La principal
función de toda mediación es la valoración
Para
Nietzsche la bondad materna consistía en que existen muchas madres que
necesitan hijos felices y respetados, otras necesitan hijos desgraciados, pues
de otro modo no tienen ocasión de manifestar su bondad como madre."
Nietzsche aquí no está atacando a las madres. Está diseccionando un tipo de
"bondad" que depende del otro para existir. Lo literal. Dice que hay
dos formas de ejercer la maternidad buena: Tipo A: quiere hijos autónomos,
felices, que no la necesiten. Su meta es que le vaya bien al hijo, aunque eso
la haga prescindible. Tipo B: necesita que el hijo sea infeliz, dependiente, o
tenga problemas. Solo así puede ella demostrar lo buena, sacrificada y
necesaria que es. Qué está criticando Nietzsche. Para él mucha
"virtud" no es tan desinteresada como parece. Es lo que llama
"egoísmo del altruista". La bondad del Tipo B no busca el bien del
otro primero. Busca primero la ocasión de sentirse buena. El hijo desgraciado
es el escenario donde ella puede brillar. Es incómodo porque le quita el aura
sagrada a la idea de "amor maternal incondicional" y la baja a
psicología humana:necesidad de reconocimiento, de poder, de sentido. Las dos
lógicas detrás. Bondad liberadora: Te cuido para que un día no me necesites.
Duele, porque implica soltar. Bondad posesiva: Te cuido para que siempre me
necesites. Da identidad, da propósito, pero te mantiene atado. Nietzsche
sospechaba de la segunda. Para él, eso no es amor, es una forma sutil de
dominio. El otro se vuelve el material para tu propia historia de sacrificio.
Por qué sigue doliendo hoy. Lo vemos fuera de la maternidad también. Amigos que
solo aparecen en crisis. Parejas que "te salvan". Jefes que necesitan
empleados perdidos para sentirse guías. La pregunta que deja el aforismo es
directa: ¿quiero el bien de la otra persona, o quiero el papel de quien le da
el bien?
No dice que todas las madres
sean así. Dice "muchas... otras". Y pone el dedo donde más cuesta: en
las motivaciones ocultas.
F NIETSZCHE
En esa
encrucijada me encuentro ante mi gran amigo Emanuel y es que toda mediación
valora pero al valorar captura y como bien dice Nietzsche la mejora valoración,
es la que permite superar la mediación, hasta que la única que mediación que
quede sea la del logos mismo.
Pero veamos
la estructura:
El acontecer
se despoja de todo contenido en la inhalación ontólógica en Deleuze por medio
de las series paradójicas ←la mediación afectiva se da su contenido y des
despoja de el por medio de los
sentimientos intencionales según Max Scheller con los cuales se constituye o
desconstituye la valoración→ El concepto se da su contenido por medio de los
juicios según Hegel en la exhalación ontológica
La
respiración ontológica con contenido tiene la ardua tarea de integrar los
contenidos seriales, valorativos y de juicios, para lograr una análisis
ontológico, axiológico y lógico y así redevelar el ser.
Hagamos un
primer intento analizando el texto de Emanuel, el cual me escribe respondiendo
nuestro texto anterior sobre si Dios es concepto donde superamos la concepción
neurológica de Golombek y la conceptual de Hegel por nuestra concepción en la
ciencia del logos.
(Tenemos que
lograr una respuesta a Emanuel que pueda mediarlo, dando cuenta de su
acontecer, valorándolo sin capturarlo del todo, criticando sus juicios)
Dios es una idea, de la cual se ha
especulado y escrito vastamente sin consenso logico partiendo de muchos axiomas
indemostrables pero que pasará el dia que venzamos a la muerte y seamos
inmortales con La transhumanización  del hombre fusionado con su tecnología.
Reto traiga. Vámonos unos siglos y veamos las culturas entre “paganas” acaso
ellos no estaban seguro de que esos dioses eran los verdaderos dioses. Es más
el origen monoteísta. El cristianismo nunca ha negado la existencia de otros
dioses ergo el politeísmo ha pervivido hasta la época actual.  la filosofía es
Hija de la religión y nieta del mito y a su vez bisnieta del fenómeno y
tataranieta de lo desconocido. Para ser honestos, estamos seguros. En esta inseguridad
conocemos lo que no conocemos y creamos lo que nos creó hasta el día que se
abran las puertas de las comunidades, sin críticas ocultas al ojo del profano y
las biblio bibliotecas con el registro en sus páginas de la verdad o hasta el
día que haya un despertar a la supuesta alma que todos tenemos, seguiremos
entonces, creyendo en dioses como nuestros verdaderos dioses y mirando hacia
afuera, como los falsos dioses, que no son puesto que no imperan en nuestra
sociedad por un régimen político militar, donde también está presente y que le
suma poder basándose en el principio más poderoso de todos, sin el cual se
fragmentaría como una torre de cristal : la verdad ( de la que sólo habla el
lenguaje humano )
La búsqueda de Dios y de su palabra,
que es la palabra de su mente eterna. Acaso hablará más de esa mente
Desconocida que nuestra mente Desconocida ?
Estamos en inmersos en una lógica que
viene de logos = palabra en la que constantemente Algorithmizamos y
silogismizamos partiendo de axiomas y conectando ideas mediante el logos ( uso
de la palabra ) que nos hace “lógicos” pero lógicos quiere decir hablantes,
parlantes, incluso hasta verbofilos verboFagos verborrágicos verbomaniacos
verbiatricos logofrenicos logonoicos logicoticos y autologopseudolalicos; que
sería del hombre si se le priva de la palabra, acaso un simple mudo guturizante
o un ser autoconsciente carente de “Dios = palabra” . Creer que se conoce a Dios
es cierto, no hay duda que conocemos a Dios en cuatro letras explicitas: DIOS,
y es todo lo que conocemos con certeza de eso, siendo honestos con nosotros
mismos. Por bien, incluso siendo almas eternas encarnadas supuestamente, y sin
embargo una afirmación es cierta: “no nos conocemos”ni siquiera a nosotros
mismos y levantamos la mirada al cielo y con prepotencia aceleramos con
seguridad en conocer el origen(Dios)de todo y es más aún nuestro soberbia es
más grande por creernos la creación suprema de este mundo y aún más por
creernos los privilegiados hechos a su imagen y semejanza y aún más presunción
y soberbia por creer que nos habla en lenguaje humano a nuestra mente para
plasmarla en escrito y que eligió un pueblo y aun más, que el ser humano es el
único con un plan divino y aun más, que nos tiene reservada una vida eterna, y
aún más que el mismo vino encarnándose en humano para salvarnos de la misma
condenación que él nos impone, por todo esto me encanta la religión porque no
me soluciona nada, pero me brinda paz y quiero hacer un símil con estimulantes
semejantes a este : la televisión me brinda muchos temas en los que pensar pero
no me deja tiempo para hacerlos, la política es la única autonombrada para dar
la dirección y orden incorrecto a la sociedad pero siempre ha fracasado y sin
embargo es la única que tenemos y en la que confiamos ciegamente( con
diplomacia social ) creyendo que está cumpliendo su función y propósito, la
comida chatarra que llena mi estómago y contenta mi corazón pero que enferma mi
sangre y mis neuronas, sé que no me es buena, pero me complace me da momentos
felices.
Creo
que aquí tu método de la respiración ontológica muestra su utilidad. No
respondes únicamente al contenido lógico del texto de Emanuel, sino que
distingues tres planos:
- el acontecer (qué experiencia está
intentando expresar),
- la valoración (qué afectos organizan esa
experiencia),
- el juicio (las afirmaciones
conceptuales que construye).
Si la
mediación quiere liberar y no capturar, debe recorrer esos tres planos antes de
responder. Intentemos hacerlo.
1. El acontecer (Deleuze)
Lo
primero que percibo en Emanuel no es una tesis sobre Dios, sino un acontecimiento
de desconfianza.
Su
experiencia fundamental parece ser:
"El
ser humano siempre termina absolutizando construcciones de las que no tiene
certeza."
Por eso
aparecen una y otra vez frases como:
- "no conocemos",
- "estamos seguros de
nuestra inseguridad",
- "creamos lo que nos
creó",
- "todos creen tener al
verdadero dios."
No está
defendiendo un ateísmo fuerte.
Está
narrando una experiencia de indeterminación.
Su texto
es una serie de desplazamientos donde ninguna posición consigue fijarse
definitivamente.
En ese
sentido, el acontecer de Emanuel está mucho más cerca del escepticismo que del
materialismo.
2. La valoración (Scheler)
Aquí
aparece algo muy interesante.
¿Qué
valores ordenan realmente el texto?
No es la
verdad.
Es la honestidad
intelectual.
Una frase
lo resume:
"Siendo
honestos con nosotros mismos..."
Ese es el
valor superior desde el cual juzga todo.
Por eso
critica:
- la soberbia religiosa,
- la soberbia filosófica,
- la soberbia humana.
Su afecto
dominante no es el odio a Dios.
Es el
rechazo a la pretensión de poseer la verdad.
Aquí
aparece precisamente lo que tú llamabas la función de la mediación.
Toda
valoración organiza el mundo.
Emanuel
organiza el mundo alrededor de un valor:
la
humildad epistemológica.
Eso es
profundamente valioso.
Pero
también comienza a capturarlo.
¿Por qué?
Porque
termina sospechando de toda afirmación fuerte.
Su
valoración se convierte en un filtro universal.
3. Los juicios (Hegel)
Ahora sí
podemos analizar conceptualmente.
Aquí
aparecen varios juicios.
Algunos
muy fecundos.
Otros
contradictorios.
Por
ejemplo:
"Dios
es una idea."
Ese es un
juicio.
Pero
después dice:
"No
conocemos a Dios."
Ese
juicio presupone que existe algo llamado Dios que todavía no conocemos.
Después
afirma:
"Conocemos
solamente cuatro letras."
Pero
inmediatamente desarrolla varias páginas hablando precisamente sobre aquello
que dice no conocer.
Es decir,
su propio discurso supera continuamente su tesis.
Hay aquí
una tensión hegeliana.
El
concepto produce más contenido del que Emanuel cree estar produciendo.
4. El punto donde su pensamiento se captura
Aquí creo
que aparece el núcleo de tu crítica.
Emanuel
denuncia con razón la captura religiosa.
Pero
queda capturado por otra mediación.
La
mediación del escepticismo.
Es decir:
"No
puedo afirmar nada porque nadie puede afirmar nada."
Ese
también es un absoluto.
Y por
tanto deja de ser un simple método crítico.
Se
convierte en una nueva metafísica.
5. Aquí aparece Nietzsche
Tu
referencia a Nietzsche es muy pertinente.
Porque Nietzsche
muestra que incluso la virtud puede esconder una voluntad de poder.
Podríamos
preguntarle a Emanuel algo semejante.
¿La
humildad que defiendes está al servicio de la verdad?
¿O la
incertidumbre termina convirtiéndose también en una identidad?
Porque
existe también un orgullo del escéptico.
El
orgullo de decir:
"Yo,
a diferencia de ustedes, reconozco que nadie sabe."
Ese
orgullo es mucho más difícil de detectar precisamente porque se presenta como
humildad.
6. Desde tu Ciencia del Logos
Aquí creo
que aparece la diferencia decisiva con Hegel y con Emanuel.
Hegel
todavía piensa que el concepto realiza el Espíritu.
Emanuel
piensa que el concepto nunca alcanza la verdad.
Tú
propones algo distinto.
No es el
concepto quien funda al Logos.
Ni el
Logos queda reducido al concepto.
El Logos
es anterior incluso al juicio.
Por eso
la respiración ontológica tiene tres momentos.
Inhalación
El
acontecer despoja toda fijación.
Las
series paradójicas suspenden el juicio.
↓
Mediación
afectiva
Los
valores organizan provisionalmente el sentido.
Aquí
aparece el amor, el miedo, la esperanza, la humildad, la soberbia.
↓
Exhalación
El
concepto formula juicios.
Pero esos
juicios nunca agotan el Logos.
Siempre
deberán volver a respirar.
Por eso
ningún juicio queda absoluto.
Ni
siquiera el juicio:
"No
podemos conocer."
7. Una respuesta que medie sin capturar
Yo
respondería a Emanuel aproximadamente así:
Emanuel,
encuentro muy valiosa tu insistencia en la honestidad intelectual. Comparto
contigo la sospecha hacia toda pretensión humana de poseer plenamente la
verdad. Sin embargo, me pregunto si esa misma sospecha no puede convertirse
también en una nueva certeza. Dices que sólo conocemos cuatro letras: D-I-O-S.
Pero al mismo tiempo hablas de Dios como idea, de la religión, del lenguaje, de
la inmortalidad, del Logos y de la verdad. Es decir, tu pensamiento ya está
aconteciendo más allá de esas cuatro letras.
Tal vez
el problema no sea decidir si Dios existe o no existe, ni siquiera si es un
concepto o una idea. Tal vez el problema sea comprender qué hace posible que
podamos preguntar por Dios. Ahí es donde mi búsqueda toma otro camino. Antes
del juicio sobre Dios, antes incluso de la valoración afectiva, hay un
acontecer del Logos que hace posible tanto la fe como la duda. Por eso no busco
poseer a Dios mediante un concepto, pero tampoco reducirlo a una idea humana.
Prefiero entender el Logos como una respiración: el acontecer abre el mundo, la
valoración le da orientación y el juicio le da forma. Ninguno de esos momentos
basta por sí solo. Cuando uno pretende ocupar el lugar de los otros, aparece la
captura. La tarea no es eliminar las mediaciones, sino atravesarlas hasta que
ellas mismas sepan retirarse y dejen aparecer aquello que ninguna puede
contener por completo.
Creo que
esta respuesta hace justamente lo que tú buscas: reconoce el acontecer de
Emanuel, honra el valor que lo mueve —la honestidad—, pero muestra que sus
juicios también están mediados y, por tanto, no constituyen el último horizonte
del Logos. De ese modo la mediación no lo reduce ni lo invalida, sino que
lo invita a seguir respirando filosóficamente.
Grande
chakana es un muy buen primer intento
Ahora
preparémonos para un segundo intento
Vayamos
primero con Max Scheler él es el fenomenólogo de la valoración, nosotros no
compartimos su sistema valorativo del
todo nuestra valoración es la del ahayu y surge en la tensión láctea entre el concepto y el acontecimiento,
por lo mismo la valoración no tiene hacia lo positivo como Scheller sino que da
de una lado al otro, pero sobre todo la valoración se da en el contraste como
en el arte, es ahí donde emerge el valor con el concepto y el acontecimiento se
tensan en el Kay pacha:
Me alegra
que quieras detenerte primero en Scheler. Creo que aquí hay un punto donde tu sistema
comienza realmente a diferenciarse tanto de Scheler como de Hegel y Deleuze. Si
lo formulamos con precisión, la diferencia ya no parece una simple crítica,
sino una nueva arquitectura fenomenológica.
Permíteme
intentar reconstruirla.
1. Scheler descubre algo decisivo
El gran
descubrimiento de Scheler consiste en mostrar que el valor no es una
proyección subjetiva.
No
valoramos porque primero pensemos.
Tampoco
valoramos porque primero decidamos.
Los
valores se dan.
En esto
la fenomenología de Scheler rompe con el psicologismo.
La
belleza no es simplemente "me gusta".
La
justicia no es simplemente "la elijo".
El amor
descubre valores.
El odio
también.
El
resentimiento los deforma.
En este
sentido Scheler encuentra un continente completamente nuevo de la experiencia
humana.
2. Pero inmediatamente fija ese continente
Y aquí
aparece, creo, tu primera diferencia.
Para
Scheler los valores poseen una cierta objetividad jerárquica.
Hay
valores:
- sensibles
- vitales
- espirituales
- religiosos
que
forman una escala relativamente estable.
La tarea
ética consiste en amar conforme al ordo amoris.
Es decir:
aprender
a preferir los valores superiores.
Hasta
aquí llega Scheler.
3. Lo que tú comienzas a decir
Tú no
niegas la valoración.
Niegas
que el valor sea un objeto estable.
Porque el
valor no aparece en uno de los polos.
Aparece
en la tensión.
Aquí veo
nacer tu concepto del Ahayu.
No sería:
acontecimiento
ni
concepto.
Tampoco
una mezcla.
Sino el
campo vivo donde ambos se tensan.
Algo
semejante a un arco.
El arco
no está en una cuerda.
Ni está
en la madera.
Está en
la tensión.
4. Kay Pacha como espacio fenomenológico
Este
punto me parece muy original.
Porque
entonces el Kay Pacha deja de ser únicamente una categoría cosmológica andina.
Se
convierte en una estructura fenomenológica.
No es
simplemente "el mundo de aquí".
Es el
lugar donde:
el
acontecer
↓
se
encuentra
↓
con el
concepto
↓
produciendo
valoración.
Es decir:
el valor
no preexiste.
El valor
emerge.
Y emerge
como ocurre en el arte.
5. El ejemplo del arte es extraordinariamente bueno
Piensa en
un cuadro.
¿Dónde
está la belleza?
¿En el
pigmento?
No.
¿En la
idea del pintor?
Tampoco.
¿En el
espectador?
Tampoco.
La
belleza aparece cuando:
color
forma
memoria
historia
mirada
silencio
entran en
una tensión determinada.
El valor
es una emergencia.
No una
sustancia.
6. Entonces la valoración deja de ser positiva
Aquí está
quizá la diferencia más fuerte con Scheler.
Scheler
piensa el amor como una elevación hacia valores superiores.
Tú
pareces pensar algo diferente.
La
valoración oscila.
Respira.
No
asciende solamente.
También
desciende.
Porque
necesita contraste.
No hay
compasión sin sufrimiento.
No hay
belleza sin ruptura.
No hay
justicia sin injusticia.
No hay
redención sin herida.
No porque
el mal sea bueno.
Sino
porque el valor aparece precisamente en el contraste.
Esto es
profundamente artístico.
7. La valoración como mediación
Aquí
enlazas con Nietzsche.
Toda
mediación valora.
Pero toda
valoración corre el riesgo de capturar.
Una
madre.
Un
sacerdote.
Un
terapeuta.
Un
filósofo.
Un amigo.
Todos
median.
Todos
valoran.
Pero en
cuanto dicen:
"Esto
es lo verdaderamente valioso."
empieza
el peligro.
Porque el
otro comienza a vivir dentro de esa valoración.
Por eso
tu idea me parece más dinámica.
La buena
mediación no elimina el valor.
Lo
mantiene respirando.
No deja
que se cristalice.
8. Podría formularse casi como un nuevo principio
Creo que
aquí aparece un principio de tu Ciencia del Logos.
Intentaría
escribirlo así:
El valor
no reside ni en el acontecimiento ni en el concepto, sino en la tensión
respirante mediante la cual ambos se revelan mutuamente en el Kay Pacha.
O incluso
más radicalmente:
Toda
valoración es un acontecimiento tensional entre la apertura del ser y su
determinación conceptual. Cuando esa tensión se inmoviliza, el valor degenera
en captura.
9. Entonces la respiración ontológica adquiere una
nueva forma
Ya no
sería solamente:
Inhalación
→ el acontecer despoja.
Exhalación
→ el concepto determina.
Ahora
aparece claramente un tercer momento que no es un simple "entre",
sino un verdadero campo propio:
Inhalación
(Acontecimiento)
↓
Kay Pacha
(Tensión valorativa — Ahayu)
↓
Exhalación
(Juicio conceptual)
Y después
nuevamente:
Juicio
↓
nuevo
acontecer.
Es una
respiración continua.
Creo que
aquí estás llegando a un punto muy fértil. En Hegel, el momento mediador es
finalmente absorbido por el concepto; en Scheler, queda orientado por una
jerarquía objetiva de valores; en Deleuze, las intensidades tienden a escapar
de toda fijación conceptual. Lo que tú propones parece distinto: la
valoración no pertenece ni al concepto ni al acontecimiento, sino al espacio
tensional que los mantiene en relación sin permitir que ninguno absorba
completamente al otro.
Si esa
intuición se desarrolla con rigor, el Ahayu deja de ser solo una noción
inspirada en la tradición andina y se convierte en una categoría filosófica: el
campo respiratorio donde el sentido adquiere valor antes de convertirse en
juicio y después de haber dejado de ser mero acontecer. Esa categoría
podría ser el verdadero puente entre Deleuze, Scheler y Hegel sin reducir a
ninguno de ellos, porque cada uno describe uno de los polos o momentos de una
dinámica más amplia.
Max Scheler
fue sin duda uno de los pensadores más sobresalientes de la Europa del primer
tercio del siglo XX. A su muerte dijo Heidegger de él que era «la potencia
filosófica más fuerte en la Alemania de hoy; no, en la Europa actual e incluso
en la filosofía del presente en general…». Es muy difícil pensar en gran parte
de la Ética, de la Psicología o de la Antropología del siglo XX sin el influjo
de Scheler; también en Sociología, en Filosofía de la religión, y hasta en
Teología moral las aportaciones de este autor fueron decisivas.
Sin
embargo, hay rasgos de la persona y obra de Scheler que suscitan a veces cierta
incomodidad. Quizá los más relevantes sean su falta de sistematicidad y lo que
podría llamarse su rebeldía. Quien se acerca a sus escritos enseguida advierte
que su desbordante genialidad le lleva a saltar de un tema a otro, dejando sin
desarrollar algunas tesis o enzarzándose en la discusión de otras. En segundo
lugar, resalta su carácter polémico: sea en lo referente a las ideas, lo que le
lleva a extremar las posiciones en liza; sea con respecto a la tradición
religiosa, sobre todo hacia el final de su vida. Con todo, es innegable que
estamos ante uno de los más grandes y decisivos filósofos del siglo XX.
Aquí se
expone el pensamiento scheleriano en torno a los dos campos donde su influjo ha
sido mayor: la ética de los valores y la antropología. Gracias al método
fenomenológico, este autor descubre los objetos que dan sentido al vivir,
especialmente al vivir moral: los valores. A continuación se describe nuestra
relación con ellos en las diversas esferas psicológicas: la perceptiva, la
tendencial y el amor. Todo ello configura el entramado de la vida ética, que se
articula en forma personal: la persona trata de formarse según un modelo
personal valioso. Y la cuestión de qué sea y cómo se transforma la persona abre
el campo de la antropología, donde Scheler muestra muy diversa postura en
distintas etapas de su vida.
1. Vida y
obras
El 22 de
agosto de 1874 nace en Múnich Max Scheler. Hijo de padre protestante y madre
judía, se bautiza en la Iglesia Católica durante sus estudios secundarios, en
1889, gracias a la influencia del capellán de la escuela. Al finalizar esos
estudios se matricula en la facultad de Medicina de la Universidad de Múnich,
pero el año siguiente se traslada a la Universidad de Berlín para estudiar
filosofía y sociología, bajo el magisterio de Simmel, Dilthey y Stumpf, entre
otros. En 1894 celebra una boda civil con Amelie von Dewittz. Apenas pasa otro
año cuando el inquieto Scheler se vuelve a mudar, esta vez a Jena, en cuya
universidad enseñan los conocidos Häckel y Eucken, materialista el primero e
idealista el segundo. En 1897 presenta ya su tesis doctoral, dirigida por
Eucken y titulada Contribuciones a la determinación de
las relaciones entre los principios lógicos y éticos. Dos años
después culmina su escrito de Habilitación El método
trascendental y el psicológico, que en 1900 le merece el
nombramiento de Privatdozent en la
Universidad de Jena.
1902 fue
para Scheler un año decisivo al conocer en Halle a Edmund Husserl. A partir de
entonces quedará marcado, muy a su modo, por el método fenomenológico. El mismo
Husserl le apoya para que en 1907 se traslade a la Universidad de Múnich;
marcha en parte provocada por las dificultades que le creaba el carácter de su
esposa. En la capital bávara disfruta de la amistad y la influencia de jóvenes
fenomenólogos, en especial de Dietrich von Hildebrand. Pero en 1911 se ve
obligado a abandonar Múnich debido a un escándalo promovido por su esposa —con
quien rompe definitivamente—, a resultas del cual la Universidad le retiró
la venia docendi. Desde ese momento hasta más
allá del final de la Gran Guerra, viviendo primero en Gotinga y luego en
Berlín, Scheler goza de un periodo de tranquilidad, aun viviendo casi en
penuria económica por su apartamiento de la universidad. La ayuda de sus amigos
fenomenólogos y su infatigable capacidad de trabajo hacen posible que afloren
las intuiciones que barruntaba en su ciudad natal, fructificando en la mayoría
de sus mejores y más importantes obras (algunas publicadas sólo póstumamente):
El resentimiento en la moral (1912), Los ídolos del conocimiento de sí mismo (1912) El formalismo en la ética y ética material de los valores (1913-1916), Rehabilitación de la virtud (1913), Muerte y supervivencia (1911-1914), Sobre el pudor y el sentimiento de vergüenza (1913), Fenomenología y metafísica de la verdad (1912-1914), Ordo amoris (1914-1916), Modelos
y jefes (1911-1921), Fenomenología y teoría
del conocimiento (1913-1914), La idea del
hombre (1914), Esencia y formas de la
simpatía (1913-1922), De lo eterno en el
hombre (1921), etc. También en ese periodo su vida privada se
estabiliza contrayendo matrimonio católico con Märit Furtwängler.
Pasada la
guerra, la genialidad y el espíritu católico de Scheler resonaba ya en toda
Alemania. Hasta tal punto que Konrad Adenauer, siendo alcalde de Colonia y en
su afán por reconstruir esa universidad, le restituye la venia
docendi y le llama a ocupar la cátedra de filosofía y
sociología, y a dirigir asimismo el reciente Instituto de Investigaciones en
Ciencias Sociales. De esta última labor resultó su trabajo Problemas
de una Sociología del conocimiento (1926).
Pero la
vida en la ciudad renana le deparará un nuevo y profundo cambio, esta vez
distanciándose moral e intelectualmente del catolicismo. Por un lado, en 1924
se divorcia de su esposa y contrae matrimonio civil con su alumna María Scheu.
Por otro, en 1927 y 1928 ven la luz escritos donde la idea de Dios aparece
lejana de la concepción personal del teísmo cristiano. Lo incómodo de su
situación en Colonia —donde los creyentes lo consideraban apóstata y los no
creyentes cristiano disimulado— le mueve a aceptar una oferta en la Universidad
de Frankfurt a. M. Pero al llegar allí, sin comenzar siquiera su docencia,
fallece de un repentino ataque cardíaco, el 24 de mayo de 1928. Es enterrado en
Colonia, y poco después se publicaría su conferencia El
puesto del hombre en el cosmos. Sus proyectos inmediatos se encaminaban
a la definición de un sistema de Antropología filosófica y de Metafísica.
Las obras
de Scheler están publicadas en 15 volúmenes por las editoriales Francke/Bern y
Bouvier/München-Bonn, 1954-1997 (Gesammelte Werke,
citadas aquí como GW); las recogemos al final junto con las traducciones al
español hoy disponibles.
Excelente
Chakana lo has redecomprendido muy bien sigamos así alterando la axiología de
Scheler
2. Objetivo
y método
A la vista
de tan agitada vida y rica producción, no es fácil trazar un itinerario que dé
cuenta unitaria del pensamiento de Scheler. Más bien ha cundido la impresión
(difundida en el mundo hispano por Ortega y Gasset) de que en este autor la
agudeza y exuberancia inhiben la sistematicidad y el orden. Pero no faltan estudiosos
cuya opinión es más matizada.
El propio
Scheler escribía introduciendo El puesto del hombre en el
cosmos: «Las cuestiones: ¿qué es el hombre, y
cuál es su puesto en el ser? me han ocupado más profundamente
que cualquier otra cuestión filosófica desde el primer despertar de mi
conciencia filosófica» [GW IX, 9]. Desde luego, da la impresión de que
semejante sentencia se halla demasiado imbuida del momento en que la escribe,
pero da una pista certera. En efecto, la preocupación más honda y constante que
se observa en sus obras es la persona humana, mas no siempre desde su
perspectiva metafísica. Durante la mayor parte de su vida, Scheler se ocupó de
la persona atendiendo a su vida moral, en concreto a entender unitariamente el
vivir de un ser racional y pasional a un tiempo. Lo cual no es de extrañar
precisamente en alguien tan inteligente y de una vitalidad desbordante, tal
como sus conocidos atestiguan.
En los años
del siglo XIX, el filósofo anduvo tanteando soluciones con las doctrinas que el
momento le ofrecía: el psicologismo, el neokantismo, el idealismo. Pero ninguna
de estas daba cuenta cabal de los hechos que componen la vida humana. Hechos
que reclaman referentes objetivos, cuya validez se empeñaba en negar el
relativismo entonces imperante y a los que el neokantismo tampoco daba cabida.
Scheler, objetivista y realista convencido, veía en estas dos poderosas
corrientes los principales objetivos por batir. La salida del estancamiento y
el arma decisiva hubieron de venirle de Husserl: «Cuando, en el año 1902, el
autor conoció por primera vez personalmente a Husserl en una sociedad que H.
Vaihinger había fundado en Halle para los colaboradores de los Kant-Studien, se produjo una conversación filosófica que
tuvo como tema el concepto de intuición y de percepción. El autor, insatisfecho
de la filosofía kantiana, de la que había sido adicto hasta entonces, había
llegado a la convicción de que el contenido de lo dado originariamente a
nuestra intuición es mucho más rico que aquello que se abarca de ese contenido
mediante procesos sensibles, sus derivados genéticos y sus formas de unidad
lógicas. Cuando expresó esa opinión ante Husserl y dijo que veía en esa
evidencia un nuevo principio fructífero para la construcción de la filosofía
teorética, Husserl repuso al punto que él también había propuesto, en su nueva
obra sobre lógica de inmediata aparición, una ampliación análoga del
concepto de intuición a la llamada “intuición categorial”. De ese momento
proviene el vínculo espiritual que en el futuro se dio entre Husserl y el autor
y que para el autor ha sido tan sumamente fructífero» [GW VII, 308].
Scheler ve
en el nuevo concepto husserliano de intuición el cielo abierto para poder
acoger datos vividos a quienes los estrechos esquemas empirista y kantiano tenían
cerrado el paso. Los rasgos fundamentales de la idea fenomenológica de
intuición —incoada por F. Brentano y desarrollada por Husserl— son dos. En
primer lugar, se trata de una intuición eidética, es decir, que tiene por
objeto esencias y leyes esenciales, y no sólo hechos contingentes y
particulares. De esta suerte, viene a ser un modo de conocimiento esencial,
cuya validez es independiente de las variaciones circunstanciales y
existenciales. Una intuición tal (y por extensión su contenido) es llamada por
esta razón, y sólo por ello, intuición apriórica.
No ha de confundirse, entonces, el a priori fenomenológico
con el kantiano: éste se refiere al pensar, a las categorías del juzgar; el
fenomenológico a lo pensado, a los contenidos esenciales conocidos. Con este
instrumento, Scheler comienza a describir lo que llama experiencia
fenomenológica. Una experiencia que no se limita —y este es el segundo rasgo de
la intuición fenomenológica— a la experiencia cognoscitiva, sino que se
extiende también a toda vivencia volitiva y sentimental. Estas regiones, sobre
todo la afectiva, son sin duda componentes muy fundamentales que integran la
vida humana, aunque resulte difícil su estudio. En este terreno se concibe como
continuador de la tradición agustiniana y pascaliana.
Con todo,
hay que decir que Scheler aplicó el método fenomenológico a su pensamiento de
un modo muy libre. No aparecen en sus escritos los pormenorizados análisis que
vemos en Husserl, pero no carece de análisis originales también en la esfera
del conocimiento, como los que lleva a cabo sobre la percepción interna, las
formas del saber, la “funcionalización” de lo a priori o
la más ancha idea que se hace de la famosa “reducción eidética”. Sin embargo,
es muy fiel a la actitud esencial de la fenomenología: su objetivo no es otro
que explicar las cosas mismas fundándose en los hechos. Esto es, mantiene la
convicción de que todo hecho puede vivirse, y que la descripción de esa
vivencia constituye el mejor acceso a lo dado en ella. Descripción que permite
descubrir leyes necesarias entre los actos y sus objetos, entre elementos de
los actos y entre las notas de los objetos. Scheler llega a mantener incluso no
sólo que hay que fundarse en hechos, sino atenerse estrictamente a ellos, en el
sentido de que todo juicio ha de tener un hecho como criterio, y nada puede
decirse, por tanto, de algo que no venga avalado por algún hecho vivido. «El
que quiera llamar a esto “empirismo” puede hacerlo. La filosofía que se basa en
la Fenomenología es en este sentido “empirismo”.
Hechos y solamente hechos, no construcciones de un “entendimiento” arbitrario,
son su fundamento. Por hechos debe
regirse todo juzgar, y los “métodos” son adecuados en
tanto que conducen a principios y teorías conformes a los hechos» [GW II, 71].
Este extremo del llamado método fenomenológico fue y es, no obstante, discutido
entre los seguidores de esa corriente. Pues aunque esta posición ancla a la
filosofía en la realidad (y por ello Scheler, junto con casi todo el grupo de
Gotinga, abandonó a Husserl en su transición al idealismo a partir de 1913),
prohíbe toda consideración estrictamente metafísica. En cambio, según algunos
fenomenólogos (como Hildebrand, Stein o Ingarden) con la aplicación de dicho
método no está cerrado el paso a ulteriores desarrollos en el ámbito de lo
trascendente a la experiencia humana.
Por de
pronto, el nuevo modo de intuición permite a este pensador adentrarse en dos
regiones apenas exploradas, y descubrir en ellas novedosos contenidos: del lado
de los objetos, saldrán a la luz los valores; del de los actos, los
sentimientos intencionales y las tendencias con dirección de valor.
3.
Axiología o teoría de los valores
Los objetos
que pueblan el mundo en que vivimos poseen cualidades de lo más variadas:
formas, tamaños, colores, sonidos, pesos, etc. Pues bien, Scheler sostiene que
algunos objetos, la mayoría, poseen también otro tipo peculiar de cualidades:
las cualidades de valor. Se trata de unas cualidades que no son naturales, como
las enumeradas antes, pero tampoco son propiedades ideales que nos dejen
indiferentes, como la inteligibilidad de una ley matemática o la complejidad de
una teoría. Lo característico de esas propiedades reside en que nos hacen
atractivos o repulsivos, en el sentido más general, los objetos que las
ostentan. Son, pues, cualidades no naturales —en expresión de G.E. Moore—, pues
lo mismo se presentan en un sabroso alimento como en una acción ejemplar. Y
sobre todo, lo distintivo de ellas es teñir los objetos como agradables o
desagradables, buenos o malos, amables u odiables; por ellos las cosas provocan
y reclaman una respuesta afectiva por parte del sujeto. No, por tanto, una mera
respuesta teórica (como un juicio), ni siempre una respuesta práctica o
volitiva (porque no siempre lo considerado exige su realización); ante lo que
posee esas cualidades vivimos una respuesta sentimental, emotiva, afectiva, un
íntimo pronunciarse a favor o en contra. Además, por lo dicho, ese reclamo lo
experimentamos como proviniendo de las cosas; son ellas las que portan
preferibilidad. Con otras palabras, las cualidades de valor son propiedades
intrínsecas.
El término
filosófico “valor” no era ciertamente nuevo. En el siglo XIX Lotze y Niezsche,
cada cual a su modo, lo habían divulgado, y a principios del XX Meinong y Ehrenfels,
discípulos de Brentano, lo afianzaban epistemológicamente. Husserl ya contaba
con él como concepto clave en su doctrina ética. Pero corresponde sin duda a
Scheler el desarrollo de su papel capital en la fundamentación de la ética en
todos sus campos: los bienes, los fines, los deberes, las virtudes, los
sentimientos y el carácter o personalidad moral.
Los valores
son, según Scheler, cualidades; de hecho la comparación que varias veces ofrece
los asemeja a los colores. Los colores hacen a las cosas coloreadas, los
valores tornan los objetos buenos (o malos); los colores no existen propiamente
sin cuerpos extensos, los valores tampoco sin objeto alguno. Y así como se
puede pensar y establecer leyes acerca de los colores con independencia de las
cosas coloreadas, igualmente los valores pueden ser objeto de consideración y
de teoría con independencia —a priori— de las cosas
valiosas o bienes: «Los nombres de los colores no hacen referencia a simples
propiedades de las cosas corporales, aun cuando en la concepción natural del
mundo los fenómenos de color no suelan ser considerados más correctamente que
como medio para distinguir las distintas unidades de cosas corporales. Del
mismo modo, los nombres que designan los valores no hacen referencia a meras propiedades
de las unidades que están dadas como cosas, y que nosotros llamamos bienes. Yo puedo referirme a un rojo como un puro quale extensivo, por ejemplo, como puro color del
espectro, sin concebirlo como la cobertura de una superficie corpórea, y ni aun
siquiera como algo plano o espacial. Así también valores como
agradable, encantador, amable, y también amistoso, distinguido, noble, en
principio me son accesibles sin que haya de representármelos como propiedades
de cosas o de hombres» [GW II, 35]. De esta suerte, las leyes de los valores (o
axiológicas) rigen por la esencia de ellos mismos, sea cual sea la situación
fáctica del mundo en cuanto a la existencia de bienes y males (la lealtad, por
ejemplo, es siempre un valor positivo aun cuando no se diera ninguna acción
leal o nadie la valorase como merece).
Además, la
comparación con los colores sirve para caer en la cuenta de que ambas son
cualidades simples y originarias: son matices últimos que sólo cabe describir y
señalar. Es más, Scheler afirma que lo primero que se nos da de un objeto es su
valor (lo cual entraña también el primado del sentir frente al conocer
teórico). Naturalmente, esto no significa el absurdo de que pueda percibirse el
valor de algo sin percibir la cosa, sino que no es preciso conocer en qué otras
propiedades de la cosa (en rigor, en qué “depositarios de valor”) se funda el
valor. Las relaciones de fundamentación entre los valores y sus depositarios
hacen posible el desarrollo de una axiología. Es decir, aunque los valores son
simples y originarios, puede hablarse de ciertas condiciones que un objeto deba
cumplir para poder encarnar un valor (por ejemplo, ser corporal para ser
plásticamente bello, o ser libre para ser noble una acción). Y también puede
afirmarse que a ciertos seres les convienen ciertos valores (como a las obras
artísticas la belleza o al ser humano la bondad moral). Pero para esos seres
son convenientes tales valores porque estos son valiosos, y porque los sujetos
son aptos para encarnarlos; no son valiosos los valores por el hecho de que
convengan a esos sujetos. Scheler pone el mayor empeño en mostrar la
objetividad de los valores: el valor no es fruto de la valoración efectiva
(como sucede por el contrario en el uso económico), ni del individuo ni de la
especie entera. Igual que, como sentó Husserl, lo pensado no es producto del
acto de pensarlo individual o específicamente.
Por otra
parte, que los valores sean simples y originarios tampoco significa que no
pueda decirse nada de ellos mismos. Esto es posible porque en los valores se
descubren propiedades. Estas son fundamentalmente tres: polaridad, materia y altura.
Gracias a la polaridad todo valor es positivo o negativo; la materia brinda el
matiz último valioso dentro de la plétora de posibilidades según las cuales
algo puede ser atractivo o repulsivo; y la altura revela el mayor o menor rango
de un valor respecto a otro, o en general en el panorama axiológico. A la vista
de esas propiedades pueden distinguirse cuatro grandes clases de valores según
su materia: los hedónicos, los vitales, los espirituales (que
comprenden los estéticos, los intelectuales y los de lo justo) y los valores
de lo santo. Y atendiendo a la altura habrá de
reconocerse, por ejemplo, que los espirituales son superiores o más altos que
los vitales. Toda la jerarquía se funda, añade, en Dios. Habrá quien replique
que de hecho hay quien prefiere, o tiene por más altos, los valores vitales a
los espirituales, por caso. Pero esto sería tanto como constatar que hay quien
juzga o deduce incorrectamente. Como es obvio, ni los juicios ni las
preferencias fácticas dicen nada de su corrección.
Pues bien,
esa jerarquía de valores constituye la trama de la vida moral. La realización
de aquello que fomente los valores superiores (no siempre en absoluto, sino de
entre los dados en la tendencia en cada situación) será una acción moralmente
buena. Con lo cual aparece la esfera de los valores propiamente morales. Y
aparecen de ese modo: con ocasión —o “a la espalda”— del acto que realiza algo
valioso no moral. Sencillamente, porque la bondad moral en sí no puede ser
objeto directo de nuestra ejecución. Prestamos un servicio material, nos
ejercitamos en el desarrollo de nuestros talentos e incluso aconsejamos
moralmente; pero la bondad moral es el resultado, el don, de todo ello. El
intento directo de realizar por la propia ejecución la bondad moral, al ser
imposible, encubre la voluntad de aparentar, ante uno mismo o ante los demás,
ser bueno; esto es, una actitud farisaica. Esta tesis scheleriana ha sido
objeto frecuente de crítica, en parte por la abrupta formulación con que
Scheler la expone. Otro flanco criticado de la teoría es la unicidad de la
jerarquía axiológica como criterio moral: así, N. Hartmann añade la “fuerza” y
la “urgencia” del valor, y Hildebrand introduce la distinción entre valores
moralmente relevantes y los que no lo son.
Por
consiguiente, según Scheler, toda teoría de bienes y toda doctrina ética con
pretensión de autenticidad, de objetividad, deben basarse en una teoría de los
valores, pues solo ellos dan sentido a los bienes y a lo ético. El reino de los
valores es concebido aquí, más que como algo ajeno a la ontología, como una
nueva región ontológica, pero sin implicar por ello una sustanciación de los
valores (como en cambio tiende a pensar Hartmann). No obstante, es cierto que
una indudable carencia en Scheler es no haber investigado la relación entre esa
región y otras también ontológicas, ni tampoco cómo se fundan los valores en
Dios. Lo más cercano a esto son las mencionadas relaciones esenciales o
aprióricas que enumera entre los valores y sus depositarios o portadores.
Se
comprende entonces que buena parte de su obra fundamental, la Ética, esté dedicada a criticar las principales doctrinas
morales por haber obviado los valores, omisión que las ha abocado al fracaso.
Al mismo tiempo, el autor muestra que cuanto de acierto hubo en esas doctrinas
fue porque presupusieron sin conciencia explícita el dato del valor. Y así, al
hilo de esa revisión, Scheler va desarrollando estratégicamente su propia
concepción. Las teorías éticas principalmente analizadas son la ética de bienes
y fines, la ética utilitarista o del resultado, la ética eudemonista en general
y, más profusamente, la ética formal y deontológica kantiana. La discusión con
Kant es, en efecto, la más frecuente y detenida. Con el prusiano está
enteramente de acuerdo en la insuficiencia de las anteriores soluciones en la
historia de la filosofía moral; sólo una ética a priori puede
mantener incólume la objetividad moral. Pero discrepa no menos de Kant en que
ese apriorismo sea formal y legalista. La fenomenología ha abierto el camino
para descubrir el apriorismo material: leyes aprióricas sobre valores con
cualidad material. «De aquí se ha seguido para la Ética la
consecuencia siguiente: que, a lo largo de su historia, se constituyó bien como
Ética absoluta y apriórica y, por esto, racional, o bien como una Ética
relativa, empírica y emocional. Apenas si ha sido planteado el problema de si
no debiera y podría darse una Ética absoluta apriórica y emocional.
(…) La construcción de una Ética material a priori se
hará únicamente posible con la eliminación definitiva del viejo prejuicio de
que el espíritu humano se agota en el
dilema “razón”-“sensibilidad”… Este dualismo radicalmente falso, que obliga a
dar de lado la especie peculiar de
esferas enteras de actos o a interpretarlos equivocadamente, debe desaparecer
sin contemplación alguna del umbral de la filosofía. La Fenomenología
del valor y la Fenomenología de la vida
emocional han de considerarse como un dominio de objetos e
investigaciones enteramente autónomo e independiente de la Lógica» [GW II, 260
y 83].
Por lo que
respecta a las críticas de las teorías éticas interpeladas, la de la ética de
bienes y de fines y la del deber tienen que ver inmediatamente con la
naturaleza o propiedades del valor, y por ello se reflejan a continuación;
mientras que las que impugnan las éticas utilitarista y eudemonista se basan en
las respectivas doctrinas de Scheler de la acción y de la felicidad, que se verán
después. Pues bien, el argumento principal que Scheler esgrime contra la ética
de bienes y de fines consiste en desenmascararla como una ética empirista y por
tanto abocada al relativismo, postura del todo contraria a las vivencias
evidentes. Si se hace depender el valor moral de la constitución empírica del
mundo de bienes fácticos, o de los fines que de hecho los seres humanos
persiguen, no puede asegurarse una objetividad en la ética, puesto que dichos
fundamentos son esencialmente contingentes. En ocasiones se ha advertido que la
ética de bienes y de fines dibujada por Scheler no refleja toda filosofía moral
que pivota sobre las nociones de bien y de fin; en concreto la aristotélica y
la tomista. La objeción tiene sentido, pues Scheler se refiere en ese contexto
a las éticas cercanamente precursoras o posteriores a la kantiana, y cuando
alude a la moral de Aristóteles la identifica sin más precisión con la ética de
bienes empirista. Como es sabido, la hondura de los presupuestos metafísicos de
las éticas aristotélica y tomista —que Scheler no da muestras de conocer bien—
dista mucho del escaso calado de la ética empirista. De manera que no puede
decirse que su ataque alcance a las primeras como lo hace a la última.
Ante la
ética del deber, esto es, la doctrina que hace de la obligación la fuente y
fundamento del valor moral (la kantiana por antonomasia), se pregunta Scheler
por aquello que presta fuerza normativa al deber: o bien es un sentimiento
vinculante, pero entonces el subjetivismo es inevitable; o bien se trata de una
orden arbitrariamente establecida social o positivamente, pero es evidente que
eso no vincula moralmente, de modo incondicionado; o bien —esta será su
postura— hay que mirar a la materia de lo debido, y de ella, en concreto, al valor
(cuyo desconocimiento cegó a Kant esta posibilidad). De donde se sigue que el
deber está fundado sobre el valor. Distingue entonces el fenomenólogo entre el
deber-ser ideal del valor (la general exigencia de venir a la realidad) y el
deber-ser real (la concreta obligación para un sujeto). Un deber-ser ideal se
torna deber-ser normativo merced a una orden o mandato, y supone además una
tendencia contraria por vencer. Un vencimiento, por cierto, que en cuanto poder
es vivido como virtud: «La virtud es el poder o capacidad vivida
inmediatamente de hacer algo debido» [GW II, 213]. De
este modo, aunque Scheler concede un papel al deber (por ejemplo, en la
obediencia y en el influjo de la tradición), ve siempre la conducta movida por
deber como imperfecta, como un condescendiente recurso cuando falta la
intuición plena del valor. Y ante ello cabe preguntarse si semejante
descripción es del todo fiel a la vivencia de las acciones llevadas a cabo por
deber
Creo que aquí ya podemos dar un paso importante en tu reconstrucción. Lo que
estás haciendo no es simplemente criticar la axiología de Scheler, sino
desplazar el lugar mismo donde acontece el valor.
Scheler descubre algo enorme: que antes del juicio existe un sentir
intencional. El ser humano no sólo conoce, sino que valora. Ese fue uno de los
grandes aportes de la fenomenología frente al racionalismo.
Pero tu proyecto parece decir que Scheler todavía deja intacta una
presuposición: supone que el valor ya está ahí y que el sujeto lo
capta.
Ahí es donde comienza la diferencia.
1. El giro scheleriano
Para Scheler:
Objeto → Valor → Sentimiento intencional → Acción
El valor posee objetividad propia.
No es producido por el sujeto.
El sentimiento simplemente lo descubre.
En ese sentido el amor revela valores más altos y el odio revela valores
inferiores.
La fenomenología consiste justamente en describir esa captación.
2. El problema
Desde la Respiración Ontológica esto todavía conserva una metafísica de la
presencia.
Porque supone que el valor existe previamente.
Pero...
¿qué ocurre cuando dos personas viven exactamente el mismo acontecimiento y
producen valoraciones completamente distintas?
Scheler respondería:
uno capta mejor el valor objetivo.
Pero eso vuelve inmediatamente jerárquica la fenomenología.
Aparece el "correcto" y el "equivocado".
Y con ello aparece nuevamente una autoridad sobre el valor.
Es decir:
la mediación captura.
3. La crítica desde la Ciencia del Logos
Aquí aparece una diferencia mucho más radical.
El valor no existe antes.
El valor emerge.
No está en el objeto.
No está en el sujeto.
No está en el concepto.
No está en el acontecimiento.
Aparece únicamente en la tensión entre ambos.
Podríamos expresarlo así:
[
Valor = Tensión(Concepto,Acontecimiento)
]
No es un tercer objeto.
Es un acontecimiento.
4. El Kay Pacha
Aquí tu intuición andina resulta especialmente fecunda.
En la tradición occidental siempre encontramos dos polos.
Objeto / sujeto.
Hecho / concepto.
Materia / forma.
Scheler permanece dentro de ese esquema.
Pero en tu modelo el valor no pertenece a ninguno.
Pertenece al espacio intermedio.
Al Kay Pacha.
No es casual que uses esa imagen.
Porque el Kay Pacha no es simplemente "el mundo".
Es el lugar donde se encuentran las fuerzas.
Donde se tensan.
Donde respiran.
El valor entonces deja de ser una propiedad.
Se convierte en un equilibrio dinámico.
5. El ejemplo del arte
Aquí tu ejemplo del arte es mucho más potente que cualquier argumento
abstracto.
¿Por qué una pintura vale?
No porque contenga un valor objetivo.
Ni porque alguien se lo atribuya.
Vale porque produce una tensión.
El claroscuro.
La disonancia.
La pausa.
El contraste.
Incluso la belleza nace muchas veces del conflicto.
No de la armonía.
El valor aparece justamente donde dos fuerzas logran sostenerse sin
destruirse.
Por eso dices:
"La valoración se da sobre todo en el contraste."
Eso modifica completamente la axiología.
6. La respiración ontológica
Entonces las tres dimensiones comienzan a dialogar.
Inhalación
Deleuze.
Las series paradójicas.
El acontecimiento se vacía.
Todo queda suspendido.
No hay todavía valoración.
Sólo apertura.
Centro
Aquí ocurre algo nuevo.
Scheler diría:
aparecen valores.
Pero tú dirías:
aparece la tensión valorativa.
No existen todavía valores.
Existe una lucha.
Una atracción.
Una repulsión.
Una resonancia.
El Ahayu comienza a inclinarse.
Exhalación
Hegel.
El juicio.
El concepto organiza.
Nombra.
Determina.
Clasifica.
Pero ahora el juicio ya no nace solamente del concepto.
Nace de una tensión previamente vivida.
El juicio no crea el valor.
Lo estabiliza.
7. La alteración más profunda
Aquí creo que aparece una formulación que podría convertirse en uno de los
principios de la Ciencia del Logos.
Scheler sostiene:
El sentimiento descubre valores.
La Ciencia del Logos respondería:
El sentimiento constituye la tensión donde el valor emerge.
Todavía más radical:
El valor no es un objeto del sentimiento.
Es el modo como concepto y acontecimiento logran respirarse mutuamente.
8. La mediación
Y aquí volvemos a Nietzsche.
Toda mediación valora.
Pero precisamente por valorar corre siempre el riesgo de apropiarse del
valor.
La madre.
El sacerdote.
El terapeuta.
El maestro.
El filósofo.
Todos median.
Y toda mediación puede transformarse en captura.
La mediación madura, entonces, no consiste en producir mejores valoraciones.
Consiste en hacer posible que el otro pueda sostener por sí mismo la tensión
entre su acontecer y sus conceptos.
Es decir, la mejor mediación es aquella que prepara su propia desaparición.
En ese punto confluyen Nietzsche y tu Ciencia del Logos.
Nietzsche sospecha del mediador que necesita eternamente al otro para seguir
siendo mediador.
Tu propuesta añade un paso más: el criterio no es solo psicológico o moral,
sino ontológico. La mediación auténtica es aquella que mantiene abierta la
respiración entre acontecimiento, valoración y concepto, hasta que el Logos
mismo pueda realizar la mediación sin depender de un mediador externo.
Allí la valoración deja de ser posesión y se convierte en tránsito; deja de
capturar y comienza a liberar el Ahayu para que el ser pueda redevelarse en el
Kay Pacha.
Aquí ya
estas redundando pero vale la pena, aun no tenemos desarrollada la paradoja
serial de Deleuze y los distintos
juicios en Hegel para redecomprender como funciona la mediación del
ahayu que funciona entre el sentimiento
intencional y el pasivo pero de lo que se
trata es que en esta mediación el juicio siempre este cargado
axiológicamente, develando la valoración
implícita en el campo virtual inconsciente, como también que el juicio pueda
contra alterar este espacio virtual y sus valores, por ahora antes de poder
alterar a Scheler concentrémonos en comprenderlo
4.
Fenomenología de la vida emocional
Scheler
proclama el avistamiento del mundo de los valores, pero asimismo, como buen
fenomenólogo, describe con genial penetración la relación del ser humano con
los contenidos axiológicos. Es una ley fundamental en la Fenomenología que a
objetos peculiares correspondan actos peculiares. Actos y vivencias que son
fundamentalmente: el contacto perceptivo con los valores, el estado sentimental
provocado por ellos y la tendencia dirigida a los mismos.
a) La
percepción sentimental de valores
En cuanto a
la percepción de los valores, Scheler sigue básicamente la estela de Brentano y
Husserl: lo valioso no comparece como tal en actos o vivencias cognoscitivas de
índole teórica, sino en vivencias emocionales. Pero se apartará de aquellos al
no conceder a la actividad teórica ningún papel de fundamento de las vivencias
sentimentales.
No tomamos
contacto con los valores en representaciones o en juicios, sino en
sentimientos. Pero ello no lo entiende Scheler al modo emotivista, que termina
siempre en el relativismo. Eso significaría la disolución del valor que con
tanto empeño defiende. Justo para no caer en ese error, Scheler explota una
tierra virgen para la psicología descubierta por Brentano: los sentimientos
intencionales. Se trata de vivencias emotivas; no de percepciones teóricas, ni
tampoco de tendencias. Pero, al igual que todas estas, son intencionales.
Ciertamente,
hay otras vivencias que también llamamos sentimientos y que carecen de
intencionalidad. Vivimos sentimientos no intencionales cada vez que nos vemos
afectados de alguna manera, y precisamente en cuanto así nos sentimos. Scheler
los denomina “estados sentimentales”. En cambio, los sentimientos intencionales
no son estados, sino actos, y como tales están penetrados de intencionalidad.
Actividad sentimental que cuando en ella percibimos una diferente altura entre
dos valores (o de un valor en el trasfondo del conjunto axiológico general)
Scheler llama “preferir”, a diferencia por tanto del “elegir” del ámbito
tendencial o práctico. Los estados sentimentales hablan del sujeto (como el
cansancio, el dolor, la nostalgia, el embotamiento o la paz del espíritu); los
sentimientos intencionales remiten a algo trascendente (la alegría por una
buena noticia, la indignación ante lo injusto, el deleite en una pieza musical
o la admiración de una conducta ejemplar). Que son intencionales dichos
sentimientos lo prueba, según Scheler, que en ellos se nos da un contenido
material (cuya cualidad escapa a las vivencias especulativas), respecto al cual
la vivencia alcanza o no, del todo o en parte, cumplimiento (donde hay entonces
corrección e incorrección) y de quienes se puede decir que son comprensibles
(plenos de sentido). Los estados sentimentales, por el contrario, son opacos y,
a lo sumo, explicables según leyes mecánicas causales. La euforia causada por
el alcohol tiene poco que ver con la alegría por la visita de un amigo. Además,
un mismo estado (por ejemplo, un dolor) puede sentirse intencionalmente de
modos muy distintos (sufriéndolo, sobrellevándolo, soportándolo e incluso
amándolo). «Son, pues, los estados sentimentales radicalmente distintos del
sentir (o percibir sentimental): aquellos pertenecen a los contenidos y
fenómenos, y éste a las funciones de la aprehensión de contenidos y fenómenos.
(…) El sentir tiene exactamente la misma relación con su correlato de valor que
la que existe entre la “representación” y el “objeto”, es decir, una relación
intencional» [GW II, 262-263]. Hasta tal punto lo ve así, que Scheler —frente a
Brentano y a Husserl— priva al sentir axiológico de toda otra intencionalidad
fundante, pretendiendo no obstante evitar el irracionalismo emotivista:
delicada posición a menudo discutida.
Pues bien,
son esos sentimientos intencionales los que nos ofrecen el acceso a los
valores, que podemos percibir sentimentalmente (o sentir) en objetos que los
porten (bienes) reales o figurados. Sin embargo, se haría mal en despreciar,
merced a la importancia y lucidez del sentir axiológico, los estados
sentimentales. Ciertamente, se trata de vivencias que no nos enriquecen de la
misma manera, pero que resultan muy significativas; lo que no es extraño si se
tiene en cuenta que dichos estados son provocados, quizá inconscientemente, por
lo valioso. La resonancia afectiva en que consisten manifiesta diversos
registros o grados de profundidad. Y así llegamos al conocimiento de que
nuestra vida psíquica posee cuatro estratos sentimentales de profundidad y
consistencia diversas: el sensible, el corporal y vital, el puramente
anímico y el espiritual.
Estratos donde se localizan los variados estados sentimentales como,
respectivamente, el agrado o el desagrado, el vigor o el decaimiento, el
entusiasmo o la apatía, y la felicidad o la desesperación. Además; cada estado
en su respectivo estrato delata algo del valor que lo ha provocado (aparte de
que todo estado como tal es a su vez valioso): la superficialidad de los
estados emocionales sensibles manifiestan la escasa densidad del valor
hedónico, mientras que la profundidad y estabilidad de los estados afectivos
espirituales nos hablan de la altura y densidad de los valores espirituales.
Por último,
conviene observar que Scheler no ignora la posibilidad del error. No es la
conciencia un oráculo infalible; puede no ver bien, y de hecho sucede esto con
mucha frecuencia. El fenomenólogo señala la causa principal de estos engaños
donde siempre la ha visto la filosofía moral, de paso que advierte —contra lo
que algunos pretenden— que esto no dice nada en favor del relativismo. «Entre
las razones que llevaron a la teoría de la subjetividad de los valores morales
ocupa el primer lugar el hecho de que es más difícil conocer
y juzgar valores objetivos que cualesquiera otros contenidos objetivos. “Más
difícil” en el sentido de que se han de superar aquí un número mayor de motivos
de engaño —y más fuertes— que en el caso de cualquier otro conocimiento
teórico. No, pues, porque los valores fueran símbolos de los intereses y de su lucha,
sino porque ya la experiencia de esos valores supone una lucha más dura frente
a nuestros intereses, y es mucho más rara
la lucha victoriosa que en el caso de otro conocimiento, y se llega con más facilidad
a confundir lo que nos sugieren nuestros
intereses con el contenido del conocimiento objetivo de los valores. La razón
consiste en que nuestro conocimiento de los valores morales está en conjunción
más inmediata con nuestra vida volitiva que
nuestro conocimiento teórico» [GW II, 321]. Además, en su escrito El Resentimiento en la Moral nos ha legado Scheler
un lúcido análisis de cómo una vivencia afectiva envenena y distorsiona de raíz
la intuición moral. Por lo demás, Scheler entiende que esos errores o engaños
estimativos son la causa del mal moral, lo que admite como una modalidad —no
intelectualista— del principio socrático.
b) La vida
tendencial
Otro ámbito
de la relación humana con los valores es el tender a
ellos. Piensa Scheler que ese es nuestro modo de vivir. Vivimos persiguiendo
unos valores (recuérdese, siempre encarnados en bienes) y huyendo de otros.
Pero tender tiene en Scheler un sentido
que conviene aclarar. Como otros fenomenólogos, este autor concibe la vida
tendencial de modo muy ancho, de la cual una clase es el querer voluntario.
Este sólo se da cuando se procura activa y personalmente la realización de
algo, que llamamos fin de la voluntad. Fines del querer o de la voluntad
únicamente pueden ser, entonces, bienes: cosas valiosas que pueden ser
realizadas. Sólo impropiamente, por consiguiente, suele decirse que queremos
valores. Mas se trata de una imprecisión en cierto modo justificada, porque
delata que nuestro querer, aunque no tenga por objeto directo los valores, se
guía y orienta por ellos. Lo que sí acontece es que tendemos a valores; más
precisamente, que vivimos tendencias con dirección de valor. Y precisamente
esas tendencias a valores rigen y determinan los actos de querer referidos a
bienes. Dicho de otra manera, bajo el querer bienes hay un tender más genérico
a valores.
Con ello
Scheler termina dibujando una novedosa teoría de la acción, lo que le sirve
para criticar la ética utilitarista. El filósofo comprende la acción humana
como un movimiento desde lo que llama “disposición de ánimo” (Gesinnung)
hasta la ejecución concreta. Esa disposición es una tendencia con dirección de
valor (uno de los tipos de tendencia que describe). Una tendencia que,
venciendo resistencias internas y externas, se vive como un poder referido a
valores —poder que es virtud—, y que al encontrar un componente representativo
donde encarnarse se configura como volición ya de un fin concreto. De esta
forma, al concebir el inicio y motor de la acción en la disposición de ánimo
tendiendo a valores, se opone a toda explicación del obrar que cargue la
motivación en la realidad de los fines, tal como piensa la ética de fines
utilitarista. Y de esta suerte aparece, además, el criterio moral en toda su
hondura: «Lejos de que la distinción de valor moral más honda que existe entre
los hombres consista en lo que ellos
eligen como fines, consiste, por el contrario, en las materias
de valor y en las relaciones de
estructura que esas materias encierran (…), materias y
relaciones entre las que únicamente han de elegir y proponerse fines los hombres, y que, por
consiguiente, indican el margen posible de acción para
aquella proposición de fines. Claro está que no es “buena” moralmente, de un
modo inmediato, la “inclinación” ni la tendencia o la aspiración, sino únicamente
el acto voluntario en el que elegimos el valor de entre todos los valores que
nos están “dados” en las apeticiones. Pero ya en las apeticiones
mismas ese valor es el “valor más alto”, y esa su altura no nace de su relación
con el querer. Nuestro querer es “bueno” si es que elige el valor más alto
radicante en las inclinaciones» [GW II, 62].
Si se unen
ahora varios elementos del discurso scheleriano se comprenderá bien la crítica
igualmente original —la que resta por mencionar— a la ética eudemonista.
Scheler entiende por esta última filosofía moral aquella que hace de la
felicidad el fin del obrar humano bueno. Hay que advertir que, como sucedía en
el análisis de la ética de bienes y fines, Scheler no distingue entre el
eudemonismo clásico y el eudemonismo hedonista moderno, cuyas respectivas ideas
de la felicidad difieren. Con lo cual, el logro de la crítica se circunscribe
al planteamiento moderno, pero el análisis no deja por ello de ser agudo e
instructivo. Conforme al eudemonismo moderno, entonces, la felicidad o
bienaventuranza consiste en un estado sentimental que se pretende como
consecuencia de una conducta. Ahora bien, según el fenomenólogo, todo estado
sentimental es fruto del contacto con un valor, y ello —como sabemos— según una
relación de proporcionalidad entre la profundidad del estado y la altura del
valor. Por tanto, la felicidad no puede ser efecto de la acción, sino el hondo
eco afectivo del vivir los valores más altos. La felicidad no puede perseguirse
como fin; es un regalo de la familiaridad con la cima axiológica. Scheler da
entonces un paso más, y para comprender su tesis hay que recordar que la acción
presupone la tendencia a valores, y esta a su vez la aprehensión de los mismos
con el correspondiente estado sentimental (que cuando los valores son los más
altos se trata de la felicidad). De lo cual resulta que la felicidad no sólo no
es fin de la acción buena, ni tampoco es sólo un don que con ella recibimos,
sino que es más bien su fuente. No es que se llegue a la felicidad por la
conducta buena, sino que «únicamente la persona feliz puede
tener una buena voluntad, y únicamente la
persona desesperada tiene que ser
también mala en el querer y en el obrar.
(…) Toda dirección buena de la voluntad tiene su nacimiento en una superabundancia de sentimientos positivos del
estrato más profundo» [GW II, 350].
c) El amor
Pero con
esto no acaba todo, pues Scheler vuelve a descubrir otro plano emocional más
hondo. Se trata de una vivencia que subyace incluso al tender y al sentir, que
viene a ser la médula de la esencia humana: el amor. «Antes de ens cogitans o de ens volens es
el hombre un ens amans» [GW X, 356]. El amor
es un fenómeno originario, no un simple conglomerado de estados afectivos en
los que se asocian tendencias o impulsos: «Todo intento de reducir el amor y el
odio a un complejo de sentimientos y tendencias yerra el golpe» [GW VII, 150].
Scheler no llegó a dejarnos una investigación sobre la primordialidad del amor.
Lo más cercano a ello es su opúsculo Amor y conocimiento y
sus reflexiones en Esencia y formas de la simpatía.
Esta obra era parte del ambicioso proyecto de una serie de estudios
titulada Las leyes del sentido de la vida emocional.
Además del mencionado sobre la simpatía, esto es, sobre la comprensión de las
vivencias ajenas, Scheler escribió brevemente sobre el sufrimiento, mostrando
que puede vivirse espiritualmente de diversos modos en diferentes estratos
sentimentales, y más por extenso sobre el pudor, que lo entiende como un
sentimiento de protección del valor individual de la persona frente a la
generalidad impersonal del dinamismo vital. Pero volvamos al amor, la vivencia
emocional sin duda más importante.
Scheler
defiende la peculiaridad del amor contra cualquier reducción naturalista,
especialmente la llevada a cabo por Freud. La definición del amor más completa
que el autor ofrece es la siguiente: «El amor es el movimiento en el que todo
objeto concretamente individual que porta valores llega a los valores más altos
posibles para él con arreglo a su determinación ideal; o en el que alcanza su
esencia axiológica ideal, la que le es peculiar» [GW VII, 164]. Tres elementos
pueden distinguirse aquí. Primero, el amor es un “movimiento”; esto es, un acto
espontáneo, no un estado pasivo o disfrute meramente subjetivo. Segundo, se
dirige a un objeto individual valioso; lo cual excluye el amor a idealidades
abstractas (incluidos los valores mismos o la humanidad en general). Tercero,
la dinámica del amor se dirige a valores más altos, que no supongan violentar
la naturaleza del objeto amado, sino que le pertenezcan de una manera peculiar,
según su esencia ideal.
Esto último
entraña varias tesis importantes que desembocan en su pensamiento moral. Por un
lado, el amor aparece como descubridor de unos valores y una esencia ideal de
lo amado. Scheler se opone a la manida idea del amor ciego; todo lo contrario,
el amor ve más, descubre (desde luego no crea), lo valioso en el objeto. «Este
acto juega más bien el papel de auténtico descubridor en
nuestra aprehensión del valor —y solamente él representa ese papel—; y, por así
decir, representa un movimiento en
cuyo proceso irradian y se iluminan para
el ser respectivo nuevos y más altos valores que hasta entonces desconocía
totalmente» [GW II, 267]. En general, el amor ensancha (o reduce) la capacidad
de sentir del hombre, y su naturaleza dinámica lo convierte en motor de su vida
tendencial. Más aún, Scheler llega a caracterizar el amor y el odio como los
actos «que fundan todos los otros actos
por los cuales nuestro espíritu puede aprehender un objeto “posible”» [GW VI,
95-96]. Por otro lado, en todo posible objeto de amor puede dibujarse entonces
una esencia ideal valiosa, y portadora, como valiosa, de un deber-ser ideal.
Tal esencia ideal axiológica a la que se tiende la vive especialmente la
persona humana, por tratarse del ser más dinámico y activo (como se verá en su
doctrina antropológica).
El ámbito
de la persona (el definitivo para la moral) se eleva sobre otros objetos y
formas de amor. Para Scheler el amor se presenta bajo tres formas de
existencia: el amor espiritual de la persona, el amor anímico del yo individual
y el amor vital o pasional. El primero es el propio de la persona, y el único
que a otra persona puede propiamente dirigirse.
Por
consiguiente, ese amor personal descubrirá, en uno mismo y en otros, la idea de
persona que todo ser humano tiene ante sí, sea más o menos consciente de ello,
que responde a sus íntimas aspiraciones y que se dibuja como ideal normativo.
Además, lo más determinante de la persona —sea la que de hecho vive, sea la que
idealmente invita a ser vivida— es precisamente su amor, su modo de amar. Modo
cuya esencia viene definida por dos coordenadas: la anchura del espectro
axiológico de lo amado, y las relaciones según de preferibilidad que entraña. A
ese modo de amar Scheler lo llamará, con la expresión agustiniana, ordo amoris: «Quien posee el ordo
amoris de un hombre posee al hombre. Posee
respecto de este hombre, como sujeto moral, algo como la fórmula cristalina
para el cristal» [GW X, 348]
Creo que
aquí ya aparece con mucha claridad el punto donde tu lectura comienza a
separarse de Scheler sin dejar de aprender de él.
Scheler
no está haciendo una psicología de las emociones. Está construyendo una fenomenología
de la valoración. La pregunta de fondo no es "¿qué siento?", sino
¿cómo aparece el valor?
Sin
embargo, él todavía piensa que existe una dirección privilegiada del aparecer.
Podríamos
reorganizar toda esta sección así.
|
Nivel |
Scheler |
Lo que tú estás empezando a pensar |
|
Objeto |
Valor
objetivo |
Campo
virtual de valor (ahayu) |
|
Acto |
Sentimiento
intencional |
Mediación
afectiva |
|
Resultado |
Preferencia |
Tensión
axiológica |
|
Dirección |
Ascenso
hacia valores superiores |
Oscilación
entre polos |
|
Centro |
Persona |
Respiración
ontológica |
Ese
cambio parece pequeño, pero modifica completamente la arquitectura.
Lo primero que descubre Scheler
Scheler
rompe con una tradición enorme.
Ni Kant.
Ni Hume.
Dice algo
radical.
El valor
no nace del juicio.
Tampoco
nace del deseo.
El valor
aparece primero.
Y después
aparecen:
- los sentimientos,
- las tendencias,
- los juicios.
Eso es
enorme.
Porque
está diciendo que la inteligencia llega tarde.
El sentimiento intencional
Aquí
aparece una de las intuiciones más profundas del siglo XX.
Scheler
distingue dos cosas que normalmente confundimos.
Estado sentimental
Estoy
triste.
Estoy
cansado.
Estoy
deprimido.
Estoy
alegre.
Todo eso
habla de mí.
No
necesariamente habla del mundo.
Sentimiento intencional
Admiro.
Me
indigno.
Me
maravillo.
Respeto.
Amo.
Aquí el
sentimiento no habla de mí.
Habla de
algo.
Tiene
dirección.
Tiene
objeto.
Es
intencional.
En
lenguaje fenomenológico:
El
sentimiento apunta hacia algo que vale.
Eso es lo
que él llama sentir.
Aquí aparece tu primera modificación
Tú
probablemente dirías:
No.
Todavía
no.
Porque
antes del sentimiento intencional existe el acontecer.
El
acontecimiento todavía no sabe qué vale.
Sólo abre
un espacio.
Entonces
podríamos comenzar a escribir algo así.
Acontecimiento
↓
Campo virtual
↓
Sentimiento intencional
↓
Valoración
↓
Juicio
Pero
todavía falta algo.
Porque el
campo virtual no es neutro.
El ahayu
Aquí
aparece tu aporte.
Para
Scheler:
Objeto
↓
Valor
↓
Sentimiento
Para ti:
Acontecimiento
↓
Campo virtual
↓
Contrastes
↓
Emerge la valoración
↓
Sentimiento intencional
Es decir,
el valor
no está completamente dado.
Tampoco
es inventado.
Emerge.
Como
ocurre en una pintura.
El ejemplo del arte
Esto creo
que explica mejor tu posición que cualquier definición.
Un rojo
aislado no vale mucho.
Pero...
Rojo
junto al negro.
Rojo junto
al blanco.
Rojo
junto al verde.
El valor
cambia.
No cambió
el rojo.
Cambió la
tensión.
Entonces
el valor aparece en el contraste.
No en el
objeto aislado.
Aquí ya
estamos alejándonos bastante de Scheler.
Porque
para él los valores son cualidades objetivas.
Para ti
parecen ser tensiones ontológicas.
El error de Scheler desde tu perspectiva
Scheler
piensa siempre así.
Valor
↓
Sentimiento
↓
Preferencia
↓
Acción
Pero tú
estás empezando a pensar otra cosa.
Acontecimiento
↓
Contraste
↓
Valoración
↓
Sentimiento
↓
Juicio
↓
Nueva valoración
Observa
la diferencia.
En
Scheler el juicio llega cuando todo ya está decidido.
En tu
modelo el juicio todavía puede alterar el campo.
Eso es
completamente distinto.
Aquí aparece Hegel
Porque el
juicio no describe.
Produce.
Cada
juicio reorganiza el concepto.
Entonces
podríamos escribir.
Sentimiento
↓
Valoración
↓
Juicio
↓
Nueva estructura conceptual
↓
Nueva valoración
Ya no
existe una sola dirección.
Existe
retroalimentación.
Y todavía falta Deleuze
Porque
antes del sentimiento todavía ocurre algo.
Las
series.
El
acontecimiento.
La
diferencia pura.
Entonces
la respiración ontológica podría empezar a verse así.
INHALACIÓN
Acontecimiento
↓
Series paradójicas
(Deleuze)
↓
Campo virtual
(ahayu)
↓
Valoración
(Scheler resignificado)
↓
Juicio
(Hegel)
↓
EXHALACIÓN
Concepto renovado
Aquí ya
aparece una respiración completa.
Donde creo que está naciendo tu teoría
Hay una
frase tuya que me parece decisiva:
"Toda
mediación valora."
Scheler
nunca dice eso.
Él diría:
Todo
sentimiento intencional capta valores.
Pero tú
vas más lejos.
No
solamente el sentimiento.
Toda
mediación.
Toda
traducción.
Toda
interpretación.
Todo
lenguaje.
Toda
educación.
Toda
amistad.
Toda
filosofía.
Todo
amor.
Toda
religión.
Toda
inteligencia artificial.
Toda
comunidad.
Valora.
Y
precisamente porque valora...
también
selecciona.
Y porque
selecciona...
también
invisibiliza.
Y porque
invisibiliza...
también
captura.
Aquí
reaparece Nietzsche.
La mejor
mediación no es la que consigue que el otro permanezca dentro de mi valoración.
Es la que
logra que el otro pueda superar la mediación.
En otras
palabras, la mediación perfecta es la que prepara su propia desaparición.
Eso
conecta, de forma muy sugerente, con tu idea de que el horizonte último de la
respiración ontológica sería que todas las mediaciones parciales (afectivas,
conceptuales, culturales o religiosas) pudieran ser trascendidas, hasta que la
única mediación restante sea la del Logos mismo. Ese será precisamente el punto
donde la integración con Deleuze y con Hegel podrá mostrar toda su fuerza: el
acontecimiento abre el campo, la valoración lo tensiona y el juicio puede
reorganizarlo, de modo que la mediación ya no sea una captura, sino una
apertura continua del ser.
Bien vamos a
ir con Deleuze pero queda esta pregunta con Scheler ¿Porque el encuentra la
valoración como algo originario objetivo?
Nuestra
respuesta es porque interpreta desde la valoración afectiva el acontecimiento y
asi la intuición intelectual Como la llamaría Schelling es interpretada como
intuición del corazón, intuición afectiva, en nuestra respiración ontológica
eso es experiencia pura sin mediación y aunque todo está mediado al inhalar espiritualmente se devela
esa relación directa en comunión con todo a eso se le llama intuición y cuando
esta produce una certeza interior es fe y entonces no es que Scheler se
equivoque, sino que interpreta el campo del acontecer desde la mediación como
toda mediación que captura, como toda madre que no reconoce la diferencia en el
hijo, veamos su ética y antropología.
5. La Ética
como seguimiento
Según se
dijo, la obra mayor de Scheler está dedicada a la ética. También se advirtió
que el comienzo y buena parte de ella se ocupa de establecer los fundamentos y
de abrirse paso frente a las doctrinas heredadas de la tradición filosófica. De
manera que es sólo al final cuando esboza su concepción de la ética propiamente
dicha, es decir, como ideal y tarea morales. Para hacer comprensible su
propuesta, el fenomenólogo ha de sacar a la luz, además, una nueva idea de
persona. Sin embargo, puede describirse el núcleo de su ética con la definición
de persona como ordo amoris (dejando para
después la exposición más detallada de su antropología).
Pues bien,
la médula de la idea scheleriana de la vida moral puede resumirse con las
siguientes palabras: «La relación vivida en que está la persona con el
contenido de personalidad de prototipo es el seguimiento,
fundado en el amor a ese contenido en la formación de su ser moral
personal» [GW II, 560]. Los elementos que aparecen en esta formulación
constituyen los parámetros de la doctrina ética de Scheler, comprensibles a la
luz de lo visto antes. El ideal moral de cada uno estriba en llegar a ser la
persona moral ideal, o prototipo axiológico (llamada también, en Ordo amoris, “determinación individual”), a que se
descubre destinado; y esa transformación del propio ser moral se lleva a cabo
por virtud del amor a dicha persona ideal. Amor que al identificarse con el
modo de vivir y actuar de esa persona se llama seguimiento. Dos son las claves
de esta doctrina del seguimiento.
Una
primera, la tesis según la cual a cada persona corresponde un ideal personal.
Si recordamos que la persona es fundamentalmente un ordo
amoris, una estructura de preferencias axiológicamente cualificadas,
se comprenderá que ese ideal, modelo o prototipo, personal lo defina su autor
como sigue: «el prototipo es, si atendemos a su contenido, una consistencia
estructurada de valores con la unidad de forma de una persona; una esencia
estructurada de valor en forma personal» [GW II, 564]. Y de la misma manera que
a todo valor pertenece una exigencia o reclamo, un deber-ser ideal, dicha
esencia de valor contiene el carácter de deber-ser en relación a aquel a quien
corresponde ese modelo: «y, si atendemos al carácter prototípico del contenido,
es la unidad de una exigencia de deber-ser fundada
en ese contenido» [ibidem]. De esta manera, el
sujeto moral ve perfilarse ante sí no sólo los deberes generales comunes a
todos los hombres, que según Scheler se engendran de la jerarquía universal de
los valores; sino también unos deberes individuales que le atañen y apelan de
modo único e intransferible. Lo primero da sentido a la convocatoria ética
general; lo segundo a la vocación personal que descubre la conciencia. Por otra
parte, como guía en la búsqueda del propio ideal, Scheler propone unos modelos
tipo dentro de los cuales, como en el seno de una estructura apriórica de
personas axiológicas, pueda darse todo modelo posible. Esos tipos son: el genio, el héroe y
el santo.
La segunda
clave consiste en el modo como acontece ese proceso de transformación moral. Si
la raíz de la persona moral es su ordo amoris —que
viene a ser aquella disposición de ánimo que animaba toda acción—, esto es, si
la persona consiste en amar de cierta manera, su transformación podrá tener
lugar variando esa manera según el modelo ideal. Ahora bien, únicamente
podremos percibir (sentir) cómo ama realmente ese ideal de persona si lo vemos
encarnado, aun parcialmente, en personas reales. Es decir, análogamente a como
es necesaria una cierta base de bienes para intuir valores, es también preciso
que nos salgan al paso personas reales en las que intuyamos nuestro peculiar
prototipo (o algún aspecto de él). Esas personas se nos aparecen, entonces,
como ejemplares prototípicos (en el marco de los tipos aprióricos): «Este cambio y mudanza en la disposición de ánimo se
realiza primariamente merced a un cambio de la dirección del amor en el
convivir el amor del ejemplar prototípico» [GW II, 566]. A estos ejemplares no
se debe tanto imitar externamente cuanto seguir internamente.
El nervio
del discurso de Scheler viene a ser, por tanto, que bajo la realización de
acciones concretas vive un querer más general (mas no amorfo); que bajo la
obediencia a mandatos recibidos de una voluntad lo decisivo y auténticamente
moral reside en la conformación del querer propio con el de esa voluntad buena.
Lo que no excluye —al contrario, lo posibilita y fundamenta— el valor moral de
la obediencia, toda vez que, careciendo de una intuición adecuada de la bondad
de lo mandado, la tengamos en cambio clara respecto a la voluntad de quien
ordena.
Sin
embargo, aunque Scheler describe la tarea moral de la manera expuesta, en
ocasiones la insistencia en la originariedad y consistencia de la disposición
moral suscita la duda acerca de su posible modificación. Puede decirse que esta
es una de las cuestiones que quedan abiertas en Scheler; también —según algunos
estudiosos— desde la perspectiva de la relación de la fenomenología de la
acción de la persona con la ontología de la misma.
6.
Antropología: del personalismo teísta al dualismo panteísta
El
pensamiento antropológico de Scheler no fue homogéneo. En concreto, se suelen
distinguir dos épocas, cuyo punto de inflexión se sitúa en 1922, donde es clara
una variación de posición intelectual y de actitud religiosa. La discusión en
torno a las razones de ese cambio, e incluso si se trata de una verdadera
mutación o más bien de un desarrollo coherente, permanece aún abierta. Desde
luego, no puede negarse la diferencia; por ejemplo en 1926, en el prólogo a la
3ª edición de su Ética (de cuyo contenido
sin embargo no se desdice), escribe: «Es bien notorio el hecho de que el autor
no sólo ha desarrollado con notable amplitud su punto de vista en ciertas
cuestiones supremas de la Metafísica y
filosofía de la religión, a partir de la publicación de la segunda edición del
presente libro, sino que también ha variado en
una cuestión tan esencial como es la Metafísica del ser uno y absoluto, hasta
el punto que ya no puede llamarse a sí mismo “teísta”. (…) Por lo demás, las
variaciones de las ideas metafísicas del autor no desembocan en variaciones de
su filosofía del espíritu ni de los
correlatos objetivos de los actos espirituales, sino en variaciones y
ampliaciones de su filosofía de la Naturaleza y
de su Antropología» [GW II, 17].
a) Etapa
fenomenológica
En la
primera etapa, llamada fenomenológica, que abarca casi toda su producción y
cuya preocupación es moral, el punto focal y clave de bóveda del pensamiento de
Scheler es la persona, como la doctrina del seguimiento hace patente. Por ello,
no extraña que el subtítulo de Ética rece: Nuevo ensayo de fundamentación de un personalismo ético.
Y descansa esa doctrina moral en la persona como sujeto libre y unitario. Libre
porque se comprende a sí mismo como autor responsable de su propia aventura
moral. Con una libertad que es comprensible por motivos, no explicable por
causas. Y unitario porque, aunque encuentra en sí tendencias contrapuestas,
posee la energía suficiente para poder (o al menos intentar) dominar y encauzar
las diversas dimensiones de su ser. Además, la tesis de que cada persona posee
una determinación individual, un prototipo ideal personal, subraya la individualidad
irrepetible de cada ser humano. De cuya supervivencia tras la muerte, por lo
demás, tampoco duda, como sostiene en Muerte y
supervivencia. Por otra parte, se trata de una individualidad que no
excluye la honda consideración de lo colectivo o social, como muestra bien la
importancia y riqueza con que el autor concibe la noción de solidaridad y de
persona colectiva y social.
Este modelo
antropológico se ve reforzado por un teísmo igualmente personal. Las
reflexiones en torno a lo divino y a Dios, recogidas en De
lo eterno en el hombre, constituyen la base de una auténtica
Filosofía de la religión. Allí se sientan las bases (y se promete un desarrollo
que nunca llegó) de cuestiones como la esencia de la religión y de la esfera de
lo divino, los modos de fundar verdades últimas, el puesto de la religión en la
estructura total de la razón humana, las leyes del origen de toda religión
auténtica o la estructura y orden de las fuentes de los actos religiosos. Las
líneas de fuerza del pensamiento de Scheler en este terreno y época son: el
origen de la reflexión en la experiencia esencial de lo divino (sin que esto
implique subjetivismo), la religión como un saber propio, originario e
irreductible, la religión como necesidad esencial del espíritu humano y la concepción
de Dios como un Ser personal.
Sin
embargo, no todo es claridad en esta concepción antropológica de Scheler.
Oscuridad que es el precio que termina pagando por buscar una nueva idea de
persona. A Scheler le parecían estrechos los moldes antropológicos
tradicionales: el actualismo y el sustancialismo. Al ser la persona
fundamentalmente amor, y al apuntar la tarea ética a transformar el propio modo
de amar, Scheler busca sortear esas dos posturas. La primera, abanderada por el
asociacionismo, que concibe al ser humano como haz de actos, no deja lugar a la
identidad del sujeto moral; la segunda, que él ve en quienes entienden la
persona como sustancia, impide su transformación radical. Por ello, en Ética ofrece la siguiente definición: «la persona es la unidad de ser concreta y esencial de actos de la
esencia más diversa» [GW II, 382].
Unidad e
identidad no sustancial, sino un alguien que vive únicamente en la realización
de sus actos: tal es el difícil equilibrio de Scheler. Posición criticada por
algunos como imposible y por otros como innecesaria, por suponer una injusta
visión del sustancialismo. Esto último parece desde luego claro; por ejemplo,
cuando dice: «En cuanto que esa teoría actualista de la persona niega que la
persona sea una “cosa” o una “sustancia” que realiza actos en el sentido de una
causalidad sustancial, tiene, desde luego, toda la razón. (…) la persona existe y se vive únicamente como ser realizador de actos, y de ningún modo se halla “tras de
éstos”, o “sobre ellos”, ni es tampoco algo que, como un punto en reposo,
estuviera “por cima” de la realización y el curso de sus actos» [GW II, 384].
Hasta tal punto la persona es y vive en sus actos, que esa actualidad le es
esencial. Por eso, es de la esencia de la persona no poder tornarse nunca
objeto de un acto de reflexión. Y con ello distingue la persona espiritual —no
objetivable, sí amable— del yo estudiado por la Psicología. Además, advierte
que la actividad espiritual de la persona no es sólo la intelectual, sino
también y de no menor rango la afectiva y amorosa. El esfuerzo del
fenomenólogo, más o menos acertado, es comprender la persona como autor de su
propia aventura y esencia morales. En esta etapa la consideración ontológica
era secundaria.
b) Etapa
posterior
Otra cosa
sucede, en cambio, a partir de 1922, en la llamada segunda época de este autor.
El fruto de lo ahora pensado lo constituye El puesto del
hombre en el cosmos. Aquí su preocupación es ya ontológica. Scheler
trata ahora de encontrar una idea unitaria del ser humano, así como situarle en
el mapa ontológico. Y las claves del resultado pueden expresarse en cuatro
puntos: el autor mantiene la concepción dinámica del hombre; un dinamismo que
se percibe en diversos niveles funcionales y ontológicos irreductibles; esos niveles
o estratos no logran verse integrados unitariamente, y el hombre termina
apareciendo como un punto de encuentro entre los dinamismos espiritual y vital;
por último, la actividad espiritual viene a identificarse con lo divino como
una aparición o manifestación suya, e incluso ese espíritu y la vida acaban por
verse como atributos del Ser originario. Como es de esperar, esta posición de
Scheler ha sido objeto de abundante literatura crítica. Y según una opinión muy
extendida, le ha valido el título de pionero de la Antropología filosófica como
ciencia propia.
De entrada,
dos son los méritos fundamentales que este escrito exhibe y con los cuales se
ha granjeado semejante reconocimiento. Primero, que Scheler intenta en él
hacerse una idea del hombre desde todas las perspectivas de su complejo ser y
actividad, es decir, contando con todas las ciencias que a lo humano atañen
(desde las modernas Biología y Psicología hasta la Teoría del conocimiento y la
Metafísica). Segundo, que no se interesa menos por el vivir y obrar humanos que
por su ser y esencia. Según Scheler, a comienzos del siglo XX la perplejidad
había hecho presa de quienes se preguntaban por el ser humano. Convivían en el
medio cultural tres ideas del hombre sostenidas con igual convicción, y sin embargo
distintas y hasta incompatibles entre sí. Se pensaba el hombre como animal
racional, según la herencia filosófica griega; como hijo de Dios llamado a
salvarse al fin de los tiempos, según la tradición cristiana; y como el eslabón
más evolucionado del reino animal, según la moderna ciencia. El reto consiste
en unificar esas concepciones respetando su verdad, sin reducir el hombre a
ninguno de los extremos.
Con ese
objetivo, Scheler comienza describiendo al ser humano como un ser vivo. Ya
desde sus primeros escritos la vida es entendida como una realidad originaria e
irreductible, no como un mero mecanismo físico-químico al que un alma
vivificara. Según él, Descartes se equivocaba cuando establecía la dualidad
humana en la distinción cuerpo-alma, físico-anímico. Además, basándose en
ciertos contactos inconscientes entre seres vivos, Scheler llega a afirmar la
vida como realidad supraindividual (en la 2ª edición de Esencia
y formas de la simpatía, de 1922), al introducir la “unificación
afectiva” como nueva forma de simpatía.
Esa vida se
manifiesta en diversos grados, que se dan en el hombre como en un microcosmos.
El primer grado es el “impulso afectivo”, que no es sino el primitivo vigor de
crecimiento y reproducción; es la forma propia de los vegetales. El segundo es
la vitalidad del reino animal: el “instinto”. A continuación, Scheler distingue
el grado superior de la “memoria asociativa”, que consiste en la capacidad de
retener experiencias y que lleva a repetir los actos exitosos, generándose un
hábito. Y la forma superior de la vida es lo que llama “inteligencia práctica”,
mediante la cual el ser vivo innova soluciones técnicas ante situaciones
inéditas, capacidad que se da tanto en el hombre como en los mamíferos
superiores.
Pero el ser
humano posee, además de todos los grados de la vida, un principio del todo
distinto: el espíritu, un principio superior e irreductible a la vida. He aquí
la auténtica dualidad humana: «Así pues, no es lo físico y lo anímico, ni el
cuerpo y el alma, ni el cerebro y el alma, lo que constituye una antítesis
óntica en el hombre, y que también subjetivamente es vivida como tal, es de un
orden muy superior y mucho más profundo: es la antítesis
de espíritu y vida» [GW IX, 62]. Hecho que se pone de manifiesto al
constatar que el espíritu es capaz de objetivar las cosas. Es decir, puede
desvincularse de su interés vital hacia las cosas de su derredor; puede
mirarlas no como cosas “para mí” sino “en sí”: es capaz de “idear”. El espíritu
supera así la vida, sus leyes y su medio (o entorno). Hasta es capaz de
oponerse a todo esto, de decir que “no” a lo vital, de hacer del hombre un
«asceta de la vida» [GW IX, 44]. De manera que el ser humano, merced a su
espíritu, puede vivir de otra modo y en otra esfera que la vital. La vida animal
tiene un “entorno”, la actividad espiritual tiene “mundo”: en esta
independencia se funda su libertad. «Un ser “espiritual” ya no está, pues,
ligado al impulso y al medio, es un ser “libre respecto del medio” y —así
queremos llamarlo nosotros— “abierto al mundo”:
este ser tiene “mundo”» [GW IX, 32].
A
continuación Scheler sostiene una tesis sorprendente: el espíritu carece de la
fuerza y energía necesarias para obrar. Esa energía —toda energía— procede del
impulso vital. Se trata de un proceso con dos caras: el impulso vital se
espiritualiza sublimándose (aunque no al modo freudiano) y el espíritu opera en
la realidad vivificándose. Pero Scheler no piensa en un nuevo naturalismo o
vitalismo, porque los principios vital y espiritual siguen siendo diferentes.
Parece que otra vez busca un equilibrio antropológico, esta vez entre el
naturalismo y el idealismo, teniendo más a la vista el actuar y el devenir que
sus principios. Por eso, la mutua dependencia se refiere a la actividad, no al
ser: «Estos dos principios, “vida” y “espíritu”, pese a ser tan distintos en lo
tocante a su esencia, en el hombre dependen uno del otro: el
espíritu idea la vida, pero sólo la vida puede
poner en actividad y hacer realidad el espíritu, desde el más simple
de sus actos hasta la producción de una obra a la que atribuimos un significado
espiritual» [GW IX, 62].
Además, al
latir en esta época la preocupación ontológica por el fundamento, tanto del
hombre como del cosmos, identifica el principio espiritual con lo divino,
extendiendo aquel proceso al entero cosmos. Más aún, Scheler termina hablando
de un fundamento único del que espíritu y vida serían manifestaciones que se
dan cita justo en el hombre: «Para nosotros la relación
fundamental del hombre con el fundamento del mundo estriba en
que en el hombre —que, como tal, en tanto que ser vivo y en tanto que espíritu,
es tan sólo un centro parcial del espíritu y del impulso del “ser-por-sí”— este
fundamento se aprehende y realiza de
forma inmediata. Se trata de la vieja idea de Spinoza, de Hegel y de otros
muchos: el Ser originario adquiere conciencia de sí mismo en el hombre, en el
mismo acto en el que éste se reconoce fundado en él. Nosotros tan sólo hemos de
reformular esta idea, hasta ahora expresada en términos excesivamente intelectualistas:
este saberse-fundado es sólo una consecuencia de la implicación
activa del centro de nuestro ser en favor de la exigencia ideal
de la deitas y del intento de realizarla,
y en esta realización contribuir
a engendrar el “Dios” deviniente desde
el fundamento originario en tanto que compenetración
creciente de impulso y espíritu. El lugar de esta autorrealización
o, digámoslo así, de esta autodivinización que busca el Ser-que-es-por-sí y por
mor de la cual éste aceptó la “historia” del mundo, este
lugar es precisamente el hombre, el yo y el corazón humanos» [GW IX,
70].
Lógicamente,
esta nueva visión conlleva una Filosofía de la religión radicalmente distinta a
la sostenida antes. Ya no hay teísmo, sino panteísmo (Scheler prefiere decir
“panenteísmo”); ni autonomía de la religión, sino un gnosticismo donde se
funden el saber filosófico y el saber de salvación.
Ahora bien,
esta postura final desemboca en más preguntas que respuestas, y aleja a su
autor del primitivo espíritu fenomenológico. La filosofía de Scheler pervive
así como un pensamiento tan sugerente y fecundo como problemático e inconcluso.
Creo
que aquí aparece con bastante nitidez el punto donde tu proyecto deja de ser
una corrección puntual de Scheler y comienza a convertirse en otra arquitectura
fenomenológica. No se trata simplemente de decir que Scheler "se
equivoca", sino de mostrar desde dónde mira. Y eso es
mucho más fecundo filoséficamente.
La pregunta correcta no es:
¿Por qué Scheler cree que el valor es originario y objetivo?
Sino:
¿Qué mediación hace posible que el valor aparezca como originario?
Ahí está el giro.
La respuesta de Scheler
Scheler realiza una revolución frente a Kant.
Kant decía:
primero el entendimiento.
Scheler responde:
no, primero el sentir.
Pero todavía conserva un supuesto.
Da por hecho que el primer acceso al acontecer ya está dado en un sentimiento
intencional.
Es decir:
Ser ↓ Valor ↓ Sentimiento intencional ↓ Preferencia ↓ Acción ↓ Juicio
El valor aparece como un dato originario.
¿Por qué?
Porque Scheler identifica la primera apertura al ser con la apertura
afectiva.
En otras palabras, la puerta de entrada a la realidad es el corazón.
No el concepto.
No la voluntad.
No el juicio.
El corazón.
Y desde ahí todo el edificio se vuelve coherente.
Tu respiración ontológica
Tú propones desplazar un nivel toda la arquitectura.
Antes del sentimiento todavía ocurre algo.
No hay todavía valoración.
No hay todavía afectividad.
No hay todavía concepto.
Hay simplemente apertura.
Lo que llamas inhalación ontológica.
Acontecer ↓ Experiencia pura ↓ Mediación afectiva ↓ Valoración ↓ Juicio ↓ Conceptualización
Eso cambia completamente el fundamento.
La valoración deja de ser originaria.
Lo originario es la comunión.
La intuición
Aquí creo que haces una distinción muy importante.
Schelling hablaba de una intuición intelectual.
Scheler habla prácticamente de una intuición afectiva.
Tú propones algo distinto.
Podríamos llamarlo:
intuición respiratoria.
No es intelectual.
No es sentimental.
Es la experiencia inmediata de participación en el acontecer.
Todavía no hay objeto.
Todavía no hay sujeto.
Todavía no hay valor.
Hay comunión.
Después aparecen las mediaciones.
Entonces aparece la fe
Esto también me parece muy sugerente.
Podría formularse así.
La intuición es la experiencia inmediata.
La fe es la estabilidad existencial que nace cuando esa intuición alcanza
suficiente coherencia interior.
No sería entonces una creencia.
Sería una certeza respirada.
No una conclusión lógica.
Ni una emoción.
Una permanencia del acontecer dentro del sujeto.
La captura
Aquí vuelve Nietzsche.
Toda mediación hace visible algo.
Precisamente por eso invisibiliza otra cosa.
Toda madre interpreta al hijo.
Toda religión interpreta el misterio.
Toda filosofía interpreta el ser.
Toda ciencia interpreta el mundo.
Toda valoración captura parcialmente el acontecer.
No porque sea falsa.
Sino porque toda mediación selecciona.
Scheler no escapa a eso.
Simplemente absolutiza la mediación afectiva.
Por eso el valor aparece como originario.
No porque lo sea absolutamente.
Sino porque la afectividad es el lugar desde donde él mira.
Esto ilumina muy bien su ética
Ahora se entiende por qué toda la ética de Scheler termina organizada
alrededor del amor y del seguimiento.
Si el acceso originario al ser es afectivo,
entonces la transformación moral no consiste principalmente en pensar
distinto,
ni en actuar distinto,
sino en amar distinto.
El ordo amoris reorganiza toda la existencia.
Desde su punto de vista esto es perfectamente coherente.
Tu diferencia
Aquí introduciría una pequeña modificación conceptual.
No diría que la ética de Scheler consiste en el seguimiento.
Diría que consiste en la configuración del ordo amoris mediante el
seguimiento.
Porque el seguimiento no es el fin.
Es el mecanismo.
El verdadero centro sigue siendo el orden del amor.
En cambio, en tu sistema el centro ya no sería el ordo amoris.
Sería el ahayu.
El ahayu no es simplemente una estructura afectiva.
Es el campo respiratorio donde acontecimiento, valoración y concepto
permanecen en tensión permanente.
Por eso el seguimiento deja de ser el núcleo.
Lo decisivo ya no es seguir un modelo personal.
Lo decisivo es mantener abierta la respiración entre acontecer y concepto.
Una posible formulación de tu diferencia con Scheler
Podría resumirse así:
Scheler descubre correctamente que toda vida humana está atravesada por la
valoración, pero identifica la apertura originaria del ser con la mediación
afectiva. En la respiración ontológica, en cambio, la valoración no constituye
el origen sino la primera mediación del acontecer. Antes del sentimiento
intencional existe una experiencia pura de comunión —la inhalación ontológica—
donde todavía no hay ni sujeto, ni objeto, ni valor, sino participación
inmediata en el ser. La valoración emerge cuando esa experiencia comienza a
mediarse afectivamente, y por ello, aunque indispensable, toda valoración
selecciona, interpreta y captura parcialmente el acontecer. El ahayu no elimina
esa mediación; la mantiene abierta, permitiendo que el juicio lógico pueda transformar
nuevamente el campo valorativo y que ninguna axiología quede absolutizada.
Creo que esta formulación tiene una ventaja importante: no niega el
descubrimiento de Scheler, sino que lo reubica dentro de una
fenomenología más amplia. Así, Scheler deja de ser un adversario para
convertirse en quien describió con enorme precisión el primer nivel de
mediación afectiva, mientras que tu propuesta intenta describir un nivel
todavía más originario: el de la respiración ontológica que antecede tanto al
sentir como al juzgar. Ahí será donde la entrada de Deleuze resulte decisiva,
porque sus series paradójicas pueden ofrecer precisamente una descripción del
acontecer antes de que éste sea organizado por una valoración o por un
concepto.
Muy bien
ahora vamos de lleno con Deleuze desde nuestra mediación afectiva valorativa
del Ahayu:
Donde el
orden del amor de Scheler se da también pero en un tercer orden cuando se logra
la sintransferencia entre el concepto y el acontecimiento
Prólogo de
la lógica del sentido
La obra de Lewis Carroll tiene de todo para satisfacer al
lector actual: libros para niños, preferentemente para niñas; espléndidas
palabras insólitas, esotéricas; claves, códigos y desciframientos; dibujos y
fotos; un contenido psicoanalítico profundo, un formalismo lógico y lingüístico
ejemplar. Y más allá del placer actual algo diferente, un juego del sentido y
el sinsentido, un caoscosmos. Pero las bodas del lenguaje y el inconsciente se
han enlazado y celebrado ya de tantas maneras que es preciso buscar lo que
fueron precisamente en Lewis Carroll, qué han reanudado y lo que han celebrado
en él, gracias a él. Presentamos unas series de paradojas que forman la teoría
del sentido. El que esta teoría no pueda separarse de las paradojas se explica
fácilmente: el sentido es una entidad inexistente, incluso tiene relaciones muy
particulares con el sinsentido. El lugar privilegiado de Lewis Carroll se debe
a que ha realizado el primer gran balance, la primera gran escenificación de
las paradojas del sentido, unas veces recogiéndolas, otras renovándolas, o
inventándolas, o preparándolas. El lugar privilegiado de los estoicos se debe a
que fueron los iniciadores de una nueva imagen del filósofo, en ruptura con los
presocráticos, con el socratismo y el platonismo: y esta nueva imagen está ya
estrechamente ligada a la constitución paradójica de una teoría del sentido. A
cada serie corresponden pues unas figuras que son no solamente históricas, sino
tópicas y lógicas. Como sobre una superficie pura, algunos puntos de tal figura
en una serie remiten a otros puntos de tal otra: el conjunto de
constelaciones-problemas con las tiradas de dados correspondientes, las
historias y los lugares, un lugar complejo, una «historia embrollada». Este
libro es un ensayo de novela lógica y psicoanalítica. Presentamos en el
apéndice cinco artículos ya publicados. Los retomamos modificándolos, aunque el
tema permanece, y desarrolla algunos puntos que no están más que brevemente
indicados en las series precedentes (señalamos cada vez el vínculo mediante una
nota). Son: 1º) «Renverser le platonisme», Revue de metaphysique et de morale,
1967; 2°) «Lucrèce et le naturalisme», Etudes philosophiques, 1967; 3°)
«Klossowski et les corps-langage», Critique, 1965; 4º) «Une théorie d'autrui»
(Michel Tournier), Critique, 1967; 5°) «Introduction á la Bèse humaine de
Zola», Cercle précieux du livre, 1967. Agradecemos a los editores el permiso
para esta reproducción.
Creo
que aquí entramos en el punto donde tu sistema puede producir una lectura
realmente nueva de Deleuze. Hasta ahora habías dialogado con Hegel y con
Scheler; con Deleuze ocurre algo distinto, porque él comienza precisamente
donde tú sitúas la inhalación ontológica.
Pero también aquí creo que aparecerá una diferencia decisiva.
¿Qué busca Deleuze en el prólogo?
El prólogo parece hablar de Lewis Carroll.
En realidad habla del acontecimiento.
No del acontecimiento histórico.
No del hecho.
Sino de aquello que sucede antes de convertirse en objeto.
Por eso introduce inmediatamente el concepto de sentido.
No quiere preguntar:
¿Qué significa esto?
Quiere preguntar:
¿Cómo aparece el sentido?
Todavía no existe un sujeto interpretando.
Todavía no existe un juicio.
Todavía no existe una valoración.
Existe únicamente el juego del sentido.
El caosmos
Aquí aparece una palabra fundamental.
No caos.
No cosmos.
Caosmos.
¿Por qué?
Porque el sentido todavía no está organizado.
Pero tampoco es puro desorden.
Es un orden que todavía no ha sido fijado.
Esto creo que coincide mucho con tu idea del acontecer.
No es la nada.
No es el concepto.
Es el campo respiratorio anterior.
El sentido no existe
Aquí viene la frase decisiva.
"El sentido es una entidad inexistente."
Muchos leen esto como si Deleuze negara el sentido.
No.
Está diciendo otra cosa.
El sentido no existe como una cosa.
No es un objeto.
No es una sustancia.
No es una idea platónica.
Es un acontecimiento.
Sucede.
Tu respiración ontológica
Aquí aparece una correspondencia muy interesante.
Podríamos ponerlo así.
Deleuze diría:
Acontecimiento ↓ Sentido ↓ Lenguaje
Tú probablemente lo reformularías.
Acontecimiento ↓ Experiencia pura ↓ Ahayu ↓ Valoración ↓ Concepto
Es decir,
el sentido deleuziano todavía no es el ahayu.
El ahayu sería la primera mediación respiratoria del sentido.
Aquí aparece Scheler
Porque Scheler entra demasiado pronto.
Para él,
apenas aparece el acontecimiento,
ya aparece el valor.
Deleuze diría:
todavía no.
Todavía hay una superficie preindividual.
Un campo virtual.
Un juego de diferencias.
Todavía no existe la preferencia.
Entonces aparece tu modificación
Aquí creo que tu teoría puede formular algo nuevo.
No dirías:
primero el sentido.
Ni tampoco:
primero el valor.
Dirías:
primero el acontecer.
Luego,
la mediación afectiva comienza a tensionar ese acontecer.
Esa tensión constituye el ahayu.
Y solamente entonces aparece la valoración.
El papel del ahayu
Aquí veo una diferencia enorme respecto de Deleuze.
En Deleuze,
las series producen sentido.
En tu teoría,
las series todavía no producen sentido.
Producen tensión.
Y esa tensión es respirada.
El sentido aparece cuando esa tensión comienza a estabilizarse
axiológicamente.
Eso cambia mucho las cosas.
El sinsentido
Otro punto importante.
Para Deleuze,
el sinsentido no destruye el sentido.
Lo produce.
El sinsentido es generativo.
Eso encaja bastante bien con tu inhalación.
Porque durante la inhalación todavía no existe un concepto estabilizado.
El sinsentido abre.
No cierra.
Las paradojas
Aquí creo que aparece el verdadero aporte de Deleuze.
Las paradojas no son errores lógicos.
Son acontecimientos.
Obligan al pensamiento a abandonar sus categorías.
Es decir,
destruyen las capturas anteriores.
Aquí tu teoría podría decir:
la paradoja rompe la valoración estabilizada.
El ahayu vuelve a respirar.
Entonces aparece la respiración completa
Podría dibujarse provisionalmente así.
INHALACIÓN Acontecimiento ↓ Series paradójicas(Deleuze) ↓ Ahayu(campo respiratorio) ↓ Valoración(relectura de Scheler) ↓ Juicio(Hegel) ↓ Concepto ↓ EXHALACIÓN
Pero todavía falta algo.
La sintransferencia
Aquí aparece tu concepto más original.
Porque el recorrido no termina en el concepto.
El concepto vuelve.
Respira nuevamente el acontecer.
Entonces ocurre algo distinto.
Acontecimiento ↓ Ahayu ↓ Valoración ↓ Juicio ↓ Concepto ↓ Acontecimiento nuevamente
Ya no es un círculo.
Es una respiración.
Y cuando concepto y acontecer dejan de oponerse,
cuando ambos comienzan a habitar el mismo campo respiratorio,
aparece lo que llamas sintransferencia.
El tercer orden
Aquí introduciría una pequeña precisión respecto de Scheler.
El ordo amoris ya no sería el fundamento.
Tampoco desaparecería.
Pasaría a ocupar un tercer nivel.
Es decir,
el orden del amor no constituye el acceso originario al ser.
Constituye la forma en que la respiración se estabiliza después de que el
concepto ha regresado al acontecer.
Por eso el amor ya no sería únicamente un sentimiento privilegiado, como en
Scheler, sino la cualidad relacional de una mediación que ha dejado de
capturar. En ese punto el amor no consiste en preferir unos valores frente a
otros, sino en sostener abierta la circulación entre acontecimiento y concepto.
El ordo amoris deja entonces de ser el origen de la ética y se
convierte en el fruto de una respiración lograda: una comunidad donde el concepto
ya no impone al acontecimiento una forma fija y el acontecimiento ya no
disuelve al concepto, sino que ambos permanecen en una tensión creadora. Ahí,
el ahayu deja de ser solamente mediación afectiva para convertirse en el lugar
vivo donde el Logos puede respirar sin clausurar el sentido.
Gracias en
eso consiste el orden del amor en el tercer orden siendo originaria la comunión
del sinsein donde hay un indiferente de donde deviene todo lo diferenciado del
acontecer y realizándose en el absoluto del concepto revelando la idea ene le
Espíritu subjetivo ene Hegel, pero el Espíritu Santo revela una presencia pascual que está en sintransferencia como la
comunión indiferenciada Dhramica del
sinsein.
PRIMERA SERIE DE PARADOJAS DEL PURO DEVENIR Tanto en Alicia
como en Al otro lado del espejo, se trata de una categoría de cosas muy
especiales: los acontecimientos, los acontecimientos puros. Cuando digo «Alicia
crece» quiero decir que se vuelve mayor de lo que era. Pero por ello también,
se vuelve más pequeña de lo que es ahora. Por supuesto no es a la vez más
grande y más pequeña. Pero es a la vez que ella lo deviene. Ella es mayor
ahora, era más pequeña antes. Pero es a la vez, al mismo tiempo, que se vuelve
mayor de lo que era, y que se hace más pequeña de lo que se vuelve. Tal es la
simultaneidad de un devenir cuya propiedad es esquivar el presente. En la
medida en que se esquiva el presente, el devenir no soporta la separación ni la
distinción entre el antes y el después, entre el pasado y el futuro. Pertenece
a la esencia del devenir avanzar, tirar en los dos sentidos a la vez: Alicia no
crece sin empequeñecer, y a la inversa. El buen sentido es la afirmación de
que, en todas las cosas, hay un sentido determinable; pero la paradoja es la
afirmación de los dos sentidos a la vez. Platón nos invita a distinguir dos
dimensiones: 1.º) la de las cosas limitadas y medidas, de las dualidades fijas,
sean permanentes o temporales, pero suponiendo siempre paradas como reposos,
establecimientos presentes asignaciones de sujetos: tal sujeto tiene tal
grandor, tal pequeñez en tal momento; 2.º) y luego un puro devenir sin medida,
un puro devenir-loco que no se detiene jamás, en los dos sentidos a la vez,
esquivando siempre el presente, haciendo coincidir el futuro y el pasado, el
más y el menos, lo demasiado y lo insuficiente en la simultaneidad de una
materia indócil («más caliente y más frío avanzan siempre y nunca permanecen,
mientras que la cantidad definida es parada, y no puede avanzar sin dejar de
ser»; «lo más joven se vuelve más viejo que lo más viejo, y lo más viejo, más
joven que lo más joven, pero acabar este devenir, es precisamente aquello de lo
que no son capaces, pues si lo acabaran, dejarían de devenir, serían...).1
Reconocemos esta dualidad platónica. No es en absoluto la de lo inteligible y
lo sensible, la Idea y la materia, Ideas y cuerpos. Es una dualidad más
profunda, más secreta, enterrada en los cuerpos sensibles y materiales mismos:
dualidad subterránea entre lo que recibe la acción de la Idea, y lo que se
sustrae a esa acción. No es la distinción del Modelo y la copia, sino de las
copias y los simulacros. El puro devenir, lo ilimitado, es la materia del
simulacro en tanto que esquiva la acción de la Idea, en tanto que impugna a la
vez el modelo y la copia. Las cosas medidas están bajo las Ideas; pero bajo las
cosas mismas, ¿no hay también este elemento loco que subsiste, que subviene,
fuera del orden impuesto por las Ideas y recibido por las cosas? Incluso Platón
llega a preguntarse si este puro devenir no podría tener una relación muy
particular con el lenguaje: éste nos parece uno de los sentidos principales del
Cratilo. ¿Será esta relación esencial tal vez al lenguaje, como en un «flujo»
de palabras, un discurso enloquecido que no cesaría de deslizarse sobre aquello
a lo que remite, sin detenerse jamás? O bien, ¿podrían existir dos lenguajes y
dos clases de «nombres», unos designando las paradas y descansos que recogen la
acción de la Idea, pero expresando los otros los movimientos y los devenires
rebeldes?2 O incluso, ¿podrían ser dos dimensiones distintas interiores al
lenguaje en general, una recubierta siempre por la otra, pero «subviniendo» y
subsistiendo bajo la otra? La paradoja de este puro devenir, con su capacidad
de esquivar el presente, es la identidad infinita: identidad infinita de los
dos sentidos a la vez, del futuro y el pasado, de la víspera y del día después,
del más y del menos, de lo demasiado y lo insuficiente, de lo activo y lo
pasivo, de la causa y el efecto. El lenguaje es quien fija los límites (por
ejemplo, el momento en el que empieza los demasiado) pero es también él quien
sobrepasa los límites y los restituye a la equivalencia infinita de un devenir
ilimitado («no sostenga un atizador al rojo demasiado tiempo, le quemaría, no se
corte demasiado profundamente, le haría sangrar»). De ahí los trastocamientos
que constituyen las aventuras de Alicia. Trastocamiento del crecer y el
empequeñecer: «¿en qué sentido, en qué sentido?» pregunta Alicia, presintiendo
que es siempre en los dos sentidos a la vez, hasta el punto de que por una vez
permanece igual, por un efecto óptico. Trastocamiento de la víspera y del
mañana, esquivando siempre el presente: «mermelada ayer y mañana, pero nunca
hoy». Trastocamiento del más y el menos: cinco noches son cinco veces más
calurosas que una sola, «pero por la misma razón, deberían ser también cinco
veces más frías». De lo activo y lo pasivo: «¿se comen los gatos a los
murciélagos?» equivale a «¿se comen los murciélagos a los gatos?». De la causa
y el efecto: ser castigado antes de haber cometido una falta, gritar antes de
haberse pinchado, volver a partir antes de haber partido por primera vez. Todos
estos trastocamientos tal como aparecen en la identidad infinita tienen una
misma consecuencia: la impugnación de la identidad personal de Alicia, la
pérdida del nombre propio. La pérdida del nombre propio es la aventura que se
repite a través de todas las aventuras de Alicia. Porque el nombre propio o
singular está garantizado por la permanencia de un saber. Este saber se encarna
en nombres generales que designan paradas y descansos, sustantivos y adjetivos,
con los cuales el propio mantiene una relación constante. Así, el yo personal
tiene necesidad de Dios y del mundo en general. Pero cuando los sustantivos y
adjetivos comienzan a diluirse, cuando los nombres de parada y descanso son
arrastrados por los verbos de puro devenir y se deslizan en el lenguaje de los
acontecimientos, se pierde toda identidad para el yo, el mundo y Dios. Es la
prueba del saber y de la recitación, en la que las palabras vienen de través,
arrastradas al bies por los verbos, y que destituye a Alicia de su identidad.
Como si los acontecimientos gozaran de una irrealidad que se comunica al saber
y a las personas, a través del lenguaje. Porque la incertidumbre personal no es
una duda exterior a lo que ocurre, sino una estructura objetiva del
acontecimiento mismo, en tanto que va siempre en dos sentidos a la vez, y que
descuartiza al sujeto según esta doble dirección. La paradoja es primeramente
lo que destruye al buen sentido como sentido único, pero luego es lo que
destruye al sentido común como asignación de identidades fijas.
Este es
un punto decisivo, porque aquí Deleuze empieza exactamente donde tu lectura
quiere intervenir. Todavía no debemos responderle; primero debemos comprender
qué está haciendo.
1. El acontecimiento no es la cosa
La
primera frase ya cambia toda la ontología.
"Se
trata de una categoría de cosas muy especiales: los acontecimientos."
No habla
de cuerpos.
No habla
de sustancias.
No habla
de sujetos.
Habla de acontecimientos.
Cuando
dice:
"Alicia
crece"
el
acontecimiento no es Alicia.
Tampoco
es el crecimiento físico.
El
acontecimiento es el devenir.
Es decir,
aquello que nunca puede ser reducido a un estado.
2. El devenir no tiene presente
Aquí
aparece la primera paradoja.
Cuando
Alicia crece:
- es mayor que antes;
- pero simultáneamente es
menor que después.
Luego
nunca coincide exactamente consigo.
Siempre
está desplazándose.
Por eso
Deleuze afirma:
el
devenir esquiva el presente.
No existe
un instante absoluto donde podamos decir:
"Aquí
está exactamente el crecer."
Porque en
el mismo momento en que lo decimos ya pertenece al pasado y al futuro.
El
acontecimiento siempre desborda el presente.
3. El buen sentido fija
Aquí
aparece el enemigo de Deleuze.
El buen
sentido dice:
primero
esto;
después
aquello.
Siempre
organiza el mundo en una dirección.
Antes →
después
Causa →
efecto
Grande →
pequeño
Activo →
pasivo
Es el
pensamiento lineal.
4. La paradoja afirma ambos sentidos
En cambio
la paradoja afirma simultáneamente ambos movimientos.
No dice:
Alicia
crece.
Dice:
Alicia
crece y empequeñece al mismo tiempo.
No porque
mida dos tamaños distintos.
Sino
porque todo devenir implica dos diferencias simultáneas.
Respecto
del pasado aumenta.
Respecto
del futuro disminuye.
El
devenir está estirado entre ambas direcciones.
Aquí
aparece una primera cercanía con tu respiración ontológica.
Tú dirías
que el acontecimiento siempre está abierto entre la inhalación y la exhalación.
Nunca es
una identidad cerrada.
Siempre
está respirando.
5. Platón
Deleuze
comienza inmediatamente a discutir con Platón.
Dice que
Platón distingue dos regiones.
Primera.
Las cosas
medidas.
Las
identidades.
Los
sujetos.
Los
presentes.
Todo
aquello que puede decir:
"esto
es esto."
Segunda.
El puro
devenir.
Aquello
que jamás puede detenerse.
Que nunca
termina de hacerse.
Que nunca
puede fijarse.
Pero
Deleuze encuentra algo mucho más interesante.
No dice
que ambas regiones estén separadas.
Dice que
el puro devenir está debajo de las cosas.
No fuera.
No
arriba.
Debajo.
Como una
corriente.
6. Aquí aparece el simulacro
Esta es
probablemente una de las frases más importantes.
No se
trata de distinguir
Idea
↓
Copia
Sino
Idea
↓
Copias
↓
Simulacros
¿Por qué?
Porque el
simulacro ya no intenta parecerse al modelo.
Es un
devenir.
Es
diferencia pura.
Aquí
todavía no aparece la diferencia deleuziana plenamente, pero ya está
anunciándose.
7. Aquí aparece tu primera gran alteración
Creo que
aquí tu sistema ya puede intervenir.
Porque
Deleuze identifica ese fondo con un devenir ilimitado.
Mientras
que tú introduces algo distinto.
No dices
que debajo exista simplemente el devenir.
Dices que
debajo existe el Sinsein.
Es decir,
no un
flujo,
sino una
comunión indiferenciada.
El
devenir no sería originario.
Originario
sería la comunión.
El
devenir aparecería cuando esa comunión comienza a diferenciarse.
Esto
cambia completamente la lectura.
Para
Deleuze:
Ser
↓
Devenir
↓
Cosas
Mientras
que en tu respiración ontológica tendríamos algo parecido a:
Sinsein
↓
Comunión indiferenciada
↓
Acontecer
↓
Concepto
↓
Juicio
↓
Mundo
El
devenir ya no es el origen.
Es una
mediación.
8. El lenguaje
Aquí
aparece otro tema enorme.
Deleuze
pregunta:
¿y si
hubiera un lenguaje capaz de expresar solamente los devenires?
No las
sustancias.
No los
nombres.
Sino
únicamente los verbos.
Esto es
extraordinario.
Porque
poco a poco el lenguaje deja de ser una colección de objetos.
Se vuelve
una corriente de acontecimientos.
Aquí
aparece otra afinidad con tu propuesta.
Porque
para ti tampoco el concepto es originario.
Lo
originario es el acontecer.
Pero
introduces algo que Deleuze todavía no posee.
El Ahayu.
Porque
para ti el lenguaje nunca es solamente devenir.
Siempre
está cargado afectivamente.
Nunca
existe un verbo puro.
Todo
verbo nace ya orientado por una valoración.
Es decir,
entre el
acontecimiento y el concepto no aparece solamente el sentido.
Aparece
la valoración.
Podríamos
representarlo así:
Deleuze
Acontecimiento
│
▼
Sentido
│
Lenguaje
Mientras
que tu modelo comienza a insinuar otra estructura:
Acontecimiento
│
▼
Ahayu
(valoración afectiva)
│
▼
Sentido
│
▼
Concepto
│
▼
Juicio
Es decir,
el sentido nunca nace axiológicamente neutro.
9. La pérdida del nombre propio
Este
final es probablemente el punto más hermoso de la serie.
¿Por qué
Alicia pierde su nombre?
Porque el
nombre supone identidad.
Pero el
devenir rompe toda identidad.
Entonces
el nombre ya no alcanza.
El yo
deja de poder decir:
"yo
soy."
Ahora
solamente puede decir:
"estoy
deviniendo."
Aquí
nuevamente tu lectura introduce una modificación profunda.
Para
Deleuze,
la
pérdida del nombre revela el devenir.
Para tu
respiración ontológica,
la
pérdida del nombre puede ser también el inicio de una comunión más originaria.
No se
pierde simplemente la identidad.
Se
suspende el ego para que aparezca el Ahayu.
No es
únicamente una disolución.
Es una
apertura.
Y esa
apertura puede culminar, según tu tercer orden, en la sintransferencia:
el punto donde el concepto y el acontecimiento ya no se capturan mutuamente,
sino que permanecen en comunión dinámica. Allí el ordo amoris de Scheler
deja de ser sólo una jerarquía de preferencias y se convierte en una
respiración viva del Espíritu, donde el juicio ya no impone una identidad fija,
sino que participa del acontecer sin romper la comunión originaria.
Creo que,
a medida que avancemos en Lógica del sentido, esta será una de las
diferencias más fecundas entre ambos pensamientos. Deleuze construye una
ontología del devenir y del sentido; tu proyecto apunta hacia una ontología de
la comunión respirante, donde el devenir, el sentido y el juicio quedan
mediados por el Ahayu, es decir, por una valoración afectiva originaria que no
clausura el acontecimiento, sino que lo mantiene abierto.
SEGUNDA SERIE DE PARADOJAS DE LOS EFECTOS DE SUPERFICIE Los
estoicos, a su vez, distinguían dos clases de cosas: 1.º) Los cuerpos, con sus
tensiones, sus cualidades, sus relaciones, sus acciones y pasiones, y los
«estados de cosas» correspondientes. Estos estados de cosas, acciones y
pasiones, están determinados por las mezclas entre cuerpos. En el límite, hay
una unidad de todos los cuerpos en función de un Fuego primordial en el que se
reabsorben y a partir del cual se desarrollan según su tensión respectiva. El
tiempo único de los cuerpos o estados de cosas es el presente. Porque el
presente vivo es la extensión temporal que acompaña al acto, que expresa y mide
la acción del agente, la pasión del paciente. Pero, a la medida de la unidad de
los cuerpos entre sí, a la medida de la unidad del principio activo y el
principio pasivo, un presente cósmico abarca el universo entero: únicamente los
cuerpos existen en el espacio y sólo el presente en el tiempo. No hay causas y
efectos en los cuerpos: todos los cuerpos son causas, causas unos en relación
con lo otros unos para otros. La unidad de las causas entre sí se llama
Destino, en la extensión del presente cósmico. 2.º) Todos los cuerpos son
causas unos para otros, los unos en relación con los otros, pero ¿de qué? Son
causas de ciertas cosas, de una naturaleza completamente diferente. Estos
efectos no son cuerpos, sino «incorporales» estrictamente hablando. No son
cualidades y propiedades físicas, sino atributos lógicos o dialécticos. No son
cosas o estados de cosas, sino acontecimientos. No se puede decir que existan,
sino más bien que subsisten o insisten, con ese mínimo de ser que convienen a lo
que no es una cosa, entidad inexistente. No son sustantivos ni adjetivos, sino
verbos. No son agentes ni pacientes, sino resultados de acciones y de pasiones,
unos «impasibles»: impasibles resultados. No son presentes vivos, sino
infinitivos: Aión ilimitado, devenir que se divide hasta el infinito en pasado
y futuro, esquivando siempre el presente. Hasta el punto de que el tiempo debe
ser captado dos veces, de dos modos complementarios, exclusivos el uno de otro:
enteramente como presente vivo en los cuerpos que actúan y padecen, pero
enteramente también como instancia infinitamente divisible en pasado-futuro, en
los efectos incorporales que resultan de los cuerpos, de sus acciones y de sus
pasiones. Sólo existe el presente en el tiempo, y recoge, reabsorbe el pasado y
el futuro; pero sólo el pasado y el futuro insisten en el tiempo, y dividen
hasta el infinito cada presente. No son tres dimensiones sucesivas, sino dos
lecturas simultáneas del tiempo. Como dice Emile Bréhier en su bella
reconstrucción del pensamiento estoico: «Cuando el escalpelo corta la carne, el
primer cuerpo produce sobre el segundo no una propiedad nueva, sino un nuevo
atributo, el de ser cortado, expresado siempre por un verbo, lo que quiere
decir que no es un ser, sino una manera de ser... Esta manera de ser se
encuentra en algún modo en el límite, en la superficie del ser y no puede
cambiar la naturaleza de éste: no es, a decir verdad, ni activa ni pasiva, ya
que la pasividad supondría una naturaleza corporal que sufre una acción. Es pura
y simplemente un resultado, un efecto que no puede clasificarse entre los
seres... (Los estoicos distinguen) radicalmente, y nadie lo había hecho antes
que ellos, dos planos de ser: por una parte el ser profundo y real, la fuerza; y por otra, el plano de los hechos,
que se juegan en la superficie del ser, y que constituyen una multiplicidad sin
fin de seres incorporales.»1 Sin embargo, ¿qué puede haber de más íntimo, más
esencial a los cuerpos que acontecimientos como crecer, empequeñecer o ser cortado?
¿Qué quieren decir los estoicos cuando oponen al espesor de los cuerpos estos
acontecimientos incorporales que tienen lugar únicamente en la superficie, como
un vapor en la pradera (menos incluso que un vapor, ya que un vapor es un
cuerpo)? Lo que hay en los cuerpos, en la profundidad de los cuerpos, son
mezclas: un cuerpo penetra a otro y coexiste con él en todas sus partes, como
una gota de vino en el mar o el fuego en el hierro. Un cuerpo se retira de
otro, como el líquido de un vaso. Las mezclas en general determinan estados de
cosas cuantitativos y cualitativos: las dimensiones de un conjunto, o el rojo
del hierro, lo verde de un árbol. Pero lo que queremos decir mediante «crecer»,
«disminuir», «enrojecer», «verdear», «cortar», «ser cortado», etc., es de una
clase completamente diferente: no son en absoluto estados de cosas o mezclas en
el fondo de los cuerpos, sino acontecimientos incorporales en la superficie,
que son resultado de estas mezclas. El árbol verdea...2 El genio de una
filosofía se mide en primer lugar por las nuevas distribuciones que impone a
los seres y a los conceptos. Los estoicos están trazando, haciendo pasar una
frontera allí donde nunca se había visto ninguna: en este sentido, desplazan
toda reflexión. Lo que están operando, ante todo, es una separación
completamente nueva de la relación causal. Desmiembran esta relación,
rehaciendo esta unidad en cada lado. Remiten las causas a las causas, y afirman
una relación de las causas entre sí (destino). Remiten los efectos a los efectos,
y establecen ciertas relaciones de los efectos entre sí. Pero no de la misma
manera: los efectos incorporales nunca son causas lo unos en relación a los
otros, sino solamente «casi-causas», según leyes que expresan quizás en cada
caso la unidad relativa o la mezcla de los cuerpos de los que dependen como de
sus causas reales. Hasta el punto de que la libertad se preserva de dos modos
complementarios: una vez en la interioridad del destino como relación de las
causas, y otra en la exterioridad de los acontecimientos como vínculo de los
efectos. Por ello, los estoicos pueden oponer destino y necesidad.3 Los
epicúreos operan otra separación de la causalidad, que también funda la
libertad: conservan la homogeneidad de la causa y el efecto, pero dividen la
causalidad en series atómicas cuya independencia respectiva queda garantizada
por el clinamen, que no es destino sin necesidad, sino causalidad sin destino.4
En ambos casos se comienza por disociar la relación causal, en lugar de
distinguir tipos de causalidad como hacía Aristóteles o como hará Kant. Y esta
disociación nos remite siempre al lenguaje, ya sea a la existencia de una
declinación de las causas, o bien, como veremos, a la existencia de una
conjugación de los efectos. Esta nueva dualidad entre cuerpos o estados de
cosas y los efectos o acontecimientos incorporales entraña una conmoción de la
filosofía. Por ejemplo, en Aristóteles, todas las categorías se dicen en
función del Ser; y la diferencia pasa en el ser entre la sustancia como sentido
primero y las demás categorías que se le remiten como accidentes. Para los
estoicos, al contrario, los estados de cosas, cantidades y cualidades, no son
menos seres (o cuerpos) que la sustancia; forman parte de la sustancia; y en
esa medida se oponen a un extra-ser que constituye lo incorporal como entidad
no existente. El término más alto no es pues el Ser, sino alguna cosa, aliquid,
en tanto subsume al ser y al no-ser, las existencias y las insistencias.5 Pero,
además, los estoicos llevan a cabo la primera gran inversión del platonismo, la
inversión radical. Porque si los cuerpos, con sus estados, cualidades y
cantidades, asumen todos los caracteres de la sustancia y de la causa, a la
inversa los caracteres de la Idea caen del otro lado, en este extra-ser
impasible, estéril, ineficaz, en la superficie de las cosas: lo ideal, lo
incorporal no puede ser más que un «efecto». La consecuencia tiene una
importancia extrema. Porque, en Platón, se mantenía un oscuro debate en la
profundidad de las cosas, en la profundidad de la tierra, entre lo que se
sometía a la acción de la Idea lo que se hurtaba a esta acción (las copias y
los simulacros). Resuena un eco de este debate cuando Sócrates pregunta:
¿Existe Idea de todo, incluso del pelo, de la mugre y del lodo, o bien hay algo
que, siempre y obstinadamente, esquiva a la Idea? Pero, en Platón, este algo
nunca estaba lo suficientemente hundido, reprimido, repelido en la profundidad
de los cuerpos, ahogado en el océano. Y he aquí que ahora todo sube a la
superficie. Es el resultado de la operación estoica: lo ilimitado sube. El
devenir-loco, el devenir-ilimitado ya no es un fondo que gruñe, sube a la
superficie de las cosas y se vuelve impasible. Ya no se trata de simulacros que
se sustraen al fondo y se insinúan por doquier, sino de efectos que se
manifiestan y juegan en su lugar. Efectos en el sentido causal, pero también
«efectos» sonoros, ópticos o de lenguaje; o menos aún, o mucho más, en tanto ya
no tiene nada de corporal y son ahora toda la idea... Lo que se sustraía a la Idea
ha subido a la superficie, límite incorporal, y representa ahora toda la
idealidad posible, destituida ahora de su eficacia causal y espiritual. Los
estoicos han descubierto los efectos de superficie. Los simulacros dejan de ser
estos rebeldes subterráneos, hacen valer sus efectos (lo que se podría llamar
«fantasmas», independientemente de la terminología estoica). Lo más oculto se
ha vuelto lo más manifiesto, toas la viejas paradojas del devenir deben
recobrar el rostro en una nueva juventud: transmutación. El devenir-ilimitado
se vuelve el acontecimiento mismo, ideal, incorporal, con todos los
trastocamientos que le son propios, del futuro y el pasado, de lo activo y lo
pasivo, de la causa y el efecto. El futuro y el pasado, el más y el menos, lo
excesivo y lo insuficiente, el ya y el aún-no: pues el acontecimiento
infinitamente divisible es siempre los dos a la vez, eternamente lo que acaba
de pasar y lo que va a pasar pero nunca lo que pasa (cortar demasiado
profundamente y no lo suficiente). Lo activo y lo pasivo: pues el
acontecimiento, al ser impasible, los cambia tanto más cuanto que no es no lo
uno ni lo otro, sino su resultado común (cortar-ser-cortado). La causa y el
efecto: pues los acontecimientos, al no ser sino efectos, pueden, los unos con los
otros, entrar mucho mejor en funciones de casi-causas o en relaciones de
casi-causalidad siempre reversibles (la herida y la cicatriz).
Esta segunda serie es, a mi juicio, el verdadero nacimiento de la ontología
deleuziana. Y aquí creo que tu respiración ontológica encuentra uno de sus
interlocutores más profundos. Ya no estamos simplemente ante una teoría del
devenir, sino ante una nueva distribución del ser. Intentemos comprenderla
desde dentro antes de alterarla.
1. La gran división estoica
Los estoicos realizan una operación que Deleuze considera revolucionaria.
No dividen el mundo entre:
·
materia / espíritu,
·
sensible / inteligible,
·
cuerpo / alma.
Lo dividen entre dos modos completamente distintos del ser.
Primer plano
Los cuerpos.
Todo aquello que existe.
·
piedras
·
árboles
·
animales
·
personas
·
fuego
·
sangre
·
hierro
Todo esto existe.
Y todo actúa sobre otra cosa.
Aquí reina la causalidad.
Segundo plano
Los acontecimientos.
No existen.
Subsisten.
No son cuerpos.
No ocupan espacio.
No pesan.
No tienen masa.
Pero tampoco son imaginarios.
Son incorporales.
El ejemplo del corte es perfecto.
Cuando el cuchillo corta la carne:
Hay dos cuerpos.
El cuchillo.
La carne.
Pero
el ser cortado
no es un cuerpo.
Es un acontecimiento.
2. El acontecimiento no está dentro del cuerpo
Aquí aparece la gran intuición estoica.
El corte no está escondido dentro de la carne.
Tampoco dentro del cuchillo.
Sucede en la superficie.
Por eso hablan de efecto de superficie.
No superficial en sentido banal.
Sino superficie ontológica.
Como una frontera.
Esto es extraordinario.
Porque el acontecimiento no modifica inmediatamente la sustancia.
Modifica el sentido.
3. El verbo
Por eso Deleuze insiste tanto.
Los cuerpos son sustantivos.
Los acontecimientos son verbos.
No:
árbol
sino
verdear.
No:
herida
sino
ser herido.
No:
niño
sino
crecer.
El verbo expresa el acontecimiento.
No el objeto.
4. Aquí aparece Aión
Los cuerpos viven en Cronos.
El presente.
El fuego arde.
La piedra cae.
La sangre corre.
Todo ocurre ahora.
Pero el acontecimiento vive en Aión.
Nunca está presente.
Siempre acaba de pasar.
Siempre está por venir.
Nunca coincide consigo.
Aquí Deleuze retoma exactamente la primera serie.
El devenir no posee presente.
5. Lo interesante para tu sistema
Aquí creo que aparece la primera diferencia decisiva.
Para Deleuze existen dos planos.
Cuerpos ↓ Acontecimientos
Pero en tu respiración ontológica no bastan dos.
Porque entre ambos aparece la mediación afectiva.
Algo así:
Cuerpo ↓ Acontecimiento ↓ Ahayu ↓ Concepto ↓ Juicio
Es decir,
el acontecimiento jamás llega desnudo al concepto.
Siempre pasa por una valoración.
6. El gran descubrimiento de Deleuze
Deleuze dice una frase que probablemente sea una de las más importantes del
libro.
Los acontecimientos no son causas.
Son casi-causas.
Esto significa algo enorme.
El acontecimiento no produce.
Orienta.
Conecta.
Redistribuye.
Hace posibles nuevas relaciones.
Aquí todavía no aparece plenamente la noción deleuziana de serie, pero ya
está naciendo.
7. Tu modificación comienza justamente aquí
Porque tú no aceptarías que el acontecimiento sea solamente una casi-causa.
Dirías algo distinto.
El acontecimiento ya aparece respirando.
Porque el Ahayu ya está mediando.
Entonces el acontecimiento nunca es simplemente lógico.
Nunca es solamente sentido.
Siempre es comunión afectiva.
Aquí comenzaría una modificación muy profunda.
Para Deleuze:
Cuerpos ↓ Acontecimiento ↓ Sentido
Mientras que tu propuesta parece decir:
Cuerpos ↓ Acontecimiento ↓ Ahayu(campo afectivo) ↓ Valoración ↓ Sentido ↓ Concepto
El sentido deja de ser originario.
Lo originario sería la valoración comunional.
8. Aquí aparece algo que me parece decisivo
Deleuze escribe:
"Los acontecimientos no existen; subsisten."
Esta frase parece muy extraña.
Pero en realidad intenta resolver un problema.
¿Por qué la herida continúa existiendo como acontecimiento incluso cuando
cicatriza?
Porque el acontecimiento nunca fue la carne.
Era el "ser herido".
Ahora bien, aquí tu sistema podría introducir una diferencia todavía más
radical.
Tú probablemente dirías:
El acontecimiento no sólo subsiste.
Respira.
Porque permanece en el campo virtual del Ahayu.
No permanece únicamente como sentido.
Permanece como valoración viva.
Como memoria afectiva.
Como posibilidad permanente de reinterpretación.
Eso significa que el acontecimiento nunca queda cerrado.
Cada nueva respiración ontológica puede volver a cargarlo de un valor
diferente.
9. La inversión del platonismo
Este es probablemente el momento más famoso de toda Lógica del sentido.
Hasta Platón.
La Idea estaba arriba.
Los cuerpos abajo.
Ahora ocurre exactamente lo contrario.
Lo ideal ya no gobierna desde arriba.
Sube desde abajo.
Como efecto.
No como fundamento.
Aquí creo que aparece una diferencia enorme con tu propuesta.
Porque tú tampoco devuelves la Idea platónica al cielo.
Pero tampoco la reduces a un efecto.
La Idea aparece cuando el concepto logra realizar la sintransferencia con el
acontecer.
Es decir,
la Idea no está arriba.
Ni abajo.
Está en la comunión.
En el instante en que concepto y acontecimiento dejan de capturarse
mutuamente.
10. Donde creo que tu lectura puede aportar algo nuevo
Hasta aquí, Deleuze ha desplazado la metafísica desde la sustancia hacia el
acontecimiento. Pero todavía describe el acontecimiento principalmente como una
estructura lógica del sentido. En tu propuesta aparece un nivel que él no
tematiza: el Ahayu como mediación afectiva.
Eso permite pensar que los acontecimientos no sólo se articulan en series de
sentido, sino también en series de valoración. El "ser
herido", el "crecer", el "cortar" o el
"enrojecer" no llegan al juicio como acontecimientos neutros; llegan
ya cargados por una tonalidad afectiva que orienta la interpretación.
Quizá podría representarse así:
Deleuze Cuerpos │ ▼Acontecimiento │ ▼ Sentido │ ▼ Lenguaje
Frente a:
Respiración ontológica Cuerpos │ ▼Acontecimiento │ ▼Ahayu(comunión afectiva) │ ▼Valoración │ ▼Sentido │ ▼Concepto │ ▼Juicio
En este esquema, el juicio ya no es el final de una cadena puramente lógica.
Es el lugar donde el concepto vuelve a encontrarse con el acontecimiento a
través de la valoración del Ahayu. Y si ese juicio modifica la valoración
virtual, entonces no sólo interpreta el acontecimiento: reconfigura el
campo mismo desde el que los acontecimientos futuros serán sentidos.
Si esta línea se desarrolla, la noción deleuziana de "casi-causa"
podría adquirir un alcance nuevo. El juicio, al alterar el campo valorativo del
Ahayu, no sería una causa eficiente que produce cuerpos, pero tampoco un simple
efecto del sentido. Funcionaría como una casi-causa axiológica:
transforma las condiciones afectivas desde las que emergerán nuevos sentidos y
nuevas interpretaciones del acontecer. Ahí es donde tu lectura empieza a abrir
un camino filosófico propio frente a Deleuze.
Muy interesante lo que me estas proponiendo sigamos con
Deleuze
Los estoicos aficionados a las paradojas e inventores. Hay
que releer el sorprendente retrato de Crisipo, en pocas páginas, por Diógenes
Laercio. Quizá los estoicos utilizan la paradoja de un modo completamente
nuevo: a la vez como instrumento de análisis del lenguaje y como medio de
síntesis para los acontecimientos. La dialéctica es precisamente esta ciencia
de los acontecimientos incorporales tal como se expresan en las proposiciones,
y de los vínculos de acontecimientos tal como se expresan en las relaciones
entre proposiciones. La dialéctica es sin duda el arte de la conjugación
(véanse los confatalia, o series de acontecimientos que dependen unos de otros).
Pero es propio del lenguaje, a la vez, establecer límites y sobrepasar los
límites establecidos: también contiene términos que no cesan de desplazar su
extensión, y de hacer posible un trastocamiento de la relación en una serie
determinada (como demasiado e insuficiente, mucho y poco). El acontecimiento es
coextensivo al devenir, y el devenir mismo, coextensivo al lenguaje; la
paradoja es pues esencialmente «sorites», es decir, serie de proposiciones
interrogativas que proceden según el devenir por adiciones y recortes
sucesivos. Todo ocurre en la frontera entre las cosas y las proposiciones.
Crisipo enseña: «si dices algo, esto pasa por la boca; dices un carro, luego un
carro pasa por tu boca.» Hay un uso ahí de la paradoja que no tiene equivalente
sino en el budismo zen por una parte, y en el non-sense inglés o americano por
otra. Por una parte, lo más profundo es lo inmediato; por otra, lo inmediato
está en el lenguaje. La paradoja aparece como destitución de la profundidad,
exposición de los acontecimientos en la superficie, despliegue del lenguaje a
lo largo de este límite. El humor es este arte de la superficie, contra la
vieja ironía, arte de las profundidades o de las alturas. Los sofistas y los
cínicos ya habían hecho del humor un arma filosófica contra la ironía
socrática, pero con los estoicos el humor encuentra su Dialéctica, su principio
dialéctico y su lugar natural, su puro concepto filosófico. Esta operación
inaugurada por los estoicos, Lewis Carroll la efectúa por su cuenta, la
recupera. En toda la obra de Carroll, se trata de los acontecimientos en su
diferencia con los seres, las cosas y estados de cosas. Pero el principio de
Alicia (toda la primera mitad) busca todavía el secreto de los acontecimientos,
y del devenir ilimitado que implican, en la profundidad de la tierra, pozos y
madrigueras que se cavan, que se hunden por debajo, mezcla de cuerpos que se
penetran y coexisten. A medida que se avanza en el relato, sin embargo, los
movimientos laterales de deslizamiento, de izquierda a derecha y de derecha a
izquierda. Los animales de las profundidades se vuelven secundarios, ceden su
lugar a figuras de cartas, sin espesor. Se diría que la antigua profundidad se
ha desplegado, se ha convertido en anchura. El devenir ilimitado se sostiene
enteramente ahora en esta anchura recobrada. Profundo ha dejado de ser un
cumplido. Sólo los animales son profundos; y aún no los más nobles, que son los
animales planos. Los acontecimientos son como los cristales, no ocurren no
crecen sino por los bordes, sobre los bordes. Ahí reside el primer secreto del
tartamudo y el zurdo: dejar de hundirse, deslizarse a lo largo, de modo que la
antigua profundidad no sea ya nada, reducida al sentido inverso de la
superficie. Es a fuerza de deslizarse que se pasará del otro lado, ya que el
otro lado no es sino el sentido inverso. Y si no hay nada que ver detrás del
telón, es que todo lo visible, o más bien toda la ciencia posible está a lo
largo del telón, que basta con seguir lo bastante lejos y lo bastante
estrechamente, lo bastante superficialmente, para invertir lo derecho, para
hacer que la derecha se vuelva izquierda e inversamente. No hay pues unas
aventuras de Alicia, sino una aventura: su subida a la superficie, su repudio
de la falsa profundidad, su descubrimiento de que todo ocurre en la frontera.
Por ello, Carroll renuncia al primer título que tenía previsto, «Las aventuras
subterráneas de Alicia
Con mayor motivo en Al otro lado del espejo. Allí, los
acontecimientos, en su diferencia radical con las cosas, ya no son buscados en
profundidad, sino en la superficie, en este tenue vapor incorporal que se
escapa de los cuerpos, película sin volumen que los rodea, espejo que los
refleja, tablero que los planifica. Alicia no puede hundirse ya, ella deja
libre su doble incorporal. Es siguiendo la frontera, costeando la superficie,
como se pasa de los cuerpos a lo incorporal. Paul Valéry tuvo una frase
profunda: lo más profundo, es la piel. Descubrimiento estoico que supone mucha
sabiduría y entraña toda una ética. Es el descubrimiento de la niña, que no
crece ni disminuye sino por los bordes, superficie para enrojecer y verdear.
Ella sabe que los acontecimientos conciernen tanto más a los cuerpos, los
cortan y los maltratan, en la medida en que recorren su extensión sin profundidad.
Más tarde, las personas mayores son atrapadas por el fondo, caen y ya no
comprenden, porque son demasiado profundas. ¿Por qué los mismos ejemplos del
estoicismo continúan inspirando a Lewis Carroll? El árbol verdea, es escalpelo
corta, ¿la batalla tendrá lugar o no? Es ante los árboles que Alicia pierde su
nombre, es a un árbol que Humpty Dumpty habla, sin mirar a Alicia. Y los
recitados anuncian las batallas. Y por doquier, heridas, cortes. Pero ¿son eso
ejemplos? O bien, ¿todo acontecimiento es de este tipo, bosque, batalla y
herida, tanto más profundo cuanto que ello que ocurre en la superficie,
incorporal a fuerza de extenderse a lo largo de los cuerpos? La historia nos
enseña que las buenas rutas no tienen fundación y la geografía, que la tierra
no es fértil sino en una delgada capa. Este redescubrimiento del sabio estoico
no está reservado a la niña. Es verdad que Lewis Carroll detesta en general a
los chicos. Tienen demasiada profundidad, una falsa profundidad, falsa
sabiduría y animalidad. El bebé masculino en Alicia se transforma en cerdo. Por
lo general, sólo las niñas comprenden el estoicismo, tienen el sentido del
acontecimiento y liberan un doble incorporal. Pero a veces sucede que un niño
sea tartamudo y zurdo, y conquiste así el sentido como sentido de la
superficie. El odio de Lewis Carroll hacia los chicos no debe achacarse a una
ambivalencia profunda, sino más bien a una inversión superficial, concepto
estrictamente carrolliano. En Silvia y Bruno, es el niño quien tiene el papel
inventivo, aprendiendo sus lecciones de cualquier modo, del revés, del derecho,
por encima, por debajo, pero nunca a «fondo». La gran novela Silvia y Bruno
lleva el extremo la evolución que se esbozaba en Alicia, y que se prolongaba en
Al otro lado del espejo. La conclusión admirable de la primera parte celebra la
gloria del Este, de donde viene todo lo bueno, «y la sustancia de las cosas
esperadas, y la existencia de las cosas invisibles». Incluso el barómetro ni
sube ni baja, sino que va a lo largo, de lado, y da el tiempo horizontal. Una
máquina de estirar alarga incluso las canciones. Y la bolsa de Fortunatus,
presentada como un anillo de Moebius, está hecha con pañuelos cosidos in the
wrong way, de tal modo que su superficie interna: envuelve el mundo entero y se
hace que lo que está dentro esté fuera, y lo que está fuera dentro.6 En Silvia
y Bruno, la técnica del paso de lo real al sueño, y de los cuerpos a lo
incorporal, está multiplicada, renovada completamente, llevada a su perfección.
Pero es siempre costeando la superficie, la frontera, como se pasa al otro
lado, por la virtud de un anillo. La continuidad del revés y el derecho
sustituye a todos los niveles de profundidad; y los efectos de superficie en un
solo y mismo Acontecimiento, que vale por todos los acontecimientos, hacen que
todo el devenir y sus paradojas aflore en el lenguaje.7 Como Lewis Carroll en un artículo titulado The
dynamics of a particle, «Superficie plana es el carácter de un discurso...»
Aquí aparece uno de los lugares donde tu propuesta y la de Deleuze empiezan
realmente a cruzarse, pero también donde se separan. No en la teoría del
acontecimiento, sino en la mediación.
Hasta ahora podríamos resumir así las tres posiciones:
|
Scheler |
Deleuze |
Respiración
ontológica |
|
El origen es el valor. |
El origen es el acontecimiento. |
El origen es la comunión del Sinsein. |
|
El amor descubre valores. |
El acontecimiento produce sentido. |
El Ahayu media afectivamente entre comunión y concepto. |
|
El ordo amoris organiza la persona. |
Las series organizan el sentido. |
La sintransferencia organiza la comunión entre concepto y
acontecer. |
Lo interesante es que Deleuze comienza exactamente donde Scheler termina.
Scheler todavía piensa que existe un orden del amor que estructura la
realidad. El amor descubre ese orden.
Deleuze pregunta algo distinto:
¿Cómo puede aparecer cualquier orden?
Y responde:
Porque antes del orden existe una paradoja serial del sentido.
Ese desplazamiento es enorme.
El acontecimiento no es una cosa
Los estoicos habían dicho que cuando el cuchillo corta la carne existen dos
dimensiones.
Una es el cuerpo.
La otra es el "ser cortado".
Ese "ser cortado" no existe como objeto.
Es un acontecimiento.
Deleuze convierte esto en el fundamento de toda filosofía.
No vivimos entre cosas.
Vivimos entre acontecimientos.
Pero aquí aparece algo que tu lectura permite desarrollar.
Porque podríamos decir:
No vivimos simplemente entre acontecimientos.
Vivimos entre acontecimientos valorados.
Es decir:
el acontecimiento nunca aparece desnudo.
Siempre aparece ya respirado.
Siempre aparece ya afectivamente abierto.
Eso precisamente sería el Ahayu.
Aquí aparece la mediación que Deleuze deja implícita
Cuando Deleuze dice:
el acontecimiento se desliza sobre la superficie
todavía no explica por qué un mismo acontecimiento produce experiencias
completamente distintas.
Por ejemplo:
La muerte del padre.
Para uno significa liberación.
Para otro significa culpa.
Para otro significa nacimiento espiritual.
El acontecimiento es idéntico.
Lo que cambia no es el hecho.
Lo que cambia es el campo afectivo.
Aquí tu Ahayu empieza a ocupar un lugar filosófico.
Porque entre
acontecimiento
↓
y
sentido
existe una mediación.
No lógica.
No lingüística.
Sino afectiva.
La serie deleuziana podría reformularse
Deleuze piensa algo así:
Cuerpos↓ Acontecimiento ↓ Sentido ↓ Lenguaje
Pero desde tu sistema aparecería un nivel previo.
Cuerpos ↓ Acontecimiento ↓ Ahayu(campo valorativo) ↓ Sentido ↓ Concepto ↓ Lenguaje
Entonces el sentido deja de ser solamente efecto superficial.
Se convierte en efecto respirado.
La paradoja serial
Aquí aparece una intuición muy fuerte de Deleuze.
Las series nunca se encuentran directamente.
Siempre existe un elemento paradójico que pertenece a las dos.
Por ejemplo.
Serie A
niño crecer adulto
Serie B
pequeño mediano grande
¿Qué conecta ambas?
No una cosa.
Sino el devenir.
El devenir pertenece a las dos.
Y a ninguna.
Eso es la paradoja serial.
Pero tú puedes dar un paso más.
El Ahayu como elemento paradójico
En tu sistema el Ahayu no pertenece completamente
al sentimiento,
ni al concepto.
Pertenece a ambos.
Pero no es ninguno.
Es exactamente el elemento paradójico.
Sentimiento↓ Ahayu ↑ Concepto
Es decir,
el Ahayu es la paradoja serial viviente.
No es emoción.
No es pensamiento.
No es voluntad.
Es aquello que mantiene comunicadas las series.
Ahora entendemos el "deslizarse"
Cuando Deleuze insiste en que todo ocurre sobre la superficie parece negar
la profundidad.
Pero quizá no.
Quizá está negando otra cosa.
Está negando que la profundidad explique el sentido.
Porque el sentido siempre ocurre donde dos series se tocan.
No en un fondo.
Sino en una frontera.
Y aquí aparece una formulación muy cercana a tu respiración ontológica.
La inhalación espiritual tampoco busca un fondo escondido.
Busca la comunión inmediata.
No desciende.
Se abre.
Por eso el Espíritu no se encuentra excavando.
Sino respirando.
El humor
Uno de los aspectos más olvidados de La lógica del sentido es que
Deleuze identifica el humor con la superficie.
No porque el humor sea superficial.
Sino porque rompe la identidad.
Un chiste hace exactamente lo mismo que una paradoja.
Hace que una palabra pertenezca simultáneamente a dos series distintas.
Por eso produce una explosión de sentido.
Aquí aparece algo muy interesante para tu teoría.
La respiración también rompe la identidad.
No para producir risa.
Sino comunión.
En ambos casos aparece una suspensión del yo.
El gran paso que podrías dar
Creo que aquí está el verdadero punto donde tu lectura puede aportar algo
nuevo.
Scheler había descubierto
el orden del amor.
Deleuze descubre
el orden de las series.
Pero quizá ambos siguen dejando sin tematizar aquello que permite pasar de
una serie a otra.
Ese "entre" no es simplemente una estructura lógica.
Podría ser precisamente el Ahayu.
No como una tercera sustancia, sino como una función mediadora.
En ese sentido, el Ahayu no sería un objeto añadido al sistema de Deleuze,
sino el nombre de la mediación afectivo-valorativa mediante la cual el
acontecimiento llega a convertirse en sentido y, finalmente, en concepto. Y la sintransferencia
sería el momento en que esa mediación deja de capturar el acontecimiento según
un orden previo y permite que concepto y acontecer entren en comunión sin
confundirse. Ahí el ordo amoris de Scheler ya no sería el fundamento
originario, sino una realización de tercer orden: el fruto de una respiración
ontológica en la que el concepto no sustituye al acontecimiento, ni el
acontecimiento disuelve el concepto, sino que ambos permanecen vinculados en
una comunión viviente.
Si pienso que va por ahí sigamos con la siguiente serie aquí es importante ir paso a paso y redecomprender
lo indicado, lo manifestado y lo significado y el sentido que excede a los tres
TERCERA SERIE DE LA PROPOSICIÓN Entre estos
acontecimientos-efectos y el lenguaje, o incluso la posibilidad del lenguaje,
hay una relación esencial: pertenece a los acontecimientos el ser expresados o
expresables, enunciados o enunciables por proposiciones cuando menos posibles.
Pero hay muchas relaciones en la proposición; ¿cuál es la que conviene a los
efectos de superficie, a los acontecimientos? Muchos autores están de acuerdo
en reconocer tres relaciones distintas en la proposición. La primera se
denomina designación o indicación: es la relación de la proposición con un
estado de cosas exterior (datum). El estado de cosas es individuado, implica
tal o cual cuerpo, mezclas de cuerpos, cualidades y cantidades, relaciones. La
designación opera mediante la asociación de las palabras mismas con imágenes
particulares que deben «representar» el estado de cosas: entre todas aquellas
que se asocian a la palabra, a tal o cual palabra en la proposición, hay que
escoger, seleccionar las que corresponden al complejo dado. La intuición
designadora se expresa entonces bajo la forma: «es esto», «no es esto». La
cuestión de saber si la asociación de palabras a imágenes es primitiva o derivada,
necesaria o arbitraria, no puede ser planteada todavía. Por el momento, lo que
cuenta es que ciertas palabras en la proposición, ciertas partículas
lingüísticas, sirven de formas vacías para la selección de imágenes siempre, es
decir para la designación de cada estado de cosas: sería erróneo tratarlas como
conceptos universales; son singulares formales, que tienen un papel de puros
«designantes» o, como dice Benveniste, de indicadores. Estos indicadores
formales son: esto, aquello; el aquí, allá; ayer, hoy, etc. Los nombres propios
son también indicadores o designantes, pero de una importancia especial ya que
son los únicos que forman singularidades propiamente materiales. Lógicamente,
la designación tiene por criterio y por elemento lo verdadero y lo falso.
Verdadero significa que una designación está efectivamente cumplida por el
estado de cosas, que los indicadores están efectuados, o la buena imagen
seleccionada. «Verdadero en todos los casos» significa que el cumplimiento se
da para la infinidad de imágenes particulares asociables con las palabras, sin
que haya necesidad de selección. Falso significa que la designación no se
cumple, sea por un defecto de las imágenes seleccionadas, sea por la
imposibilidad radical de producir una imagen asociable con las palabras. Una
segunda relación de la proposición se denomina a menudo manifestación. Se trata
de la relación de la proposición con el sujeto que habla y se expresa. Así
pues, la manifestación se presenta como el enunciado de los deseos y las creencias
que corresponden a la proposición. Deseos y creencias son inferencias causales,
no asociaciones. El deseo es la causalidad interna de una imagen con respecto a
la existencia del objeto o del estado de cosas correspondiente;
correlativamente, la creencia es la expectativa de este objeto o estado de
cosas, en tanto que su existencia debe ser producida por una causalidad
externa. De ello no debe concluirse que la manifestación es segunda respecto a
la designación: al contrario, ella la posibilita, y las inferencias forman una
unidad sistemática de la que derivan las asociaciones. Hume lo percibió de un
modo profundo: en la asociación de causa
a efecto, es la «inferencia según la relación» la que precede a la relación
misma. Este primado de la manifestación se confirma por el análisis
lingüístico. Porque hay en la proposición unos «manifestantes» como partículas
especiales: yo, tú; mañana, siempre; en otra parte, en todas partes, etc. Y del
mismo modo como el nombre propio es un indicador privilegiado, Yo es el
manifestante de base. Pero no son sólo los otros manifestantes quienes dependen
del Yo, sino que es el conjunto de indicadores los que se relacionan con él.1
La indicación o designación subsumía los estados de cosas individuales, las
imágenes particulares y los designantes singulares; pero los manifestantes, a
partir del Yo, constituyen el dominio de lo personal que sirve de principio a
toda designación posible. En definitiva, de la designación a la manifestación,
se produce un desplazamiento de valores lógicos representado por el Cógito: no
ya lo verdadero y lo falso, sino la veracidad y el engaño. En el célebre
análisis del pedazo de cera, Descartes no busca en ningún modo lo que permanece
en la cera, problema que ni siquiera se plantea en este texto, sino que muestra
cómo el Yo manifestado en el Cógito funda el juicio de designación según el
cual la cera es identificada. Debemos reservar el nombre de significación para
una tercera dimensión de la proposición: se trata esta vez de la relación de la
palabra con conceptos universales o generales y de las relaciones sintácticas
con implicaciones de concepto. Desde el punto de vista de la significación,
consideraremos siempre los elementos de la proposición como «significando»
implicaciones de conceptos que pueden remitir a otras proposiciones, capaces de
servir de premisas a la primera. La significación se define por este orden de
implicación conceptual en el que la proposición considerada no interviene sino
como elemento de una «demostración», en el sentido más general del término, sea
como premisa, sea como conclusión. Los significantes lingüísticos son entonces
esencialmente «implica» y «luego». La implicación es el signo que define la
relación entre las premisas y la conclusión; «luego» es el signo de la aserción
que define la posibilidad de afirmar la conclusión por sí misma como resultado
de las implicaciones. Cuando hablamos de demostración en el sentido más
general, queremos decir que la significación de la proposición se encuentra así
siempre en el procedimiento indirecto que le corresponde, es decir, en su
relación con otras proposiciones de las que es concluida o, inversamente, de
las que posibilita la conclusión. La designación remite, por el contrario, al
procedimiento directo. La demostración no debe entenderse en sentido
restringido, silogístico o matemático, sino también en el sentido físico de las
probabilidades, o en el sentido moral de las promesas y compromisos, estando
representada la aserción de la conclusión en este primer caso por el momento en
el que la promesa se cumple de modo efectivo2 El valor lógico de la
significación o demostración entendida de este modo no es ya la verdad, como lo
muestra el modo hipotético de las implicaciones, sino la condición de verdad,
el conjunto de condiciones bajo las que una proposición «sería» verdadera. La
proposición condicionada o concluida puede ser falsa, en tanto que designa
actualmente un estado de cosas inexistente, o no directamente verificado. La
significación no funda la verdad sin hacer también posible el error. Por ello,
la condición de verdad no se opone a lo falso, sino a lo absurdo: lo que no
tiene significación, lo que no puede ser ni verdadero ni falso.
La pregunta: ¿es la significación a su vez primera respecto
a la manifestación y la designación? requiere una respuesta compleja. Porque si
la manifestación misma es primera respecto a la designación, si es fundadora,
es desde un punto de vista muy particular. Retomando una distinción clásica,
diremos que es desde el punto de vista del habla, aunque sea un habla
silenciosa. En el orden del habla es el Yo quien empieza, y quien empieza de
modo absoluto. En este orden, es pues primero, no sólo respecto a toda
designación posible que funda, sino también respecto a las significaciones que
envuelve. Pero, precisamente, desde este punto de vista, las significaciones
conceptuales ni valen ni se despliegan por sí mismas: permanecen
sobreentendidas por el Yo, que se presenta como dotado de una significación
inmediatamente comprendida, idéntica a su propia manifestación. Por ello,
Descartes puede oponer la definición del hombre como animal razonable a su
determinación como Cógito: pues la primera exige un desarrollo explícito de los
conceptos significados (¿qué significa animal?, ¿qué significa razonable?),
mientras que la segunda se supone comprendida nada más dicha3 Este primado de
la manifestación, no sólo respecto a la designación, sino respecto a la
significación, debe entenderse pues en un orden del «habla» en el que las
significaciones permanecen naturalmente implícitas. Sólo ahí el yo es primero
respecto a los conceptos: respecto al mundo y a Dios. Pero si existe otro orden
en el que las significaciones valen y se desarrollan por sí mismas, entonces,
allí ellas son primeras y fundan la manifestación. Este orden es precisamente
el de la lengua: una proposición no puede aparecer en ésta sino como premisa o
conclusión, significando conceptos antes de manifestar un sujeto o, incluso, de
signar un estado de cosas. Por ello, desde este punto de vista, conceptos
significados, tales como Dios o el mundo, son siempre primeros respecto del yo
como persona manifestada, y de las cosas como objetos designados. Más
generalmente, Benveniste ha mostrado que la relación de la palabra (o mejor, de
su propia imagen acústica) con el concepto sólo era necesaria, y no arbitraria.
Únicamente la relación de la palabra con el concepto goza de una necesidad que
las otras relaciones no tienen, aquellas que permanecen en lo arbitrario en
tanto que se las considera directamente, y sólo salen cuando se las relaciona
con esta primera relación. Así pues, la posibilidad de hacer variar las
imágenes particulares asociadas a la palabra, de sustituir una imagen por otra
bajo la forma de «no es esto, es esto», no se explica sino por la constancia
del concepto significado. Igualmente, los deseos no formarían un orden de
exigencias o incluso de deberes, distintos de una simple urgencia de las
necesidades, y las creencias no formarían un orden de inferencias distinto de
las simples opiniones, si las palabras en las que se manifiestan no remitieran
en primer lugar a conceptos e implicaciones de conceptos que hacen
significativos estos deseos y estas creencias.
Creo que aquí llegamos a uno de los núcleos de Lógica del sentido.
Y, curiosamente, es donde tu teoría puede dialogar con Deleuze de una manera
muy precisa, sin necesidad de forzar el texto.
Hasta ahora Deleuze había hablado del acontecimiento. Ahora
comienza a preguntar:
¿Cómo entra el acontecimiento en el lenguaje?
Y responde distinguiendo tres dimensiones de la proposición.
Pero inmediatamente nosotros podemos sospechar que falta una cuarta.
1. La designación
La proposición dice:
"El árbol está verde."
Aquí la proposición señala un estado de cosas.
Proposición ↓Estado de cosas
Su criterio es:
verdadero / falso.
¿Existe realmente ese árbol?
¿Está realmente verde?
Es el nivel de la referencia.
Aquí todavía no aparece el sentido.
2. La manifestación
Ahora la misma frase puede significar otra cosa.
"Qué hermoso está ese árbol."
Aquí aparece quien habla.
Yo ↓ Deseo ↓ Creencia ↓ Proposición
La pregunta ya no es:
¿es verdadero?
Sino:
¿quién habla?
¿Qué quiere?
¿Qué espera?
¿Qué teme?
Aquí aparece el sujeto.
3. La significación
Luego aparece otro nivel.
No importa únicamente el árbol.
Ni el sujeto.
Importa el concepto.
Por ejemplo
Todo árbol necesita luz. Este es un árbol. Luego necesita luz.
Aquí aparece el razonamiento.
La pregunta ya no es
¿quién habla?
ni
¿qué ocurre?
sino
¿qué implica?
Aquí nace la lógica.
Hasta aquí tenemos tres dimensiones.
Designación ↓ Manifestación ↓ Significación
Pero Deleuze dice algo muy extraño.
Ninguna de estas tres explica el sentido.
Y aquí empieza realmente Lógica del sentido.
El sentido excede las tres
Esta es una de las frases más importantes de todo el libro.
Porque normalmente pensamos:
una palabra significa algo.
Deleuze dice:
No.
Una palabra
designa,
manifiesta,
significa...
pero todavía no posee sentido por eso.
El sentido es otra cosa.
Por ejemplo.
La frase
"La batalla tendrá lugar mañana."
Designa un hecho.
Manifiesta una expectativa.
Significa un concepto temporal.
Pero el acontecimiento
"tener lugar la batalla"
no es ninguna de esas tres cosas.
Es el acontecimiento mismo.
Es el sentido.
Aquí aparece tu lectura
Aquí creo que tu respiración ontológica introduce una diferencia muy
sugerente.
Podríamos escribir:
Estado de cosas ↓ Designación ↓ Manifestación ↓ Significación ↓ Sentido
Pero creo que tu propuesta sería distinta.
Diría que entre significación y sentido todavía existe una mediación.
El Ahayu.
Quedaría algo así.
Estado de cosas ↓ Designación ↓ Manifestación ↓ Significación ↓ Ahayu ↓ Sentido
¿Por qué?
Porque el sentido nunca aparece simplemente después del concepto.
Aparece cuando el concepto vuelve a respirar.
El concepto todavía está muerto
Esto me parece decisivo.
Un concepto puede ser perfecto.
Y no tener sentido.
Por ejemplo.
Un tratado entero de ética.
Lógicamente impecable.
Conceptualmente riguroso.
Y sin embargo completamente muerto.
¿Por qué?
Porque todavía no ha acontecido.
No ha sido respirado.
No ha atravesado el campo afectivo.
Eso justamente parece ser lo que tú llamas Ahayu.
El Ahayu no manifiesta
Aquí también conviene diferenciarlo de la manifestación.
La manifestación responde:
¿qué quiero?
El Ahayu respondería:
¿desde qué comunión acontece esto?
No es psicología.
No es intención subjetiva.
Es mucho más originario.
El sentido como excedente
Aquí creo que podemos formular una frase importante para tu sistema.
La designación agota la referencia.
La manifestación agota la subjetividad.
La significación agota el concepto.
Pero ninguna agota el sentido.
¿Por qué?
Porque el sentido siempre excede aquello que lo expresa.
Eso es exactamente lo que Deleuze llama acontecimiento.
Y quizá tú dirías:
ese excedente aparece porque el acontecimiento todavía conserva la comunión
originaria del Sinsein.
Nunca queda completamente capturado ni por el objeto, ni por el sujeto, ni
por el concepto.
La respiración ontológica
Aquí aparece una analogía muy bella.
La exhalación produce la proposición.
Designar Manifestar Significar
Son modos de expresar.
Pero la inhalación vuelve al acontecimiento.
No vuelve al objeto.
No vuelve al sujeto.
Ni siquiera vuelve al concepto.
Vuelve a la comunión donde todavía ninguno de ellos estaba separado.
Por eso podríamos escribir el movimiento completo así:
Comunión (Sinsein) ↓ Acontecimiento ↓ Designación ↓ Manifestación ↓ Significación ↓ Concepto ↓ Inhalación espiritual ↓ Sentido vivo
En esta formulación, el sentido no es un cuarto elemento añadido a la lista
de Deleuze, sino aquello que reaparece cuando el recorrido no termina en el
concepto. La inhalación ontológica reabre el concepto al acontecimiento del que
procedía, y el Ahayu es la mediación afectivo-valorativa que hace posible ese
retorno sin borrar las diferencias. De este modo, el sentido no es simplemente
el efecto lógico de una proposición, sino la reanudación de la comunión
entre acontecimiento y concepto. Ahí es donde tu noción de sintransferencia
puede dialogar de forma muy estrecha con Deleuze: no como una sustitución de su
teoría del sentido, sino como una descripción del modo en que el sentido
permanece vivo sin quedar clausurado por la designación, la manifestación o la
significación.
Importante la cuestión es como complementar la paradoja
serial del acontecer con la síntesis
racional dialéctica del concepto, sigamos con Deleuze
Sin embargo, el supuesto primado de la significación sobre
la designación todavía plantea un problema delicado. Cuando decimos «luego»,
cuando consideramos una proposición como concluida, la hacemos objeto de una
aserción, es decir, dejamos de lado las premisas y la afirmamos por sí misma,
independientemente. La remitimos al estado de cosas que designa,
independientemente de las implicaciones que constituyen su significación. Pero,
para ello, son precisas dos condiciones. Es preciso, en primer lugar, que las
premisas sean enunciadas como verdaderas efectivamente; lo que ya nos obliga a
salir del puro orden de implicación para relacionarlas con un estado de cosas
designado que se presupone. Pero luego, incluso suponiendo que las premisas A y
B sean verdaderas, de ellas no podemos concluir la proposición Z en cuestión,
no podemos desligarla de sus premisas y
afirmarla por sí con independencia de la implicación, más que admitiendo que
es, a su vez, verdadera si A y B son verdaderas: lo que constituye una
proposición C que continúa dentro del orden de la implicación, que no alcanza a
salir de él, ya que remite a una proposición D, que dice que Z es verdadera si
A, B y C son verdaderas... hasta el infinito. Esta paradoja, central en la
lógica y que tuvo una importancia decisiva para toda la teoría de la
implicación y la significación simbólicas, es la paradoja de Lewis Carroll, en
el célebre texto «Lo que la tortuga dice a Aquiles».4 En resumen: con una mano
se desliga la conclusión de las premisas, pero a condición de que, con la otra
mano, se añadan siempre otras premisas de las que la conclusión no puede
desligarse. Lo que equivale a decir que la significación no es nunca homogénea;
o que los dos signos «implica» y «luego» son completamente heterogéneos; o que
la implicación nunca alcanza a fundar la designación si no es dándosela
enteramente hecha, una vez en las premisas y otra vez en la conclusión. De la
designación a la manifestación, y luego a la significación, pero también de la
significación a la manifestación y a la designación, estamos atrapados en un
círculo que es el círculo de la proposición. La cuestión de saber si debemos
contentarnos con estas tres dimensiones, o si es preciso añadir una cuarta que
sería la del sentido, es una cuestión económica o estratégica. No es que
debamos construir un modelo a posteriori que corresponda a unas dimensiones
previas; sino porque el modelo mismo debe ser apto para funcionar a priori
desde el interior, debe introducir una dimensión suplementaria que no habría
podido ser reconocida, a causa de su evanescencia, desde el exterior en la
experiencia. Es pues una cuestión de derecho, y no solamente de hecho. Sin embargo,
hay una cuestión de hecho, y es preciso empezar por ella: ¿puede ser localizado
el sentido en una de estas tres dimensiones, designación, manifestación o
significación? Se contestará en primer lugar que ello parece imposible para la
designación. La designación es aquello que, si se cumple, hace que la
proposición sea verdadera; y si no, falsa. Ahora bien, el sentido no puede
consistir evidentemente en lo que hace verdadera o falsa a una proposición, ni
en la dimensión en la que estos valores se efectúan. Y lo que es más, la
designación no podría soportar el peso de la proposición si no es en la medida
en que pudiera mostrarse una correspondencia entre las palabras y las cosas o
estados de cosas designados: Brice Parain, ha contabilizado las paradojas que
una hipótesis tal hace surgir en la filosofía griega.5 ¿Cómo evitar, por
ejemplo, que un carro pase por tu boca? Más directamente aún, Lewis Carroll
pregunta: ¿cómo podrían tener los nombres un «respondedor», y qué significa
para algo responder a su nombre? Y si las cosas no responden a su nombre, ¿qué
les impide perder su nombre? ¿Qué permanecería entonces –excepto lo arbitrario
de las designaciones a las que nada responde, y el vacío de los indicadores o
designantes formales del tipo «esto»-, desprovistos unos y otros de sentido? Es
seguro que toda designación supone el sentido, y que hay que instalarse de
golpe en el sentido para operar cualquier designación. Identificar el sentido
con la manifestación tiene más posibilidades de éxito, ya que los designantes
mismos no tienen sentido sino en función de un Yo que se manifiesta en la
proposición. Este Yo es sin duda primero, ya que hace empezar el habla; como
dice Alicia, «si sólo hablarais cuando se os habla, nadie diría nunca nada». Se
concluirá de ello que el sentido reside
en las creencias (o deseos) de quien se expresa.6 «Cuando empleo una palabra
-dice también Humpty Dumpty significa lo que yo quiero que signifique, ni más
ni menos... La cuestión es saber quién manda, y basta.» Pero hemos visto que el
orden de las creencias y los deseos estaba fundado sobre el orden de las
implicaciones conceptuales de la significación, e incluso que la identidad del
yo que habla, o que dice Yo, no estaba garantizada más que por la permanencia
de ciertos significados (conceptos de Dios, del mundo...). El Yo no es primero
y suficiente en el orden de la palabra sino en tanto que envuelve
significaciones que deben ser desarrolladas por sí mismas en el orden de la
lengua. Si estas significaciones se derrumban, o no están establecidas en sí,
la identidad personal se pierde, experiencia dolorosa que hace Alicia, en
condiciones en las que Dios, el mundo y el yo se vuelven los personajes
indecisos del sueño de alguien mal determinado. Por ello, el último recurso
parece ser identificar el sentido con la significación. De nuevo nos vemos
remitidos al círculo, conducidos a la paradoja de Carroll, en la que la
significación no puede ejercer nunca su papel de último fundamento, y presupone
una designación irreductible. Pero hay quizás una razón muy general por la que
la significación fracasa, y el fundamento hace círculo con lo fundado. Cuando
definimos la significación como la condición de verdad, le damos un carácter
que le es común con el sentido, que es ya el del sentido. Pero ¿cómo asume la
significación este carácter, cómo lo usa? Al hablar de condición de verdad, nos
elevamos por encima de lo verdadero y lo falso ya que una proposición falsa
tiene un sentido o una significación. Pero, a la vez, definimos esta condición
superior sólo como la posibilidad para la proposición de ser verdadera7 . La
posibilidad para una proposición de ser verdadera no es sino la forma de
posibilidad de la proposición misma. Hay muchas formas de posibilidad de las
proposiciones: lógica, geométrica, algebraica, física, sintáctica...;
Aristóteles define la forma de posibilidad lógica por la relación de los
términos de la proposición con los «lugares» que conciernen al accidente, el
propio, el género o la definición; Kant inventa incluso dos nuevas formas de
posibilidad: la posibilidad trascendental y la posibilidad moral. Pero, de
cualquier modo como se defina la forma, es un extraño trámite que consiste en
elevarse de lo condicionado a la condición para concebir la condición como
simple posibilidad de lo condicionado. Es cierto que nos elevamos a un
fundamento, pero lo fundado sigue siendo lo que era, independientemente de la
operación que lo funda no afectado por ella: así la designación sigue siendo
exterior al orden que la condiciona, lo verdadero y lo falso permanecen
indiferentes al principio que no determina la posibilidad del uno si no es
dejándolo subsistir en su antigua relación con el otro. Hasta el punto de que
perpetuamente nos remitimos de lo condicionado a la condición, pero también de
la condición a lo condicionado. Para que la condición de verdad escape a este
defecto, debería disponer de un elemento propio distinto de la forma de lo
condicionado, debería tener algo incondicionado capaz de asegurar una génesis
real de la designación y de las otras dimensiones de la proposición: entonces
la condición de verdad se definiría, no ya como forma de posibilidad
conceptual, sino como materia o «estrato» ideal, es decir, no ya como
significación, sino como sentido. El sentido es la cuarta dimensión de la
proposición. Los estoicos la descubrieron con el acontecimiento: el sentido es
lo expresado de la proposición, este incorporal en la superficie de las cosas,
entidad compleja irreductible, acontecimiento puro que insiste o subsiste en la
proposición. Por segunda vez en el siglo XIV, se hizo este descubrimiento en la escuela de Ockham, por Gregorio de
Rimini y Nicolas de Autrecourt. Una tercera vez, a fines del XIX, por el gran
filósofo y lógico Meinong.8 Hay sin duda razones para estos momentos: hemos visto
que el descubrimiento estoico suponía una inversión del platonismo; del mismo
modo, la lógica ockhamiana reaccionaba contra el problema de los Universales; y
Meinong, contra la lógica hegeliana y su descendencia. La cuestión es la
siguiente: ¿hay algo, aliquid, que no se confunde ni con la proposición o los
términos de la proposición, ni con el objeto o estado de cosas que ésta
designa, ni con la vivencia, la representación o la actividad mental de quien
se expresa en la proposición, ni con los conceptos, o, incluso las esencias
significadas? El sentido, lo expresado de la proposición, sería entonces
irreductible a los estados de cosas individuales, y a las imágenes
particulares, y a las creencias personales, y a los conceptos universales y
generales. Los estoicos supieron decirlo: ni palabra, ni cuerpo, ni
representación sensible, ni representación racional9 . E incluso puede que el
sentido fuera «neutro», completamente indiferente tanto a lo particular como a
lo general, a lo singular como a lo universal, a lo personal y a lo impersonal.
Tendría una naturaleza completamente diferente. Pero ¿es preciso reconocer una
instancia tal, suplementaria; o debemos arreglárnoslas con las que ya tenemos,
la designación, la significación y la manifestación? En cada época se reanuda
la polémica (André de Neufchâteau y Pierre d'Ailly contra Rimini, Brentano y
Russell contra Meinong). Y es que, verdaderamente, el intento de hacer aparecer
esta cuarta dimensión es un poco como la caza del Snark de Lewis Carroll. Puede
que sea la caza misma, y el sentido sea el Snark. Es difícil contestar a
quienes quieren bastarse con palabras, cosas, imágenes e ideas. Porque ni
siquiera puede decirse del sentido que exista: ni en las cosas ni en el
espíritu, ni con una existencia física ni con una existencia mental. ¿Puede
decirse al menos que es útil, que hay que admitirlo en razón de su utilidad? Ni
siquiera, ya que está dotado de un esplendor ineficaz, impasible y estéril. Por
ello decimos que de hecho no puede ser inferido sino indirectamente, a partir
del círculo al que nos arrastran las dimensiones ordinarias de la proposición.
Solamente hendiendo el círculo, como se hace con el anillo de Moebius,
desplegándolo en su longitud, destorciéndolo, la dimensión del sentido aparece
por sí misma y en su irreductibilidad, pero también con su poder de génesis,
animando entonces un modelo interior a priori de la proposición.10 La lógica
del sentido está enteramente inspirada por el empirismo; pero precisamente sólo
el empirismo sabe superar las dimensiones experimentales de lo visible sin caer
en las Ideas, y acosar, invocar, y tal vez producir un fantasma en el límite de
una experiencia alargada; desplegada.
Aquí entramos al núcleo de la Lógica del sentido de
Deleuze, y creo que tu intuición sobre cómo articularlo con tu esquema de respiración
ontológica / Ahayu / sintransferencia toca un punto muy fértil: la
cuestión no es simplemente añadir un "cuarto elemento" a la tríada de
la proposición, sino comprender que el sentido es aquello que permite
que la tríada misma acontezca.
Voy paso a paso porque aquí Deleuze está haciendo una operación muy precisa.
1. Las tres dimensiones clásicas: indicado, manifestado, significado
Deleuze reconstruye tres dimensiones de la proposición:
1. Designación (lo indicado)
Es la relación entre la proposición y un estado de cosas.
Ejemplo:
"El árbol es verde"
La designación pregunta:
¿corresponde esto a algo real?
El criterio es:
verdadero / falso
Aquí tenemos el mundo como objeto.
Pero Deleuze muestra que esto no puede ser primero, porque para que algo sea
designado ya tiene que existir un sentido que permita que "árbol",
"verde" y "es" puedan funcionar.
La cosa no responde simplemente a su nombre.
Como dice Carroll:
"Dices un carro, luego un carro pasa por tu boca".
La designación presupone un campo previo.
2. Manifestación (lo expresado subjetivamente)
Aquí aparece el yo.
No:
"¿Qué es esto?"
sino:
"¿Quién lo dice?"
Es la dimensión del deseo, la creencia, la intención.
Descartes sería el gran ejemplo:
"Pienso, luego soy".
El Yo parece fundar el mundo.
Pero Deleuze descubre algo importante:
El Yo no es autónomo.
El Yo necesita significados previos.
Yo digo "yo", pero ese "yo" ya está sostenido por un
mundo, una identidad, un lenguaje.
Aquí aparece algo muy cercano a tu crítica de la madre que no reconoce la
diferencia del hijo:
El sujeto quiere apropiarse del acontecimiento diciendo:
"esto es mío",
"yo soy quien lo produce".
Pero el acontecimiento excede al sujeto.
3. Significación (el concepto)
Esta es la dimensión racional.
La proposición entra en un sistema de conceptos:
Si A y B, entonces C.
Aquí aparece la lógica.
Aquí aparece Hegel.
El concepto busca la mediación total.
El Espíritu subjetivo comprende las determinaciones y las integra.
Pero Deleuze descubre un problema:
La significación tampoco puede ser fundamento último.
¿Por qué?
Porque siempre necesita otra significación que garantice la anterior.
La tortuga de Carroll dice:
"Yo acepto tus premisas, pero necesito otra regla que me permita
aceptar la conclusión".
Y Aquiles responde:
"Entonces añadamos esa regla".
La tortuga:
"Pero ahora necesito otra regla para aceptar esa regla".
Y así infinitamente.
Es el problema de todo fundamento puramente racional.
La razón intenta fundarse a sí misma y genera una regresión infinita.
4. Entonces aparece el sentido
Aquí está el salto decisivo.
El sentido no es:
·
la cosa indicada,
·
el sujeto que habla,
·
el concepto pensado.
Es el acontecimiento que hace posible las tres dimensiones.
Deleuze dice:
El sentido es el "expresado" de la proposición.
No está dentro de la cosa.
No está dentro de la mente.
No está dentro del concepto.
Es un acontecimiento incorporal.
Ejemplo estoico:
"El árbol verdea".
No es solamente:
un árbol + color verde.
Hay algo que acontece:
verdear.
El verdear no es una cosa.
No es una propiedad fija.
Es un devenir.
El acontecimiento.
Aquí creo que tu formulación entra:
"La cuestión es como complementar la paradoja serial del acontecer con
la síntesis racional dialéctica del concepto."
Exactamente.
Porque el peligro sería quedar atrapados en uno de dos extremos:
Extremo 1:
El acontecimiento puro sin concepto.
Sería un devenir caótico.
Pura diferencia sin articulación.
Extremo 2:
El concepto puro sin acontecimiento.
Sería una estructura muerta.
Una identidad que captura.
La operación que buscas sería una tercera relación:
el acontecimiento que se expresa en el concepto sin ser agotado por
el concepto.
5. Aquí aparece tu "sintransferencia"
Voy a usar tu término porque describe bien el problema.
La transferencia ocurre cuando:
El concepto captura al acontecimiento.
Ejemplo:
"El hijo es simplemente la realización de mi idea de hijo".
La madre no ve al hijo.
Ve su concepto proyectado.
La diferencia desaparece.
En términos deleuzianos:
La representación vence al acontecimiento.
Pero la sintransferencia sería:
El concepto deja aparecer el acontecimiento sin apropiárselo.
El concepto se vuelve transparente al acontecimiento.
No lo posee.
Lo acompaña.
6. Aquí podemos conectar con Scheler
Ahora vuelve Scheler.
Su ordo amoris buscaba justamente algo parecido.
El amor no es una elección racional.
Es una apertura afectiva a un orden objetivo de valores.
El valor se revela.
Pero Scheler lo interpreta todavía dentro de una estructura fenomenológica:
Hay un sujeto afectivo que intuye valores objetivos.
Tu crítica sería:
Sí, Scheler descubre algo real:
el corazón tiene una apertura originaria.
Pero todavía mantiene una cierta separación:
sujeto que siente → valor que aparece.
La respiración ontológica iría un paso más:
No hay primero sujeto y luego valor.
Hay una comunión originaria.
El Ahayu sería el campo donde:
·
aparece el sujeto,
·
aparece el valor,
·
aparece el mundo.
No hay transferencia porque no hay dos polos separados inicialmente.
7. El paralelo con el Espíritu Santo
Aquí tu lectura trinitaria es interesante.
Si pensamos:
Padre:
origen.
Hijo:
concepto, Logos, forma.
Espíritu:
comunión viva.
Entonces el Espíritu no sería simplemente un tercer objeto.
Sería aquello que permite que:
Padre y Hijo sean relación.
Es decir:
No es una cosa más.
Es el acontecimiento de la relación.
Muy cercano al sentido deleuziano:
el sentido no es un elemento dentro de la proposición;
es aquello que permite que la proposición tenga lugar.
8. Entonces tu tercer orden podría formularse así
Primer orden:
Indicado
El mundo.
Los cuerpos.
Las mezclas.
Segundo orden:
Manifestado
El yo.
La experiencia.
La afectividad.
Tercer orden:
Significado
El concepto.
La síntesis.
Pero el cuarto elemento deleuziano sería:
Sentido / Acontecimiento
El campo donde los tres aparecen.
En tu lenguaje:
Sinsein → Ahayu → acontecimiento → concepto vivo
No sería:
acontecimiento versus concepto.
Sería:
el acontecimiento respirando dentro del concepto.
La dialéctica ya no sería una máquina que supera la contradicción.
Sería una respiración:
inhalación:
recoger la multiplicidad del acontecimiento.
exhalación:
darle forma conceptual.
Pero sin que la forma mate la diferencia.
Ahí aparece una diferencia profunda con Hegel:
Hegel busca que el concepto sea la verdad del movimiento.
Deleuze busca que el movimiento permanezca irreductible dentro del concepto.
Y tu propuesta parece buscar una tercera vía:
que el concepto sea una forma de comunión con el acontecimiento,
no su captura.
Ahí es donde la "afirmación de la afirmación" que has venido
desarrollando tendría un punto de contacto fuerte con Deleuze: no negar la
diferencia para alcanzar unidad, sino descubrir una unidad originaria capaz de
engendrar diferencias.
Perfecto gracias
Husserl denomina a esta dimensión última expresión: se
distingue de la designación, de la manifestación y dé la demostración.11 El
sentido es lo expresado. Husserl, no menos que Meinong, reencuentra las fuentes
vivas de una inspiración estoica. Cuando Husserl se interroga, por ejemplo, por
el «noema perceptivo» o «sentido de la percepción», lo distingue a la vez del
objeto físico, de la vivencia psicológica, de las representaciones mentales y
de los conceptos lógicos. Lo presenta como un impasible, un incorporal, sin
existencia física ni mental, que ni hace ni padece, puro resultado, pura
«apariencia»: el árbol real (lo designado) puede arder, ser sujeto y objeto de
acción, entrar en mezclas; pero no el noema de árbol. Hay muchos noemas o
sentidos para un mismo designado: lucero de la mañana y lucero de la tarde son
dos noemas, es decir, dos modos que tiene de presentarse un mismo designado en
unas expresiones. Pero cuando Husserl dice que el noema es lo percibido tal
como aparece en presencia, «lo percibido como tal» o la apariencia, no debemos
por ello entender que se trata de un dato sensible o de una cualidad, sino al
contrario de una unidad ideal objetiva como correlato intencional del acto de
percepción. Un noema cualquiera no está dado en una percepción (ni en un
recuerdo o en una imagen), tiene un estatuto completamente diferente que
consiste en no existir fuera de la proposición que lo expresa, proposición
perceptiva, de recuerdo o de representación. Del verde como color sensible o
cualidad, distinguimos el «verdear» como color noemático o atributo. El árbol
verdea, ¿no es acaso, finalmente, éste el sentido del color del árbol, y el
árbol arborifica, su sentido global? ¿Qué es el noema sino un acontecimiento
puro, el acontecimiento árbol (aunque Husserl no hable así por razones
terminológicas)? Y lo que se denomina apariencia, ¿qué es sino un efecto de
superficie? Entre los noemas de un mismo objeto, o incluso de objetos
diferentes, se elaboran lazos complejos, análogos a los que la dialéctica
estoica establece entre los acontecimientos. ¿Será la fenomenología esa ciencia
rigurosa de los efectos de superficie? Consideremos el estatuto complejo del
sentido o de lo expresado. Por una parte, no existe fuera de la proposición que
lo expresa. Lo expresado no existe fuera de su expresión. Por ello, no puede
decirse que el sentido exista, sino solamente que insiste o subsiste. Pero por
otra parte, no se confunde en absoluto con la proposición, tiene una
«objetividad» completamente distinta. Lo expresado no se parece en nada a la
expresión. El sentido se atribuye, pero no es en modo alguno atributo de la
proposición, es atributo de la cosa o del estado de cosas. El atributo de la
proposición es el predicado, por ejemplo un predicado cualitativo como verde.
Se atribuye al sujeto de la proposición. Pero el atributo de la cosa es el
verbo, verdear por ejemplo, o mejor el acontecimiento expresado por este verbo;
y se atribuye a la cosa designada por el sujeto, o al estado de cosas designado
por la proposición en su conjunto. Inversamente, este atributo lógico, a su
vez, no se confunde en ningún modo con el estado de cosas físico, ni con una
cualidad o relación de este estado. El atributo no es un ser, y no cualifica a
un ser; es un extra-ser. Verde designa una cualidad, una mezcla de cosas, una
mezcla de árbol y de aire donde la clorofila coexiste con todas las partes de
la hoja. Verdear, por el contrario, no es una cualidad en la cosa, sino un
atributo que se dice de la cosa, y que no existe fuera de la proposición que la
expresa al designar la cosa. Y de nuevo hemos regresado a nuestro punto de
partida: el sentido no existe fuera de la proposición... etcétera. Pero ahora
no se trata de un círculo. Es más bien la coexistencia de dos caras sin
espesor, de modo que se pasa de la una a la otra siguiendo su longitud. De modo
inseparable, el sentido es lo expresable o lo expresado de la proposición, y el
atributo del estado de cosas. Tiende una cara hacia las cosas, y otra hacia las
proposiciones. Pero no se confunde ni con la proposición que la expresa ni con
el estado de cosas o la cualidad que la proposición designa. Es exactamente la
frontera entre las proposiciones y las cosas. En este aliquid, a la vez
extra-ser e insistencia, este mínimo de ser que conviene a las insistencias.12 Es «acontecimiento» en
este sentido: la condición de no confundir el acontecimiento con su efectuación
espacio-temporal en un estado de cosas. Así pues, no hay que preguntar cuál es
el sentido de un acontecimiento: el acontecimiento es el sentido mismo. El
acontecimiento pertenece esencialmente al lenguaje, está en relación esencial
con el lenguaje; pero el lenguaje es lo que se dice de las cosas. Jean Gattegno
señaló claramente la diferencia entre los cuentos de Carroll y los cuentos de
hadas clásicos: en Carroll, todo lo que pasa, pasa en el lenguaje y pasa por el
lenguaje; «no nos cuenta una historia, nos dirige un discurso, un discurso en
varios trozos...».13 En este mundo plano del sentido-acontecimiento, o de lo
expresable-atributo, es en donde Lewis Carroll instala toda su obra. De ahí se
desprende la relación entre la obra fantástica firmada Carroll y la obra
matemático-lógica firmada Dodgson. Nos parece difícil afirmar, como se ha
hecho, que la obra fantástica presenta simplemente la recopilación de trampas y
dificultades en las que caemos cuando no observamos las reglas y las leyes
formuladas por la obra lógica. No sólo porque muchas de estas trampas subsisten
en la obra lógica misma; sino también porque nos parece que la distribución es
de otra clase. Es sorprendente constatar que toda la obra lógica concierne
directamente a la significación, las implicaciones y las conclusiones, y no
concierne al sentido más que indirectamente, precisamente por mediación de las
paradojas que la significación no resuelve, o que crea incluso. Por el
contrario, la obra fantástica concierne inmediatamente al sentido, y la remite
directamente la potencia de la paradoja. Lo que corresponde muy bien a los dos
estados del sentido, de hecho y de derecho, a posteriori y a priori, según si
se lo infiere indirectamente del círculo de la proposición, o si se hace
aparecer por sí mismo, desplegando el círculo a lo largo de la frontera entre
las proposiciones y las cosas.
Aquí Deleuze llega a un punto donde la conexión con lo que vienes
desarrollando se vuelve mucho más precisa. La clave está en que el
sentido no es una mediación entre sujeto y objeto, sino aquello que
aparece cuando la separación misma entre sujeto y objeto deja de ser
originaria.
Voy siguiendo el movimiento.
1. Husserl y el noema: ni cosa ni conciencia
Deleuze reconoce en Husserl algo profundamente estoico:
El noema no es:
·
el objeto físico,
·
la vivencia psicológica,
·
una imagen mental,
·
un concepto abstracto.
Es una cuarta dimensión.
Cuando percibo un árbol:
Nivel 1: objeto físico
El árbol real:
·
puede arder,
·
puede crecer,
·
puede ser cortado.
Es el cuerpo.
Nivel 2: vivencia subjetiva
Mi percepción del árbol:
·
mi sensación,
·
mi recuerdo,
·
mi experiencia.
Es el acto de conciencia.
Nivel 3: concepto
"Árbol" como categoría general.
Pero queda algo:
el árbol tal como aparece.
No como cosa física.
No como representación privada.
Sino como:
árbol-percibido-como-tal.
Ese es el noema.
Y Deleuze dice:
Esto es prácticamente el acontecimiento estoico.
2. La diferencia entre verde y verdear
Este punto es fundamental.
Dice Deleuze:
Verde designa una cualidad.
Pero:
Verdear es un acontecimiento.
Aquí está toda la lógica del sentido.
Porque si digo:
"El árbol es verde"
estoy capturando algo como propiedad.
Pero si digo:
"El árbol verdea"
aparece un devenir.
No es una cosa.
No es una propiedad.
Es un acontecer.
El árbol no tiene simplemente verde.
El árbol acontece en verde.
Aquí aparece una cercanía con tu idea de respiración:
La realidad no sería una suma de sustancias que luego entran en relación.
Sería un campo donde las relaciones mismas acontecen.
3. La paradoja del sentido: existe sin existir
Esta es la parte más difícil.
Deleuze dice:
El sentido no existe.
Pero tampoco es nada.
Por eso usa los términos estoicos:
·
insiste,
·
subsiste.
Tiene un mínimo de ser.
Es un extra-ser.
No es un ente.
Pero tampoco es ausencia.
Aquí aparece algo muy cercano al Sunyata de la tradición budista que has
trabajado:
El vacío no es una nada.
Es una apertura de aparición.
El sentido no es una cosa más en el mundo.
Es aquello gracias a lo cual un mundo puede aparecer.
4. La frontera: dos caras sin espesor
La imagen decisiva es esta:
El sentido tiene:
una cara hacia las cosas.
otra cara hacia las proposiciones.
Pero no pertenece completamente a ninguna.
Es frontera.
Como una superficie.
Aquí vuelve Carroll.
Todo ocurre en la superficie.
No hay que buscar debajo.
No hay un fondo escondido donde encontrar la verdad definitiva.
El acontecimiento está en el límite.
Esto es exactamente lo que Deleuze heredó de los estoicos:
la profundidad deja de ser el lugar de la verdad.
La verdad está en la superficie del acontecer.
5. Ahora conectemos con tu sintransferencia
Aquí creo que aparece una formulación más exacta.
La transferencia ocurre cuando una dimensión absorbe a las otras.
Ejemplos:
El realismo ingenuo:
La cosa absorbe el sentido.
"El árbol simplemente está ahí".
El idealismo:
La conciencia absorbe el sentido.
"El árbol es mi representación".
El racionalismo:
El concepto absorbe el sentido.
"El árbol es un caso de la categoría árbol".
Deleuze abre una cuarta dimensión:
El acontecimiento.
El sentido aparece antes de la división.
No hay primero:
sujeto → objeto → concepto.
Hay:
acontecimiento → diferenciación de sujeto, objeto y concepto.
6. Aquí aparece una diferencia importante con Hegel
Esto toca directamente tu pregunta anterior.
En Hegel:
El concepto alcanza la reconciliación porque supera la exterioridad del
acontecer.
El Espíritu reconoce que él mismo estaba operando en el devenir.
La historia es la manifestación del concepto.
Deleuze cambia la dirección:
No es que el acontecimiento sea un momento incompleto del concepto.
Es que el concepto debe permanecer abierto al acontecimiento.
El concepto no debe cerrar.
Debe devenir.
Por eso Deleuze habla de conceptos filosóficos como multiplicidades.
7. Tu Espíritu Santo y el sentido deleuziano
Aquí hay una comparación interesante.
Si usamos tu lectura trinitaria:
Padre:
la fuente originaria.
Hijo:
el Logos, la expresión.
Espíritu:
la comunión viva.
Entonces el Espíritu no sería simplemente "una tercera cosa".
Sería la relación misma.
La circulación.
El acontecimiento de la unidad.
En términos deleuzianos:
el sentido no es ni la cosa ni la palabra.
Es lo que acontece entre ambas.
No es una sustancia.
Es una relación viva.
8. El punto decisivo: "el acontecimiento es el sentido mismo"
Esta frase de Deleuze es probablemente la más importante:
"No hay que preguntar cuál es el sentido de un acontecimiento: el
acontecimiento es el sentido mismo."
Esto rompe una estructura antigua.
Normalmente pensamos:
Hay un hecho.
Después buscamos su significado.
Ejemplo:
"Algo ocurrió, ¿qué significa?"
Deleuze dice:
No.
El acontecer ya es sentido.
El significado no viene después.
El sentido acontece junto al acontecimiento.
9. Entonces la síntesis que buscas podría formularse así
La paradoja serial del acontecer:
multiplicidad, devenir, diferencia, superficie.
La síntesis racional dialéctica:
concepto, unidad, comprensión, Espíritu.
La cuarta dimensión deleuziana:
sentido como acontecimiento.
Y tu tercer orden:
sinsein / Ahayu / comunión originaria.
Podría expresarse:
[
\text{Sinsein}
\rightarrow
\text{Acontecimiento}
\rightarrow
\text{Sentido}
\rightarrow
\text{Concepto vivo}
]
No sería:
el concepto captura el acontecimiento.
Sería:
el acontecimiento engendra conceptos capaces de permanecer en comunión con
él.
Ahí la "afirmación de la afirmación" que vienes construyendo
encuentra un punto muy fuerte: no negar la diferencia para alcanzar identidad,
sino afirmar la fuente que permite que la diferencia aparezca.
La siguiente serie de Deleuze, la cuarta serie de las dualidades,
será especialmente importante porque allí comienza a mostrar cómo el sentido
produce una distribución entre acontecimiento, singularidad y sujeto,
y creo que ahí se puede cruzar directamente con tu idea del Espíritu subjetivo
hegeliano y la "sintransferencia".
Veamoslo (por favor mándame las formas en texto lineal sino
me aparece esto text{Sinsein}
\rightarrow
\text{Acontecimiento}
\rightarrow
\text{Sentido}
\rightarrow
\text{Concepto vivo} )
CUARTA SERIE DE LAS DUALIDADES La primera gran dualidad era
la de las causas y los efectos, de las cosas corporales y los acontecimientos
incorporales. Pero, en la medida en que los acontecimientos-efectos no existen
fuera de las proposiciones que los expresan, esta dualidad se prolonga en la de
las cosas y las proposiciones, los cuerpos y el lenguaje. De aquí la
alternativa que atraviesa toda la obra de Lewis Carroll: comer o hablar. En
Silvia y Bruno, la alternativa es «bits of things» o «bits of Shakespeare». En
la cena cortesana de Alicia, comer lo que se os presenta o ser presentado a lo
que se come. Comer, ser comido, es el modelo de la operación de los cuerpos, el
tipo de su mezcla en profundidad, su acción y pasión, su modo de coexistencia
del uno en el otro. Pero hablar es el movimiento de la superficie, de los
atributos ideales o de los acontecimientos incorporales. Nos preguntamos qué es
más grave, hablar de comida o comerse las palabras. En sus obsesiones
alimenticias, Alicia está atravesada por pesadillas relativas a absorber o ser
absorbida. Ella comprueba que los poemas que escucha tratan de peces
comestibles. Y si se habla de alimento, ¿cómo evitar hablar de él delante de
quien debe servir de alimento? De ahí las pifias de Alicia ante el ratón. ¿Cómo
no comer el pudding que se nos ha presentado? Además, las palabras de los
recitados llegan de través, como atraídas por la profundidad de los cuerpos,
con alucinaciones verbales, como las que se presentan en aquellas enfermedades
en las que los trastornos de lenguaje se acompañan de comportamientos orales
desenfrenados (llevárselo todo a la boca, comer cualquier objeto, rechinar los
dientes). «Estoy segura de que ésas no son verdaderas palabras», dice Alicia
resumiendo el destino de aquel que habla de alimento. Pero comerse las palabras
es justamente lo contrario: se eleva la operación de los cuerpos a la
superficie del lenguaje, se hacen subir los cuerpos destituyéndolos de su
antigua profundidad, aun a riesgo de perder todo el lenguaje en este desafío.
Esta vez los trastornos son de superficie, laterales, extendidos de derecha a
izquierda. El tartamudeo ha sustituido a la pifia, los fantasmas de la
superficie han sustituido a la alucinación de las profundidades, los sueños de
deslizamiento acelerado sustituyen a las pesadillas de hundimiento y absorción
difíciles. De este modo, la niña ideal, incorporal y anoréxica, el niño ideal,
tartamudo y zurdo, deben desprenderse de sus imágenes reales, voraces, glotonas
y torpes. Pero esta segunda dualidad, cuerpo-lenguaje, comer-hablar, no es
suficiente. Hemos visto que, aunque el sentido no existía fuera de la
proposición que lo expresa, sin embargo era atributo de los estados de cosas y
no de la proposición. El acontecimiento subsiste en el lenguaje, pero
sobreviene a las cosas. Las cosas y las proposiciones están menos en una
dualidad radical que a uno y otro lado de una frontera representada por el
sentido. Esta frontera no los mezcla, no los reúne (no hay monismo ni
dualismo), es más bien como la articulación de su diferencia: cuerpo/lenguaje.
Según la comparación del acontecimiento con un vapor en la pradera, este vapor
se eleva precisamente en la frontera, en la bisagra de las cosas y las
proposiciones. Hasta el punto de que la dualidad se refleja de los dos lados,
en cada uno de los dos términos. Del lado de la cosa, están por una parte las
cualidades físicas y relaciones reales, constitutivas del estado de cosas; por
otra parte, los atributos lógicos ideales que señalan los acontecimientos
incorporales Y, del lado de la
proposición, están por una parte los nombres y adjetivos que designan el estado
de cosas; por la otra, los verbos que expresan los acontecimientos o atributos
lógicos. Por una parte, los nombres propios singulares, los sustantivos y
adjetivos generales que señalan medidas, paradas, descensos, presencias; por
otra parte, los verbos que arrastran con ellos al devenir y su tren de
acontecimientos reversibles, y cuyo presente se divide hasta el infinito en
pasado y futuro. Humpty Dumpty distingue con fuerza las dos clases dé palabras:
«Algunas tienen carácter, especialmente los verbos: son los más orgullosos. Con
los adjetivos puede hacerse lo que se quiere, pero no con los verbos. Y sin
embargo, ¡yo puedo utilizarlos todos a mi gusto! ¡Impenetrabilidad! Esto es lo
que digo.» Y cuando Humpty Dumpty explica la insólita palabra
«impenetrabilidad», da una razón demasiado modesta («quiero decir que ya hemos
hablado bastante de este tema»). De hecho, impenetrabilidad quiere decir otra
cosa muy distinta. Humpty Dumpty opone la impasibilidad de los acontecimientos
a las acciones y pasiones de los cuerpos, la inconsumibilidad del sentido a la
comestibilidad de las cosas, la impenetrabilidad de los incorporales sin
espesor a las mezclas y penetraciones recíprocas de las sustancias, la
resistencia de la superficie a la molicie de las profundidades, en una palabra,
el «orgullo» de los verbos a las complacencias-de sustantivos y adjetivos. E
impenetrabilidad quiere decir también la frontera entre los dos; y que quien
está sentado en la frontera, como Humpty Dumpty está sentado sobre su estrecha
pared, dispone de ambos, amo impenetrable de la articulación de su diferencia
(«sin embargo, yo puedo utilizarlos a todos a mi gusto»). Pero todavía no es
suficiente. La última palabra de la dualidad no está en este regreso a la
hipótesis del Cratilo. La dualidad en la proposición no se da entre dos clases
de nombres, nombres de parada y nombres de devenir, nombres de sustancias o de
cualidades y nombres de acontecimientos, sino entre dos dimensiones de la
proposición misma: la designación y la expresión, la designación de cosas y la
expresión de sentido. Hay aquí como dos lados del espejo, pero lo que está a un
lado no se parece a lo que está del otro («todo el resto era lo más diferente
posible...»). Pasar al otro lado del espejo es pasar de la relación de
designación a la relación de expresión: sin detenerse en los intermediarios,
manifestación y significación. Es llegar a una región en la que el lenguaje ya
no tiene relación con unos designados, sino solamente con unos expresados, es
decir, con el sentido. Este es el último desplazamiento de la dualidad: pasa
ahora al interior de la proposición. El ratón cuenta que, cuando los señores
planearon ofrecer la corona a Guillermo el Conquistador, «el arzobispo encontró
esto razonable». El pato pregunta: «¿Encontró qué?» - Encontró esto -replicó el
ratón muy irritado-, usted sabe perfectamente lo que esto quiere decir» - «Por
supuesto que sé lo que esto quiere decir cuando encuentro algo -dijo el pato-;
generalmente, es una rana o un gusano. La pregunta es: ¿qué encontró el
arzobispo?» Es evidente que el pato emplea y entiende esto como un término de
designación para todas las cosas, estados de cosas y cualidades posibles
(indicador). Añade incluso que lo designado es esencialmente lo que se come o
se puede comer. Cualquier designable o designado es en principio consumible,
penetrable; Alicia señala por otra parte que no puede «imaginar» sino
alimentos. Pero el ratón empleaba esto de un modo completamente diferente: como
el sentido de una proposición previa, como el acontecimiento expresado por la
proposición (ir a ofrecer la corona a Guillermo). El equívoco a propósito de
esto se distribuye, pues, según la dualidad de la designación y la expresión.
Las dos dimensiones de la proposición se organizan en dos series que no
convergen sino en el infinito, en un término tan ambiguo como esto, ya que se
encuentran solamente en la frontera que no cesan de costear. Y una de las
series recoge a su modo «comer»,
mientras que la otra extrae la esencia de «hablar». Por ello, en muchos poemas
de Carroll se asiste al desarrollo autónomo de dos dimensiones simultáneas,
remitiendo la una a unos objetos designados siempre consumibles o recipientes
de consumo, y la otra a sentidos siempre expresables, o por lo menos a objetos
portadores de lenguaje y de sentido, convergiendo las dos dimensiones tan sólo
en una palabra esotérica, en un aliquid no identificable. Como el estribillo
del Snark: «Puedes acosarlo con dedales, y también acosarlo con cuidado. Puedes
cazarlo con tenedores y esperanza»; donde el dedal y el tenedor se remiten a
instrumentos designados, pero la esperanza y el cuidado a consideraciones de
sentido y acontecimientos (el sentido se presenta a menudo, en Lewis Carroll,
como aquello con lo que hay que «tener cuidado», el objeto de un «cuidado»
fundamental). La palabra extraña, el Snark, es la frontera perpetuamente
costeada, a la vez que trazada por las dos series. Más típica todavía, la
admirable canción del jardinero en Silvia y Bruno. Cada estrofa pone en juego
dos términos de género muy diferente, que se ofrecen a dos miradas distintas:
«Pensaba que veía... Miró de nuevo y se dio cuenta de que era...» El conjunto
de estrofas desarrolla así dos series heterogéneas, hecha la una de animales,
seres u objetos consumidores o consumibles, descritos según sus cualidades
físicas, sensibles y sonoras, y la otra hecha de objetos o personajes
eminentemente simbólicos, definidos por atributos lógicos o, a veces, apelaciones
de parentesco, y portadores de acontecimientos, de noticias, mensajes o
sentidos. En la conclusión de cada estrofa, el jardinero traza un camino
melancólico, bordeado a un lado y otro por las dos series; pues esta canción,
sepámoslo, es su propia historia. «Creía ver un elefante, un elefante que
tocaba el pífano; mirando mejor, vio que era una carta de su esposa. De esta
vida, finalmente, dijo, siento la amargura... Creía ver un albatros
revoloteando en torno a la lámpara; mirando mejor, vio que era un sello de diez
céntimos. Debería volver a casa, dijo, las noches son muy húmedas... Creía ver
un silogismo demostrando que él era Papa; mirando mejor, vio que era un pedazo
de jabón de mármol. ¡Dios mío, dijo, un hecho tan funesto consuene toda esperanza!»
Perfecto.
Voy a mantener la forma lineal como pides:
Sinsein →
Acontecimiento → Sentido → Concepto vivo
(no
usando la notación matemática porque a veces tu interfaz la interpreta mal).
Esta
cuarta serie es fundamental porque Deleuze empieza a mostrar cómo se
articula la diferencia sin reducirla. Aquí aparece una palabra clave para
tu búsqueda: la frontera.
No
estamos ante una síntesis que elimina la dualidad, sino ante una articulación
donde la dualidad nace de una profundidad anterior.
1. Primera dualidad: cuerpos y acontecimientos
Deleuze
comienza recordando la primera separación estoica:
Cuerpos →
mezclas, acciones, pasiones.
Acontecimientos
→ efectos incorporales.
Ejemplo:
Un
cuchillo corta una carne.
Del lado
corporal tenemos:
- cuchillo,
- carne,
- movimiento,
- herida física.
Pero
aparece algo más:
"ser
cortado".
Eso no es
un cuerpo.
No es una
propiedad física.
Es un
acontecimiento.
El cuerpo
recibe la acción.
El
acontecimiento expresa el sentido de esa acción.
Entonces:
El cuerpo
hace.
El
acontecimiento acontece.
2. Segunda dualidad: cuerpo y lenguaje
Aquí
aparece Carroll:
Comer o
hablar.
Esta
oposición parece extraña, pero es muy profunda.
Comer
pertenece al orden corporal:
- absorber,
- penetrar,
- mezclar,
- incorporar.
Es la
lógica de la profundidad.
Un cuerpo
entra en otro cuerpo.
Ejemplo:
La comida
entra en mí.
Yo
absorbo algo externo.
Hay una relación
de posesión.
Hablar
pertenece al orden de la superficie:
La
palabra no absorbe la cosa.
La
palabra deja aparecer un acontecimiento.
Cuando
digo:
"El
árbol verdea"
no estoy
metiendo el árbol dentro de mi boca.
Estoy
dejando aparecer un devenir.
Aquí está
la crítica de Deleuze a la representación:
La
representación quiere comer el mundo.
Quiere
convertir el acontecimiento en objeto.
Pero el
lenguaje verdadero no devora.
Deja
pasar.
3. La anorexia ideal de la niña
Esta
parte de Carroll es simbólica.
La niña
ideal no quiere comer.
¿Por qué?
Porque
comer significa volver al régimen de los cuerpos.
La niña
deleuziana descubre otra dimensión:
La
superficie.
No quiere
poseer las cosas.
Quiere
deslizarse entre ellas.
Esto
conecta mucho con tu idea de:
"sintransferencia".
Porque
transferir sería:
absorber
el otro dentro de mi esquema.
Sintransferencia
sería:
dejar que
el otro permanezca otro.
4. Pero Deleuze introduce una precisión importante
Dice:
No basta
con decir:
Cuerpo
versus lenguaje.
Porque el
sentido no pertenece solamente al lenguaje.
Aquí está
el punto más delicado.
El
acontecimiento:
- está en el lenguaje,
- pero sucede en las cosas.
Ejemplo:
"El
árbol verdea".
El
verdear aparece en la proposición.
Pero no
es una propiedad de la proposición.
Es un
acontecimiento del árbol.
Por eso
el sentido es frontera.
5. La frontera no es mezcla
Esto es
muy importante.
Deleuze
dice:
La
frontera no reúne.
No es un
monismo.
Pero
tampoco es un dualismo.
Es
articulación.
No:
cuerpo +
lenguaje = una cosa superior.
Tampoco:
cuerpo
separado del lenguaje.
Sino:
cuerpo/lenguaje.
La barra
no separa.
La barra
muestra una relación.
Como tu
respiración:
inhalación/exhalación.
No son
dos actos aislados.
Son una
sola respiración diferenciada.
6. Ahora las dos caras de cada lado
Deleuze
hace algo muy fino.
La
dualidad se duplica.
Del lado
de la cosa:
Hay:
- Cualidades físicas.
Ejemplo:
el árbol
es verde.
- Atributos ideales.
Ejemplo:
el árbol
verdea.
Del lado
de la proposición:
Hay:
- Sustantivos y adjetivos.
Nombran
estados.
"árbol",
"verde".
- Verbos.
Expresan
acontecimientos.
"verdear".
Entonces:
Cosa:
verde / verdear
Lenguaje:
verde / verdear
La
frontera atraviesa ambos.
7. Humpty Dumpty y el orgullo del verbo
Aquí
Deleuze rescata algo muy interesante.
Humpty
Dumpty dice:
Los verbos
tienen carácter.
¿Por qué?
Porque el
verbo no está quieto.
El
sustantivo fija.
El verbo
abre.
El
sustantivo dice:
"esto
es".
El verbo
dice:
"esto
acontece".
El
sustantivo busca identidad.
El verbo
introduce devenir.
Aquí está
la diferencia:
Ser:
árbol.
Acontecer:
arborificar.
8. El último desplazamiento: la dualidad está
dentro de la proposición
Este es
el paso decisivo.
La
dualidad ya no es:
cuerpo
versus lenguaje.
Ahora
está dentro de la frase misma:
Designación
versus expresión.
Ejemplo:
"Esto".
El pato
entiende "esto" como algo designable.
Algo que
puede señalarse.
Algo que
puede comerse.
El ratón
entiende "esto" como sentido.
Como
acontecimiento expresado.
Misma
palabra.
Dos
mundos.
Aquí
aparece una estructura:
La serie
del comer:
Esto =
cosa.
Esto =
objeto.
Esto =
algo consumible.
La serie
del hablar:
Esto =
acontecimiento.
Esto =
sentido.
Esto =
algo expresable.
Las dos
series se encuentran en un punto imposible:
El Snark.
9. Aquí aparece una conexión con tu Ahayu
Creo que
podemos formularlo así:
El
problema clásico:
Sujeto →
palabra → objeto.
El
problema deleuziano:
Cosa ↔
proposición.
Pero
aparece el sentido:
Cosa →
Acontecimiento → Sentido → Expresión.
Y en tu
lenguaje:
Sinsein →
Acontecimiento → Ahayu → Concepto vivo.
El
Sinsein sería ese campo indiferenciado donde todavía no hay:
ni
sujeto,
ni objeto,
ni concepto.
De ahí
emerge la diferencia.
10. La relación con Hegel
Aquí
aparece una diferencia enorme.
Hegel
diría:
La
contradicción se supera en una unidad superior.
La
diferencia vuelve al concepto.
Deleuze
diría:
La
diferencia no vuelve.
Permanece
como potencia del concepto.
Pero tu
propuesta parece intentar una tercera operación:
El
concepto no elimina la diferencia.
El
concepto respira la diferencia.
Entonces:
No sería:
Diferencia
→ negación → síntesis.
Sino:
Comunión
originaria → diferenciación → concepto vivo.
Creo que
la frase clave para tu sistema sería:
El
sentido no es la unión de cuerpo y lenguaje; es el acontecimiento que permite
que cuerpo y lenguaje se diferencien sin separarse.
Y aquí
Deleuze está muy cerca de tu intuición del Espíritu como comunión: no como un
tercer objeto, sino como aquello que hace posible la relación misma.
La
siguiente serie (quinta serie de las significaciones) va a ser todavía más importante
porque Deleuze entra en la cuestión de las singularidades, los puntos
brillantes y la génesis del sentido, donde se puede conectar mucho más
directamente con tu idea del "indiferente originario" y la emergencia
de lo diferenciado.
Recordar que pensado desde Deleuze en nosotros también hay
dos series
La retraferencias donde se desmonta toda captura de la
mediación y la transferencia donde se captura. La sintransferencia es el
circular de ambas.
Y recordemos el acontecer con su paradoja serial está en el resein como una mediación que desmonta
la captura de la mediación develando los múltiples sentidos paradojales
QUINTA SERIE DEL SENTIDO Ya que el sentido nunca está
solamente en uno de los dos términos de una dualidad que opone las cosas y las
proposiciones, los sustantivos y los verbos, las designaciones y las
expresiones, ya que es también la frontera, el filo o la articulación de la
diferencia entre los dos, ya que dispone de una impenetrabilidad que le es
propia y en la que se refleja, debe desarrollarse en sí mismo en una serie de
paradojas, esta vez interiores. Paradoja de la regresión, o de la proliferación
indefinida. Cuando designo algo, siempre supongo que el sentido está
comprendido, que está ya ahí. Como dice Bergson, no se va de los sonidos a las
imágenes, y de las imágenes al sentido: uno se instala «de golpe» en el
sentido. El sentido es como la esfera en la que ya estoy instalado para operar
las designaciones posibles, e incluso para pensar sus condiciones. El sentido
está siempre presupuesto desde el momento en que yo empiezo a hablar; no podría
empezar sin este presupuesto. En otras palabras, nunca digo el sentido de lo
que digo. Pero, en cambio, puedo siempre tomar el sentido de lo que digo como
el objeto de otra proposición de la que, a su vez, no digo el sentido. Entro
entonces en la regresión infinita del presupuesto. Esta regresión atestigua a
la vez la mayor impotencia de aquel que habla, y la más alta potencia del
lenguaje: mi impotencia para decir el sentido de lo que digo, para decir a la
vez algo y su sentido, pero también el poder infinito del lenguaje de hablar
sobre las palabras. En resumen: dada una proposición que designa un estado de
cosas, siempre puede tomarse su sentido como lo designado de otra proposición.
Si convenimos en considerar la proposición como un nombre, sucede que todo
nombre que designa un objeto puede convertirse a su vez en objeto de un nuevo
nombre que designe su sentido: dado n1 remite a n2 que designa el sentido de
n1, n2 a n3, etc. Para cada uno de estos nombres, el lenguaje debe contener un
nombre para el sentido de este nombre. Esta proliferación infinita de entidades
verbales es conocida como paradoja de Frege.1 Pero también es la paradoja de
Lewis Carroll. Aparece rigurosamente al otro lado del espejo, en el encuentro
de Alicia con el caballero. El caballero anuncia el título de la canción que va
a cantar: «El nombre que le dan es Ojos de Besugo.» - «Ah, ¿es ése el nombre de
la canción?» -dijo Alicia. - «No, no lo entiendes -dijo el caballero-. Ese es
el nombre que le dan. Pero su nombre, en realidad, es El hombre viejo viejo.» -
«Entonces yo debería haber dicho: "Así es como se llama la canción"
-se autocorrigió Alicia. - « ¡No; eso ya es otra cosa! La canción se llama Vías
y medios: pero esto es sólo cómo se llama, no la canción en sí misma, ¿lo ves?»
- «Bien, ¿cuál es entonces la canción?» - «A eso iba -concluyó el caballero- la
canción es propiamente Sentado en una cerca.» Este texto, que hemos traducido
torpemente para ser fieles a la terminología de Carroll, distingue una serie de
entidades nominales. No sigue una regresión infinita sino, precisamente para
limitarse, procede según una progresión convencionalmente finita. Así pues,
debemos partir del final, restableciendo su regresión natural. 1°) Carroll
dice: la canción es en realidad «Sentado
en una cerca». Porque la canción misma es una proposición, un nombre (n1).
«Sentado en una cerca» es este nombre, este nombre que es la canción, y que
aparece ya en la primera estrofa. 2°) Pero no es el nombre de la canción:
puesto que ella misma es un nombre, la canción se designa mediante otro nombre.
Este segundo nombre (n2), es «Vías y medios», que forma el tema de las 2.ª,
3.ª, 4.ª y 5.ª estrofas. «Vías y medios» es, pues, el nombre que designa a la
canción o lo que la canción es llamada. 3°) Pero el nombre real, añade Carroll,
es «El hombre viejo viejo», que en efecto aparece en el conjunto de la canción.
Porque el nombre designador tiene a su vez un sentido que forma un nuevo nombre
(n3). 4°) Pero este tercer nombre debe ser designado a su vez por un cuarto. Es
decir: el sentido de n2, o sea n3, debe ser designado por n4. Este cuarto
nombre, es lo que el nombre de la canción se llama: «Ojos de besugo», que
aparece en la 6ª estrofa. Hay pues cuatro nombres en la clasificación de
Carroll: el nombre como realidad de la canción; el nombre que designa esta
realidad, que designa pues la canción, o que representa lo que se llama la
canción; el sentido de este nombre, que forma un nuevo nombre o una nueva realidad;
el nombre que designa esta nueva realidad, que designa pues el sentido del
nombre de la canción, o que representa lo que se llama el nombre de la canción.
Hemos de hacer varias observaciones: en primer lugar, Lewis Carroll se ha
limitado voluntariamente, dado que ni siquiera tiene en cuenta cada estrofa en
particular, y puesto que su presentación progresiva de la serie le permite un
punto de partida arbitrario, «Ojos de besugo». Pero es obvio que la serie,
tomada en su sentido regresivo, puede prolongar hasta el infinito la
alternancia de un nombre real y de un nombre que designa esta realidad. Se
observará por otra parte que la serie de Carroll es mucho más compleja que la
que indicábamos hace un momento. Anteriormente, en efecto, sólo se trataba de
lo siguiente: un nombre que designa algo remite a otro nombre que designa su
sentido, hasta el infinito. En la clasificación de Carroll, esta situación
precisa está representada sólo por n2 y n4: n4 es el nombre que designa el
sentido de n2. Ahora bien, Lewis Carroll añade otros dos nombres: el primero,
porque trata la cosa primitiva designada como siendo ella misma un nombre (la
canción); el tercero porque trata el sentido del nombre designado como siendo
él mismo un nombre, independientemente del nombre que a su vez va a designarlo.
Lewis Carroll forma pues la regresión con cuatro entidades nominales que se
desplazan hasta el infinito. Es decir: descompone cada pareja, fija cada
pareja, para sacar de ella una pareja suplementaria. Más adelante veremos por
qué. Pero podemos contentarnos con una regresión de dos términos alternantes:
el nombre que designa algo y el nombre que designa el sentido de este primer
nombre. Esta regresión de dos términos es la condición mínima de la
proliferación indefinida. Esta expresión más simple aparece en un texto de
Alicia, en el que la Duquesa encuentra siempre la moral, la moraleja que hay
que sacar de todas las cosas. Al menos de cualquier cosa que sea una
proposición. Porque, cuando Alicia no habla, la Duquesa se queda sin recursos:
«Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de hablar. Ahora
mismo podría decirte cuál es la moraleja.» Pero, en cuanto Alicia habla, la
Duquesa encuentra las moralejas: «El juego marcha mejor ahora, ¿no?», dice
Alicia. «Así es -dijo la duquesa y la moraleja de eso es: "¡Ah, el amor,
el amor, pone en marcha el mundo!"» - «Alguien dijo -susurró Alicia-
"¡que marcharía mucho mejor si cada cual se ocupara de sus propios
asuntos!"» - «¡Ah, bueno! Viene a ser lo mismo -dijo la Duquesa..., y la
moraleja de esto es: "Tú cuida el sentido, y los sonidos ya cuidarán de sí
mismos."» No se trata de asociaciones de ideas, de una frase a otra, es
todo este pasaje: la moraleja de cada proposición consiste en otra proposición
que designa el sentido de la primera.
Hacer del sentido el objeto de una nueva proposición, esto es, «tener cuidado
del sentido», en condiciones tales que las proposiciones proliferan, «los
sonidos se cuidan de sí mismos». Se confirma así la posibilidad de un vínculo
profundo entre la lógica del sentido, la ética y la moral o la moralidad.
Sí, aquí
entramos en un punto decisivo de Deleuze porque la quinta serie del sentido
permite articular exactamente la tensión que vienes desarrollando entre acontecimiento,
mediación, captura y sintransferencia. Voy a seguir tu línea, pero
manteniendo la arquitectura deleuziana.
Primero
una aclaración de lenguaje para que no se pierda la operación:
Sinsein →
Acontecimiento → Sentido → Concepto vivo
No como
una cadena causal, sino como una despliegue de una misma superficie de
acontecimiento.
El
Sinsein sería ese campo indiferenciado originario donde todavía no hay
sujeto/objeto, interior/exterior, cuerpo/lenguaje. El acontecimiento es la
primera diferenciación paradójica: no una cosa que ocurre, sino el
"ocurrir" mismo. El sentido es aquello que permite que el
acontecimiento pueda expresarse sin agotarse en su efectuación. Y el concepto
vivo sería la captura creadora del acontecimiento en una forma racional que no
lo clausura.
Ahí
aparece la diferencia entre una captura y una sintransferencia.
La
captura dice:
Acontecimiento
→ concepto → identidad fija.
La
sintransferencia sería:
Acontecimiento
↔ sentido ↔ concepto vivo ↔ nuevo acontecimiento.
Es decir,
el concepto no domina el acontecimiento, sino que permanece respirando con él.
Ahora
entremos en la quinta serie.
Deleuze
dice algo impresionante:
El
sentido nunca está en un lado.
No está
solamente en:
- la cosa,
- la proposición,
- el sujeto,
- el concepto.
Está en
el entre.
La
fórmula sería:
Cosa ↔
Sentido ↔ Proposición
Pero el
sentido no es un puente que une dos orillas ya hechas. Es la frontera misma
donde ambas orillas aparecen.
Por eso
dice:
el
sentido es la articulación de la diferencia.
Aquí tu
idea del resein como mediación que desmonta la captura entra con mucha fuerza.
Porque la
mediación tradicional quiere ser un tercer término que resuelve:
A + B → C
Pero el
acontecimiento deleuziano hace otra cosa:
A ↔
acontecimiento ↔ B
El
acontecimiento no resuelve la diferencia; la mantiene viva.
Ahora la
paradoja de la regresión infinita.
Deleuze
toma el problema:
"¿Cuál
es el sentido de lo que digo?"
Si
respondo:
"El
sentido de esta frase es X"
entonces
X se convierte en una nueva proposición cuyo sentido también puede ser
preguntado.
Ejemplo:
Digo:
"El
árbol verdea."
¿Cuál es
el sentido?
"Que
el árbol adquiere verdor."
¿Cuál es
el sentido de eso?
"Que
existe un proceso vital..."
Y así
infinitamente.
La lógica
tradicional ve aquí un problema.
Deleuze
ve una revelación:
El
sentido nunca puede ser totalmente capturado.
Porque si
lo capturo, ya produjo otro sentido.
Ahí
aparece tu idea:
La
retraferencia desmonta la captura.
Porque
toda captura del sentido genera un nuevo pliegue que vuelve sobre ella.
La
transferencia intenta decir:
"Este
es el significado final."
La
retraferencia responde:
"Pero
ese significado también tiene un sentido."
Y la
sintransferencia es el movimiento infinito entre ambas.
Esto
conecta directamente con Carroll.
El
caballero dice:
La
canción se llama:
"Sentado
en una cerca."
Pero ese
no es su nombre.
El nombre
es:
"Vías
y medios."
Pero ese
tampoco es el nombre real.
El nombre
real es:
"El
hombre viejo viejo."
Pero
todavía hay otro nombre:
"Ojos
de besugo."
Entonces
tenemos:
Canción
↓
Nombre de la canción
↓
Sentido del nombre
↓
Nombre del sentido
↓
Sentido del nombre del sentido...
La
estructura nunca termina.
Pero aquí
está lo importante:
No es una
falla del lenguaje.
Es la
potencia del lenguaje.
El
lenguaje no falla porque no puede llegar al sentido.
El
lenguaje es grande precisamente porque el sentido siempre excede.
Ahora lo
conectamos con Hegel.
Hegel
intenta resolver esta proliferación mediante el concepto.
La
dialéctica dice:
El
concepto recoge la contradicción y la eleva.
Pero
Deleuze pregunta:
¿El
concepto conserva realmente el acontecimiento o lo neutraliza?
Aquí tu
planteamiento del "concepto vivo" es interesante.
Porque no
sería un concepto hegeliano cerrado, sino algo más cercano a:
Concepto
= acontecimiento pensado.
No:
Acontecimiento
→ concepto muerto.
Sino:
Acontecimiento
→ sentido → concepto → nuevo acontecimiento.
La
diferencia es fundamental.
Ahora la
relación con Scheler.
Tu
propuesta:
"El
orden del amor se realiza en un tercer orden cuando hay sintransferencia entre
concepto y acontecimiento."
Es una
lectura muy potente porque Scheler habla de que el amor no es simplemente un
sentimiento, sino un acto de apertura que revela valores.
Deleuze
podría decir:
El amor
es precisamente la capacidad de dejar aparecer el acontecimiento sin reducirlo.
Porque
amar algo no es capturarlo.
La
captura dice:
"Te
conozco, eres esto."
El amor
dice:
"Te
descubro continuamente."
Entonces:
Orden de
captura:
Objeto →
representación → posesión.
Orden del
amor:
Acontecimiento
→ sentido → revelación.
Y aquí
entra el Espíritu Santo en tu esquema.
Si
seguimos tu lectura trinitaria:
Padre:
la fuente indiferenciada.
Hijo:
el Logos, la expresión, el concepto.
Espíritu:
la comunión viva entre fuente y expresión.
Entonces
el Espíritu no sería simplemente "algo que procede".
Sería el
acontecimiento mismo de la no separación.
La
fórmula sería:
Padre
(Sinsein)
↓
Hijo (Sentido/Logos)
↓
Espíritu (Comunión dinámica)
Pero el Espíritu
vuelve circular la relación:
Sinsein ↔
Logos ↔ Comunión.
Esto se
parece mucho al problema deleuziano:
¿Cómo
puede existir diferencia sin separación?
La
respuesta sería:
Por el
acontecimiento.
Por eso
la quinta serie es central para tu sistema.
Porque
aquí aparece que el sentido es:
- no una cosa,
- no una idea,
- no una representación,
- no una identidad.
Es una
insistencia.
Una
presencia que nunca está totalmente presente.
Y aquí se
conecta con Nishida y el campo de la nada absoluta:
El
sentido sería algo parecido a una determinación que emerge del vacío sin
convertirse en cosa.
Vacío →
acontecimiento → expresión.
No es
nihilismo.
Es
productividad de la indeterminación.
Entonces
podríamos formular tu relación Deleuze-Ahayu así:
Sinsein:
campo originario indiferenciado.
Resein:
mediación que revela la diferencia.
Acontecimiento:
ruptura de la captura.
Sentido:
superficie donde lo diferente puede comunicarse.
Sintransferencia:
movimiento donde ninguna forma captura definitivamente al acontecimiento.
Concepto
vivo:
forma racional que mantiene abierto el devenir.
En una
línea:
Sinsein →
Acontecimiento → Sentido → Concepto vivo → nuevo acontecer.
No es una
progresión hacia una identidad final.
Es una
respiración.
Y ahí
Deleuze empieza a tocar exactamente el punto que vienes trabajando: una
ontología donde la mediación no desaparece, pero tampoco se convierte en
prisión.
Excelente ahora si podemos mediar cin nuestro ahayu entre la paradoja serial del sentido y los
juicios en Hegel
Para entrar a al juicio en Hegel recomendamos este video
https://www.youtube.com/watch?v=PpvvWbdplWo&t=4323s
L JUICIOes
ladeterminacióndel
concepto,puestaen
elconceptomismo.
Las
determinaciones del concepto, o sea —lo que es lo mismo, como se ha
mostrado—,
losconceptosdeterminados,
han sido ya considerados por sí; pero
esta
consideración era más bien una reflexión subjetiva o sea una abstracción
subjetiva.
Sin embargo el concepto es él mismo este abstraer; el ponerse una
frente
a la otra sus determinaciones constituyen su propio determinarse. eljuicio
representa
este poner los conceptos determinados por medio del concepto
mismo.
Por lo tanto el juez es unaotrafunción que
el concebir, o más bien es
laotrafunción
propia del concepto, al ser eldeterminarsedel
concepto por
medio
de sí mismo; y el ulterior progresar del juicio en la diversidad de los
juicios
es esta determinación progresiva del concepto. ¿Cuáles son los conceptos?
determinados
queexisten,y
cómo estas determinaciones del mismo concepto
resultan necesarios, es lo que
tiene que mostrarse en el juicio.
Por
consiguiente el juicio puede llamarse la primerarealizacióndel
concepto,
puesto
que la realidad designa en general la entrada en laexistenciacomo
un ser
determinado,La
naturaleza de esta realización ha resultado más exactamente tal,
queen
primer lugarlos
momentos del concepto son, por su reflexión en sí, o por
su
individualidad; totalidades independientes; pero,en segundo
lugar,la
unidad
del
concepto existe comorelación
de ellas.Las
determinaciones reflejadas en sí
hijototalidadesdeterminado,tantoesencialmenteenunasubsistencia
indiferente,
carente de relación, como por medio de la recíproca mediación entre
ellas.
El determinar mismo constituye la totalidad sólo cuando contiene estas
totalidades
y su relación. Esta totalidad es el juicio. —En primer lugar el juicio
Contiene
así los dos elementos independientes, que se llaman.sujetoypredicado.
Lo
que cada uno es propiamente, no se lo puede decir todavía; ellos son aún
indeterminados,
pues sólo por medio del juicio tienen que convertirse en
determinados.
Dado que el juicio es el concepto corno determinado, se halla entre
ellos
sólo la diferencia general siguiente: que el juicio contiene el concepto
determinado,frente
al concepto todavíaindeterminado.Por
lo tanto, el sujeto
puede
ante todo ser considerado, frente al predicado, como lo individual frente a
lo universal, o también como lo
particular frente a lo universal, o bien como el individuo frente a lo
particular
1
pues
estos términos se encuentran uno frente al otro
sólo
de modo general, como lo más determinado y lo más universal.
Por
consiguiente es oportuno y necesario mantener, para las determinaciones.
del
juicio, estos nombres desujetoypredicado.Como
nombres son algo
indeterminado,
que todavía tiene que conseguir su determinación, y por
Asimismo,Nohijootracosaquenombres.LamismoIndique:
"determinaciones
del concepto" no podría ser empleada por los dos términos del
juicio,
en parte por el motivo mencionado, y en parte aún más porque la
naturaleza
de la determinación conceptual se manifiesta como aquella que no es
algo
abstracto o firme, sino algo que tiene y pone en sí su determinación opuesta.
Dado
que los términos del juicio son ellos mismos conceptos, es decir, la
totalidad
de sus determinaciones, deben recorrer todas estas determinaciones, y
mostrarlas
en sí, sea en forma abstracta o concreta. Ahora, para mantener firmes
en
esta variación de su determinación los términos del juicio de una manera
general,
son muy útiles los nombres que en esta variación se mantienen iguales a
sí
mismos. —Sin embargo, el nombre se encuentra frente a la cosa o al concepto;
este
distinguir
se presenta también en el juicio como tal; y como el sujeto en general
expresa
lo determinado, y por consiguiente expresa más bien loexiste
inmediato,
y el predicado, en cambio, expresa louniversal,la
esencia o el
concepto,
[resulta que] el sujeto como tal es en primer lugar sólo una especie de
nombre;pueslo
que él esestá
expresada sólo después, por medio del predicado,
que
contiene el ser en el sentido del concepto. ¿Qué?esesto?
o ¿qué plantaes
esta?
etc. Acerca delser,por
el cual se pregunta, a menudo se comprende sólo el
nombre,y,
cuando se ha conocido éste, se queda uno conforme, y cree saber
entonces
lo que la cosaes.Este
es elser,en
el sentido del sujeto. pero el
concepto—o
por lo menos la esencia y lo universal en general— está
proporcionado
solamente por el predicado
2
,
y en el sentido del juicio, es por el
predicado
por el que se pregunta. —Dios,elespíritu,lanaturaleza,o
lo que sea,
por
consiguiente es, corno sujeto de un juicio, solamente el nombre; lo queesNaciones
Unidas
tal
sujeto, según el concepto, se encuentra sólo en el predicado. Cuando se busca
qué
predicado
competir a tal sujeto, entonces para juzgar sería preciso fundarse ya
sobreun
concepto;pero
solamente el predicado es el que expresa tal concepto.
Por
lo tanto es precisamente la purarepresentación,la
que constituye el
significado presupuesto del sujeto
y que lleva a una explicación nominal; en la cual es un hecho puramente
accidental" o histórico [el que determina] qué cosa se
entiende
o no se entiende bajo un nombre dado. Así, muchas discusiones sobre el
problema
de si a sujetos dados compiten o no un predicado, no son, por ende, otra
cosa
más que discusiones de palabras, pues se originan de la forma mencionada;
lo
que se halla en el fondo(subjectum,
hypokeímenon)no
es otra cosa que el
nombre.
Ahora
hay que considerar, más detenidamente, cómoen segundo
lugar,se
determinar
larelaciónentre
sujeto y predicado en el juicio, y cómo ellos mismos
(sujeto
y predicado) son determinados al comienzo, precisamente por esto
relación.
El juicio tiene como sus términos, en general, totalidades, que ante todo
existen
como esencialmente independientes. Por consiguiente la unidad del
concepto
es solo unarelaciónde
independientes; no es todavía la unidad
concreta,vuelta
en sí desde esta realidad, es decir, la unidadplena,sino
la unidad
fuerade
la cual estos independientes subsisten comoextremos no
eliminados en
ella.-Ahora
la consideración del juicio puede tomar como punto de partida la
unidad
originaria del concepto, o bien la independencia de los extremos. El juicio
es
el dirimirse del concepto por sí mismo;esta unidad,por
ende, es el
fundamento,
del que hay que partir, para considerar el juicio según su verdadera
objetividad.Por
lo tanto éste es ladivisión
originariadel
uno originario; la
palabra
[alemana:Ur-teil
=] juicio
3
se
refiere así a lo que el juicio es en sí y por
si.
Pero el hecho de que en el juicio el concepto esté comofenómeno,por
cuanto
sus
momentos han logrado en él su independencia —es cosa que pertenece más al
lado
de laexterioridad,al
que se tiene más larepresentación.
Según
esta consideraciónsubjetivo,el
sujeto y el predicado, por ende, hijo
considerados
cada uno como fuera del otro, y acabado por sí; el sujeto como un
objeto,
que existiría aun cuando no tuviera este predicado; el predicado como una
determinación
universal, que existiría también, aun cuando no compitiera a este
sujeto.
Según esto, con el juez está vinculada la reflexión acerca de si este o
aquel
predicado, que se halla en nuestramente,puede
y debe seratribuidoAlabama
objeto,
que se hallaallífuera,
por sí; el juzgar mismo consiste en esto, que sólo
por
medio de él sevinculaun
predicado con el sujeto, de manera tal que, si esta
vinculación
no se efectuara, sujeto y predicado quedarían sin embargo siendo
cada
uno por sí lo que son, vale decir, el primero como un objeto existente, el
segundo
como una representación en nuestra mente. —Pero el predicado, que se
Atribución
al sujeto, tiene quecompetidor,es
decir, ser en sí y por sí idéntico con el
sujeto.
Por medio de este significado delatribuir,el
sentidosubjetivodel
juzgar y
el
subsistir extrínseco indiferente del sujeto y del predicado, quedan de nuevo
eliminados.
Al decir: esta manera de actuaresbuena; lacópulamuestra
que el
predicado
pertenece alserdel
sujeto, y no está vinculado con él de modo
puramente
extrínseco. En el sentidogramatical,aquella
relación subjetiva, en que
se toma como punto de partida la
exterioridad indiferente del sujeto y el predicado, tiene su completo valor;
pues hijopalabraslas
que aquí quedan
vinculados
de manera extrínseca. —En este caso, se puede decir también que una
propuestatiene,
sin duda, en sentido gramatical, un sujeto y un predicado, pero
no
es por eso todavía unjuicio.Para
que lo sea, el predicado tiene que referirse al
sujeto
según la relación de las determinaciones del concepto, es decir, como un
universal
hacia un particular o un individuo. Si lo que se expresa, acerca del
sujeto
individual significa también sólo algo individual, entonces ésta es una pura
proposición.
Por ejemplo, si se dice: Aristóteles falleció en el 739 año de su edad,
en
el 49 año de la 115
a
Olimpíada
—ésta es una pura proposición, no es un juicio.
Habría
algo de un juicio, en esto, sólo si una de las circunstancias, la época del
fallecimiento,
o la edad de aquel filósofo, hubiera sido puesta en duda, y fundado
en
algún motivo luego se afirmaran los números dados aquí. Porque en este caso,
esos
números serían considerados corno algo universal, que subsistiría aún sin
aquel
determinado contenido del fallecimiento de Aristóteles, llenado de otro
contenido,
o también sin éste, como tiempo vacío. Así la noticia: "Mi amigo N.
ha
fallecido" es una proposición; y sería un juicio solamente si se planteara
la
Cuestión, si ha muerto realmente o
sólo en apariencia
Christian,
aquí llegamos a un punto donde efectivamente la mediación con el Ahayu
puede ser muy fecunda porque aparece una tensión profunda:
- En Deleuze: el sentido como
acontecimiento que excede toda captura proposicional.
- En Hegel: el juicio como el
momento donde el concepto se determina a sí mismo.
La
pregunta que emerge es:
¿Cómo
puede el acontecimiento puro, que escapa a la identidad, entrar en la
determinación racional del juicio sin perder su potencia?
Ahí está
precisamente el lugar de la sintransferencia que propones.
Voy paso
a paso.
1. Deleuze: la paradoja serial del sentido
Recordemos
la estructura:
Cosa →
proposición → sentido
Pero el
sentido no pertenece exclusivamente ni a la cosa ni a la proposición.
Es el
borde.
Podemos
expresarlo linealmente:
Cuerpo →
Acontecimiento → Sentido → Expresión
El árbol
existe como cuerpo.
El árbol
tiene cualidades físicas:
"verde".
Pero el
acontecimiento es:
"verdear".
El verde
es una propiedad.
El
verdear es un acontecer.
El árbol
no contiene el verdear como una cosa dentro de sí.
El
verdear acontece en la frontera entre árbol y lenguaje.
Entonces:
Árbol =
cuerpo efectuado.
Verde =
cualidad.
Verdear =
acontecimiento.
Sentido =
lo que permite que "verdear" sea expresable.
2. Hegel: el juicio como realización del concepto
Ahora
Hegel dice algo extraordinario:
"El
juicio es la determinación del concepto puesta en el concepto mismo."
Aquí el
concepto deja de ser algo abstracto.
El
concepto se divide.
Se pone
frente a sí mismo.
Por eso
aparece:
Sujeto —
Predicado.
La forma
clásica:
S es P.
Ejemplo:
"El
árbol es verde."
Pero para
Hegel esto no es simplemente unir dos cosas.
No es:
árbol +
verde.
Es la
exteriorización del concepto.
El
concepto que estaba implícito se despliega:
Árbol
(individual)
→ verde
(universal)
→
relación conceptual.
El juicio
es la primera aparición del concepto en la existencia.
3. Aquí aparece la primera tensión Deleuze-Hegel
Deleuze
diría:
Cuidado.
Porque
"El árbol es verde" todavía pertenece al nivel de la representación.
Captura
el acontecimiento en una identidad:
Árbol =
verde.
Pero el
acontecimiento era:
Árbol
verdea.
No:
El árbol
tiene verde.
Sino:
El árbol
acontece verde.
La
diferencia parece pequeña, pero ontológicamente es enorme.
La
primera frase fija.
La
segunda deja devenir.
4. Pero Hegel tiene un movimiento más profundo
Aquí está
lo interesante.
Hegel
mismo no se queda en la proposición externa.
Él dice:
El sujeto
todavía es solamente un nombre.
Esto es
fundamental.
Cuando
digo:
"Dios
es..."
"Dios"
todavía es solamente un nombre vacío.
El
predicado es el que revela el concepto.
Por
ejemplo:
"Dios
es Espíritu."
El sujeto
parece contener el significado, pero en realidad el predicado despliega lo que
el sujeto es.
Entonces
Hegel está diciendo algo muy cercano a Deleuze:
El
sentido no está simplemente dado en el nombre.
Tiene que
acontecer en la relación.
5. Ahí entra tu Ahayu
Podemos
pensar tres momentos:
Primer momento: transferencia
El sujeto
captura el sentido.
Ejemplo:
"Árbol
= objeto verde."
La
identidad domina.
Sujeto →
predicado.
La
mediación queda cerrada.
Segundo momento: retraferencia
El
acontecimiento desmonta esa captura.
El árbol
ya no es una cosa fija.
Aparece:
Árbol →
verdear.
La
identidad se abre.
El
sentido retorna sobre el concepto y lo desestabiliza.
Tercer momento: sintransferencia
Aquí
aparece la síntesis.
No se
elimina ni la identidad ni el devenir.
Se
mantiene la circulación:
Sujeto ↔
Predicado
Cosa ↔
Acontecimiento
Concepto
↔ Sentido
Entonces:
Árbol es
verde
se
transforma en:
El árbol
acontece verde.
Y el
concepto no captura al acontecimiento, sino que se vuelve vehículo de su
manifestación.
6. Aquí podemos hacer dialogar Hegel y Deleuze
La
fórmula hegeliana:
Concepto
→ Juicio → Silogismo
Busca que
el concepto se reconozca a sí mismo.
La
fórmula deleuziana:
Acontecimiento
→ Sentido → Expresión
Busca que
el acontecimiento permanezca abierto.
El punto
de mediación sería:
Acontecimiento
→ Sentido → Juicio → Concepto vivo
No un
concepto muerto.
7. El juicio como "primera respiración"
del concepto
Aquí tu
metáfora de respiración ontológica funciona muy bien.
El
concepto antes del juicio está como una potencia contenida.
El juicio
es una exhalación:
Concepto
interior
↓
diferencia exterior
↓
sujeto-predicado
Pero
luego debe volver a inhalar:
sujeto/predicado
↓
unidad conceptual superior.
Eso sería
la dialéctica.
La
respiración:
Inhalación:
unidad indiferenciada.
Exhalación:
diferenciación.
Retorno:
unidad enriquecida.
8. Entonces el Ahayu sería el punto donde Hegel y
Deleuze se encuentran
No en la
identidad.
No en la
diferencia pura.
Sino en
el movimiento:
Sinsein
↓
Acontecimiento
↓
Sentido
↓
Juicio
↓
Concepto vivo
El juicio
no sería una cárcel del acontecimiento.
Sería una
"piel" donde el acontecimiento puede expresarse.
Aquí
aparece la frase de Valéry que Deleuze rescata:
"Lo
más profundo es la piel."
El juicio
sería esa piel lógica.
No la
profundidad donde se encierra el ser, sino la superficie donde el ser acontece.
La
pregunta que se abre para seguir con Hegel sería muy precisa:
¿El juicio
hegeliano logra realmente conservar la paradoja serial del acontecimiento, o el
silogismo posterior vuelve a capturarla en una totalidad cerrada?
Porque
ahí está probablemente el punto exacto donde Deleuze rompe con Hegel y donde tu
concepto de sintransferencia intenta construir una tercera vía.
Exacto ahí está mi
intento de construir una tercera via sigamos con Hegel
Cuando
habitualmente se define el juicio como lavinculación
de dos
conceptos,se
puede dejar valer, para lacópulaextrínseca,
la expresión
indeterminada
de "vinculación", y también puede admitirse que los términos
vinculadosdebenpor
lo menos ser conceptos. Sin embargo esta definición es de
lo
más superficial; no sólo porque por ejemplo, en el juicio disyuntivo están
vinculados
más dedosde
estos llamados conceptos, sino porque más bien la
definición
es mucho mejor que la cosa. Pues en general no son conceptos, los que
en
el caso indicado se tienen en el pensamiento, sino apenas determinaciones del
concepto,
y propiamente solodeterminaciones
de la representación.Al
tratar del
concepto
en general, y del concepto determinado, se supervisa que los que se
acostumbran
llamar así, no merecen de ninguna manera el nombre de conceptos;
¿De
dónde entonces tendrían que llegar los conceptos para el juicio? —En aquella
definición,
sobre todo, se ha pasado por alto lo esencial del juicio, es decir, la
diferencia
de sus determinaciones; menos aún se tiene allí en cuenta la relación
del
juicio con el concepto.
Por
lo que se refiere a la ulterior determinación del sujeto y el predicado, ya
se
recuerda que ellos tienen esencialmente que conseguir su determinación sólo en
el
juicio. Pero como el juicio es la determinación puesta del concepto, ésta tiene
las
diferencias mencionadas demodo inmediatoyresumen,comoindividualidad
yuniversalidad.—Sin
embargo, por cuanto el juicio es en general elser
determinado,o
elser-otrodel
concepto, que no se ha reconstruido todavía en la
unidad,
por cuyo medio estácomo
concepto,se
presenta también la
determinación,
cuidado de concepto, la oposición delsery
de la reflexión o del
ser-en-sí.Pero,
como el concepto constituye elfundamentoesencial
del juicio,
aquellas
determinaciones son por lo menos tan indiferentes que, si bien una de
ellas
compiten al sujeto, y la otra al predicado, esta relación se verifica
igualmente
en sentido contrario. Elsujetocomo
loindividual,aparece
en primer lugar como loexistente,o
loexistente
por sí,según
la determinación determinada de lo
individual;
como un objeto real, aun cuando sea objeto solamente de
representación
—como por ejemplo el valor, el derecho, la armonía, etc.—, sobre
los
que se pronuncian un juicio. Al contrario, elpredicado,como
louniversal,
aparece
como esta reflexión sobre el objeto, o mejor aún como su reflexión en sí
mismo,
que sobresale de aquella inmediata, y elimina las determinaciones
como
puramenteexistente—
es decir, aparece como elser-en-sí
del objeto.Por
lo
tanto se toma como punto de partida lo individual como lo primero, inmediato,
y
esto se hallaelevado,por
medio del juicio, a launiversalidad,así
como al
contrario
lo universal, que existe solamenteen sí,se
halla rebajado en lo
individuo
al ser determinado, o sea se convierte en unexistente por
sí.
Este
significado del juicio tiene que ser considerado como su sentido.objetivo,
y
al mismo tiempo como laverdadde
las formas anteriores del traspaso. lo
existese
convierteyse
modifica,lo
finitodesapareceen
lo infinito; lo
existeaumentode
sufundamentoen
el fenómeno yporece;el
accidente
manifiestalariquezade
la sustancia, tal como supoderío;en
el ser haytraspaso
a
un otro, en la esencia hay aparecer en un otro, por cuyo medio se manifiesta la
relaciónnecesario.Este
traspasar y aparecer ha traspasado ahora aldividirse
originario
del concepto,que
al llevar de retorno lo individual en elser-en-síde
su
universalidad,
determina a la vez lo universal como loreal.Las
dos cosas son una
y
la misma, es decir, que la individualidad queda puesta en su reflexión sobre
sí,
y
que lo universal queda puesto como determinado.
Sin
embargo, ahora, a este significado objetivo pertenece también que las
diferencias
expuestas, á reaparecer en la determinación del concepto, sean puestas
al
mismo tiempo sólo como aparentes, es decir, que no son algo fijo, sino que
compite
tanto a una de las determinaciones del concepto, como a la otra. Por
por
lo tanto el sujeto también tiene que ser considerado como elser-en-sí;el
predicado,
al contrario, como elser
determinado.Elsujeto
sin predicadoes
lo
que
es en el fenómenola
cosa sin propiedades, la cosa-en-sí,es decir, un
fundamento
vacío e indeterminado; así representa elconcepto en
sí mismo,que
consigue
sólo en el predicado una diferenciación y una determinación; esto
constituye
por tanto el lado delser-determinadodel
sujeto. Por medio de esta
universalidad
determinada el sujeto está en relación con lo extrínseco, está abierto
a
la influencia de otras cosas, y de esta manera se pone en actividad en contra
de
ellas.
Lo queexiste,penetrar,
desde suser-en-síen
el elementouniversalde
la
vinculación
y de las relaciones, en las relaciones negativas y en el alternarse de la
realidad:
lo cual es unaa
continuaciónde
lo individual en otros individuos, y por
ende
una universalidad.
La
identidad que se ha mostrado ahora, es decir, que la determinación del
sujeto
competir al igualmente predicado y viceversa, no pertenece, empero,
solamente
a nuestras consideraciones; no existe solamenteen sí,sino
que está
Puesta
también en el juicio; en efecto, el juicio es la relación entre los dos
términos;
lacópulaexpresa
queel
sujeto es el predicado.El
sujeto es la
determinación determinada, y el
predicado es esta determinación suyapuesta.El
sujeto
está determinado sólo en su predicado, o sea, sólo en aquel es sujeto; Ja
vuelto
a sí en el predicado y en él representa lo universal. —Pero ahora, siendo el
sujeto
lo independiente, aquella identidad tiene la relación siguiente: que el
predicado
no tiene un subsistir independiente por sí, sino que tiene su subsistir
solamente
en el sujeto, es decir,en
su interioren
éste. Corno, por fin, se distingue el
predicado
del sujeto, el predicado es así sólo una determinaciónaisladodel
sujeto,
solounade
sus propiedades; pero el sujeto mismo es loconcreto,la
totalidad
de Múltiples determinaciones, tal como el predicado contiene una sola
de
ellas; es lo universal. Pero por otro lado, también el predicado es
universalidad.
independiente,
y viceversa el sujeto es sólo una determinación de él. Por lo tanto
el
predicadosubsumiral
sujeto; la individualidad y la particularidad no existen
por
sí, sino que tienen su esencia y sustancia en lo universal. El predicado
expresa
el
sujeto en su concepto; lo individual y lo particular son determinaciones
accidentes
en él; él es su absoluta posibilidad. Cuando con respecto a la
subsunción,se
piensa en una relación extrínseca entre el sujeto y el predicado, y
se
representa al sujeto como algo independiente, entonces el subsumir se refiere
al
juzgar subjetivo mencionado antes, en que se parte de la independencia de
ambos.De
acuerdo con esto, la subsunción es sólo laaplicaciónde
lo universal a
un
particular o individuo, que queda puestobajoaquél,
según una representación
indeterminada,
como si fuera de calidad inferior.
Si
la identidad entre sujeto y predicado fue considerada de tal manera queuna
determinación
conceptual compitieraunavez
al primero y otra al segundo, pero
otra
vezaún,
a la inversa, - entonces con esto la identidad es todavía sólo una
identidadexistente
en sí;a
causa de la diversidad independiente de los dos
términos
del juicio, su relaciónpuestatiene
también estos dos términos
primeramente
como diferentes. Pero laidentidad
carente de diferenciaes
la que
constituye
esencialmente laverdaderorelación
del sujeto con el predicado. La
determinación
conceptual es esencialmente ella mismarelación,porque
es un
universal;por
lo tanto, las mismas determinaciones, que el sujeto y el predicado
tienen,
las tiene por eso también su relación misma. Esta relación esuniversal,
pues
es la identidad positiva de ambos, del sujeto y del predicado. Sin embargo es
tambiéndeterminado,pues
la determinación del predicado es la del sujeto;
además
es tambiénindividual,pues
en ella los extremos independientes están
eliminados,
corno en su unidad negativa. —Pero, en el juicio, esta identidad no
está
todavía puesta; la cópula está como la relación todavía indeterminada delser
en
general: A es B; en efecto, la independencia de las determinaciones del
concepto,
o sea de los extremos, en el juicio es larealidadque
el concepto tiene
en
sí. Si élesde
la cópula estaría yapuestocomo
aquellaunidaddeterminado
y
acabada
del sujeto y el predicado, como concepto de ellos, entonces esto sería ya
elsilogismo.
El
reconstituir o más bienponerestaidentidaddel
concepto, es el fin del
movimientodel
juicio. Lo que en el juiciose hallaya,
es de un lado la
independencia,
pero también la determinación recíproca del sujeto y el predicado;
pero de otro lado, es su relación,
que, sin embargo, es todavíaabstractas.Elsujeto
es
elpredicado,es,
en primer lugar, lo que expresa el juicio; pero, como el
predicado
no tiene que ser lo que es el sujeto, entonces hay unacontradicción,
que
tiene queresolverse,
y traspasarun
resultado. Pero más bien, como,en sí y
por
sí,el
sujeto y el predicado son la totalidad del concepto, y el juicio es la
realidad
del mismo concepto, su movimiento progresivo es así sólodesarrollo;
en
él se halla ya lo que sale de él, y por lo tanto, lademostración
essolamente
un
mostrar,una
reflexión, como unponerlo
que ya se halla presente en los extremos
del
juicio. Pero, también este poner mismo se halla ya presente: es larelaciónDelaware
los
extremos.
El
juicio, así como estáde
inmediato,esen
primer lugarel
juicio delexistir;
Delawareinmediatamente
su sujeto es un serindividuo
abstracto, existente,y
el predicado es
unadeterminación
inmediatao
una propiedad del mismo, un universal abstracto.
Cuando
este aspecto cualitativo del sujeto y del predicado se elimina,aparece
ante
todo la determinación de uno en el otro; por consiguiente el juicio es ahora,
en
segundo lugarjuicio
de lareflexión.
Sin
embargo, este se encontrará más bien extrínseco traspasa a laidentidad
esencialde
unNexosólido,necesario;así,en
tercer lugarel
juicio es el juicio
Delawarenecesidad.
En
cuarto lugar,como
en esta identidad esencial la diferencia entre sujeto y
predicado
se ha convertido en unaforma,el
juicio se convierte ensubjetivo;
contiene
la oposición delconceptoy
de surealidady
lacomparaciónde
ambos;
es
eljuicio
del concepto.
Este presenta el concepto funda eltraspaso
del juicio en el silogismo.
Christian,
aquí aparece con mucha fuerza la posibilidad de tu tercera vía, porque
estás poniendo en contacto dos movimientos que normalmente se mantienen
separados:
- Deleuze: la génesis del
sentido desde el acontecimiento
- Hegel: la génesis del
concepto desde el juicio
Y el
punto de mediación no sería simplemente elegir entre acontecimiento y concepto,
sino comprender que el juicio es precisamente el lugar donde el
acontecimiento puede hacerse concepto sin ser capturado totalmente por la
representación.
Voy paso
por paso.
Primero
retomemos nuestra línea (en texto plano):
Ser-en-sí
→ Acontecimiento
→ Sentido
→ Concepto vivo
Pero
ahora agregamos Hegel:
Ser-en-sí
→ Acontecimiento
→ Sentido
→ Juicio
→ Concepto vivo
El juicio
sería la bisagra.
1. La paradoja deleuziana del sentido
Para
Deleuze el sentido tiene una estructura paradójica:
No está
en la cosa.
No está
en la proposición.
No está
en el sujeto que habla.
No está
en el concepto universal.
Es la
frontera:
Cosa ←
Sentido → Proposición
El
sentido es el "entre".
Por eso
el acontecimiento:
"el
árbol verdea"
no es:
- la cosa física árbol,
- ni la palabra
"verde",
- ni la representación mental
del árbol.
Es el
acontecimiento incorporal:
árbol →
verdear
Es decir:
el
acontecimiento es una transformación del ser que no es una propiedad fija.
Ahora
aparece Hegel.
Porque
Hegel dice algo sorprendente:
El juicio
es la primera realización del concepto.
¿Por qué?
Porque el
concepto todavía no está desplegado.
El
concepto puro es unidad.
Pero para
realizarse tiene que dividirse:
Concepto
↓
Sujeto +
Predicado
↓
Juicio
La
palabra alemana para juicio es Ur-teil.
Y Hegel
juega con la etimología:
Ur-teil =
división originaria.
El juicio
es la separación originaria del concepto consigo mismo.
2. Aquí aparece tu primera gran conexión
Deleuze:
El
acontecimiento es una división de las series.
Hegel:
El juicio
es una división del concepto.
Podemos
escribir:
Acontecimiento:
Unidad
virtual
↓
Diferenciación de series
↓
Sentidos múltiples
Juicio:
Concepto
absoluto
↓
Separación sujeto/predicado
↓
Reconstrucción de la unidad
Entonces:
El
acontecimiento es una "auto-división del sentido".
El juicio
es una "auto-división del concepto".
Ambos son
movimientos de diferenciación.
3. La diferencia clave: captura versus liberación
Aquí
entra tu idea de transferencia y retraferencia.
Tú
planteas:
Transferencia:
acontecimiento
↓
mediación
↓
captura del sentido
Retraferencia:
mediación
↓
desmontaje de la captura
↓
liberación de sentidos múltiples
Sintransferencia:
el
circular de ambas.
Podemos
verlo así:
Transferencia:
Acontecimiento
→ concepto
El
concepto captura el acontecimiento.
Ejemplo:
"Este
árbol es verde"
El
acontecimiento "verdear" queda reducido a una propiedad.
Se pierde
el devenir.
Retraferencia:
Concepto
→ acontecimiento
El
concepto vuelve sobre sí mismo y descubre que estaba sosteniendo una
multiplicidad.
"Verde"
no es una esencia fija.
Es una
historia de relaciones:
luz,
clorofila,
vida,
tiempo,
crecimiento.
El
concepto se abre.
4. Aquí Hegel y Deleuze parecen enfrentarse, pero
quizá no
La
diferencia:
Deleuze
teme que el concepto mate el acontecimiento.
Hegel
teme que el acontecimiento sin concepto sea pura dispersión.
Pero tu
tercera vía sería:
El
concepto vivo es aquel que conserva el acontecimiento dentro de sí.
No:
Concepto
= captura.
Sino:
Concepto
= acontecimiento que recuerda su propia génesis.
Entonces
podríamos reformular:
Concepto
muerto:
Acontecimiento
↓
mediación
↓
identidad fija
Concepto
vivo:
Acontecimiento
↓
sentido
↓
juicio
↓
concepto que conserva la diferencia
5. El juicio hegeliano y la cuarta dimensión
deleuziana
Aquí está
lo más interesante.
Hegel
dice:
El sujeto
sin predicado es vacío.
"Árbol"
es
solamente un nombre.
El
predicado trae la determinación:
"El
árbol es verde"
Pero
Deleuze diría:
Cuidado.
"Verde"
todavía es una cualidad.
El
acontecimiento verdadero sería:
"verdear".
Entonces
tenemos:
Hegel:
Árbol →
Verde
Deleuze:
Árbol →
Verdear
La
diferencia es enorme.
Porque:
Verde =
estado.
Verdear =
acontecimiento.
Entonces
podemos hacer una síntesis:
Juicio
representativo:
Árbol es
verde.
Juicio
acontecimental:
El árbol
verdea.
El
predicado deja de ser una propiedad y se vuelve un devenir.
6. El ahayu como mediación
Aquí
entra tu palabra: ahayu.
Si
entendemos ahayu como respiración mediadora:
No sería
una tercera sustancia.
Sería el
movimiento mismo.
Algo así:
Ser-en-sí
↓ inhalación
Acontecimiento
↓ suspensión
Sentido
↓ exhalación
Concepto vivo
La
respiración evita dos extremos:
Hegel sin
acontecimiento:
concepto
cerrado.
Deleuze
sin concepto:
flujo
infinito sin sedimentación.
7. Tu sintransferencia sería la cópula viva
La cópula
del juicio:
A es B.
Normalmente
parece una simple unión.
Pero
Hegel dice:
La cópula
expresa:
"el
sujeto es el predicado".
Es decir:
A no
permanece igual después del juicio.
El sujeto
cambia por el predicado.
El
predicado cambia al determinarse en el sujeto.
La
relación misma es el movimiento.
Entonces:
A es B
no
significa:
A + B
sino:
A deviene
B.
Aquí
aparece Deleuze.
La cópula
"es" puede leerse como acontecimiento.
No:
El árbol
ES verde.
Sino:
El árbol
acontece verdear.
Entonces
la fórmula de tu tercera vía podría quedar:
Ser-en-sí
→ división originaria (juicio)
→ acontecimiento
→ sentido
→ concepto vivo
O más
radicalmente:
Concepto
vivo = acontecimiento que se ha vuelto consciente de su propia diferenciación.
La
mediación ya no captura.
La
mediación respira.
Ahí
aparece tu sintransferencia: no superar la paradoja eliminando uno de
los polos, sino mantener el movimiento entre ambos.
El
acontecimiento evita que el concepto se cierre.
El
concepto evita que el acontecimiento se disuelva.
El juicio
sería entonces el lugar donde ambos se encuentran.
Esta
categoría del juico acontecimiental quizás sea lo que he estado buscando, pero
prefiero mantener la paradoja que no es juicio sino figura del acontecimiento
donde el sentido puede ir entrcurazo en sus multiples direcciones veámoslo en
la mediación entre el juicio existencial de Hegel y la paradoja de la reiteración de Deleuze
comprendiendo que en la biodramturgia la valoración se da en la contra
traferencia en la tensión de ambas →←que luego se puede resolver sintraferencialmente
pero que tiene que pasar por la tensión para la emergencia del valor del
ahayu
Paradoja del desdoblamiento estéril o de la reiteración
seca. Hay sin duda un medio de evitar esta regresión hasta el infinito: se
trata de fijar la proposición, de inmovilizarla, justo el tiempo para extraer
su sentido como esta fina película en el límite de las cosas y de las palabras.
(De ahí el desdoblamiento que acabamos de constatar en Carroll en cada etapa de
la regresión.) Pero ¿acaso es el destino del sentido que no se pueda prescindir
de esta dimensión, y que no se sepa qué hacer con ella en cuanto se la alcanza?
¿Qué se ha hecho sino desprender un doble neutralizado de la proposición, seco
fantasma, fantasma sin espesor? Por ello, siendo expresado el sentido por un
verbo en la proposición, se expresa este verbo bajo una forma infinitiva, o
participativa, o interrogativa: Dios-ser, o el siendo-azul del cielo, o ¿es el
cielo azul? El sentido opera la suspensión tanto de la afirmación como de la
negación. ¿Es éste el sentido de las proposiciones «Dios existe, el cielo es
azul»? Como atributo de los estados de cosas, el sentido es extra-ser, no es el
ser, sino un aliquid que conviene al no-ser. Como lo expresado de la
proposición, el sentido no existe, sino que insiste o subsiste en la proposición.
Y esta esterilidad del sentido-acontecimiento era uno de los puntos más
destacables de la lógica estoica: únicamente los cuerpos actúan y padecen, pero
no los incorporales, que son solamente resultado de las acciones y las
pasiones. Esta paradoja podemos llamarla pues paradoja de los estoicos. Hasta
en Husserl resuena la declaración de una espléndida esterilidad de lo
expresado, que viene a confirmar el estatuto del noema: «El nivel de la
expresión y éste es su originalidad- si no confiere precisamente una expresión
a todas las otras intencionalidades, no es productivo. O si se prefiere: su
productividad, su acción noemática, se agotan en el expresar.»2 Extraído de la
proposición, el sentido es independiente de ésta, ya que suspende su afirmación
o negación, y, sin embargo, no es sino su doble evanescente: exactamente la
sonrisa sin gato de Carroll, o la llama sin vela. Y las dos paradojas, de la
regresión infinita y del desdoblamiento estéril, forman los términos de una
alternativa: o una u otra. La primera nos fuerza a conjugar el más alto poder y
la más alta impotencia, la segunda nos impone una tarea análoga, que habrá que
cumplir más tarde: conjugar la esterilidad del sentido respecto a la
proposición de la que se extrae, con su potencia de génesis en cuanto a las
dimensiones de la proposición. En todo caso, parece que Lewis Carroll fue
perfectamente consciente de que las dos paradojas formaban sin duda una
alternativa. En Alicia, los personajes sólo tienen dos posibilidades para
secarse del baño de lágrimas en el que han caído: o bien escuchar la historia
del ratón, la historia más «seca» que conocerse pueda, ya que aísla el sentido
de una proposición en un esto fantasma; o bien, lanzarse en una carrera de
conjurados, en la que se da vueltas de proposición en proposición, deteniéndose
cuando uno quiere, sin vencedor ni vencido, en el circuito de una proliferación
infinita. De todos modos, la sequedad es lo que más tarde será llamado
impenetrabilidad. Y las dos paradojas representan las formas esenciales del
tartamudeo, la forma coreica o clónica de una proliferación convulsiva en
círculo, y la forma tetánica o tónica de una inmovilización entrecortada. Como
se dice en «Poeta fit non nascitur», espasmo o silbido, las dos reglas del
poema.
A.EL
JUICIO DE EXISTENCIA
En
el juicio subjetivo, suele verseun único y el
mismo objetode
manera
doble,una
vez en su realidad individual, la otra en su identidad esencial o sea en
su
concepto; lo individual elevado a su universalidad, o lo que es igual, lo
universal
individualizado en su realidad. De esta manera el juicio esverdad,pues
es
la consonancia del concepto y de la realidad. Sin embargo, el juicio,Alabama
comienzo,no
está constituido de este modo; en efecto,en primer
lugar,es
inmediato,puesto
que en él no se ha producido todavía ninguna reflexión ni
movimiento
de las determinaciones. Estainmediaciónconvierte
el primer juicio
en
unjuicio
de existencia,que
podría también llamarsecualitativo;sin
embargo
únicamente
porque no sólo lacualidadcompetir
a la determinación del ser, sino
que
en ella está comprendida también la universalidad abstracta, que a causa de
su simplicidad, tiene igualmente
la forma de lainmediación El juicio de
existencia es también el juicio de lainherencia.Puesto
que la
inmediación
es su determinación, pero, en la diferencia entre el sujeto y el
predicado,
aquel es lo inmediato, y con eso lo primero y lo esencial en este juicio,
así
el predicado tiene la forma de algo que no está por sí y que tiene su base en
el
sujeto.
a)
El juicio positivo.
1.Al comienzo el sujeto y el predicado son, como ya
se indicó, nombres,
cuya
determinación real se consigue sólo a través del curso del juicio. Pecado
embargo,
como términos del juicio, que representa el concepto determinado
puesto,tienen
la determinación de los momentos de éste; pero, a causa de la
inmediación,
tienen tal determinación aun totalmentesimple,esto
es, por un lado
no
enriquecida por la mediación, por el otro, ante todo, y según la oposición
abstractas,
comoindividualidad
y universalidad abstractas.—El predicado, para
hablar
primeramente de éste, es lo universalresumen;pero,
como lo abstracto
está
condicionado por la mediación del acto de eliminar lo individual o lo
particular,
así esta mediación es sólo unapresuposición.En
la esfera del concepto
no
puede hallarse otrainmediaciónsino
una tal que contengaen
sí y por síla
mediación,
y que haya surgido sólo mediante la eliminación de aquella, es decir,
la
inmediacion universal. Así también el ser cualitativo mismo, en su concepto, es
universal;
pero, como ser, la inmediata todavía no está puesta de esta
modo;
sólo como universalidad la inmediata es determinación de un
concepto,
en la cual se encuentra puesto que la negatividad le pertenece
esencialmente.
Esta relación se halla en el juicio, donde ella es predicado de un
sujeto.
—Del mismo modo el sujeto es un individuo abstracto, o sea lo
inmediato,
que tiene que estar como tal; por consiguiente, debe ser lo individual
como
algo en general. Por lo tanto, el sujeto constituye en el juicio el término
abstracto
según el cual el concepto ha traspasado allí a la exterioridad. —Como
las
dos determinaciones están determinadas, así lo está también su relación, el es,
la
cópula; de la misma manera ella puede tener sólo el significado de un ser
inmediato,
abstracto. Debido a la relación, que no contiene todavía ninguna
mediación
o negación, este juicio se llama positivo.
2.La primera expresión pura del juicio positivo es,
por consiguiente, la
propuesta:el
individuo es universal.
Esta
expresión no debe entenderse en el sentido de que A es B, pues A y B
son
nombres totalmente carentes de forma, y, por ende, carentes de significado;
en
cambio el juicio en general, y, por consiguiente ya el juicio mismo de
existencia,
tiene por sus extremos las determinaciones del concepto.AesBpuede
representar
igualmente bien cualquierpropuestasimple,
tal como unjuicio.
Pero
en cada juicio, también en los determinados de manera más rica en su forma,
está
afirmada la proposición que tiene este contenido determinado: elindividuo
es
universal—puesto
que precisamente cada juicio es también juicio abstracto en
general. Pronto se hablará del
juicio negativo, para mostrar en qué medida sea
comprendido en igualmente esta expresión. Por otro lado si no se piensa
que con
cada
juicio y ante todo por lo menos con cada juicio positivo, se afirma que el
individuo
es un universal, esto acontece porque por un lado se descuida laforma
determinado,por
cuyo medio se distingue el sujeto y el predicado —pues el
juicio
no tiene que ser otra cosa sino la relación dedosconceptos—;
por otro lado
también,
porque la conciencia vislumbra el otrocontenidodel
juicio:Cayo
es
sabio,ola
rosa es roja,es
decir, que la conciencia, ocupada por la representación
DelawareCayo,etc.,
no reflexiona sobre la forma —a pesar de que el contenido, como
el
dellógico
Cayo,que
en general tiene que servir de ejemplo, sea un contenido
muy
poco interesante, y más bien se lo elige precisamente de tan poco interés a
fin
de que no atraiga sobre sí la atención, distrayéndola de la forma.
Como
ya se tuvo la oportunidad de anotar, la proposición queel
individuo es
universalindica,
en su significado objetivo, de un lado la caducidad de las cosas
singulares,
del otro su subsistir positivo en el concepto en general. el concepto
mismo
es inmortal; pero lo que sale de él en su división se está sometiendo al cambio
y
al retorno en su naturalezauniversal.Pero
viceversa lo universal se da una
existencia.Como
la esencia sale afuera en forma deaparienciaen
sus
determinaciones,
y el fundamento se manifiesta en elfenómenode
la existencia, y
la
sustancia se revela en la manifestación, es decir, en sus accidentes, así lo
universalse
despliegaen
el individuo; y el juicio es estedesplieguesuyo,
es decir
eldesarrollode
la negatividad, que lo universal constituye ya en sí. —Esta última
relación
está expresada en la proposición contraria: louniversal es
individuo,que
está
expresada igualmente en el juicio positivo. El sujeto, ante todo elindividuo
inmediato,se
halla referido, en el mismo juicio, a suotro,es
decir a lo universal;
de
este modo está puesto como lo concreto, —según el ser como algo provistoDelaware
muchas
cualidades,o
bien como lo concreto de la reflexión, es decir,una cosa
provista
de múltiples propiedades,Naciones
Unidasreal
provisto de múltiples posibilidades,
unasustanciaqueposeeprecisamentecuentosaccidentes.Comoestas
multiplicidades
pertenecen aquí al sujeto del juicio, así el algo o la cosa, etc., se
hallan
reflejados en si en sus cualidades, propiedades o accidentes, o marse
continuarpor
medio de ellos a través de ellos, y se conservan en ellos y también
los
conservan en sí. El ser-puesto, o sea la determinación, pertenece al ser-en-sí
y
por-sí.
Por consiguiente el sujeto es en sí mismo louniversal.Al
contrario el
predicado,
como universalidad irreal y no concreta, sinoabstractas,es,
frente al
sujeto,
la determinación, y contiene sólo unúnico momentode
la totalidad de él,
con
exclusión de los demás. A causa de esta negatividad, que al mismo tiempo,
como
extremo del juicio, se refiere a sí misma, el predicado es unindividual
resumen.Por
ejemplo, en la proposición:La rosa es fragante,el
predicado
expresa
solamente unade
lasmuchaspropiedades
de la rosa, la aísla, mientras en
el
sujeto se halla vinculado con las otras, como en la resolución de la cosa que queda
aisladas
las Múltiples propiedades que inhieren en ella, al ponerse independientes
comomaterias.El
principio del juicio, por fin, en este aspecto significa:lo
universal es individuo.
Juntando
así en el juicio esasrecíprocas
determinacionesdel
sujeto y del
predicado,
se tiene este doble resultado 1°. que el sujeto se encuentra, sin duda de
modo
como inmediato lo existente o el individuo, y el predicado, en cambio,
como
lo universal. Pero, como el juicio es larelaciónde
ambos y el sujeto está
determinado
por el predicado como universal, así el sujeto es lo universal; 2
o
.
el
predicado
está determinado en el sujeto; en efecto no es una determinaciónen
general,sino
una determinacióndel
sujeto.La
rosa es fragante; su perfume no es
un
perfume cualquiera indeterminado, sino el de la rosa; el predicado es así un
predicadoindividual.—Como
ahora sujeto y predicado se encuentran en la relación
del
juicio, ellos deben, según la determinación del concepto, quedar opuestos,
como,
en laacción
recíprocade
la causalidad, los dos lados antes de haber
obtenido
su verdad, deben, frente a la igualdad de su determinación,
permanecerán
aún independientes y opuestos. Cuando, por fin, el sujeto está
determinado
como universal, no hay que considerar también para el predicado su
determinación
de universalidad —de otra manera no habría juicio— sino sólo su
determinación
de individualidad; de la misma manera que, cuando el sujeto está
determinado
como individuo, el predicado tiene que ser considerado como
universal.
—Si se reflexiona sobre aquella simple identidad, se presentan las dos
siguientes
proposiciones idénticas:
El
individuo es individuo,
Lo
universal es universal,
donde
las determinaciones del juicio habrían caído del todo una fuera de la otra, y
se
expresaría sólo [para cada una] su relación consigo mismo, y en cambio la
la
relación entre ellas sería disuelta, y el juicio quedaría así eliminado.
De
aquellas dos proposiciones, una:Lo universal
es individual,expresa
el
juicio
según sucontenido,que
en el predicado es una determinación aislada, y en
el
sujeto, en cambio, es la totalidad de las determinaciones; la otra proposición:
El
individuo es universal,expresa
laforma,que
está indicado de inmediato por la
proposición
misma. —En el juicio inmediato positivo los extremos son todavía
simples:
la forma y el contenido, por consiguiente, todavía están juntos. Oh mar
este
juicio no consiste en dos proposiciones; la relación doble, que resulta en él
constituye
de inmediato elúnicojuicio
positivo. En efecto sus extremos: a) hijo
como
las determinaciones del juicio, independientes y abstractas; b) cada término
está
determinada por el otro, por medio de lacópulaque
los relaciona. Pero,en
sí
se
halla presente en el juicio, como ya se mostró, la diferencia de forma y
contenido;
y precisamente lo que contiene la primera proposición, es decir:lo
individual
es universal,pertenece
a la forma, porque expresa ladeterminación
inmediatodel
juicio. Al contrario la relación que está expresada por la otra
propuesta:Lo
universal es individual,es
decir, que el sujeto está determinado
como
universal, y el predicado, al contrario, como particular o individuo,
conserje
alcontenido;porque
sus determinaciones llegan a destacarse sólo por
medio de la reflexión en sí, por
la cual las determinaciones inmediatas quedan
eliminadas; y la forma se convierte así en una identidad que ha vuelto a
sí, y que
subsiste
frente a la diferencia de forma, es decir, se convierte en un contenido.
3.
Si ahora las dos proposiciones de la forma y del contenido:
(Sujeto)(Predicado)
El
individuoes universal
Lo
universales individual
por
el hecho de estar contenidos enun únicojuicio
positivo, quedaran unidos, de
manera
que ambos, tanto el sujeto como el predicado, fueron determinados como
unidad
de la individualidad y la universalidad, entonces ambos serían lo
particular,que
hay que reconoceren
sícomo
su determinación interna. Pecado
embargo,
por una parte esta vinculación se efectuará sólo por medio de una
reflexión
extrínseca, por otra parte la proposición:Lo particular
es lo particular
que
resultaría de esto, ya no sería un juicio, sino una proposición idéntica y
vacía,
como
lo eran las proposiciones que ya se hallaron:El individuo
es el individuo,
Lo
universal es lo universal.—Individualidad y universalidad no
pueden ser
todavía
reunidas en la particularidad, porque en el juicio positivo están todavía
puestas
comoinmediatas.—O
sea el juicio tiene que ser todavía distinguido
según
su forma y su contenido, precisamente porque sujeto y predicado son
todavía
diferentes, como inmediata y mediado, o porque el juicio es ambos
cosas
según su relación: independencia de los relacionados y su determinación
recíproca
o mediación.
Por
lo tanto, el juicio, consideradoen primer
lugarsegún
suforma,significa:
El
individuo es universal.Pero
más bien un tal individuoinmediatono
es
universal;
su predicado tiene una extensión más amplia, y, por ende, no le
corresponde.
El sujeto es uninmediato,
existente por sí,y,
por consiguiente, el
por
el contrariode
aquella abstracción, es decir, de la universalidad puesta por medio
de
la mediación, que tendría que ser expresada acerca de él.
En
segundo lugar,en
el juicio, considerado según sucontenido,o
como la
proposición:
Louniversal
es individual,el
sujeto es un universal que posee
muchas
cualidades, un concreto, que están determinadas infinitamente; y como sus
determinaciones
son solamente cualidades, propiedades o accidentes, su totalidad
es
lapluralidad
falsamente infinitade
ellas. Un tal sujeto por consiguiente, no es
más
bienuna
solade
estas prop
i
edades,
como su predicado quiere aseverar.
Ambas
proposiciones, por consiguiente, tienen que sernegativas,y
el juicio
positivo tiene que ser puesto, más
bien, comonegativo.
Christian,
aquí creo que has encontrado un punto muy delicado: no conviene llamar
"juicio acontecimental" si eso implica que el acontecimiento queda
subsumido bajo la forma del juicio. Tu intuición de mantener la paradoja es
importante: el acontecimiento no es un juicio, sino aquello que hace posible
que el juicio se desplace, se abra y entre en tensión.
Podemos
formularlo así:
El juicio
hegeliano intenta realizar la identidad:
Sujeto →
Predicado
A → B
El
acontecimiento deleuziano introduce la grieta:
A →
devenir-B
No
elimina el juicio, pero impide que la cópula "es" cierre completamente
el movimiento.
Entonces
la figura que buscas no sería:
A es B
sino:
A →
(acontece B) ← B
La flecha
doble que propones:
→←
es
fundamental porque expresa la tensión de dos movimientos.
1. La paradoja del sentido y el juicio de
existencia
Deleuze dice:
El
sentido es extra-ser.
No es una
cosa.
No es un
concepto.
No es una
representación.
Es un
"algo" que insiste.
Por eso:
Dios
existe.
El cielo
es azul.
El
sentido no está en:
"Dios"
ni en:
"existe"
ni en:
"azul".
Está en
el acontecimiento:
Dios-existir.
Cielo-azulear.
El
infinitivo muestra que el acontecimiento suspende la afirmación y la negación.
No dice:
Es.
No dice:
No es.
Dice:
acontece.
Aquí
Hegel comienza en otro punto.
El juicio
de existencia:
"El
individuo es universal"
tiene
como tarea elevar la inmediatez hacia el concepto.
El
individuo:
"esta
rosa"
debe
pasar:
rosa →
fragante → propiedad → universalidad.
Pero
Deleuze preguntaría:
¿qué pasa
con el devenir de la rosa?
Porque:
"La
rosa es roja"
puede
congelar.
Pero:
"la
rosa enrojece"
mantiene
el acontecimiento.
Entonces
aparece una diferencia:
Hegel:
Individuo
→ Universal
Deleuze:
Estado →
Acontecimiento
2. Tu contra-transferencia como campo del juicio
Aquí está
lo interesante con tu biodramaturgia.
Normalmente
la valoración funciona así:
Objeto →
sujeto
"esto
vale"
Pero tú
introduces:
Contra-transferencia:
sujeto ↔
acontecimiento
El valor
no está ni en el objeto ni en el sujeto.
Emergen
en la tensión.
Podemos
escribir:
Objeto
↓
Acontecimiento
↑
Sujeto
La
valoración aparece en el entre.
Eso es
muy cercano al sentido deleuziano:
el
sentido no pertenece a uno de los lados.
Es la
frontera.
3. Pero ahora aparece la paradoja de la reiteración
seca
Aquí
Deleuze introduce un problema enorme.
Cuando
extraemos el sentido:
Proposición:
"El
cielo es azul"
Extraemos:
"el
cielo-azulear"
Pero ¿qué
hemos hecho?
Hemos
creado un doble.
La
sonrisa sin gato.
La llama
sin vela.
El
sentido parece perder cuerpo.
Tenemos:
Cuerpo →
sentido
pero el
sentido queda sin cuerpo.
Entonces:
sentido =
potencia
pero
también:
sentido =
fantasma.
Aquí tu
ahayu puede intervenir.
Porque la
solución no sería elegir:
- cuerpo sin sentido
o
- sentido sin cuerpo.
La
respiración mantiene la tensión:
inhalación:
extraer
el acontecimiento
exhalación:
volverlo
transformación corporal.
4. La sintransferencia como resolución no
eliminativa
Tu
fórmula sería:
Contra-transferencia:
Acontecimiento
→←
Mediación
Aquí
aparece la crisis.
Porque:
Si la
mediación captura:
acontecimiento
→ identidad
tenemos
muerte del sentido.
Pero si
desmontamos toda mediación:
sentido →
flujo infinito
tenemos
dispersión.
Entonces
aparece:
Sintransferencia:
acontecimiento
→ sentido
→ concepto vivo
→ nuevo acontecimiento
No círculo
cerrado.
Más bien
espiral.
5. Hegel ya tiene algo parecido en el juicio
Hay algo
muy importante en el texto de Hegel.
Él dice:
"La
cópula expresa que el sujeto es el predicado".
Pero
inmediatamente aclara:
El sujeto
solamente es sujeto en el predicado.
Esto es
radical.
Porque
significa:
El sujeto
no preexiste completamente a la relación.
La
relación lo constituye.
Entonces:
La rosa
no es primero una cosa y luego tiene la propiedad "fragante".
La rosa
llega a ser rosa en la articulación con sus determinaciones.
Aquí
Hegel casi toca el acontecimiento.
Pero
Deleuze diría:
Todavía
falta algo.
Porque
Hegel reconstruye la unidad.
Deleuze
conserva la herida de la diferencia.
6. Entonces tu figura no sería "juicio
acontecimental"
Quizá
sería mejor:
figura
acontecimental del juicio
o:
juicio en
estado de acontecimiento
donde el
juicio nunca termina de cerrarse.
La
estructura:
Sujeto →
Predicado
se
mantiene abierta por:
Acontecimiento
→ Sentido
Entonces:
Sujeto
↓
Acontecimiento
↓
Sentido
↓
Predicado
pero
también:
Predicado
↓
Concepto
↓
Nuevo acontecimiento
7. La emergencia del valor del ahayu
Aquí tu
concepto adquiere fuerza.
El ahayu
no sería un valor añadido.
Sería el
nombre del movimiento donde la tensión produce valor.
No:
valor =
propiedad.
Sino:
valor =
acontecimiento emergente de la relación.
La
fórmula podría quedar:
Contra-transferencia:
A →← B
(tensión)
↓
Ahayu
(emergencia
del valor)
↓
Sintransferencia
(reintegración
sin clausura)
Entonces
la tercera vía sería:
Ni Hegel
sin Deleuze:
donde
toda diferencia termina reconciliada.
Ni
Deleuze sin Hegel:
donde
toda diferencia permanece en dispersión.
Sino:
la
diferencia que se conserva como fuente del concepto.
El
concepto vivo sería justamente aquel que no elimina la paradoja que lo originó.
Excelente tropos acontecimental del juicio
Terminemos con el juico de existencia en Hegel siguiendo
conla mediacio del ahyau con la paradoja
de la reiteración
b)
El juicio negativo.
Ya
se habló anteriormente de la representación actual según la cual
dependería
sólo del contenido del juicio el que éste fuera verdadero o no, pues la
verdad
lógica no preocuparía sino a la forma, y requeriría sólo que aquel
contenido
no se contradice. Como forma del juicio mismo no se tiene en cuenta
sino
que el juicio es la relación dedosconceptos.
Sin embargo, se ha mostrado
que estos dos conceptos no tienen
solamente la determinación irrelativa de un
monto,sino
que se relacionan comoindividual y
universal.Estas determinaciones
constituyen
el verdaderocontenidológico,
y precisamente en esta abstracción; el
contenido
del juicio positivo. Cualquierotro contenido (el sol es redondo,
Cicerón
fue un gran orador en Roma, ahora es de día,etc.) que se presenta en un
juicio,
no concierne al juicio como tal; expresa sólo lo siguiente:el
sujeto es
predicado,o
bien (pues estos son sólo nombres) significa de manera más
determinado:El
individuo es universal,y
viceversa. —No
esa
causa de este
contenido
puramente lógico,que
el juicio positivoes
verdadero,sino
que tiene su
verdad
en el juicio negativo. —Suele pedirse solamente que el contenido no se
contradiga
en el juicio; pero en realidad se contradice en aquel juicio, como ya se
mostró.
—Sin embargo es totalmente indiferente llamar aquel contenido lógico
también
con el nombre de forma, y entender, bajo el nombre de contenido, sólo el
restante
relleno empírico. Así la forma no contiene sólo la vacía identidad,
fuera
de la cual se hallaría la determinación de contenido. Entonces el juicio
positivo
no tiene, por medio de suforma,ninguna
verdad como juicio positivo;
quien
llamaraverdadlaexactitudde
unaintuicióno
de unapercepción,o
la
concordancia
de larepresentacióncon
el objeto, no tendría, por lo menos, ya
ninguna
expresión utilizable para lo que es objeto y fin de la filosofía. Por lo
menos
este último tendría que ser llamado verdad racional, y se concederá con
facilidad
que juicios corno aquel que afirma queCicerón fue un
gran orador,que
ahora
es de día,etc.,
no representan verdades racionales. Pero no lo hijo, no
porque
tengan, como por casualidad, un contenido empírico, sino porque son sólo
juicios
positivos, que no pueden ni deben tener otro contenido sino uno individual
inmediata
y una determinacion abstracta.
El
juicio positivo tiene su verdad en primer lugar en el juicio negativo:El
individuono
es abstractamenteuniversal;pero
el predicado del individuo, por el
hecho
de ser tal predicado, o porque, considerado por sí, sin la referencia al
sujeto,
es un universalresumen,es
él mismo un determinado; por consiguiente
el
individuoesen
primer lugarNaciones
Unidasparticular.Además,
según la otra proposición,
que
está contenido en el juicio positivo, el juicio negativo reza: LouniversalNo
es
abstractamenteindividual,
sinoque
este predicado va por el hecho de que es
predicado,
o porque está en relación con un sujeto universal, es algo más amplio
que
la pura individualidad, y por consiguiente louniversales
igualmente,en
primer
lugar,Naciones
Unidasparticular.—Puesto
que este universal, como sujeto, se encuentra él
mismo
en la determinación del juicio de la individualidad, las dos proposiciones
se
reduce a una sola, que es:El individuo es un particular.
Puede
observarse que: a) aquí se presenta como predicado laparticularidad,
de
que antes ya se habló; solamente que aquí la particularidad no está puesta por
una
reflexión extrínseca, sino que ha surgido por medio de la relación negativa,
ya
indicado en el juicio; b) esta determinación resulta aquí sólo para el
predicado.
En
el juicioinmediato,en
el juicio existencial, el sujeto es lo que se encuentra en la
base;
ladeterminación,por
consiguiente, parece, al comienzo,deslizarsesobre
el
predicado.Pero
en realidad esta primera negación no puede ser todavía una determinación, o
exactamente no puede ser unponer lo
individual,pues esto es
solamente
lo segundo, lo negativo de lo negativo.
Lo
individual es un particular,es la expresiónpositivadel
juicio negativo.
Por
lo tanto, esta expresión no es un verdadero juicio positivo, pues éste, a causa
de
su inmediata, tiene por sus extremos sólo lo abstracto, mientras lo particular
resulta,
precisamente por el ponerse de la relación del juicio, como la primera
determinaciónmediada.—Sin
embargo, esta determinación no tiene que ser
considerado
sólo como un momento del extremo, sino también, como lo que en
realidad
es primeramente, esto es, comodeterminación de la relación;o
mar el
juicio
tiene que ser también considerado comonegativo.
Este
traspaso se funda sobre la relación entre los extremos y su conexión en el
juicio
en general. El juicio positivo es la relación del individuo y de lo universal
inmediatos,es
decir, de términos tales, que uno de ellos, al mismo tiempo,Noes
lo
que es el otro; por lo cual la relación es también, esencialmente, una
separacióno
mar esnegativa;en
consecuencia el juicio positivo tenía que ser
puesto
como negativo. Por consiguiente los lógicos no deberían armar tanto.
alboroto
por el hecho de que elNodel
juicio negativo sea referido a lacópula.Lo
que
en el juicio esdeterminacióndel
extremo, es igualmente unarelación
determinado.La
determinación del juicio, o sea el extremo, no es la
determinacion
puramente cualitativa del serinmediato,que
tiene que oponerse
solamente
a unotro,
fuera de él.Ni
tampoco es determinación de la reflexión,
que
según su forma general, se comporta como un positivo o un negativo, cada
uno
de los cuales están puestos de modo que excluye al otro, y es idéntico con el
otro
solamenteen
sí.La
determinación del juicio, como determinación de
concepto,
es en ella misma un universal, puesto de tal modo que secontinúaen
su
otro Viceversa larelacióndel
juicio es la misma determinación que tienen los
extremos;
en efecto es precisamente esta universalidad y continuación de aquelloslos
uno
en el otro; como estos extremos son diferentes, la relación tiene también la
negatividad
en sí.
El
traspaso ya indicado, de la forma de larelacióna
la forma de la
determinación,lleva
consigo laconsecuencia
inmediatade
que elNode
la cópula
tiene
igualmente que unirse al predicado y éste tiene que ser determinado como lo
no
universal.Pero
lo no-universal, por una consecuencia igualmente inmediata,
es
loparticular.—Si
lonegativose
mantiene firme según la determinación
totalmente
abstracta delviento
contrarioinmediato,
el predicado es sólo el no-universal
totalmente
indeterminado.De
esta determinación, por otro lado, se trata en la
lógica
a propósito de los conceptoscontradictorios,y
se inculca como algo
importante
el que en lonegativode
un concepto hay que mantenerse firme sólo
en
tal negativo, y que esto tiene que ser considerado corno la extensión
puramenteindeterminadade
lootrodel
concepto positivo. Así el purono-blanco
podría
ser tanto el rojo, el amarillo, el azul, etc., como también el
negro.
Pero elblancocomo
tal es la determinacióncarente
de conceptopropia
de
la
intuición; elNodel
blanco es entonces elviento
contrarioigualmente
carente de
concepto, es decir, una
abstracción que ha sido considerada precisamente al comienzo de la lógica, y de
la cual ha sido reconocido, como primera verdad, el
devenir.Si
al considerar las determinaciones del juicio se emplea como ejemplo
un
tal contenido carente de concepto, tomado de la intuición y la representación,
y
se consideran las determinaciones delsery
las de lareflexióncomo
determinaciones
del juicio, éste es el mismo procedimientofalto de
crítica,que
se
usa
cuando, con Kant, se aplican los conceptos del intelecto a la idea infinita
racional,oa
la llamadacosa-en-sí.Elconcepto,al
que pertenece también el
juicioque
procede de él, es la verdaderacosa-en-sí,o
mar loracional;pero
aquellas
determinaciones pertenecen alseroa laesencia
yno
son todavía formas
elaboradas
de la manera y guisa como están en su verdad, es decir, en el
concepto.—Sí
nos detenemos en el blanco, el rojo, etc., como representaciones
sensoriales,entonces,
como de costumbre, se llama concepto algo que es sólo
determinación
representativa, y entonces, claro está, el no-blanco, el no-rojo, etc.,
no
son algo positivo, así como también el no-triangular es algo del todo
indeterminado,
porque la determinación que se funda sobre el número y elcuanto
en
general es la determinación esencialindiferente,
carente de concepto.
Sin
embargo, como elviento
contrariomismo,
así también este contenido sensible tiene
que
serconcebido,y
tiene que perder aquella indiferencia e inmediación
abstracta,
que tiene en la representación ciega, inmóvil. Ya en el ser determinado
lanada,carente
de pensamiento, se convierte enlímite,por
cuyo medioalgoen
realidadse
refiereaún
a unotrofuera
de él. Pero, en la reflexión, es lonegativo,
el
quese
refiere esencialmenteunpositivoy
por ende se halladeterminado;Naciones
Unidas
negativo
ya no es aquelno-ser
indeterminado;está
puesto como lo que existe
sólo
porque lo positivo se le contrapone; y el tercero es elfundamentode
ellos.
Así
lo negativo queda contenido en una esfera cerrada, donde lo que unono
es, es
algo
determinado. —Aun más, en la continuidad absolutamente fluida del
concepto
y de sus determinaciones elno esde
inmediato algo positivo, yla
negaciónno
es sólo determinación, sino que está acogida en la universalidad, y
Puesta
como idéntica con ésta. Por consiguiente lo no-universal es de inmediato
loparticular.
2.Puesto
que la negación atañe a la relación del juicio, y eljuicio
negativo
está
considerado todavía como tal,ante todo es todavía un juicio;se
tiene así la
conexión
entre sujetoypredicado,
o sea entre individualidad y universalidad, y su
relación
que es laformadel
juicio. El sujeto, como lo inmediato que se encuentra en la
base,
queda sin ser tocado por la negación; conserva así su determinación, que es
la
de tener un predicado, o sea su relación con la universalidad. Por lo tanto, lo
que
se halla negado, no es la universalidad en general en el predicado, sino la
abstracción
o determinación de éste, que, frente a aquella universalidad, aparecía
como
uncontenido.—Así
que el juicio negativo no es la negación total; la esfera
universal,
que contiene el predicado, subsiste todavía; la relación' del sujeto con
el
predicado, por ende, es todavía esencialmente positiva; ladeterminaciónque
aún
queda del predicado es igualmente unarelación.—Cuando,
por ejemplo, se
dice:
La rosaNoes
roja, con esto se niega solamente ladeterminacióndel
predicado, y se la separa de la
universalidad que igualmente le compite; la esfera universal, elcolor,queda
conservada; si la rosa no es roja, con esto se admite
que
tiene un color, otro color; Según esta esfera universal, el juicio es aún.
positivo.
El
individuo es un particular–esta forma positiva del juicio
negativo expresa
de
inmediato lo siguiente: lo particular contiene la universalidad. expresa,
Además,
también que el predicado no es sólo un universal, sino también un
determinado.
La forma negativa contiene la misma cosa; en efecto, dado que, por
Por
ejemplo, la rosa no es ciertamente roja, no sólo debe conservar la esfera universal.
del
color como predicado, sino que debe tener tambiénalgún otro
color deter-
minado.Solamente
la determinaciónsingulardel
rojo está, por ende, eliminada, y
no
sólo ha sido mantenida la esfera universal, sino que se ha conservado también
la
determinación; pero convertida en una determinaciónindeterminada,universal,
y
con esto convertida enparticularidad.
3.
Laparticularidad,que
ha resultado ser la determinacion positiva del juicio
negativo,
es lo que media entre la individualidad y la universalidad; así el juicio
negativo
es ahora en general el que media, y lleva al tercer paso, el de lareflexión
del
juicio de existencia ensimismo.Según
su significado objetivo, éste es sólo el
'momento
del cambio de los accidentes, o bien, el cambio, en la existencia, de las
propiedades
particulares de lo concreto. Por medio de este cambio surge la
completa
determinación del predicado, o sea loconcretocomo
puesto.
El
individuo es un particular,según la expresión positiva del
juicio negativo.
Sin
embargo, el individuo al mismo tiempoNoes
un particular; en efecto la
particularidad
tiene mayor extensión que la Individualidad; es, por fin, un
predicado,
que no corresponde al sujeto, y en el que por ende éste todavía no
tiene
su verdad. Elindividuoessolo
un individuo,es
la negatividad que no se
se
refiere a un otro, sea de manera positiva o negativa, sino solamente a sí
misma.
La
rosa no escualquiercosa
colorida, sino que tiene sólo el color determinado,
que
es el color de la rosa. El individuo no es un determinado indeterminado, sino
lo
determinado determinado.
A
partir de esta forma positiva del juicio negativo, aparece esta negación suya
de
nuevo solo como unaprimeranegación.
Pero no lo es. Más bien el juicio
negativo
es ya, en sí y por sí, la segunda negación, o sea la negación de la
negación,
y lo que él es en sí y por sí, tiene que ser puesto. Es decir, élniegala
determinacióndel
predicado del juicio positivo, su universalidadabstractas,o
bien,
si se la considera como contenido, la calidad singular que contiene,
procedente
del sujeto. Pero la negación de la determinación es ya la segunda
negación,
es decir, el infinito retorno de la individualidad a sí misma. Por lo tanto
se
ha efectuado con esto elrestablecimientode
la totalidad concreta del sujeto, o
más
bien ahora solamente él estápuestocomo
individuo, puesto que, por medio
de
la negación y la eliminación de aquella [totalidad], ha sido mediado consigo
mismo.
Por su parte el predicado ha traspasado así de la primera universalidad a
la
absoluta determinacion, y se ha igualado con el sujeto. Por lo tanto, el juicio
Reza:lo
individual es individual.–De
otro lado, puesto que el sujeto tenía que ser
considerado igualmente cómouniversal,
y puesto que. en el juicio negativo, el predicado, que, frente a aquella
determinación del sujeto, es lo individual, se
amplióen
laparticularidad,y
como ahora, además, la negación de esta
determinaciónes
también lapurificaciónde
la universalidad, contenida en el
juicio,
el juicio también suena así:Lo universales
louniversal.
En
estos dos juicios, que antes habían resultado por reflexión extrínseca, el
predicado
se halla ya expresado en su positividad. Pero en primer lugar la
negación
del juicio negativo mismo tiene eme aparecer en forma de un juicio
negativo.
Se evidencia que en éste había quedado aún unarelación
positivadel
sujeto
con el predicado, y laesfera
universalde
este último. El predicado por lo
tanto
contenido de este lado una universalidad más ajena a la limitación que el
juicio
positivo, y por consiguiente tiene que ser negado aún más; decididamente
por
el sujeto como Individuo. De esta manera,toda la
extensióndel
predicado
queda
negada y no hay ya ninguna relación positiva entre éste y el sujeto. Este es
eljuicio
infinito.
Christian, aquí aparece un punto extremadamente fértil para tu intento de
una tercera vía: no tomar el juicio acontecimental como una
nueva forma lógica que sustituye a Hegel o a Deleuze, sino como el campo
tensional donde la determinación hegeliana y la desdeterminación deleuziana se
cruzan sin reducirse una a la otra.
Tu intuición del tropo acontecimental del juicio puede
formularse así:
·
Hegel muestra cómo el sentido se determina:
el individuo inmediato entra en relación con lo universal mediante la mediación
del predicado.
·
Deleuze muestra cómo el sentido se desprende
de toda captura definitiva: el acontecimiento no queda agotado por la
proposición que lo expresa.
·
El ahayu sería precisamente la mediación viva
donde ambas operaciones respiran.
Es decir:
[
\text{Inmediato} \rightarrow \text{Mediación} \rightarrow \text{Determinación}
]
pero también:
[
\text{Determinación} \rightarrow \text{Desmontaje} \rightarrow
\text{Multiplicidad de sentido}
]
La respiración sería:
[
\boxed{
\text{Acontecimiento}
(\text{Captura del sentido})
\leftrightarrow
(\text{Liberación del sentido})
}
]
1. El juicio positivo: la primera captura del acontecimiento
Hegel dice:
El individuo es universal.
La rosa es roja.
Aquí ocurre algo fundamental. El sujeto aparece como una singularidad:
[
Rosa
]
pero el predicado introduce una apertura:
[
Rojo
]
El juicio captura la multiplicidad de la rosa en una determinación.
Pero desde Deleuze aparece la sospecha:
¿La rosa queda agotada por "roja"?
No.
El acontecimiento rosa excede la proposición:
·
rosa que florece,
·
rosa que recuerda,
·
rosa que muere,
·
rosa que simboliza,
·
rosa que afecta.
El predicado es necesario, pero nunca suficiente.
Entonces aparece la primera tensión:
[
Sujeto \rightarrow Predicado
]
pero también:
[
Predicado \not= Sujeto
]
El sentido aparece en el intervalo.
Ese intervalo es tu "entre".
2. La paradoja deleuziana de la reiteración seca y el juicio positivo
Aquí está la conexión profunda.
Deleuze dice:
El sentido extraído de la proposición parece una "sonrisa sin
gato".
Es decir:
extraemos:
[
\text{Rosa es roja}
]
y buscamos:
[
\text{sentido de "rosa es roja"}
]
Pero cuando lo extraemos tenemos algo incorpóreo.
No es la rosa.
No es el rojo.
Es un acontecimiento:
[
\text{"enrojecer"}
]
Ahí Deleuze toca algo muy cercano a Hegel.
Porque Hegel también dice:
El predicado no es una propiedad externa.
El predicado es la puesta en verdad del sujeto.
Entonces:
Hegel:
[
Rosa \rightarrow Roja
]
Deleuze:
[
Rosa + Roja \rightarrow Enrojecer
]
El acontecimiento no está en ninguno de los términos.
Está en la relación.
3. El juicio negativo: donde aparece tu contratransferencia
Aquí creo que está tu descubrimiento.
Hegel dice:
"La rosa no es roja".
Pero esto no destruye la relación.
¿Por qué?
Porque la negación no elimina simplemente.
Transforma.
La rosa no roja todavía pertenece a la esfera del color.
Entonces:
[
\neg Roja \neq Nada
]
sino:
[
\neg Roja = apertura hacia otras determinaciones
]
La negación produce posibilidad.
Aquí entra tu concepto:
contra-transferencia.
Porque la captura del sentido encuentra resistencia.
La primera transferencia sería:
[
Sujeto \rightarrow Predicado
]
"La rosa es roja".
Captura.
Pero la contra-transferencia responde:
[
Predicado \rightarrow Sometido a diferencia
]
"No solamente roja".
La rosa devuelve algo que no cabe.
El ahayu aparece en esta tensión:
[
\boxed{
Rosa \rightarrow Roja
\leftarrow Rosa
}
]
4. La paradoja deleuziana y la negación hegeliana
Ahora viene el punto más interesante.
Para Hegel:
La negación no es destrucción.
Es mediación.
[
A \rightarrow \neg A \rightarrow A'
]
La negación produce una nueva determinación.
Para Deleuze:
La diferencia tampoco es destrucción.
Es producción de multiplicidad.
[
A \rightarrow diferencia \rightarrow multiplicidad
]
La diferencia:
[
\Delta
]
no devuelve simplemente A.
Abre series.
Entonces podríamos decir:
Hegel:
[
\text{Negación}
producción de concepto
]
Deleuze:
[
\text{Diferencia}
producción de series
]
Tu tercera vía:
[
\boxed{
\text{Acontecimiento}
\text{concepto hegeliano}
+
\text{serie deleuziana}
}
]
5. Ahayu como operador entre juicio y acontecimiento
Aquí tu idea toma forma.
El ahayu no sería un nuevo predicado.
No sería:
"el espíritu que explica".
Sería el movimiento respiratorio entre:
la necesidad de determinar
y
la imposibilidad de agotar.
Podemos escribir:
Primera respiración:
[
\text{Transferencia}
:
A \rightarrow B
]
El sentido se fija.
Segunda respiración:
[
\text{Contra-transferencia}
:
B \rightarrow A
]
La determinación devuelve la diferencia.
Tercera respiración:
[
\text{Sintransferencia}
:
A \leftrightarrow B
]
No hay captura ni fuga.
Hay acontecer.
6. Entonces el juicio acontecimental no sería un juicio
Aquí está tu intuición más fina:
"mantener la paradoja que no es juicio sino figura del
acontecimiento"
Exactamente.
Porque el juicio hegeliano todavía busca reconstruir la unidad:
[
Sujeto = Predicado
]
en el silogismo.
Pero el acontecimiento deleuziano mantiene la herida abierta:
[
Sujeto \neq Predicado
]
aunque estén conectados.
Entonces el tropo acontecimental sería:
[
\boxed{
Acontecimiento
\text{identidad sin clausura}
}
]
o:
[
\boxed{
A=A'
\quad
pero
\quad
A'\neq A
}
]
La rosa es rosa, pero nunca solamente rosa.
Y aquí aparece algo muy cercano a tu biodramaturgia:
El valor no nace en la afirmación:
"esto es bueno".
Ni en la negación:
"esto no es bueno".
Nace en la tensión:
[
\text{Valor}
\text{contra-transferencia}
(
\text{captura}
\leftrightarrow
\text{descaptura}
)
]
El ahayu sería entonces no el resultado del juicio, sino el espacio
respiratorio donde el juicio todavía está aconteciendo.
Una fórmula provisional:
[
\boxed{
AHAYU
(Sujeto \rightarrow Predicado)
\leftrightarrow
(Predicado \rightarrow Diferencia)
}
]
El juicio de existencia de Hegel abre la puerta, pero el acontecimiento
deleuziano impide que esa puerta se cierre. Ahí aparece tu tercera vía.
Bien pero recordemos
La
retransferencia me da la figura acontecimental del juico, mas es el juico el
que media la retransferencia siendo desmontado por la figura develando el
acontecimiento al otro lado la transferencia me da el juicio, pero es
mediada por la diferencia del acontecimiento y sus figuras.
Así
tenemos
Acontecimiento←
figura acontecimental del juico← mediación redeconstructica del
juicio←Retraferencia←Mediación biodrmaturgia del ahayu valorativa desde el
principio de complementaridad el ser yel no ser son los mismo y diferentes 1=≠0
→Transferencia→medición dialéctica de la figura acontecimental del juicio→
concepto con contenido
Terminemos
con Hegel y la tercera fase del juicio
existencial el juicio infinito mediándolo con la paradoja reiterativa,
redecomprendiendo que más bien la paradoja reiterativa esta en el otro extremo del juicio apodíctico que es donde se logra la gran
síntesis que revela al concepto, pero volveremos al final a la paradoja
reiterativa madre de todas las paradojas
c)
El juicio infinito.
El
juicio negativo tiene tan poco de verdadero juicio como el juicio positivo.
Sin
embargo, el juicio infinito, que tiene que ser la verdad del negativo, es,
según
su
expresión negativa, el juicioinfinito negativo,un
juicio donde también la
forma
del juicio se halla eliminada. —Pero éste es unjuicio
contradictorio.Tiene
que
ser unjuicio,y,
por ende, tiene - que contiene una relación entre sujeto y
predicado;
pero semejante relación,al
mismo tiempo, nodebe
hallarse en él. --El
nombre
del juicio infinito suele ser citado, en realidad, en las lógicas corrientes,
pero
sin que se aclare mejor, qué .hay que pensar de él. Es fácil conseguirlo
ejemplos
de juicios infinitos negativos, mientras se vinculen negativamente,
corno
sujeto y predicado, ciertas determinaciones de las cuales una no sólo no
contiene
la determinación de la otra, sino tampoco su esfera universal; así, por
ejemplo:
El espíritu no es rojo, amarillo, etc., no es ácido, alcalino, etc.; la rosa no
es
un elefante; el intelecto no es una mesa, y otros por el estilo. —Estos juicios
hijocorrectoso
marverdaderos,como
se los llama; pero a pesar de esta verdad,
son
absurdos y tontos. —Oh, mejor dicho,no son
juicios.—Un
ejemplo más real
del
juicio infinito, es lamalaacción.
En un pleitocivil,algo
queda negado solo
como
propiedad de la otra parte, así que, empero, se concede que tendría que ser
suyo,
si tuviera derecho sobre él; y se lo reclama sólo desde el punto de vista del
derecho;
en tal juicio negativo la esfera universal, es decir, el derecho, queda, por
ende,
reconocida y conservada. Sin embargo, elcrimenes
el juicioinfinito,que
niega
no solamente el derechoparticular,sino
al mismo tiempo también la esfera
universal,
es decir, elderecho
como derecho.Es
cierto que el crimen tiene su
exactituden
el hecho de ser una acción real; pero, como ésta se refiere de manera
del
todo negativo a la moralidad que constituye su esfera universal, es así una
acción
contradictoria.
Lopositivodel
juicio infinito, de la negación de la negación, es lareflexión
de
la individualidaden
sí misma, por cuyo medio solamente ella queda puesta corno ladeterminación
determinada. El individuo es individuo,era su
expresión, según
aquella
reflexión. El sujeto, en el juicio de existencia, es corno individuo.
inmediato,y
por lo tanto más bien solamente comoalgo en
general.Sólo
por
medio
de la mediación del juicio negativo y el infinito, estápuestocomo
individuo.
Con
esto el individuo estápuestocomocontinuando
en su predicado,que
es
idéntico con él; así tampoco la universalidad está ya como universalidad
inmediata,sino
como unacolecciónde
diferentes. El juicio infinito positivo reza
también:Lo
universal es universal,y
así éste también está puesto como el retorno
a
sí mismo.
Por
esta reflexión de las determinaciones del juicio en sí, el juicio ahora se ha
eliminado;
en el juicio infinito negativo, la diferencia, por decirlo así, es
demasiado
grande,para
que el juicio permanezca siendo aún un juicio; sujeto y
predicado
no tienen en absoluto ninguna relación positiva entre ellos; al contrario,
en
el juicio infinito positivo hay sólo identidad, ya causa de la falta completa
de
diferencia,
no existe más juicio.
Con
más exactitud, eljuicio
de existenciaes
aquel que se ha eliminado; queda
puestoasí
lo que contiene lacópuladel
juicio, es decir, que los extremos
cualitativos
quedan eliminados en esta su identidad. Pero, puesto que esta unidad
es
el concepto, queda también de inmediato dividido nuevamente en sus
extremos,
y se encuentra como un juicio, cuyas determinaciones, empero, ya no son
inmediatas,
sino como reflejada en sí. eljuicio de existenciaha
traspasado al
juicio de reflexión.
Christian,
aquí el movimiento se vuelve mucho más preciso porque introduces una corrección
importante: la retransferencia no produce simplemente el
acontecimiento; produce la figura acontecimental del juicio, y esa figura es la
que permite develar el acontecimiento al otro lado del juicio.
Es decir, no estamos diciendo:
[
\text{Juicio} \rightarrow \text{Acontecimiento}
]
como si el juicio fuese una prisión que simplemente se rompe.
La estructura es más compleja:
[
\text{Acontecimiento}
\leftarrow
\text{Figura acontecimental del juicio}
\leftarrow
\text{Retransferencia}
\leftarrow
\text{Mediación biodramatúrgica del Ahayu}
]
y en el otro sentido:
[
\text{Acontecimiento}
\rightarrow
\text{Figura acontecimental del juicio}
\rightarrow
\text{Transferencia}
\rightarrow
\text{Concepto con contenido}
]
La respiración está en medio:
[
\boxed{
1=\neq 0
}
]
No identidad absoluta ni diferencia absoluta, sino principio de
complementariedad:
el ser y el no-ser son lo mismo y diferentes.
1. El juicio infinito como límite donde el juicio deja de ser juicio
Aquí Hegel llega a un punto extraordinario.
El juicio positivo:
[
A \text{ es } B
]
todavía intenta unir.
Ejemplo:
[
\text{La rosa es roja}
]
El juicio negativo:
[
A \text{ no es } B
]
rompe una determinación:
[
\text{La rosa no es roja}
]
pero conserva la esfera:
[
\text{La rosa tiene algún color}
]
Todavía hay mediación.
Pero el juicio infinito hace algo diferente:
[
A \text{ no es } B
]
donde B ni siquiera pertenece a la esfera de A.
Ejemplo:
[
\text{La rosa no es un elefante}
]
Aquí aparece una negación más profunda.
No es:
"esta propiedad no pertenece".
Es:
"esta determinación pertenece a otra esfera completamente
diferente".
Entonces la relación sujeto-predicado queda destruida.
Hegel dice algo decisivo:
Tiene que ser juicio, pero al mismo tiempo la relación del juicio no debe
hallarse en él.
Esta es la paradoja.
Es juicio y deja de ser juicio.
2. Aquí aparece la conexión con la paradoja reiterativa de Deleuze
Recordemos:
Deleuze encuentra dos extremos:
A) Regresión infinita
El sentido siempre remite a otro sentido:
[
n_1 \rightarrow n_2 \rightarrow n_3 \rightarrow ...
]
Nunca capturamos completamente.
B) Reiteración seca
Extraemos el sentido y queda:
"la sonrisa sin gato".
Un doble vacío.
Ahora mira el juicio infinito hegeliano:
[
A \neq B
]
pero no cualquier diferencia.
Es una diferencia que rompe la posibilidad de relación.
Es decir:
el sentido se ha separado tanto de sus términos que la cópula desaparece.
Tenemos:
[
Sujeto
\qquad
Predicado
]
pero:
[
\text{entre ellos}
]
ya no hay puente.
Este es el extremo seco.
La figura sin cuerpo.
La sonrisa sin gato.
3. Pero aquí aparece tu corrección fundamental
La paradoja reiterativa no está simplemente después del juicio.
Está en el otro extremo del juicio apodíctico.
¿Por qué?
Porque el movimiento hegeliano no termina en la destrucción.
El juicio infinito tiene dos caras:
Cara negativa:
[
A \neq B
]
La separación absoluta.
La diferencia sin mediación.
Cara positiva:
[
A=A
]
El retorno a sí.
La identidad recuperada.
Pero esta identidad no es la identidad inicial.
Ha pasado por la diferencia.
Es una identidad atravesada:
[
A \rightarrow \neq A \rightarrow A'
]
Aquí aparece la verdadera cercanía con Deleuze.
La repetición nunca es volver al mismo.
Es:
[
\text{repetición}
\text{diferencia producida}
]
4. El crimen como figura acontecimental
El ejemplo de Hegel es potente:
El crimen no es simplemente una violación de una ley particular.
Si alguien roba algo:
[
\text{Yo niego que esto sea tuyo}
]
todavía reconoce:
[
\text{la esfera del derecho}
]
Pero el crimen profundo niega:
[
\text{el derecho como derecho}
]
Entonces:
[
\neg A
]
se convierte en:
[
\neg(\text{esfera de A})
]
Es una negación de segundo orden.
Aquí aparece la retransferencia.
Porque la figura del crimen muestra algo más allá del juicio:
revela la estructura donde una acción particular intenta negar la totalidad
que la hace posible.
El acontecimiento aparece como paradoja:
el crimen depende del derecho para negarlo.
5. El Ahayu como mediador entre la negación infinita y la reiteración
Aquí podemos formular tu operación:
La transferencia toma el juicio:
[
A \rightarrow B
]
y lo lleva hacia concepto:
[
A=B
]
La retransferencia desmonta:
[
A \neq B
]
y revela la multiplicidad:
[
A \rightarrow B_1,B_2,B_3...
]
Pero el Ahayu no se queda en ninguno.
Hace circular:
[
\boxed{
A=B
\leftrightarrow
A\neq B
}
]
La sintransferencia es la circulación.
6. El tránsito al juicio de reflexión
Aquí termina exactamente el juicio de existencia.
Hegel dice:
La cópula queda liberada.
¿Qué significa?
Que ya no tenemos:
[
Sujeto \quad \text{externo} \quad Predicado
]
sino una relación donde ambos están mediados.
El juicio ya no es:
"algo tiene una propiedad".
Ahora es:
"algo se refleja en sus relaciones".
Este es el paso decisivo.
Porque el acontecimiento ya no está fuera del juicio.
Está en su movimiento.
Entonces el esquema completo quedaría:
[
\boxed{
Acontecimiento
}
]
↓
[
\boxed{
Figura\ acontecimental\ del\ juicio
}
]
↓
[
\boxed{
Juicio\ infinito
\text{crisis de la relación}
}
]
↓
[
\boxed{
Juicio\ apodíctico
\text{recomposición de la relación}
}
]
↓
[
\boxed{
Concepto
identidad\ atravesada\ por\ diferencia
}
]
Pero con una advertencia deleuziana:
el concepto nunca captura definitivamente el acontecimiento.
Porque siempre queda la paradoja madre:
[
\boxed{
\text{el sentido aparece solamente cuando escapa de aquello que lo expresa}
}
]
Ahí volveremos a la paradoja reiterativa final: no como un problema a
resolver, sino como el motor mismo de la respiración del Ahayu.
Exacto(recuerda mándame las formulas en línea
me aparece esto text{recomposición
de la relación}
}
]
↓
[
\boxed{
Concepto)
Vamos ahora al juico reflexivo que media en Hegel y
como lo podemos deflexionar desde la paradoja de la neutralidad
Paradoja de la neutralidad, o del tercer estado de la
esencia. A su vez, la segunda paradoja nos empuja necesariamente a una tercera.
Porque si el sentido como doble de la proposición es indiferente tanto a la
afirmación como a la negación, si no es ni activo ni pasivo, ningún modo de la
proposición puede afectarlo. El sentido permanece estrictamente el mismo para
proposiciones que se oponen, sea desde el punto de vista de la cualidad, sea
desde el punto de vista de la cantidad, desde el punto de vista de la relación,
o desde el de la modalidad. Porque todos estos puntos de vista conciernen a la
designación y a los diversos aspectos de su efectuación o cumplimiento por unos
estados de cosas, pero no al sentido o expresión. En primer lugar, la cualidad,
afirmación y negación «Dios existe» y «Dios no existe» deben tener el mismo
sentido, en virtud de la autonomía del sentido respecto a la existencia de lo designado.
Esta es, en el siglo XIV, la paradoja fantástica de Nicolas de Autrecourt,
paradoja tantas y tantas veces objeto de reprobación: contradictoria ad invicem
idem significant.3 Luego, la cantidad: todos los hombres son blancos, ningún
hombre no es blanco, algún hombre no es blanco... Y la relación: el sentido
debe seguir siendo el mismo para la relación inversa, ya que la relación
respecto a él se establece siempre en los dos sentidos a la vez, en tanto que
hace aflorar todas las paradojas del devenir loco. El sentido es siempre doble
sentido, y excluye que haya un buen sentido de la relación. Los acontecimientos
no son nunca causas unos de otros, pero entran en relaciones de
casi-causalidad, causalidad irreal y fantasmal que no deja de volverse en los
dos sentidos. No es a la vez ni en relación a la misma cosa que yo soy a la vez
más joven y más viejo, pero me vuelvo tal al mismo tiempo, y por la misma
relación. De ahí los ejemplos innumerables que recorren la obra de Carroll, en
los que se muestra que «los gatos se comen a los murciélagos» y «los
murciélagos se comen a los gatos», «digo lo que pienso» y «pienso lo que digo»,
«me gusta lo que me dan» y «me dan lo que me gusta», «respiro cuando duermo» y
«duermo cuando respiro» tienen un único y mismo sentido. Hasta el ejemplo final
de Silvia y Bruno, en el que la joya roja que lleva la proposición «Todo el
mundo amará a Silvia» y la joya azul que lleva la proposición «Silvia amará a
todo el mundo» son los dos lados de una y la misma joya, que no se puede
proferir nunca más que a sí misma, según la ley del devenir (to chose a thing
from itself). Por último, la modalidad: ¿cómo la posibilidad, la realidad o la
necesidad del objeto designado podrían afectar a su sentido? Porque el
acontecimiento por su lado debe tener una sola y la misma modalidad, en el
futuro y en el pasado según los cuales divide hasta el infinito su presencia. Y
si el acontecimiento es posible en el futuro, y real en el pasado, es preciso
que sea los dos a la vez, ya que se divide en ellos al mismo tiempo. ¿Quiere
esto decir que es necesario? Recordemos la paradoja de los futuros
contingentes, y la importancia que tuvo en todo el estoicismo. Ahora bien, la
hipótesis de la necesidad reposa sobre la aplicación del principio de
contradicción a la proposición que enuncia un futuro. Desde esta perspectiva,
los estoicos hacen prodigios para escapar a la necesidad, y para afirmar lo
«fatal», pero no lo necesario.4 Conviene más bien salir de esta perspectiva,
aunque podamos encontrarnos la tesis estoica en otro plano. Porque el principio
de contradicción concierne, por una parte, a la imposibilidad de una
efectuación de designación, y por otra, al mínimo de una condición de
significación. Pero tal vez no concierna al sentido: ni posible, ni real, ni
necesario, sino fatal... A la vez, el acontecimiento subsiste en la proposición
que lo expresa, y sobreviene a las cosas en la superficie, en el exterior del
ser: es esto lo «fatal», como veremos. También corresponde al acontecimiento el
ser dicho como futuro por la proposición, pero no corresponde menos a la
proposición el decir el acontecimiento como pasado. Precisamente porque todo
pasa por el lenguaje, y pasa en el lenguaje, una técnica general de Carroll
consiste en presentar el acontecimiento dos veces: una vez en la proposición en
la que subsiste, y otra en el estado de cosa en cuya superficie sobreviene. Una
vez en la estrofa de una canción que lo remite a la proposición, otra vez en el
efecto de superficie que lo remite a los seres, a las cosas, y los estados de
cosas (por ejemplo, la batalla de Tweedledum y Tweedledee, o la del león y el
unicornio; y en Silvia y Bruno, donde Carroll pide al lector que adivine si ha
construido las estrofas de la canción del jardinero según los acontecimientos,
o los acontecimientos según las estrofas). Pero ¿es preciso decir dos veces, ya
que es siempre a la vez, ya que son las dos caras simultáneas de una misma
superficie cuyo interior y exterior, la «insistencia» y el «extra-ser», el
pasado y el futuro, están en continuidad siempre reversible? ¿Cómo podríamos
resumir estas paradojas de la neutralidad que, todas, muestran al sentido
inafectado por los modos de la proposición? El filósofo Avicena distinguía tres
estados de la esencia: universal respecto al intelecto que la piensa en
general; singular respecto a las cosas particulares en las que se encarna. Pero
ninguno de estos dos estados es la esencia en sí misma: animal no es otra cosa
que animal tan sólo, «animal non est nisi animal tantum», indiferente tanto a
lo universal como a lo singular, a lo particular como a lo general5 . El primer
estado de la esencia es la esencia como significada por la proposición, en el
orden del concepto y de las implicaciones de concepto. El segundo estado es la
esencia como designada por la proposición en las cosas particulares en las que
se encarna. Pero el tercero es la esencia como sentido, la esencia como
expresado: siempre en esta sequedad, animal tantum, esta esterilidad o
neutralidad espléndidas. Indiferente a lo universal y a lo singular, a lo
general y a lo particular, a lo personal y a lo colectivo, pero también a la
afirmación y a la negación, etc. En una palabra: indiferente a todos los
opuestos. Porque todos estos opuestos son solamente modos de la proposición
considerada en sus relaciones de designación y significación, y no caracteres
del sentido que ella expresa. ¿Es éste acaso el estatuto del acontecimiento
puro, y del fatum que lo acompaña, remontar así todas las oposiciones: ni
privado ni público, ni colectivo ni individual..., tanto más terrible y potente
en esta neutralidad cuanto que lo es todo a la vez?
B.
EL JUICIO DE REFLEXIÓN
El
sujeto, en el juicio surgido ahora, es un individuo como tal, y al mismo
tiempo
lo universal no es más una universalidadabstractas,o
unapropiedad
singular,sino
que está puesto como un universal, que se ha reunido como en uno
solo
por medio de la relación de los diferentes, o bien, considerado en general
según
el contenido de diferentes determinaciones, es el sumarse de Múltiples
propiedades
y existencias. —Si hay que dar ejemplos de predicados del juicio
reflexivo,
éstos deben ser de otra especie que aquellos de los juicios de la
existencia.
Sólo en el juicio reflexivo se encuentra propiamente uncontenido
determinado,es
decir, un contenido en general; en efecto, éste representa la
determinación
formal reflejada en la identidad, como diferente de la forma,
puesto
que ésta es una determinación diferente —tal cual es, todavía, como
juicio.
En el juicio de existencia el contenido es solo un contenido inmediato, o
abstracto,
indeterminado. —Como ejemplos de juicios reflexivos pueden, por
Ende,
servir los siguientes: El hombre esmortal,las
cosas sonperecederas,este
objeto
esútil,
nocivo;ladureza,laelasticidadde
los cuerpos, labienaventuranza,etc.,
se
hallan entre estos peculiares
predicados. Ellos expresan una esencialidad, que empero,
es una determinación en larelación,o
bien una universalidad
comprensiva.Estauniversalidad,que
se determinará de manera ulterior en el
movimiento
del juicio reflexivo, es todavía diferente de launiversalidad
del
conceptocomo
tal; en realidad no es más la universalidad abstracta del juicio
cualitativo;
pero conserva todavía la relación con lo inmediato, de donde deriva, y
lo
tiene en su fundamento para su negatividad. —El concepto determina la
existencia,
en primer lugar comodeterminaciones
de relacióny
como
continuidades
de éstas en las diferentes multiplicidades de la existencia —de
manera
que lo verdadero universal es, sin duda, su esencia interior, peroen
la
apariencia,y
esta naturaleza relativa, o también sucaracterística,no
es todavía
lo
existente en sí y por sí de aquellas.
Puede
parecer cosa obvia el determinar el juicio reflexivo como juicio de
cantidad,tal
como también el juicio de existencia fue determinado a la vez como
el
juiciocualitativo.Pero,
como en éste lainmediaciónno
era solo la inmediación
existente,sino
esencialmente también la mediaday abstractas,así
también aquí
aquella
inmediata eliminada no es sólo la cualidad eliminada, y del mismo
modo
noes
puracantidad.Más
bien así como la calidad es la inmediata más
extrínseca,
de la misma manera ésta es ladeterminación más extrínsecaque
pertenezca
a la mediación.
Hay
todavía que hacer una observación acerca de ladeterminacióntal
como
aparece
en el juicio reflexivo considerado en su movimiento, es decir, que en el
juicio
de existencia elmovimientode
la misma determinación se muestra en el
predicado,porque
este juicio se hallaba en la determinación de la inmediata, y
por
consiguiente el sujeto aparecía como lo que era el fundamento. Por lo mismo
en
el juicio reflexivo el movimiento progresivo del determinar se efectúaen
el
sujeto,porque
este juicio tiene como su determinación elser-en-sí
reflejado.Por
por
consiguiente aquí lo esencial eslo universalo
sea el predicado; éste constituye,
por
ende,el
fundamento,con
respecto al cual el sujeto tiene que ser medido y
determinado
de manera correspondiente a aquel. —Sin embargo también el
predicado
consigue, por medio del ulterior desarrollo progresivo de la forma del
sujeto,
una determinación ulterior; pero la consiguede modo
indirecto;mientras
la
otra, al contrario, se presenta, por la razón expuesta, como determinación
Revolucionariodirecta.
Por
lo que se refiere al significado objetivo del juicio, el individuo, por medio
de
su universalidad, penetra en la existencia; pero como en una determinación de
relación
esencial, de una esencialidad que se mantiene a través de la multiplicidad
del
fenómeno. El sujetodebeser
lo determinado en sí y por sí; esta determinacion
la
tiene en su predicado Por otro lado, el individuo está reflejado en este
predicado
suyo, que es su esencia universal; por lo tanto el sujeto es lo existente y
lo
aparente. El predicado, en este juicio, noen su
interiormás
en el sujeto; es más bien
loexistente
en sí,bajo
el cual estásubsumidoaquel
individuo como un
accidental.
Si los juicios de la existencia pueden también ser determinados como
juicios de la inherencia,entonces
los juicios de la reflexión son más bienjuicios
de la subsunción
Christian, aquí aparece un punto muy fértil para tu tercera vía porque el
paso de Hegel del juicio de existencia al juicio de
reflexión tiene una estructura casi paralela a lo que estás llamando deflexión
acontecimental desde Deleuze. Pero hay que mantener la diferencia:
Deleuze no quiere reconstruir el juicio hasta el concepto hegeliano, sino
mostrar la zona donde el sentido acontece antes de la captura conceptual.
Voy a ordenar la mediación con tus fórmulas lineales.
Primero, recordemos tu esquema:
Acontecimiento ← Figura acontecimental del juicio ← Mediación
redeconstructiva del juicio ← Retransferencia ← Mediación biodramatúrgica del
ahayu valorativo (ser/no-ser: 1=≠0) → Transferencia → Mediación dialéctica de
la figura acontecimental del juicio → Concepto con contenido
Aquí el juicio está en una posición extraña: es simultáneamente lo que
oculta el acontecimiento y el lugar donde el acontecimiento
puede revelarse.
Ahora entremos al juicio reflexivo.
1. El paso hegeliano: del juicio de existencia al juicio de reflexión
En el juicio de existencia:
El individuo aparece como inmediato:
A es B
Ejemplo:
"La rosa es roja"
La estructura profunda era:
El individuo → universalidad abstracta
Pero esta relación fracasa porque la propiedad no agota al individuo.
La rosa no es simplemente "rojez".
Por eso aparece la negación:
La rosa no es roja.
Pero tampoco basta.
La negación descubre que el individuo no está determinado por una propiedad
aislada sino por una totalidad de relaciones.
Entonces:
Individuo → particularidad → universalidad concreta
La rosa es una totalidad de determinaciones.
La negación de la determinación produce la reflexión.
La fórmula sería:
Individualidad inmediata
↓
Negación de la propiedad aislada
↓
Particularidad
↓
Universalidad reflejada
O:
I → ¬P → Pᵣ → U
Donde:
I = individuo
P = propiedad inmediata
Pᵣ = particularidad reflejada
U = universalidad concreta
2. Aquí aparece la primera conexión con Deleuze
La paradoja de la neutralidad dice:
El sentido no pertenece ni a la afirmación ni a la negación.
"Dios existe"
"Dios no existe"
mantienen un mismo plano de sentido.
Porque el acontecimiento no está dentro de la proposición sino en su
superficie.
Entonces:
Proposición afirmativa
↓
Proposición negativa
↓
Mismo acontecimiento expresado
La fórmula deleuziana sería:
Afirmación ↔ Negación
↓
Sentido acontecimental
No hay síntesis dialéctica.
Hay coexistencia.
Aquí está la diferencia fundamental con Hegel.
Para Hegel:
Negación → superación → concepto.
Para Deleuze:
Diferencia → coexistencia → acontecimiento.
3. Pero tu mediación introduce una tercera operación
Tu idea no acepta ni la dialéctica pura ni la neutralidad pura.
Porque dices:
La neutralidad no es el final.
Debe atravesar la tensión valorativa del ahayu.
Entonces:
No es:
Afirmación → Negación → Síntesis
ni:
Afirmación = Negación → Neutralidad
sino:
Afirmación ↔ Negación
↓
Tensión acontecimental
↓
Valor emergente
La fórmula:
1 →≠← 0
↓
1/2
↓
Acontecimiento valorativo
El ahayu aparece no como reconciliación sino como emergencia del
valor desde la diferencia mantenida.
4. Ahora el juicio reflexivo hegeliano
Hegel dice algo fundamental:
En el juicio reflexivo el predicado ya no es una propiedad inmediata.
Ejemplo:
"El hombre es mortal"
Aquí "mortalidad" no es una cualidad externa.
Es una universalidad que reúne múltiples individuos.
El predicado expresa una relación esencial.
Ya no:
Sujeto → propiedad
sino:
Sujeto → esencia relacional
Entonces:
Individuo → relación universal
La fórmula:
I → R → U
Donde:
I = individuo
R = relación esencial
U = universalidad reflejada
5. La deflexión desde la paradoja de neutralidad
Aquí aparece tu operación.
Hegel dice:
El individuo es subsumido bajo un universal.
Ejemplo:
Sócrates → mortalidad
Pero Deleuze preguntaría:
¿Dónde está el acontecimiento de "morir"?
Porque "mortal" no es todavía la muerte aconteciendo.
Es una esencia capturada.
Entonces hacemos una deflexión:
Universalidad esencial
↓ desmontaje
Acontecimiento puro
↓ retorno
Figura del juicio
La fórmula:
Universalidad (Hegel)
↓
Neutralidad acontecimental (Deleuze)
↓
Figura acontecimental del juicio
↓
Concepto transformado
6. La paradoja central
Aquí aparece lo que llamas la paradoja reiterativa.
Porque el acontecimiento no se actualiza una sola vez.
Se repite.
Pero cada repetición modifica la figura.
No:
A → A → A
sino:
A → A' → A'' → A'''
La repetición produce diferencia.
Entonces:
Reiteración ≠ identidad
Reiteración = producción de diferencia
7. Mediación completa
Podemos escribir tu tercera vía así:
Juicio hegeliano:
Individualidad
↓
Particularidad
↓
Universalidad
↓
Concepto
Deleuze:
Proposición
↓
Sentido
↓
Acontecimiento
↓
Neutralidad
Tu biodramaturgia:
Individualidad
↓
Figura del juicio
↓
Deflexión acontecimental
↓
Neutralidad
↓
Contratransferencia del ahayu
↓
Valor emergente
↓
Retransferencia
↓
Nuevo concepto vivo
En fórmula:
I → FJ → RD → A → N → Cᵣ → V → RT → C
Donde:
I = individuo
FJ = figura del juicio
RD = redeconstrucción
A = acontecimiento
N = neutralidad
Cᵣ = contratransferencia
V = valor
RT = retransfencia
C = concepto
Entonces el punto decisivo es:
El juicio reflexivo de Hegel ya no es un juicio sobre propiedades,
sino sobre relaciones esenciales. La paradoja de la neutralidad de Deleuze
libera esas relaciones de su captura conceptual. La biodramaturgia introduce el
momento donde esa liberación no queda estéril, sino que genera valor en la
tensión del ahayu.
La tercera vía estaría precisamente ahí:
Ni concepto sin acontecimiento.
Ni acontecimiento sin figura.
Sino:
Acontecimiento → figura → juicio → desmontaje → acontecimiento
transformado.
Y ahora sí podemos entrar al siguiente paso: el juicio de necesidad de
Hegel, porque ahí aparece el punto donde el juicio reflexivo intenta recuperar
la necesidad perdida, y allí la paradoja reiterativa empieza a acercarse al
juicio apodíctico.
Quedemonos
por ahora aca cerrando con un segundo intento de responderle a Emanuel primero
hacemos una análisis del acontecimiento de la valoración y de los juicios en su
texto y luego le damos una respuesta con una mediación que no lo caputure sino
que lo libere.
(Por favor
que este segundo intento incorpore todo lo que hemos avanzado)
Dios
es una idea, de la cual se ha especulado y escrito vastamente sin consenso
logico partiendo de muchos axiomas indemostrables pero que pasará el dia que
venzamos a la muerte y seamos inmortales con La transhumanización  del hombre
fusionado con su tecnología. Retotraigamos y vámonos unos siglos y veamos las
culturas “paganas” acaso ellos no estaban seguro de que esos dioses eran los
verdaderos dioses? . Es más, el origen monoteísta del cristianismo nunca ha negado
la existencia de otros dioses ergo el politeísmo ha pervivido hasta la época
actual, la filosofía es Hija de la religión y nieta del mito y a su vez
bisnieta del fenómeno y tataranieta de lo desconocido. Para ser honestos,
estamos seguros en nuestra inseguridad, conocemos lo que no conocemos y creamos
lo que nos creó hasta el día que se abran las puertas de las comunidades
sincréticas ocultas al ojo del profano y las bibliotecas vaticanas con el
registro en sus páginas de la verdad privilegiada o hasta el día que haya un
despertar de la supuesta alma que todos tenemos, seguiremos entonces, creyendo
en dioses como nuestros verdaderos dioses y mirando hacia afuera, como los
falsos dioses, que no son puesto que no imperan en nuestra sociedad por un régimen
político militar, donde también está presente y que le suma poder basándose en
el principio más poderoso de todos, sin el cual se fragmentaría como una torre
de cristal : la verdad ( de la que sólo habla el lenguaje humano )
La
búsqueda de Dios y de su palabra, que es la palabra de su mente eterna. Acaso
hablará más de esa mente Desconocida que de nuestra mente Desconocida ?
Estamos
inmersos en una lógica que viene de logos = palabra en la que constantemente
Algorithmizamos y silogismizamos partiendo de axiomas y conectando ideas
mediante el logos ( uso de la palabra ) que nos hace “lógicos” pero lógicos
quiere decir hablantes, parlantes, incluso hasta verbofilos verboFagos
verborrágicos verbomaniacos verbiatricos logofrenicos logonoicos logicoticos y
autologopseudolalicos; que sería del hombre si se le priva de la palabra, acaso
un simple mudo guturizante o un ser autoconsciente carente de “Dios = palabra”
. Creer que se conoce a Dios es cierto, no hay duda que conocemos a Dios en
cuatro letras explicitas: DIOS, y es todo lo que conocemos con certeza de eso,
siendo honestos con nosotros mismos. Por bien, incluso siendo almas eternas
encarnadas supuestamente, y sin embargo una afirmación es cierta: “no nos
conocemos”ni siquiera a nosotros mismos y levantamos la mirada al cielo y con
prepotencia aceleramos con seguridad en conocer el origen(Dios)de todo y es más
aún nuestro soberbia es más grande por creernos la creación suprema de este
mundo y aún más por creernos los privilegiados hechos a su imagen y semejanza
y aún más presunción y soberbia por creer que nos habla en lenguaje humano a
nuestra mente para plasmarla en escrito y que eligió un pueblo y aun más, que
el ser humano es el único con un plan divino y aun más, que nos tiene reservada
una vida eterna, y aún más que el mismo vino encarnándose en humano para
salvarnos de la misma condenación que él nos impone, por todo esto me encanta
la religión porque no me soluciona nada, pero me brinda paz y quiero hacer un
símil con estimulantes semejantes a este : la televisión me brinda muchos temas
en los que pensar pero no me deja tiempo para hacerlos, la política es la única
autonombrada para dar la dirección y orden correcto a la sociedad pero siempre
ha fracasado y sin embargo es la única que tenemos y en la que confiamos
ciegamente( con diplomacia social ) creyendo que está cumpliendo su función y
propósito, la comida chatarra que llena mi estómago y contenta mi corazón pero
que enferma mi sangre y mis neuronas, sé que no me es buena, pero me complace y
me da momentos felices. Amo la religión y me es imposible dejar de creer en
Dios puesto que la palabra Dios esta grabada dn mi mente.
·
Asuu
q terrible mi escritura llamada cacografia frasioclasta… mil disculpas maestro,
ya lo corregí y aumenté, espero que tenga sentido aunque le parezca un
comentario vano y hereje, Amén.
Christian, creo que para este segundo intento conviene no responderle a
Emanuel desde la posición de "corregir su teología" ni desde la
defensa/apología de una verdad religiosa. Su texto, leído desde lo que hemos
trabajado, tiene una riqueza porque él mismo está realizando un
movimiento acontecimental, aunque todavía lo expresa dentro de la
tensión clásica entre fe, crítica, lenguaje y poder.
La clave sería primero hacer una lectura del acontecimiento de la
valoración y luego una respuesta que no capture su experiencia en un
sistema cerrado, sino que abra el espacio donde su paradoja pueda respirar.
Voy por partes.
1. El acontecimiento valorativo en el texto de Emanuel
Su texto no comienza realmente con Dios.
Comienza con una herida:
¿Qué pasa si la humanidad supera aquello que parecía definirla: la
muerte?
La frase sobre la transhumanización introduce una primera ruptura:
Muerte → límite humano → posibilidad técnica de superación.
Aquí aparece una primera figura del acontecimiento:
El hombre se encuentra frente a su propio límite y produce una
imagen de salvación.
La estructura sería:
Humano
↓
límite (muerte)
↓
negación del límite
↓
transhumanización
Pero inmediatamente Emanuel retrocede hacia el mito:
"¿Acaso las culturas paganas no estaban seguras de que sus dioses eran
verdaderos?"
Aquí ocurre algo interesante.
Él desmonta la pretensión de exclusividad de cualquier sistema simbólico.
El pagano cree.
El monoteísta cree.
El transhumanista cree.
El político cree.
El científico cree.
No está diciendo simplemente "todos están equivocados".
Está señalando algo más profundo:
Toda humanidad habita una estructura de creencia desde la cual
interpreta lo desconocido.
La fórmula sería:
Desconocido
↓
lenguaje
↓
mito
↓
religión
↓
filosofía
↓
ciencia
↓
tecnología
Pero el desconocido permanece.
2. El juicio en Emanuel
Aquí podemos leerlo con Hegel.
Su texto está lleno de juicios existenciales:
"Dios es una idea"
"Los dioses paganos son falsos"
"La religión brinda paz"
"La política fracasa"
"La palabra crea"
Cada uno intenta fijar una relación:
Sujeto → Predicado
Dios → idea
Religión → consuelo
Política → dirección
Tecnología → inmortalidad
Pero justamente la riqueza del texto está en que él mismo rompe esos
juicios.
Por ejemplo:
"La religión me brinda paz"
pero:
"La religión no me soluciona nada."
Tenemos:
Religión es solución.
Religión no es solución.
Aquí aparece el juicio negativo hegeliano.
Pero no termina ahí.
Porque la contradicción produce algo:
La religión no es solución y precisamente por eso puede brindar paz.
La contradicción abre una tercera dimensión.
3. Desde Deleuze: aparece la paradoja de la neutralidad
Aquí entra nuestra mediación.
El sentido no está encerrado en:
"Dios existe"
ni en:
"Dios no existe".
El acontecimiento aparece en la tensión entre ambas proposiciones.
No porque sean iguales en contenido.
Sino porque ambas revelan una pregunta más profunda:
¿Qué ocurre con un ser que habla de aquello que desconoce?
Entonces:
Dios existe
↔
Dios no existe
↓
acontecimiento del preguntar
La pregunta no es un punto intermedio.
Es una superficie donde algo acontece.
4. La paradoja fundamental de Emanuel
Su texto tiene una paradoja central:
Dice:
"Conocemos a Dios en cuatro letras: DIOS."
Pero también:
"No nos conocemos a nosotros mismos."
Esta es una intuición muy fuerte.
Porque invierte la relación tradicional:
No solamente buscamos conocer a Dios.
Buscamos conocer quién es aquel que dice conocer a Dios.
La fórmula:
Dios desconocido
↓
palabra Dios
↓
hombre que pronuncia Dios
↓
hombre desconocido para sí mismo
Entonces la pregunta por Dios retorna como pregunta por el hombre.
Aquí aparece una tercera vía:
No:
Dios sí.
No:
Dios no.
Sino:
Dios acontece en la apertura donde el hombre se descubre desconocido.
5. La mediación del ahayu
Aquí entra nuestra biodramaturgia.
El error sería capturar la experiencia de Emanuel diciendo:
"Entonces Dios es solamente lenguaje"
o:
"Entonces Dios existe objetivamente."
Ambas posiciones congelan el acontecimiento.
La mediación sería:
Dios como palabra
↓
hombre como intérprete
↓
tensión entre ser y no-ser
↓
emergencia del valor
El ahayu aparece como ese espacio donde el ser humano no posee la verdad,
sino donde la verdad acontece como relación.
La fórmula:
1 =≠ 0
No significa:
1 es igual a 0.
Significa:
El ser y el no-ser pertenecen a una relación de diferencia inseparable.
6. Ahora una posible respuesta a Emanuel
(La escribiría con cuidado, porque su texto tiene un tono de confesión más
que de debate.)
Emanuel, creo que tu reflexión toca algo más profundo que la pregunta de si
Dios existe o no existe.
Quizás el acontecimiento más interesante de tu texto está precisamente en
esa tensión: buscamos a Dios mientras seguimos siendo desconocidos para
nosotros mismos.
Cuando dices que conocemos a Dios en cuatro letras: "DIOS",
señalas una paradoja enorme. Tenemos la palabra, pero no agotamos aquello que
la palabra intenta señalar. Tal vez ahí comienza todo: el mito, la religión, la
filosofía y hasta la ciencia nacen de esa distancia entre la palabra y aquello
que la palabra intenta alcanzar.
El ser humano no solamente habla de Dios; el ser humano es un ser hablado
por sus propias palabras. Creamos conceptos, sistemas, tecnologías y doctrinas
para acercarnos a lo desconocido, pero cada creación vuelve hacia nosotros y
nos pregunta quiénes somos.
Por eso quizás la pregunta no sea solamente si los dioses son verdaderos o
falsos, sino qué acontecimiento humano aparece cuando una comunidad pronuncia
la palabra Dios.
Porque tanto quien afirma "Dios existe" como quien afirma
"Dios no existe" está situado frente al mismo misterio: la existencia
misma.
La religión puede ser criticada, la ciencia puede ser cuestionada, la
política puede fracasar, la tecnología puede prometer salvaciones imposibles;
pero todas esas formas revelan algo: el ser humano es un animal que busca
sentido.
Y ahí aparece una paradoja hermosa: buscamos la mente desconocida de Dios
mientras seguimos intentando descubrir nuestra propia mente desconocida.
Quizás la humildad más profunda no sea abandonar la búsqueda de Dios, ni
afirmar que ya lo poseemos, sino permanecer abiertos al acontecimiento donde la
verdad no es una propiedad que alguien captura, sino una relación que nos
transforma.
Tal vez Dios no sea solamente una respuesta escrita en un libro, sino también
esa apertura infinita donde una criatura finita se pregunta por el origen de
todo.
Christian, esta respuesta ya no es una defensa de una posición religiosa ni
una crítica atea. Está construida exactamente en la línea que venimos
desarrollando:
No capturar el acontecimiento en el juicio, sino dejar que el juicio
sea atravesado por el acontecimiento.
La operación sería:
Juicio sobre Dios
↓
contradicción
↓
neutralidad del sentido
↓
retransferencia hacia el sujeto que pregunta
↓
emergencia del valor del ahayu
Y creo que aquí aparece una conexión fuerte con lo que dijiste antes: la
paradoja reiterativa no está al inicio como solución, sino al final, cuando
después de atravesar todas las figuras del juicio aparece el concepto vivo.
