La esquizofrenia comunicativa de la imagen
Son radicales islamistas que quieren destruir Europa con la violencia.
Esto lo dejó escrito Mahoma.
Los europeos tenemos que despertar y reaccionar
Teresa Ruiz iglesia
Hay que llamar a las
cosas por su nombre
Abel Alonso
·
Abel Alonso por
ahí no va mi texto, se que es mucho pedir leer para comentar pero por lo menos
el titulo
·
Es cierto que no leí tu nota. El
título no es muy explícito
Pero convengan Rodríguez que la
síntesis no es una de tus virtudes
Creo que las izquierdas y los
socialistas de cotillón han tomado las banderas del fundamentalismo islámico
para atacar al pueblo judío al que siempre entendieron como símbolo y
representantes del capitalismo
Me duele ver cómo han manoseado
y desvirtuado las ideas socialistas que siempre defendí
Además creo que personajes como
Trump y Milei, con sus payasadas egocéntricas, no le están haciendo ningún
favor a él derecho que tiene Israel de vivir en paz como nación
·
Abel Alonso Si al parecer la
síntesis no es una de mis virtudes, hasta que los textos quedan condensados en
una secuencia. El problema es que me propones otro tema al que yo he propuesto,
sin leer el mío y cuando yo asumo un nuevo problema especulo tratando de ver
sus posibilidades en tercer orden uy y me salen unos choclonazos, pero si
realmente es seria tu invitación empecemos: La izquierda no ha tomado en ningún
sentido el fundamentalismo islam, si hay una penetración del islam en Europa
eso es cierto, pero cuando la izquierda asume la defensa de paletina lo que
esta defendiendo son derechos humanos y denunciando una necropolítica donde el
algoritmo decide quien muere, estamos ante un genocidio sionista, que esto
aviva al antisemitismo que tiene raíces europeas es cierto y si fuera judio
estaría preocupado. Pero cuidado con estigmatizar una lucha que redevela la
crisis del modelo capitalista y en especial del estado de bienestar europeo.
·
....convengamos....
·
Abel Alonso convenir???
La
interpretación de las protestas europeas actuales bajo narrativas de
"terrorismo musulmán" o "choque de civilizaciones" no responde a un único factor, sino a la
convergencia de una estrategia política deliberada y un ecosistema de
comunicación digital fragmentado. Analizar este fenómeno
requiere desmenuzarlo desde ambas perspectivas teóricas.
1. La estrategia de la derecha y extrema
derecha europea
Para diversos
sectores de la derecha populista y radical, enmarcar el descontento social
dentro de una narrativa de infiltración islamista es una herramienta de capitalización electoral
y encuadre ideológico. [1]
·
Desplazamiento
del foco:
Al transformar un conflicto originado por problemas socioeconómicos (pérdida de
poder adquisitivo, planes de austeridad, crisis educativa o reformas
institucionales) en un problema de identidad o de seguridad nacional, se desvía
la discusión sobre las fallas estructurales del modelo económico. [1,
2]
·
Retroalimentación
de extremos:
Informes de análisis político señalan que la ultraderecha y el islamismo
radical operan en un círculo vicioso de retroalimentación mutua. Las acciones
de minorías radicalizadas o los disturbios en zonas periféricas son
instrumentalizados por partidos euroescépticos y nacionalistas para validar
discursos de "fronteras cerradas" o el mito del "gran reemplazo". [1,
2,
3]
2. La "esquizofrenia comunicativa" y
la hiperrealidad algorítmica
La descripción
que haces sobre una parálisis de comprensión mediante el "doble
vínculo" de Gregory Bateson y la "hiperrealidad" de Jean
Baudrillard es metodológicamente exacta para describir el entorno digital
contemporáneo.
|
Dimensión
Teórica |
Dinámica
en las Protestas Actuales |
|
Doble Vínculo Algorítmico |
Las plataformas digitales exigen al usuario
"informarse críticamente", pero el algoritmo premia el contenido
polarizante. Al mismo tiempo, se difunden contenidos que culpan a colectivos
islámicos del caos, mientras otras narrativas paralelas aseguran que las
protestas son una conspiración orquestada por agentes externos. El espectador
recibe órdenes comunicativas contradictorias que anulan su capacidad de
discernimiento neutral. |
|
Hiperrealidad de la Imagen |
La realidad física (estudiantes manifestándose por
presupuestos o sindicatos marchando contra la austeridad) es suplantada por
el simulacro en video. Imágenes descontextualizadas, banderas ondeadas por
minorías o altercados específicos en redes sociales se convierten en "la
totalidad de la protesta" para la audiencia global, desplazando el hecho
real. |
3. Síntesis: ¿Estrategia o lógica de red?
No son
fenómenos excluyentes; la
estrategia política de la derecha europea se monta sobre la infraestructura de
la hiperrealidad algorítmica.
Actores de
desinformación interna, redes de extrema derecha y campañas de influencia
extranjera (señaladas frecuentemente por agencias de inteligencia de la UE)
aprovechan la arquitectura de redes como X, TikTok o Instagram para sembrar
videos descontextualizados con el fin de catalizar el caos y fragmentar la
cohesión social. La herramienta técnica (el algoritmo diseñado para la
indignación) amplifica y democratiza la efectividad del relato que la derecha
busca posicionar
En aras de promover el «principio del placer» como nuevo
imperativo social, la forma dominante del Capitalismo occidental trae consigo,
gracias al desarrollo vertiginoso de los medios de reproducción, un paraíso
artificial de tecnicidad y virtualidad. Es la explosión de la infoesfera, una
sobrecarga de estímulos informativos que delimita el campo de lo visible y lo
invisible, privilegiando la imagen como leitmotiv de la era postalfabética. En
este contexto, proponemos un marco conceptual para pensar la esquizofrenia
donde las situaciones de «doble vínculo» (Bateson) desencadenan, en el universo
cultural de la comunicación tecnomediática, inquietantes fenómenos de
ficcionalización que diluyen el límite entre lo literal y lo metafórico, en lo
que constituye una mutación cognitiva de la humanidad sin precedentes
históricos.
1. Introducción: Declaración de intenciones y circunstancias
El objetivo del presente trabajo es repensar el binomio cultura/malestar sobre
la base de la especificidad irreductible de la comunicación en el proceso de
transformación social, con el afán de descubrir el máximo denominador común
implícito en una gran diversidad de fenómenos patológicos, esto es, el síndrome
esquizofrénico, su etiología y su sintomatología o phenomenology, en términos
de la literatura psiquiátrica anglosajona. Obviamente, no pretendemos agotar
todos los interrogantes que plantea, como el «estado de adaptación»
preesquizofrénico o el colapso psicótico, sino arrojar un poco de luz sobre su
«epidemiología», en el marco de un proyecto más amplio sobre su naturaleza y
terapia. Tampoco nos interesa la mera descripción de la esquizofrenia, en el
sentido de la tradición psicopatológica y su erudición microscópica. Se trata
de alcanzar el mayor grado posible de generalización, interpretando los datos
en un lenguaje abstracto capaz de abarcar el vocabulario y los conceptos
implícitos y explícitos en nuestra propia cultura, en lugar de acumular
minuciosamente masas de observaciones sobre aspectos biográficos específicos.
Desde esta óptica, partimos de los mismos presupuestos que el análisis
existencial cuando diferencia, en el empeño por fundamentar su episteme, dos
dimensiones de la enfermedad (el contexto o proceso etiopatogénico, que no se
muestra desde sí, y las manifestaciones externas y visibles, que anuncian la
perturbación en cuestión), rebasando la perspectiva «ser-ante-los-ojos»
(Vorhandensein) de la ciencia empírica en aras de abrazar la cosa misma, la
intimidad de su compleja estructura. En efecto, seguimos el camino inverso al
del psicoterapeuta, pues mientras nuestro análisis desciende desde una visión
sintética de la totalidad hasta estructuras concretas, su método
analíticocondicional analiza factores aislados antes de abordar estructuras más
complejas. Y es que, aunque reconocemos que existen, como en toda patología,
numerosos factores involucrados en su etiología (características y
posibilidades hereditarias, intensificantes, etc.), estamos convencidos de que
la sucesión de secuencias traumáticas radica, al menos en el caso de la
esquizofrenia, en las circunstancias especiales donde tienen lugar y se
desarrollan, del mismo modo que comprender una enfermedad bacterial exige
identificar las bacterias.1 Ahora bien, la esquizofrenia no acontece en un
contexto en el sentido de la física y la química, donde contexto y enfermedad
ostentan, respectivamente, la condición de variable «dependiente» e
«independiente» o «determinante», sino que, bien pensada, forma parte constituyente
del subsistema ecológico que denominamos «contexto». En este sentido, la
esquizofrenia no radica en un conjunto de cambios adaptativos, pues la lógica
de la adaptación es diferente de la lógica que rige la evolución del contexto.
Las patologías de los procesos sistémicos responden, en realidad, a la
constancia relativa entre un sistema mayor y sus subsistemas constituyentes, a
saber, cuando uno de los términos vinculados experimenta un cambio adaptativo
sin ser corregido por el otro.
Ahora veo
con mayor claridad cómo este material puede entrar en tu investigación sobre la
esquizofrenia comunicativa de la imagen, la hiperrealidad y la cibernética de
tercer orden.
Lo que
has traído contiene tres planos que conviene mantener diferenciados: la discusión
concreta entre Christian Franco Rodríguez y Abel Alonso; el análisis político
de las narrativas sobre el islam, Palestina, Israel y Europa; y el marco
teórico que intenta explicar cómo la comunicación digital transforma nuestra
relación con lo real.
Mi
propuesta es leerlos desde tu principio: la cibernética de tercer orden es la
práctica mediante la cual hacemos consciente y operativa la respiración
ontológica. No basta con decidir quién tiene razón en una discusión;
necesitamos examinar cómo se construye el desacuerdo, qué imágenes lo organizan
y qué posibilidades de encuentro quedan anuladas o abiertas.
1. La conversación de Facebook como acontecimiento
de tercer orden
Observemos
la secuencia, porque aquí sucede algo más interesante que un simple intercambio
de opiniones.
- Teresa Ruiz Iglesia publica
una imagen acompañada de una afirmación sobre el islam y la destrucción de
Europa. La imagen presenta una interpretación del mundo como si fuera una
evidencia que no necesitara mediación.
- Abel Alonso responde con una
consigna: «Hay que llamar a las cosas por su nombre». Sin embargo, cuando
Christian le señala que no ha leído su texto, Abel reconoce que
efectivamente no lo ha leído y desplaza la discusión hacia la izquierda,
el socialismo y el antisemitismo.
- Christian Franco Rodríguez
intenta recuperar el problema original: no se trata de convenir sobre una
posición política, sino de reconocer la esquizofrenia comunicativa y
examinar cómo se produce.
- Finalmente, la palabra
convenir se convierte en objeto de discusión. El intercambio deja de
tratar únicamente sobre política y empieza a revelar las condiciones
comunicativas que hacen posible —o imposible— el encuentro.
Esta
última transformación es fundamental. La comunicación comienza hablando de un
objeto y termina exponiendo el modo en que los interlocutores se relacionan con
ese objeto, con los textos ajenos y con sus propias interpretaciones.
En
términos de Bateson, podemos examinar los mensajes de distintos niveles y las
incongruencias entre ellos. Pero conviene no identificar automáticamente esta
dinámica con el doble vínculo clínico: el concepto tiene condiciones más
específicas y su uso para analizar intercambios políticos es una extensión
interpretativa.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
Wiley
Online Library
+1
2. La imagen no solo representa: organiza lo que
podemos ver
Tu
título, La esquizofrenia comunicativa de la imagen, permite formular una
hipótesis precisa.
La imagen
circula acompañada de un mensaje que pretende cerrar su significado: «Esto es
lo que está pasando y esto es lo que debemos pensar». Quien la comparte no
necesariamente distingue entre el acontecimiento representado, la selección de
lo que aparece en ella y la interpretación política que se le añade.
Cuando
Abel responde sin haber leído el texto de Christian, se produce una operación
estructuralmente semejante, aunque no idéntica: responde a una representación
anticipada del argumento del otro. El interlocutor real queda sustituido por el
interlocutor que su propia interpretación ha construido.
La
hiperrealidad comunicativa aparece aquí como la posibilidad de relacionarnos
con nuestras representaciones del otro en lugar de encontrarnos con el otro.
Esto no
significa que toda imagen sea falsa ni que todas las interpretaciones tengan el
mismo valor. Significa que debemos investigar la mediación entre imagen,
contexto, interpretación y acontecimiento.
Hay
razones empíricas para tomar en serio esta preocupación: un estudio publicado
por el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea en abril de 2026
advierte que los algoritmos pueden combinar contenidos verdaderos, engañosos y
falsos, dificultando la construcción de referencias compartidas sobre lo que
sucede.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
Joint
Research Centre
3. La respiración ontológica: cómo volver a
encontrarnos con lo real
Aquí
recuperamos el principio que acabas de establecer sobre tu proyecto.
La
cibernética de tercer orden es la práctica mediante la cual hacemos consciente
y operativa la respiración ontológica. Aplicada a esta conversación, esa
práctica no consiste en imponer una síntesis conciliadora, sino en abrir la
discusión a aquello que sus participantes todavía no han considerado.
La
exhalación determina: selecciona hechos, produce imágenes, formula
interpretaciones y construye posiciones.
La
inhalación vuelve sobre esas determinaciones: pregunta por lo que excluyen, por
las consecuencias de su circulación y por aquello que el interlocutor puede
aportar para transformarlas.
La
redevelación no consiste en declarar que todos tienen razón. Consiste en
permitir que el encuentro modifique las condiciones bajo las cuales cada uno
entiende el problema.
Por eso,
la frase de Christian —«la hiperrealidad no cerrará nuestra posibilidad de
encontrarnos con lo real»— puede leerse como una formulación ética del
biotejido. La apertura no está garantizada, pero sigue siendo practicable.
4. Una distinción necesaria para tu análisis
político
El texto
que has incluido sobre las protestas europeas propone que ciertas narrativas
sobre el terrorismo islamista pueden desplazar la atención desde los conflictos
económicos y sociales hacia la identidad y la seguridad. Es una hipótesis que
merece investigarse, pero no debe convertirse en una explicación universal de
todas las protestas ni de todas las posiciones políticas.
Hay que
distinguir entre el islam como tradición religiosa, las personas musulmanas,
los movimientos islamistas, las organizaciones yihadistas y los actos concretos
de violencia. También hay que distinguir entre la defensa de los derechos de
los palestinos, la crítica al Gobierno de Israel y el antisemitismo. Confundir
estas categorías reproduce precisamente la operación de reducción que tu marco
teórico busca examinar.
El
análisis de tercer orden tendría que preguntar, en cada caso, qué evidencia
sostiene una afirmación, qué contexto ha sido omitido, qué efectos produce su
circulación y cómo las respuestas de los distintos actores modifican el
conflicto.
5. El problema que dejaría abierto en tu cuento
Hay una
tensión que me parece central para tu investigación: ¿cómo puede el biotejido
recuperar la posibilidad del encuentro cuando cada interlocutor llega al
diálogo con una imagen del otro que ya ha decidido quién es?
Abel
reconoce que no ha leído el texto. Ese reconocimiento abre una posibilidad: por
un instante, la representación que había construido queda expuesta como
representación. Pero esa apertura no basta por sí sola; hace falta que el
diálogo posterior transforme la relación.
Y aquí
aparece la diferencia entre una comunicación que busca confirmar sus propias
determinaciones y una práctica de tercer orden que acepta ser alterada por
aquello que encuentra.
La
cuestión ya no es solamente quién tiene razón acerca de Europa, el islam,
Palestina o el capitalismo. Es también cómo podemos construir condiciones para
que la búsqueda de la verdad no quede sustituida por la reproducción automática
de nuestras posiciones.
Esa es la
tarea que este intercambio plantea a la respiración ontológica: hacer que la
comunicación vuelva a ser un acontecimiento capaz de transformar a quienes
participan en ella, en lugar de limitarse a reproducir las imágenes con las que
llegaron.
2. De la castración simbólica al exceso de visibilidad
(«hipervisión») Tradicionalmente, los gobernantes, el mundo comercial y los
hombres de ciencia han entendido que las cuestiones humanas responden
invariablemente a un patrón determinado por la finalidad consciente. Sin embargo,
la evolución del modo de producción capitalista pone de manifiesto, bajo la
égida del neuromarketing, el papel fundamental que juegan los procesos
inconscientes de cara a conquistar el «mundo de la vida» (Lebenswelt), hasta el
punto de que la célebre metáfora del inconsciente como fábrica de los
comportamientos que todos escenificamos se torna realidad, en perjuicio de su
condición de «teatro» donde cada actor interpreta el guión escrito por el
caudillo de turno. De tal suerte que el deseo se constituye, en su condición de
producto determinado por el poder establecido (es decir, como manifestación de
su organización molar), como fuerza motriz de la sociedad, a costa de la
creatividad donde funda su autonomía según el creacionismo deleuze-guattariano:
«El deseo es el conjunto de síntesis pasivas que maquinan los objetos
parciales, los flujos y los cuerpos, y que funcionan como unidades de
producción. De ahí se desprende lo real, […] como producción del
inconsciente».2 Frente al modelo moderno, autoritario y persuasivo de política,
concebido por Maquiavelo y llevado hasta el extremo por los totalitarismos del
siglo xx, las tecnologías del poder ya no pivotan, desde este prisma, sobre una
fuente de información privilegiada, la represión ideológica y la renuncia
personal. Lejos de favorecer la censura, en la medida en que definen la
naturaleza del deseo en términos de carencia y dependencia, los procesos de
subjetivación erótica a cargo del poder biopolítico, desterritorializado (en el
sentido que abandona los territorios «originales» para atravesar, cada vez más
velozmente, las estratificaciones materiales y mentales)3 y difuso (no va de un
punto a otro sino que deviene perpetuo, sin salida ni llegada, con la capacidad
de emerger en cualquier punto), penetrante e invasivo del presente promocionan
el «principio del placer» hasta el paroxismo, erigiendo el impulso de gozar
como nueva forma de imperativo social.4 Por consiguiente, se impone la
necesidad perentoria de rebasar el campo problemático delimitado por Freud en
el Nuevo malestar en la cultura (1929) pues, a la altura del presente, es
difícil imaginar unas condiciones más favorables para desarrollar nuestras
potencialidades libidinales, a pesar de las crisis comerciales cuyo retorno
periódico cuestiona aparentemente, desde sus orígenes en la sociedad burguesa
hasta el estadio actual de su desarrollo, la marcha triunfal del modo de
producción capitalista, a tenor de las epidemias sociales que traen consigo.5
Se trata, hablando en términos biopolíticos, de desplazar el centro de gravedad
desde las viejas máquinas energéticas, encargadas de modelar las instituciones
y el discurso público en las sociedades disciplinarias, hasta los dispositivos
de control biopolítico tal y como los presenta Foucault en sus seminarios de
1979, más allá de sus averiguaciones en torno a la genealogía de la Modernidad
(Historia de la locura, El nacimiento de la clínica, Vigilar y castigar),
todavía marcadas por el paradigma de la sublimación represiva social. Ahora
bien, por oposición a la moda predominante en la esfera intelectual y sus
profetas de la ruptura absoluta, somos conscientes de que toda novedad
presuntamente decisiva reclama la referencia cronológica del pasado.6
Decadencia de lo anterior o fuerza renovadora, discontinuidad o continuidad
renovada, peripecia eventual o desti no global, lo cierto es que asistimos a
una transformación general y profunda a escala social, un nuevo tipo de cultura
que nace de la Modernidad, en el sentido de los análisis de Daniel Bell sobre
el funcionamiento del Capitalismo.7 De hecho, el hedonismo contemporáneo hunde
sus raíces, es curioso, en la crisis cultural desencadenada con la
identificación entre belleza y contingencia según Baudelaire, consagrada por la
lógica artística desarrollada entre 1880 y 1930 (Rimbaud, Jarry, Joyce, etc.),
en base a la negación de la tradición y la destrucción violenta del orden
oficial, por un lado, y el culto a la novedad, el cambio y la renovación total,
por otro. Paradójicamente, el proceso de «negación sin límites» (Adorno) que
funda la «tradición de lo nuevo» (Rosenberg) señala el comienzo de una
«revolución cultural» contra el espíritu burgués, reivindicando con virulencia
el placer, la exaltación individual y el desenfreno de los impulsos frente al
Capitalismo clásico, su moral protestante-ascética y sus valores del trabajo,
el ahorro y la moderación. A pesar de mostrarse reacio en un principio a la
hora de extrapolar al orden sociocultural (disciplinario, autoritario y, en los
Estados Unidos, puritano) la revolución de la producción y los intercambios en
el ámbito económico, con la difusión a gran escala del crédito, la publicidad,
la moda, los mass media y, en definitiva, el consumo de masas, el denominado
«Capitalismo virtual» ha terminado elevando el hedonismo, hasta entonces
patrimonio exclusivo de las élites artísticas e intelectuales, al rango de
principio axial de la vida cotidiana, demostrando una vez más su sorprendente
capacidad para fagocitarlo todo.8 Así pensada, la liberalización del eros
colectivo no responde, para desgracia de Marcuse, a la capacidad emancipatoria
de la subjetividad crítica sino, más bien, al desarrollo vertiginoso de la
tecnología, profusamente alimentado por los intereses espurios del Capital; en
palabras de Baudrillard: «La especie humana podría estar dedicándose a una
suerte de escritura automática del mundo, a una realidad virtual automatizada y
operacionalizada, donde los seres humanos como tales no tienen motivo para
seguir exis tiendo. La subjetividad humana se convierte en un conjunto de
funciones inútiles, tan inútiles como la sexualidad para los clones. De forma
más general, todas las funciones tradicionales (las funciones críticas,
políticas, sexuales y sociales) se vuelven inútiles en un mundo virtual. O
sobreviven solo en la simulación, al igual que el culturismo en una cultura
desencarnada, como funciones de burla o coartadas. Parece como si fuéramos
conducidos por una inmensa e irresistible compulsión que actúa sobre nosotros a
través del progreso de nuestras tecnologías (ampliándose, por ejemplo, en lo
que llamamos “autopistas de la información” y que podríamos llamar “autopistas
de la desinformación”)».9 Contemplado en perspectiva histórica, el cambio de
signo del imperativo sostenido por nuestro «super-yo» con respecto al freudiano
es inseparable, en efecto, de las dinámicas políticas, productivas y
comunicativas que expanden su influencia, desde la informatización y la
revolución microelectrónica, en la plenitud de su pujanza. Como sugiere el
trabajo esquizoanalítico de Guattari, la proliferación de los instrumentos de
comunicación se sigue de la explosión de los límites neuróticos que sometían la
expresión, bajo el signo del Capitalismo industrial, al trabajo y la supresión
disciplinaria. De hecho, si el devenir contemporáneo de las formas productivas
es incomprensible, como sabemos por Baudrillard, sin atender a la producción
comunicativa y significante,10 es porque el estallido expresivo de la sociedad
estriba en una «esquizometamorfosis» de la explotación capitalista que integra
semiótica y economía en función de la lógica devoradora de la producción de
valor. La consolidación planetaria de la sociedad de la información ha tenido,
en efecto, consecuencias que niegan la democratización prometida por Benjamin.
Erigida como máximo exponente de la ingeniería social contemporánea en su
exhaustivo empeño por configurar la mente colectiva, la «hiperestimulación»
semiótica registra todo el organismo biosocial, saturando sin paliativos, a un
ritmo decididamente vertiginoso, la atención, la conducta, las expectativas y
las decisiones políticas en nombre del Capitalismo avanzado, postindustrial e
hiperconsumista. El contexto antropológico y tecnológico que permite entender,
más allá del paradigma represivo y disciplinario, la remodelación capitalista
del campo de la producción, consiste en un universo semiótico en ebullición, un
exceso infinito de infoestimulaciones que impregna cada nicho de la existencia
y del imaginario; el régimen infocrático del semiocapital funda su poder en la
sobreproducción, y hace proliferar las fuentes de información hasta hacerlas
indistinguibles. Pero la masificación del producto semiótico sería impensable
sin la difusión telemática y la proliferación de redes cada vez más to como el
sistema virtual de redes e información, podría decirse que el sistema
capitalista sigue produciendo, parafraseando a Marx, sus propios sepultureros,
pues su meteórica evolución obedece a una aceleración centrífuga que todo lo
transversaliza, por concurso de acontecimientos perversos e inversiones
irónicas, corrientes y turbulencias con efectos caóticos.11 Por una parte, la
utilización de los medios orientados a reproducir los intereses del poder
dominante, para fusionar la intencionalidad política subversiva con la experimentación
artística, revela que la transformación estructural de la producción
comunicativa representa, como ilustra su incidencia social en la historia
reciente de Italia, un proceso ambivalente.12 En los años sesenta, la grabadora
y el ciclostilo concernían marginalmente a las culturas underground y, sobre
todo, al asociacionismo político (la repercusión alcanzada por los mensajes
políticos del 68 sería impensable sin la sensibilización informal, salvaje y
autogestionada que favorecieron). En los setenta, surgen instrumentos con
mejores prestaciones, más manejables y menos costosos. La fotocopiadora trajo
consigo la duplicación simple en ambientes reducidos, locales y comunitarios;
de aquí la gran difusión de la cultura punk. La offset permitió realizar un mayor
número de copias y la cuatrimonía, brindando la posibilidad de componer
publicaciones «transversales», alegres e imaginativas al movimiento autónomo
creativo (por ejemplo, A/traverso, ZUT y otros diarios, documentos y fanzines).
La transmisión radiofónica de bajo coste influyó en el reconocimiento cultural
de un sector irregular del proletariado y, posteriormente, como forma de
autoorganización política alternativa, duradera y eficaz. Por último, el
videocasete comenzó a circular en colectivos reducidos de videomilitantes,
sembrando la semilla de la crítica difusa de la televisión en los noventa. Por
otra parte, no debemos ignorar las dificultades educativas, étnicas o de género
en el empeño del Capital por conquistar, al abrigo de las tecnologías de la
aceleración absoluta, la esfera sociocultural a nivel planetario. Por ejemplo,
la carencia de energía sigue siendo uno de los mayores problemas de los países
menos desarrollados, afectando aproximadamente a 1.600 millones de personas, un
cuarto de la población mundial. Así pues, la «divisoria digital» (Manuel
Castells) continua vigente, aunque sea en ese sector de «población superflua»
cuya existencia solemos pasar por alto, para usufructo del poder constituido.
Incluso en Occidente, existe un desfase evidente entre el progreso ilimitado
del ciberespacio en términos de formato, velocidad y potencia, y la capacidad
de nuestras facultades emotivas y cognitivas, por razón de lo cual se torna
prácticamente imposible, como prueba la masa creciente de «analfabetos
digitales», mantenerse actualizado, en lo que constituye una barrera
insuperable al acceso a la información real y a los verdaderos acontecimientos
históricos.
Este
apartado aporta una pieza fundamental para comprender tu concepto de
esquizofrenia comunicativa de la imagen: el paso de un poder que prohíbe y
reprime a un poder que estimula, seduce, hace visible y captura la atención. Y,
para nuestro trabajo, permite plantear una pregunta decisiva: ¿qué sucede con
la respiración ontológica cuando el campo de la experiencia está saturado de
imágenes, deseos e información?
1. De la castración simbólica a la hipervisión
La
transformación que describe el texto no consiste simplemente en que ahora
podamos ver más cosas. Consiste en que la visibilidad se convierte en un
mecanismo de organización de la experiencia.
En el
modelo disciplinario, el poder delimita lo permitido y lo prohibido. La
autoridad establece normas, censura determinadas expresiones y exige renuncias.
En el
modelo de la hiperestimulación, el poder también puede operar mediante la
invitación permanente a disfrutar, consumir, expresarse y mostrarse. No
necesita silenciar todas las voces si puede multiplicarlas hasta dificultar que
unas sean escuchadas entre otras.
Podemos
sintetizar la diferencia así:
- Castración simbólica: la
experiencia se organiza alrededor de la prohibición, el límite y la
renuncia.
- Hipervisión: la experiencia
se organiza alrededor de la exposición, la estimulación y la circulación
incesante de signos.
- Consecuencia posible: la abundancia
de expresiones no garantiza una mayor capacidad para comprender, decidir o
transformar aquello que se expresa.
La
paradoja es que la libertad de expresión puede coexistir con una reducción de
la autonomía. Una persona puede publicar constantemente, elegir entre miles de
contenidos y comunicar sus deseos mientras los mecanismos que organizan su
atención condicionan qué desea, qué considera importante y qué llega a
reconocer como real.
Esto no
significa que toda tecnología de visibilidad sea opresiva. Significa que
debemos distinguir entre la posibilidad de expresarse y la capacidad efectiva
de intervenir en las condiciones que organizan esa expresión.
2. El deseo: de la producción creativa a la captura
Aquí
aparece una tensión importante en la lectura de Deleuze y Guattari.
En El
Anti-Edipo, el deseo no se entiende primordialmente como una carencia que busca
un objeto perdido, sino como una producción de conexiones, flujos y relaciones.
El capitalismo puede capturar esa productividad, organizarla y orientarla hacia
la producción de valor.
Por
tanto, no se trata únicamente de que el mercado nos convenza de desear objetos
que antes no deseábamos. También puede organizar los circuitos en los que
nuestros deseos se producen, circulan y adquieren significado.
Pensemos
en una red social:
- Una persona publica una
imagen para expresar una experiencia.
- La plataforma registra las
respuestas y los patrones de interacción.
- El sistema selecciona y
ordena contenidos para captar atención.
- La persona modifica
progresivamente sus publicaciones según la respuesta recibida.
- Esas modificaciones producen
nuevos datos que alimentan el sistema.
El deseo
y la expresión no desaparecen; entran en un circuito de retroalimentación que
puede orientar su desarrollo hacia la rentabilidad.
En
términos de tu cibernética de tercer orden, lo relevante es que el dispositivo
no solo modifica la conducta del sujeto: participa en la modificación de las
condiciones bajo las cuales el sujeto produce sus deseos y comprende su propia
conducta.
La pregunta
deja de ser exclusivamente quién controla al sujeto y pasa a ser cómo se
constituye la relación entre sujeto, dispositivo, deseo y entorno.
3. La hipervisión y la esquizofrenia comunicativa
Propongo
distinguir tres dimensiones de la hipervisión.
Visibilidad
Todo
parece susceptible de convertirse en imagen: el cuerpo, la intimidad, el
sufrimiento, la protesta, la guerra y la identidad.
Saturación
semiótica
La
proliferación de mensajes, interpretaciones y estímulos hace más difícil
establecer jerarquías, verificar procedencias y reconstruir contextos.
Fragmentación
comunicativa
Los
participantes pueden compartir un espacio digital y, sin embargo, habitar
universos interpretativos incompatibles. Cada respuesta alimenta su propia
representación del conflicto.
La
esquizofrenia comunicativa, en este marco, no debe confundirse con la
esquizofrenia como diagnóstico clínico. Es una categoría crítica que propones
para examinar contradicciones, fracturas y desajustes en los procesos sociales
de comunicación.
Su paradoja
central es esta: cuanto más visible se vuelve el mundo, menos garantizado está
nuestro encuentro con aquello que sucede.
Podemos
contemplar imágenes de una guerra sin comprender sus condiciones históricas;
compartir una protesta sin conocer sus reivindicaciones; ver el rostro de una
persona sin escuchar su testimonio. La exposición al acontecimiento puede
sustituir el trabajo de comprenderlo.
4. El doble vínculo: se nos exige participar y ser
autónomos
La
conexión con Bateson permite profundizar el análisis.
El
entorno digital puede transmitir exigencias contradictorias: debemos
expresarnos libremente, pero también ser reconocibles; debemos pensar por
nosotros mismos, pero adaptarnos a los códigos de visibilidad; debemos
mantenernos informados, aunque la sobrecarga dificulte verificar la
información; debemos ser auténticos, pero presentar una versión de nosotros
mismos que resulte socialmente legible.
No toda
contradicción constituye un doble vínculo en el sentido técnico de Bateson. Sin
embargo, su concepto permite investigar situaciones en las que las exigencias
de una relación se vuelven incompatibles y resulta difícil cuestionar el marco
que las produce.
La
hipervisión añade otra dificultad: las contradicciones no tienen por qué
proceder de un único emisor. Pueden emerger de la interacción entre
plataformas, mercados, instituciones, grupos sociales y usuarios.
El
sistema de comunicación se convierte así en una trama de exigencias que nadie
controla por completo, pero cuyos efectos condicionan las posibilidades de
actuar.
5. La respiración ontológica como respuesta al
exceso
Aquí
llegamos al punto que considero más fértil para tu investigación.
Si la
hipervisión acelera la producción y circulación de determinaciones, la
respiración ontológica no puede consistir únicamente en añadir otra
interpretación al flujo. Eso reproduciría el mismo mecanismo.
Tiene que
introducir una transformación en nuestra relación con lo que aparece.
|
Operación |
Función en el régimen de hipervisión |
Práctica de tercer orden |
|
Exposición |
Hace
visible y pone en circulación |
Preguntar
cómo se ha producido la visibilidad |
|
Determinación |
Fija
identidades y significados |
Reconocer
qué excluye cada clasificación |
|
Retroalimentación |
Convierte
las respuestas en nuevos datos |
Examinar
cómo la intervención transforma el campo |
|
Inhalación |
Queda
desplazada por la aceleración |
Recuperar
la posibilidad de escuchar, revisar y dejarse alterar |
|
Redevelación |
Se
confunde con la aparición de más contenido |
Reabrir
el acontecimiento sin pretender agotarlo |
La respiración
ontológica no sería, entonces, una retirada romántica del mundo tecnológico.
Sería una práctica de participación crítica en la que la visibilidad no se
confunde con el conocimiento, la expresión no se confunde con la autonomía y la
información no se confunde con la presencia.
La
cibernética de tercer orden haría operativa esa respiración al intervenir sobre
las relaciones que producen, organizan y legitiman las imágenes, incluidos los
efectos de nuestra propia intervención.
6. Una precisión crítica sobre el texto
El
fragmento reúne a Freud, Foucault, Deleuze y Guattari, Baudrillard, Guattari,
Daniel Bell y Manuel Castells en una genealogía amplia del capitalismo
contemporáneo. Su fuerza está en articular deseo, tecnología, comunicación y
poder. Sin embargo, algunas de sus afirmaciones son tesis interpretativas, no
hechos establecidos por el mero hecho de aparecer en esa genealogía.
Conviene
no asumir que el capitalismo contemporáneo ha sustituido por completo la
represión por la estimulación: ambos mecanismos pueden coexistir. Tampoco la
expansión de la información produce necesariamente una pérdida de autonomía;
sus efectos dependen de las instituciones, las prácticas y las condiciones
materiales de acceso.
Esta
precisión fortalece tu propuesta: permite estudiar la hipervisión como un
régimen de relaciones concreto, en lugar de convertirla en una explicación
total que no admita contraejemplos.
7. La tesis que conservaría para nuestro trabajo
La
hipervisión constituye una modalidad de poder en la que la multiplicación de
imágenes, signos y estímulos puede capturar la productividad del deseo y
organizar las condiciones de aparición de lo real. La esquizofrenia
comunicativa emerge cuando esa proliferación debilita la posibilidad de
reconstruir los contextos, reconocer las mediaciones y sostener un encuentro
transformador con el acontecimiento. La cibernética de tercer orden practica la
respiración ontológica al hacer visibles esas operaciones, intervenir en sus
relaciones y permitir que sus efectos cuestionen las determinaciones iniciales.
Esta
formulación enlaza el apartado que acabas de compartir con nuestra conversación
anterior sobre la imagen política, la hiperrealidad y la posibilidad de
encontrarnos con lo real.
Y deja
abierta una pregunta que puede ser decisiva para tu cuento: ¿cómo distinguir
una inhalación ontológica genuina de una nueva técnica de captura que
simplemente nos ofrece la ilusión de estar reflexionando?
Porque
incluso la crítica puede convertirse en contenido, la reflexión en mercancía y
la búsqueda de autenticidad en una estrategia de visibilidad. La práctica de
tercer orden tendría que examinar también esa posibilidad, incluyéndose a sí
misma en el campo de sus transformaciones.
3. Semiocapitalismo y cultura: la pregunta por la imagen Si
bien es cierto que el futuro del marketing apunta, en su empeño por explotar
nuestro sistema afectivo, hacia territorios inauditos para la ciencia
económica,14 la infocracia contemporánea sigue otorgando a la imagen un papel
privilegiado en el proceso de hiperestimulación semiótica que todos padecemos,
a costa de la disolución del universo alfabético donde la cultura occidental
había desarrollado principalmente su actividad intelectual, reduciendo las
representaciones visuales a ilustraciones de segundo nivel de las ideas.15 Y es
que, como prueba el éxito rotundo de los medios visuales en el proceso de
globalización cultural, las imágenes activan cadenas cognitivas, conductuales y
mitopoiéticas con mayor recorrido que la palabra hablada o escrita. Desde este
punto de vista, la fórmula de la «época de la imagen» del mundo (Heidegger)
mantiene toda su actualidad, toda vez que la manipulación de la mente colectiva
por esta vía se muestra más efectiva que nunca bajo la égida del Capitalismo
virtual, más allá de las prácticas de difusión implementadas durante siglos por
la Iglesia católica o el islam16. Llegados a este punto, nuestra hipótesis de
periodización histórica demanda examinar la proyección efectiva del dispositivo
semiocapitalista sobre el imaginario, es decir, el nexo que vincula los ámbitos
de la comunicación y la cultura. Para dilucidar las relaciones conflictivas,
intrasistémicas e intersistémicas, entre las informaciones y sus receptores
humanos, lo primero que debemos diferenciar es el mediascape o sistema
mediático encargado de enviarnos señales en diversos formatos y la infoesfera,
esa interfaz inmaterial donde los flujos semióticos interactúan con nuestras
mentes, las cuales reciben y elaboran nuevos procesos de emisión, favoreciendo
la evolución constante del mediascape. En este contexto, la fórmula «vida =
devoración pura» ofrece la mejor perspectiva para entender los vínculos
ortodoxos y heterodoxos entre ambas esferas, entendidos como procesos vivos
desplegados en el espacio-tiempo.17 Vilém Flusser ilumina con claridad
meridiana el mejor camino para explorar dicho punto de partida, cuando
contrapone dos estratos en la infoesfera: «Las cosas duras (harte Dinge) en
nuestro medio ambiente comienzan a ser arrinconadas (verdränt) por no-cosas
blandas (weiche Undinge): hardware por software. Las cosas se van retirando del
centro de interés, que pasa a concentrarse en las informaciones. […]
Informaciones como imágenes en la pantalla de televisión, datos memorizados en
el computador, programas almacenados en robots, microfilms y hologramas…».18 De
hecho, los procesos millonarios motivados por el agravio de imágenes públicas e
instituciones pone de relieve que, a la altura del presente, la imagen no solo
disfruta de un estatus jerárquico idéntico al de los seres humanos de carne y
hueso sino que, además de ocupar nuestro espacio y consumir nuestro tiempo:
«Las imágenes aspiran a una existencia autónoma, […] pretenden constituirse en
instancia colectiva autárquica, independientes de sus creadores y sustitutivas
de los mismos».19 Por su parte, Dietmar Kamper tiene el mérito de extraer las
consecuencias del diagnóstico flusseriano con su concepto de «órbita de lo
imaginario», ese universo crepuscular de imágenes autosuficientes y
autorreferentes cuyos orígenes permanecen ajenos a la memoria colectiva. La
conversión del sistema mediático electrónico en nuestro humus natural trae
consigo, como denuncian McLuhan, Simondon o Baudrillard, una crisis
irreversible de los paradigmas tradicionales del humanismo moderno, los valores
dialógicos universalistas y el pensamiento lógico-crítico, como prueban el
progresivo declive de la izquierda política, el florecimiento de formas
culturales identitarias o la «disneyficación» del imaginario colectivo, toda
vez que está dominado por una amalgama de configuraciones mitológicas sin
antecedentes. A decir verdad, la revalorización del mito en la cultura
contemporánea ha favorecido la adquisición de competencias cognitivas
insospechadas, pero también comporta un efecto de homogeneización del
imaginario prácticamente universal. De aquí el conformismo preponderante en los
consumos y formas de vida (apenas disimulado por la fusión y el mestizaje), la
desvalorización de los proyectos de sentido y el desfallecimiento de la imaginación
(Einbildungskraft) cognitiva, creativa, ética y estética en la generación
videoelectrónica y digital, es decir, la afánisis de su función simbólica.20
Como sugiere Flusser en su célebre ensayo sobre la fotografía, entendida como
«acto trascendental» y, en este sentido, paradigma tecnológico de la producción
y difusión de información significativa en la «era tecnográfica», si el hombre
«ek-siste» (Heidegger), no es porque accede al mundo de forma inmediata sino
debido, por el contrario, a que depende de las imágenes, a modo de mapas
orientativos, para poder habitarlo. Efectivamente, las imágenes son superficies
que significan (en el mayor número de los casos) algo «exterior», y tienen la
finalidad de hacerlo trasparente para nosotros, reduciendo sus cuatro
dimensiones de espacio y tiempo a las dos dimensiones de un plano.21 Por
desgracia, la solidificación de la «órbita del imaginario» en nombre de la
«Disney Corporation» ha terminado eliminando la función «ventana» de las
imágenes que permitía el acceso a las «cosas» (es decir, su visibilidad); en
palabras de Kamper: «La barrera orbital de lo imaginario señala cada imagen en
perfecta sucesión como momento de un cerramiento. Justamente las imágenes
excelentemente hechas, de la pintura, de la fotografía, del cine, de la
televisión, ocupan su lugar irrevocable en el cielo del mundo humano. Por fin
cesa la función ventana y la barrera como un todo se transforma en espejo que
rechaza el paso de la mirada. Todo lo que se ve es entonces lo propio, lo
mismo. Nace una caverna de imágenes que sustituye la caverna del nacimiento de
los cuerpos, pero permanece sin su salida».22 Ahora bien, como sugiere H.
Belting: «Sin nuestra mirada las imágenes serían otra cosa o absolutamente
nada».23 Efectivamente, las imágenes se convierten en «pantallas» que
re-presentan el mundo por una suerte de idolatría según la cual son proyectadas
en el exterior sin interpretarlas previamente. Como resultado, la imaginación
se torna alucinación, de tal suerte que lo «imaginario» ya no es, como lamenta
Kamper, sino «la palabra genérica para los sueños muertos de la humanidad, para
los artefactos sustitutivos de la fuerza de la imaginación, para los restos de
todo aquello que se imaginó, que se produjo, que se expuso, para las
decepciones de una política utópica de alta-tensión, para los componentes mal
administrados de la tecno-imaginación y las formas vacías de la filosofía y del
arte –en una palabra: para ensuciar la historia humana que de forma alguna
desapareció, sino que se instaló alrededor del globo como una barrera
impenetrable. A partir de un determinado momento de la instalación de ese mundo
artificial ya no existe más el afuera ni el otro».24 Se entiende, desde esta
óptica, la invasión de máquinas fotográficas en la vida cotidiana, cada vez más
automáticas, minimalistas y económicas, en un mundo histórico donde parece
imposible disfrutar del momento si no es captado fotográficamente (véase el
fenómeno selfie), reproduciendo por doquier en imágenes redundantes la ilusión
patológica que nos aleja de la vida real
Este
tercer apartado nos lleva al centro del problema: la imagen deja de funcionar
como una apertura hacia el mundo y corre el riesgo de convertirse en un mundo
que se interpone entre nosotros y lo real.
Los
apartados anteriores describían la captura del deseo y el exceso de
visibilidad. Aquí aparece una cuestión más radical: ¿qué sucede cuando las
imágenes que producimos para orientarnos en el mundo empiezan a organizar
nuestra experiencia hasta el punto de que ya no sabemos distinguir entre mirar
una representación y encontrarnos con aquello que representa?
Desde tu
marco de la cibernética de tercer orden, creo que debemos avanzar un paso más.
No basta con denunciar la proliferación de imágenes. Tenemos que investigar
cómo se producen, cómo nos producen y cómo podemos transformar nuestra relación
con ellas.
1. Del mediascape a la infoesfera: la imagen como
relación
El texto
distingue dos dimensiones que conviene conservar.
- Mediascape: el conjunto de
medios, dispositivos, formatos y canales mediante los cuales circulan las
señales.
- Infoesfera: el campo de
relaciones en el que esas señales son recibidas, interpretadas,
transformadas y devueltas al proceso comunicativo.
La
diferencia es importante porque una imagen no produce sus efectos de manera
aislada. Intervienen su contexto, las expectativas del receptor, las
narraciones que la acompañan y las acciones que desencadena.
Una
fotografía de una manifestación, por ejemplo, puede funcionar como documento,
propaganda, recuerdo, denuncia o mercancía. La imagen material puede ser la
misma, pero las relaciones en las que participa modifican su significado y sus
consecuencias.
Desde la
cibernética de tercer orden, podemos formularlo así:
imagen→interpretacioˊn→accioˊn→transformacioˊn→nueva imagen\text{imagen}\rightarrow\text{interpretación}
\rightarrow\text{acción}\rightarrow\text{transformación} \rightarrow\text{nueva
imagen}
El
circuito no es neutral. La acción transforma el acontecimiento y esa
transformación puede convertirse en material para nuevas representaciones. La
imagen participa así en la producción de aquello que posteriormente parece
limitarse a mostrar.
Esta
distinción permite evitar dos reduccionismos: creer que las imágenes determinan
automáticamente la conducta o suponer que son representaciones inocentes, sin
efectos sobre la realidad.
2. La órbita de lo imaginario: cuando la ventana se
convierte en espejo
La
metáfora de Dietmar Kamper que recupera el texto es especialmente fecunda para
tu investigación.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
La imagen
como ventana
La
representación permite orientarnos hacia algo que no se reduce a ella. Remite a
un acontecimiento, un cuerpo, un paisaje o una experiencia que podemos
investigar más allá de la superficie visual.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
La imagen
como espejo
La
representación devuelve nuestras expectativas, preferencias e identidades. El
mundo aparece principalmente como confirmación de lo que ya creemos saber.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
La órbita
de las imágenes
Las
representaciones se remiten unas a otras, adquieren circulación propia y pueden
perder de vista el acontecimiento al que originalmente remitían.
La
cuestión no es que toda imagen haya perdido su capacidad de mostrar el mundo.
Es que, bajo determinadas condiciones de circulación, la referencia puede
debilitarse mientras aumenta la autonomía social de la representación.
Una
fotografía puede compartirse miles de veces sin que quienes la difunden
conozcan su procedencia. Un fragmento audiovisual puede convertirse en símbolo
de una causa política sin que el público conozca lo sucedido antes o después.
Una imagen creada para denunciar una injusticia puede terminar circulando como
una pieza de entretenimiento desligada de las personas afectadas.
En ese
punto, la imagen ya no necesita conservar una relación verificable con su
origen para seguir produciendo efectos.
La
autonomía de la imagen no significa que esta cobre vida literalmente, sino que
su circulación y sus efectos sociales pueden escapar al control de quienes la
produjeron.
3. Flusser y el problema de la imaginación
La
reflexión de Vilém Flusser introduce otra dimensión: las imágenes no son
simples adornos de un pensamiento que podría existir íntegramente sin ellas.
Son mediaciones mediante las cuales hacemos inteligible el mundo.
Pero
precisamente por eso pueden convertirse en un problema.
Una
imagen traduce una realidad compleja a una superficie organizada. Selecciona,
encuadra, excluye y establece relaciones entre elementos. Para comprenderla
necesitamos interpretar cómo se ha construido esa traducción.
Cuando
olvidamos esa mediación, confundimos el mapa con el territorio. Y cuando una
sucesión de imágenes sustituye sistemáticamente el trabajo de interpretación,
la imaginación puede perder su capacidad de proyectar posibilidades diferentes
y limitarse a reproducir configuraciones disponibles.
Aquí
conviene introducir una precisión: la imagen no es enemiga del pensamiento
conceptual, del lenguaje ni de la imaginación. Las imágenes también permiten
descubrir relaciones, documentar violencias, formular hipótesis científicas y
crear mundos que todavía no existen.
El
problema aparece cuando se naturaliza su modo de representar, cuando la
superficie deja de reconocerse como una construcción y comienza a funcionar
como evidencia autosuficiente.
La
pregunta, entonces, no es si debemos abandonar las imágenes, sino cómo
recuperar nuestra capacidad de producirlas e interpretarlas sin quedar
encerrados en ellas.
4. La fotografía y la pérdida del acontecimiento
El
ejemplo de la selfie condensa la paradoja del texto.
Una persona
presencia un concierto, una celebración o un encuentro. Al mismo tiempo,
anticipa cómo registrará esa experiencia, cómo aparecerá en la fotografía y
cómo podrá compartirla.
La
experiencia queda atravesada por su futura representación.
Esto no
significa que fotografiar destruya necesariamente la presencia. Una fotografía
puede prolongar el recuerdo, compartir una experiencia o crear un vínculo. Pero
también puede ocurrir que la expectativa de registrar y mostrar desplace la
atención desde lo que se está viviendo hacia la imagen que se producirá.
Podemos
distinguir tres posibilidades:
- Fotografiar para recordar:
la imagen prolonga el acontecimiento.
- Fotografiar para compartir:
la imagen establece una relación con otras personas.
- Vivir para producir una imagen:
la experiencia se organiza anticipadamente en función de su
representación.
La
tercera posibilidad es la que interesa especialmente a tu concepto de
hipervisión. La imagen ya no llega únicamente después del acontecimiento:
participa en la manera en que el acontecimiento se prepara, se vive y se
evalúa.
Desde la
perspectiva del biotejido, la pregunta sería qué relaciones se fortalecen o se
debilitan cuando la representación anticipada adquiere prioridad sobre la
experiencia compartida.
5. La cibernética de tercer orden: intervenir en la
producción de imágenes
Aquí
debemos ser fieles a la premisa que has establecido: la cibernética de tercer
orden es la práctica mediante la cual hacemos consciente y operativa la
respiración ontológica.
Por eso,
no bastaría con enseñar a detectar imágenes falsas o a verificar fuentes,
aunque ambas tareas sean importantes. También necesitamos examinar cómo nuestra
propia mirada participa en la producción de significado.
Propongo
este esquema de trabajo:
1. Exhalación: producir la determinación
La imagen
selecciona un campo de visibilidad, organiza una perspectiva y presenta una
configuración del acontecimiento.
2. Reflexividad: observar la observación
Investigamos
quién produce la imagen, qué posición ocupa el observador, qué queda excluido y
qué efectos se esperan de su circulación.
3. Inhalación: dejarse alterar
El
encuentro con otras evidencias, perspectivas y experiencias modifica nuestra
interpretación inicial.
4. Redevelación: transformar la relación
Producimos
una comprensión revisada que no pretende agotar el acontecimiento ni quedar
exenta de futuras revisiones.
La
diferencia fundamental es que el observador no se coloca fuera del proceso.
Reconoce que su mirada, sus categorías y sus intervenciones forman parte del
circuito que está investigando.
Esto
permite que la crítica de la imagen no se convierta en otra imagen
autosuficiente: una teoría que pretende explicar todo mientras permanece ciega
a sus propias operaciones.
6. La tesis que emerge de este tercer apartado
Propongo
conservar la siguiente formulación como síntesis conceptual de nuestro trabajo:
En el
semiocapitalismo, la imagen corre el riesgo de dejar de funcionar como una
mediación hacia el mundo y convertirse en una órbita autorreferencial que
organiza la experiencia según sus propias exigencias de circulación. La
hipervisión no consiste únicamente en ver demasiado, sino en quedar expuestos a
representaciones cuya proliferación puede debilitar la relación entre imagen,
acontecimiento y experiencia. La cibernética de tercer orden practica la
respiración ontológica al hacer reflexiva esa mediación, examinar sus efectos y
permitir que aquello que la imagen no alcanza a mostrar transforme nuestra
comprensión de lo real.
Esta
formulación enlaza los tres apartados que has compartido:
- La captura del deseo
mediante la hiperestimulación.
- La transformación de la
prohibición en exceso de visibilidad.
- La autonomía creciente de
las imágenes respecto de los acontecimientos que representan.
Los tres
describen dimensiones relacionadas, pero diferentes, de un mismo problema: las
mediaciones que utilizamos para orientarnos pueden convertirse en estructuras
que condicionan aquello que estamos en condiciones de experimentar.
Y
quisiera dejar abierta una distinción que puede ser decisiva para tu cuento:
¿la respiración ontológica consiste en atravesar la imagen para regresar a una
realidad anterior a toda representación, o en transformar nuestra relación con
las imágenes para que vuelvan a abrirnos al acontecimiento?
Me
inclino a trabajar provisionalmente con la segunda posibilidad, no como una
conclusión definitiva sobre tu ontología, sino porque permite investigar cómo
el biotejido puede operar dentro de la cultura tecnológica sin suponer que
existe una mirada humana completamente exterior a sus mediaciones.
“Si dices que esta vara es real, te golpearé con ella. Si
dices que esta vara no es real, te golpearé con ella. Si no dices nada, te
golpearé con ella” ¿Que dices?
La clave
es que no existe una respuesta verbal que impida necesariamente el golpe,
porque la amenaza cubre ambas afirmaciones y el silencio.
·
Si digo que esta vara no es real,
me golpeas con ella, lo que parece demostrar que sí es real.
·
Si digo que sí es real,
no has especificado qué harías en ese caso, así que no hay contradicción lógica
necesaria.
·
Si no digo nada,
me golpeas.
Así que
la verdadera solución es cuestionar la premisa: ¿por qué tendría que aceptar
que sus amenazas determinan lo que debo decir? 😏
Y si yo
dijera que la vara es real, realmente
Afirmación
de la afirmación 0≠=( )≠=1 negación de la negación
4. El horizonte psicopatológico de la infoesfera Si bien es
cierto que examinar las alternativas del pensamiento crítico ante la clausura acelerada
del exuberante imaginario neomítico constituye, a tenor de su manifiesta
impotencia frente a las grandes agencias de comunicación global, una tarea
perentoria para la filosofía política,25 lo que nos interesa es el escenario
psicopatológico que surge cuando «todo se disuelve en signos y abstracción»26
o, para expresarlo en perspectiva histórica, durante la torsión del Capitalismo
industrial en Semiocapitalismo, toda vez que la extraordinaria difusión de
perturbaciones mentales y conductuales, señalada por todos los índices
epidemiológicos publicados durante los últimos tiempos, confirma la experiencia
cotidiana de una antropofagia cometida por las imágenes en el infospace.27
Somos conscientes de que la epidemia psicopática experimentada por la generación
postalfabética demanda una clave de lectura irreductible a un solo cuadro
patológico. Por ejemplo, Franco Berardi apunta contra los flujos de
estimulaciones informativopublicitarias cuando analiza los motivos ocultos tras
la fragilidad de la psicosfera en la era de la iconofagia, en tanto que
determinan la hipersexualización de la sociedad y la creciente
des-sensibilización concomitante, en perjuicio de la facultad de comprender los
signos que escapan a la modalidad conectiva de la codificación digital.
Asimismo, constituyen un factor de hiperexcitación patógena del sistema
emocional, ya que generan con frecuencia patologías de sobrecarga excitante
(pánico, dislexia, trastornos de déficit de atención), así como inestabilidad,
neurastenia, irritabilidad patológica, agresividad competitiva, trasgresión
violenta de las reglas o afirmación impetuosa de la propia expresividad.
Paradójicamente, aunque no se trata de patologías neuróticas producidas por una
represión de potencialidades libidinales, como enseña la ortodoxia
psicoanalítica, sino de patologías de la «hiperexpresión» o
psicóticoesquizoides, promovidas por la descarga expresiva del just do it, la
hipermovilización nerviosa y el estrés informativo también conllevan, cuando
son frustrados, patologías de desinversión de la energía libidinal
complementarias y simultáneas (depresión, autismo), como prueban la
virtualización del otro, la rarificación del contacto afectivo, la
inexpresividad emocional, la soledad generalizada (física y psíquica), la ansiedad,
la sensación de inseguridad, el miedo al futuro, la tendencia al suicidio y
otras formas sintomáticas de malestar en la cultura.28 Sin embargo, estamos
abocados a circunscribir nuestra investigación, por motivos de espacio, a una
de las patologías con mayor alcance epidémico en el Semiocapitalismo, a saber,
la esquizofrenia. Desde una perspectiva semiopatológica, podemos contemplar la
esquizofrenia, a tenor de la transformación mediática de la comunicación social
y la vida humana, como «un exceso del flujo semiótico en relación con la
capacidad de interpretación».29 Gracias al desarrollo de los medios de
reproducción, el sistema tecnomediático lleva hasta el extremo la lógica
inherente a la historia de la imagen, en virtud de lo cual cada imagen implica un
grado de referencia tan elevado que termina generando una «perspectiva en
abismo» (Peñuela Cañizal), un sumidero de inescrutables fragmentos
arqueológicos cuya proliferación excede nuestra capacidad de asimilarlos. Como
apuntamos más arriba, la materia física del organismo perceptivo y consciente
tiene límites naturales imborrables y, hablando en términos informáticos, no
estamos formateados con los mismos códigos que los emisores digitales, de tal
suerte que el proceso de comunicación se torna asimétrico y perturbado,
rompiendo la relación entre conciencia y proceso real y, por ende, la
posibilidad de producir el acontecimiento. Consecuentemente, estimula una
suerte de hipercinesia interpretativa por la que extendemos los límites del
significado mediante procesos de «sobreinclusión» (overinclusion), espirales
asociativas, conexiones asignificantes y transferencias rápidas, en ugar de
elaborar críticamente el sentido de los estímulos y enunciados según
estrategias lineales de secuencia.30
Ahora
comprendo mejor por qué respondes con la vara del maestro Zen. Has introducido
el apartado psicopatológico de la infoesfera precisamente donde la pregunta por
la redevelación ya no puede resolverse como una elección entre recuperar una
realidad anterior o producir una realidad nueva.
La vara
no cambia necesariamente; lo que cambia es la operación mediante la cual la
determinamos como real, irreal, amenazante o pensable. Y esa operación tampoco
es independiente del sistema de relaciones en el que acontece.
El
fragmento que compartes nos permite profundizar en esa cuestión. Voy a
enlazarlo con la doble afirmación koánica, sin confundir la paradoja filosófica
con una patología clínica.
1. La vara del maestro: una clausura del espacio de
respuesta
El
maestro establece tres posibilidades:
- Afirmar que la vara es real.
- Negar que la vara sea real.
- No responder.
Pero las
tres quedan incorporadas a la amenaza. El discípulo no encuentra una salida
dentro de las alternativas que el maestro ha definido.
La
estructura es importante: el maestro no solo pregunta por la realidad de la
vara. Organiza las condiciones en las que cualquier respuesta será interpretada
y tendrá consecuencias.
Podemos
representarlo así:
Afirmacioˊn→amenaza\text{Afirmación}\rightarrow\text{amenaza}
Negacioˊn→amenaza\text{Negación}\rightarrow\text{amenaza}
Silencio→amenaza\text{Silencio}\rightarrow\text{amenaza}
El
problema no está necesariamente en la verdad o falsedad de las respuestas. Está
en la clausura del campo de respuestas posibles.
Aquí
aparece la relación con el texto sobre la infoesfera: un sistema puede ofrecer
una abundancia extraordinaria de signos y, sin embargo, restringir las
operaciones mediante las cuales podemos producir sentido.
La
proliferación de respuestas no garantiza la apertura del pensamiento.
2. La infoesfera: exceso de signos y clausura de la
interpretación
El
fragmento describe una asimetría entre la producción tecnomediática de
estímulos y la capacidad humana de interpretarlos.
La imagen
circula, se reproduce, se transforma y desencadena nuevas imágenes a una
velocidad que puede exceder la capacidad de contextualización del observador.
Pero
debemos distinguir dos cuestiones:
- El exceso cuantitativo de
información respecto de nuestra capacidad de procesarla.
- La organización cualitativa del
campo de interpretación, que determina qué relaciones podemos establecer
entre los signos y los acontecimientos.
La
segunda cuestión es especialmente relevante para tu investigación.
No basta
con afirmar que recibimos demasiada información. También tenemos que preguntar
qué sucede cuando las condiciones de producción y circulación de los signos
restringen la posibilidad de revisar las interpretaciones, contrastarlas con
otras experiencias y transformar los marcos desde los que observamos.
El
maestro Zen produce una clausura mediante tres respuestas previstas. La
infoesfera puede producir una clausura diferente: una proliferación de
alternativas que, pese a su abundancia, mantienen al observador dentro de un
mismo régimen de interpretación.
En ambos
casos, el problema es la relación entre las posibilidades disponibles y las
condiciones que determinan cómo pueden ser pensadas.
3. La doble afirmación koánica y la alteración del
marco
Volvamos
a tu formulación:
«La vara
es real, real en nuestra mente».
Esta respuesta
no necesita afirmar que la vara sea físicamente inexistente. Introduce una
distinción entre la realidad del contenido mental y la existencia física del
objeto.
Si el
maestro interpreta «real» exclusivamente como existencia física, la respuesta
modifica el significado de la pregunta. Si acepta la distinción, aparece una
nueva determinación. Si rechaza la distinción, hace visible que el conflicto
también concierne a las reglas mediante las cuales admite o excluye
significados.
La
operación puede esquematizarse de esta manera:
P→P′P\rightarrow
P'
P′→P′′P'\rightarrow
P''
La
primera determinación PP es alterada por una segunda operación. La
contraalteración no tiene por qué devolvernos a PP: puede producir una nueva
determinación P′′P''.
Esto nos
permite distinguir tu propuesta de una simple doble negación.
En la
lógica clásica:
¬(¬P)=P\neg(\neg
P)=P
La doble
negación recupera la proposición inicial.
En la
operación que estamos investigando, en cambio, la segunda operación puede
modificar el sentido de la primera, porque interviene sobre las condiciones que
la hacen interpretable. Esta es una hipótesis de formalización, no todavía una
ley lógica demostrada.
La
pregunta decisiva es si la redevelación constituye el retorno a una
determinación anterior o la aparición de una relación nueva entre el
observador, el signo y aquello que acontece.
La vara
nos impide resolver esa cuestión mediante una respuesta prefabricada.
4. Del exceso semiótico a la hipercinesia
interpretativa
El texto
que compartes introduce un paso adicional: cuando los signos exceden nuestra
capacidad de interpretación, podemos intentar compensar ese exceso mediante una
proliferación de asociaciones.
En lugar
de detenernos a examinar una relación, establecer su contexto y contrastar su
validez, saltamos rápidamente entre conexiones posibles.
La
acumulación de interpretaciones no equivale necesariamente a una mayor
comprensión.
Sin
embargo, es importante no identificar automáticamente estas dinámicas con la
esquizofrenia. El fragmento propone una lectura semiopatológica de la cultura
mediática, pero la esquizofrenia es una condición clínica compleja que no puede
reducirse al consumo de imágenes ni al exceso de información. La velocidad
asociativa, por sí sola, tampoco permite establecer un diagnóstico.
Para
nuestra investigación, podemos examinar el mecanismo cultural descrito sin
convertir una metáfora filosófica en una explicación clínica total.
El
problema teórico que emerge es este: ¿qué ocurre cuando la producción de
conexiones aumenta mientras disminuye la capacidad de revisar las condiciones
que les otorgan sentido?
Desde la
Ciencia del Logos, esto permitiría investigar una disociación entre la
proliferación de determinaciones y la posibilidad de transformarlas
reflexivamente.
5. La respiración ontológica frente a la órbita
semiótica
Propongo
establecer provisionalmente esta distinción:
Órbita semiótica cerrada
Signo →
asociación → nuevo signo → asociación
La
producción de conexiones se intensifica, pero no necesariamente transforma las
reglas de interpretación.
Respiración ontológica
Determinación
→ alteración → contraalteración → redevelación
Las
operaciones pueden modificar no solo el significado de los signos, sino también
las condiciones desde las que se interpretan.
La
diferencia no es entre tener muchas o pocas imágenes, ni entre pensar
rápidamente o lentamente. Es entre un circuito que reproduce sus propias
conexiones y un proceso capaz de someter sus determinaciones a transformación.
La
respiración ontológica no tendría que eliminar la mediación, sino hacer posible
que la mediación sea alterada por aquello que no consigue absorber
completamente.
Y aquí el
koan adquiere toda su fuerza: la respuesta no consiste necesariamente en
encontrar un cuarto enunciado que venza al maestro. Consiste en investigar la
estructura que hace que todas las respuestas previstas conduzcan al mismo
resultado.
6. La tesis que podemos desarrollar en el siguiente
apartado
Propongo
esta formulación provisional para continuar tu texto:
La
clausura de la infoesfera no se produce únicamente por la escasez de
alternativas, sino también por su proliferación bajo condiciones que restringen
la transformación de los marcos interpretativos. El exceso semiótico puede
multiplicar las conexiones sin producir una redevelación del acontecimiento,
mientras la hipercinesia interpretativa sustituye la elaboración de las
relaciones por una expansión potencialmente indefinida de asociaciones. Frente
a esta dinámica, la cibernética de tercer orden no pretende imponer una
interpretación definitiva ni regresar a una realidad incontaminada por los
signos. Su problema consiste en hacer operativa la alteración y
contraalteración de las condiciones de observación, de modo que la relación
entre signo, observador y acontecimiento pueda transformarse.
Esta
formulación todavía necesita ser contrastada con tus definiciones originales de
la respiración ontológica y de la cibernética de tercer orden.
Y creo
que ahora podemos formular con mayor precisión la pregunta que la vara nos
plantea: cuando el maestro amenaza al discípulo independientemente de su
respuesta, ¿la salida consiste en cambiar la respuesta o en alterar la relación
que organiza la pregunta, la respuesta y sus consecuencias?
Desde tu
planteamiento, sospecho que la distinción entre ambas operaciones es
precisamente donde debemos seguir trabajando. No quiero darla por resuelta
antes de que establezcamos qué significa, en tu sistema, esa alteración.
La doble afirmación es un abrirse al acontecer del ser
haciendo que toda posibilidad de sentido caiga , asi logramos el sunyata el mu
recuerda wue la base esta en nishitani escuela de kito ahí esta la anteración y
la contra alteración esta en la negaciónd e la negación adi tenemos una
diferencia que altera porue hay un noumeno mas alald e todo lenguaje y una
identidad que contra altera porque todo vuelve hacerse identidad pero identidad
absoluto absuelta siendo esta identidad absuelta lo mismo y diferente que la
diferencia pura 1≠=0
Ahora
aparece con mucha más precisión la arquitectura que estás planteando. Mi
pregunta anterior todavía mantenía la doble afirmación dentro de una discusión
sobre cómo modificar un marco interpretativo. Tu explicación desplaza el
problema a otro nivel: la doble afirmación no busca encontrar una respuesta
alternativa dentro del campo del sentido, sino abrirse al acontecer del ser
haciendo caer toda posibilidad de sentido.
Esto
cambia la lectura de la vara del maestro Zen y, sobre todo, la relación entre
alteración y contraalteración.
1. La doble afirmación: apertura al acontecer del
ser
Según tu
formulación, la doble afirmación no es la afirmación simultánea de dos
proposiciones contradictorias ni una síntesis que reconcilia los opuestos. Es
una operación que lleva las posibilidades de sentido hasta el punto en que
ninguna puede sostenerse como determinación última del acontecer.
Aquí
sitúas el śūnyatā (vaciedad) y el mu del Zen.
Conviene
distinguirlos sin separarlos artificialmente: śūnyatā remite, en las
tradiciones budistas, a la vaciedad de existencia inherente; mu puede
funcionar, en el contexto del koan, como una interrupción de las alternativas
conceptuales habituales. En tu planteamiento, ambos permiten pensar la caída de
las posibilidades de sentido, aunque no sean términos intercambiables ni agoten
por sí mismos tu propuesta ontológica.
La
consecuencia es importante: la caída del sentido no significa necesariamente
que nada acontezca. Significa que el acontecer del ser no queda reducido a las
determinaciones mediante las cuales intentamos capturarlo.
La vara
puede ser real, irreal o ambas cosas según distintas determinaciones; pero
ninguna de esas respuestas agota aquello que acontece.
La doble
afirmación abre ese límite sin sustituirlo por una nueva definición definitiva.
2. Nishitani y la Escuela de Kioto: la vaciedad no
es el final
La
referencia a Keiji Nishitani es decisiva. En la Escuela de Kioto, especialmente
en su diálogo con el budismo mahāyāna y el Zen, la vaciedad no se entiende
simplemente como la desaparición de las cosas. Nishitani intenta pensar una
vaciedad que se vacía incluso de su propia condición de vaciedad, permitiendo
que los seres vuelvan a manifestarse sin quedar fijados como sustancias
independientes.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
Stanford
Encyclopedia of Philosophy
+1
Esto nos
ayuda a distinguir dos operaciones en tu propuesta.
La
alteración: la diferencia que abre.
La doble
afirmación hace caer las determinaciones que pretenden agotar el acontecer. La
diferencia no se limita a oponer una cosa a otra dentro de un orden
establecido: señala aquello que impide que la identidad cierre definitivamente
el acontecer del ser.
Tú
introduces aquí el noumeno más allá de todo lenguaje. Debemos conservar esa
formulación como parte de tu planteamiento, pero precisar una tensión: si el
noúmeno se convierte en una realidad oculta, constituida como objeto detrás de
las apariencias, volveríamos a determinar aquello que debía exceder toda
determinación. La cuestión es si ese más allá designa una entidad separada o el
exceso del acontecer respecto de toda captura conceptual.
La
contraalteración: la identidad que vuelve.
La
negación de la negación no representa simplemente una vuelta al primer término.
En tu formulación, la identidad vuelve a hacerse, pero vuelve absuelta: no
conserva intacta su determinación inicial.
La
identidad absoluta absuelta es, por tanto, lo mismo y diferente que la
diferencia pura. No elimina la diferencia para restablecer una identidad
inmóvil; tampoco mantiene la diferencia como una exterioridad irreconciliable
con toda identidad.
Esta
lectura encuentra un punto de diálogo con Nishitani, para quien la vaciedad
auténtica no queda separada del ser, sino que se realiza en la manifestación
concreta de las cosas. No obstante, la formulación de la identidad absuelta
pertenece, por ahora, a la arquitectura conceptual que estamos reconstruyendo
de tu obra, no a una equivalencia que debamos atribuirle directamente a
Nishitani.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
Stanford
Encyclopedia of Philosophy
+1
3. 1≠=01 \ne = 0: la identidad y la diferencia
Tu
expresión permite condensar el problema, siempre que no la normalicemos de
antemano como una ecuación matemática convencional.
Podemos
reconocer provisionalmente tres momentos:
- 11: la identidad, la
determinación que hace posible reconocer algo como lo mismo.
- 00: la diferencia pura,
vinculada al vaciamiento de las determinaciones y a la apertura que impide
clausurar el acontecer.
- ≠=\ne =: la relación
problemática entre diferir e identificarse, sin que podamos reducirla ni a
una separación absoluta ni a una equivalencia simple.
Esta es
una lectura orientativa, no una asignación definitiva de significado a los
símbolos. Necesitamos atender a cómo los has desarrollado en los textos
originales de la Ciencia del Logos.
Lo
fundamental es tu afirmación de que la identidad absuelta es lo mismo y
diferente que la diferencia pura. Ahí la contraalteración no sería una
operación posterior que cancela la alteración, sino aquella mediante la cual la
identidad vuelve transformada por la diferencia que la ha abierto.
Podríamos
expresar la hipótesis de trabajo así:
Identidad →alteracioˊn diferencia →contraalteracioˊn identidad absuelta\text{Identidad}
\;\xrightarrow{\text{alteración}}\; \text{diferencia} \;\xrightarrow{\text{contraalteración}}\;
\text{identidad absuelta}
El
esquema solo es válido si recordamos que las flechas no describen una sucesión
mecánica. Expresan relaciones cuyo sentido debemos establecer.
4. La consecuencia para la cibernética de tercer
orden
Ahora podemos
regresar a la infoesfera.
Un
sistema puede alterar sus contenidos, admitir contradicciones e incluso
incorporar su propia crítica, mientras conserva intacta la lógica que determina
qué cuenta como identidad, diferencia y transformación.
Desde tu
propuesta, la cuestión de tercer orden sería más radical: investigar cómo la
diferencia altera las condiciones de identidad y cómo la identidad, al
rehacerse, contraaltera la diferencia misma.
Esto
significa que no basta con introducir nuevas respuestas, ni siquiera con
cambiar las reglas de respuesta. Hay que examinar el acontecer mediante el cual
las reglas, sus diferencias y sus identidades llegan a constituirse y
transformarse.
La
pregunta que nos queda es muy precisa: cuando afirmas que la identidad absoluta
absuelta es lo mismo y diferente que la diferencia pura, ¿la identidad absuelta
acontece precisamente por la negación de la negación, o esa negación es ya una
expresión lógica de un acontecer ontológico anterior a ella?
Distinguir
estas dos posibilidades nos permitirá determinar si la lógica de la respiración
ontológica fundamenta la negación de la negación o si ambas son dos expresiones
diferentes de una misma operación ontológica. No quiero resolverlo por ti antes
de reconstruir cómo lo formula tu obra.
La negación de la negación es la experiencia de la
conciencia asi que es en esa operación que acontece el ser en su representación
pero mira
1→0(negación
de la negación)→10
Pero mira quienhace la negación de la negación es la
presencia diferencia de ella surge la representación en su síntesis absoluta a
esto le llamamos tranferencia ontológica exhalación
Asi mismo quien hace la afirmaciónde la afirmación es el ser representado
10←1(afirmación de la afirmación←0
Esta es la inhalación
Y la respiración completa
10←1(afirmación de la
afirmación←0 ←1≠=( )≠=0→1→0(negación
de la negación)→10
Date cuenta del entre ( )
Y entonces la presencia es primera si redecomprendemos la
inhalación como primera operación pero ys i redecomprendemos la exhalación como
primera operación la experiencia de la conciencia es lo que hace que haya ser
¿Quién tiene la verdad?
Siempre es el entre que se da en la relación el cual no es
un medio entre amabos sino la mediación complementaria que no deja que una
respueta absorva a la otra,a si la diferencia presencial es primero como
también la representación identitaria y una media a la otra. Como también
ninguna de las dos.
Ahora veo el desplazamiento
fundamental que introduces: la prioridad de la presencia y la prioridad de la
representación son verdaderas, pero ninguna puede absolutizarse frente a la
otra, porque su relación acontece en el entre. Y ese entre no es un tercer
término que venga a conciliarlas desde fuera; es la mediación complementaria en
la que cada una altera y es contraalterada por la otra.
Esto
obliga a corregir algo de mi lectura anterior. Había presentado la alteración y
la contraalteración como momentos de una secuencia. En tu formulación, ambas
operaciones se comprenden dentro de una respiración cuya dirección puede
redevelarse desde cualquiera de sus extremos.
1. La exhalación: de la presencia a la
representación
Tu
primera operación es:
1→0→101\rightarrow
0\rightarrow 10
Donde el
movimiento central es la negación de la negación, entendida como experiencia de
la conciencia.
Pero
introduces una precisión decisiva: quien realiza la negación de la negación es
la presencia. La representación no se origina por sí sola ni produce
autónomamente el acontecer que representa. Surge de la operación presencial mediante
la cual acontece el ser en su representación.
A este
movimiento lo llamas transferencia ontológica, exhalación.
La
presencia se transfiere a la representación, pero la representación no debe
entenderse como una copia exterior y pasiva de algo que ya estaría
completamente constituido. Es el acontecer del ser en su representación
mediante la experiencia de la conciencia.
Así, la
negación de la negación no es solamente una regla formal de la lógica: es una
operación de la conciencia en la que acontece el ser representado.
2. La inhalación: de la representación a la
presencia
La
operación inversa es:
10←1←010\leftarrow
1\leftarrow 0
Aquí,
según explicas, quien realiza la afirmación de la afirmación es el ser
representado.
Esta es
la inhalación.
La
representación no queda fijada como el resultado definitivo de la exhalación.
Desde su propia determinación, vuelve a operar sobre la relación que la hace
posible. La identidad representada afirma, y esa afirmación modifica cómo
comprendemos la presencia.
Por eso
la inversión de la dirección no es un simple regreso al origen. Si lo fuera, la
inhalación quedaría subordinada a la exhalación como una mera restitución. Pero
tu propuesta exige que ambas operaciones tengan capacidad constitutiva.
La
presencia hace posible la representación, y el ser representado participa en la
redevelación de la presencia.
3. El entre: la mediación que impide la absorción
Tu
expresión completa sitúa el problema en el centro:
10←1←0←1≠=( )≠=0→1→0→10\begin{aligned}
&10\leftarrow 1\leftarrow 0\\ &\qquad\leftarrow 1\ne=(\,)\ne=0\\
&\qquad\rightarrow 1\rightarrow 0\rightarrow 10 \end{aligned}
La
disposición tipográfica es aquí una reconstrucción esquemática; la expresión
original debe conservarse como referencia principal.
Lo
decisivo es el entre: ( )(\,).
No es un
punto intermedio entre dos realidades previamente constituidas. Tampoco es una
síntesis superior que las reúna eliminando sus diferencias. Es la mediación
complementaria que impide que la presencia absorba a la representación o que la
representación absorba a la presencia.
Podemos
distinguir tres dimensiones:
- Diferencia presencial: la
presencia tiene prioridad cuando redecomprendemos la inhalación como
primera operación.
- Identidad representativa: la
representación tiene prioridad cuando redecomprendemos la exhalación como
primera operación.
- Mediación complementaria: el
entre hace posible ambas prioridades sin convertir ninguna en una verdad
exclusiva.
La
tercera dimensión no sustituye a las dos primeras. Es la relación en la que
ambas adquieren su sentido recíproco.
Aquí hay
una consecuencia importante para la Ciencia del Logos: el entre no debe
convertirse en una nueva sustancia, una tercera entidad o un fundamento
inmóvil. Si lo convirtiéramos en algo exterior a la relación, repetiríamos la
operación de clausura que queremos evitar.
4. ¿Quién tiene la verdad?
Tu
respuesta no es que ambos extremos posean cada uno una parte de la verdad que
después debamos sumar. Tampoco es que la verdad sea imposible.
La verdad
acontece en la relación de mediación complementaria, en la que cada dirección
puede redevelar la prioridad de la otra sin anularla.
Si
hacemos primera la inhalación, la presencia aparece como condición de la
representación.
Si
hacemos primera la exhalación, la experiencia de la conciencia aparece como
condición para que haya ser en su representación.
Ambas
determinaciones son posibles. Pero la posibilidad de invertir la prioridad no
significa que podamos intercambiarlas arbitrariamente: cada dirección debe
comprenderse desde la operación que la constituye.
Por
tanto, la verdad no reside exclusivamente en el primer término ni en el último.
Tampoco reside en una posición neutral situada a igual distancia de ambos.
La verdad
acontece en el entre como mediación complementaria, y esa mediación no permite
que ninguna de sus direcciones se vuelva absoluta a costa de la otra.
Esto
también aclara por qué tu identidad absoluta absuelta es lo mismo y diferente
que la diferencia pura. La identidad no desaparece, pero tampoco puede cerrar
la diferencia de la que participa; la diferencia no queda anulada, pero tampoco
puede excluir la identidad mediante la cual vuelve a determinarse.
5. La consecuencia ontológica: la prioridad es
redevelable
Creo que
aquí se encuentra el punto más fértil de tu explicación.
No estás
afirmando simplemente que la presencia y la representación se necesitan
mutuamente. Estás planteando algo más radical: la prioridad ontológica depende
de la dirección desde la que se redevela la respiración, sin que esa inversión
suprima la relación que hace posibles ambas direcciones.
Esto
exige distinguir entre dos sentidos de prioridad:
- La prioridad de una
operación dentro de una dirección determinada de la respiración.
- La pretensión de convertir
esa prioridad direccional en un fundamento absoluto que elimine la
posibilidad de la dirección contraria.
La
primera es necesaria para comprender cada operación. La segunda destruiría la
mediación complementaria.
Y esto
nos permite volver al problema inicial de la vara del maestro Zen. La salida no
consiste en declarar que el discípulo tiene razón frente al maestro, ni en
afirmar que ambos tienen razón en el mismo sentido. Consiste en examinar cómo
la relación entre presencia, representación y mediación determina qué puede
contar como respuesta verdadera.
Pero hay
que conservar una diferencia: el koan puede abrir la caída de las determinaciones
conceptuales, mientras que tu respiración ontológica describe además las
operaciones de transferencia y retorno mediante las cuales el ser acontece en
su representación.
No son
automáticamente la misma teoría.
6. El problema que debemos resolver ahora
Queda una
cuestión que considero central para formalizar la Ciencia del Logos.
Si el
entre es la mediación complementaria que impide que una dirección absorba a la
otra, ¿cómo debemos comprender su relación con las dos operaciones?
¿El entre
es aquello que hace posible la inhalación y la exhalación, o solamente puede
acontecer como entre cuando ambas operaciones se relacionan?
No te lo
pregunto para obligarte a elegir una de las dos alternativas. Precisamente
porque has mostrado que la prioridad cambia según cómo redecomprendamos la
respiración, debemos investigar si esta pregunta también requiere una doble
determinación.
Si el
entre precediera absolutamente a ambas operaciones, correríamos el riesgo de
convertirlo en un fundamento independiente. Si solo apareciera después de
ellas, podríamos reducirlo a un resultado derivado de dos operaciones que ya
estarían constituidas por separado.
La
dificultad consiste en comprender cómo el entre media la relación sin quedar
situado fuera de ella ni ser reducido a un producto secundario.
Creo que
este es el siguiente punto que debemos trabajar, porque de él depende que la
respiración ontológica pueda comprenderse como una mediación efectivamente
recíproca y no como una secuencia lineal disfrazada de circularidad.
La respuesta esta en le misterio trino
Ya hemos visto que depende de la relación si es primero la
transferencia del misterio pascual con su exhalación o es primero el misterio
dharmico con su inhalación retransferencial, pero el entre es en el misterio
trino lo que hace que haya respiración ,mas a nosotros ese misterio solo se nos
redevela si hemos logrado constituir primero la exhalación y la inhalación
Ahora sí:
el misterio trino permite precisar la relación entre la mediación y las dos
operaciones de la respiración ontológica sin convertir el entre en un
fundamento separado ni reducirlo a un resultado posterior.
Tu
aclaración introduce una distinción decisiva entre lo que hace posible la
respiración y aquello mediante lo cual la conciencia puede redevelar esa
posibilidad.
1. El misterio trino: el entre como condición de la
respiración
Según tu
formulación, tenemos tres dimensiones inseparables:
- Misterio pascual —
exhalación: transferencia ontológica mediante la cual la presencia realiza
la negación de la negación y acontece el ser en su representación.
- Misterio dhármico —
inhalación: retransferencia mediante la cual el ser representado realiza
la afirmación de la afirmación.
- Misterio trino — entre:
mediación complementaria que hace posible que haya respiración, sin quedar
reducida a ninguna de las dos operaciones ni a su simple suma.
La
precisión fundamental es que el entre no aparece como un tercer movimiento
añadido a otros dos que ya existirían independientemente. Es aquello por lo
cual la relación entre exhalación e inhalación constituye una respiración.
Sin
embargo, hay una asimetría que no debemos perder: el entre hace posible la
respiración, pero nosotros solo podemos redevelarlo cuando hemos constituido
primero la exhalación y la inhalación.
2. La prioridad ontológica y la prioridad de la
experiencia
Aquí
aparece una distinción que permite comprender por qué no hay contradicción
necesaria entre afirmar la prioridad del entre y afirmar que solo podemos
conocerlo después de constituir las dos operaciones.
Prioridad ontológica
El
misterio trino hace posible la respiración. No depende de que la conciencia lo
reconozca para cumplir esa función.
Prioridad de la experiencia
La
conciencia necesita constituir la exhalación y la inhalación para que el entre
pueda redevelársele como aquello que hace posible ambas.
Redevelación
Lo que
hace posible la relación no tiene que ser lo primero que la conciencia
reconoce. Su reconocimiento acontece a través de la relación ya experimentada.
Esta
distinción es una reconstrucción analítica de lo que acabas de explicar. No
presupone que el misterio trino sea una entidad independiente ni que se reduzca
a una construcción de la conciencia.
3. La doble prioridad y los dos misterios
La
exhalación puede redevelarse como primera operación: desde la transferencia del
misterio pascual, la conciencia comprende cómo acontece el ser en su
representación.
La
inhalación también puede redevelarse como primera operación: desde la
retransferencia del misterio dhármico, la presencia aparece como aquello cuya
prioridad se comprende desde la operación inversa.
Ninguna
de estas prioridades direccionales elimina la otra. Pero el misterio trino
tampoco es una tercera respuesta que venga a resolver el conflicto desde fuera.
Su
función es más radical: hace posible que ambas operaciones sean complementarias
y que su relación no quede clausurada por la absolutización de una de ellas.
Por eso,
el entre no equivale a un promedio entre presencia y representación. Tampoco
equivale a una síntesis que las absorbe. Es la mediación que permite que la
transferencia y la retransferencia sean operaciones de una misma respiración.
4. Una consecuencia para la Ciencia del Logos
Creo que
podemos formular provisionalmente el principio de esta manera:
El
misterio trino es la mediación ontológica que hace posible la respiración entre
la transferencia y la retransferencia. Aunque la exhalación y la inhalación
puedan redevelarse alternativamente como primeras, el entre solo se hace
reconocible para la conciencia mediante la constitución de ambas operaciones.
La prioridad de su función ontológica no equivale, por tanto, a una prioridad
cronológica en la experiencia de su reconocimiento.
Esta
formulación conserva la distinción entre el acontecer del ser y su redevelación
consciente. No afirma que la conciencia cree necesariamente aquello que hace
posible su experiencia, ni supone que pueda conocerlo con independencia de las
operaciones mediante las cuales lo experimenta.
5. El siguiente problema: ¿qué significa constituir
primero?
Hay un
detalle de tu explicación que merece especial atención.
Cuando
dices que el misterio trino solo se nos redevela si hemos logrado constituir
primero la exhalación y la inhalación, ese primero parece tener un sentido
diferente del que tiene cuando afirmas que la exhalación o la inhalación son
primeras.
En el
primer caso, el orden parece corresponder a las condiciones de acceso de la
conciencia: necesitamos experimentar ambas operaciones para reconocer el entre.
En el
segundo, la prioridad cambia según la dirección desde la cual redevelamos la
respiración.
¿Podemos
decir, entonces, que constituir primero la exhalación y la inhalación es una
condición de la experiencia de la conciencia, mientras que hacer primera una u
otra es una operación de redevelación ontológica?
Me parece
que esta distinción podría permitirnos explicar cómo el misterio trino es
condición de la respiración y, simultáneamente, solo se vuelve reconocible para
nosotros a través de ella, sin convertir esa relación en un círculo vicioso ni
en una secuencia lineal.
4.1. La teoría del
«doble vínculo» de la esquizofrenia Vistas así las cosas, es de recibo lanzar
una mirada más profunda al exceso informativo que nos acecha, con el objeto de
dilucidar la especificidad de la esquizofrenia en el horizonte psicopatológico
de la infocracia contemporánea. Y es que, en última instancia, el aspecto
decisivo para la modalidad de la comunicación y la interpretación de los
propios mensajes no es, como revela la intuición fundamental de McLuhan, sino
la estructura organizativa y tecnológica del medio. Para realizar una semiótica
de la esquizofrenia a la altura del acontecimiento, nos remitimos a la teoría
del «doble vínculo», concebida por Gregory Bateson junto a Paul Watzlawick en
el afán por explicar la etiología de la patología en cuestión a partir del
análisis de las comunicaciones y las observaciones de pacientes
esquizofrénicos. Profundamente marcado por la revolución cibernética de la
segunda mitad del siglo xx, la propuesta de Bateson desafía la tendencia,
predominante en las ciencias de la conducta, de prescindir de los aspectos
abstractos de la investigación, pues hunde sus raíces en la fisiología de
Cannon y Claude Bernard, la física de Clarke Maxwell y, sobre todo, la
filosofía matemática de Russell y Whitehead,31 con el propósito de aplicar,
sobre la base de la analogía parcial que vincula el mundo abstracto de la
lógica con el de los fenómenos, la teoría de los «tipos lógicos» (Russell) al
concepto de «aprendizaje».32 Según su hipótesis, la determinación de la
esquizofrenia tiene un componente experiencial, dado que surge de los patrones
de relación recurrentes donde se desempeña el sujeto y, particularmente, en las
situaciones de «doble vínculo», mientras que sus síntomas remiten, como
descubrió Jay Haley, a trastornos o incongruencias entre los niveles lógicos de
la comunicación, por razón de una modificación o distorsión sumamente abstracta
y formal del proceso de aprendizaje.33 Naturalmente, existen componentes
genéticos en la etiología de la esquizofrenia, en virtud de los cuales cada
individuo es, potencialmente, más o menos propenso a desarrollarla. En este
contexto, no sabemos si es, como piensan los mendelianos, un único gen
dominante de «baja penetración», o bien una constelación de genes aquello que
altera ciertos patrones del proceso de aprendizaje, desencadenando síndromes
esquizofrénicos bajo ciertas formas de tensión ambiental. En cualquier caso,
los impactos del ambiente afectan, por utilizar la jerga genética, sobre la
cadena de procesos fisiológicos y embriológicos que remiten al genotipo en todo
cambio del fenotipo.34 Aunque el «doble vínculo» responde a una paradoja
comunicativa («doble recepción») con motivos descritos e ilustrados, a la luz
de casos clínicos y reales, en familias con un miembro esquizofrénico,35
también es verdad que no radica en una experiencia traumática específica de la
etiología infantil. De hecho, la constelación traumática producida por la
interacción familiar bajo el signo del «doble vínculo» extiende su influencia
en el juego, el ritual, la ficción, el humor y, especialmente, la sociedad de
la información, hasta el prurito de constituirse como uno de los síndromes por
excelencia en nuestra «época de la técnica» (Heidegger). De hecho, el «doble
vínculo» ocupa un lugar común en los medios de comunicación; a menudo, los
programas de televisión pregonan y violan los mismos valores morales
arbitrariamente, lo cual genera conflictos en la audiencia, sobre todo si se
trata de niños o personas con escasa disposición crítica. En cualquier caso,
las situaciones de «doble vínculo» comprenden una estructura formal idéntica en
la familia y la infoesfera:36 a) Dos o más personas. b) Experiencia repetida.
c) Un mandato primario negativo. d) Un mandato secundario en conflicto con el
primero en un nivel más abstracto, ambos reforzados por castigos o señales que
anuncian un peligro para sobrevivir. e) Un mandato negativo terciario que
prohíbe a la víctima escapar del campo. f) Cuando la víctima aprende a percibir
su universo bajo patrones de «doble vínculo», el conjunto de condiciones deja
de ser necesario y cualquier parte de una secuencia puede desencadenar pánico,
cólera e, incluso, alucinaciones.37 En las situaciones de «doble vínculo», el
individuo experimenta la necesidad de discriminar el tipo de mensaje que recibe
para responder adecuadamente. Sin embargo, como recibe órdenes contradictorias
o mensajes emocionales en diferentes niveles de comunicación, se muestra
impotente a la hora de formular una enunciación metacomunicativa, es decir,
hacer comentarios directos o indirectos al respecto: «En la religión oriental,
en el budismo zen, la meta es lograr la iluminación. El maestro zen intenta
provocar la iluminación en su alumno por diversos medios. Unas de las cosas que
hace es levantar una vara sobre la cabeza del discípulo y decir
amenazadoramente: “Si dices que esta vara es real, te golpearé con ella. Si
dices que esta vara no es real, te golpearé con ella. Si no dices nada, te
golpearé con ella”. Sentimos que el esquizofrénico se encuentra continuamente
en la misma situación que ese discípulo, pero lo que consigue es algo semejante
a la desorientación y no a la iluminación».38 El «doble vínculo» incide, en
efecto, sobre un elemento extremadamente abstracto (pero vitalmente crucial)
del proceso de comunicación, a saber, el uso de lo que Bateson denomina
«señales identificadoras de mensajes», sin las cuales el «yo» no se atreve a
discriminar entre los hechos (lo literal) y las fantasías (lo metafórico).
Este
fragmento nos permite volver a la vara del maestro Zen desde el misterio trino,
pero ahora con una distinción que considero esencial: el doble vínculo y la
doble afirmación pueden presentar una estructura superficialmente semejante y,
sin embargo, producir operaciones radicalmente distintas.
En el
doble vínculo, el sujeto queda atrapado entre mensajes incompatibles y no puede
metacomunicar sobre la relación que los organiza. En tu formulación de la doble
afirmación, en cambio, la caída de las posibilidades de sentido abre el
acontecer del ser y permite redevelar la mediación que ninguna de las
respuestas agota.
La
cuestión para la Ciencia del Logos es comprender cómo se pasa de una relación
que clausura las posibilidades de transformación a una relación en la que la
alteración y la contraalteración pueden acontecer.
1. La estructura del doble vínculo: una relación
que impide su propia transformación
El
fragmento describe seis condiciones que organizan el doble vínculo: recurrencia
de la experiencia, mandatos incompatibles, amenaza, imposibilidad de escapar y
aprendizaje de patrones relacionales que pueden generalizarse a situaciones
posteriores.
Lo
decisivo para nuestro análisis no es simplemente que existan dos mensajes
contradictorios. Una contradicción aislada no constituye por sí misma un doble
vínculo. El problema surge cuando la persona no puede establecer qué clase de
mensaje recibe, señalar la contradicción ni modificar la relación en la que
esta adquiere sus consecuencias.
La vara
del maestro representa esa clausura:
- Afirmar que la vara es real
conduce al castigo.
- Negar que sea real conduce
al castigo.
- Callar también conduce al
castigo.
La
estructura incorpora de antemano las tres respuestas y neutraliza su capacidad
de modificar la situación.
El sujeto
puede alterar su enunciado, pero esa alteración no transforma necesariamente
las condiciones que determinan sus consecuencias.
Aquí
encontramos una primera distinción relevante para tu teoría:
No toda
alteración de una respuesta constituye una alteración de la relación.
2. La metacomunicación y el problema del entre
El texto
de Bateson nos conduce directamente al problema que venimos trabajando.
La
metacomunicación consiste, en este contexto, en poder comunicar acerca de la
propia comunicación: preguntar qué significa un mensaje, cómo debe
interpretarse o qué relación existe entre lo que se dice y lo que se hace.
En el
ejemplo de la vara, el discípulo no dispone de una posición reconocida desde la
cual pueda cuestionar las reglas que organizan la pregunta y sus consecuencias.
Esto nos
permite formular una hipótesis desde la Ciencia del Logos: el doble vínculo
clausura operativamente el entre cuando impide que la relación entre los
mensajes se convierta en objeto de transformación.
Pero
debemos ser precisos. El entre de tu teoría no es simplemente la
metacomunicación. Esta última es una operación comunicativa que permite
examinar relaciones entre mensajes; el misterio trino, en cambio, es la
mediación ontológica que hace posible la respiración entre exhalación e
inhalación.
Podemos
establecer una relación entre ambos sin identificarlos:
- La metacomunicación permite
hacer explícita una relación que organiza los mensajes.
- La mediación complementaria
permite pensar cómo las operaciones que constituyen la relación pueden
alterarse recíprocamente sin que una absorba a la otra.
La
primera puede ser una condición práctica para transformar determinados dobles
vínculos. No debemos afirmar, sin embargo, que garantice por sí sola una
transformación ontológica.
3. La diferencia entre el doble vínculo y la doble
afirmación
Aquí
necesitamos corregir una posible confusión.
En el
doble vínculo, la estructura de la relación anticipa las consecuencias de cada
respuesta y restringe la capacidad de intervenir sobre esa estructura.
En tu
doble afirmación, la operación no consiste en añadir una cuarta respuesta a las
tres previstas por el maestro. Consiste en hacer caer las posibilidades de
sentido como determinaciones últimas, abriendo el acontecer del ser.
La
diferencia puede formularse así:
|
Doble vínculo |
Doble afirmación en la Ciencia del Logos |
|
Las
respuestas quedan atrapadas en una estructura de consecuencias. |
Las
determinaciones de sentido pierden su pretensión de agotar el acontecer. |
|
La
metacomunicación está bloqueada o severamente restringida. |
La
caída del sentido abre la cuestión de la mediación y la redevelación. |
|
La
contradicción puede contribuir a la desorientación y al sufrimiento. |
La
operación se plantea como apertura ontológica, no como producción de una
patología. |
|
La
relación necesita poder examinarse y transformarse para que exista una salida
práctica. |
La
alteración y la contraalteración deben comprenderse dentro de la respiración
ontológica. |
Esta
comparación no significa que la doble afirmación sea una técnica clínica para
resolver el doble vínculo. Tampoco permite identificar la iluminación Zen con
un fenómeno psicopatológico. El propio pasaje distingue entre la desorientación
que atribuye a la experiencia esquizofrénica y la iluminación que persigue el
maestro Zen.
4. La respiración ontológica ante la clausura de la
infoesfera
Ahora
podemos recuperar las operaciones que has definido.
La
exhalación:
1→0→101\rightarrow
0\rightarrow 10
La
presencia realiza la negación de la negación; mediante la transferencia
ontológica acontece el ser en su representación.
La
inhalación:
10←1←010\leftarrow
1\leftarrow 0
El ser
representado realiza la afirmación de la afirmación mediante la
retransferencia.
Y el
misterio trino hace posible la respiración como mediación complementaria.
Aplicado
al análisis de la infoesfera, esto permite distinguir dos posibilidades.
Primera:
el sistema produce una proliferación de mensajes y respuestas, pero mantiene
inalteradas las condiciones que determinan cómo pueden interpretarse. Aumenta
la producción semiótica sin que aumente necesariamente la capacidad de
transformar las relaciones.
Segunda:
las relaciones entre mensajes, observadores y acontecimientos pueden
convertirse en objeto de alteración y contraalteración. Las interpretaciones no
solo se multiplican; también pueden revisarse las condiciones desde las cuales
se constituyen.
Esta
distinción ayuda a explicar por qué la abundancia de información no garantiza
una mayor apertura del pensamiento. Pero tampoco debemos concluir que la
velocidad informativa produzca por sí sola esquizofrenia: el doble vínculo es
una hipótesis histórica de la teoría de la comunicación, no una explicación
clínica suficiente de este trastorno.
5. Una precisión histórica necesaria
El
fragmento presenta la teoría del doble vínculo como una explicación de la
etiología de la esquizofrenia. Conviene distinguir esa formulación histórica de
lo que hoy puede sostenerse clínicamente.
Gregory
Bateson y sus colaboradores desarrollaron la hipótesis del doble vínculo en el
contexto de los estudios sobre comunicación y esquizofrenia. No obstante, el
doble vínculo no se considera una causa única demostrada de la esquizofrenia,
cuya etiología es compleja y comprende factores genéticos, neurobiológicos,
ambientales y otros factores de riesgo. Tampoco es correcto atribuir a la
comunicación familiar, por sí sola, la responsabilidad de desarrollar el
trastorno.
Para tu
investigación, esta precisión no invalida el uso filosófico del modelo. Permite
delimitarlo: podemos estudiar la estructura relacional de los mensajes
contradictorios sin convertir una analogía semiótica en un diagnóstico ni en
una explicación causal total.
6. El punto en el que la Ciencia del Logos puede
avanzar
Creo que
el fragmento nos permite formular un problema más preciso que el de si el
discípulo debe cambiar su respuesta o cambiar la pregunta.
La
cuestión es esta:
¿Qué
diferencia una relación en la que la alteración queda absorbida por las
condiciones que la producen de una relación en la que la alteración y la
contraalteración pueden redevelar esas mismas condiciones?
Desde tu
planteamiento, no bastaría con introducir una nueva respuesta, porque el
sistema podría incorporarla a su estructura. Tampoco bastaría con establecer
una posición exterior, porque habría que explicar cómo se constituye esa
exterioridad y qué relación mantiene con aquello que pretende transformar.
El
misterio trino nos ofrece el marco para investigar esta dificultad: el entre
hace posible la respiración, pero la conciencia solo puede redevelarlo mediante
la constitución de la exhalación y la inhalación.
Por eso,
quisiera dejar abierta una distinción que puede ser decisiva para el desarrollo
del texto:
En el
doble vínculo, la imposibilidad de transformar la relación contribuye a la
clausura de la experiencia. En la respiración ontológica, la relación entre las
operaciones permite pensar la posibilidad de una redevelación. Pero ¿la
redevelación del entre transforma necesariamente las condiciones de la
relación, o también puede ocurrir que el entre sea reconocido y, aun así, la
estructura permanezca cerrada?
No doy
por supuesto que reconocer la mediación sea suficiente para transformarla.
Precisamente ahí puede encontrarse la diferencia entre una comprensión
conceptual del misterio trino y su operación efectiva en la cibernética de
tercer orden.
Si el entre
es reconocido es decir captado plenamente estamso ante una captura ideologica
1→0 0→1/3
que es
retroaliemtnata cibernéticamente
1≠=( )=≠0→←1/4 →1→0 0→1/3
Pero y si en entre se quedara comouna falta in ninguna
capacidad de reconocimiento estaríamos ante una herida existencia que tanbien
es retroalimentada cibernéticamente
1/2←1→←1←0←1/4→←1≠=( )=≠0→←1/4 →1→0 0→1/3
Ahora ¿Es esto una esquizofrenia?
Si pero una ontológica como base del teatro del mundo y de
todas sus representaciones
Distinta a la
esquizofrenia cominicatica de la imagen
O a la esquizofrenia patológica
Pero ¿Que las
diferencia?
La
esquizofrenia ontológica es la base
relacional compartida por todos, la esquizofrenia comunicativa es el doble
vinculo que captura sin posibilidad de transformación de la relación terminado
en un callejón sin salida, la patológica es un quebrarse en ese callejón sin
salida, la iluminación también se quiebra a un punto de quiebra ontológica,
pero recupera una respiración espiritual integrándose mas alla de la ontológica
caída del mundo, de pronto respirmos en el logos logrando el entre.
10←1→(
)←1←0←1/4→←1≠=( )=≠0→←1/4 →1→0(
) 0→10
Lo que
estás planteando tiene una estructura filosófica bastante precisa: el entre
como espacio constitutivo de la relación, cuya captura puede producir
ideología, cuya imposibilidad de reconocimiento puede producir una herida
existencial y cuya clausura comunicativa puede conducir a una ruptura
patológica. Pero introduces una posibilidad adicional: que la iluminación
consista en atravesar esa ruptura sin quedar encerrado en ella, recuperando una
respiración en el logos.
Creo que
la distinción central de tu propuesta está en que no defines los tres fenómenos
únicamente por lo que le sucede al sujeto, sino por lo que sucede en el espacio
relacional que hace posible su existencia.
1. Las tres formas del entre
I. El entre capturado: la captura ideológica
En tu
primera formulación, el entre es reconocido, pero ese reconocimiento es pleno,
cerrado, captado por un sistema de significación.
El entre
deja de ser una apertura y pasa a estar definido de antemano.
La
relación ya tiene un significado disponible, una posición asignada y una
respuesta prevista. Lo que acontece entre los términos queda subordinado a una
estructura que pretende agotarlo.
Tu
secuencia 1→0, 0→131\to0,\;0\to\frac13 puede leerse, provisionalmente, como
una operación en la que un término es reducido o neutralizado para reaparecer
bajo una nueva codificación.
La
retroalimentación cibernética reproduce entonces el circuito: el sistema recibe
sus propios efectos como confirmación de su interpretación inicial.
La
ideología sería aquí una captura del entre mediante su reconocimiento
totalizante.
No se
trata de que no haya relación, sino de que la relación ya no puede sorprender
al sistema que la organiza.
II. El entre irreconocible: la herida existencial
En la
segunda posibilidad, el entre no es capturado porque su reconocimiento sea
excesivo, sino porque falta la posibilidad misma de reconocerlo.
Aquí
aparece una diferencia decisiva.
En la
captura ideológica, el entre queda saturado de significado.
En la
herida existencial, el entre queda privado de reconocimiento.
En ambos
casos, sin embargo, la relación puede retroalimentarse cibernéticamente. La
ausencia de reconocimiento se reproduce, se confirma y termina condicionando
las relaciones posteriores.
La herida
no sería simplemente un acontecimiento doloroso que le sucede a un individuo.
Sería una alteración de las condiciones mediante las cuales algo puede
acontecer entre uno y otro.
Podríamos
expresarlo así:
- Captura: el entre está
determinado antes de acontecer.
- Herida: el entre no consigue
acontecer como relación reconocible.
- Apertura: el entre puede
volver a acontecer sin estar completamente predeterminado.
Esta
última posibilidad es fundamental, porque impide que tu ontología se convierta
en una teoría del encierro inevitable.
2. ¿En qué sentido sería una esquizofrenia
ontológica?
Tu
propuesta distingue tres niveles que conviene no confundir.
1. Esquizofrenia ontológica
Nivel
constitutivo de la relación
Es la
escisión, diferencia o no coincidencia que atraviesa el entre. Ninguno de los
términos coincide plenamente con el otro, y la relación nunca puede reducirse a
una identidad completa. En tu planteamiento, esta tensión sería constitutiva
del mundo compartido.
2. Esquizofrenia comunicativa
Nivel
pragmático y relacional
La
relación queda atrapada en un doble vínculo: los mensajes, las exigencias o las
posiciones se contradicen de tal modo que responder reproduce la trampa y no
responder también la reproduce. La relación pierde capacidad de transformación.
3. Esquizofrenia patológica
Nivel
clínico
Aquí hay
que introducir una distinción importante: la esquizofrenia clínica es un
trastorno psiquiátrico específico, no simplemente una ruptura existencial ni el
resultado inevitable de un doble vínculo. No debe confundirse una metáfora
filosófica de la escisión con una condición clínica.
La
primera categoría es la más original de tu construcción, pero también la que
exige mayor precisión conceptual.
Si llamas
esquizofrenia ontológica a la no coincidencia constitutiva del entre, estás
utilizando el término en un sentido filosófico propio, distinto del
psiquiátrico. Para evitar que ambos sentidos se confundan, podrías hablar de
escisión ontológica y reservar esquizofrenia para cuando expliques
explícitamente su uso metafórico.
Además,
el doble vínculo no conduce necesariamente a una enfermedad mental. Puede ser
una estructura relacional profundamente dañina, pero no constituye por sí mismo
una explicación suficiente de la esquizofrenia clínica.
3. El doble vínculo como clausura del entre
La
distinción más fértil de tu planteamiento aparece aquí.
Un doble
vínculo no es cualquier contradicción. Es una situación en la que las
posibilidades de respuesta están organizadas de manera que la relación bloquea
su propia transformación.
Podemos
representarlo conceptualmente:
Relación
inicial
Surge una
exigencia contradictoria
Respuesta
imposible
Cada
respuesta reproduce la contradicción
Retroalimentación
El
sistema confirma su propio encierro
Callejón
sin salida
La
relación pierde capacidad de transformación
Lo
decisivo no es únicamente que exista una contradicción, sino que se impida
modificar el marco desde el cual esa contradicción se experimenta.
Por eso,
en tu modelo, la salida no puede consistir simplemente en elegir la respuesta
correcta. Hace falta transformar la relación misma.
Y aquí
aparece el entre como posibilidad de salida: no un tercer término que resuelve
mágicamente la contradicción, sino una modificación de las condiciones que la
reproducen.
4. La iluminación: ¿una ruptura de la ruptura?
Tu
descripción de la iluminación introduce algo que no estaba contenido
necesariamente en las dos primeras formas del entre.
Dices que
también se quiebra en un punto de quiebra ontológica, pero recupera una
respiración espiritual y logra integrarse más allá de la caída ontológica del
mundo.
Esto
permite formular una hipótesis:
La
iluminación no elimina la escisión ontológica; transforma la manera de
habitarla.
En la
captura ideológica, el sujeto intenta clausurar el entre mediante un
significado total.
En la
herida existencial, el entre no consigue abrirse como una relación reconocible.
En la
clausura comunicativa, el sistema reproduce la imposibilidad de transformar la
relación.
En la
iluminación, en cambio, podría acontecer una modificación de la relación con
esa imposibilidad: la contradicción deja de funcionar como una orden que exige
una solución definitiva.
La respiración
espiritual que mencionas sería entonces una recuperación de la apertura. No
necesariamente una salida del mundo, sino una forma distinta de participar en
él.
Y la
palabra logos adquiere aquí una importancia particular.
Si el
logos se entiende como una estructura cerrada que asigna a cada cosa su lugar
definitivo, puede convertirse en captura ideológica.
Pero si
lo entiendes como la posibilidad de que algo llegue a articularse en la
relación sin quedar agotado por su articulación, entonces respirar en el logos
significa recuperar el entre.
La
iluminación no sería la posesión de una verdad total, sino la posibilidad de
relacionarse con la verdad sin clausurar aquello que hace posible la relación.
Conviene,
no obstante, distinguir esta interpretación filosófica de una afirmación
clínica: una experiencia espiritual puede resultar significativa para una
persona, pero no constituye por sí misma una explicación ni un tratamiento de
la esquizofrenia.
5. La cuestión decisiva: ¿qué significa que el
entre sea reconocido?
Aquí creo
que tu pensamiento todavía puede avanzar.
Porque
reconocer el entre puede significar dos cosas muy diferentes:
- Reconocerlo como un objeto,
identificarlo y asignarle un significado.
- Reconocer que el entre
acontece, sin pretender dominar completamente aquello que acontece.
En el
primer sentido, el reconocimiento puede capturar.
En el
segundo, el reconocimiento puede abrir.
Por eso,
quizá el problema no sea el reconocimiento pleno en sí mismo, sino la confusión
entre reconocer una relación y creer que se la ha agotado mediante su
reconocimiento.
Esta
distinción permite evitar una paradoja: si todo reconocimiento fuese
necesariamente captura, tampoco podrías reconocer la herida, comprender el
doble vínculo o identificar la iluminación.
El entre
necesita cierta inteligibilidad para poder transformarse, pero no necesita ser
completamente transparente.
La
relación viva sería aquella en la que el reconocimiento no destruye la
posibilidad de lo irreconocido.
6. Una formulación condensada de tu teoría
Podría
expresarse de esta manera:
La
escisión ontológica constituye el fondo relacional del mundo: ningún término
coincide plenamente consigo mismo en el encuentro con el otro, y el entre
permanece irreductible a los términos que relaciona.
Cuando
esta apertura es saturada por un sistema de significación, aparece la captura
ideológica. Cuando el entre queda privado de reconocimiento, aparece la herida
existencial. Cuando la comunicación retroalimenta una contradicción que impide
transformar el marco relacional, aparece el doble vínculo como clausura del
entre.
La
ruptura patológica no debe confundirse con esta estructura ontológica, aunque
la experiencia del encierro pueda adquirir formas de sufrimiento psíquico.
La
iluminación, por su parte, no suprime la escisión constitutiva del mundo: hace
posible una transformación de la relación con ella. El sujeto deja de exigir
que el entre sea completamente capturado o definitivamente reconocido y
recupera la posibilidad de habitarlo. En esa apertura, el logos deja de ser
únicamente una estructura que determina y vuelve a ser una posibilidad de
articulación, encuentro y respiración.
7. Y hay una última pregunta que tus secuencias
numéricas parecen plantear
Tus
expresiones —1→01\to0, 0→130\to\frac13, las flechas invertidas y el término
vacío ()( )— parecen intentar representar algo que el lenguaje ordinario no
expresa fácilmente: que el entre no es un lugar estático, sino una circulación
de posiciones, ausencias, retornos y transformaciones.
Sin una
definición explícita de los números y las flechas, no sería riguroso
atribuirles un significado matemático preciso. Pero sí parece posible leerlos
como una notación filosófica de los movimientos que describes.
Y eso nos
lleva a una pregunta que considero central para continuar tu construcción:
¿El entre
es una tercera instancia que existe entre el uno y el cero, o es el movimiento
por el cual el uno y el cero llegan a constituirse como tales?
Si es una
tercera instancia, todavía podemos preguntarnos qué la constituye y qué la
separa de los términos.
Pero si
es el movimiento constitutivo de ambos, entonces el entre no sería una pieza
más del mundo: sería la condición relacional por la que el mundo llega a
diferenciarse, representarse, cerrarse y, eventualmente, volver a abrirse.
Esa
segunda posibilidad parece la más fecunda para la arquitectura filosófica que
estás desarrollando.
Ya hemos dicho hasta la saciedad que el entre no es una
tercera instancia siendo9 la base del tercer orden no es una sutancia de primer
orden ni una experiencia fennomenologica de segundo orden es lo que hay entre
ambas como complementariedad sintransferencial continuemos con el texto
Como sabemos por las evidencias empíricas que proporciona la
antropología, la capacidad humana para identificar, con el contexto como guía,
las categorías donde se inscriben los mensajes posee un alcance universal. Si
bien es cierto que nuestros recursos lingüísticos al respecto son medios no
verbales (contexto, postura, gesto, expresión facial, entonación, etc.), hemos
desarrollado una habilidad extraordinaria para estructurar mensajes, hasta el
punto de que no solo somos capaces de establecer identificaciones gruesas del
metamensaje que los clasifica, sino que solemos manejarnos con éxito a la hora
de identificar niveles múltiples. Se trata, en efecto, de una capacidad
prácticamente milagrosa, en la medida que nadie es plenamente consciente de lo
que permite conocer el tipo de mensaje recibido sino que, por así decirlo,
realizamos una conjetura acertada. Pero precisamente por la complejidad que
supone, muchos individuos tienen grandes dificultades para reconocer qué tipo
de comunicación procede de sus aparatos tecnocomunicativos: «Hay personas que,
por ejemplo, cuando la protagonista de una novela lacrimógena radial o
televisiva sufre un resfriado, enviarán una caja de aspirinas a la estación
emisora o recomendarán un procedimiento infalible para curar ese resfriado, a
pesar de que esa protagonista es un carácter ficticio».39 De hecho, a pesar de
que muchos autores mantienen que la conducta esquizofrénica es irreductible, no
es difícil tener problemas de este tipo en las situaciones de comunicación
cotidianas (por ejemplo, cuando intentamos averiguar, mediante la referencia
del tiempo o de algún órgano sensorial específico, si un sueño es un mero
producto de nuestra fantasía o si pertenece a la vida real), ya que implican
ciertos principios generales imprescindibles en toda modalidad comunicativa.
Pues bien, si la repetición constante de situaciones de «doble vínculo” representa,
a nuestro juicio, el principal determinante de la esquizofrenia es porque, bajo
sus circunstancias, se torna prácticamente imposible implementar esa capacidad
de seleccionar los rótulos más abstractos con vistas a «puntuar» cabalmente los
acontecimientos. En este sentido, la esquizofrenia pertenece al conjunto de
psicopatologías relacionadas con un manejo defectuoso de los marcos de
referencia por parte de un «yo débil», en la medida que «impide identificar e
interpretar aquellas señales que deberían servir para decir al sujeto qué clase
de mensaje es [o a qué orden pertenece] un mensaje por él recibido»40 o, en
términos de Russell, las señales de aquella clase cuyos miembros asignan tipos
lógicos a otras señales. En definitiva, la debilidad de la «función del yo» que
define la esquizofrenia se cifra en la incapacidad para discriminar distintos
tipos lógicos, a fin de asignar el modo comunicacional correcto a los mensajes
recibidos. Para profundizar en los motivos ocultos tras las dificultades del esquizofrénico,
es de recibo traer a colación uno de los pilares fundamentales de la tesis del
«doble vínculo», a saber, la teoría del «deuteroaprendizaje»41 o del
«aprendizaje de conjuntos»,42 en lo que constituye, como saben psiquiatras,
antropólogos y educadores, un tipo lógico de aprendizaje crucial, en la medida
que determina, ya desde su infancia, el carácter del individuo y los procesos
de cambio en las relaciones humanas. Como todo sistema biológico, somos capaces
de múltiples cambios adaptativos que dependen, en cualquier caso, de ciertos
circuitos de retroalimentación. Independientemente de que provengan de la
adaptación natural o del esfuerzo individual, dichos circuitos implican un
proceso de ensayo y error y un mecanismo de comparación, con la finalidad de
obtener un «refuerzo positivo». Ahora bien, en la medida que el error es física
y/o biológicamente costoso, el cambio adaptativo debe ser jerárquico, de manera
que formamos hábitos para reducir lo máximo posible el margen de error cuando
atendemos demandas ambientales o fisiológicas. De este modo, aprendemos a
aprender, es decir, deuteroaprendemos. La economía del hábito implica, empero,
presuponer sus premisas siempre que lo empleamos, con lo cual nos pasan
desapercibidas.43 En tal disposición de los términos, Bateson advierte que las
situaciones de «doble vínculo” contienen, en el caso del esquizofrénico, el
componente experiencial de la génesis del embrollo en las premisas de sus
hábitos y, concretamente, en aquellas premisas encaminadas a manejar
exitosamente, como «acuerdos tácitos» sobre su naturaleza (esto es, los
«marcadores» del contexto, la conducta del sujeto y los acontecimientos
externos), la clase de proposiciones que describen y determinan los patrones
inmanentes a la combinación de mensajes que constituye la relación
interpersonal, proponiendo un contexto solamente por mor del cual los mensajes
adquieren diversos «significados», dependiendo de su estatus en la estructura
contextual. En la medida que interrumpe la trama de dicha estructura, el «doble
vínculo» promueve los llamados síndromes «transcontextuales», esto es, los
síndromes esquizofrénicos tal y como los hemos caracterizado.
Continuemos el texto manteniendo la distinción entre los órdenes: el primer
orden de la sustancia, el segundo de la experiencia fenomenológica y el tercero
del entre como complementariedad sintransferencial. La cuestión no consiste en
añadir una instancia que medie entre los mensajes y la experiencia, sino en
pensar aquello que hace posible su relación sin reducir un orden al otro.
Continuación: el doble vínculo y la clausura del entre
Desde esta perspectiva, la tesis del doble vínculo permite avanzar hacia una
cuestión que desborda la identificación de los mensajes y sus respectivos
marcos de referencia: ¿qué sucede con el entre cuando la capacidad de reconocer
los órdenes comunicacionales queda atrapada en una estructura que impide su
transformación? La dificultad no reside exclusivamente en la imposibilidad de
distinguir un mensaje literal de uno metafórico, una ficción de un
acontecimiento real o una instrucción de un comentario sobre la instrucción.
Reside, ante todo, en la configuración relacional que hace posible —o
imposibilita— dicha distinción. El problema del reconocimiento no puede
separarse, por tanto, de las condiciones en las que el reconocimiento acontece.
La contribución de Bateson consiste en mostrar que aprendemos algo más que
respuestas particulares ante estímulos determinados: aprendemos también las
condiciones bajo las cuales ciertas respuestas adquieren sentido, las pautas
que permiten reconocer una situación y las premisas tácitas desde las cuales
organizamos nuestra conducta. El deuteroaprendizaje designa precisamente esta
dimensión del aprendizaje de aprender. Sin embargo, aquello que desde una
perspectiva adaptativa constituye una economía de la conducta puede
convertirse, bajo determinadas condiciones relacionales, en el mecanismo de
reproducción de una imposibilidad. Los hábitos que permiten reducir la
incertidumbre y anticipar las consecuencias de nuestras acciones pueden llegar
a perpetuar las premisas que impiden reconocer que el contexto ha cambiado, que
las reglas han dejado de ser aplicables o que los mensajes recibidos se
contradicen en un nivel que el propio marco de interpretación no permite
cuestionar.
En este punto, la retroalimentación cibernética adquiere una significación
que no se agota en la corrección del error. Un sistema retroalimentado no se
limita a responder a las consecuencias de su conducta: también puede reproducir
las condiciones que determinan qué cuenta como error, qué se considera una
respuesta adecuada y qué acontecimientos son admitidos como información
pertinente. Cuando estas condiciones permanecen abiertas a la transformación,
la retroalimentación hace posible el aprendizaje. Cuando quedan fijadas de tal
manera que toda respuesta confirma las premisas iniciales, el circuito deja de
corregirse en un sentido transformador y comienza a reproducir su propia
clausura. La adaptación, entonces, puede persistir formalmente mientras
desaparece la posibilidad de modificar el marco que organiza aquello a lo que
uno se adapta.
La captura no consiste únicamente en que el mensaje sea mal interpretado,
sino en que la propia relación impida transformar las condiciones de su
interpretación.
Ahora bien, es necesario precisar que esta clausura no equivale todavía a la
esquizofrenia clínica ni permite deducirla de una estructura comunicativa
aislada. La teoría del doble vínculo de Bateson y sus colaboradores constituye
un antecedente histórico importante para comprender las relaciones entre
comunicación, aprendizaje y contexto, pero no es una explicación etiológica
suficiente de la esquizofrenia. Su interés para nuestra investigación reside en
otro lugar: permite identificar una modalidad de relación en la que la
contradicción deja de ser un acontecimiento susceptible de elaboración y pasa a
constituir la condición recurrente de la experiencia.
Para comprender este desplazamiento debemos regresar al entre.
Si el primer orden corresponde a las condiciones materiales de los
acontecimientos y el segundo a su articulación en la experiencia
fenomenológica, el tercer orden no puede concebirse como un nivel adicional que
se superpone a los anteriores, ni como una conciencia capaz de contemplarlos
desde una posición exterior. El entre no es una sustancia situada entre dos
sustancias, pero tampoco una vivencia subjetiva que reúna retrospectivamente
dos contenidos separados. Es la complementariedad sintransferencial por la que
ambos órdenes entran en relación sin que dicha relación pueda reducirse a la
transferencia de las propiedades de uno al otro.
Esta precisión modifica el sentido de la dificultad comunicativa. Lo que se
interrumpe en el doble vínculo no es una supuesta entidad intermediaria, sino
la posibilidad de que la relación transforme sus propios términos. La
contradicción se vuelve irresoluble cuando cada tentativa de respuesta queda
reinscrita en las mismas condiciones que producen el conflicto. El sujeto puede
modificar su conducta, ensayar nuevas respuestas e incluso aprender
procedimientos cada vez más sofisticados para anticipar las reacciones del
entorno; sin embargo, si el marco relacional permanece inalterado, estos
cambios pueden contribuir a la reproducción del circuito en lugar de abrir una
salida.
Tenemos así una diferencia fundamental entre el cambio adaptativo y la
transformación del entre. El primero modifica las respuestas dentro de unas
condiciones determinadas; la segunda concierne a la posibilidad de que esas condiciones
dejen de operar como límites inmodificables de la relación. No se trata de
oponer adaptación y transformación como procesos incompatibles, sino de
reconocer que un sistema puede adaptarse eficazmente a una situación cuya
estructura reproduce el encierro. La eficacia local de la conducta no garantiza
la apertura de la relación.
Es precisamente aquí donde la captura ideológica y la herida existencial,
que hemos distinguido anteriormente, revelan su complementariedad. En la
primera, la relación queda saturada por una interpretación que anticipa y
organiza aquello que puede acontecer. En la segunda, el reconocimiento del
entre queda suspendido o impedido, de modo que la relación no alcanza a
constituirse como un espacio compartido de reconocimiento. Aunque sus
configuraciones sean diferentes, ambas pueden estabilizarse mediante circuitos
de retroalimentación que reproducen sus respectivas condiciones.
La captura ideológica opera mediante una sobrecodificación del entre:
aquello que acontece queda subordinado a un marco que pretende conocerlo de
antemano. La herida existencial opera, por el contrario, mediante una falta de
reconocimiento: aquello que acontece no encuentra las condiciones relacionales
para ser acogido como acontecimiento compartido. Pero ambas convergen en un
mismo problema estructural: la imposibilidad de que el entre modifique las
condiciones bajo las cuales es reconocido o desconocido.
Esta convergencia permite precisar el estatuto de la escisión ontológica. La
no coincidencia entre los términos no constituye por sí misma una patología ni
una deficiencia comunicativa. Es la condición de una relación que no puede
reducirse a la identidad de sus componentes. Si el entre fuera una identidad
previamente constituida, toda diferencia aparecería como una desviación que
habría que corregir; si fuera una simple ausencia de identidad, la relación
carecería de toda consistencia. Su carácter de tercer orden consiste
precisamente en que la complementariedad no exige ni la fusión de los términos
ni su aislamiento absoluto.
Por ello, la escisión ontológica no debe confundirse con la clausura del
entre. La primera nombra la irreductibilidad constitutiva de la relación; la
segunda, una configuración en la que esa irreductibilidad queda capturada en un
circuito que impide su transformación. La diferencia es decisiva: el hecho de
que ninguna relación pueda clausurarse mediante una identidad absoluta no
significa que todas las relaciones permanezcan abiertas en la práctica. Una
relación puede ser ontológicamente irreductible y, sin embargo, quedar
comunicativamente bloqueada.
De este modo, la llamada esquizofrenia ontológica —si mantenemos esta
denominación en su sentido filosófico y no clínico— no designaría una
enfermedad universal ni una condición patológica compartida por todos, sino la
no coincidencia constitutiva que impide que los órdenes de la realidad y de la
experiencia se fusionen en una totalidad transparente. La esquizofrenia
comunicativa, en cambio, designaría metafóricamente la captura de esa no coincidencia
en una estructura de doble vínculo. La distinción clínica debe permanecer
separada: la esquizofrenia como trastorno psiquiátrico no puede reducirse a
ninguna de estas categorías filosóficas.
La cuestión decisiva pasa a ser, entonces, cómo puede acontecer una
transformación cuando el circuito ha convertido toda respuesta en una nueva
confirmación de sus propias premisas. Si la salida se busca exclusivamente
dentro del marco que produce la contradicción, cada tentativa corre el riesgo
de reproducirla. Pero tampoco basta con imaginar un exterior absoluto desde el
cual la relación pudiera contemplarse sin participar en ella, pues ese exterior
volvería a introducir una instancia separada y restauraría precisamente el
dualismo que el entre permite cuestionar.
La transformación exige, por tanto, algo distinto de la sustitución de un
mensaje por otro o de la elección de un marco interpretativo considerado
definitivamente correcto. Exige que la relación pueda dejar de reproducirse
según la misma pauta, sin que ello implique eliminar la diferencia que la
constituye. No se trata de suprimir la escisión, sino de impedir que una
determinada configuración de la escisión se imponga como el único modo posible
de relación.
Aquí comienza a perfilarse el problema de la iluminación. Si la captura
ideológica intenta resolver la no coincidencia mediante una significación
totalizante y la herida existencial manifiesta la imposibilidad de encontrar
reconocimiento en la relación, la iluminación no puede consistir ni en alcanzar
una representación definitiva del entre ni en abandonar toda posibilidad de
reconocimiento. Su posibilidad reside en una transformación de la relación con
la propia imposibilidad de clausurarla: una apertura en la que el sujeto deja
de exigir que la diferencia desaparezca para que la relación pueda acontecer.
La respiración en el logos que hemos señalado anteriormente no designa, por
tanto, la adquisición de una instancia superior que resuelva desde fuera la
contradicción del mundo. Designa la recuperación de una posibilidad relacional
que no estaba destruida en su fundamento ontológico, aunque pudiera encontrarse
bloqueada en sus configuraciones comunicativas y existenciales. El entre no
aparece entonces como una solución añadida al circuito, sino como aquello cuya
complementariedad puede volver a desplegarse cuando la relación deja de quedar
enteramente subordinada a sus mecanismos de reproducción.
La pregunta ya no es solamente cómo identificamos los marcos que clasifican
los mensajes, sino cómo una relación puede recuperar la capacidad de
transformar el marco desde el cual reconoce, interpreta y reproduce sus propios
acontecimientos. En esa diferencia entre reproducir una relación y permitir que
acontezca de otro modo se juega el tránsito desde la captura hacia la apertura,
y desde la repetición del callejón sin salida hacia la posibilidad de volver a
respirar en el entre.
4.2. Hacia una epidemiología de la esquizofrenia Así
entendida, la teoría del «doble vínculo» proporciona una respuesta satisfactoria
a la pregunta por las razones que llevan a desarrollar, ante el exceso
energético de la infoesfera, una capacidad imperfecta en el punto de
discriminar diferentes señales específicas. Ahora bien, para completar nuestra
hipótesis sobre la etiología de la esquizofrenia con un cuadro de su
sintomatología, se impone la tarea de examinar el peculiar lenguaje que
constituye la «ensalada de palabras» del esquizofrénico, con el objeto de
esclarecer la situación traumática que representa su embrollo metacomunicativo,
siguiendo el hilo de Ariadna que nos ha guiado hasta ahora. Tras el sonado
fracaso del conductismo, no tiene sentido seguir etiquetando con categorías
rígidas, es cierto, los agenciamientos e hibridaciones entre los individuos y
su entorno social. Sin embargo, entendemos necesario traer a presencia, para
ser lo más sistemáticos posible, la clasificación de síntomas esquizofrénicos
concebida por Bateson, teniendo en cuenta que toda tentativa por establecer una
frontera impermeable entre ellos (incluido el recurrente «colapso psicótico»)
es, para darle voz a Derrida, «indecidible». Aunque no somos partidarios de
someter al yugo de categorías rígidas, tras el sonado fracaso del conductismo,
los agenciamientos e hibridaciones entre los individuos y su entorno social, no
nos resistimos, para ser lo más sistemáticos posible, a traer a presencia la
clasificación de síntomas esquizofrénicos según Bateson, sin perder de vista
que toda tentativa por establecer una frontera impermeable a propósito
(incluido el recurrente «colapso psicótico») es, para darle voz a Derrida,
«indecidible». En un extremo, la forma más acuciante de sintomatología es lo
que Bateson denomina esquizofrenia «patente», esa conducta desviada
completamente de los códigos culturales para la cual ningún mensaje (interno o
externo) tiene un tipo lógico definido, protagonizando una historia embrollada
de anécdotas desvariadas y errores exagerados con desenlaces imprevistos: «Lo
literal se confunde con lo metafórico, los mensajes internos se confunden con
los externos. Lo trivial se confunde con lo vital. El generador del mensaje se
confunde con el receptor y el receptor con la cosa percibida. Y así
sucesivamente».44 Por otra parte, tenemos el tipo «encubierto» de
esquizofrenia, cuando los individuos cambian constantemente el tipo lógico de
los mensajes, aunque de manera menos flagrante que los esquizofrénicos más
herbeféricos. Se trata de un sistema de conducta más violento y paranoide que
la esquizofrenia «patente», en tanto que descalifica sistemáticamente la
motivación del emisor y sus propios mensajes como réplicas inadecuadas;
adherido rígidamente a sus patrones de incoherencia, el esquizofrénico encubre
su patología, pues, lanzando reproches sobre el otro. Con su sistema
metacomunicativo totalmente derrumbado e incapaz, por ende, de interpretar con
un mínimo de credibilidad, a la vista del contexto, el gesto o el tono de voz
del otro, el significado de sus palabras, las relaciones sociales del
esquizofrénico denotan un patrón sistemático. No obstante, existen varias
alternativas para defenderse. Por ejemplo, puede mostrarse suspicaz y
desconfiado, sospechando continuamente que todos los enunciados y
acontecimientos circundantes resultan perjudiciales para su bienestar. También
puede aceptar literalmente todas las opiniones y restarles importancia. O bien
puede ignorarlas, desentenderse del mundo externo y aislarse en sí mismo,
evitando por todos los medios recibir mensajes manifiestos. Convertido, por así
decirlo, en un sistema autocorrectivo que ha perdido su regulador, su vida
transcurre, en cualquier caso, por una espiral de distorsiones interminable
(alteraciones de la personalidad, delirios, alucinaciones, amnesia, etc.). Para
más escarnio, el esquizofrénico no solo manifiesta debilidad a la hora de
discriminar el modo comunicativo de los mensajes que recibe, sino que, por
extensión, presenta las mismas dificultades con los mensajes que profiere,
además de sus propios pensamientos, sensaciones y preceptos. Baudrillard tenía,
efectivamente, toda la razón: «Lo que caracteriza a los mass media es el hecho
de que estos son antimediado res, intransitivos y que fabrican la no
comunicación, si aceptamos definir la comunicación como un intercambio, como el
espacio recíproco de una palabra y de una respuesta, por lo tanto, de una
responsabilidad».45 Ahora bien, la «ensalada de palabras» del esquizofrénico no
puede definirse, en términos de Von Domarus, como una estructura silogística
aberrante, en el sentido de que identifica los predicados negligentemente.46
Bien pensada, la dimensión patológica de la esquizofrenia no estriba en manejar
metáforas con profusión sino en emplear metáforas no rotuladas, de modo que el
esquizofrénico se muestra incapaz de reconocer el carácter metafórico de sus
fantasías. En lo que serían constelaciones triádicas de mensajes, omite el
mensaje que tiene por finalidad establecer el marco de referencia (por ejemplo,
la expresión «como si»), relata la fantasía y actúa como si fuera un mensaje
del tipo más directo. Como en el caso de los sueños, donde no percibimos que
soñamos, la ausencia de una constitución de marcos metacomunicativos es la
orden del día en la vida de vigilia del esquizofrénico.
4.2. Hacia una epidemiología de la esquizofrenia: la captura
metacomunicativa y la clausura del entre
La cuestión que se abre en este apartado no consiste únicamente en explicar
la diversidad de manifestaciones atribuidas a la esquizofrenia, sino en
examinar cómo determinadas configuraciones comunicativas pueden comprometer la
posibilidad de distinguir entre los órdenes de los mensajes, las condiciones de
su interpretación y las relaciones en las que adquieren sentido. No obstante,
para avanzar en esta dirección, es necesario desplazar el centro de gravedad de
la explicación: del déficit individual en el reconocimiento de señales hacia la
configuración relacional en la que dicha capacidad se ejerce, sin que ello
implique reducir la complejidad clínica de la esquizofrenia a una causa
exclusivamente comunicativa.
En este sentido, la contribución de Bateson conserva su relevancia como
tentativa de comprender la comunicación no como una sucesión de unidades
informativas aisladas, sino como una organización de mensajes cuyos
significados dependen de los contextos, las relaciones y los niveles lógicos
que permiten interpretarlos. Sin embargo, si hemos establecido que el entre no
constituye una tercera sustancia ni una experiencia fenomenológica
suplementaria, sino el orden de complementariedad sintransferencial entre
ambos, debemos evitar que el problema del reconocimiento vuelva a formularse
como una simple deficiencia de la capacidad individual para clasificar
mensajes. El entre no es un dispositivo cognitivo que el sujeto posea o pierda,
ni un mecanismo regulador situado por encima de los intercambios. Es la
condición relacional en virtud de la cual los órdenes implicados pueden
diferenciarse sin quedar aislados y complementarse sin transferirse
íntegramente sus propiedades.
Desde esta perspectiva, el embrollo metacomunicativo puede interpretarse como
una configuración en la que esa complementariedad queda capturada por una
dinámica que impide transformar las condiciones de la relación. No desaparecen
necesariamente los mensajes, los gestos, las respuestas o las operaciones
interpretativas; lo que se compromete es la posibilidad de modificar el marco
relacional desde el cual estos adquieren sentido. La dificultad no consiste,
por tanto, en una ausencia absoluta de comunicación, sino en la reproducción de
una comunicación cuya propia organización obstaculiza la transformación de sus
premisas.
4.2.1. La esquizofrenia patente: la indeterminación de los marcos
En la clasificación histórica de Bateson, la esquizofrenia patente
representa el caso en el que las distinciones entre los tipos lógicos de los
mensajes parecen desorganizarse de manera manifiesta. Lo literal y lo
metafórico, lo interno y lo externo, el emisor y el receptor o lo trivial y lo
decisivo dejan de mantener relaciones diferenciadas de manera estable. Sin
embargo, para nuestra investigación, lo importante no es convertir esta
descripción en una esencia general del sujeto esquizofrénico, sino examinar qué
ocurre cuando los marcos que permiten distinguir los órdenes comunicativos
dejan de operar de forma suficientemente estable.
En condiciones ordinarias, la interpretación de un mensaje no depende
exclusivamente de su contenido. Una expresión puede adquirir sentidos
diferentes según quién la pronuncie, en qué situación, con qué entonación y
bajo qué relación interpersonal. La posibilidad de reconocer una ironía, una
ficción, una amenaza o una declaración literal depende de una articulación
contextual que no suele hacerse explícita. Por eso, la comunicación no consiste
simplemente en intercambiar contenidos previamente constituidos: requiere una organización
de diferencias que permita reconocer qué clase de acontecimiento está teniendo
lugar.
Cuando esa organización se vuelve incierta, la interpretación puede perder
estabilidad. No porque el mundo haya dejado necesariamente de ofrecer
diferencias, sino porque la relación entre las señales y los marcos que
permiten interpretarlas ya no proporciona una orientación suficientemente
consistente. En términos de nuestra hipótesis, el problema aparece cuando la
complementariedad entre los órdenes no consigue sostener una diferenciación
practicable sin que uno de ellos absorba o desorganice al otro.
Ahora bien, esta formulación exige una precisión. La indeterminación de los
marcos no debe identificarse automáticamente con una ruptura ontológica. La no
coincidencia entre los órdenes constituye la condición del entre; la dificultad
aparece cuando una configuración concreta impide que esa no coincidencia se
articule relacionalmente. Si confundimos ambos fenómenos, convertiríamos una
condición constitutiva de toda relación en una patología universal y
perderíamos la diferencia entre la apertura del entre y su captura.
La esquizofrenia patente, entendida aquí como categoría descriptiva
histórica, permite señalar una situación extrema de desorganización
comunicativa. Pero la descripción no basta para establecer su etiología. La
fenomenología de los síntomas, las condiciones sociales, los procesos
neurobiológicos y las trayectorias particulares de cada persona requieren
niveles de análisis diferenciados. El valor de nuestra propuesta reside en
investigar la dimensión relacional de esa complejidad, no en sustituirla por
una explicación única.
4.2.2. La esquizofrenia encubierta: la clausura defensiva de la
interpretación
La modalidad que Bateson denomina esquizofrenia encubierta presenta un
problema diferente. Aquí la dificultad no se manifiesta necesariamente como una
desorganización evidente del discurso, sino que puede expresarse mediante una
vigilancia constante sobre las intenciones del interlocutor, una descalificación
reiterada de sus mensajes o una interpretación suspicaz de los acontecimientos.
El individuo puede conservar una apariencia de coherencia formal mientras la
relación comunicativa queda organizada por una sospecha que resulta difícil de
revisar.
Desde la perspectiva del entre, esta configuración plantea una cuestión
fundamental: ¿qué sucede cuando la interpretación del otro se convierte en una
operación que confirma sistemáticamente la imposibilidad de confiar en la
relación?
En este caso, el marco interpretativo no está simplemente ausente. Puede
encontrarse rígidamente organizado alrededor de una premisa que anticipa la
amenaza, la falsedad o la intención perjudicial del interlocutor. Los mensajes
recibidos son evaluados desde ese marco, pero las respuestas que podrían
cuestionarlo quedan incorporadas al mismo sistema como nuevas pruebas de su
validez. Si el otro se defiende, esa defensa puede interpretarse como
encubrimiento; si guarda silencio, el silencio puede leerse como confirmación;
si modifica su discurso, el cambio puede tomarse como prueba de manipulación.
La retroalimentación deja entonces de funcionar como una oportunidad
efectiva para revisar las premisas y pasa a reproducirlas. La relación conserva
su actividad, pero las respuestas posibles pierden capacidad transformadora.
Cada acontecimiento vuelve a inscribirse en un marco que parece anticiparlo de
antemano.
La clausura del entre no requiere que desaparezca la interpretación; puede
producirse precisamente cuando una interpretación se vuelve incapaz de
exponerse a su propia transformación.
Esta observación permite distinguir la clausura comunicativa de la simple
discrepancia. Dos interlocutores pueden interpretar de manera diferente un
acontecimiento y, aun así, modificar sus posiciones mediante el intercambio. El
problema aparece cuando la relación deja de admitir que una respuesta pueda
alterar las condiciones desde las cuales se interpreta. No es la diferencia de
perspectivas lo que constituye el encierro, sino la imposibilidad práctica de transformar
el marco que organiza esa diferencia.
Tampoco debemos convertir esta descripción en un atributo universal de las
personas con esquizofrenia. La suspicacia, el aislamiento, la desconfianza o la
dificultad para interpretar las intenciones ajenas pueden aparecer en contextos
diversos y no son, por sí solos, indicadores suficientes de un diagnóstico. La
categoría histórica de esquizofrenia encubierta debe tratarse con cautela, sin
asumir que constituye una clasificación clínica contemporánea validada.
Lo que nos interesa es la estructura relacional que permite pensar una
modalidad de captura en la que la aparente protección del sujeto frente a la
incertidumbre puede contribuir, paradójicamente, a reproducir las condiciones
de su aislamiento.
4.2.3. El lenguaje metafórico y la pérdida de la distancia metacomunicativa
La reflexión de Bateson sobre las metáforas permite profundizar en esta
cuestión. Una metáfora no constituye simplemente una expresión figurada que se
opone a un significado literal. Su funcionamiento depende de la posibilidad de
reconocer una relación entre órdenes de significación diferentes. Para
comprender una expresión metafórica no es necesario eliminar su sentido
literal, sino reconocer que la expresión opera dentro de un marco que modifica
la manera de interpretarlo.
En la comunicación ordinaria, esta operación suele realizarse sin una
deliberación explícita. Reconocemos que alguien habla «como si» estuviera en
una situación determinada, que relata un sueño, que representa un papel o que
utiliza una imagen para comunicar algo que no pretende afirmar literalmente. La
expresión manifiesta se articula con señales contextuales que permiten
distinguir el acontecimiento representado del acontecimiento efectivo.
El problema que Bateson identifica en determinadas manifestaciones de la
esquizofrenia concierne a la dificultad para mantener esa distancia entre la
expresión y el marco que permite reconocerla como tal. Una fantasía puede
comunicarse sin que quede suficientemente establecido el nivel en el que debe
interpretarse; una imagen puede adquirir el estatuto de una afirmación directa;
una representación puede confundirse con aquello que representa.
Pero el alcance de esta observación cambia cuando la situamos en el tercer
orden. El marco metacomunicativo no debe concebirse como un mensaje
suplementario que se añade desde fuera a los mensajes ordinarios. Tampoco es
una instancia soberana que garantiza de una vez por todas la interpretación
correcta. La posibilidad de distinguir entre lo literal y lo metafórico emerge
de una complementariedad relacional en la que intervienen la expresión, el
contexto, las expectativas y las respuestas de los participantes.
Por eso, el entre no puede reducirse al rótulo que clasifica el mensaje. Si
lo hiciéramos, convertiríamos el tercer orden en una función cognitiva de
segundo orden y perderíamos su especificidad. El entre designa aquello que
permite que la relación entre los órdenes acontezca sin que uno pueda absorber
completamente al otro. El rótulo metacomunicativo es una operación dentro de
esa relación; no es su fundamento exhaustivo.
Esta distinción permite formular de otra manera la dificultad de la metáfora
no reconocida. No se trata únicamente de que falte una etiqueta adecuada, sino
de que la relación entre la expresión y su marco puede dejar de sostener la
distancia necesaria para que ambos órdenes se articulen sin confundirse. Cuando
esto ocurre, la posibilidad de corregir una interpretación mediante el contexto
puede verse comprometida.
Sin embargo, no toda metáfora inusual, asociación inesperada o expresión
difícil de interpretar constituye un síntoma de esquizofrenia. El lenguaje
figurado es variable, culturalmente situado y creativo. La desorganización del
discurso debe evaluarse clínicamente dentro de un conjunto de manifestaciones,
su evolución y sus efectos sobre el funcionamiento de la persona. La diferencia
entre una innovación semántica y una alteración clínica no puede establecerse
mediante una regla aislada sobre el uso de metáforas.
4.2.4. De la retroalimentación a la epidemiología: circulación, contexto y
reproducción
Llegados a este punto, debemos preguntarnos qué significa hablar de una
epidemiología de la esquizofrenia. Si el término se utiliza en su sentido
clínico y poblacional, exige investigar la distribución de los casos, la
incidencia, la prevalencia, los factores de riesgo y las diferencias entre
poblaciones. No basta con establecer analogías entre la propagación de una
pauta comunicativa y la aparición de un trastorno mental.
En cambio, si pretendemos investigar la circulación de las configuraciones
relacionales que favorecen la clausura del entre, podemos hablar de una
dimensión epidemiológica en un sentido complementario, siempre que distingamos
cuidadosamente ambos planos. Una pauta de comunicación puede reproducirse en
familias, instituciones, organizaciones y entornos mediáticos sin que esa
reproducción equivalga a la transmisión de la esquizofrenia como enfermedad.
La diferencia es esencial. Lo que circula en una relación puede ser una
expectativa, un hábito interpretativo, una forma de distribuir la autoridad o
un mecanismo que invalida sistemáticamente determinadas respuestas. Estas
pautas pueden condicionar la experiencia de los participantes y reducir sus
posibilidades de modificar el marco en el que interactúan. Pero de ello no se
sigue que produzcan necesariamente una enfermedad clínica ni que todos los
participantes desarrollen los mismos efectos.
La perspectiva cibernética permite, no obstante, formular una hipótesis relevante:
las configuraciones comunicativas pueden estabilizarse cuando los participantes
ajustan sus respuestas a las expectativas recíprocas y, mediante esos ajustes,
reproducen las condiciones que organizan la interacción. Una institución que
penaliza toda objeción, por ejemplo, puede generar conductas de silencio que
luego interpreta como prueba de conformidad; una relación que exige
espontaneidad, pero sanciona toda respuesta inesperada, puede hacer que
cualquier intento de participación confirme la sospecha inicial de
incompetencia. En ambos casos, la retroalimentación conserva el sistema, aunque
reduzca la posibilidad de transformación.
Estos ejemplos no constituyen modelos etiológicos de la esquizofrenia.
Ilustran, más modestamente, cómo una relación puede organizarse de modo que sus
mecanismos de corrección reproduzcan el problema que supuestamente deben
resolver.
Desde el punto de vista del entre, el interés de estas configuraciones
reside en que muestran la posibilidad de una reproducción relacional sin una
transferencia íntegra de propiedades entre los órdenes implicados. Las pautas
no tienen que convertirse en sustancias ni alojarse como objetos idénticos en
cada participante para adquirir estabilidad. Su persistencia depende de la
reiteración de las relaciones que las actualizan. La continuidad se produce a
través de los intercambios, pero no puede localizarse exhaustivamente en uno de
sus términos.
Esto nos permite precisar el alcance de la complementariedad
sintransferencial: la relación no exige que una pauta se transfiera intacta de
un individuo a otro, como si se tratara de un contenido material que cambiara
de recipiente. Lo que se reproduce es una organización relacional que puede
actualizarse de maneras diferentes en cada contexto. La recurrencia de una
estructura no implica la identidad absoluta de sus realizaciones.
En consecuencia, una epidemiología de las configuraciones comunicativas
debería estudiar no solo la frecuencia con la que aparecen determinados
patrones, sino también las condiciones institucionales, culturales y
relacionales que favorecen su persistencia, las posibilidades de interrumpirlos
y las consecuencias que producen en las personas implicadas. Y debería hacerlo
sin confundir la difusión de patrones de relación con la epidemiología clínica
de la esquizofrenia.
4.2.5. La diferencia entre la escisión ontológica y el colapso comunicativo
La distinción entre estos órdenes nos devuelve a la hipótesis central de
nuestro trabajo. Si toda relación implica una no coincidencia irreductible
entre sus términos, la escisión no puede considerarse, por sí misma, una
anomalía. La relación existe precisamente porque sus términos no se fusionan en
una identidad absoluta. La complementariedad sintransferencial no suprime esta
diferencia ni la resuelve mediante una síntesis definitiva.
El problema aparece cuando la no coincidencia queda organizada de tal manera
que ya no puede desplegarse como posibilidad de transformación. En el doble
vínculo, cada respuesta puede quedar atrapada en un sistema que la invalida o
la reinterpreta como confirmación de sus premisas. En la captura ideológica, el
marco pretende anticipar todo acontecimiento y absorberlo en una significación
previamente establecida. En la herida existencial, la posibilidad de reconocimiento
queda interrumpida. Son configuraciones diferentes, pero pueden compartir una
limitación estructural: la relación no consigue modificar las condiciones bajo
las cuales se reproduce.
Esta formulación nos obliga a abandonar la idea de que el entre es un espacio
naturalmente armonioso al que bastaría regresar para superar el conflicto. El
entre no garantiza por sí mismo la apertura, la reciprocidad ni el
reconocimiento. Es la condición relacional en la que esas posibilidades pueden
acontecer, pero también en la que pueden configurarse mecanismos de exclusión,
captura y clausura.
Por la misma razón, la iluminación no puede definirse como una eliminación
de la escisión ontológica ni como una salida definitiva de la condición
relacional del mundo. Si el entre no es una instancia separada, tampoco puede
abandonarse como quien sale de una habitación. Lo que puede transformarse es la
modalidad de participación en las relaciones: la manera en que sus términos se
articulan, las premisas que orientan su interpretación y la posibilidad de que
una respuesta deje de confirmar automáticamente el circuito que la precede.
La respiración espiritual que hemos situado en el logos designa, en este
contexto, la posibilidad de que la relación recupere apertura sin exigir una
identidad total ni resignarse a la ausencia de reconocimiento. No representa
una cura universal, una garantía clínica ni un privilegio ontológico de
determinados sujetos. Es una figura conceptual para pensar la transformación de
una relación que parecía condenada a reproducir su propia clausura.
De este modo, el análisis de los marcos comunicativos, el deuteroaprendizaje
y la retroalimentación nos conduce a una conclusión provisional: el problema no
es la diferencia entre los órdenes, sino la configuración relacional que
convierte esa diferencia en una imposibilidad recurrente de transformación.
La esquizofrenia clínica no puede explicarse exclusivamente a partir de esta
hipótesis. Pero la investigación filosófica del entre permite distinguir, sin
confundirlos, tres problemas que a menudo se superponen: la no coincidencia
ontológica constitutiva de toda relación, la clausura comunicativa que bloquea
la transformación de sus premisas y el sufrimiento psicopatológico que requiere
una comprensión clínica específica.
Solo manteniendo esta distinción podremos examinar las formas contemporáneas
de captura comunicativa sin patologizar la diferencia, universalizar la
enfermedad ni convertir una hipótesis relacional en una explicación causal
totalizante.
4.3. La esquizofrenia como patología de civilización: más
allá de la psicopatología individual La esquizofrenia constituye, a tenor de
los resultados obtenidos, un reto ineludible para rescatar la dimensión
terapéutica de la filosofía del monopolio ejercido por el gran aparato
psicológico-psiquiátrico desde los tiempos modernos, contribuyendo de este modo
a su presencia efectiva en el mundo real, más allá del reducto académico que
determina su clausura. Aunque abordar semejante tarea rebasaría los límites del
presente trabajo, no nos resistimos a señalar una nota preliminar
imprescindible no solo en lo que concierne al fenómeno que nos ocupa, sino para
afrontar con garantías el nuevo malestar en la cultura y sus múltiples
enfermedades de superficie desde la única perspectiva apropiada, a saber, la
concepción de la filosofía como therapeía tês póleos. Aunque somos conscientes
de la devastación del psiquismo individual, no podemos continuar marginalizando
indefinidamente la enfermedad mental, como pretende el poder económico, en los
confines de cada biografía personal, pues, en la medida que sus síntomas
impregnan progresivamente, como una mancha de aceite, lo que viene
denominándose éthos desde el mundo griego (esto es, la nervadura que articula
las prácticas colectivas en el «mundo de la vida», nuestros hábitos, costumbres
y experiencias cotidianas, sin menoscabo de la estructura formal de la
racionalidad), la esquizofrenia pone de manifiesto la erección de la enfermedad
mental al rango de epidemia social y, en concreto, sociocomunicativa: «No se
puede decir: “Estás agotado, tómate unas vacaciones en el Club Méditerranée,
tómate una pastilla, cúrate, deja de fastidiar, recupérate en el hospital
psiquiátrico, mátate”. No se puede, por la sencilla razón de que no se trata de
una pequeña minoría de locos ni de un número marginal de deprimidos. Se trata
de una masa creciente de miseria existencial que tiende a estallar cada vez más
en el centro del sistema social».47 Y es que, por efecto del crecimiento
desmesurado de la infoesfera en términos de densidad y espesor, lo cierto es
que todos estamos sometidos a las condiciones establecidas por la comunicación
esquizofrénica (o sea, por las situaciones de «doble vínculo»), en lo que
constituye una mutación de la cognición colectiva en toda regla, más aún, la
institución del registro esquizofrénico como modo de interpretación dominante
de nuestra época.48 Así pues, la esquizofrenia posee una centralidad
metodológica y cognoscitiva ineludible para entender los procesos sociales
contemporáneos. Ahora bien, el desfallecimiento de la competencia crítica a la
hora de identificar el valor de verdad o falsedad de los enunciados por parte
del sistema cognitivo colectivo y la correspondiente confusión indiscriminada
entre las metáforas y las cosas tienen como correlato un fenómeno, cuanto
menos, inquietante. Nos referimos al desvanecimiento del hiato esencial que
separa la representación de la vida en esa constelación que Baudrillard
denomina «hiperreal»: «No se trata ya de imitación ni de reiteración, ni
siquiera de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo
real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble
operativo, máquina de índole reproductiva, programática, impecable, que ofrece
todos los signos de lo real y, en cortocircuito, todas sus peripecias».49 En
contraste con la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, la metástasis de la
realidad no designa un asesinato simbólico sino un exterminio a gran escala.
Tampoco es un exterminio físico y radical, como el holocausto nazi. Nos
referimos a un exterminio más literal y, simultáneamente, más metafórico, en el
sentido que sugiere el término «ex-terminis», según el cual nos dirigimos
inexorablemente allende nuestra propia finalidad, allí donde no existe ninguna
razón de ser. De tal suerte que la antropofagia de las imágenes cobra un
alcance existencial, no ya como una apropiación sino a modo de expropiación,
como sugiere la etimología del término «persona» (‘máscara de teatro’); en
palabras de Baitello: «Alimentarse de imágenes significa alimentar imágenes,
confiriéndoles sustancia, prestándoles los cuerpos. Significa entrar en ellas y
transformarse en personaje».51 Efectivamente, hubo de pasar largo tiempo para
comprender, en los entresijos del universo de la simulación digital, lo que
estaba en juego con la crítica del Dasein cotidiano en Ser y Tiempo y,
específicamente, con el existenciario de la «ambigüedad».52 La espera, empero,
ha merecido la pena, pues resulta difícil imaginar unos conceptos más afortunados
que los de «sociedad del espectáculo» (Debord)53 y «simulacro» (Baudrillard)54
a la hora de proyectar las misivas heideggerianas en el presente inmediato,
mostrando con inusitada elocuencia el nexo inextricable que vincula, según
nuestra hipótesis, la esquizofrenia y las imágenes en nuestro modo de vida. Se
trata del espectáculo como vida en la imagen, esto es, la autoexposición
orgánica y estática, sistemática e histriónica de sus propias inferencias
inmanentes, esa pujante apariencia artificial cuya puesta en escena sustituye
lo real en nombre de una voluntad compulsiva por experimentar el mayor número
posible de «esferas de pertenencia» (Simmel), como prueban la imprecisión
sistemática de las creencias y los roles, la desestabilización acelerada de las
personalidades y un largo etcétera de procesos colectivos de esquizofrenia
donde el colmo de la ilusión coincide, parafraseando a Feuerbach, con el colmo
de lo sagrado. Como advierte Debord, estamos condenados a vivir en un mundo
invertido, en el sentido de que la mentira se ha mentido a sí misma, y lo
verdadero ya no es más que un momento de lo falso. En este contexto, el hombre
de farándula encarna, en su condición de paradigma social, la evanescencia del
estar sobre el «rastro» que representa la «ambigüedad», esa ficción de libertad
que oculta, tras las múltiples fórmulas independientes, combinaciones y
opciones de looks o «presentaciones del yo» que los dioses menores de la
publicidad y del marketing hacen posible, la radical imposibilidad de abrazar
una presencia real que todos padecemos en la era de la simulación. Si en el
mundo virtual no queda nada de la realidad (ni siquiera su cadáver) es porque
no ha muerto, como lo hizo Dios. Simplemente, ha desaparecido. Borja GARCÍA
FERRER Universidad de Granada borja_co@hotmail.com
Y hay algo que me gustaría dejarte como
pregunta filosófica, no como corrección del trabajo: si la realidad no
ha muerto, sino que ha desaparecido detrás de sus signos, como sugiere el final
de García Ferrer, ¿qué significaría recuperar su presencia? ¿Destruir las
imágenes, escapar de la sociedad del espectáculo o transformar ese entre en el
que las imágenes y la vida pueden volver a relacionarse sin que unas usurpen el
lugar de la otra?
Porque, tal vez, la salida no
consista en escapar de toda representación —algo imposible para un ser humano
que habita el lenguaje—, sino en recuperar la distancia, la respiración y la
apertura que permiten que ninguna representación tenga la última palabra sobre
lo real.

No hay comentarios:
Publicar un comentario