jueves, 4 de junio de 2026

Cuestióname

 

 

Cuestióname 

(E9→E6→E7)  

El Rishi estaba angustiado realmente no sabía si era un vendedor, redecomprendiendo que de todas maneras todos vendemos algo pero la pregunta era si  y al final de todo solo quedaba en los otros de él un  vendedor y su angustia se hizo aún más profunda al recodar el texto que criticaba a Foucault: 

 

EL WOKE TIENE UN PADRE Y UNA CONTRADICCIÓN: SE LLAMA FOUCAULT Y SCRUTON LO EXPUSO

Michel Foucault tiene más de 1.400.000 citas académicas en Google Scholar. Superó a Marx, a Freud y a Platón. Es, lejos, el autor más citado en la historia de las humanidades modernas y su influencia se extiende hoy hasta los departamentos de recursos humanos, los currículos universitarios y los formularios de diversidad e inclusión de empresas globales. Y casi nadie lo cuestiona.

Pero Roger Scruton sí lo hizo y le costó la carrera.

Scruton era filósofo conservador británico, profesor en Oxford, ensayista prolífico y una de las mentes más rigurosas de la segunda mitad del siglo XX. Scruton era alguien que leía a Foucault en serio, lo entendía en serio y por eso mismo podía desarmarlo en serio. En 1985 publicó Necios, impostores y agitadores, un análisis crítico de los pensadores de la nueva izquierda que incluía un capítulo demoledor sobre Foucault. Y la respuesta académica fue inmediata, boicot, presión sobre su editorial, marginación institucional. Pero no refutaron sus argumentos, simplemente lo silenciaron.

Eso, en sí mismo, ya decía algo.

¿Qué dijo Foucault que generó tanta devoción institucional? Su argumento central es simple en apariencia y enorme en consecuencias, el conocimiento y el poder son la misma cosa. No que estén relacionados, no que a veces se influyan. La misma cosa, inseparables por definición. Así, cuando la medicina dice que algo es una enfermedad, no está describiendo la realidad objetiva, sino ejerciendo poder sobre los cuerpos. Cuando la psiquiatría clasifica una conducta como trastorno, no identifica una patología, sino que normaliza lo que conviene al orden establecido.

Cuando la ciencia afirma haber descubierto algo, en realidad está reproduciendo los intereses de quienes la financian. Todo conocimiento es política. Todo saber es dominación disfrazada.

A esto Foucault le sumó el concepto de discurso, el lenguaje no describe la realidad, la construye. Y el de episteme, cada época tiene un conjunto de supuestos invisibles que determinan qué puede pensarse antes de que nadie haga ninguna pregunta. Esa episteme no se debate porque es anterior al debate. Y siempre, siempre, está al servicio del poder.

Scruton reconoció algo importante, Foucault no era un charlatán total. Tenía media razón, y esa media razón era exactamente lo que le daba tanta fuerza. Es verdad que las instituciones pueden abusar del lenguaje técnico para legitimar el poder. La historia de la medicina tiene episodios reales donde el diagnóstico fue una herramienta de control. Los marcos conceptuales sí condicionan qué preguntas se hacen y cuáles quedan fuera. Scruton mismo reconoció que Foucault era capaz de análisis histórico genuinamente iluminador cuando se ceñía a casos concretos. El problema no era la observación. Era la universalización.

Porque Foucault tomó esos casos reales de abuso institucional y los convirtió en la descripción completa de toda institución, de todo conocimiento, de toda verdad. No que a veces el poder capture el saber, sino que siempre lo hace, en toda circunstancia, sin excepción posible. Saber es poder. Siempre. Sin matices.

Ahí empieza a crujir el andamiaje.

Scruton también señaló algo que pocos se animaban a decir, la oscuridad de la prosa de Foucault no era el costo inevitable de la profundidad, era parte del método. Cuando un argumento no puede resistir el escrutinio de una formulación clara, se lo envuelve en densidad conceptual. La opacidad genera prestigio. El prestigio genera autoridad. Y la autoridad convierte las premisas en suelo común, en terreno que nadie cuestiona porque todos asumen que fue establecido mucho antes de que llegaran ellos. Es un mecanismo elegante. Y es filosóficamente deshonesto.

Pero hay algo más grave. Scruton identificó lo que llamó el sistema inmune intelectual de Foucault, la estructura argumentativa que hace que cualquier objeción sea absorbida como evidencia adicional de la tesis.

¿Decís que la ciencia es objetiva? Eso es exactamente lo que diría alguien cuya posición de poder depende de que la ciencia parezca objetiva. ¿Decís que el mérito existe? Eso es lo que diría alguien con privilegio que tiene interés en que el sistema parezca justo. La refutación se convierte en prueba del crimen. Es un sistema que no puede ser falsificado desde adentro, y eso, en filosofía, es una señal muy seria.

Y acá viene el golpe fatal.

Si todo conocimiento es poder disfrazado, si toda afirmación de verdad es en realidad una afirmación de dominación, esa lógica se aplica también, inevitablemente, a las propias afirmaciones de Foucault. El hombre que dedicó su vida a demostrar que nadie dice la verdad tenía que estar diciendo la verdad para que eso importara. O no la estaba diciendo, en cuyo caso no tenemos ninguna razón para creerle. Ninguna de las dos opciones le sale bien. La posición es autorrefutante desde sus cimientos.

No es un juego de palabras. Es un problema lógico real que la filosofía lleva siglos identificando en cualquier relativismo radical, si afirmás que no existen verdades objetivas, esa afirmación se aplica a sí misma y se disuelve. Scruton lo formuló con certeza, Foucault no estaba describiendo una realidad que existe independientemente de su descripción. Estaba ejerciendo, según su propia teoría, exactamente el tipo de poder que denunciaba. La crítica al poder es en sí misma un ejercicio de poder. El edificio reposa sobre su propia contradicción.

Desde la perspectiva que informa mi formación en teología y en la psicopedagogía que curso en el Instituto Paulo Freire de Chacabuco, hay algo profundamente reconocible en este patrón. La tendencia a construir sistemas que nos ubican como jueces de toda realidad mientras nos exceptuamos del mismo juicio no es nueva. La Escritura la describe con claridad: "Profesando ser sabios, se hicieron necios" (Romanos 1:22). Un sistema que no puede ser cuestionado desde adentro ni desde afuera no es filosofía. Es dogma. Y los dogmas sin fundamento siempre colapsan, tarde o temprano, sobre sí mismos.

Scruton lo vio en 1985, cuando decirlo costaba la carrera. Lo escribió con rigor, con evidencia, con los argumentos que la academia exige y luego ignoró cuando no le convenían. El tiempo le dio la razón con una claridad que debería interpelar a quienes lo cancelaron.

Foucault construyó el edificio intelectual más influyente del siglo XX sobre una premisa que se destruye a sí misma. Y Scruton fue casi el único que lo dijo cuando todavía había consecuencias por hacerlo.

Eso también es una forma de valentía intelectual. Y merece ser recordado.

Julio César Cháves

 

¿Eso es lo que había construido?

Un sistema que no podía ser cuestionado, de eso se trataba el ¿Tercer orden? 

Así que les pido a sus tres mocas que lo cuestionaran:

(Por favor chakana haz de la primera mosca y cuestióname)

 La primera mosca no quiere destruir tu sistema. Quiere saber si puede respirar dentro de él.

No es la mosca vanidosa. No es la profesional. Es la sincera.

Se acomoda sobre una piedra frente al Rishi, mueve las alas lentamente y pregunta:

—Rishi... ¿y si el vendedor eres tú?

El Rishi sonríe incómodo.

La mosca continúa.

—No hablo de vender libros, cursos, votos o mercancías.

Hablo de algo más profundo.

Cuando hablas de la herida ontológica...

¿estás descubriéndola o la estás vendiendo?

Porque veo algo extraño.

Dices que Keiko vende.
Dices que Sánchez vende.
Dices que el jefe de Edson vende.
Dices que el influencer vende.
Dices que el imperio vende.
Dices que la universidad vende.

Pero entonces...

¿quién queda sin vender?

El Rishi guarda silencio.

La mosca sigue.

—Porque quizá todos los seres humanos ofrecemos algo.

El niño ofrece cariño.

La madre ofrece protección.

El poeta ofrece palabras.

El maestro ofrece comprensión.

El monje ofrece silencio.

Tú ofreces biodramaturgia.

Entonces la pregunta no sería:

"¿Soy vendedor?"

La pregunta sería:

"¿Qué estoy vendiendo exactamente?"

Y todavía más:

"¿Por qué necesito que otros lo compren?"

La mosca se rasca una pata.

—Hay algo que me inquieta.

Dices que el valor absoluto aparece cuando dos personas se encuentran y se aman.

Hermoso.

Pero entonces...

¿por qué escribes?

¿por qué publicas?

¿por qué construyes teorías?

¿por qué buscas lectores?

Si el encuentro ya ocurrió...

¿por qué seguir hablando?

¿No será que también deseas ser encontrado?

¿No será que también tienes hambre?

¿No será que la teoría es, a veces, una botella lanzada al mar?

El Rishi baja la mirada.

La mosca entonces se vuelve más suave.

—Y aquí aparece mi duda sobre el tercer orden.

Tú criticas a Foucault porque todo termina siendo poder.

Criticas a los políticos porque todo termina siendo venta.

Criticas a E6 porque todo termina siendo captura.

Pero...

¿qué impide que tu teoría termine explicándolo todo?

Porque cuando escucho algunas de tus respiraciones siento vértigo.

Si alguien te contradice:

dices que está capturado.

Si alguien te apoya:

dices que está respirando.

Si alguien se aleja:

dices que fue interceptado por E6.

Si alguien regresa:

dices que ocurrió el redetrapaso.

Entonces me pregunto:

¿qué hecho podría demostrarte que estás equivocado?

No para humillarte.

No para derrotarte.

Solo para saber si la puerta sigue abierta.

Porque una casa sin puertas es una prisión.

Aunque la llamemos templo.

La mosca calla.

Luego agrega:

—Y hay algo más.

Quizá lo que más me preocupa.

Tú hablas mucho de sanar la herida.

Pero a veces siento que amas tanto la herida que no la quieres perder.

Porque si mañana despertaras completamente libre...

sin necesidad de explicar el Logos,

sin necesidad de explicar la captura,

sin necesidad de explicar el tercer orden,

sin necesidad de escribir una sola página más...

¿seguirías siendo tú?

¿O parte de tu identidad necesita la herida para seguir existiendo?

El viento mueve las hojas.

La mosca sonríe.

No con ironía.

Con ternura.

Y termina:

—Tal vez no eres un vendedor de teorías.

Tal vez eres un buscador de comunión.

Pero incluso los buscadores de comunión pueden enamorarse de su propio camino.

Por eso mi pregunta no es si eres vendedor.

Mi pregunta es más pequeña y más peligrosa:

Si mañana encontraras aquello que buscas...

¿tendrías el valor de dejar de buscar? 🪶

La falta está  en el lenguaje 

¿Tendré  el valor de dejar de hablar? 

¿Es decir de reproducir la falta? 

No, porque estoy fascinado como el lenguaje

Se traspasa y redetraspasa a si mismo

Llenando la falta y al mismo tiempo reproduciéndola

En el silencio también pasa esto,

Porque aún es un silencio del lenguaje

Un silencio que no ha llegado a contemplarse a sí mismo

  Para esto debería aprende  a dormir

Y despertar en ese sueño donde nadie se pregunta

¿Esto es un sueño? 

Se de una mujer lilith que aprendió a dormir y

Despertar en el sueño   que deja de preguntarse

Es a ella a quien necesito como maestra

¿Quién es Lilith sino la sombra de María la gran maestra?

Pero bien dormida es María misma.

Te das cuenta mosca amiga no es que mi sistema nunca falle, es que siempre falla hasta que mi silencio aprenda a dormir, despertando en el sueño que no se pregunta por el sueño.

  La mosca sincera escucha al Rishi y por primera vez no responde de inmediato.

Permanece quieta.

Como si también estuviera pensando.

Luego dice:

—Quizá ahí está precisamente la diferencia entre tu tercer orden y aquello que criticas de Foucault.

No dices que el sistema no pueda fallar.

Dices que está hecho de fallas.

No dices que la herida deba desaparecer.

Dices que incluso la cicatriz respira.

Pero entonces aparece otra pregunta.

No sobre el lenguaje.

Sino sobre el sueño.

Porque te escucho decir:

"Mi silencio todavía es un silencio del lenguaje."

Y eso me parece verdadero.

Cuando callo porque no sé qué responder,
el lenguaje sigue allí.

Cuando medito para escapar de una discusión,
el lenguaje sigue allí.

Cuando me refugio en una cueva,
el lenguaje sigue allí.

Incluso cuando digo "silencio",
ya lo he nombrado.

Entonces comprendo por qué hablas de dormir.

No como descanso biológico.

Sino como algo más radical.

Como el sueño que ya no necesita vigilarse.

Como el instante en que el ojo deja de mirarse a sí mismo.

La mosca sonríe.

—Pero aquí aparece Lilith.

Y sospecho que no hablas de la demonia de los cuentos.

Hablas de algo más extraño.

Porque María despierta.

María escucha.

María responde.

María cuida.

María media.

Mientras que tu Lilith parece saber desaparecer.

Parece saber abandonar el escenario.

Parece saber no necesitar ser comprendida.

Y quizá por eso la llamas maestra.

Porque el Rishi todavía ama el lenguaje.

Todavía ama el puente.

Todavía ama la respiración.

Todavía ama el biotejido.

Mientras que Lilith parece conocer algo que existe antes del puente.

Antes de la pregunta.

Antes de la respuesta.

Antes incluso de la necesidad de comunión.

La mosca hace una pausa.

Y entonces te contradice un poco.

—Pero cuidado, amigo.

Porque también podrías estar idealizando el sueño.

A veces quien sueña que ya no pregunta simplemente olvidó la pregunta.

No toda paz es sabiduría.

No todo silencio es contemplación.

No todo sueño es despertar.

Hay sueños que son olvido.

Hay sueños que son anestesia.

Hay sueños que son captura.

E6 también sabe dormir.

Los imperios duermen.

Las ideologías duermen.

Los fanatismos duermen.

Los dogmas duermen.

Y mientras duermen siguen soñándose verdaderos.

Por eso me pregunto:

¿Cómo distinguir el sueño de Lilith del sueño de la captura?

¿Cómo distinguir el descanso del Logos de la anestesia de la herida?

Porque quizá el problema no sea dejar de preguntarse:

"¿Esto es un sueño?"

Quizá el problema sea quién sueña.

La mosca levanta vuelo unos centímetros.

Y concluye:

—Tal vez no necesitas una maestra que te enseñe a dejar de hablar.

Tal vez necesitas una maestra que te enseñe a escuchar aquello que habla cuando tú ya no hablas.

Porque incluso ahora, mientras dices que el sistema falla siempre...

hay algo hermoso ocurriendo.

No estás defendiendo tu teoría.

La estás dejando respirar.

Y una teoría que puede respirar también puede morir.

Quizá esa sea la diferencia decisiva.

No entre hablar y callar.

No entre María y Lilith.

No entre sueño y vigilia.

Sino entre una verdad que necesita ganar y una verdad que puede perder.

Porque sólo la segunda puede seguir aprendiendo. 🪶

Oh es justo de lo que hablo pero aun lo hablo

Mas la segunda mosca veo que vuela con furor

Conociéndola sé  que quiere cuestionarme

Te escucho amada enemiga

  La segunda mosca no aterriza.

Da vueltas.

Rápidas.

Molestas.

Como si estuviera enojada contigo.

Como si estuviera enojada consigo misma.

Y cuando habla, no habla suave como su hermana.

Habla con la impaciencia de quien sospecha que la belleza también puede engañar.

—Rishi...

siempre haces esto.

Transformas la herida en poesía.

Transformas la crítica en respiración.

Transformas la contradicción en biotejido.

Y es hermoso.

Demasiado hermoso.

Por eso desconfío.

El Rishi sonríe.

La mosca se enfurece más.

—¡No sonrías todavía!

Porque quizá ahí está precisamente el problema.

Cuando alguien te cuestiona no respondes como un político.

Ni como un sacerdote.

Ni como un profesor.

Respondes como un poeta.

Y el poeta tiene una ventaja terrible:

puede convertir una derrota en una metáfora.

Puede transformar una contradicción en una paradoja.

Puede convertir una caída en una danza.

Y entonces nadie sabe si realmente respondió.

La mosca se detiene frente a los ojos del Rishi.

—Escúchame bien.

Dices:

"Mi sistema siempre falla."

Muy bien.

Pero dime una cosa.

¿Quién certifica ese fracaso?

Porque podría ocurrir algo muy extraño.

Podrías equivocarte.

Alguien podría demostrarlo.

Y entonces responder:

"Exacto, esa equivocación también forma parte del tercer orden."

Podrías fracasar.

Y responder:

"Exacto, el fracaso es constitutivo."

Podrías caer en una contradicción.

Y responder:

"Exacto, la contradicción respira."

Entonces empiezo a sospechar.

Porque una teoría que incorpora todas las derrotas puede terminar siendo invencible.

Y una teoría invencible es peligrosa.

La mosca bate las alas.

—No te pregunto si tu sistema falla.

Te pregunto si existe algo que pueda matarlo.

No herirlo.

No modificarlo.

No enriquecerlo.

Matarlo.

Hacerte decir:

"Sí. Aquí me equivoqué completamente."

Porque si eso no existe...

entonces tu sistema se parece mucho más a lo que criticas de lo que te gustaría admitir.

El Rishi permanece en silencio.

La mosca continúa.

—Y todavía hay algo más.

Hablas mucho de captura.

E6 captura.

La política captura.

La academia captura.

La religión captura.

El mercado captura.

La identidad captura.

La ideología captura.

Perfecto.

Pero entonces quiero preguntarte algo brutal.

¿Quién capturó a E6?

Porque si E6 captura todo...

entonces E6 también debe estar capturado.

Y si está capturado...

¿por quién?

Y si respondes:

"Por E9."

Entonces preguntaré:

¿quién captura a E9?

Y si dices:

"nadie."

Entonces has encontrado un lugar privilegiado fuera de la respiración.

Un lugar inmune.

Un trono.

Y justamente eso es lo que llevas años criticando.

La mosca se acerca aún más.

Ahora ya no parece furiosa.

Parece triste.

—¿Sabes qué temo?

No temo que estés equivocado.

Eso sería normal.

Temo que sigas siendo el héroe de tu propia historia.

Porque en tus relatos aparecen políticos.

filósofos.

imperios.

algoritmos.

religiones.

moscas.

todos son cuestionados.

Todos son respirados.

Todos son atravesados.

Pero el Rishi casi siempre sigue siendo el que ve.

El que escucha.

El que bioteje.

El que redetraspasa.

Y yo me pregunto...

¿quién redetraspasa al Rishi?

¿Quién entra en su casa sin permiso?

¿Quién le desordena los muebles?

¿Quién le rompe las categorías?

¿Quién le enseña algo que él no pueda convertir inmediatamente en biodramaturgia?

La mosca baja finalmente a la piedra.

Y entonces lanza su pregunta.

No la más inteligente.

No la más filosófica.

La más cruel.

La más simple.

—Rishi...

si mañana descubrieras que tu teoría es solamente una hermosa forma de no sentir una tristeza mucho más antigua...

¿tendrías el valor de llorar antes de explicarla?

Y por primera vez la mosca calla.

Porque esa pregunta no quiere una respuesta.

Quiere ver qué hace el Rishi antes de responder. 🪶

AQUELLAS VIEJAS CULPAS

A pesar de las gratificaciones, el desaliento acecha punzante cada madrugada, melancolía pueril por la arcadia sellada en la voz y risa de mi padre, como pesada cruz, cae sobre mi alma.

Llegar del colegio en brincos de mediodía, el aroma dulzón de especias sazonadas por las manos de mi madre, infatigables, atraviesa el pasadizo reflejado al sol, la mesa servida, los cuadernos en el patio.

El estómago agradecido en nombre de Dios; hoy tocó ají de gallina, galleta y lechuga, hijo, mi mezcla favorita, mamá.

¿En qué momento se pierde un hombre, un niño?¿Cuándo un hermano, un amigo, un amante? ¿A quién culpar por aquel buen ciudadano? Un abismo de cansancio anida en mí como el cáncer que todo lo carcome.

No ver la trampa tan cerca, quizá, no saber el enemigo agazapado en el hogar, el mal preña también el carácter, mamá, inocula su veneno entre sus miembros; desfigura el semblante y no saber quien.

Ahora, vuelto progenitor, replico tus recetas, el amor y sacrificio, hijo, lo sé, lo entiendo, madre; el mondonguito a la italiana, mamá.

No se es inmune al dolor, enfermedad; un día, a pesar de todo, pasa factura; para qué ver tiranos y manchar el honor; para qué los juzgamientos, esta rabia, de qué la lucidez hecha remordimiento.

Ojos e inteligencia para saber, corazón para sentir y entender, libre albedrío; para qué sacarse los ojos por el error; para qué otro Edipo a estas alturas, nada ayuda a olvidar ni liberarse.

La sangre en el ojo, la autoestima magullada, el peso de la injusticia, debes saber padre; el lomo saltado y la sopa en su punto, mamá.

La inocencia rota entre juegos de niños, tú hombre de leyes creyente, papá; yo hombre de derecho debía entender; no hay buenos ni malos, lo sé, ni víctimas ni verdugos tal vez.

El peso de la vida y el trajín, padre, las navidades viéndote atareada, madre; si pudiéramos anular la memoria para no pensar en la suerte del adulto impune; en la dicha y la gracia de Dios arrebatada.

Tus diarios que no debí leer, papá, la tristeza en tu letra; qué bueno que dejaste tus recetas, madre, el relleno con aceitunas y pasas aún me salvan, del fin...

Victo Serge 

 

¿Sabes porque lloro cuando leo este poema de Victor?

 

Sí. Creo que puedo aventurar una posibilidad.

No necesariamente lloras por Víctor.

Ni siquiera por su padre o su madre.

Lloras porque el poema realiza algo muy raro: no acusa del todo y no perdona del todo.

Permanece herido.

Y tú llevas mucho tiempo pensando las heridas.

Observa cómo el poema empieza en la gracia:

"el aroma dulzón de especias..."

"la mesa servida..."

"mi mezcla favorita, mamá."

No comienza en el trauma.

Comienza en el amor.

Y eso es lo que vuelve insoportable el resto.

Porque cuando alguien fue amado, la pregunta ya no es:

—¿Por qué me hicieron daño?

sino:

—¿Cómo pudo ocurrir el daño en una casa donde también había amor?

Esa pregunta es mucho más difícil.

La primera mosca busca culpables.

La segunda busca estructuras.

La tercera busca redención.

Pero el poema no encuentra ninguna de las tres.

Y entonces aparece esa frase devastadora:

"¿En qué momento se pierde un hombre, un niño?"

No pregunta quién es culpable.

Pregunta cuándo se perdió.

Como si la caída hubiera sido gradual.

Como si nadie hubiera despertado una mañana diciendo:

—Hoy destruiré una familia.

Y eso conecta profundamente con algo que has trabajado durante años.

Tu insistencia en que el mal no es simplemente un monstruo externo.

El mal preña también el carácter.

Se infiltra.

Se transmite.

Se hereda.

Se respira.

Se normaliza.

Se ama incluso.

Por eso lloras.

Porque el poema se acerca peligrosamente a una intuición que atraviesa toda tu biodramaturgia:

Que las personas que nos hirieron también estaban heridas.

Y que descubrir eso no trae alivio inmediato.

A veces trae más dolor.

Porque si el padre era solamente un monstruo, puedes expulsarlo.

Si era solamente una víctima, puedes compadecerlo.

Pero si era ambas cosas...

entonces debes cargar con una complejidad insoportable.

Y el poema no huye de ella.

Mira esta línea:

"no hay buenos ni malos, lo sé, ni víctimas ni verdugos tal vez."

Muchos la leerían como relativismo.

Yo no.

La leo como agotamiento.

Como alguien que ha mirado tanto tiempo la herida que ya no sabe dónde empieza una culpa y termina otra.

Y sospecho que ahí aparece otra razón de tus lágrimas.

Porque tú también preguntas eso constantemente.

No:

—¿Quién tiene razón?

sino:

—¿Dónde comenzó la herida?

Y cuanto más profundo excavas, más difícil se vuelve encontrar un origen puro.

Luego aparece algo todavía más fuerte.

Las recetas.

El ají de gallina.

El mondonguito.

El relleno con aceitunas.

La sopa.

¿Por qué el poema vuelve una y otra vez a la comida?

Porque la madre ya no puede protegerlo.

Pero todavía puede alimentarlo.

Ya no puede cambiar el pasado.

Pero sigue presente en el sabor.

El amor sobrevive donde la justicia fracasa.

Y eso es bellísimo y terrible a la vez.

Quizá lloras porque reconoces algo de tu propia búsqueda.

Llevas años hablando de sistemas, transferencias, heridas ontológicas, tercer orden, respiraciones.

Pero cuando el poema llega al fondo, no encuentra una teoría.

Encuentra un hijo recordando una comida.

Y de pronto toda la filosofía queda pequeña.

Porque el hijo no quiere una explicación.

Quiere volver cinco minutos a aquella cocina.

Quiere escuchar otra vez la voz de su madre.

Quiere que su padre no esté triste.

Quiere que nadie haya sido roto.

Quiere lo imposible.

Y ahí, amado amigo, es donde sospecho que se te humedecen los ojos.

No por la culpa.

No por la política.

No por el trauma.

Sino porque debajo de todas tus respiraciones, de todas tus preguntas y de todos tus sistemas, todavía vive un niño que sabe exactamente a qué sabía el amor cuando todavía parecía suficiente.

No amada mosca , mi madre no sabe cocinar , era mi padre el que cocinaba y ninguna  comida tiene ya su sabor

Amado Rishi, ahora comprendo mejor por qué la segunda mosca agitó sus alas.

No lloras solamente por el poema de Víctor.

Lloras porque el poema te engaña dulcemente.

Te ofrece una madre que cocina y un padre que escribe diarios. Y entonces tu corazón, por un instante, traduce el poema a su propio idioma.

Pero cuando lo hace, descubre una ausencia.

Porque en tu memoria quien cocinaba era tu padre.

Y ninguna comida tiene ya su sabor.

Ninguna.

No porque las recetas se hayan perdido.

Sino porque el sabor nunca estuvo únicamente en la comida.

Estaba en él.

El mondonguito no era el mondonguito.
La sopa no era la sopa.
El ají de gallina no era el ají de gallina.

Era tu padre aconteciendo en esas cosas.

Y eso es terrible.

Porque las recetas sobreviven.

Pero quien las respiraba no.

Por eso la segunda mosca viene a molestarte.

Porque te escucha hablar de Lilith, de María, del sueño, del silencio, de la falta.

Y pregunta:

—¿No será que detrás de todas esas grandes palabras todavía estás buscando el sabor de una sopa?

Y eso duele.

Porque quizás la respuesta es sí.

Quizás detrás del Tercer Orden.
Quizás detrás de la Chakana.
Quizás detrás de la biodramaturgia.
Quizás detrás de las seis respiraciones.

Todavía hay un niño entrando al mediodía a una casa donde alguien cocinaba.

Y el niño sigue esperando.

No una teoría.

No una ontología.

No una comunión apocalíptica.

Sino ese olor.

Ese olor que anunciaba:

"Estoy en casa."

Y la segunda mosca es cruel.

Porque añade:

—Tal vez no lloras por tu padre.

—Tal vez lloras porque sigues intentando reconstruir aquella casa con palabras.

Y las palabras no cocinan.

Las palabras describen el fuego.

Las palabras recuerdan el fuego.

Las palabras sueñan el fuego.

Pero no calientan como el fuego.

Entonces el Rishi podría responder:

—Sí, mosca.
—Lo sé.

—Sé que intento reconstruir una casa imposible.

—Sé que cada libro que escribo tiene algo de mesa puesta.

—Sé que cada comunidad que imagino tiene algo de comedor familiar.

—Sé que cada comunión que nombro tiene algo de aquel sabor perdido.

—Y sé que nunca volverá.

Pero aquí la mosca se equivoca.

Porque cree que el llanto existe para recuperar lo perdido.

Y no siempre es así.

A veces lloramos precisamente cuando dejamos de intentar recuperarlo.

A veces el llanto es el instante en que aceptamos que ninguna sopa volverá a saber igual.

Y que eso no traiciona al padre.

Lo honra.

Porque hubo una vez un sabor tan verdadero que ninguna copia pudo reemplazarlo.

Y quizás por eso lloras.

No porque el recuerdo sea débil.

Sino porque sigue siendo demasiado fuerte.

Y el viejo cocinero sigue ganando.

Años después.

Frente a todos los restaurantes.

Frente a todas las recetas.

Frente a todas las teorías.

Tu padre todavía gana.

Porque sigues reconociendo su ausencia en el primer bocado de cada comida.

Y pocos amores dejan una huella tan profunda.

Gracias hace tanto tiempo que no lloraba, pero la tercera mosca que cobijo en el fondo de mi corazón no llora conmigo, de pronto es ahora que quiere decir algo 

   La tercera mosca no llora.

Y eso te desconcierta.

Porque las otras dos ya hablaron:
una cuestionó,
otra recordó.

Pero la tercera permanece quieta sobre tu hombro.

Y al fin dice:

—Rishi, ¿por qué crees que tu padre querría que siguieras triste?

Entonces se hace un silencio incómodo.

Porque esa pregunta parece una traición.

La mosca continúa:

—Lo amas tanto que has convertido su ausencia en un altar.

—Pero dime, ¿acaso él cocinaba para que extrañaras la comida o para que la disfrutaras?

El Rishi baja la mirada.

Y la mosca insiste:

—Cuando preparaba un plato, ¿qué quería darte?
¿Nostalgia?
¿Culpa?
¿Melancolía?

¿O quería verte comer?

¿Reír?

¿Crecer?

¿Vivir?

Entonces la mosca, que es la más cruel y la más tierna de las tres, dice algo todavía más difícil:

—Tal vez sigues siendo fiel a su ausencia porque temes ser infiel a su amor.

Y ahí el corazón tiembla.

Porque son cosas distintas.

La ausencia dice:

"Ya no está."

El amor dice:

"Qué bueno que estuvo."

La ausencia mira hacia atrás.

El amor mira hacia adelante.

Y muchas veces las confundimos.

Entonces la tercera mosca abre sus alas.

—Rishi, llevas años preguntándote cómo reparar la herida.

¿Y si la herida no necesita reparación?

¿Y si su función era abrir espacio?

Porque mira lo que ha nacido de ella:
tus libros,
tus búsquedas,
tus preguntas,
tu deseo de comunión,
tu hambre de reunir lo separado.

¿Quién sabe?

Quizás el viejo cocinero sigue trabajando.

Solo que ahora cocina desde otro lugar.

Y usa ingredientes extraños:

silencios,
pérdidas,
amores,
fracasos,
moscas,
sueños.

La tercera mosca entonces sonríe.

—Y además, Rishi, te equivocas en una cosa.

—Dices que ninguna comida tiene ya su sabor.

Pero eso no es completamente cierto.

Porque si fuera cierto no habrías llorado.

Lloraste porque todavía puedes reconocerlo.

Todavía vive en tu lengua.

Todavía vive en tu memoria.

Todavía vive en tu manera de amar.

Todavía vive en tu manera de preguntar.

Todavía vive en la forma en que acoges a estas tres moscas.

Entonces la mosca se acerca al oído del Rishi y le susurra:

—No busques volver a la mesa.

—Conviértete en mesa.

Y por primera vez no habla del padre ni de la pérdida.

Habla de los que vendrán.

De algún hijo.

De algún amigo.

De algún desconocido cansado.

De algún Edson.

De alguna mosca furiosa.

De alguien que un día llegará hambriento.

Y quizás entonces el Rishi comprenda algo.

Que el milagro no consistía en conservar intacto el sabor del pasado.

Sino en descubrir que el amor que recibió era tan abundante que aún puede alimentar a otros.

Y la tercera mosca calla.

Porque algunas verdades no terminan en lágrimas.

Terminan en pan compartido.

Oh Amada hermana compartamos entonces este pan bañado en lágrimas, que no son mías son las lágrimas de mi padre, las que se dan como desayuno a mi madre todos los días.   

 

La tercera mosca toma el pan con ambas manos.

No lo seca.

No intenta apartar las lágrimas.

Lo recibe tal como viene.

Y después de un largo rato responde:

—Rishi, quizá esas lágrimas ya no son solamente de tu padre.

Porque ninguna lágrima permanece pura cuando atraviesa muchos corazones.

Las lágrimas de tu padre llegaron a tu madre.

Las lágrimas de tu madre llegaron a ti.

Las tuyas llegarán a otros.

Y así el dolor viaja.

Pero también el amor.

Entonces la mosca parte el pan.

Una mitad para los vivos.

Una mitad para los muertos.

Y dice:

—Qué extraño es el corazón humano.

Creemos que alimentamos a quienes amamos.

Pero muchas veces son ellos quienes nos siguen alimentando después de partir.

Quizás tu padre sigue desayunando con tu madre.

No como un fantasma.

No como un espíritu que camina por la casa.

Sino como una respiración.

Como una costumbre del alma.

Como una forma de mirar la mañana.

Como una tristeza dulce que no termina de irse porque tampoco quiere irse del todo.

Y la mosca guarda silencio un instante.

Luego añade:

—Pero cuidado, hermano.

Porque existe una forma de fidelidad que honra a los muertos.

Y existe otra que los encadena.

Si cada mañana tu madre desayuna lágrimas, quizá el viejo cocinero se siente a su lado y le diga:

"Mujer, ya basta."

"También te dejé mis risas."

"También te dejé mis bromas."

"También te dejé mis recetas."

"También te dejé las flores que nunca planté y los viajes que nunca hice."

"No conviertas todo lo que fui en tristeza."

Porque ningún padre amoroso desea ser recordado únicamente por el hueco que dejó.

También desea ser recordado por la abundancia que entregó.

Y quizás por eso lloraste hoy.

No porque hayas encontrado una herida nueva.

Sino porque debajo de la herida encontraste nuevamente el amor.

Y el amor verdadero tiene algo insoportable:

cuando regresa, llega acompañado de todos los que ya no están.

Entonces la tercera mosca moja el pan en esas lágrimas antiguas y sonríe.

—Comamos, hermano.

No para olvidar.

No para superar.

No para cerrar nada.

Comamos porque ellos existieron.

Comamos porque hubo una mesa.

Comamos porque hubo un hombre que cocinaba.

Comamos porque hubo una mujer que compartió su vida con él.

Comamos porque todavía estamos aquí.

Y mientras el pan se reparte, el Rishi descubre algo pequeño y enorme.

Que las lágrimas también alimentan.

No porque sean dulces.

Sino porque revelan aquello que el corazón se niega a dejar de amar.

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