadura que se prolonga, la suya determinó la delicuescencia de los partidos que la combatían, engendrando inestables inquietudes revolucionarias y revoltosas. De la descomposición del partido de Leguía y de los partidos que se le oponían ha nacido una generación de partidos donde es difícil descubrir el signo propio, pero de los cuales no se puede menos que decir que son fruto de las liviandades de Leguía. En suma, creo que Leguía sigue gobernando el Perú bajo los más curiosos ropajes, ora en la oposición, ora en el gobierno. El coronel Julio C. Guerrero, tan buen escritor como político digno de atención suele distraer a sus amigos haciendo la recapitulación de tales partidos. Sin embargo, creo que entre esos partidos el de Víctor Raúl debe ser el más numeroso…

Walter Ramírez.- ¿El APRA?

Churata.- Sí, el APRA…

Walter Ramírez.- Usted concedió al APRA un valor importante en algunos esquemas publicados a raíz de la caída de Leguía…

Churata.- Es así. Fueron conjeturas de estudioso; no confesiones de catecúmeno. Pero soy responsable del pecado. No me exculpo. Estando preso posteriormente tuve que valerme del  mismo recurso para librar a quince compañeros míos que sufrían en pestilentes calabozos… Además, fíjese: Mariátegui, Vallejo, Paiva, Ravines y si no me equivoco también Uriel García y Antonio Encinas repudiaron al APRA, unos por considerarla desde el punto de vista revolucionario como una traición al Proletariado y otros porque desde el punto de vista del Perú era un menjunje de difícil digestión… Y le he nombrado a los intelectuales de más valor del Perú de hoy, acaso de siempre.

 Autopsia del APRA

Walter Ramírez.- Sin embargo el APRA es hoy el único partido de izquierda de nuestro país…

Churata.- Puede ser, aunque el APRA es ambidextro y ambivalente…

Walter Ramírez.- Es uno de los partidos científicamente organizados de Suramérica.

Churata.- No digo nada, mi amigo. A mí personalmente no me consta. Juzgo por lo que, según el consejo de Jesús, constituye el hombre: los actos. Además, el asunto no es para que se ponga serio. Voy a referirle una anécdota. Cierto joven aprista, de cándido corazón, me visitó hace algunos años en Orkopata para mostrarme un retrato de Hitler. –Mire usted, Churata, me decía con voz trémula de emoción: esta mandíbula es idéntica a la de Víctor Raúl, y tal mandíbula, como usted sabe distinguió siempre a los conductores de pueblos. ¿Por qué se muestra usted escéptico todavía? Convénzase usted: Haya de la Torre es un gran hombre… Por lo menos el joven de ojos cándidos poseía el derecho de perder su inocencia. En fin, sólo he querido señalar uno de los efectos que la figura magnetizadora de Haya produce entre los seminaristas… Pero, en el terreno de los hechos políticos ¿cómo se comporta el partido de este hombre con mandíbula de Hitler? Cuando el civilismo se hallaba convaleciente de los once años de la dictadura leguiísta, el APRA, asumiendo personería dialéctica, se le enfrentó con el resultado que todos conocemos. Si este lugar fuera aparente, le demostraría con sólo el análisis de este episodio aprista toda la enorme, la inconcebible inocencia de Haya de la Torre. Esa vez demostraron los padres tener más vigor que los hijos. El civilismo viejo vencía al civilismo nuevo valiéndose de un endriago cargado de dinamita: Sánchez Cerro. Y es de tener en cuenta que el epígono aprista, como sus cofrades más calificados pertenecen a la semiaristocracia colonial de la costa… y que están unidos familiarmente al cogollo del civilismo! Walter Ramírez.- ¿Usted olvida los sucesos de Lima, Chosica, Trujillo, Cajamarca, Ayacucho, jalones de la moral y del sacrificio aprista?

Churata.- No olvido nada, preconcebidamente. A mi juicio sólo una vez el APRA tuvo oportunidad de vencer. Fue esa. Pero no, hizo como el tero-tero, pegó el grito en Lima y fue a poner el huevo en Trujillo. Por desgracia, huevo estúpido y sangriento. Ya haciendo lo contrario habría revelado mejor sentido estratégico, aunque el resultado le hubiera sido siempre negativo. En la guerra, como en la política, mi amigo, no hay más heroísmo que el del soldado anónimo: yo nada digo del heroísmo ingenuo e inconsciente de los jóvenes apristas, ¿puedo acaso justificar por eso el heroísmo estúpido de sus jefes? He ahí el resultado: tienen delante un civilismo otra vez poderoso, diestro en la degolladura de inocentes izquierdistas… Por estos signos y otros que callo presumo que el APRA declinará pronto a pesar de su fanatismo; porque en estos menesteres,  desgraciadamente, lo único que nunca es necesario es el fanatismo. Sus órganos vitales no prometen vida prolongada. Al nacimiento de un partido que ataque vigorosamente la realidad del Perú no le quedará otro camino que el sepulcro…

Doctrina del realismo político

Walter Ramírez.- El APRA sostiene que su programa está estructurado sobre el conocimiento de la realidad peruana.

Churata.- ¿Este es un reportaje sobre el APRA?

Walter Ramírez.- Hay en sus filas, muchos jóvenes que requieren orientación…

Churata.- Pues, sigamos. El aprismo hace descansar su programa sobre la doctrina marxista de la realidad como base de toda elaboración política, y no ha encontrado nada más indoamericano que Herr Hitler. Después de leer a los principales teóricos (la mayoría, demasiado teóricos) apristas estoy en condición de manifestar que el APRA y sus líderes ignoran la realidad del Perú. La realidad es la historia en potencia. ¿Verdad? Bien, pues. La historia es un proceso que envuelve la totalidad del fenómeno de un organismo. No puede decirse que la histología de un dedo sea la histología del cuerpo humano. El acuerdo totalizador de las funciones es lo que hace de un fenómeno un organismo. Un pueblo necesita que el proceso de sus “hechos” comporte su vida misma. La realidad viva es la historia y es la nación. El Perú no es eso desde hace cuatro siglos. Pero como la política no es una ciencia especulativa, sino una artesanía de los hechos, debe convertir estas conclusiones a priori en postulados revolucionarios: he ahí el primer deber de un partido que se construye a base de la noción de la realidad. Debo decir a usted que tal planteamiento de la filosofía de la historia del Perú demuestra que el APRA no solamente no es un partido revolucionario ni de izquierda: es un partido que representa el colonialismo de la costa.

Walter Ramírez.- ¿Qué hay?

Churata.- Nada menos indoamericano que Hitler y el APRA, tópica fundamentalmente hitleriana. Entiendo que en buena doctrina el realismo político tiene que herir la raíz biológica de una nación y no sus aspectos formales. Lo que da asidero para que el APRA pase como partido realista es su técnica. Bien es verdad que en el Perú, y hasta puedo decir que en América, es el partido que tiene “una” técnica, aunque ella no sea original. Pero una técnica política puede engendrar una revolución en Europa, como el fascismo o el nazismo, porque allí se carece de raíces más profundas de la realidad que es, desde luego, si así puedo decir, una realidad extrovertida, o mejor, sólo una realidad económica, financiera, o policial, a fin de cuentas. La realidad del Perú no se hiere con establecer zonas de producción o zonas comerciales, con reglamentar los salarios o crear comedores apristas, no se descubre la realidad con proyectar cámaras fascizantes o funcionales, ni con tecnificar los sistemas contributivos. Todo eso es bueno, seguramente, y se puede aplicar a cualquier realidad general. Pero la realidad empírica, o fenomenológicamente, tiene que ser villa interior para ser realidad. Las cosas están en su esencia, vuelvo a decir, en su fenómeno… Y para descubrir la realidad hay que proponerse previamente algunas preguntas fundamentales: ¿existe?, ¿dónde?, ¿cuándo existe?, ¿vegeta?, ¿ha existido…? Porque es muy posible que la desintegración de esa entidad denominada Perú (de que tan viva demostración psicológica son la guerra del Pacífico y el sartal de su politiquería emasculada) que comenzó en la Colonia y ha proseguido en la República haya acabado con su vida histórica y su personalidad. Y si existe, ¿qué organismo es el Perú?, ¿de qué fuerzas materiales procede?, ¿es un organismo de funciones propias o de funciones  ajenas, o su materia social está en decadencia y por tanto carece del poder volitivo que empuja a la vida? La respuesta sumaria a estas preguntas nos revelará que el Perú existe cartesianamente, pero su pensamiento padece de desequilibrio, como todo su ser, y que las funciones superiores que capacitan para la creación y los hijos sufren de atonía; que ha perdido el epicentro de su sistema cósmico, que no tiene ya la pasión de su historia, es decir, de su realidad; y que sus pulmones no soportan el oxígeno fecundo de las alturas… Sin metáforas, que el Perú traído de las orejas por Pizarro sobre la costa, es eso: una nación traída de las orejas. Y el APRA y sus jóvenes acólitos podrán saber entonces que, dialécticamente inclusive, la realidad del Perú está en los Andes, que el Perú es un fenómeno andino, como el APRA es un fenómeno de la costa; que el indoamericanismo para los peruanos principalmente no tiene tantas letras como estupideces en cada una de ellas; y que no queda otro camino que “peruanizar el Perú”, como quería el “comunista” Mariátegui, lo cual implícitamente quiere decir: andinizar el Perú. Hacer de un esperpento grotesco una nación genuina. Como se ve, el APRA, mi amigo, sobre todo desde el punto de vista peruano, carece de una filosofía…

Concepto sobre la UJA Walter Ramírez.- ¿Qué opinión le merece el movimiento que patrocina la Unión Juvenil Andina?

Churata.- Me halaga. El Perú, si no quiere morir por agotamiento, en un crepúsculo miserable, tiene que volver los ojos a los Andes. Este movimiento que me comunica usted es, pues, alentador. Si yo pudiera llegar a la conciencia de sus compañeros lo haría para decirles que ha arribado la hora de salvar los destinos de siete millones de hombres condenados al hambre del cuerpo y del espíritu; que hay que alzar la voluntad para organizar una nación capaz de alimentar a todos los hombres que se cobijan en ella y capaz, sobre todo, de poner un sentido a ese esfuerzo…

Walter Ramírez.- Sírvase concretar el mensaje.

Churata.- No es mensaje, mi amigo. No estoy haciendo papel de taumaturgo. Obedezco con sencillez al contagio de su entusiasmo. Cuando yo veo en ustedes regresar los tiempos en que un haz de bohemios andinos creían trastornar el buen juicio de las gentes, pienso que nacimos destinados a hacer la Revolución Andina, con ustedes. Por tanto, si usted desea que concrete le diré que en el Perú no faltarán hombres en ninguna latitud que nieguen su concurso y su vida, de ser ella necesaria, para crear la Federación Socialista del Perú. Y ese es el camino. La educación del indio

Walter Ramírez.- ¿Qué piensa usted sobre la educación del indio?

Churata.- Sustento la doctrina del gran director de la escuela de Warisata (Bolivia) y creo que todo se reduce a que el indio tiene derecho a los instrumentos que le permitan, con sus propias manos, construir su camino. Afuera toda sistematización colonial o mestiza, y sobre todo, la estúpida idea de civilizarlo. Todos los males que han caído sobre nuestros pueblos –ha escrito el profesor González Bravo, uno de los descendientes de Wayna Khapaj– se deben a esos pocos indios civilizados. “Los grupos que detienen su desarrollo, mejor, su marcha, son pueblos de primitivismo cristalizado, encerrados dentro de sí mismo”, ha enseñado, a su vez, Kurt Breyssig. Esto ha ocurrido con el pueblo indio que no logró salir dentro de sí mismo por más que España trató de infundírselo osmóticamente. Para salir ha puesto condiciones. Respetémoslas. Es lo que hace la  escuela de Warisata… Respetando esta actitud del indio, indirectamente estamos respetando el genio, la mecánica y el ethos de nuestra personalidad como pueblo. 

 

 

 

La hondura de este pensamiento me deja sin palabras solo me quedan las suyas hacer la revolución andina pero que está parta de la realidad misma, esperando pues que el Indio salga sin apurarlo más en Churata el indio sale con un corazón nuevo en él se está  regenerando su caos cosmos, él es el biodramaturgo de un nuevo ayllu.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FUNCIÓN CIVIL DE LA CULTURA INCAICA La experiencia Chucuito es la experiencia aymara del Titikaka. En varios aspectos, y sobre todo en cuanto mira al detalle de éstos, Chucuito ofrece un vasto campo de observación. Internándose a través del vulcánico paisaje de Chilliwa, donde la piedra adquiere fantásticas perspectivas, se llega al distrito de Santa Rosa, el cual, desde la objetividad de su política a su realidad funcional, se exhibe como el caso más revelador de la superficial influencia de la colonia con relación a un concepto de cultura y de civilización. La colonia que vino a plantear el problema de reducir el campo a su dimensión civil, tiene, en cuanto a los resultados, muchos puntos que anotar en contra, pues no logró, sino en contados casos, y no precisamente en éste, imprimir el sello de la matriz de origen. Esas contadas veces acaso puedan ser Quito, Lima, Potosí… Mas, en ninguno de ellos el campo, que concentrado en la urbe, se vierte para una nueva concepción política del mundo. Son éstas con Buenos Aires, ciudades que surgen frente a la nueva ambientación de la vida, y que importa, por tanto, el hecho en sí mismo de una transvaluación: pero en ninguno el de generación radioactiva. Lima, fue la ciudad burocrática de los conquistadores a la zaga de Kosko que fue el bastión de los conquistados, y no llenó más función que la de servir al virreinato sin importarle el hecho fenoménico del continente. Potosí es el yacimiento, es el Ofir sustantivo en la realidad, pero es también el tóxico que embriaga la senilidad de la metrópoli y, por ello, si hereda ímpetu caballeresco y ambición localista no llega al plano de las realizaciones permanentes. Potosí se ofrece como la ruina que habla del despilfarro del señorito que ajeno al hecho mismo de su “audiencia” se trueca en manirroto y tarambana. Las grandes ciudades del occidente tuvieron una génesis diversa. Fue aquél un proceso que no ha caducado aún, por medio del cual la campaña se urbaniza hasta perder el maternal valor que le corresponde como agrupación genética. Por esto Kosko viene a importar la realidad social de todos los dominios del Imperio; y este es, casualmente, el sentido intransferible de su realidad vital. Kosko imprime el sello de su grandeza energética hasta en el último rincón de los ayllus, influye sobre ellos y crea en las pampas el ritmo civil de la urbe. Los indios del Kosko, por esto no resultan aquellos aldeanos zafios y silvestres que serían si el campo marcara en su propia ideología. Son, al contrario, los súbditos de una gran ciudad desde la cual gobierna el Hijo del Sol; es decir participan en todo del valor culturizador de esta civilización… Esto es una ciudad. Ninguna de las ciudades de América puede ofrecer un ancestro semejante, ni una importancia biológica capaz de cederle en valor histórico. Tiene la capital de un pueblo la virtud de anudar en su propia síntesis todo el complejo de la región que gobierna. Allí se ve el sistema de su economía y el juego de sus ideas surgiendo armoniosamente como de la función normal y libre de un proceso fisiológico. Las ciudades de la Colonia son creaciones artificiales y adventicias y brotan bajo el influjo espectacular y jurídico de una cédula real. Y no. Las ciudades no se fundan; las ciudades proceden de un devenir de economía humana. He aquí la razón que aconseja meditar sobre proyección tan inquietante. Yo no encuentro la antinomia entre ciudad y campo, antinomia que ha llegado a invadir todos los planos de la especulación. Considero que campo deviene de ciudad y, como agudamente señaló Spengler, no es imprescindible que el hombre habite la ciudad para vivir en ciudadanía. Este hecho se observa en el imperio inkásico de una manera evidente. Que se sepa, el imperio se componía de cuatro regiones formadas de ayllus estructuradas en una entidad sinóptica: Kosko. Los inkas no tuvieron mayor interés por crear otras ciudades que rivalizaran con la capital; lo habrían conceptuado impolítico y temerario (Wayna Khapaj fue el monarca insensato que lo hizo), pues que el concepto de nación para ellos era también un concepto de cultura, un concepto de historia, un concepto de ciudad. Mas la ciudad no es sólo un hecho físico, es también una concepción abstracta. Hubo en el imperio RUNAS que murieron sin conocer el Kosko, y aquellos que lo visitaban por venerar al inka, regresaban a sus regiones llorando de emoción frente al espectáculo de la ciudad sagrada: KOSKO, SUMAJ-LLAJTA. Funcionando como un resorte activo el espíritu del inkaísmo era koskeñismo, y bastaba vivir bajo el patrocinio de su solemnidad egregia para que el civilismo de la capital rigiera la generación de la ideología. En análogas circunstancias hay en la actualidad hombres de Buenos Aires o de New York que mueren sin conocer el campo, la naturaleza en su animación demoníaca, y sin embargo el campo está actuando dentro de ellos. Podría, por tanto, en este plano ¿establecerse disidencia entre capital y ciudad? La ciudad en todo caso es capital, implícitamente, y centraliza un complejo económico-social; mas, en el hecho, sobre todo en América hay innumerables ciudades que ya no obedecen a un sentido de capitalidad; que nacieron de una atingencia adjetiva y subsisten en el lugar común burocrático. Nada de esto puede encontrarse en el Tawantinsuyu. En el Tawantinsuyu, la “llajta”, la “marka” es el corolario indispensable, necesario de la unidad histórica. En el distrito de Santa Rosa que he nombrado está operándose en los actuales momentos el fenómeno en que los ayllus efluyen a la ciudad. La región así nombrada se compone de dos sectores; uno, “Wankollo”, donde se ubican los latifundios, y el otro, “JACHA-AYLLU”, que viene a ser el lugar donde se ha recluido la pequeña propiedad indígena sujeta al sistema celular del ayllu. El divorcio geográfico de entrambas regiones resulta nimio frente al divorcio económico que ha originado su conflicto político. El distrito de Santa Rosa tenía por capital el caserío de su nombre, localizada en la cabecera de JACHA-AYLLU y allí el asiento del triple gobierno del distrito: civil-judicial-eclesiástico, hasta que los habitantes de WANKOLLO, esto es, los HACENDADOS, validos de su influencia en Lima, lograron el traslado de la capital a WANKHAMAYA, terrazgo dentro del sistema de sus fincas. Con este hecho los ayllus debían ceder a la presión latifundista y concurrir al nacimiento de una aldea fiscalizada por el interés de los MISTIS; y así hubiera ocurrido si la misma organización de subsistencias de WANKOLLO no estuviera indicando que la ciudad, la aldea resulta organismo esencialmente ajeno a su composición objetiva e íntimamente feudal. Las haciendas se desperdigan a distancias considerables, de dos, tres, cinco, diez leguas; y cada uno de los WANKOLLOS posee en su propio domicilio todos los elementos de vida para verse obligado a acudir a la capital del distrito en busca de materiales domésticos. En el amor y en la afabilidad prócer EL WANKOLLO es un perfecto habitante del medioevo, ingenuo, celoso del secular señorío de su casta y vigilante estricto de la servilidad indígena. No así el hombre de JACHA–AYLLU, el cual, por necesidad de intercambiar sus productos, o de proveerse, tiende a la formación del núcleo urbano. He aquí la realidad vital opuesta al efecto de las leyes, y he aquí también el campo primitivo viajando a la superación de su estructura mientras el germen feudal se comporta con todos los visos de una inmovilidad calificada. De esta manera nada extraño es que WANKHAMAYA haya estratificado en un decreto mientras Santa Rosa posee los únicos almacenes de compraventa importantes de la región. Es muy sencillo descubrir en este hecho dos cuestiones de sumo valor: la pequeña propiedad dentro del ayllu deviene urbe; la gran propiedad, la hacienda, se opone a tal concepto. Es decir, mientras el ayllu posee su energía social, el feudo carece de ella. Y es que el ayllu no es una organización doméstica e individualista sino social en esencia y, lógicamente, política. En ningún caso puede exigirse lo mismo de la hacienda. La hacienda es, típicamente, vestigio feudal, y de esta manera considerada carece de dinamicidad urbana. El sistema de conquista inkaika poseía mirada a través de esta sistematización, en altísimo valor político. Consistía en cooptar cuanto era capaz de valorización para insumirlo en el Kosko, en la ciudad, deidad urbana en cuyo seno –el laboratorio– se precipitaba el espíritu de inkanidad. Podían aplicarse certeramente estas palabras del oráculo de Zoroastro: “Toda ella es acto de dividir, mas en sí misma es indivisible”. Ciertamente, para subsistir el Kosko debía fomentar la  división interna de sus COLONIAS, aún puede decirse que su sistema administrativo se basaba en una política de disonancias, porque mientras los ayllus se ligaban por una severa unidad estatal, la acción de los “jefecillos inkas” que llama Simmel, se encaminaba a mantener una permanente suspicacia entre los hombres, situación de que se beneficiaba la unidad del imperio y la dominación absoluta del inka. Así la ciudad, la capital, pudo tener valores trascendentes y pudo asimismo infundir el sentido, el ritmo histórico de su seno. Todavía el cronista Montesinos asevera que en el gobierno de Pachakutejj el Tawantinsuyu se reducía al valle Kosko, y es más probable que ello implique que la vastedad del dominio inkaiko era unívoco del predominio de la ciudad. La guerra de Shyris, conducida por Atawallpa, es una demostración del grave desequilibrio que aquejaba a la organización inkaika, desequilibrio de CAPITALIDAD, exceso de CAPITALIDAD, porque si el centralismo es la forma ideal del gobierno histórico, cuando este actúa sobre un organismo complejo y de vastedad extraordinaria concluye por ceder a la gravitación de los cuerpos. Tales son las reflexiones que inspiran el panorama de los ayllus… Si el destino de la historia es hacerse civil no resultan poquísimas las posibilidades de que las pampas andinas se acerquen a su realización. Pero, no; la cultura inkaika fue una cultura civil surgente de una economía agraria– comunista, con lo cual tengo dicho que el campo no es la contradicción de la ciudad sino, mejormente, su fenómeno (y que en la organización de la civilidad inkaika descubrimos una ley de biología social que se cumple en la personalidad a través del átomo). Así Kosko-urbe es una yuxtaposición de ayllus en que se repliegan las más lejanas latitudes del Tawantinsuyu! 

 

 

 

Biotejer el ayllu desde el evangelio de la Matria pero para eso se necesita un corazón de animal, más la reflexión de Churata la cual le permitirá autoconocer ese corazón de oro  es larga empezara desde una admiración por Gonzales Prada hasta un coqueteo por el comunismo para por fin hallar su raíz en un pensamiento ontológico que recoge el llamado de Heidegger para dejar de olvidar el ser.   

 

 

PROBLEMAS ONTOLÓGICOS I Seguramente y con mucha razón, el profesor García Bacca cree que, en el proceso histórico del pensamiento humano ha existido un desplazamiento continuo del centro óntico en busca de puntos que en el momento determinado resultaban de atracción vital. Afirma que pudiera ser, y es una sospecha históricamente fundada, que el concepto de ser en la misma forma que lo posee el hombre tuviera que estar centrado en cada momento histórico en un ser o en otro. Es verdad que en el período presocrático la inquietud intelectual del hombre busca la verdad del ser de las cosas materiales, la investigación cosmológica. Con Sócrates, Platón y Aristóteles, los problemas filosóficos se encauzan por un intento de reflexión del hombre sobre sí mismo en busca de valores y verdades. O se dirigen hacia la conciencia religiosa, donde el pensamiento busca su refugio racional en la mística y se sumerge en lucubraciones donde se mezclan la lógica y la fe. No es el hombre, sino su conciencia religiosa en quien se vuelca la inteligencia para escrutarlo desde sus dominios. (San Agustín) El “YO” individual que enarbolan Descartes y Leibniz marca un nuevo centro fáctico donde se desplaza el ser en su constante averiguación de esa problemática definitiva y eterna. O Kant, con su YO trascendental y por último en nuestros días Heidegger con nuestra “realidad de verdad”, con el hombre en concreto, “puesto en el cosmos”, el “DASSEIN”. En esta forma de continuo descentramiento la ontología encuentra por otra parte su supervivencia como problema fundamental de las especulaciones filosóficas. Lógicamente, el punto genial de toque lo está realizando Heidegger, encontrando en nuestra realidad de verdad el centro inicial de cualquier pregunta que tienda buscar la verdad ontológica del ser. Nadie, sino el mismo hombre, real y concreto podrá preguntarse: ¿Quién es el ser? ¿Qué es el ser? Sólo a él la naturaleza le ha conferido esta primicia, a veces dolorosa por cierto. Martin Heidegger se ha propuesto este estudio y sólo una parte de él ha sido dado a luz: “SEIN UND ZEIT” (Ser y tiempo) es la obra fundamental de este filósofo alemán en cuya primera parte (la única publicada) se propone con genialidad el enfoque de los problemas del ser. II En contraposición con lo dicho en un editorial pasado, para Nicolai Hartmann los problemas ontológicos son supra-históricos, de ahí que en su ontología Hartmann no pretenda ser original y se aboca a tratar los tradicionales problemas del pensamiento filosófico que surgen del estado histórico de los mismos. La originalidad de Hartmann radica en su enfoque y solución que a estos problemas aporta. Desde Aristóteles los problemas ontológicos han sido siempre solicitados con preferente atención, pero en el siglo pasado surgieron obstáculos para solucionar estos problemas que venían de la ontología clásica. Abandonando parte del contenido tradicional de la filosofía y en su afán de   restituir vida propia el pensamiento filosófico, cedieron ante el cientificismo y el naturalismo que imperaba. El conocimiento científico natural pretendía ser el único verdadero ante un mundo de objetos. De esta manera se redujo y se menospreció el terreno en el que actuaba la ontología. Hartmann establece entonces en sus prolegómenos a una Metafísica suya, que de toda gnoseología necesitaba basarse en los principios ontológicos para no caer en el vacío. El análisis gnoseológico debe partir de una descripción de los datos que la conciencia recibe, de lo que a ella se da simplemente, de lo que la conciencia conoce y no de la simple relación de conocimiento por ser ésta no una relación de conocimiento sino una correlación de sujeto y objeto, correlación que implica de antemano la independencia de cada uno de los términos presentándolos aisladamente. El fenómeno del conocimiento es pues trascendente y su particularidad es esta trascendencia que la distingue de otros actos que no salen de la conciencia, que permanecen inmanentes a la conciencia que los ejecuta, entre estos todos los actos subjetivos que la conciencia experimenta en sí. Haciendo este análisis someramente descrito, para demostrar que una gnoseología debe apoyarse en los fundamentos ontológicos inicia Hartmann su ontología. Ya Aristóteles había establecido el objeto de la filosofía primera, metafísica u ontología (como se la denomina en diferentes escuelas), su objeto era estudiar “al ente como ente”, el objeto independiente y lejos del sujeto del conocimiento, aislado de toda relación gnoseológica. De esta manera la ontología formó la base de la metafísica, por lo tanto nuestra época – opina Hartmann– necesita volver a los problemas metafísicos y necesita al mismo tiempo una ontología que los fundamente. 

 

III

 

El mundo nuestro que transcurre diariamente no es tan simple como realmente nos parece sino que este presenta una trama de complejidad, de capas o estratos relacionados entre sí. El análisis categorial de lo real necesita asentarse sobre un concepto aclarado de la realidad, concepto que deberá abarcar en sí la totalidad de los entes que forman parte de esa realidad, de los entes reales. Lo dado no es lo real, pues lo real puede estar oculto en lo dado, además lo dado no es ningún ser, sino sólo un modo de objetividad, un modo de presentarse el ser, es decir, de un objeto para un sujeto. Otro modo de entender la realidad está en la identificación de lo real con las cosas, todo lo físico, lo material, lo orgánico habrá de ser entendido como real y viceversa, todo aquello que carezca de este carácter físico habrá de entenderse como irreal. En el hombre sólo su corporeidad formaría su realidad, de tal manera que, los sentimientos, las acciones y toda la vida espiritual del hombre, su propio destino, todo aquello que la humanidad ha considerado como real, todo aquello no formaría parte de la realidad del hombre. Este es un concepto materialista que se debe rechazar (opina Nicolai Hartmann a quien estamos analizando). “El único concepto adecuado de la realidad es el que ciñe a los fenómenos, y sólo es un concepto de realidad adecuado al fenómeno cuando abraza lo material y lo inmaterial”. Según Hartmann a la realidad pertenecen las siguientes notas: La individualidad, en ello se distinguen de las esencias que son universales. La existencia, cuya noción es inseparable de la de individualidad, ambas se oponen a la esencia. La temporalidad, ya que de acuerdo a una jerarquía los entes se presentan en el tiempo y el espacio con una necesaria extensión y en un determinado momento. La procesalidad que permite a los seres no sólo estar en el tiempo, sino en un fluir temporal, proceso irreversible. Y por último la Identidad que Hartmann la explica en la siguiente 144 forma: “La realidad es cambio, proceso, devenir. Pero para que algo cambie tiene que haber algo que subsista idéntico a sí mismo, de otro modo sería la realidad una sucesión de nacimientos y muertes”. IV Hemos hablado anteriormente sobre las categorías de la realidad según la ontología de Nicolai Hartmann. Hoy ahondaremos los conceptos anteriores. A todo lo real corresponde inevitablemente la individualidad. La individualidad determina la realidad de cada ente. Sólo existe lo individual porque sólo existe aquello que representa un número mayor de notas y determinaciones completamente propias. La individualmente es una modalidad de existencia determinante que hace que una cosa sea esa cosa y no al mismo tiempo otras varias. Si un objeto no tuviera las notas y determinaciones propias de su individualidad no sería ese objeto sino otro cualquiera, ya no sería un objeto existente (real). “Hasta donde llega la validez de la categoría llega la estricta determinación que parte de la misma”, dice Hartmann. Pero esta no se limita en el estrato que determina, al contrario. Es frecuente que las capas inferiores de la realidad aparezcan en las superiores como cimientos constitutivos. Pero una categoría superior no es la suma de las inferiores, sino que se presenta con un carácter de absoluta novedad frente a estas. Sólo a las formas más altas de la realidad corresponde la libertad. la libertad en sentido ontológico es autonomía y autodeterminación. Se descubre así que lo orgánico no puede existir sin lo inorgánico, la psique sin lo orgánico y el espíritu sin la psique. La relación inversa no sería cierta. De esta forma Hartmann se presenta operando en forma contraria e inversa que Hegel, quien parte del espíritu como sustento de la materia. Para Hartmann son las capas inferiores de la realidad las que sustentan y mantienen a las superiores por ser precisamente superiores y revestir el carácter de tal. Por eso, materialismo, biologismo y psicologismo son posiciones insostenibles porque contradicen la ley de la libertad, son productos de metafísicas especulativas. Las leyes ontológicas fundamentales de libertad deben poner coto a los afanes constructivos. V Hemos hablado hasta hoy sobre las capas que forman la realidad, pero aún no nos hemos referido a la novedad que cada una de estas tiene, o sea su libertad frente al poder determinante de la más baja. La novedad de lo orgánico con respecto a lo material es poco notable. Las categorías de lo inorgánico se continúan en el ser vivo, pues este tiene materialidad y está sujeto a la legalidad de lo físico real. Su novedad radica en la síntesis de elementos preexistentes. Lo organizado es una supra formación cuyo contenido existía ya en la formación más baja con otra estructura. Con la psique la novedad es más honda. Lo psíquico no es algo flotando en la atmósfera, sería imposible su existencia sin la vida y por lo tanto sin la corporeidad y sin la materialidad del organismo. Pero el cuerpo viviente no es sino portador y no contenido de la psique. La realidad anímica pierde la nota de la espacialidad y con ello la categoría esencial de lo psíquico. La psique es una supra-construcción de elementos que no ingresaron en la construcción de las capas inferiores. Una misma relación de supra construcción es la que existe entre la psique y el espíritu. La subjetividad es una característica de la psique, la pertenencia exclusiva al sujeto que en un momento vive su intensidad emocional, sus procesos anímicos. El espíritu se caracteriza por la  objetividad de sus actos, por la validez rotunda que estos tienen para el sujeto que los confronta. “La conciencia aísla mientras el espíritu enlaza”. Si bien todos estos actos bastan para poder separar la psique del espíritu. Lo nuevo del espíritu se patentiza cuando se encuentra o considera la última forma conocida del ser espiritual, la directa manifestación en la que se da el espíritu. La forma en que se plasma definitivamente y que perdurará por todas las edades mientras el hombre sea capaz de pensar y sentir, la más maravillosa transformación de los poderes de la voluntad. El espíritu objetivado. El espíritu objetivado está constituido por todas las manifestaciones que previo proceso de creación pasan de ser espíritu a ser materia o mejor, el espíritu se materializa. Las manifestaciones del espíritu se fijan en una forma material. Los más claros ejemplos de la objetivación del espíritu los encontramos en las obras de arte. La expresión espiritual que cada una de estas encierra se nos ofrece en el lienzo o en el mármol, en la palabra o en la vibración acústica de la armonía. Toda obra de arte es espíritu materializado, o a la inversa materia espiritualizada. Todas estas notas sobre los problemas ontológicos que hasta aquí se han planteado han sido resumidas de las anotaciones particulares que el profesor don Augusto Pescador dictara en su curso Ontología en la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, y correspondientes a los problemas ontológicos que plantea Nicolai Hartmann en su obra aún no traducida al español. 

 

 

 

Y vosotros, Dioses, apartad de la lengua un maniático hablar de tales cosas; haced brotar más bien la fuente pura de los labios santificados. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TENDENCIA Y FILOSOFÍA DE LA CHUJLLA Al diálogo entre las tendencias que asignan prioridad al ancestro europeo, exclusivo hispano o latino, para América, se ha opuesto recientemente una tendencia indígena de que ha nacido la denominación de Indoamérica. No puedo confutar ahora dónde se bautiza así al continente, pero para la beligerancia estética Indoamérica nació en Puno. En libros y revistas de publicación reciente se constata la verdad de este aserto. Haya de la Torre ha establecido la oposición triple de estos nombres: Hispanoamérica es la conquista: Latinoamérica la Independencia; Indoamérica la autonomía. Tres edades y tres funciones históricas. “Por nuestra raza hablará el espíritu” es la leyenda heráldica del México de la Revolución. “Reclamamos el derecho de ir espiritualmente a España, o de no ir a ella”, escribe Tamayo. “Queremos nuestra libertad de escoger –agrega– fuentes y caminos”. Pero si América es hispana por la conquista y latina por la independencia, sería saxoamericana o sajona en la edad financiera. Cabría de la misma manera llegar a lo que Valcárcel señala como la poliamérica: América para el colonizador suavo; América para el colonizador checo; América para el eslavo; para el portugués; Poliamérica poliándrica. De conformidad con tan variadas tendencias raciales, se generaría la multiplicidad de tendencias estéticas. Y no. América para la cultura ha permanecido constantemente latina. España influyó en ella de manera unilateral, precaria, en los tramontos de nuestra génesis. No ha dejado obra que hable de intensidad creadora ni de influencia demológica. En cambio, el modernismo es un episodio con vastedad continental, y, en cierto modo, con expresión propia. Hasta llegar a estas circunstancias en que el consenso de la historia determina el afloramiento de un sentido individual del continente, al que acaso no sería ajeno un fermento del espíritu euríndico cuya doctrina se presenta como una de las más lógicas y equivalentes. A esta altura arribamos cuando, creado el continente en sus destinos de cultura, se debate el principio de unidad continental frente a la posibilidad de procrear diversas expresiones. En el pensamiento netamente de vanguardia constátanse opiniones valiosas para ambas: “los pueblos americanos están llamados a formar un vasto bloque racial, escribe Antenor Orrego, con una cultura y un pensamiento de conjunto y nunca con artes exclusivos y nacionales. Pretender un peruanismo, un chilenismo, un argentinismo en el arte, es sencillamente necio”. Verdad es que Orrego se cuida de decir por qué sería necio. En cambio, oigamos lo que piensa Hidalgo para quien, mentalidad determinista, materialista y exhaustiva, el norte debe ser absorbido por yanquilandia y el sur por la Argentina: “La confraternidad americana reposa en el instinto de conservación, Y no en el afecto mutuo ni el altruismo. No hay similitud de caracteres entre los países hispanoamericanos. Nada tiene que ver un peruano con un paraguayo. Entre un argentino y un colombiano el abismo que se columbra es inconmensurable. Que todos sean descendientes de españoles, eso es lo de menos. Los conquistadores impusieron el idioma, pero no el espíritu.” En efecto, la conquista no gestó un espíritu: impuso un idioma y un régimen artificial que tiende a inhibirse. No nos unificamos en el hispanismo. El latinismo tampoco unifica. Solo unifica la raza –conjunto de ideales políticoeconómicos–. América ha vivido escindiendo su cultura propia, olvidándose de sí misma. “Toda su vida, dice Orrego, ha sido un abismarse de Europa”. El folklore, expresión de nacionalismo, profundamente palingenésico, emerge cuando en un pueblo hay necesidad de la calidad personal. La unidad alemana es saludada por un retorno a la tradición y a la leyenda. La edad media, el gran laboratorio de la cultura occidental, cobija una multitud de trovadores en que se gesta el canto y la visión nacional de la cultura. Cuando los incas querían sugerir la antigüedad de su estirpe, hablaban de mito tiawanaqu y de hombres gigantescos, cuya osamenta aterrorizaba la ingenuidad   del relato patriarcal. Pero el folklore es un valor negativo, o secundario en pueblos de cultura parabólica. Veamos lo que un músico francés, uno de los epígonos del vanguardismo musical, Varese, de raíz campesina, dice respecto del folklore, sostiene que “ninguna obra musical con cualidad ecuménica ha salido del folklore”. Beethoven es el tipo de músico cuya obra eminentemente alemana, es, sin embargo universal. No analiza Varese la esencia sicológica de cada uno de estos genios, y por tanto deja de ver los elementos mínimos que procedentes del pueblo han ido a enriquecer la imaginación representativa. “El folklore en los salones, dice, es una cosa ridícula.” Su juicio es terminante en contra de la música popular. Está bien, según él, que se cultive el folklore, pero en su sitio, es decir en el seno del pueblo, porque de lo contrario, se destruye inútilmente su belleza. Varese es, sin embargo, un campesino, que tiene memoria cierta del agro y conoce sus mitologías. Para él, quien explota el folklore comete un delito ordinario por abigeato. “Se aprovechan del anónimo, –asegura– porque si tomaran temas de autores vivos tendrían que verse con la justicia.” Pero, también un músico nos va a prestar argumentos en contra de este principio cosmopolita del modernísimo maestro del Sena. Bela Bartok, compositor húngaro, escribe: “El internacionalismo es perjudicial en música, lo mismo que en cualquier otro arte. La música debe reflejar siempre el verdadero carácter de una región. Esto es lo que crea la variedad cabal en el arte y en la vida.” Justas apreciaciones en defensa del folklore. “¿Quién no ha visto gozar a los chinos con sus músicas?”, se pregunta Jorge Mañach, el agudo crítico cubano. ¿Quién? El arte tiene por objeto testificar, sentar testimonio de acción vital. ¿Quién no ha visto el profundo hedonismo –por decir sólo eso– del indio al danzar al son de la tarka? Y sin embargo, un poeta peruano, Percy Gibson, sostiene que esta música andina, el folklore, es una célula bien primaria y simple en cuanto a la concepción de un arte nacional. Eugenio D’Ors señala la desequivalencia desfavorable para nosotros de que mientras los Estados Unidos del norte yankee, están animando un arte universal, cosmopolita, nosotros, los americanos del sur desembocamos en un nacionalismo de aldea. “La posición nacionalista de las juventudes de América, en especial de países que como México y el Perú son depositarios de una tradición y un problema indígenas, – dice Mañach– tiende a propugnar un arte de caracterización, para el cual, su arqueología y su indiada les ofrecen elementos artísticos ya de por sí peculiares.” Y agrega: “Y en cambio otros, desprovistos de ese acervo vernáculo, más expuestos a las influencias cosmopolitas, sienten todavía la cuestión de la cultura propia como un problema.” La apreciación es justa, como que procede de una de las mentalidades que con Villaurrutia en México, Borges en la Argentina y Mariátegui en el Perú (ahora en la eternidad del panteón proletario) representa la mejor diplomacia de la inteligencia continental indoamericana. No cabe duda, pues; si la emancipación económica es una necesidad histórica porque es un imperativo vital –son fenómenos de paralelismo indiscutible–, la emancipación intelectual y artística es un resultado de esos fenómenos. Entonces, no sólo nos encaminamos a la concepción de un arte americano en cuanto significamos un caso geográfico, sino que pretendemos transmitir un mensaje para el mundo –por nuestra boca hablará el espíritu–. Y entonces podríamos, radicalmente, entrar a un examen rápido, sumario, a través de los hitos culminantes de nuestra panorámica artística, para confutar si estamos o no en error. ¿Hablaríamos de escuelas de arte? ¡Pero esto es exultante! ¿Será posible que este continente “estúpido” haya llegado a la edad de albergar en su seno esos síntomas de sabiduría y la esperanza que son las escuelas mentales? Sí. Hay que decirlo bravamente. Ha llegado el momento en que América contribuya con unos ismos más a la beligerancia de la cultura humana. No hay que asustarse de los ismos. Suelen los majaderos hacer filfa de los ismos. Lo que no se podrá negar es que en un ISMO se encierra el secreto de la salvación humana. Desde los viejos tiempos de Salomón –Salomón nos resultará siempre oportuno y nuevo– se conceptuaba que en la reunión de los muchos estaba la salud del pueblo, antes que en el dictamen soberbio de uno, aunque ese uno  fuese Salomón. Esta vieja célula del parlamentarismo, es como nunca, aplicable a la conmoción actual de las multitudes del planeta. Tales porciones de inquietud organizada, cuya representación tácita es la tendencia gregaria de los grupos artísticos en América no ha tenido sino dos manifestaciones evidentes: el modernismo de Darío y el vanguardismo. Pero mientras el modernismo es europeizante, el vanguardismo es aborigen, y, por tanto, popular, infiere a la masa, y es socialista o socializante. En la Argentina se viaja a la pampa, y el códice es Martín Fierro como en México lo es Theotican o la talla directa… Parece que en este plano no cabe la menor duda al respecto. El movimiento liberador, intelectualmente, para nosotros, tiene que partir de un repudio de la Metrópoli, de todo españolismo o chulismo ibérico, con una radical y poderosa actitud aborigen, salvaje, cruda y ruda. Dionisiaca actitud que en sí envuelva un mensaje de salud y temperatura varonil. Y además tiene que ser, en el aspecto metafísico, mágica y satánica

 

Y entonces Churata se encuentra su filosofía es religión y al mismo tiempo arte y al mismo tiempo ciencia y de hecho alteración y contra alteración de sistemas y como tal biodramturgia la biodramaturgia que recupera la organicidad del lenguaje.

 

 

 

Comprendamos si nosotros recuperamos la organicidad del lenguaje nuestro arte no tendría otro destino que el universal pero no ese universal impuesto por la culpa y por la espada sino eso otro universal múltiple que nace del color de la emoción del pathos que occidente ha despreciado para quedarse con una forma depurada y que oriente se ha esforzado en extinguir en la nada para encontrar claridad.

 

Más este pathos esta profunda emoción es la que puede alcanzar la forma en acto más absuelta  y   la pureza de la acción, el corazón conoce razones que la razón ni siquiera podría imaginar y pulsiones en la voluntad que solo pueden venir de Dios, formar este corazón de animal para vibrar en la más alta sensibilidad de la levedad del ser y en la más baja abyección de la gravedad del devenir es fundamental si realmente queremos redeconstruri la organicidad del lenguaje.

 

Así quedan  reveladas y develas las 5 fuerzas ontológicas:

 

El Espíritu

Su reflejo la voluntad a la que llamamos  el anti espíritu

El amor que invierte y convierte una al otro y otro a una.

La gravedad del devenir que es la fuerza del no ser  →0← donde todo puede ser atado Chaupi Quipu

 

Y la levedad del ser que es la fuerza de lo uno haciendo explosionar toda la creación en una fuerza expansiva que pareciera infinita pero que regresara a la gravedad del devenir para otra vez superarla.  ←1→

 

 

Son estas fuerzas las que llevan todo el proceso ahí está  la realidad que reclama Churata  pero él  las conoce, su pez de oro es levedad del ser absoluta venciendo toda gravedad del devenir aun la gravedad de la permanente opresión.  

 

 

 

2.- “EL PEZ DE ORO” –publicado– implica una arquitectura megalítica. Editado el primer volumen réstame dar a estampa “RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS”, dialéctica de su estructura en forma dramática; “LOS PUEBLOS RESUCITAN”, asimismo con sentido cinemático o alegato de actualidad del Tawantinsuyu; tras esto, “KHOSKO-WARA” el arribo del hombre a planta biológica apta para germinar; “PLATÓN Y EL PUMA”, co-locución y teorética de concepciones estéticas desde la tesitura animal del hombre. En las canciones que le siguen hay un intento de sustanciar en el romance hispano un sentimiento y cierta morfología de expresión aborigen. Por tanto aquí se discurre en términos relacionados con una teoría organológica del ritmo y se plantea el problema de América-Idioma. Siguen cinco libros de poemas: “KHIRKHILAS DE LA SIRENA”, “MAYÉUTICA”, “BALALAS”, “HAYLLI INKÁSIKO” y “BIORRITMIAS DEL TAWAN”. Termina la ópera con la “BATALLA DEL DIABLO”, una como anatomía del alma humana, libro de guerra. EL PEZ DE ORO –que así se llama la obra en su totalidad– no pertenece restrictamente a intento retórico, sino que es descripción objetiva de un realismo psíquico y que, cuando se entienda su dialéctica, se comprenderá que el vuelo de ultratumba háse raído finalmente, porque la muerte fue un mito de la patología del alma humana y los muertos viven con los vivos. 

 

 

 

 

– ¿Desea agregar algo más en el orden político? 

 

 

– Muy poco. No es verídico que me alíe en ninguna corriente comunistoide o filo comunista. Mi posición se halla exenta de compromisos políticos. Estaré junto a quienes sostengan que la única manera de engrandecer la patria es devolverle la gloriosa prestancia de su era inkásika y que, por tanto, el deber de los peruanos es conducir el nombre de la patria a la altura de la gloria inmortal de los inkas, los creadores del cósmos americano de los Andes. Nada más. 

 

 

 

DIALÉCTICA DEL REALISMO PSÍQUICO Dos cuestiones previas. Mis buenos camaradas de Orko-pata me manifestaron ayer, después de mi primera conferencia, que a ellos más les habría complacido oírme discurrir sobre el tema de la Dialéctica del realismo psíquico, Alfabeto del incognoscible, que dar lectura de las treinta páginas de ella. Ciertamente, eso habría sido inclusive más placentero. Pero yo soy devoto contrito de toda norma disciplinaria. Y los Chaskis tienen establecido que toda conferencia en su seno debe ser previamente conocida por sus miembros directivos; sin que esto importe limitar la libertad de expresión del conferenciante. Esa es la razón por la que en esta misma operación de exégesis, yo me someto con agrado a la norma. Y otra, la más importante. Una dama hermosa y gentil se me allegó ayer y me dijo que, lamentablemente, ella no estuvo a la altura de los temas tratados, y que de la conferencia había entendido poco. Es necesario que yo exprese con todo afincamiento que reconozco tales temas abstrusos, y que darles expresión asequible al demos mayoritario, no es tarea propia y menos factible. Pero, es que aquí estamos frente a otra cuestión grave en suma medida. Los hechos –y yo pretendo discurrir con ellos y en su materia– no son discutibles: tienen que poseer la rotunda verticalidad de la vida y cuando no se entiende la fraseología dialéctica, el hombre que oye debe buscar si oye con el sentimiento. Es decir, si en la conciencia se le hace sensible la materia de la exposición. Cuando digo los muertos no están muertos, he, reciamente, lanzado una proposición insólita. Y cómo lo demuestra usted, se me dice. La palabra humana no da para estas demostraciones. Entonces respondo: tienen que responder ellos –los muertos– ¿Y cómo? ¿Cómo? Hablando. Si están vivos pueden y deben hablar. Oímosles pero no con los oídos de la inteligencia, sino con los de la entraña. Si están en parte alguna, digo yo que es en nosotros donde están, porque es en nosotros que los sentimos. ¿Dónde nos duelen? ¿Dónde lloramos lo que fue nuestra adoración? En el corazón. ¿O no es en el corazón que sentimos la ausencia de nuestros muertos? Sí, en él es. Entonces, digo yo a la dignísima señora que me honró con su amable confidencia: de qué le serviría, señora, haberme entendido, si siente usted que es como yo afirmo, que es en su noble entraña donde los muertos se hacen manifiestos. Ya estamos acá frente a un problema gnoseológico subitáneo. El verdadero conocimiento de la realidad no puede venir de la inteligencia, sino del sentimiento, es decir de la capacidad sensorial de la naturaleza humana. Transportémonos a Alejandría, ese foco del África de donde parten las irradiaciones del misticismo cristiano, y vemos en los desiertos la tragedia del místico. Él se recluye en una cueva y en ella sufre las torturas del Demonio que le asedia en la figura del Súcubo, el alma torturada por las psicosis genitales, y ya es la hurí de floral epidermis, la niña desnuda que se le ofrece. Y el asceta concibe que son formas demoníacas del enemigo del alma que trata de sumirlo en los vertiginosos abismos del mal… Pero, allí hay un filósofo que siente el mismo asedio, y ve las mismas figuras infernales que ya le arrastran al delirio de la locura. Pero tiene la suficiente serenidad y objetivismo para comprender que esas naturalezas son individuos de un orden genético, y se aplica la medicina más grotesca, si se quiere, pero la única acorde con la realidad sensorial: se yugula. Y las visiones y tormentos desaparecen. Esto entiendo yo por la Dialéctica del realismo psíquico. Proclo se llama ese filósofo, como el de la Tesalia se llama el famoso Antonio de Como. Si San Antonio hubiese poseído el sentido realista del teólogo que fue Proclo habría curado de su mal como este lo logró. Este hecho de la realidad está señalando que el verdadero conocimiento de la realidad íntima del mundo interior de la conciencia humana no puede ser abarcado por los inteligibles puesto que estos son el idioma de entes enfermos que crean en la naturaleza conciencial del hombre, un mundo ficticio del cual se valen para dominar a prójimos ya como Súcubos o Incubes, y es lo mismo decir Demiurgos o Daimones. Revisar esto en centón de las teodiceas de todos los pueblos es encontrar en los símbolos de la demonología arábiga o helénica la confirmación de que la realidad del mundo interior humano está constituida por la presencia de los muertos en la sangre y la naturaleza medular de los vivos. Cuando tenga yo la suerte de lanzar al conocimiento de mis amigos el texto del libro Resurrección de los muertos, estoy seguro de que estas breves anticipaciones serán definitivamente comprendidas. Pero, no sólo la hagiografía, esto es la biografía de los santos, nos revelará la realidad, sino el análisis de la Metafísica, y el análisis metafísico de la poesía de los hombres demostrará que los muertos no sólo existen en nosotros, sino que se han estado expresando a través de los milenios sin que se llegase a entenderlos por no saber sentirlos. Entre esas expresiones recientes, tenemos que tomar en cuenta unas del filósofo francés Sartre, quien en su biografía, de la cual ha entregado ya una primera parte, manifiesta que él no morirá; mas permanecerá entre los hombres convertido en un corpúsculo magnético, un estallido microscópico de estrella, viviendo con ellos, dueño de una conciencia viva, actual, filosófica y política. Así es en efecto. Pero es que el ateo Sartre, materialista de cátedra, juzga que su Yo, su ego, es la forma en esencia de su materia, y no obstante repudiar las especulaciones místicas, que son de la misma índole, ignora que ese Yo, es sólo el genes, la semilla del hombre, como reveló Proclo sin haberlo entendido. Es, pues, la simbología de El Pez de Oro nada más que la dramatización de ese individuo genital al que se ha dado el nombre de alma, y es el principio dinamogénico de la naturaleza germinal del Universo, y es su naturaleza de conciencia, de eternidad de fruto. El Pez de Oro es el genes del Hombre del Tawantinsuyu; la Sirena, su madre, el símbolo de la naturaleza germinal del agua; su padre, el Khori-Puma, la raíz animal del hombre. Y ya tengo que decir a ustedes que la abuela de El Pez de Oro es la Pacha–Mama, que nosotros los orkopatas llamamos, la Mama– Khamak, la tierra fecunda que constituye la gleba universal de la vida. Entonces se verá fácilmente que, desde los versículos del primer capítulo hasta las puntualizaciones de los restantes, hay sólo la dramática de la raíz animal del hombre que lucha por recuperar la semilla de su hijo, El Pez de Oro, a quien la muerte intelectual le había amputado de la carne. Y si ese decurso se refiere no ya al problema universal e histórico del hombre, sino a los episodios del homicidio del Tawantinsuyu, se comprenderá que la batalla del Puma se dirige a levantar de la tumba el alma de la patria. Es claro que las imágenes de los retablos del Laykhakuy no todas infieren a morfologías zoóticas, y algunos vemos que son meramente esqueletos hómines; pero para la buena comprensión de sus formas se debe entender que allí donde aparece el hombre es porque está viviendo su naturaleza humana, y allí donde aparece humano está viviendo su naturaleza animal. ¿Esto se dirigirá, pues, a deprimir la dignidad del hombre? Nunca. No puede deprimir al hombre su realidad; porque es su realidad cuanto puede suministrarle salud orgánica y acuidad de conciencia; ya que pretender que el hombre sea sólo posible en una proposición silogística es borrarle del orden de la vida, la cual es en lo que es y no en lo que el alma enloquecida de los espíritus sostiene que sea. Creo que con las puntualizaciones que he brindado ayer y las de ahora, ya el lector de El Pez de Oro se hallará en condiciones de entender las simbologías de su dramática. Mas, debo responder a la observación que se me ha formulado con mucha sindéresis. ¿Por qué –me dijeron nuevos amigos– pudiendo usted exponer en la trama de su libro las cosas como ahora plantea, optó por dejar el acertijo para la fatiga de quienes se interesan por su obra? Mi respuesta es simple, y creo que honesta. Porque El Pez de Oro es para mí también una experiencia, La experiencia de encontrar una escritura en el momento que está diciendo Yo, en el momento que está expresando su ego. Los temas que él trata no son nuevos, aunque sí muy viejos. Y su presentación simplemente dialéctica y sus conclusiones no habrían arribado sino a conclusiones silogísticas, felices en el mejor de los casos. Y hoy no se trata de la fortuna de un libro literariamente juzgado, sino de buscar demostraciones en la experiencia. No es esta una hazaña proselitista, ni vengo a buscar la formación de una capilla teúrgica; vengo a decirle al hombre, a descubrir en él la realidad de su conciencia, y conocer allí si los hechos pueden determinar la realidad de su naturaleza, o las ideas, esa creación espirita de la filosofía que acabó haciendo del hombre un ente de razón sin raíces en la biología y con un infierno en el corazón, en el cual fermentan todas las pasiones abyectas, lacerando la carne humana actual y ahogando en detrimento y vaciedad y odios a las conciencias nobles de nuestros muertos que sufren ese infierno. Pero, hágaseme el honor de entenderme que esta planificación empírica de la realidad del subconsciente, que llamaba el psicólogo Jung, no se dirige a sectarismo alguno, ni pretende ponerse frente a las religiones y la fe de las gentes. Es un llamado, sin apostolado alguno, al hombre para que, por su cuenta, sin valerse ya de agentes condicionados, se resuelva a su conciencia, no responda a dinamogénicas teúrgicas, sino a leyes propias a todos los seres de la Naturaleza. Y enfrentado a ese problema responderán los hechos, aunque el Verbo de los inteligibles enmudezca para siempre… Y ahora, soy todo oídos para responder al compromiso de la mesa redonda que inaugurará el señor secretario de los Chaskis, a quienes rindo mi más profundo agradecimiento por la oportunidad que me brindaron de hablar desde este altoplano del Titikaka, a los míos y al hombre, al hombre que vemos y al que no vemos, aquel que desde nuestros ojos está mirando el decurso de este carromato desvencijado, que conduce el Diablo, y que se llama la Historia del Hombre.   





viernes, 11 de octubre de 2024

Condensación y desplazamiento III

 

Condensación y desplazamiento III

"... la esencia de los mortales está llamada a la atención vigilante al exhorto que los manda entrar en la muerte. Ella, como extrema posibilidad del estar mortal, no es el fin de lo posible sino el supremo macizo-albergue (...) del misterio de la llamada del desocultamiento."

M. Heidegger 

 

 

El anticristo proviene de lo que viste en el espejo, si ponemos nuestro ojo en el dador de vida, pues nuestro camino se hace más claro pero no perfecto. Comentas que todo está en movimiento y permanente cambio pero Dios no, sus planes son perfectos y el no tiene plan B, no nesecita de ello, su creación no es una improvisación y se que lo comprendes. LOS CIELOS y LA TIERRA pasará, pero mis palabras no pasarán mateo 24:35. Por otro lado la fe viene de Dios y la razón también por lo tanto no puede entrar en contradicción, por eso el nacer de nuevo se crea una metanoia que se direcciona a la voluntad del padre. 

 

Quisiera que me comente más de lo que sabe, porfavor no deje de escribir, bendiciones 

 

Que belleza tus palabras hermano, se que cuando miras el espejo ves una exterioridad pero en el espejo se revela el otro lado del fenómeno, se que piensas que Dios no se mueve, pero solo se podría no mover si es el movimiento mismos y se que piensas y no aconteces porque aun nos has pasado al otro lado del espejo, si pudieras  leer este link que te mando con atención quizás puedas sentir la suave brisa de Elías.

 

¿Cuál es la diferencia entre una noumenologia y una fenomenología?

 

En la fenomenología  hay una conciencia proyectada intencionada, es decir hay un yo mientras que en la noumenologia ese yo desaparece es traspasado al punto que no tenemos ningún sistema sino el campo ontológico aconteciendo. 

 

Así si hay una voz metafísica activa

Yo (sustancia) hago (accidente) 

Hay una vez pasiva fenomenológica

Eso me hace (Dasman) eso me hace acontecer (Dasein)

Hay una voz neutra donde acontece y desaparece lo real y la realidad.

 

Hegel hizo fenomenología de la autoconciencia  que solo es posible dialécticamente

Pero cuando paso a la ciencia de la lógica Hegel hizo noúmenologia 

 

Heidegger  hizo fenomenología  en ser y tiempo pero cuando se interna en la poesía develando el logos hace noumenologia sabiendo al hombre como pastor del ser.

 

Esto queda mucho más claro en  la escuela de Kioto:

 

En 1771, a la edad de veinticinco años, sir William «Orientah Jones, a quien debemos la primera hipótesis de lenguas indoeuropeas, escribió en las primeras páginas de su gramática persa: Algunos hombres nunca han oído hablar de los escritos asiáticos y otros jamás se convencerán de que haya algo de valor en ellos ... A todos nos encanta excusar o encubrir nuestra ignorancia y rara vez estamos dispuestos a permitir alguna excelencia más allá de los límites de nuestros propios logros; igual que los salvajes, que imaginaron que el sol salía y se ponía sólo para ellos y no podían imaginar que las olas que rodeaban su isla dejaran coral y perlas en cualquier otra playa!. Doscientos años después, el juicio del famoso lingüista sigue sonando juvenil y romántico para una gran parte de la tradición intelectual de Occidente, que continúa pensando de sí misma que es la medida de todo conocimiento humano y piensa en las tradiciones de Oriente como una derivación de ella. El número creciente de jóvenes académicos que bucean en las lenguas originales y en las historias del subcontinente indio, Corea, China y Japón nos abre a la esperanza de poder borrar los últimos vestigios de esa mentalidad anticuada. La vida del filósofo japonés Keiji Nishitani (1900-1990) marca el siglo en el cual ha tenido lugar este cambio transcendental, al traer filosofía y religión de Oriente a Occidente y viceversa, en un diálogo como nunca antes había tenido lugar en la historia espiritual del mundo. La Escuela de Kioto Junto con Kitaro Nishida (1870-1945) y Hajime Tanabe (1885-1962)  

 

Nishitani es el tercer pilar en una línea de pensadores originales que han ocupado cátedras de filosofía y religión en la Universidad de Kioto y que han llegado a ser conocidos como la «Escuela de Kioto)}: la primera presencia de Japón en la filosofía mundial • La historia de la filosofía occidental empezó a conocerse en Japón hace poco más de cien años, con la apertura general del país en 1859, después de dos siglos de aislamiento del mundo exterior. El interés por las ideas occidentales que habían permanecido candentes durante el dominio del sistema feudal cobró vida de nuevo y con gran pasión. Como símbolo del cambio se inauguró en seguida un proyecto para traducir, aunque fueran mal asimilados, más de 30.000 «clásicos)} de la literatura occidental, y en 1862 el primer grupo de dieciséis estudiantes jóvenes fue enviado a estudiar a Europa• Algunos de los que se concentraron en el estudio de la filosofía se sintieron atraídos por las corrientes del neokantismo y neo hegelianismo, mientras otros se encaminaron al estudio de la filosofía griega, medieval y moderna. A partir de 1877, algunos profesores europeos fueron invitados a enseñar en las universidades de Japón. De esta manera, las ideas filosóficas de Occidente llamaron la atención de la generación joven del nuevo Japón. Pensadores budistas ansiosos de «modernizar» su pensamiento fueron de los primeros en volver sobre la tradición intelectual japonesa a la luz de estos acontecimientos. Aunque la mayor parte del trabajo de estos pioneros fuera prematuro y careciera de sentido crítico, trazó un derrotero que al cabo de una generación daría como fruto a su primer pensador original en la persona de Nishida. Los escritos de Nishida marcaron el tono de la Escuela de Kioto en dos sentidos: primero intentó ofrecer una contribución netamente oriental a la tradición filosófica occidental, por medio del uso de conceptos clave budistas en relación a preguntas filosóficas perennes; y segundo, trató de enriquecer la autocomprensión budista sometiéndola a los rigores de la filosofía europea. El catalizador que decidió a Nishida a ponerse en camino hacia una filosofía propia se desarrolló durante los diez años que permaneció sentado en meditación bajo la dirección de un maestro zen, que le había asignado el koan mu: nada». A pesar de que la variedad de sistemas de ¡ pensamiento zen no parecen haber influido en la maduración de sus ideas filosóficas como tales, la disciplina de la meditación fue decisiva para él. Por un lado, convenció a Nishida de que la filosofía no comienza por saber cosas a través de una lógica objetiva, sino por conocer cosas a través de la experiencia «inmediata» o «pura». Por otro lado, le mostró que la filosofía no acaba en la inefabilidad de la experiencia inmediata, sino que desde allí tiene que empezar a expresar lo más claramente posible la estructura de la realidad y el lugar del significado y la acción humana dentro de ella. Pues si las puras ideas trasplantadas de la filosofía occidental tienen que echar raíces en la experiencia vivida del Japón, también el tipo de experiencia pura cultivada en la meditación budista tiene que madurar hasta la auto expresión, bajo el ojo crítico del pensamiento filosófico. Nishida nunca dejó Japón para ir al extranjero, pero alentó a comienzos de los años veinte a su joven discípulo Tanabe para que realizara su sueño de ir a Alemania, y pudiera estudiar con Husserl, Cohen y Natorp, y además se acercara a Heidegger. El carácter religioso de las preocupaciones filosóficas de Tanabe no estaba asociado a ninguna secta budista: a diferencia de Nishida, sin embargo, se decantó hacia el Soto zen de Dogen más que al Rinzai zen, centrado en los koan, para más tarde dirigirse de forma entusiasta al budismo de la Tierra Pura y al cristianismo por su inspiración filosófica. El factor unificador para Tanabe fue la lógica y la dialéctica de Hegel. Nishitani, alumno de Nishida y de Tanabe, que también había estudiado en Alemania, ya se había sentido atraído por Nietzsche 

desde su juventud, una influencia que perduró toda su vida. Igual que en el caso de Nishida, la conexión primaria de Nishitani con el budismo fue el zen, tanto el Rinzai como el Soto. Al igual que Tanabe, Nishitani se sumergió profundamente en el pensamiento cristiano, principalmente por medio de la lectura de los místicos y de los existencialistas europeos. A pesar de la presencia constante de la historia intelectual de Occidente en los escritos de la Escuela de Kioto, donde se instruyeron estos filósofos, y de su insistencia en el papel que el pensamiento japonés tenía que representar en el foro mundial de la filosofía, el contacto personal con filósofos contemporáneos fuera de Japón estuvo prácticamente ausente durante el periodo formativo en el contexto de la Universidad de Kioto. El diálogo con la filosofía occidental fue meramente libresco, pues ni solicitó ni llegó a atraer la atención de la comunidad filosófica de Europa y los Estados Unidos, por no mencionar la de los propios países asiáticos. En parte este enclaustramiento fue debido a la inaccesibilidad, hasta hace poco, de las obras de estos filósofos en las lenguas occidentales. Otro factor que dificultó esta apertura fue la suposición más o menos tácita de que sólo el Oriente budista, y quizá sólo Japón como único país empeñado libremente en la modernización y fuera de las presiones de las reglas coloniales, estaba en condiciones de generar una filosofía que pudiera tender un puente entre el Oriente y el Occidente. El lanzamiento de la Escuela de Kioto, y por lo tanto de la filosofía japonesa, en el foro mundial, no fue el resultado de determinados esfuerzos de los filósofos mismos o de sus discípulos en Japón, sino de iniciativas tomadas por filósofos y estudiosos de la religión occidentales. Una cierta cantidad de traducciones en años recientes, así como también una oleada de jóvenes estudiosos de países occidentales capaces de leer los textos originales y de conversar en japonés, ha atraído la atención del mundo hacia esta filosofía e incitado a una reanimación del interés por el pensamiento de la Escuela de Kioto en Japón. Irónicamente, sólo después del fallecimiento de Nishida, Tanabe y Nishitani, la filosofía de la Escuela de Kioto ha podido sobrepasar la etapa en que fue un acontecimiento casi exclusivamente japonés, en el que habían participado unas pocas personas conocedoras del idioma, para presentarse en un foro común de ideas en el cual filósofos de todo el mundo pueden dialogar y debatir. Sin embargo, debido al relativo enclaustramiento de los filósofos de la Escuela de Kioto y a la falta de crítica directa por parte de sus contemporáneos extranjeros, su pensamiento fue lo suficientemente libre para tomar directrices nuevas, cosa que tal vez no habría sido posible bajo la vigilancia de ojos extraños. Del mismo modo, la falta de afinidades entre su propio lenguaje y el griego y latín de la antigüedad, como también la falta de comprensión por parte de sus coetáneos del vocabulario inventado para traducir la terminología filosófica occidental, dio un sabor enteramente diferente al marco lingüístico dentro del cual trabajaron. Pues las palabras filosóficas que estos pensadores tomaron prestadas de Occidente fueron en general traducidas sólo por su denotación literal, sin prestar atención a las connotaciones que yacían bajo la superficie, a los sentimientos, la historia y las alusiones literarias que estas palabras muchas veces abarcaban. En este sentido, a pesar de sus logros respecto a un pensamiento radicalmente vernáculo, el lenguaje de la Escuela de Kioto siguió siendo tan extraño para el lector en general como el resto de la filosofía occidental. Por otro lado, la etimología y las resonancias históricas de los caracteres chinos motivaron al filósofo japonés asociaciones distintas que dirigieron su pensamiento en otras direcciones. Mucho antes de que los trabajos de Heidegger fuesen traducidos al inglés, y mientras en Occidente se empeñaban en diatribas sobre cómo resolver sus juegos de palabras en la traducción, la filosofía japonesa mostró su disposición natural para intentar introducir en la filosofía el maravilloso mundo dentro de los mundos del lenguaje. El resultado es que la mayor parte de las connotaciones de la lengua vernácula han tenido que ser sacrificadas al traducir sus escritos a idiomas occidentales. Las purgas de la inteligencias  que tuvieron lugar tras la posguerra causaron un cierto estigma al nombre de la Escuela de Kioto debido a su supuesta colaboración con el gobierno militar. Pero con el paso del tiempo un examen más minucioso de esos acontecimientos, así como también la recepción entusiasta de traducciones de sus escritos a idiomas occidentales, contribuyeron a darle un juicio más equilibrado. Hoy día su filosofía es aceptada como una aportación importante a la historia de la filosofÍa mundial, y sus elementos «nacionalistas» son más bien reconocidos como secundarios, o al menos como una trivialización no necesaria a sus inspiraciones fundamentales 

A lo largo de su búsqueda fIlosófica, y no obstante las vicisitudes políticas y sociales, jamás hubo ningún intento de separar filosofía  de religión. Además, respecto a Tanabe y Nishitani, podemos decir que el cristianismo estuvo siempre presente en su pensamiento fIlosófIco. Hablando de su relación con el cristianismo, Tanabe se refIrió a sí mismo en 1948 como un cristiano en curso que nunca llegaría a ser un cristiano de hecho. Nishitani habló más tarde de sí mismo en términos semejantes: ein gewordener Buddhist y ein werdener Christ5• Las demarcaciones de fIlosofía y religión que caracterizan la tradición intelectual de Occidente caracterizan a estas filosofías, en general, por su ausencia. En este espíritu, los fIlósofos de la Escuela de Kioto tendieron sus puentes hacia el Occidente tanto en la filosofía como en el cristianismo sin abandonar nunca su matriz natal del pensamiento budista.

 

El camino de Nishitani a la filosofía Mucho más que Nishida y Tanabe, Nishitani hace girar su pensamiento en torno a un eje mundial. Sobre todo en sus últimos años, muchos fIlósofos extranjeros fueron a visitarle y a gozar de su cordial acogida. Más de un académico fue a su pequeña casa en Kioto para estar durante horas debatiendo con este simpático anciano. Como Tanabe, Nishitani había estudiado en Alemania y más tarde, ya mayor, viajó varias veces a Europa y a los Estados Unidos para dar conferencias. La feliz combinación de la publicación de su trabajo principal, Shükyo to wa nani ka, traducido al inglés (Relígion and Nothingness, 1982) y al alemán ( Was ist Relígion?, 1982), el creciente número de académicos occidentales capaces de leer con fluidez los textos originales y el enorme genio encantador del mismo Nishitani, ayudó a llevar el pensamiento de los fIlósofos de Kioto a una audiencia más amplia. Sin embargo, dadas las tendencias de la fIlosofía continental y norteamericana contemporáneas, fueron los teólogos y los estudiosos del budismo los más atraídos por las ideas de Nishitani. Sólo después de su muerte, lugares más próximos, como Corea, Taiwan y Hong Kong, comenzaron a mostrar interés por él y por los otros filósofos de la Escuela de Kioto. A pesar de todos sus sentimientos cosmopolitas, Nishitani mismo siguió a Nishida y Tanabe al mostrar preferencia hacia los países de Occidente, como habían hecho virtualmente todos los fIlósofos japoneses desde la era Meiji. El «eje mundial» del pensamiento de Nishitani no se define tanto por la geografia y la apertura a otras culturas cuanto por un empeño en proteger la nobleza de nuestro común espíritu humano contra los empobrecimientos que acompañaban el avance de la civilización global. Al defenderse contra la Inquisición, Galileo habló sobre lo que ha vuelto a ser la suposición central de la ciencia moderna: «No pregunto cómo se va al cielo», dijo, «sino cómo va el cielo». Fue una dicotomía que Nishitani nunca aceptó. No solamente Occidente se ha equivocado al separar la fIlosofia y la religión, sino que también la separación de la búsqueda religiosa de la científIca le pareció fundamentalmente equivocada. Todo lo que se refIere a la existencia humana, insistía, tiene su dimensión religiosa. La ciencia es siempre una empresa humana al servicio de algo «más» que la ciencia misma. Cuando el elemento existencial se ha sacrifIcado en la búsqueda de la certeza científIca, «lo que nosotros llamamos vida, alma y espíritu -incluyendo a Dios- tienen su casa corrompida». La respuesta de Nishitani al desafio no fue la de superar la mera preocupación psicológica por un yo verdadero, sino la de insistir que es sólo en el paisaje interior o terruño del yo verdadero donde los hechos concretos de la naturaleza «se manifIestan justo como son, en su verdad más grande». La preocupación por el yo verdadero, un tema central en la historia de las ideas budistas, alcanza con Nishitani su punto más alto en la Escuela de Kioto. Él lo consideró el punto focal del trabajo de Nishida e interpretó la filosofía de Tanabe como una variación del mismo tema'. En relación con esto, sus propios escritos sacan a la superficie, a través de alusiones textuales y confrontación directa con los textos originales, muchos de los elementos zen de los escritos de Nishida. Los esfuerzos de D. T. Suzuki por extender el zen a través del contacto con el budismo de la Tierra Pura también reverberan en los escritos de Nishitani, aunque no tan profundamente como en Tanabe. Además, Nishitani se dirigía directamente a la teología cristiana tanto para buscar inspiración como  para aclarar su propia posición religiosa en relación con la occidental. Quizá el estímulo más fuerte para que Nishitani ampliara la perspectiva fllosófica de Nishida fueron los libros de Nietzsche, cuya sombra queda siempre en el fondo como una inteligencia gris. La fuerte impresión recibida al leer Así habló Zaratustra durante sus años universitarios, le dejó a Nishitani dudas tan profundas que, al final, sólo una combinación del método filosófico de Nishida y el estudio del budismo zen pudieron salvarle de una incapacitación tota• Como académico Nishitani había traducido y comentado obras de Plotino, Aristóteles, Boehme, Descartes, Schelling, Hegel, Bergson, y Kierkegaard, todos los cuales dejaron una marca en su pensamiento. Pero cuando leía a Nietzsche, como también a Eckhart, Dgen, Han-shan, Shih-te, los poetas zen y el Nuevo Testamento, lo hacía a través de la lente de sus propias y eternas preguntas espirituales, lo cual convirtió esas lecturas en algo poderoso y atractivo. Los fundamentos del acercamiento de Nishitani al yo verdadero como una idea filosófica están presentes en un primer libro sobre «la subjetividad elemental». Este término (que él mismo introdujo en el japonés al traducir a Kierkegaard) no era del gusto de Nishida, pero la meta de Nishitani no era diferente a ésa de su maestro: crear la base filosófica para una existencia individual total y válida, que serviría de base para una nueva existencia social, para el avance de la cultura humana, y para una superación de los excesos de la edad moderna. Escrito a la temprana edad de cuarenta años y bajo la influencia dominante de Nishida, esta obra contiene en germen su propia posición madura como filósofo. Al igual que con Nishida, el talón de Aquiles de la postura sumamente individual de Nishitani para con la historia fue su aplicación a problemas de la historia actual. En un intento de prestar apoyo durante los años de la guerra del Pacífico a elementos de la marina y del gobierno que quisieron poner una cierta dosis de sobriedad a las payasadas dementes del ejército japonés en Asia, sus comentarios sobre el rol de la cultura japonesa en los otros países de Asia se mezclaron fácilmente con las peores ideologías de la época, y las distinciones sutiles que para él -como para Nishida y Tanabe, que fueron arrastrados por el mismo remolino- eran tan importantes, inspiran hoy poca simpatía a la luz de los 

 

 

(hay que escribir una pagina) 

 

 

timo» sigue estando centrado en lo humano y por lo tanto queda incompleto. Entonces uno se entrega a sí mismo enteramente a la duda, así que la tragedia de la existencia humana se muestra como síntoma de la tragedia total del mundo del ser y del devenir. En este punto, dice Nishitani, es como si una sima inmensa se hubiera abierto bajo los pies, en medio de la vida ordinaria -a saber, un «abismo de nihilidad». Filosofías enteras han sido construidas sobre la base de esta nihilidad, y Nishitani se lanzó con toda su alma al estudio de ellas, no con la meta de rebatirlas sino para encontrar la llave de lo que él llamó la«autosuperación del nihilismo». Llegó a comprender que debe ser permitido aumentar en la persona la conciencia de la nihilidad hasta que toda la vida se convierta en un gran signo de interrogación. Sólo con tal acto supremo, el de negar el significado de la existencia tan radicalmente y hasta el punto de que uno llegue a ser la negación misma y esté consumido por ella, puede tener lugar la posibilidad de su separación definitiva. La liberación de la duda que simplemente transporta a uno fuera del abismo de la nihilidad y lo devuelve a una Weltanschauung donde las cosas de la vida recuperan su sentido, no merece el nombre de liberación, protesta Nishitani. La nihilidad misma, en la plenitud de su negación, tiene que  ser confrontada cara a cara si uno pretende hacerla esclarecer como algo relativo a la conciencia y experiencia humanas. Con esta afirmación la realidad revela su secreto de una vacuidad absoluta que restituye el mundo del ser. En el idioma filosófico de Nishitani, «la vacuidad puede ser denominada el campo del "hacer ser" (Ichtung) en contraposición a la nihilidad, que es el campo de la "anulación" (Nichtung)>>II. En otras palabras, para Nishitani la religión no es tanto una búsqueda del absoluto como un despertar a la propia existencia humana, es decir, una aceptación de la vacuidad que abraza este mundo en su totalidad de ser y devenir. En esa aceptación -que representa una «apropiación encarnada»- la mente se ilumina tan brillantemente como le es posible. La realidad que vive y muere en todas las cosas que llegan a ser y dejan de ser en el mundo está «realizada» en el sentido total del término: uno participa en la realidad y por lo tanto sabe que uno es real. Éste es el punto de vista de la vacuidad. Como la vacuidad es considerada un «punto de vista», no se trata de un   terminus ad quem sino de un terminus a quo, es decir, la inauguración de un nuevo modo de mirar las cosas de la vida, un nuevo método para valorar el mundo y reconstruirlo. Para Nishitani la vida en su totalidad vuelve a ser un tipo de «doble exposición» en la cual uno puede ver las cosas tal como son y a la vez verlas transparentemente hasta su relatividad y transitoriedad. Lejos de embotd;r el propio sentido crítico, lo refuerza. Para regresar al caso de la ciencia, desde el punto de vista de la vacuidad el encaprichamiento moderno con los hechos y las explicaciones se manifiesta por lo que es: una santificación del yo imperial que voluntariamente sacrifica la realidad inmediata del yo verdadero a la ilusión de un conocimiento y control perfectos. La personificación o humanización del absoluto, como cualquier intento de refrenarlo dogmáticamente aun con el aparato más adelantado y las teorías más fidedignas, es a lo sumo una cura provisional del peligro perpetuo de estar abrumado por la nihilidad. Sólo una mística de lo cotidiano, sólo un morir-en-el vivir y vivir-en-el morir puede conducir nuestra conciencia a reconocer la verdadera vacuidad de lo absolutamente real. En general, hay que reconocer que Nishitani favoreció el término «vacuidad» (sáns., sunyata) más que «la nada absoluta» de Nishida y Tanabe. Eso se debe en parte al hecho de que su correspondiente carácter chino, el que se usa normalmente para «el cielo», le parece capturar la ambigüedad de una vacuidad-en-la plenitud que él pretende. En este acto de ver que es al mismo tiempo un hacer transparentar, uno se ha rescatado del egoísmo centrípeto de sí mismo y entregado al éxtasis de un «yo que no es un yo». AquÍ tenemos lo que Nishitani considera la esencia de la conversión religiosa. Nishitani siempre insistió en que, en principio, la conversión conlleva un compromiso con la historia. Aunque valorizó, repitiéndolo a menudo, la correlación zen entre la «gran duda» y la «gran compasión» Los caracteres chinos para ambos términos tienen la misma pronunciación en japonés, daihl), sus escritos posteriores contienen numerosas censuras del budismo por su «rechazo despegado del mundo y de entrar en los asuntos de la sociedad humana», por su «falta de ética y de conciencia histórica», y por su «fracaso en no confrontar la ciencia y la tecnología». Sin embargo, en sus principales discusiones filosóficas sobre la historia, Nishitani tiende a criticar las perspectivas cristianas de la historia, desde la perspectiva de la vacuidad inspirada por el budismo, sin tomar en cuenta la mayor sensibilidad del cristianismo por los problemas de la moral actual. Según él la vacuidad o la nada no pueden llegar a ser plenas al doblar el tiempo periódicamente en sí mismo, como las estaciones que se repiten año tras año, o al ofrecer un principio evolucionista que apunta a un fin del tiempo en el cual todas las frustraciones de la nihilidad serán trastocadas, como se ve en el caso de la escatología cristiana. Nishitani concibió la liberación del tiempo como un tipo de tangente que toca el círculo de tiempo repetitivo en su circunferencia más exterior o que corta la línea recta de su progreso hacia adelante. Como Nishida, prefirió la imagen de un «ahora eterno» que atraviesa ambos mitos del tiempo para llegar al no-tiempo del momento del despertarse. Lo que el teísmo cristiano, especialmente en su imagen personalizada de Dios, gana por un lado en su capacidad de juzgar la historia, por otro lado muchas veces lo pierde por su fracaso en entender la omnipresencia del absoluto en todas las cosas justo como son. Para Nishitani la postura de la vacuidad perfecciona la dimensión personal de la vida humana al añadir la dimensión de un amor impersonal y sin diferenciación. Él ve este amor en lo que la cristiandad reverencia en un Dios que hace que el sol ilumine igual al justo y al injusto, y que se vacía kenóticamente en Cristo• Lejos de negar la conexión de k, absoluto con lo personal, es el énfasis en lo impersonal lo que le permite pronunciar en sus últimos escritos: «Lo personal es la forma básica de existencia»14. Situar a Nishitani en la historia mundial de la filosofía Para situar la contribución filosófica de Nishitani en la historia intelectual del mundo, no es suficiente con canalizar sus ideas por uno de los conductos familiares y compararle a lo que es ya familiar. Más bien resulta necesario el siguiente planteamiento: ¿Qué· tiene la filosofía que aprender de Nishitani? La prudencia del historiador de las ideas intenta evitar generalizaciones sobre 10 que pudo y no pudo haberse pensado sin los escritos de ciertos individuos. Sin embargo, es cierto que a través del pensamiento de Nishitani como también de Nishida y Tanabe el estudio de la filosofía occidental en Japón se vio enriquecido con temas de la propia tradición oriental. Por esta razón, la Escuela de Kioto representó un momento decisivo: la filosofía en Japón nunca podrá ser igual después de ella. La radicalidad de sus planteamientos, así como su propia elaboración en aquel mismo contexto intelectual hace difícil prescindir del conjunto de sus escritos. Por la misma razón, si un día la aportación del pensamiento oriental llegara a tener un impacto de proporciones similares en Occidente, los nombres de Nishitani y sus maestros figurarán de forma preeminente. Si hacemos extensiva esta misma pregunta al contexto de la filosofía occidental, ésta adquiere connotaciones más fuertes: ¿qué tiene que aprender de Nishitani que no haya podido formular por sí misma? Esta pregunta pone al descubierto una cuestión latente desde hace por lo menos un siglo, es decir, la posibilidad de que las lenguas, las literaturas, las religiones y las bellas artes del extremo Oriente contengan ideas y verdades que no han podido ser planteadas en el lenguaje característico de la filosofia de Occidente desde sus orígenes hasta sus desarrollos postmodernos. Para empezar a contestar a la pregunta es obvio que tenemos que escuchar la respuesta de Nishitani mismo sobre lo que la filosofía occidental necesitaba y no era capaz de alcanzar con sus propios esfuerzos y fuentes. No hay duda de que eso es precisamente lo que Nishitani mismo creía. El problema es que sus propias opiniones sobre el asunto no son enteramente fidedignas. Esto es lo que sucede precisamente con un conjunto de ideas acerca de la unicidad étnica japonesa, la interacción de culturas en un nuevo orden mundial y la praxis social. Pero estas opiniones privadas más bien debían ser consideradas desde su propio sistema conceptual, de su filosofía política y de su teoría de la cultura, aunque hoy a los occidentales -como también a muchos de los herederos de la filosofía de Kioto en Japón- nos parecen provincianas en contraste con lo que la Iluminación europea ha aportado al mundo moderno. Además hay otras ideas demasiado difíciles de apoyar críticamente para poder abrir perspectivas nuevas. En particular se piensa sobre la falta de comprensión del papel que juegan las relaciones interpersonales para engendrar demandas éticas, un papel cuyo descuido afecta a la interpretación de varias doctrinas cristianas centrales. No obstante, hay mucho más en su pensamiento, en verdad tanto más   que uno puede hablar de Nishitani sin tener que considerar esas ideas -es decir, considerarlas errores de juicio, descuidos, o a veces como simple falta de claridad- y aún aprender del cuerpo principal de escritos que él nos dejó. Esto no es diferente a la forma en que la historia de la filosofía ha tratado a sus pensadores más destacados a través de los siglos. Los más solícitos discípulos japones de la Escuela de Kioto, como también los detractores más fervientes, no deberían sentirse demasiado desilusionados al saber que en el mundo de la filosofía  aun las luces más brillantes proyectan sus sombras. El público para el que Nishida escribió fue enteramente japonés. Como Tanabe, jamás escribió un ensayo en un idioma extranjero o pensando en una audiencia occidental. Se puede imaginar que este hecho le causaba dudas acerca de la universalidad de su contribución. Desde el principio Nishida alentó a sus discípulos a que estudiaran en el extranjero, pero no los alentó a traducir o a hacer traducir sus trabajos a lenguas occidentales. Del mismo modo, se resistía a ser nombrado miembro de algún movimiento filosófIco extranjero. Con Nishitani la situación cambió. Dio conferencias en Europa y América, colaboró activamente con traductores de sus escritos y dio a entender que su meta era que su pensamiento fuera leído y criticado por filósofos occidentales. A diferencia de Nishida y Tanabe, aunque ya octogenario, desempeñó un rol principal dentro de Japón al animar discusiones con filósofos de Occidente. y no se puede negar la probabilidad de que sus coloquios con pensadores occidentales que trabajaban y enseñaban en Japón tuvieran un impacto en sus últimos escritos. En la base de todo eso, la pregunta sobre qué tiene que aprender el Occidente de la filosofía  de Oriente no fue secundaria para Nishitani. Si le hubiera sido preguntado a secas, la respuesta habría sido: Nada. Precisando más, la nada absoluta. Eso es L0 que la filosofía heredada de Occidente, la cual raramente sobrepasa una nada relativa tiene que aprender si quiere abrazar la filosofía de Japón. Aquí hace falta añadir una clarificación importante. De lo  que se habla aquí es de la filosofía, no de ideas budistas. Las dos no son inconexas, pero del mismo modo que la Escuela de Kioto no es el lugar adecuado para estudiar la filosofía  occidental, tampoco es adecuada para conocer el pensamiento budista en sus formas tradicionales. Las dos tradiciones aportan cada cual sus ideas, pero son re elaboradas de una forma tal que las ideas originales muchas veces permanecen sólo en forma derivada. Sin

 

duda uno puede preguntar qué tiene que aprender el pensamiento budista de los filósofos de Kioto, y de hecho mucho ha sido aprendido, pero esta pregunta queda fuera de este enfoque. Dicho eso, se pueden destacar tres aspectos principales de esa nada que Nishitani, junto con Nishida y Tanabe, presentan a la filosofía mundial con su aportación característica: Una manera de entender la sabiduría de Oriente. Aunque Nishitani pudiera haber sido un poco demasiado generoso en cuanto a su propia habilidad de representar el «Oriente» como tal, lo que nos ofrece es la promesa de presentar una parte del Oriente a una parte del Occidente. No se habla aquí de tomar algunas frases o conceptos de su tierra natal para trasplantarlos, en oposición a algo familiar, en nuestra tierra. Se trata más bien de luchar con el lenguaje y el contexto de ideas claves como no-yo, iluminación, no-hacer y vacuidad, y referir sus ideas a problemas perennes de la filosofía occidental. Puede ser que un día la lengua clásica china consiga estar en compañía del griego, francés, alemán, inglés y latín como una herramienta indispensable para el estudio de la filosofía. Pero antes de que esto se reconozca como problema, uno tiene que entender muchas cosas sobre lo que la sabiduría de Oriente puede ofrecer en cuanto a una perspectiva distinta en cuestiones fundamentales de filosofía. La Escuela de Kioto es una vía para este reconocimiento. Es como un remolcador que conduce lentamente a un buque a una nueva alta mar. Que yo sepa, no hay nada en la historia de la filosofía occidental que pueda considerarse capaz de desempeñar este papel. Una lógica nueva. Entiendo el término «lógica» aquí en el doble sentido de un modelo general para la organización del pensamiento y de un estudio de las reglas de relaciones entre conceptos particulares. En cuanto al primero, la lógica de la vacuidad, como la lógica de locus de Nishida y la lógica de lo específIco de Tanabe, ofrece estímulos para hacer preguntas que de otra manera no se plantearían. En cuanto al segundo, la común preferencia de los pensadores de Kioto por el copulativo soku, que sirve para relacionar ideas opuestas, en general, ha llamado la atención a gran número de pensadores occidentales en un modo y un grado jamás visto anteriormente. Y lo ha hecho no sólo en la crítica de la lógica aristotélica, sino en el aspecto positivo de construir una lógica para la experiencia religiosa  

bien conocido que la distinción entre la religión y la filosofÍa, como se dijo anteriormente, y que la filosofía occidental se ha esmerado en conservar, no es válida en muchas tradiciones de Oriente. Las obras de Nishitani, desde la filosofía, han hecho mucho para suprimir ese prejuicio. Mirando la pregunta más atentamente, se ve que los modelos de autotransformación que animan su manera de pensar difieren considerablemente de los clásicos modelos occidentales, sean filosóficos o religiosos. En lugar de pensar mediante metáforas de unidad con un Otro, de etapas en la via perfectiones, catarsis, el ascenso a la iluminación, etc., se habla del descenso a la nada, del abandono de la subjetividad, de la transcendencia de la razón, todo en el contexto de cumplir la vocación filosófica. Para aceptar a un pensador como Nishitani como maestro filosófico es preciso que las personas entrenadas en la tradición intelectual de Occidente posean una mentalidad abierta y generosidad para tolerar lo que parecen «malas» interpretaciones o al menos informaciones «erróneas» de la filosofÍa clásica y moderna. La importancia de lecturas equivocadas de textos clásicos es bien conocida en el mundo de los sabios budistas, pero no se tolera tan Facilmente en la tradición filosófica occidental. No se puede negar que la comprensión de Nishida para los escritos de James y Bergson, de Tanabe para los de Hegel, de Nishitani para Descartes y Aristóteles, dejan al lector con no pocas dudas sobre la habilidad de esos filósofos japoneses para navegar por textos extraños a su cultura e idioma. Al mismo tiempo, cuanto más se acerca uno a sus escritos, tanto más descubre una creatividad tremenda y una perspectiva encantadoramente familiar. Si Nishitani hubiera estudiado más la literatura secundaria sobre Kant, Descartes y Sartre, a lo mejor no habría emprendido un ataque tan directo contra la idea del yo transcendental; si hubiera leído más sobre la historia de la teología, a lo mejor no habría forjado su interpretación de la doctrina de la concepción inmaculada de María; etc. Para los que prefieren una postura paternal hacia los pensadores budistas y occidentales, no harán falta razones. Para los que buscan una fraternidad con el Oriente por medio de la vía filosófica, no hay camino mejor. La religión y la nada, el opus magnum de Nishitani, es también el primer libro suyo traducido al español, donde la Escuela de Kioto es prácticamente desconocida, y no se sabe cómo va a ser recibido. William James habla de las tres etapas clásicas en el desarrollo de una teoría. Primero es desechada como una tontería; luego es reconocida como verdadera, pero obvia e insignificante; finalmente, es reconocida como algo tan importante que sus adversarios iniciales adquieren fama por haberla descubierto. En este esquema hay que temer menos a los occidentales que por el momento rechazan las novedades de la Escuela de Kioto viéndolas como inmaduras y sin importancia filosófica, que a los que las abrazan con demasiado entusiasmo desde el principio. Aquéllos pueden ser corregidos con el tiempo; éstos sólo quedan desencantados. Hay que leer a Nishitani con sospecha y con ojo crítico, pero hay que leerlo. Y, desde luego, hay que abrir un diálogo con lo desconocido. Para Nishitani, en fin, ésta fue el alma de toda búsqueda filosófica y la única salvación del egoísmo y colectivismo que siguen amenazando a la civilización humana. James W Heisig.

 

 

 

 

Miras largo rato, y divisas, finalmente, mísera y ahumada tienda de nómadas; divisas el humito junto a la tienda; una quirguis, que por allí labora con sus ovejas. Todo aquello, pobre y salvaje, pero libre. Divisas algún pájaro por el aire azul, transparente, y largo rato, con tesón, sigues su vuelo: ya se cierne sobre el agua, ya desaparece de un aletazo, ya finalmente, se reduce a un punto apenas perceptible ... Hasta la pobre, mezquina florecilla del campo que me encontraba en primavera, precoz, en las quiebras de la pétrea ribera, fijaba como morbosamente mi atención• Como nos cuenta el mismo Dostoievski , éste es el único lugar en el que vio «el mundo de Dios, la limpia y clara lontananza , la despoblada y libre estepa»; al proyectar su mirada a través del inmenso espacio desierto, sintió que era capaz de olvidar su «propia tristeza». Las cosas que atraen la atención de Dostoievski -una espiral de humo, 

 

la mujer que cuida de su rebaño, la pobre tienda, el pájaro que vuela- son cosas con las que estamos en contacto en nuestras vidas cotidianas. Hablamos de ellas como cosas reales en el sentido corriente de la palabra, y de ahí pasan a nuestras teorías científicas y filosóficas. Sin embargo, no es frecuente que tales cosas comunes se conviertan en focos de una concentración tan intensa, que acaparen nuestra atención hasta un punto casi anormal. Ni tan siquiera surgen de la reflexión científica o metafisica. Cosas que acostumbramos a tratar como reales le potenciaron su realidad en una dimensión completamente diferente. Vio las mismas cosas que todos nosotros vemos, pero el significado de su realidad y el sentido de lo real que experimentó en ellas al percibirlas tan reales, son del todo diferentes cualitativamente. Así fue capaz de olvidar su propia desdicha y abrir los ojos al «mundo de Dios» 

 

 

Más tarde, en El adolescente y en Los hermanos Karamázov, Dostoievski nos dice que Dios puede ser hallado en una simple hoja al amanecer, en un rayo de luz solar o en el llanto de un niño. Esta forma de hablar sugiere una gran armonía entre todas las cosas del universo que las hace ser y las sostiene en dependencia y en cooperación mutuas, un orden místico que gobierna todas las cosas, por lo que Dios puede ser visto en las cosas más triviales. Podemos decir que éste es el contexto en el que las cosas cotidianas llegan a ser en el profundo sentido de lo real que tiene el autor. Sabemos por Memorias de la casa muerta que su peculiar sensibilidad estaba relacionada con la privación de la libertad de su vida en prisión; sin embargo, la experiencia de este sentido de lo real no requiere circunstancias tan particulares. Por el contrario, es una experiencia abierta a cualquiera y a todos. Es lo que han venido testimoniando los poetas y las personas religiosas de todas las épocas 

 

 

Considerar las cosas desde el punto de vista del yo es verlas siempre como meros objetos, es decir, examinar las cosas desde fuera de la esfera interna del yo. Esto quiere decir asumir una posición frente a las cosas desde la cual el yo y las cosas permanecen separados uno de otro. Este punto de vista de separación sujeto-objeto, u oposición entre interior y exterior, es lo que llamamos el campo de la conciencia. Y en este campo normalmente relacionamos las cosas por medio de conceptos y representaciones. Por tanto, por todo lo que hemos dicho acerca de la realidad de las cosas, éstas no pueden manifestarnos verdaderamente su realidad real. En el campo de la conciencia no es posible estar en contacto con las cosas tal como son, esto es, reconocerlas en su propio modo de ser y en su propio terruño. En el campo de la conciencia , el yo siempre ocupa la escena central. También pensamos en nosotros, en nuestros pensamientos íntimos, sentimientos y deseos como reales. Sin embargo, también aquí se ha de poner en duda si estamos en contacto de verdad con nosotros mismos, si nuestros sentimientos, deseos, etc. , se nos presentan como son realmente en sentido estricto y si deberían presentarse en su terruño y modo de ser propios. Estamos separados de nosotros mismos, precisamente \ porque siempre nos enfrentamos a las cosas desde un lugar separado de ellas y por la distancia que de esta manera obtenemos. 0, dicho en términos positivos, sólo podemos estar en contacto con nosotros mismos mediante un modo de ser que nos ponga en contacto con las cosas desde ellas mismas. Por supuesto, estamos acostumbrados a colocarnos frente a lo que está fuera y examinarlo desde dentro, y de este modo, a pensarnos como si estuviéramos en nuestro terruño y en contacto con nosotros mismos. Esto es lo que se llama autoconciencia. A pesar de que el yo, de hecho, es egocéntrico en su relación con el exterior, es un yo separado de las cosas y encerrado en su propio interior. Es un yo que continuamente se enfrenta a sí mismo de esta forma , siempre se coloca contra sí mismo, es decir, como una cosa llamada yo y separada del resto de las cosas. Éste es el yo de la conciencia en el que una representación suya , en la forma de una cosa u otra, está interviniendo siempre impidiéndole estar en su terruño real y verdaderamente. En la conciencia el yo no está en contacto consigo mismo real y verdaderamente, y puede decirse lo mismo en el caso de la conciencia interior de los sentimientos, deseos, y cosas parecidas. Efectivamente las cosas, el yo, los sentimientos, etc., son reales. Sin embargo, en el campo de la conciencia donde normalmente son tomados por reales, no están presentes en su verdadera realidad, sino tan sólo en forma de representaciones. Mientras el campo de separación entre interior y exterior no sea derrumbado y mientras no tenga lugar una conversión de este punto de vista, la ausencia de unidad y la contradicción que comentábamos antes no puede salvarse y prevalecerá entre las cosas que tomamos por reales. Una contradicción de este tipo se descubre, por ejemplo, en la oposición entre materialismo e idealismo; pero se presenta incluso antes en el nivel del pensamiento; está ya bajo la superficie de nuestro modo cotidiano de ser y de pensar. El campo que yace en la base de nuestras vidas cotidianas es el campo de la conciencia: de una separación esencial entre el yo y las cosas, dentro de la cual de ningún modo puede tener lugar un auténtico hacerse presente de la realidad. La realidad en este campo aparece tan sólo en forma fragmentaria, en forma de contradicciones en sí ineludibles 

 

 

Este punto de vista, que podríamos denominar mejor la autocontradicción de la realidad, ha ejercido sobre nosotros un control poderoso, sobre todo desde la aparición de la autonomía subjetiva del ego en los tiempos modernos. Esta aparición se muestra de una forma más enérgica en el pensamiento de Descartes, el padre de la filosofía moderna. Como es de todos sabido, Descartes establecía un dualismo entre la res cogitans (cuya esencia es e! pensamiento o conciencia) y la res extensa (cuya esencia es la extensión fisica) . Por una parte, situaba al ego como una realidad más allá de toda duda, que ocupaba la posición central respecto al resto de lo existente. Su cogito, ergo sum expresa el modo de ser de ese ego como afirmación egocéntrica de su propia realidad. Por otra parte, junto con esto, las cosas de! mundo natural aparecían como comportamientos sin vida en relación con el ego interior. Se convertían, por así decirlo, en un mundo de muerte frío y exánime. Incluso los animales y el cuerpo humano se pensaban como mecanismos. Podríamos decir que la visión mecanicista del mundo, y su transformación en algo inerte, estaba ya implícita en la identificación de Descartes de la materia con la extensión y en su consideración de esta extensión como esencia de las cosas. Esto posibilitó la imagen del mundo que encontramos en la ciencia natural moderna y descubrió la manera de controlar la naturaleza con la tecnología científica. Pero tuvo otras consecuencias. Para el hombre egocéntrico, el mundo llegaba a parecerse mucho a una materia prima; con el manejo de su gran poder y autoridad sobre el mundo natural, se rodeaba de un mundo frío y sin vida. Inevitablemente, cada ego individual se convertía en una isla solitaria y bien fortificada que flotaba en un mar de materia muerta. La vida de la naturaleza y de sus criaturas se extinguía; se secaba la corriente de vida que fluía en el interior de los hombres y de todas las cosas y que los mantenía en estrecha relación. La idea de la vida como un vínculo vivo había sido central en la visión del mundo precientífica, precartesiana. La vida entonces estaba viva no sólo en el sentido de las vidas individuales sino, al mismo tiempo y de una forma muy real, como algo que unía a padres e hijos, hermanos y hermanas, y de ahí a todos los hombres. Era como, si cada hombre individual naciera de la misma vida, como las hojas individuales de un árbol que brotan, crecen y caen una por una, y todavía comparten por igual la vida del árbol. No sólo los hombres sino todos los seres vivos pertenecían al gran árbol de la vida. Incluso el alma (o psique) no era más que el mostrarse de la vida: al aparecer como hombre, tomaba la forma de un alma humana; al aparecer como planta y animal, tomaba la forma de alma de aquella planta o animal , pues también se creía que las plantas y los animales tenían sus propias almas. También se pensaba que una afinidad comprensiva regía entre las almas del hombre y del resto, partiendo de que en el fondo la vida inculaba a todas las cosas individuales. Esta simpatía indicaba un contacto previo al de la conciencia y más inmediato, lo que significaba que apuntaba al campo del encuentro más inmediato entre hombre y hombre en el terreno de los instintos e impulsos que subyacen en todo pensamiento, sentimiento y deseo. Más aún, se creía que esta misma simpatía no existía únicamente entre los hombres sino entre todos los seres vivos. En otros términos, se pensaba que la conexión vital que unía a los seres individuales unos con otros aparecía como un campo de simpatía anímica entre individuos. Desde luego esta visión queda totalmente destituida por la moderna visión mecanicista de la naturaleza. Sin embargo, ¿es motivo suficiente para descartarla simplemente como anticuada? Una noche de verano, un mosquito vuela desde el exterior hacia mi 

 

 

 

habitación. Zumba alegremente, como si estuviera regocijándose por haber encontrado a su presa. Con un simple movimiento lo cojo y lo aplasto en la palma de mi mano y en ese momento final emite un sonido estridente de dolor. No hay otra palabra para describirlo: el sonido que emite es diferente del aullido de un perro o de los gritos humanos, pero en su esencia es el mismo sonido de dolor. Puede ser que cada uno de esos sonidos no sea más que las vibraciones del aire moviéndose en diferentes longitudes de onda , pero todos ellos poseen una misma cualidad o esencia que nos hace percibirlos como señales de dolor. Nuestra intuición inmediata del dolor en el sonido de un mosquito ¿no tiene lugar en el campo de la simpatía anímica?, además, ¿podríamos dejar de ver en esto la antigua creencia de que los animales tienen alma? En este sentido, independientemente de todo lo que defiendan los modernos fisiólogos mecanicistas o psicólogos funcionalistas ocupados en· intentar eliminar la noción de alma , no podemos sino decir que hay algo, incluso en los animales, para lo que no tenemos otro nombre que uno que nos ha legado el pasado: el alma. Por supuesto, tan sólo el hecho de decir en qué debe consistir ese algo es otro problema. Puede que ya no sea necesario pensar el alma como una sustancia especial. Quizás incluso no sea posible continuar pensando en ella como algo con existencia independiente que se aloja dentro del cuerpo. Este enfoque requiere considerar también el cuerpo como algo independiente, como un objeto inánime con una existencia propia separada del alma, lo que supone considerar al cuerpo y al alma como sustancias distintas y, por tanto, intentar determinar cómo llegan a unirse. También puede abordarse la cuestión en sentido contrario. Por ejemplo, Schopenhauer toma la «voluntad de vivir» como la «cosa en sí» y considera al cuerpo, en tanto que organismo, como la objetivización de esa voluntad, la forma bajo la que aparece al ojo humano. Bergson expresa una idea similar cuando dice que el cuerpo en su aspecto material representa un punto de relajación para la tensión inherente a la vida según avanza creativamente. En ambos casos los individuos aparecen como individualizaciones de algo más -ya sea voluntad o vida- que está trabajando en su interior. Ésta es otra forma posible de considerar el alma. En esta misma línea, los pueblos antiguos imaginaban que un alma podía adoptar sucesivamente una variedad de cuerpos animales diferentes, creencia que conducía a nociones como reencarnación y metempsicosis. Puede que queramos descartar tales ideas como fantasías extravagantes, pero deberíamos ver todavía tras ellas la concepción del alma a la que nos acabamos de referir. No podemos detenernos en la perspectiva de la vida preconsciente y .. de la simpatía que hemos descrito, aún incluso admitiendo que no podemos mantener contacto con la realidad en el campo de la conciencia y de la autoconciencia. De hecho, más de una religión se ha basado en el regreso a ese nivel preconsciente, pero en él resulta imposible conseguir un contacto más profundo con la realidad. En vez de regresar de este campo de la conciencia a uno preconsciente o subconsciente, necesitamos buscar un punto de vista nuevo que pase a través del campo de la conciencia derrumbándola, para ofrecernos un horizonte más amplio.  

 

 

Es un hecho incuestionable que hoy día nuestro yo es un ego de tipo cartesiano, constituido por la autoconciencia como lo que asegura el mundo y todas las cosas que hay en él. La vida, la voluntad, el intelecto, etc., se asocian al ego como sus facultades o actividades intrínsecas. Somos incapaces de concebir la subjetividad del individuo sin asignar al mismo tiempo a cada individuo su propio ego, completamente independiente e irremplazable. Designamos como sujeto a aquella entidad que de ninguna manera puede ser hecha objeto, o que nunca puede ser derivada de otra cosa, sino que más bien es el punto de partida desde el cual puede considerarse todo lo demás. La fórmula para expresarlo es, por supuesto, cogito, ergo sumo Sin embargo, esta frase célebre encierra un problema fundamental. De entrada, Descartes tomaba el cogito como una verdad evidente de forma inmediata, la única alejada de toda duda y que por ello podía servir como punto de partida para pensar todo lo demás. Puesto que el cogíto, ergo sum era evidente en sí mismo, no veía en él ningún problema; o sea, se quedaba satisfecho con pensar el cogito desde el campo del propio cogito. Sin embargo, ¿no reside aquí en efecto una dificultad? El cogito por su autoevidencia total ¿nos proporciona realmente un punto de vista adecuado desde el cual pensarlo?, ¿esta autoevidencia no necesita manifestarse en un nivel más elemental? Con esto no pretendo sugerir que el origen del cogito se explique en base a algo como la vida preconsciente de la materia aludida anterior

 

 

mente. Un enfoque como ése está totalmente alejado de la cuestión. El hecho de que lo que conoce deba generarse desde lo conocido, o constituirse por ello, es absolutamente inconcebible, ya que el conocimiento implica siempre una trascendencia de lo que es conocido. Tampoco sugiero que el cogito se explique por algo como Dios. No tengo en mente que el cogito pueda ser explicad", a partir de otra cosa, ya sea superior o inferior, y, en definitiva , reducido a ella. Más bien pretendo volver al fundamento de la subjetividad del cogito y considerar su origen desde un punto en el cual la orientación del sujeto hacia su fundamento sea más radical y vaya más al fondo que el cogito. El sujeto no puede surgir de algo objetivo. Cogito, ergo sum puede ser la verdad directa más evidente, pero ese campo desde el que pensamos el cogito debería ser el campo desde el cual el cogito es todo menos evidente. La vía que conduce a sacar a la luz el hecho evidente del cogito, lejos de ser una y única , no es más que una de las formas posibles de examinar el hecho mismo, un punto de vista filosófico entre otros. Más explícitamente, es la expresión de un modo particular de ser de la época, es decir, el modo de ser egocéntrico. En efecto, pensar el cogito, ergo sum partiendo del cogito, ergo sum -esto es, considerar la autoconciencia y su evidencia como reflejada en la esfera de la propia autoconciencia- sólo es natural para el ego que es sujeto del cogito. Podríamos decir, incluso, que este ego surge en un campo en el que la autoconciencia se refleja a sí misma a cada momento. Por tanto, la evidencia de la autoconciencia -el hecho de que el yo sea evidente para sí mismo- nos impone la necesidad de examinarla desde un campo que la trasciende.  

 

Como se mencionó antes, la evidencia del cogito no puede derivarse del campo de algo que sea completamente otro respecto al ego, ya sea este algo la vida, la materia o Dios. Pero porque este ego es considerado como autoconciencia que se refleja a cada momento y el cogito es considerado desde el punto de vista del propio cogito, se convierte en un modo de ser encerrado en sí mismo. En otros términos, el ego equivale al yo en estado de autoapego. Además, esto explica cómo surgen en el sí mismo problemas que tienen sus raíces en la esencia del modo de ser egoísta. Pensemos en la diversidad de dudas, ansiedades y demandas éticas, filosóficas y religiosas relacionadas con la esencia del modo de ser del ego. Por ejemplo, el egoísmo, la bondad y la maldad de la naturaleza humana , el mal radical y el pecado, la soledad y la pérdida de identidad en la sociedad, la posibilidad del conocimiento, y la búsqueda de salvación o liberación son cuestiones relacionadas con el modo de ser del ego que está centrado y absorto en sí mismo. Las cuestiones de este tipo y su propio modo de ser se convierten con el tiempo en interrogantes para el ego. Cogito, ergo sum es la más evidente de las verdades de forma inmediata pero, al ser considerada desde. el campo del cogito, resulta problemática y, en un nivel más fundamental, dudosa. Su autoevidencia se convierte en una especie de decepción o falacia para sí misma, ya que la comprensión del ego ha sido bloqueada desde su propio fundamento elemental. Este proceso se halla implícito desde el principio en el origen del propio ego. Por esta razón, la autoconciencia del cogito, ergo sum requiere ser pensada sin abandonar su subjetividad y proceder desde un campo, que he venido denominando elemental, más básico que la autoconciencia. Por supuesto, al decir pensar no me refiero al tipo de pensamiento objetivo común. Pensar el ego desde un campo elemental supone que el ego mismo descubre de forma subjetiva un campo elemental de la existencia en su interior. En otras palabras, se puede hablar de un ego que llega a ser un sí mismo realmente, esto es, un despertar elemental. Esta forma de pensar el cogito es pensamiento existencial: un pensamiento más elemental debe señalar un modo de ser del yo más elemental. Desde esta perspectiva, el cogito, ergo sum cartesiano puede asegurar su propia verdad sólo cuando se derrumbe el campo de la autoconciencia y se abra a través de un campo del sí mismo más elemental, pues donde esto no tiene lugar, el yo de esa autoconciencia llega a ser al final, para él mismo, falsedad y desilusión. Esta cuestión sale a la luz en la filosof1a antigua y de manera especial, y de un modo más acusado, en la religión. Por eso la religión es el descubrimiento de la problemática del modo de ser del yo cotidiano; en ello reside el significado especial que tiene la religión. En este sentido la religión también ha sido el camino de un gran ego cogito elemental para clarificar el ego sumo Para explicar esto de forma más concreta, intentaré comparar el método de duda que adopta Descartes para llegar a su cogito, ergo sum con la duda religiosa. La duda y la incertidumbre aparecen en la antecámara de la religión, pues son Visibles, por ejemplo, en las cuestiones mencionadas al principio de este capítulo referidas a la vida y la muerte del yo y a la trascendencia de todas las cosas que van y vienen en el mundo. La incertidumbre fundamental sobre la existencia de uno mismo y de los demás está contenida en el dolor por la pérdida definitiva de un ser amado. Esta duda adquiere diversas formas y se expresa de varias maneras. Por ejemplo, el zen habla del «hacerse presente de la gran duda». Su caracterización de «grande» parece depender, por algún motivo, del contenido de la duda misma. Seguramente el asunto de mayor preocupación, y el más elemental, es la condición de incertidumbre básica en cuanto a la existencia humana en el mundo y la existencia del yo y de los demás, así como el sufrimiento que implica. Como dice un refrán chino «nacimiento y muerte: el gran asunto». La palabra «grande», entonces, puede referirse también a la conciencia de nuestro modo de ser y a la manera de existir como respuesta a este «gran asunto». Este aspecto es el más significativo. Como se observó antes, despertamos a la muerte o a la nihilidad cuando las vemos en nuestro interior, como constitución de la base de nuestra vida y de nuestra existencia. Despertamos a su realidad cuando las vemos como la extensión más allá del dominio subjetivo, yaciendo ocultas en el fondo de todo lo existente, en el fondo del mundo mismo. Este despertar implica algo más que una mera mirada contemplativa a la muerte y la nihilidad; implica que uno realiza su presencia en su propia existencia a partir de la nihilidad en el fundamento de su existencia, desde la última frontera de su propia existencia. La realización de la nihilidad, según esto, no es otra cosa que la realización del sí mismo. No se trata de observar la nihilidad objetivamente, o de concebirla en una representación, más bien es como si uno mismo llegara a ser esa nihilidad, y, al hacerlo, la advirtiera desde los límites de su propia existencia. Por lo tanto, este despertar a sí mismo del que estamos hablando aquí no es autoconsciente, sino, más bien, es la explosión del campo de la conciencia y de la autoconciencia. La conciencia es el campo de relaciones entre las entidades caracterizadas como el yo y las cosas, es decir, el campo de los seres donde la nihilidad que yace bajo el fondo del ser permanece ocultada. En este nivel, incluso el yo en su subjetividad todavía es representado sólo como yo autoconscientemente, lo que le somete a un tipo de objetivación que sólo lo comprende como un ser. El yo es capaz de alcanzar una subjetividad que no puede ser objetivada en modo alguno sólo cuando derrumba el campo de la conciencia, el campo de los seres, y se sitúa en la base de la nihilidad. Ésta es la realización elemental,  que tiene un alcance más profundo que la autoconciencia. El yo llega a ser un sí mismo en un sentido más elemental cuando se sitúa subjetivamente en el campo de la nihilidad (uso el término «situar» y me refiero a la nihilidad como campo, pero de hecho, literalmente, no existe un lugar en el que situarse). Cuando esto sucede, el ser de uno mismo es anulado junto con el ser de todo lo demás. Anular no quiere decir que simplemente todo esté aniquilado, sino que la nihilidad aparece en la base de todo lo existente, el campo de la conciencia con su separación de lo interior y lo exterior es superada subjetivamente y la nihilidad se revela en la base de lo interior y lo exterior. Esta apertura de la nihilidad es una realización elemental de la subjetividad. La presencia de la nihilidad no es subjetiva en el sentido restrictivo de un fenómeno de la conciencia que se confronta con el mundo fenoménico objetivo. Tampoco es meramente un hecho psicológico. El hacerse presente de la nihilidad es más bien una presencia real de aquello que, de hecho, está ocultado en el fundamento del yo y de todo lo que hay en el mundo. Esta nihilidad se halla encubierta en el campo de la conciencia y no puede hacerse presente realmente; no obstante, al hacerlo, todo lo que se consideraba en ese campo como realidad externa e interna llega a ser irreal en su verdadera realidad: es anulado, pero no aniquilado. La existencia del yo y de todas las cosas se convierte en un signo de interrogación. Esta realización subjetiva elemental va más al fondo que la evidencia de la autoconciencia que se limitaba a sí misma, como una reclusión en sí misma. Es una conciencia que sólo puede emerger en la realidad de una Existenz que sobrepase los límites del ser, que resida en el más allá de lo que la psicología puede aprehender, en tanto que es, precisamente, todo cuanto hay en el más acá del sujeto. De esta forma, hablamos del yo como duda cuando derrumbamos y atravesamos el campo de la autoconciencia y el de los seres para aparecer en el de la nihilidad; en otros términos, cuando la propia existencia y el ser de todas las cosas son transformados en un signo de interrogación alejado de toda distinción entre interior y exterior (en un más allá que está más cerca que el más acá) . Esto es lo que podríamos llamar «el yo cuando duda». Aquí llegamos a algo fundamentalmente distinto de las dudas cotidianas que experimentamos con las cosas, o sea, con los asuntos objetivos. También difiere fundamentalmente de la duda entendida como un estado de conciencia. Me estoy refiriendo al momento en el cual la nihilidad, que   yace oculta como una realidad en el fundamento del yo y de todas las cosas, se hace presente como una realidad del yo, de manera tal que la propia existencia junto al ser de todas las cosas se convierte en una única duda. El yo llega a ser la gran duda cuando se diluye la distinción entre el que duda y lo dudado, cuando el campo de tal distinción es superado. La llamo «grande», porque su preocupación no se limita al yo aislado de la autoconciencia, sino que abarca al mismo tiempo la existencia del yo y de todas las cosas. Por tanto, esta duda no puede ser entendida como un estado de conciencia, sino sólo como una duda real que se presenta al yo en el fundamento del yo y de las cosas. Esta duda se presenta como realidad cuando surge de las profundidades del fundamento del yo y del mundo. Cuando se aparece al yo, lo hace inevitablemente fuera de todo control de la conciencia y de la voluntad arbitraria del yo. El yo en su presencia llega a ser duda, realiza la duda sobre la realidad. Esto es el «hacerse presente de la gran duda». A través de ella, el yo se apropia de la incertidumbre que reside en el fundamento del yo y de todas las cosas. También puede ser llamada «duda del yO)) , aunque no es el yo el que duda. En la terminología budista se conoce como la «duda de samadhú) (recogimiento). Por supuesto, en pocas ocasiones puede aparecer esta clase de duda de forma pura y radical, pero en todos los casos el patrón básico se mantiene idéntico: la duda del yo sobre una cosa u otra se refleja sobre sí mismo. Digamos, como ejemplo, que me siento vencido por la inquietud y la ansiedad porque estoy empezando a cuestionarme las ideas o la forma de vida que desde siempre había asumido como correctas; o el momento en que de repente la sinceridad de alguien que amo es puesta en tela de juicio -de esta forma , las propias dudas sobre algún asunto concreto conducen al estado de la aparición real de la duda en el yo, en el cual, el yo y el objeto de sus dudas se unen en el fondo uno con otro. Siempre que para el yo la duda llegue a ser existencialmente seria, y algo real, comportará el «hacerse presente de la gran duda)). En mi opinión, sólo es característico del modo de vida religioso el hecho de que se avance persistentemente en dirección a que la duda se convierta en una realidad para el yo y se le presente realmente. Ésta sería la diferencia básica entre la religión y la filosofía. Por supuesto una duda real de este tipo puede hacer su aparición en la skepsis filosófica, pero la filosofia tiende a transferirla al ámbito de la reflexión teorética y a buscar dentro de sus confines una explicación y una solución al problema 

 

 

Descartes se dedicaba a un proceso de duda metódica desde el principio, cuando estudiaba la posibilidad de dudar de todo ya que todo se nos presenta bajo la sospecha de ser un sueño ilusorio o el- truco de un genio maligno, y de este modo, al considerar que la propia duda era la única cosa fuera de toda duda, llegó a la conclusión (agito, ergo sumo El proceso de la duda metódica es, fundamentalmente, distinto del hacerse presente de la gran duda. La duda metódica no puede ser el tipo de duda en la que el yo y las cosas son transformados en una única duda; ni la duda que se hace presente al yo como la realidad básica del yo y las cosas, y tampoco es la verdadera realización que adviene dentro de uno mismo, en la cual el yo realiza (se apropia de) la incertidumbre fundamental del yo y de todas las cosas. A su vez , el (agito de Descartes no pasaba por los fuegos purgativos en los que el propio ego es transformado junto a todas las cosas en una única gran duda. El cogito era concebido, simplemente, desde el campo del cogito, y por eso la realidad del ego como tal no podía sino convertirse en irrealidad. La realidad del cogito y del sum, junto con la realidad de todas las cosas, sólo puede aparecer como verdaderamente real , al pasar por esos fuegos purgativos y atravesar LA NIHILIDAD   que se presenta en el fundamento del ego, pues únicamente entonces esta realidad puede ser actualizada y apropiada. Si estamos de acuerdo en que la filosofia cartesiana es la primera ilustración del modo de ser del hombre moderno, podemos decir también que representa el problema fundamental oculto en ese modo. Siguiendo esta misma línea, sería erróneo considerar la aparición de la gran duda como una especie de estado psicológico que tiene lugar en el curso de los ejercicios religiosos, aunque hoy día un gran número de personas religiosas parecen verlo así. El yo en el estado de duda está recogido firmemente sólo en la duda, para excluir todo lo demás y llegar a ser la pura duda misma (samadhi) . Se consigue mientras no se trate ya de la pregunta de un yo que duda de algo en el campo de la conciencia , sino más bien de un momento en el que el campo de la conciencia ha sido borrado. Por supuesto, cuando uno se concentra de esta manera en la duda, este estado muestra de hecho su lado psicológico. Por ejemplo, tenemos ese sentimiento de concentración, o llegamos a ser lo que experimentamos, cuando hablamos de sentir un dolor «lo suficientemente profundo como para olvidarse del mundo y de uno mismo con él», o de una alegría que «hace agitar las manos y bailar los pies». Sin embargo, no importa si lo denominamos concentración o samadhi , no se trata simplemente de un estado que se pueda explicar sólo psicológicamente, lo que está concentrado y recogido no es la psyche de la psicología. Es más, cuando hablo de traspasar el campo de la conciencia no me estoy refiriendo al inconsciente, ya que el inconsciente, con todo, no abandona el campo de la conciencia. Un monje llamado Ting Shan-tso (pronunciado Joj oza en japonés) le preguntó una vez al famoso maestro zen Lin-chi (en japonés, Rinzai) «¿cuál es la esencia del budismo?)). Lin-chi le dio una bofetada y le apartó de un empujón. Ting Shan-tso se sumió repentinamente en un estado de recogimiento, y permanecía tan inmóvil y en tal completo olvido de sí que un monje cercano tuvo que recordarle que se inclinase ante su maestro. En el momento de hacer la reverencia dijo que había alcanzado la gran iluminación. Ese olvido de sí, inmóvil, no indica un mero estado psicológico. Es la gran realidad, instantánea, a la que me refería anteriormente, que se hace presente y toma completa posesión de la mente y el cuerpo. Aquí tenemos el hacerse presente de la gran duda. Este tipo de aparición radical probablemente es resultado de una gran oportunidad que se presenta tras muchos ejercicios religiosos. Sin embargo, reiterando lo que dije antes, cada duda que es verdaderamente real, incluso si no es tan evidente como la duda de Ting Shan-tso, contiene algo semejante. Existen diferencias de profundidad y de intensidad, pero cualitativamente hablando, en términos de su carácter existencial, vienen a ser la misma cosa. De entre las muchas alusiones en la literatura zen al estímulo de la gran duda , me gustaría destacar aquí un pasaje de los Sermones de Takusui del siglo XVIII: El método para ser practicado es como sigue: vas a dudar sobre el sujeto que en ti oye todos los sonidos. Todos los sonidos, en un momento dado, son oídos porque ciertamente hay en ti un sujeto que oye. A pesar de que puedes oír los sonidos con tus oídos, los agujeros de tus orejas no son el sujeto que oye. Si lo fueran, los muertos también oirían los sonidos ... Debes dudar profundamente, una y otra vez, preguntándote a ti mismo qué podría ser el sujeto que oye. No atiendas a pensamientos ilusorios ni a las ideas que se te pueden ocurrir. Tan sólo duda más y más profundamente, recogiendo en ti mismo toda la fuerza que hay en ti, sin aspirar a algo o esperar algo de antemano, sin intentar ser iluminado e incluso sin intentar no intentar ser iluminado; llega a ser un niño en tu propio corazón ... Aún así, sin embargo, sigue dudando, encontrarás imposible localizar al sujeto que oye. Debes explorar aún más lejos, únicamente allí donde no hay nada para ser encontrado. Duda profundamente, desde un estado de concentración, no mirando ni hacia delante ni hacia atrás, ni a derecha ni a izquierda, llega a ser por completo como un muerto, descuidado incluso de la presencia de tu propia persona. Cuando este método sea practicado más y más profundamente, llegarás a un estado de ser de completo olvido de ti, y de vacío. Sin embargo, incluso entonces debes sacar a relucir la gran duda, «¿cuál es el sujeto que oye?», y duda aún más a fondo, siendo todo el tiempo como un muerto. Y después de esto, cuando ya no adviertas tu ser, del todo como un muerto, y no seas ya consciente del procedimiento de la gran duda, sino que te conviertas en una gran masa de duda por los cuatro costados, de repente, llegará un momento en el que emergerás a una trascendencia llamada la gran iluminación, como si hubieras despertado de un gran sueño, o como si, habiendo estado completamente muerto, de repente hubieras resucitado. Es obvio que el método de duda descrito aquí es total y cualitativamente diferente del de Descartes. Pertenece a la clase de duda que hemos venido considerando aquí, en donde la muerte o la nihilidad se realiza en el yo, ambas en el sentido de hacerse presentes a la conciencia como algo real y en el sentido de convertirse en algo espiritualmente real. Este método de duda también nos ayuda a entender por qué el budismo zen se refiere a la duda radical como la «gran muerte». La gran duda sólo sale a la luz desde el fundamento de nuestra existencia cuando insistimos en nuestras dudas (¿quién soy?, ¿por qué existo?) hasta su límite, como actos conscientes de quien duda. La gran duda representa no sólo la cumbre del yo que duda, sino, además, el momento de su perecer dejando de ser yo. Viene a ser como la judía, cuya semilla y vaina se separan en cuanto madura: la vaina es el diminuto yo y la semilla es la infinitud de la gran duda que abarca el mundo entero. En ese momento, el yo es al mismo tiempo la nada del yo, y esta nada es el locus de la nada, donde tiene lugar la transformación más allá de la gran duda. La gran duda, como el campo de conversión de la gran duda misma no puede emerger sino como un locus de la nada; por eso es grande. También por eso puede ser llamada «gran muerte». Hay numerosos dichos zen referidos a esa conversión en estos términos, por ejemplo: «En la gran muerte el cielo y la tierra se renuevan» y «Bajo la gran muerte, la gran iluminación». Como en el caso de la duda, esta iluminación debe ser una iluminación del yo, pero al mismo tiempo debe señalar un desprendimiento del modo de ser en el cual el yo es visto como agente. Esta iluminación se presenta a sí misma como real, desde el único fundamento del yo y de todas las cosas. Es su verdadera realidad porque en ella todo se presenta tal como es, en su tathata. La realidad que aparece en el fondo de la gran duda y la anula no es otra cosa que nuestro «rostro original». Para ver «el cielo y la tierra renovados» hay que mirar el rostro del yo original. Es la realización (actualización y apropiación) plena de la realidad del yo y de todas las cosas. Es la «gran sabiduría» de la que habla la religión, la sabiduría que es en realidad un aspecto del propio modo de ser religioso.

 

 

Amado de hermosas palabras ¿Has dudado en la única duda que hay?   La duda de muerte.  

 

 

No,  la duda sobre la muerte

Sino la duda que como toda duda es muerte en si mimas aquí la razón se separa de la fe de la autoconciencia.

 

Autoconciencia Fe 1→←1 Razón    0 0 Espíritu 

 

¿Qué  dirás?

 

Que la  fe supere a la razón, la subsuma la traspase y tendremos el espíritu.

 

Autoconciencia→Fe 1→Razón 0→Espíritu 10

 

 Y esto me hace recordar a la obra el perfume de la que se ha hecho una buena película

https://www.youtube.com/watch?v=EdCColglUvw

 

Este gran genio Jean Baptiste Grenouille  logra convertir a la gente desde su interioridad más profunda, más sin permitir que la razón aceptara esta conversión conscientemente y entonces esta hacer nada la razón sin que la razón lo haya aceptado, llevara tarde o temprano a que la razón se rebele y su rebelión es justa porque tú la estas asesinando.

Igual que en el capitalismo y uno pensaría que la razón asesinada no volverá a vivir pero no comprendes que la razón no depende de nosotros en ultimo termino si no del logos y que siempre volverá a despertarse en algún valiente para cuestionar a la fe que no ha podido responder desde lo profundo, no desde lo subjetivo no desde lo objetivo sino desde lo inmediato absoluto donde el ser acontece.

 

     Ahí en ese acontecer la negación de la  negación

 

La primera negación  1→0  la duda

La segunda que es  negación de la negación y como una redención que es   creación espiritual de una nueva síntesis donde la imagen se condensa y se desplaza, explosiona e implosiona  en Emanuel, en Dios con nosotros.  

 

1→0→10