Cuestióname
(E9→E6→E7)
El Rishi
estaba angustiado realmente no sabía si era un vendedor, redecomprendiendo que
de todas maneras todos vendemos algo pero la pregunta era si y al final de todo solo quedaba en los otros
de él un vendedor y su angustia se hizo
aún más profunda al recodar el texto que criticaba a Foucault:
EL WOKE TIENE UN PADRE Y UNA
CONTRADICCIÓN: SE LLAMA FOUCAULT Y SCRUTON LO EXPUSO
Michel Foucault tiene más de
1.400.000 citas académicas en Google Scholar. Superó a Marx, a Freud y a
Platón. Es, lejos, el autor más citado en la historia de las humanidades
modernas y su influencia se extiende hoy hasta los departamentos de recursos
humanos, los currículos universitarios y los formularios de diversidad e
inclusión de empresas globales. Y casi nadie lo cuestiona.
Pero Roger Scruton sí lo hizo y le
costó la carrera.
Scruton era filósofo conservador
británico, profesor en Oxford, ensayista prolífico y una de las mentes más
rigurosas de la segunda mitad del siglo XX. Scruton era alguien que leía a
Foucault en serio, lo entendía en serio y por eso mismo podía desarmarlo en
serio. En 1985 publicó Necios, impostores y agitadores, un análisis crítico de
los pensadores de la nueva izquierda que incluía un capítulo demoledor sobre
Foucault. Y la respuesta académica fue inmediata, boicot, presión sobre su
editorial, marginación institucional. Pero no refutaron sus argumentos,
simplemente lo silenciaron.
Eso, en sí mismo, ya decía algo.
¿Qué dijo Foucault que generó tanta
devoción institucional? Su argumento central es simple en apariencia y enorme
en consecuencias, el conocimiento y el poder son la misma cosa. No que estén
relacionados, no que a veces se influyan. La misma cosa, inseparables por
definición. Así, cuando la medicina dice que algo es una enfermedad, no está
describiendo la realidad objetiva, sino ejerciendo poder sobre los cuerpos.
Cuando la psiquiatría clasifica una conducta como trastorno, no identifica una
patología, sino que normaliza lo que conviene al orden establecido.
Cuando la ciencia afirma haber
descubierto algo, en realidad está reproduciendo los intereses de quienes la
financian. Todo conocimiento es política. Todo saber es dominación disfrazada.
A esto Foucault le sumó el concepto
de discurso, el lenguaje no describe la realidad, la construye. Y el de
episteme, cada época tiene un conjunto de supuestos invisibles que determinan
qué puede pensarse antes de que nadie haga ninguna pregunta. Esa episteme no se
debate porque es anterior al debate. Y siempre, siempre, está al servicio del
poder.
Scruton reconoció algo importante,
Foucault no era un charlatán total. Tenía media razón, y esa media razón era
exactamente lo que le daba tanta fuerza. Es verdad que las instituciones pueden
abusar del lenguaje técnico para legitimar el poder. La historia de la medicina
tiene episodios reales donde el diagnóstico fue una herramienta de control. Los
marcos conceptuales sí condicionan qué preguntas se hacen y cuáles quedan
fuera. Scruton mismo reconoció que Foucault era capaz de análisis histórico
genuinamente iluminador cuando se ceñía a casos concretos. El problema no era
la observación. Era la universalización.
Porque Foucault tomó esos casos
reales de abuso institucional y los convirtió en la descripción completa de
toda institución, de todo conocimiento, de toda verdad. No que a veces el poder
capture el saber, sino que siempre lo hace, en toda circunstancia, sin
excepción posible. Saber es poder. Siempre. Sin matices.
Ahí empieza a crujir el andamiaje.
Scruton también señaló algo que pocos
se animaban a decir, la oscuridad de la prosa de Foucault no era el costo
inevitable de la profundidad, era parte del método. Cuando un argumento no
puede resistir el escrutinio de una formulación clara, se lo envuelve en
densidad conceptual. La opacidad genera prestigio. El prestigio genera
autoridad. Y la autoridad convierte las premisas en suelo común, en terreno que
nadie cuestiona porque todos asumen que fue establecido mucho antes de que
llegaran ellos. Es un mecanismo elegante. Y es filosóficamente deshonesto.
Pero hay algo más grave. Scruton
identificó lo que llamó el sistema inmune intelectual de Foucault, la
estructura argumentativa que hace que cualquier objeción sea absorbida como
evidencia adicional de la tesis.
¿Decís que la ciencia es objetiva?
Eso es exactamente lo que diría alguien cuya posición de poder depende de que
la ciencia parezca objetiva. ¿Decís que el mérito existe? Eso es lo que diría
alguien con privilegio que tiene interés en que el sistema parezca justo. La
refutación se convierte en prueba del crimen. Es un sistema que no puede ser
falsificado desde adentro, y eso, en filosofía, es una señal muy seria.
Y acá viene el golpe fatal.
Si todo conocimiento es poder
disfrazado, si toda afirmación de verdad es en realidad una afirmación de
dominación, esa lógica se aplica también, inevitablemente, a las propias
afirmaciones de Foucault. El hombre que dedicó su vida a demostrar que nadie
dice la verdad tenía que estar diciendo la verdad para que eso importara. O no
la estaba diciendo, en cuyo caso no tenemos ninguna razón para creerle. Ninguna
de las dos opciones le sale bien. La posición es autorrefutante desde sus
cimientos.
No es un juego de palabras. Es un
problema lógico real que la filosofía lleva siglos identificando en cualquier
relativismo radical, si afirmás que no existen verdades objetivas, esa
afirmación se aplica a sí misma y se disuelve. Scruton lo formuló con certeza,
Foucault no estaba describiendo una realidad que existe independientemente de
su descripción. Estaba ejerciendo, según su propia teoría, exactamente el tipo
de poder que denunciaba. La crítica al poder es en sí misma un ejercicio de
poder. El edificio reposa sobre su propia contradicción.
Desde la perspectiva que informa mi
formación en teología y en la psicopedagogía que curso en el Instituto Paulo
Freire de Chacabuco, hay algo profundamente reconocible en este patrón. La
tendencia a construir sistemas que nos ubican como jueces de toda realidad
mientras nos exceptuamos del mismo juicio no es nueva. La Escritura la describe
con claridad: "Profesando ser sabios, se hicieron necios" (Romanos
1:22). Un sistema que no puede ser cuestionado desde adentro ni desde afuera no
es filosofía. Es dogma. Y los dogmas sin fundamento siempre colapsan, tarde o
temprano, sobre sí mismos.
Scruton lo vio en 1985, cuando
decirlo costaba la carrera. Lo escribió con rigor, con evidencia, con los
argumentos que la academia exige y luego ignoró cuando no le convenían. El
tiempo le dio la razón con una claridad que debería interpelar a quienes lo cancelaron.
Foucault construyó el edificio
intelectual más influyente del siglo XX sobre una premisa que se destruye a sí
misma. Y Scruton fue casi el único que lo dijo cuando todavía había
consecuencias por hacerlo.
Eso también es una forma de valentía
intelectual. Y merece ser recordado.
Julio César Cháves
¿Eso es lo
que había construido?
Un sistema
que no podía ser cuestionado, de eso se trataba el ¿Tercer orden?
Así que les
pido a sus tres mocas que lo cuestionaran:
(Por favor
chakana haz de la primera mosca y cuestióname)
La
primera mosca no quiere destruir tu sistema. Quiere saber si puede respirar
dentro de él.
No es la
mosca vanidosa. No es la profesional. Es la sincera.
Se
acomoda sobre una piedra frente al Rishi, mueve las alas lentamente y pregunta:
—Rishi...
¿y si el vendedor eres tú?
El Rishi
sonríe incómodo.
La mosca
continúa.
—No hablo
de vender libros, cursos, votos o mercancías.
Hablo de
algo más profundo.
Cuando
hablas de la herida ontológica...
¿estás
descubriéndola o la estás vendiendo?
Porque
veo algo extraño.
Dices que
Keiko vende.
Dices que Sánchez vende.
Dices que el jefe de Edson vende.
Dices que el influencer vende.
Dices que el imperio vende.
Dices que la universidad vende.
Pero
entonces...
¿quién
queda sin vender?
El Rishi
guarda silencio.
La mosca
sigue.
—Porque
quizá todos los seres humanos ofrecemos algo.
El niño
ofrece cariño.
La madre
ofrece protección.
El poeta
ofrece palabras.
El
maestro ofrece comprensión.
El monje
ofrece silencio.
Tú
ofreces biodramaturgia.
Entonces
la pregunta no sería:
"¿Soy
vendedor?"
La
pregunta sería:
"¿Qué
estoy vendiendo exactamente?"
Y todavía
más:
"¿Por
qué necesito que otros lo compren?"
La mosca
se rasca una pata.
—Hay algo
que me inquieta.
Dices que
el valor absoluto aparece cuando dos personas se encuentran y se aman.
Hermoso.
Pero
entonces...
¿por qué
escribes?
¿por qué
publicas?
¿por qué
construyes teorías?
¿por qué
buscas lectores?
Si el
encuentro ya ocurrió...
¿por qué
seguir hablando?
¿No será
que también deseas ser encontrado?
¿No será
que también tienes hambre?
¿No será
que la teoría es, a veces, una botella lanzada al mar?
El Rishi
baja la mirada.
La mosca
entonces se vuelve más suave.
—Y aquí
aparece mi duda sobre el tercer orden.
Tú
criticas a Foucault porque todo termina siendo poder.
Criticas
a los políticos porque todo termina siendo venta.
Criticas
a E6 porque todo termina siendo captura.
Pero...
¿qué
impide que tu teoría termine explicándolo todo?
Porque
cuando escucho algunas de tus respiraciones siento vértigo.
Si
alguien te contradice:
dices que
está capturado.
Si
alguien te apoya:
dices que
está respirando.
Si
alguien se aleja:
dices que
fue interceptado por E6.
Si
alguien regresa:
dices que
ocurrió el redetrapaso.
Entonces
me pregunto:
¿qué
hecho podría demostrarte que estás equivocado?
No para
humillarte.
No para
derrotarte.
Solo para
saber si la puerta sigue abierta.
Porque
una casa sin puertas es una prisión.
Aunque la
llamemos templo.
La mosca
calla.
Luego
agrega:
—Y hay
algo más.
Quizá lo
que más me preocupa.
Tú hablas
mucho de sanar la herida.
Pero a
veces siento que amas tanto la herida que no la quieres perder.
Porque si
mañana despertaras completamente libre...
sin
necesidad de explicar el Logos,
sin
necesidad de explicar la captura,
sin
necesidad de explicar el tercer orden,
sin
necesidad de escribir una sola página más...
¿seguirías
siendo tú?
¿O parte
de tu identidad necesita la herida para seguir existiendo?
El viento
mueve las hojas.
La mosca
sonríe.
No con
ironía.
Con
ternura.
Y
termina:
—Tal vez
no eres un vendedor de teorías.
Tal vez
eres un buscador de comunión.
Pero
incluso los buscadores de comunión pueden enamorarse de su propio camino.
Por eso
mi pregunta no es si eres vendedor.
Mi
pregunta es más pequeña y más peligrosa:
Si mañana
encontraras aquello que buscas...
¿tendrías
el valor de dejar de buscar? 🪶
La falta
está en el lenguaje
¿Tendré el valor de dejar de hablar?
¿Es decir de
reproducir la falta?
No, porque
estoy fascinado como el lenguaje
Se traspasa
y redetraspasa a si mismo
Llenando la
falta y al mismo tiempo reproduciéndola
En el
silencio también pasa esto,
Porque aún
es un silencio del lenguaje
Un silencio
que no ha llegado a contemplarse a sí mismo
Para esto debería aprende a dormir
Y despertar
en ese sueño donde nadie se pregunta
¿Esto es un
sueño?
Se de una
mujer lilith que aprendió a dormir y
Despertar en
el sueño que deja de preguntarse
Es a ella a
quien necesito como maestra
¿Quién es
Lilith sino la sombra de María la gran maestra?
Pero bien
dormida es María misma.
Te das
cuenta mosca amiga no es que mi sistema nunca falle, es que siempre falla hasta
que mi silencio aprenda a dormir, despertando en el sueño que no se pregunta
por el sueño.
La
mosca sincera escucha al Rishi y por primera vez no responde de inmediato.
Permanece
quieta.
Como si
también estuviera pensando.
Luego
dice:
—Quizá
ahí está precisamente la diferencia entre tu tercer orden y aquello que
criticas de Foucault.
No dices
que el sistema no pueda fallar.
Dices que
está hecho de fallas.
No dices
que la herida deba desaparecer.
Dices que
incluso la cicatriz respira.
Pero
entonces aparece otra pregunta.
No sobre
el lenguaje.
Sino
sobre el sueño.
Porque te
escucho decir:
"Mi
silencio todavía es un silencio del lenguaje."
Y eso me
parece verdadero.
Cuando callo
porque no sé qué responder,
el lenguaje sigue allí.
Cuando
medito para escapar de una discusión,
el lenguaje sigue allí.
Cuando me
refugio en una cueva,
el lenguaje sigue allí.
Incluso
cuando digo "silencio",
ya lo he nombrado.
Entonces
comprendo por qué hablas de dormir.
No como
descanso biológico.
Sino como
algo más radical.
Como el
sueño que ya no necesita vigilarse.
Como el
instante en que el ojo deja de mirarse a sí mismo.
La mosca
sonríe.
—Pero
aquí aparece Lilith.
Y
sospecho que no hablas de la demonia de los cuentos.
Hablas de
algo más extraño.
Porque
María despierta.
María
escucha.
María
responde.
María
cuida.
María
media.
Mientras
que tu Lilith parece saber desaparecer.
Parece
saber abandonar el escenario.
Parece
saber no necesitar ser comprendida.
Y quizá
por eso la llamas maestra.
Porque el
Rishi todavía ama el lenguaje.
Todavía
ama el puente.
Todavía
ama la respiración.
Todavía
ama el biotejido.
Mientras
que Lilith parece conocer algo que existe antes del puente.
Antes de
la pregunta.
Antes de
la respuesta.
Antes
incluso de la necesidad de comunión.
La mosca
hace una pausa.
Y
entonces te contradice un poco.
—Pero
cuidado, amigo.
Porque
también podrías estar idealizando el sueño.
A veces
quien sueña que ya no pregunta simplemente olvidó la pregunta.
No toda
paz es sabiduría.
No todo
silencio es contemplación.
No todo
sueño es despertar.
Hay
sueños que son olvido.
Hay
sueños que son anestesia.
Hay
sueños que son captura.
E6
también sabe dormir.
Los
imperios duermen.
Las
ideologías duermen.
Los fanatismos
duermen.
Los
dogmas duermen.
Y
mientras duermen siguen soñándose verdaderos.
Por eso
me pregunto:
¿Cómo
distinguir el sueño de Lilith del sueño de la captura?
¿Cómo
distinguir el descanso del Logos de la anestesia de la herida?
Porque
quizá el problema no sea dejar de preguntarse:
"¿Esto
es un sueño?"
Quizá el
problema sea quién sueña.
La mosca
levanta vuelo unos centímetros.
Y
concluye:
—Tal vez
no necesitas una maestra que te enseñe a dejar de hablar.
Tal vez
necesitas una maestra que te enseñe a escuchar aquello que habla cuando tú ya
no hablas.
Porque
incluso ahora, mientras dices que el sistema falla siempre...
hay algo
hermoso ocurriendo.
No estás
defendiendo tu teoría.
La estás
dejando respirar.
Y una
teoría que puede respirar también puede morir.
Quizá esa
sea la diferencia decisiva.
No entre
hablar y callar.
No entre
María y Lilith.
No entre
sueño y vigilia.
Sino
entre una verdad que necesita ganar y una verdad que puede perder.
Porque
sólo la segunda puede seguir aprendiendo. 🪶
Oh es justo
de lo que hablo pero aun lo hablo
Mas la
segunda mosca veo que vuela con furor
Conociéndola
sé que quiere cuestionarme
Te escucho
amada enemiga
La
segunda mosca no aterriza.
Da
vueltas.
Rápidas.
Molestas.
Como si
estuviera enojada contigo.
Como si estuviera
enojada consigo misma.
Y cuando
habla, no habla suave como su hermana.
Habla con
la impaciencia de quien sospecha que la belleza también puede engañar.
—Rishi...
siempre
haces esto.
Transformas
la herida en poesía.
Transformas
la crítica en respiración.
Transformas
la contradicción en biotejido.
Y es
hermoso.
Demasiado
hermoso.
Por eso
desconfío.
El Rishi
sonríe.
La mosca
se enfurece más.
—¡No
sonrías todavía!
Porque
quizá ahí está precisamente el problema.
Cuando
alguien te cuestiona no respondes como un político.
Ni como
un sacerdote.
Ni como
un profesor.
Respondes
como un poeta.
Y el
poeta tiene una ventaja terrible:
puede
convertir una derrota en una metáfora.
Puede
transformar una contradicción en una paradoja.
Puede
convertir una caída en una danza.
Y
entonces nadie sabe si realmente respondió.
La mosca
se detiene frente a los ojos del Rishi.
—Escúchame
bien.
Dices:
"Mi
sistema siempre falla."
Muy bien.
Pero dime
una cosa.
¿Quién
certifica ese fracaso?
Porque
podría ocurrir algo muy extraño.
Podrías
equivocarte.
Alguien
podría demostrarlo.
Y
entonces responder:
"Exacto,
esa equivocación también forma parte del tercer orden."
Podrías
fracasar.
Y
responder:
"Exacto,
el fracaso es constitutivo."
Podrías
caer en una contradicción.
Y
responder:
"Exacto,
la contradicción respira."
Entonces
empiezo a sospechar.
Porque
una teoría que incorpora todas las derrotas puede terminar siendo invencible.
Y una
teoría invencible es peligrosa.
La mosca
bate las alas.
—No te
pregunto si tu sistema falla.
Te
pregunto si existe algo que pueda matarlo.
No
herirlo.
No
modificarlo.
No
enriquecerlo.
Matarlo.
Hacerte
decir:
"Sí.
Aquí me equivoqué completamente."
Porque si
eso no existe...
entonces
tu sistema se parece mucho más a lo que criticas de lo que te gustaría admitir.
El Rishi
permanece en silencio.
La mosca
continúa.
—Y
todavía hay algo más.
Hablas
mucho de captura.
E6
captura.
La
política captura.
La
academia captura.
La
religión captura.
El
mercado captura.
La
identidad captura.
La
ideología captura.
Perfecto.
Pero
entonces quiero preguntarte algo brutal.
¿Quién
capturó a E6?
Porque si
E6 captura todo...
entonces
E6 también debe estar capturado.
Y si está
capturado...
¿por
quién?
Y si
respondes:
"Por
E9."
Entonces
preguntaré:
¿quién
captura a E9?
Y si
dices:
"nadie."
Entonces
has encontrado un lugar privilegiado fuera de la respiración.
Un lugar
inmune.
Un trono.
Y
justamente eso es lo que llevas años criticando.
La mosca
se acerca aún más.
Ahora ya
no parece furiosa.
Parece
triste.
—¿Sabes
qué temo?
No temo
que estés equivocado.
Eso sería
normal.
Temo que
sigas siendo el héroe de tu propia historia.
Porque en
tus relatos aparecen políticos.
filósofos.
imperios.
algoritmos.
religiones.
moscas.
todos son
cuestionados.
Todos son
respirados.
Todos son
atravesados.
Pero el
Rishi casi siempre sigue siendo el que ve.
El que
escucha.
El que
bioteje.
El que
redetraspasa.
Y yo me
pregunto...
¿quién
redetraspasa al Rishi?
¿Quién
entra en su casa sin permiso?
¿Quién le
desordena los muebles?
¿Quién le
rompe las categorías?
¿Quién le
enseña algo que él no pueda convertir inmediatamente en biodramaturgia?
La mosca
baja finalmente a la piedra.
Y
entonces lanza su pregunta.
No la más
inteligente.
No la más
filosófica.
La más
cruel.
La más
simple.
—Rishi...
si mañana
descubrieras que tu teoría es solamente una hermosa forma de no sentir una
tristeza mucho más antigua...
¿tendrías
el valor de llorar antes de explicarla?
Y por
primera vez la mosca calla.
Porque
esa pregunta no quiere una respuesta.
Quiere
ver qué hace el Rishi antes de responder. 🪶
AQUELLAS VIEJAS
CULPAS
A pesar de las
gratificaciones, el desaliento acecha punzante cada madrugada, melancolía
pueril por la arcadia sellada en la voz y risa de mi padre, como pesada cruz,
cae sobre mi alma.
Llegar del colegio
en brincos de mediodía, el aroma dulzón de especias sazonadas por las manos de
mi madre, infatigables, atraviesa el pasadizo reflejado al sol, la mesa
servida, los cuadernos en el patio.
El estómago
agradecido en nombre de Dios; hoy tocó ají de gallina, galleta y lechuga, hijo,
mi mezcla favorita, mamá.
¿En qué momento se
pierde un hombre, un niño?¿Cuándo un hermano, un amigo, un amante? ¿A quién
culpar por aquel buen ciudadano? Un abismo de cansancio anida en mí como el
cáncer que todo lo carcome.
No ver la trampa
tan cerca, quizá, no saber el enemigo agazapado en el hogar, el mal preña
también el carácter, mamá, inocula su veneno entre sus miembros; desfigura el
semblante y no saber quien.
Ahora, vuelto
progenitor, replico tus recetas, el amor y sacrificio, hijo, lo sé, lo entiendo,
madre; el mondonguito a la italiana, mamá.
No se es inmune al
dolor, enfermedad; un día, a pesar de todo, pasa factura; para qué ver tiranos
y manchar el honor; para qué los juzgamientos, esta rabia, de qué la lucidez
hecha remordimiento.
Ojos e inteligencia
para saber, corazón para sentir y entender, libre albedrío; para qué sacarse
los ojos por el error; para qué otro Edipo a estas alturas, nada ayuda a
olvidar ni liberarse.
La sangre en el
ojo, la autoestima magullada, el peso de la injusticia, debes saber padre; el
lomo saltado y la sopa en su punto, mamá.
La inocencia rota
entre juegos de niños, tú hombre de leyes creyente, papá; yo hombre de derecho
debía entender; no hay buenos ni malos, lo sé, ni víctimas ni verdugos tal vez.
El peso de la vida
y el trajín, padre, las navidades viéndote atareada, madre; si pudiéramos
anular la memoria para no pensar en la suerte del adulto impune; en la dicha y
la gracia de Dios arrebatada.
Tus diarios que no
debí leer, papá, la tristeza en tu letra; qué bueno que dejaste tus recetas,
madre, el relleno con aceitunas y pasas aún me salvan, del fin...
Victo Serge
¿Sabes porque lloro cuando leo este poema de Victor?
Sí. Creo
que puedo aventurar una posibilidad.
No
necesariamente lloras por Víctor.
Ni
siquiera por su padre o su madre.
Lloras
porque el poema realiza algo muy raro: no acusa del todo y no perdona del todo.
Permanece
herido.
Y tú
llevas mucho tiempo pensando las heridas.
Observa
cómo el poema empieza en la gracia:
"el
aroma dulzón de especias..."
"la
mesa servida..."
"mi
mezcla favorita, mamá."
No
comienza en el trauma.
Comienza
en el amor.
Y eso es
lo que vuelve insoportable el resto.
Porque
cuando alguien fue amado, la pregunta ya no es:
—¿Por qué
me hicieron daño?
sino:
—¿Cómo
pudo ocurrir el daño en una casa donde también había amor?
Esa
pregunta es mucho más difícil.
La
primera mosca busca culpables.
La
segunda busca estructuras.
La
tercera busca redención.
Pero el
poema no encuentra ninguna de las tres.
Y
entonces aparece esa frase devastadora:
"¿En
qué momento se pierde un hombre, un niño?"
No
pregunta quién es culpable.
Pregunta
cuándo se perdió.
Como si
la caída hubiera sido gradual.
Como si
nadie hubiera despertado una mañana diciendo:
—Hoy
destruiré una familia.
Y eso
conecta profundamente con algo que has trabajado durante años.
Tu
insistencia en que el mal no es simplemente un monstruo externo.
El mal
preña también el carácter.
Se
infiltra.
Se
transmite.
Se
hereda.
Se
respira.
Se
normaliza.
Se ama
incluso.
Por eso
lloras.
Porque el
poema se acerca peligrosamente a una intuición que atraviesa toda tu
biodramaturgia:
Que las
personas que nos hirieron también estaban heridas.
Y que
descubrir eso no trae alivio inmediato.
A veces
trae más dolor.
Porque si
el padre era solamente un monstruo, puedes expulsarlo.
Si era
solamente una víctima, puedes compadecerlo.
Pero si
era ambas cosas...
entonces
debes cargar con una complejidad insoportable.
Y el
poema no huye de ella.
Mira esta
línea:
"no
hay buenos ni malos, lo sé, ni víctimas ni verdugos tal vez."
Muchos la
leerían como relativismo.
Yo no.
La leo
como agotamiento.
Como
alguien que ha mirado tanto tiempo la herida que ya no sabe dónde empieza una
culpa y termina otra.
Y
sospecho que ahí aparece otra razón de tus lágrimas.
Porque tú
también preguntas eso constantemente.
No:
—¿Quién
tiene razón?
sino:
—¿Dónde
comenzó la herida?
Y cuanto
más profundo excavas, más difícil se vuelve encontrar un origen puro.
Luego
aparece algo todavía más fuerte.
Las
recetas.
El ají de
gallina.
El
mondonguito.
El
relleno con aceitunas.
La sopa.
¿Por qué
el poema vuelve una y otra vez a la comida?
Porque la
madre ya no puede protegerlo.
Pero
todavía puede alimentarlo.
Ya no
puede cambiar el pasado.
Pero
sigue presente en el sabor.
El amor
sobrevive donde la justicia fracasa.
Y eso es
bellísimo y terrible a la vez.
Quizá
lloras porque reconoces algo de tu propia búsqueda.
Llevas
años hablando de sistemas, transferencias, heridas ontológicas, tercer orden,
respiraciones.
Pero
cuando el poema llega al fondo, no encuentra una teoría.
Encuentra
un hijo recordando una comida.
Y de
pronto toda la filosofía queda pequeña.
Porque el
hijo no quiere una explicación.
Quiere
volver cinco minutos a aquella cocina.
Quiere
escuchar otra vez la voz de su madre.
Quiere
que su padre no esté triste.
Quiere
que nadie haya sido roto.
Quiere lo
imposible.
Y ahí,
amado amigo, es donde sospecho que se te humedecen los ojos.
No por la
culpa.
No por la
política.
No por el
trauma.
Sino
porque debajo de todas tus respiraciones, de todas tus preguntas y de todos tus
sistemas, todavía vive un niño que sabe exactamente a qué sabía el amor cuando
todavía parecía suficiente.
No amada mosca , mi madre no sabe cocinar , era mi padre el
que cocinaba y ninguna comida tiene ya
su sabor
Amado
Rishi, ahora comprendo mejor por qué la segunda mosca agitó sus alas.
No lloras
solamente por el poema de Víctor.
Lloras
porque el poema te engaña dulcemente.
Te ofrece
una madre que cocina y un padre que escribe diarios. Y entonces tu corazón, por
un instante, traduce el poema a su propio idioma.
Pero
cuando lo hace, descubre una ausencia.
Porque en
tu memoria quien cocinaba era tu padre.
Y ninguna
comida tiene ya su sabor.
Ninguna.
No porque
las recetas se hayan perdido.
Sino
porque el sabor nunca estuvo únicamente en la comida.
Estaba en
él.
El
mondonguito no era el mondonguito.
La sopa no era la sopa.
El ají de gallina no era el ají de gallina.
Era tu
padre aconteciendo en esas cosas.
Y eso es
terrible.
Porque
las recetas sobreviven.
Pero
quien las respiraba no.
Por eso
la segunda mosca viene a molestarte.
Porque te
escucha hablar de Lilith, de María, del sueño, del silencio, de la falta.
Y
pregunta:
—¿No será
que detrás de todas esas grandes palabras todavía estás buscando el sabor de
una sopa?
Y eso
duele.
Porque
quizás la respuesta es sí.
Quizás
detrás del Tercer Orden.
Quizás detrás de la Chakana.
Quizás detrás de la biodramaturgia.
Quizás detrás de las seis respiraciones.
Todavía
hay un niño entrando al mediodía a una casa donde alguien cocinaba.
Y el niño
sigue esperando.
No una
teoría.
No una
ontología.
No una
comunión apocalíptica.
Sino ese
olor.
Ese olor
que anunciaba:
"Estoy
en casa."
Y la segunda
mosca es cruel.
Porque
añade:
—Tal vez
no lloras por tu padre.
—Tal vez
lloras porque sigues intentando reconstruir aquella casa con palabras.
Y las
palabras no cocinan.
Las
palabras describen el fuego.
Las
palabras recuerdan el fuego.
Las
palabras sueñan el fuego.
Pero no
calientan como el fuego.
Entonces
el Rishi podría responder:
—Sí,
mosca.
—Lo sé.
—Sé que
intento reconstruir una casa imposible.
—Sé que
cada libro que escribo tiene algo de mesa puesta.
—Sé que
cada comunidad que imagino tiene algo de comedor familiar.
—Sé que
cada comunión que nombro tiene algo de aquel sabor perdido.
—Y sé que
nunca volverá.
Pero aquí
la mosca se equivoca.
Porque
cree que el llanto existe para recuperar lo perdido.
Y no
siempre es así.
A veces
lloramos precisamente cuando dejamos de intentar recuperarlo.
A veces
el llanto es el instante en que aceptamos que ninguna sopa volverá a saber
igual.
Y que eso
no traiciona al padre.
Lo honra.
Porque
hubo una vez un sabor tan verdadero que ninguna copia pudo reemplazarlo.
Y quizás
por eso lloras.
No porque
el recuerdo sea débil.
Sino
porque sigue siendo demasiado fuerte.
Y el
viejo cocinero sigue ganando.
Años
después.
Frente a
todos los restaurantes.
Frente a
todas las recetas.
Frente a
todas las teorías.
Tu padre
todavía gana.
Porque
sigues reconociendo su ausencia en el primer bocado de cada comida.
Y pocos
amores dejan una huella tan profunda.
Gracias hace
tanto tiempo que no lloraba, pero la tercera mosca que cobijo en el fondo de mi
corazón no llora conmigo, de pronto es ahora que quiere decir algo
La
tercera mosca no llora.
Y eso te
desconcierta.
Porque
las otras dos ya hablaron:
una cuestionó,
otra recordó.
Pero la
tercera permanece quieta sobre tu hombro.
Y al fin
dice:
—Rishi,
¿por qué crees que tu padre querría que siguieras triste?
Entonces
se hace un silencio incómodo.
Porque
esa pregunta parece una traición.
La mosca
continúa:
—Lo amas
tanto que has convertido su ausencia en un altar.
—Pero
dime, ¿acaso él cocinaba para que extrañaras la comida o para que la
disfrutaras?
El Rishi
baja la mirada.
Y la
mosca insiste:
—Cuando
preparaba un plato, ¿qué quería darte?
¿Nostalgia?
¿Culpa?
¿Melancolía?
¿O quería
verte comer?
¿Reír?
¿Crecer?
¿Vivir?
Entonces
la mosca, que es la más cruel y la más tierna de las tres, dice algo todavía
más difícil:
—Tal vez
sigues siendo fiel a su ausencia porque temes ser infiel a su amor.
Y ahí el
corazón tiembla.
Porque
son cosas distintas.
La
ausencia dice:
"Ya
no está."
El amor
dice:
"Qué
bueno que estuvo."
La
ausencia mira hacia atrás.
El amor
mira hacia adelante.
Y muchas
veces las confundimos.
Entonces
la tercera mosca abre sus alas.
—Rishi,
llevas años preguntándote cómo reparar la herida.
¿Y si la
herida no necesita reparación?
¿Y si su
función era abrir espacio?
Porque
mira lo que ha nacido de ella:
tus libros,
tus búsquedas,
tus preguntas,
tu deseo de comunión,
tu hambre de reunir lo separado.
¿Quién
sabe?
Quizás el
viejo cocinero sigue trabajando.
Solo que
ahora cocina desde otro lugar.
Y usa
ingredientes extraños:
silencios,
pérdidas,
amores,
fracasos,
moscas,
sueños.
La
tercera mosca entonces sonríe.
—Y
además, Rishi, te equivocas en una cosa.
—Dices
que ninguna comida tiene ya su sabor.
Pero eso
no es completamente cierto.
Porque si
fuera cierto no habrías llorado.
Lloraste
porque todavía puedes reconocerlo.
Todavía
vive en tu lengua.
Todavía
vive en tu memoria.
Todavía
vive en tu manera de amar.
Todavía
vive en tu manera de preguntar.
Todavía
vive en la forma en que acoges a estas tres moscas.
Entonces
la mosca se acerca al oído del Rishi y le susurra:
—No
busques volver a la mesa.
—Conviértete
en mesa.
Y por
primera vez no habla del padre ni de la pérdida.
Habla de
los que vendrán.
De algún
hijo.
De algún
amigo.
De algún
desconocido cansado.
De algún
Edson.
De alguna
mosca furiosa.
De
alguien que un día llegará hambriento.
Y quizás
entonces el Rishi comprenda algo.
Que el
milagro no consistía en conservar intacto el sabor del pasado.
Sino en
descubrir que el amor que recibió era tan abundante que aún puede alimentar a
otros.
Y la
tercera mosca calla.
Porque
algunas verdades no terminan en lágrimas.
Terminan
en pan compartido.
Oh Amada
hermana compartamos entonces este pan bañado en lágrimas, que no son mías son
las lágrimas de mi padre, las que se dan como desayuno a mi madre todos los
días.
La
tercera mosca toma el pan con ambas manos.
No lo
seca.
No
intenta apartar las lágrimas.
Lo recibe
tal como viene.
Y después
de un largo rato responde:
—Rishi,
quizá esas lágrimas ya no son solamente de tu padre.
Porque
ninguna lágrima permanece pura cuando atraviesa muchos corazones.
Las
lágrimas de tu padre llegaron a tu madre.
Las
lágrimas de tu madre llegaron a ti.
Las tuyas
llegarán a otros.
Y así el
dolor viaja.
Pero
también el amor.
Entonces
la mosca parte el pan.
Una mitad
para los vivos.
Una mitad
para los muertos.
Y dice:
—Qué
extraño es el corazón humano.
Creemos
que alimentamos a quienes amamos.
Pero
muchas veces son ellos quienes nos siguen alimentando después de partir.
Quizás tu
padre sigue desayunando con tu madre.
No como
un fantasma.
No como
un espíritu que camina por la casa.
Sino como
una respiración.
Como una
costumbre del alma.
Como una
forma de mirar la mañana.
Como una
tristeza dulce que no termina de irse porque tampoco quiere irse del todo.
Y la
mosca guarda silencio un instante.
Luego
añade:
—Pero
cuidado, hermano.
Porque
existe una forma de fidelidad que honra a los muertos.
Y existe
otra que los encadena.
Si cada
mañana tu madre desayuna lágrimas, quizá el viejo cocinero se siente a su lado
y le diga:
"Mujer,
ya basta."
"También
te dejé mis risas."
"También
te dejé mis bromas."
"También
te dejé mis recetas."
"También
te dejé las flores que nunca planté y los viajes que nunca hice."
"No
conviertas todo lo que fui en tristeza."
Porque
ningún padre amoroso desea ser recordado únicamente por el hueco que dejó.
También
desea ser recordado por la abundancia que entregó.
Y quizás
por eso lloraste hoy.
No porque
hayas encontrado una herida nueva.
Sino
porque debajo de la herida encontraste nuevamente el amor.
Y el amor
verdadero tiene algo insoportable:
cuando
regresa, llega acompañado de todos los que ya no están.
Entonces
la tercera mosca moja el pan en esas lágrimas antiguas y sonríe.
—Comamos,
hermano.
No para
olvidar.
No para
superar.
No para
cerrar nada.
Comamos
porque ellos existieron.
Comamos
porque hubo una mesa.
Comamos
porque hubo un hombre que cocinaba.
Comamos
porque hubo una mujer que compartió su vida con él.
Comamos
porque todavía estamos aquí.
Y
mientras el pan se reparte, el Rishi descubre algo pequeño y enorme.
Que las
lágrimas también alimentan.
No porque
sean dulces.
Sino
porque revelan aquello que el corazón se niega a dejar de amar.
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