Biodramaturgia para mi Rey
Ese Nietzsche me ha arruinado" no lo dijo Heidegger con
odio. Lo dijo con cansancio, admiración y un poco de trampa. Cuando ya era
viejo, en los 60s y 70s, repetía la frase en seminarios y charlas privadas.
Arruinado aquí significa "agotado, marcado, sin salida". Lo
intelectual: Nietzsche lo secuestró por 10 años. Entre 1936 y 1940 Heidegger
dio 4 cursos enteros solo sobre Nietzsche. Después volvió en los seminarios de
los 50s y 60s. Ningún otro filósofo ocupó tanto tiempo de su vida. Él mismo
decía que pensar a Nietzsche era pensar "el final de la filosofía
occidental". Y una vez que entras ahí, es difícil salir. Lo consumió. Lo
filosófico: Nietzsche es el punto final que Heidegger tenía que atravesar. Para
Heidegger, toda la historia de Occidente es el "olvido del Ser".
Platón, Descartes, Kant... todos pensaron al "ente" y se olvidaron
del Ser. Nietzsche, según Heidegger, es la culminación de eso. Con la
"voluntad de poder" y el "eterno retorno", Nietzsche lleva
la metafísica hasta su extremo. Ya no hay Ser, solo poder, valoración, técnica.
Entonces para que Heidegger pudiera pensar "más allá de
la metafísica" y llegar a sus ideas tardías de Ereignis y la técnica,
primero tenía que ajustar cuentas con Nietzsche. Fue como escalar la montaña
más alta para ver qué había después. Y esa escalada lo desgastó. Lo personal:
le robó la libertad.
En su vejez Heidegger quería pensar de forma más poética,
más silenciosa, menos sistemática. Pero siempre volvía Nietzsche. Estudiantes
como Gadamer y otros cuentan que en Zähringen, en su cabaña, seguía dando
vueltas a los mismos fragmentos. "Arruinado" = me dejó sin descanso.
Como una relación que te marca para siempre. No podía publicar algo sin que
Nietzsche apareciera de fondo. La ironía: es un cumplido al revés. Heidegger
admiraba a Nietzsche como al único que vio el problema hasta el fondo. Decir
"me arruinó" es también decir "me obligó a pensar de
verdad". Sin Nietzsche, Heidegger no habría llegado a su crítica de la
técnica moderna ni a su idea de que vivimos en la época donde todo se vuelve
"recurso". Nietzsche le mostró el abismo. En resumen: "Me
arruinó" = Me obligó a pensar tanto, tan a fondo y por tanto tiempo, que
me dejó marcado. Me quitó la posibilidad de hacer filosofía
"tranquila". Me empujó al límite de la metafísica y de ahí ya no pude
volver atrás. Es la queja de alguien que le debe todo a quien lo agotó.
F NIETSZCHE
CAPITULO XIV VUELTA DEL MONO DE LA MENTE AL CAMINO DE LA
VERDAD Y DEL BIEN. LA DESAPARICIÓN DE LOS SEIS BANDIDOS
La Mente es Buda y Buda es la Mente; ambos poseen la
misma importancia. Quien llega a comprender que no existen ni objetos ni mente
está en posesión del dharmakaya de la auténtica inteligencia. El dharmakaya
carece de forma y se manifiesta bajo la apariencia del brillo de una perla, en
el que todo está contenido. El auténtico cuerpo es el que carece de él y la
forma más real es la que no tiene ninguna. No existen ni la forma, ni el vacío,
ni la nada, ni el ir, ni el volver, ni el darse la vuelta, ni la igualdad, ni
lo contrario, ni el ser, ni el no-ser, ni el dar, ni el recibir, ni el desear.
Todo el universo y el reino de Buda caben en un solo grano de arena; en la
mente y el cuerpo se contiene todo el cosmos. Para llegar a conocer en
profundidad todo esto, es preciso someterse a Sakyamuni y renunciar a todo
obrar.
Para esto rey mío para alcanzar esta iluminación es
necesario que tomes conciencia de Shakespeare
Así como el Bhagavad-gītā guarda todo el secreto
del dharma, la biblia nos da el misterio Pascual revelando el espíritu
absoluto, las obras de Shakespeare nos dan el espíritu revelado, por esto si
vamos a preparar una biodramaturgia tenemos que ir al maestro y aprehender de
él, si bien nuestro arte no es el de la representación teatral ya que lo nuestro
es alterar y contra alterar sistemas, lo que se devela en esa alteración es el
teatro loco , el teatro enfermo de este mundo:
Maps to the Stars ―conocida como Mapa a las
estrellas en México y Polvo de estrellas en el resto
de Hispanoamérica― es un ¿drama satírico? de
2014 dirigida por David Cronenberg, y protagonizada por Julianne
Moore, Mia Wasikowska, John
Cusack, Robert Pattinson, Olivia
Williams, Sarah Gadon y Evan Bird.34
El guion fue escrito por Bruce Wagner, quien redactó una
novela titulada Dead Stars basada en el libreto de esta película,
después de que el plan inicial para hacer la película con Cronenberg fracasara.56
Argumento
Agatha (Mia
Wasikowska) llega a Los Ángeles y emplea a Jerome (Robert
Pattinson), un conductor de limusina, para que la lleve al sitio en donde
era la casa anterior de la estrella infantil Benjie Weiss (Evan Bird). Agatha tiene quemaduras
severas en su cara y cuerpo, y es notable la cantidad de medicación que usa.
Benjie visita a una niña en el hospital que sufre de Linfoma no hodgkiniano, quien posteriormente
muere. El padre de Benjie, el doctor Stafford Weiss (John
Cusack), es un psicólogo de televisión que está tratando a una actriz
mayor, Havana Segrand (Julianne Moore), del abuso sufrido a manos de su
difunta madre, también actriz. La representante de Havana trata de conseguirle
un papel en un remake de la película Stolen Waters, inicialmente
protagonizado por su madre cuando era adolescente. Havana regularmente tiene
alucinaciones con la versión juvenil de su difunta madre.
Benjie y su madre, Cristina (Olivia
Williams), negocian un papel para él en una película como su retorno al
cine comercial después de ser rehabilitado de su adicción a las drogas.
Atendiendo la sugerencia de Carrie
Fisher, Havana contrata a Agatha, a quien Carrie conoció por Twitter, como su
asistente personal. Agatha continúa viendo a Jerome y se forma un romance entre
ellos, aunque él se resiste al principio. Stafford se entera a través de Havana
que Agatha ha regresado a Los
Ángeles y se revela que Agatha es la hija de Stafford y Cristina.
Aprovechando el papel de Havana en Stolen
Waters para obtener acceso a producción, Agatha visita a Benjie en el set
y se descubre que ella es esquizofrénica,
y que sus quemaduras son producto de un incendio que provocó en la casa de sus
padres mientras dormían. Ella asegura haber regresado del hospital psiquiátrico
reformada. Cuando Stafford se entera de que Agatha visitó a Benjie, se dirige a
la casa de Havana en donde está Agatha y le ofrece dinero para que renuncie a
su trabajo y se vaya de la ciudad.
Benjie rompe su abstinencia consiguiendo GHB y accidentalmente en una reunión
le dispara al perro de su único amigo. Agatha visita a su madre, Cristina, para
hacer las paces. Se revela entonces que Cristina y Stafford son hermanos, lo
que convierte a Agatha y a Benjie en hijos de incesto, aunque Cristina insiste
que desconocían serlo porque fueron separados a temprana edad. Stafford vuelve
a casa, y cuando Agatha le confiesa que sabe de su vínculo familiar, Stafford
arremete contra ella hasta que Cristina interviene. Durante el altercado,
Agatha roba el anillo de bodas de Cristina. En el set, Benjie es atormentado
por la chica del hospital y durante una alucinación estrangula a su joven
compañero. El niño sobrevive, pero Benjie tiene que ser reemplazado en la
película.
Havana contrata a Jerome como conductor, lo seduce, y tiene
sexo con él en el asiento trasero de la limusina aparcada en la entrada de su
casa, mientras Agatha los mira a través de la ventana. Havana entra a la casa y
reprende a Agatha por su escaso rendimiento en el trabajo y además la humilla
verbalmente al descubrir que Agatha ha manchado su costoso sofá de sangre
menstrual. Agatha golpea mortalmente a Havana con uno de sus premios.
Stafford regresa a casa y ve que Cristina está envuelta en
llamas cerca de la piscina. Aunque no es explícito, se insinúa que es un acto
de autoinmolación luego de la serie de los acontecimientos traumáticos que conducen
a Cristina a un estado de profunda depresión. Benjie regresa a casa y encuentra
a su padre en un estado catatónico y le roba su anillo. Entonces se reúne con
Agatha en las ruinas de la casa que ella incendió, los hermanos celebran una
ceremonia nupcial improvisada con los anillos de bodas de sus padres. Al final
juntos toman una gran cantidad de las píldoras de Agatha, antes de recostarse a
mirar las estrellas.
Esta no es una obra
Shakespereana y es que mientras el cine es el arte perverso del deseo el teatro
es el espectáculo desnudo de la conciencia y cada vez que el cine quiera
ascender a la conciencia en un intento por traspasarse a sí mismo, tendrá que
hacer teatro y ponerse las máscaras de Shakespeare y esto en parte
sucede en esta película https://www.youtube.com/watch?v=cIpD7V4cG9c
Si la llegas a ver la película pregúntate ¿Porque
Agatha quiso volver a hacer las paces con sus padres?
Sus padre son unos monstruos que solo pueden ser posibles en
toda su maldad en el mundo monstruoso de Hollywood y entonces no se trata de
develar a un psicópata más y morbosearnos con toda su violencia, aquí la igual
que en Shakespeare se está denunciando a toda una sociedad, cosa que
muy pocas veces se permite Holliwood, antes Agatha tomo
conciencia de este mundo supo del incesto de sus padre y quiso
quemar la casa, a su hermano ya ella misma para acabar con este ciclo de maldad
esto es algo muy importante para Lacan la locura consiste en no compartir el
significante socializador y entonces tu imaginario se aparta del imaginario
social y de hecho Agatha se ha vuelto loca esquizofrénica vista
desde el ángulo de su sociedad, una sociedad maligna y corrupta, visto desde
la conciencia ella está totalmente lucida, lo mismo que
con Lady Macbeth asumimos que ella está loca cuando se ve perdida no
quedándole otra que tomar conciencia de toda su maldad y es cierto
se vuelve loca pierde el significante socializador pero otra vez visto desde la
conciencia Shakespereana ella ha estado loca antes y solo toma
conciencia de sí misma al final:
Acto I[editar]
La obra comienza con tres brujas, las tres
"Hermanas Fatídicas" hacen un hechizo en el que se ponen de acuerdo
acerca de su próximo encuentro con Macbeth. En la escena siguiente, Duncan, rey
de Escocia, comenta con sus oficiales el aplastamiento de la invasión de
Escocia por noruegos e irlandeses,
acaudillados por el rebelde Macdonwald, en la cual Macbeth, thane (barón)
de Glamis y primo del rey, ha tenido un importante papel. Duncan se propone
darle en recompensa el título de thane de Cawdor.
Macbeth y
Banquo con las brujas por Johann Heinrich Füssli
Cuando Macbeth y su compañero Banquo cabalgan hacia Forres
desde el campo de batalla, se encuentran con las brujas,
quienes saludan a Macbeth, primero como thane de Glamis, luego
como thane de Cawdor, y por último anunciándole que un día será rey.
A Banquo le dicen que sus descendientes serán reyes. Cuando Macbeth pide a las
brujas que le aclaren el sentido de las profecías, ellas desaparecen. Se
presenta un enviado del rey (Ross), quien notifica a Macbeth la concesión real
del título de thane de Cawdor.
And, for an earnest of a greater honor,
He bade me, from him, call thee Thane of Cawdor:
In which addition, hail, most worthy thane,
For it is thine.
Viendo cumplida la profecía de las brujas, Macbeth comienza
a ambicionar el trono. Macbeth escribe una carta a su esposa, en Inverness,
explicando las profecías de las brujas. Lady Macbeth, al leer la carta, concibe
el propósito de asesinar al rey Duncan para lograr que su marido llegue a ser
rey. De improviso se presenta Macbeth en el castillo, así como la noticia de
que Duncan va a pasar allí esa noche. Lady Macbeth le expone sus planes.
Macbeth duda, pero su esposa lo cizaña, estimulando su ambición.
Acto II[editar]
A la mañana siguiente, se descubre el crimen y Macbeth culpa
a los sirvientes de Duncan, a los que previamente ha asesinado, supuestamente
en un arrebato de furia para vengar la muerte del rey. Los hijos de Duncan,
Malcolm y Donalbain, que se encuentran también en el castillo, no creen la
versión de Macbeth, pero disimulan para evitar ser también asesinados. Malcolm
huye a Inglaterra y Donalbain, a Irlanda.
Gracias a su parentesco con el fallecido rey Duncan y a la
huida de los hijos de este, Macbeth consigue ser proclamado rey de Escocia,
cumpliéndose así la segunda profecía de las brujas.
Acto III[editar]
A pesar del éxito de sus propósitos, Macbeth continúa
intranquilo a causa de la profecía que las brujas hicieron a Banquo, según la
cual este sería padre de reyes. Encarga a unos asesinos que acaben con su vida,
y la de su hijo, Fleance, cuando lleguen al castillo para participar en un
banquete al que Macbeth les ha invitado. Los asesinos matan a Banquo, pero
Fleance consigue huir del lugar. En el banquete, poco después de que Macbeth
sepa por los asesinos lo ocurrido, se aparece el espectro de Banquo y se sienta
en el sitio de Macbeth. Sólo Macbeth puede ver al fantasma, con el que dialoga,
y en sus palabras se hace evidente su crimen.
Acto IV[editar]
Escena
de Macbeth: el conjuro de las brujas (acto IV, escena I). Cuadro de William Rimmer
Macbeth regresa al lugar de su encuentro con las brujas.
Inquieto, les pregunta por su futuro. Ellas conjuran a tres espíritus. El
primero advierte a Macbeth que tenga cuidado con Macduff. El segundo dice que
"ningún hombre nacido de mujer" podrá vencer a Macbeth, y el tercero
hace una curiosa profecía:
Macbeth seguirá invicto y con ventura
si el gran bosque de Birnam no se mueve
y, subiendo, a luchar con él se atreve
en Dunsinane, allá en la misma altura.
Estas profecías tranquilizan a Macbeth, pero no se queda
satisfecho. Quiere saber también si los descendientes de Banquo llegarán a
reinar, como las brujas profetizaron. En respuesta a su demanda, se aparecen
los fantasmas de ocho reyes y el de Banquo, con un espejo en la mano, indicando
así que ocho descendientes de Banquo serían reyes de Escocia. Un vasallo de
Macbeth le notifica que Macduff ha desertado. En represalia, Macbeth decide
atacar su castillo y acabar con la vida de toda su familia. La acción se
traslada a Inglaterra, donde Macduff, ignorante todavía de la suerte que ha
corrido su familia, se entrevista con Malcolm, hijo de Duncan, al que intenta
convencer para que reclame el trono. Recibe la noticia de la muerte de su
familia.
Acto V[editar]
Lady Macbeth
sonámbula por Johann Heinrich Füssli
Lady Macbeth empieza a sufrir remordimientos: sonámbula,
intenta lavar manchas de sangre imaginarias de sus manos. Malcolm y Macduff,
con la ayuda de Inglaterra, invaden Escocia. Macduff, Malcolm y el inglés
Siward, conde de Northumberland, atacan el castillo de Dunsinane, con un
ejército camuflado con ramas del bosque de Birnam, con lo que se cumple una de
las profecías de las brujas: el bosque de Birnam se mueve y ataca Dunsinane.
Macbeth recibe la noticia de que el bosque se mueve y de la muerte de su esposa
por suicidio. Tras pronunciar un monólogo nihilista, toma la determinación de
combatir hasta el final. Tras matar al hijo de Siward, se enfrenta con Macduff.
Se siente todavía seguro, a causa de la profecía de las brujas, pero ya era
demasiado tarde, debido a que Macduff le revela que su madre había muerto una
hora antes de que él naciera, y que los médicos habían realizado una cesárea
para mantener a Macduff vivo, y así se cumple la profecía de que «no podría ser
matado por ningún hombre nacido de mujer» y Macbeth comprende que las profecías
de las brujas han tenido algunos significados ocultos. Acto seguido, Macduff
mata a Macbeth y lo decapita. En la escena final, Malcolm es coronado rey de
Escocia. La profecía referente al destino real de los hijos de Banquo era
familiar a los contemporáneos de Shakespeare, pues el rey Jacobo I de Inglaterra era considerado
descendiente de Banquo.
TEMAS Y MOTIVOS RECURRENTES[EDITAR]
· Ambición
y traición. Temas estrechamente relacionados. Macbeth puede verse como una
advertencia acerca de los peligros que entraña la ambición. La ambición es el
rasgo principal del carácter de Macbeth y de Lady Macbeth, y la causa de su
ruina. Aparece por primera vez cuando, a comienzos del acto II, Macbeth asesina
a su rey, al que debe lealtad y que acaba además de recompensarle con un
título; y se reitera cuando ordena matar a su amigo Banquo, en el acto III.
Antes de eso, el tema de la traición había aparecido ya tras la profecía, en el
acto III.
Macbeth viendo
el espectro de Banquo por Théodore Chassériau
· Visiones
y el sentimiento de culpa. A lo largo de la obra, Macbeth y su esposa sufren
varias visiones. En la escena primera del segundo acto, poco antes de asesinar
a Duncan, Macbeth cree ver un puñal ensangrentado flotando ante sí. Más
adelante, en la escena primera del quinto acto, Lady Macbeth, sonámbula, ve en
sus manos manchas de sangre que no consigue lavar, imagen con la que se
muestran sus remordimientos por su responsabilidad en el asesinato de Duncan.
Una tercera visión —aunque no está claro si se trata de una alucinación de
Macbeth, atormentado por su conciencia culpable, o de la aparición sobrenatural
de un fantasma— es el espectro de Banquo que se presenta en el banquete (acto
III, escena IV).
Pero en Agatha la situación es a la inversa estuvo consciente
y en esa consciencia quiere purificar todo por el fuego incluida a ella
misma pero fracasa, queda hospitalizada y luego encerrada, sus padre
nunca la van a ver y es que son espiritualmente distintos ella tiene conciencia
y quiere destruir la maldad, ellos son la maldad y han hecho de toda para
destruir la conciencia pero ahora ella quiere hacer las paces con la maldad,
quiere continuar el ciclo se acepta a ella misma, se casara con su hermano,
igual que su padre y su madre y heredara toda la maldad haciéndola prosperar,
los padres no comprenden que ella realmente ha cambiado ya no es la conciencia
que quiere destruirlos sino la hija que quiere heredarlos, le siguen temiendo,
la tratan de alejar, el padre la golpea , pero ella ha venido por el anillo de
la madre se casara con el hermano, solo la madre comprenderá y entrara en
conciencia es decir se volverá loca y se purificara con el fuego.
Aquí está la cuestión Shakespereana
Ser o no ser este es una pregunta ontológica pero en una ontológica
donde está integrado todo y entonces la pregunta se podría reformular en ¿Lucho
contra la maldad y muero no soy alcanzando un ser
trascendente o me reconcilio con la maldad y soy en este mundo pero
pierdo mi alma mi ser transcendente? ¿Cuál es la respuesta hijo?
Yo te daré la mía, cuando me di cuenta de la maldad de madre
y de mi abuela en mí, tenía la opción de irme y lo hice pero no puedes escapar
de algo que tienes en la sangre, estaba la opción de acabar con la maldad
acabando con mi vida y lo pensó realmente lo pensé y me he arriesgado tanto
buscando la muerte para que esta opción pase pero no paso, la otra opción era
reconciliarme con la maldad pero para que esto no pace invente una tercer
opción traspasar esta maldad desde el teatro y la filosofía en una guerra de
imaginarios constante, así soy igual de egoísta y cruel que mi
abuela terriblemente manipulador pero llevado al fin sublime de
traspasar la conciencia al punto de recuperar la fe, si lo he logrado o no si
valió la pena o no hacer morir todos los días a tu madre bajo el
sol para tocar el corazón de la gente, tú lo juzgaras mejor
que nadie pero no ahora no te adelantes, sino cuando tengas la respuesta.
Si esta es si y eres el Guerrero Evangelizador que no pude
entrenar as el viaje al oeste, recrean simbólicamente la lucha del rey mono no
es un Goku en una lucha física sino un buda en una lucha
espiritual
Decíamos que Tripitaka y Puo-Chin, desconcertados y
muertos de miedo, oyeron una voz estruendosa, que decía: - ¡Mi maestro acaba de
llegar! ¡Mi maestro acaba de llegar! - Lo más seguro es que ése sea el mono que
lleva varios siglos encerrado en el interior de la montaña - exclamaron,
temblando, los criados. - ¡Claro que sí! - confirmó el Guardián de la Montaña
-. Por fuerza tiene que ser él. - ¿De qué mono estáis hablando? - preguntó
Tripitaka. - Antiguamente este lugar era conocido como la Montaña de las Cinco
Fases - explicó el Guardián -, pero cambió a su nombre actual tras las heroicas
campañas, que, con el fin de asegurar la parte occidental de su imperio, llevó
a cabo el Emperador de los Tang. Hace años oí decir que esta montaña cayó de
los cielos con un mono dentro. Tan extraño fenómeno sucedió en la época en que
Wang-Mang 2 usurpó el trono de los Han. Según los ancianos, el animal
sobrevivió al hambre, al frío y al calor, observado siempre por los espíritus
de la tierra, que le alimentaron con bolas de hierro y apagaron su sed con
bronce líquido. No me cabe la menor duda de que es él el que está gritando de
esa forma. Pero no tengas miedo. Es totalmente inofensivo. ¿Por qué no bajamos
al pie de la montaña a echar un vistazo? A Tripitaka no le quedó más remedio
que aceptar y, volviendo grupas, descendió por la empinada ladera a lomos de su
caballo. Después de desandar unos cuantos kilómetros, se toparon con un
habitáculo de piedra, en cuyo interior, efectivamente, había un mono que no
paraba de agitar las manos ni de decir en un estado de extrema agitación: -
¿Por qué habéis tardado tanto en llegar, maestro? Llevo esperándoos yo qué sé
la de siglos. Sacadme de aquí y juro que os protegeré de cuantos peligros
encontréis de aquí a las tierras del Paraíso Occidental. El monje se acercó
para verle mejor y comprobó que poseía una boca protuberante, un rostro
totalmente plano y dos ojos tan penetrantes que parecían emitir fuego. Llevaba
tanto tiempo encerrado que le habían crecido líquenes en la cabeza, hierbajos
en las orejas, musgo en las sienes y cardos en la barbilla, justamente en el
lugar que debía haber ocupado una espesa y poblada barba. Sus cejas y narices
estaban, además, totalmente cubiertas de barro y eso le daba una apariencia de
condenado que ha perdido toda la esperanza. Su cuerpo estaba tan sucio que era
difícil distinguir sus manos y pies de las escarpadas rocas que le rodeaban.
Afortunadamente sus ojos y su lengua no parecían haber sufrido el menor
anquilosamiento, cosa que no podía afirmarse de otras partes menos favorecidas
de su cuerpo. A estado tan lamentable había quedado reducido el que, quinientos
años atrás, se había otorgado a sí mismo el título de Gran Sabio. Su castigo
estaba, sin embargo, a punto de concluir. El Guardián de la Montaña se armó de
valor y, acercándose a tan repelente criatura, le arrancó unos cuantos cardos
de la barbilla y un poco de musgo de las sienes y le preguntó: - ¿Quieres decir
algo? - Sí, pero no a ti - contestó el mono -. Es con el monje con el que
desearía hablar. Tengo que preguntarle algo. - ¿Qué es lo que quieres saber? -
replicó en seguida Tripitaka. - ¿Te ha enviado el emperador de las Tierras del
Este en busca de las escrituras sagradas? - inquirió el mono. - Así es -
admitió Tripitaka -. ¿Quieres decirme por qué lo preguntas? - Yo - respondió el
mono - soy el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y hace aproximadamente quinientos
años sembré de confusión el Palacio Celeste. Eso hizo que Buda me castigara
encerrándome bajo esta mole de piedra. Hace cierto tiempo, sin embargo, acertó
a pasar por aquí la Bodhisattva Kwang-Ing, la cual me informó que se dirigía a
las Tierras del Este en busca de un hombre justo que estuviera dispuesto a ir
por las escrituras. Yo le pedí entonces que me ayudara y ella me hizo prometerle
que jamás me volvería a ver envuelto en desórdenes como los que en su día
protagonicé. De esta forma, acepté las leyes de Buda, comprometiéndome, al
mismo tiempo, a proteger al futuro Peregrino durante toda la duración de su
viaje hacia el Oeste. No me cabe duda de que entonces me serán perdonadas mis
ofensas y recibiré una recompensa sustanciosa. Esto explica que haya estado
esperándoos día y noche, pues sólo vos podéis sacarme de aquí. A cambio me
convertiré en discípulo vuestro y os brindaré toda la protección que preciséis.
- ¿Cómo puedo liberarte? - exclamó Tripitaka, desconcertado -. A pesar de tus
buenas intenciones y de lo que te dijo la Bodhisattva, no tengo a mano nada
para hacer agujeros, ni siquiera una simple hacha. - ¿Quién está hablando de instrumentos?
- protestó el mono -. Para liberarme sólo necesitas quererlo de verdad. - ¡Por
supuesto que lo quiero! - replicó Tripitaka -. Pero ¿puedes decirme cómo
hacerlo? - Muy sencillo - respondió el mono -. En la cima de esta montaña hay
una losa de piedra con un texto que escribió el mismo Buda con letras de oro.
Cógela y apártala de la cumbre. Eso bastará para que pueda abandonar esta
mazmorra. Tripitaka accedió a hacer inmediatamente lo que le pedía. Se volvió
pues, hacia PuoChin y le suplicó, diciendo: - Acompáñame hasta lo alto de esta
montaña, por favor. - ¿Crees que está diciendo la verdad? - preguntó Puo-Chin,
desconfiado. - ¡Claro que sí! - protestó el mono con energía -. ¿Cómo iba a
atreverme a mentiros en la situación en la que me encuentro? A Puo-Chin no le
quedó más remedio que llamar a sus criados y ordenarles que agarraran a los
caballos de las bridas. De esta forma iniciaron su penosa ascensión a la cima
de la montaña, a la que lograron llegar asiéndose a zarzas y a hierbas
salvajes. La cumbre era el pico más alto de toda la cordillera, sobre el que
confluían diez mil rayos de luz dorada. Como había dicho el mono, allí se
levantaba una losa enorme, en la que habían sido escritas las siguientes
palabras: "Om mani padme hum". Tripitaka se llegó hasta ella, se
arrodilló y se quedó mirándola con detenimiento. Tocó después varias veces el
suelo con la frente y, volviéndose hacia el oeste, oró, diciendo: - Yo, vuestro
indigno discípulo Chen Hsüan-Tsang, he sido elegido para ir en busca de los textos
sagrados. Si, en verdad, ese mono ha sido predestinado para ser seguidor mío,
permitidme que pueda arrancar esas letras de oro y así quedará libre para
acompañarme hasta la Montaña del Espíritu. Por el contrario, si no es más que
un monstruo cruel que sólo busca engañarme y arruinar la empresa a la que me he
comprometido, haced que ni siquiera pueda moverlas del sitio. Tras tocar
nuevamente el suelo con la cabeza, se dirigió hacia la piedra y arrancó con
increíble facilidad las letras de oro que había incrustadas en ella. Al
instante se levantó un viento aromático, que arrancó la losa y la elevó hacia
lo alto, mientras se oía una voz que decía: - Yo soy el carcelero del Gran
Sabio, cuya condena concluye hoy. Regreso, por tanto, al lado de Tathagata a entregarle
el sello que en su día me confió. Tripitaka, Puo-Chin y los criados se
sintieron tan aterrados que se dejaron caer al suelo, sin atreverse a mirar
hacia lo alto. Cuando descendieron, por fin, de la montaña, se llegaron hasta
la mazmorra de piedra y dijeron al mono: - La losa ha sido levantada, así que
puedes salir cuando quieras. - Si no os importa - replicó el mono, loco de
contento -, me gustaría que os apartarais un poco. De esa forma, cuando salga,
no os asustaréis tanto de mi aspecto. Puo-Chin llevó a Tripitaka y a los
criados a una distancia de tres o cuatro kilómetros hacia el este, pero el mono
gritó: - ¡Más lejos! ¡Un poco más lejos! Tripitaka y sus acompañantes se vieron
obligados a alejarse tanto que terminaron abandonando la montaña. Se produjo
entonces un temblor tan fuerte que por un momento pareció como si la montaña se
hubiera derrumbado o la tierra se hubiera partido en dos. Todos estaban
sobrecogidos de temor. Pero, antes de que pudieran darse cuenta, el mono se
había colocado ya delante del caballo de Tripitaka y, arrodillándose en el
polvo, dijo, visiblemente emocionado: - ¡Estoy libre, maestro! ¡Libre! Se
inclinó cuatro veces ante Tripitaka y, poniéndose de pie de un alto se dirigió
respetuosamente a Puo-Chin, diciendo: - Os agradezco las molestias que os
habéis tomado al acompañar hasta aquí a mi maestro y el gesto que habéis tenido
al arrancarme las hierbas de la cara. Apenas hubo acabado de decirlo, fue a
asegurar con una cuerda el equipaje de su maestro. Pero, al verle, el caballo
se puso muy nervioso y a punto estuvo de encabriolarse. Como el mono había sido
el encargado de los caballos-dragón en los establos celestes, su autoridad
entre esos animales era tanta que se ponían a temblar en cuanto le veían.
Tripitaka comprendió que se trataba de alguien con intenciones honestas, un
auténtico servidor de la causa budista, y, llamándole, le preguntó: - ¿Cómo te
llamas, discípulo? - Yo - contestó el mono - me apellido Sun. - Permíteme, en
ese caso, que te busque un nombre religioso. Así me será más fácil dirigirme a
ti. - Semejante gesto os honra, maestro - replicó el mono - y yo os lo
agradezco de todo corazón. Sin embargo, ya poseo un nombre religioso. De hecho,
me llamo Sun WuKung. - He de admitir que te cae muy bien - afirmó Tripitaka,
complacido -. Sin embargo, pareces un monje mendicante. ¿Qué te parece si a
partir de hoy te llamo el Peregrino Sun? - ¡Excelente! - exclamó Wu-Kung. Al
ver que el Peregrino Sun había terminado los preparativos para continuar la
marcha, Puo-Chin se volvió hacia Tripitaka y le dijo, respetuoso: - Sois
afortunado, al haber encontrado aquí a un discípulo como este. Enhorabuena.
Parece una persona excelente y estoy seguro de que será un buen compañero de
viaje. Por mi parte, me temo que he de regresar cuanto antes a casa. Jamás
podré agradeceros lo que habéis hecho por mí - replicó Tripitaka, inclinando la
cabeza -. Pido disculpas a vuestra madre y a vuestra esposa por las molestias
que se han tomado conmigo y decidles que para mí será un honor saludarlas a la
vuelta. Puo-Chin asintió y se alejó, seguido de sus criados. El Peregrino Sun
pidió entonces a Tripitaka que montara en el caballo y reiniciaron la marcha.
El mono iba delante con el equipaje a la espalda. Al poco tiempo de dejar atrás
la Montaña de las Dos Fronteras, vieron a un tigre de aspecto feroz, que rugía,
amenazante, - sus ojos parecían echar fuego. Nervioso, Tripitaka tiró de las
riendas y se puso a temblar. El Peregrino, por su parte, se echó a un lado y
dijo a su maestro, alegre como si acabara de encontrar un tesoro: - No temáis.
Éste es un regalo que el cielo ha puesto en mi camino, pues, como
comprenderéis, no puedo ir por ahí totalmente desnudo. Dejó el equipaje en el
suelo y, llevándose la mano a la oreja, sacó una aguja pequeñita, la sacudió
contra el viento y al punto se convirtió en una barra de hierro tan gruesa como
un cuenco de arroz. La miró con satisfacción y exclamó, sonriendo: - Durante
más de quinientos años no he hecho uso de este tesoro. Ahora va a
proporcionarme una vestimenta calentita y cómoda. De dos zancadas se llegó
hasta donde estaba el tigre y gritó: - ¡Maldita bestia! ¿Adonde crees que vas?
El tigre se agachó, como si fuera un gatito, y permaneció agazapado contra el
suelo, sin atreverse a moverse. El Peregrino Sun levantó la barra de hierro y
la dejó caer con fuerza sobre la cabeza de la bestia. El cráneo se hizo añicos
y el cerebro saltó como si fueran diez mil pétalos rojizos de flor de
melocotón. Al mismo tiempo, los dientes volaron por el aire, como incontables
esquirlas de jade blanco. Chen Hsüan-Tsang estaba tan asustado que se cayó del
caballo y empezó a gritar, mordiéndose las uñas: - ¡Santo cielo, esto es
francamente increíble! Para reducir el otro día al tigre, el Guardián de la
Montaña se vio obligado a luchar con él casi medio día. Sun Wu-Kung, por el
contrario, lo ha hecho añicos hoy con un solo golpe de su barra. Ahora
comprendo el dicho que afirma: "Por muy fuerte que seas, siempre hay otro
más fuerte que tú". - Maestro - sugirió el Peregrino, trayendo a rastras
al tigre -, ¿por qué no os sentáis un rato, mientras le quito la piel? No os
preocupéis. Seguiremos el viaje en cuanto haya hecho con ella un vestido
apropiado para mí. - Pero te llevará mucho tiempo - protestó Tripitaka -.
Además, no tienes utensilios a mano. - Por eso no os preocupéis - le
tranquilizó el Peregrino -. Dispongo de mis propios medios. Ya veréis. Se
arrancó unos cuantos pelos y soplando sobre ellos una bocanada de aire mágico,
gritó: - ¡Transformaos! Al punto se convirtieron en un cuchillo curvo y
sumamente afilado, con el que descuartizó el tigre. Su pericia era tan grande
que consiguió la piel entera. Le quitó después las zarpas y la cabeza y, de
esta forma, obtuvo una pieza rectangular. La levantó en alto y, tras calcular
sus medidas a ojo, concluyó: - Me parece que es un poco grande para mí. Lo
mejor es que la parta por la mitad. Cogió el cuchillo y la dividió en dos
partes iguales. Guardó una y la otra se la ciñó a la cintura, sujetándola con
una especie de juncos que crecían a la misma vera del camino. - Ya está,
maestro - dijo entonces, satisfecho -. Cuando nos topemos con alguna casa y
dispongamos de tiempo suficiente, pediré prestado un poco de hilo y lo coseré
mejor. Ahora podemos proseguir nuestro camino. Volvió a sacudir la barra de
hierro y al instante se transformó en una aguja pequeñita, que de nuevo se
metió en la oreja. Tras cargar con el equipaje, ayudó al maestro a montar en el
caballo y continuaron el viaje. - ¿Dónde has metido la barra con la que acabas
de matar al tigre? - preguntó, sorprendido, el monje -. No me irás a decir que
ha desaparecido. - No, no - respondió el Peregrino, sonriendo -. No tenéis ni
idea de lo poderosa que es. La conseguí en el Palacio del Dragón del Océano
Oriental. Se llama la Guardiana de la Vía Láctea, aunque también es conocida
como la Barra Complaciente de los Extremos de Oro. Cuando me rebelé contra el
cielo, me sirvió de gran ayuda, ya que puede convertirse en lo que yo quiera,
sin importar la forma o el tamaño. Precisamente acabo de transformarla en una
diminuta agua de bordar y, así, he podido metérmela en la oreja. La volveré a
sacar cuando lo necesite. - ¿Por qué se quedó quieto el tigre cuando te vio? -
volvió a preguntar Tripitaka -. ¿Cómo explicas que no hiciera nada por
defenderse? - Hasta un dragón se hubiera comportado de la forma como lo hizo
esa bestia - contestó Wu-Kung -. Aunque no lo creáis, tengo poder para dominar
los dragones, domesticar a las fieras, hacer que los ríos se desborden y los
océanos se piquen. Soy capaz, además, de descubrir el carácter de una persona
con sólo mirarle a la cara y de averiguar si lo que está diciendo es verdad o
no según sea el tono de su voz. Si quiero, puedo llegar a ser tan grande como
el mismo universo o tan pequeño como el vello más insignificante. Tengo, en
suma, poder para transformarme en lo que me dé la gana e incluso hasta para
convertirme en invisible. ¿Qué hay de raro, pues, en que haya dominado al tigre
con tanta facilidad? Esperad a que nos encontremos en auténticas dificultades y
entonces comprobaréis con vuestros propios ojos lo que soy capaz de hacer. Al
oírlo, Tripitaka se sintió más tranquilo y espoleó a su caballo. No pararon de
hablar ni un solo segundo y, así, el viaje se les hizo más llevadero. Al poco
rato el sol comenzó a ponerse por el oeste, tiñendo las nubes lejanas de un
rojo que por momentos iba perdiendo intensidad. Los pájaros buscaban cobijo en
los bosques, llenando el crepúsculo con la nerviosa algarabía de sus cantos.
Las bestias salvajes regresaban a sus guaridas en parejas, aunque también se
veían, de vez en cuando, grupos mayores. La luna, garfio luminoso rodeado de un
halo, había aparecido ya en el cielo, escoltada por los diez mil puntos
luminosos de las estrellas. - Debemos darnos prisa, maestro - dijo el Peregrino,
levantando la vista -, porque se está haciendo muy tarde. Allí se ve un tupido
grupo de árboles y me figuro que se levantará un pueblo o, cuando menos, una
alquería. Tendremos que apresurarnos, si queremos encontrar alojamiento.
Tripitaka espoleó el caballo y no tardaron en llegar a una casa. Mientras el
monje desmontaba, el Peregrino se dirigió hacia la puerta y empezó a
aporrearla, gritando: - ¡Abrid! ¡Abrid! Al poco rato apareció un anciano, que
se servía de un bastón para caminar. La puerta rechinó lastimosamente y el
hombre casi se muere del susto, al ver al Peregrino con la piel de tigre
arrollada a la cintura y un aspecto tan horripilante que parecía un dios del
trueno. Preso del pánico, empezó a gritar: - ¡Socorro! ¡Un fantasma! ¡Un
fantasma! - y otras tonterías por el estilo. Tripitaka se acercó en seguida a
él y, agarrándole del brazo, le dijo: - No tengáis miedo. Éste no es ningún
fantasma, sino mi discípulo. El anciano levantó la vista y, al ver los
atractivos y bien proporcionados rasgos de Tripitaka, se avino por fin a
razones y preguntó: - ¿A qué monasterio pertenecéis y por qué habéis osado
llegaros hasta mi puerta con un personaje tan siniestro como éste? - Yo, señor
- contestó Tripitaka -, vengo de la corte de los Tang y me dirijo hacia el
Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Al pasar por aquí, se
nos hizo de noche y decidimos llegarnos hasta vuestra casa en busca de cobijo.
Os doy mi palabra de que no nos quedaremos mucho tiempo. De hecho, pensamos
proseguir la marcha en cuanto haya amanecido. Por lo que más queráis, no nos
dejéis pasar la noche a la intemperie. - Es posible que tú seas un súbdito de
los Tang - replicó el anciano -, pero dudo mucho de que también lo sea ese tipo
tan siniestro que viene contigo. - ¡No sé para qué tienes tú los ojos! -
exclamó Wu-Kung, levantando la voz -. Hasta un ciego puede darse cuenta de que
éste, un ciudadano del imperio Tang, es mi maestro y yo su discípulo. En cuanto
a mí, te diré que me importan poco las distinciones que acabas de hacer. Al fin
y al cabo, todavía sigo siendo el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Por cierto, tu
familia y tú mismo deberíais recordarme, pues no es la primera vez que nos
vemos. - ¿Se puede saber dónde nos hemos visto? - preguntó, despectivo, el
anciano. - ¿No te acuerdas de que, cuando eras joven, me tirabas verduras a la
cara y me ponías leña delante de los ojos? - contesto Wu-Kung. - ¡Tonterías! -
exclamó el anciano -. ¿En dónde vivías tú y dónde estaba yo para tirarte
verduras a la cara y ponerte leña delante de los ojos? Aquí el único capaz de
decir tonterías eres tú - afirmó Wu-Kung -. Eso demuestra que todavía no me has
reconocido. Acércate y mírame detenidamente. Soy el Gran Sabio que se
encontraba prisionero en la mazmorra de piedra de la Montaña de las Dos
Fronteras. - Ahora que lo dices, te pareces un poco a él - dijo el anciano,
tratando de recordar -. Pero ¿cómo has logrado escapar de allí? Wu-Kung le
explicó entonces cómo la Bodhisattva le había convertido y le había pedido que
esperara la llegada del monje Tang, que le liberaría, como así había ocurrido,
de su encierro y después le haría discípulo suyo. El anciano se inclinó
entonces ante ellos y les suplicó que entraran en su casa. Llamó a continuación
a su mujer y a sus hijos y les pidió que trataran lo mejor que pudieran a
huéspedes tan respetables. Cuando les contó lo ocurrido, todos se mostraron
encantados. No pasó mucho tiempo antes de que se sirviera el té, momento que
aprovechó el anciano para preguntar a Wu-Kung: - ¿Cuántos años tienes, Gran
Sabio? - ¿Y tú? - replicó Wu-Kung. - Así, como quien no quiere la cosa, llevo
ciento treinta años viviendo en este mundo - contestó el anciano. - En ese caso
- concluyó el Peregrino -, eres mi tataranieto. Si he de ser sincero, no me
acuerdo de cuándo nací. Lo único que sé es que he pasado más de quinientos años
debajo de esa montaña. - Sí, sí, - confirmó el anciano -. Recuerdo que mi
tatarabuelo me contó una vez que la montaña esa cayó repentinamente del cielo y
que dentro tenía encerrado a un mono de origen divino. ¡Pensar que has tenido
que esperar tanto tiempo para volver a gozar de libertad! Me acuerdo de que,
cuando te vi la primera vez, tenías hierbajos en la cabeza y la cara totalmente
cubierta de barro. Sin embargo, no me asusté lo más mínimo. Por cierto, ahora
que te los has arrancado, pareces un poco más delgado, aunque con esa piel de
tigre a la cintura eres el vivo retrato de un demonio. Todos se echaron a reír
al oírlo. El anciano era, no obstante, un hombre decente y ordenó que les
prepararan una comida vegetariana. - ¿A qué familia perteneces tú? - preguntó
Wu-Kung. - A la de los Chen - contestó el anciano. Tripitaka abandonó su
asiento y corrió a presentarle sus respetos, diciendo: - Según parece, tenemos
los mismos antepasados. - ¿Cómo puede ser eso, si vos os apellidáis Tang? -
protestó Wu-Kung. - No, no - negó Tripitaka -. Mi auténtico apellido es Chen y
soy originario de la aldea de Chü-Sien, Hung-Nung, Distrito de Hai-Chou. Mi
nombre religioso, de hecho, es Chen Hsüan-Tsang. Si ahora uso el apellido Tang,
es porque nuestro Gran Emperador Tang Tai-Chung hizo un pacto de hermandad
conmigo. De ahí que algunos me conozcan como Tripitaka o el monje Tang a secas.
El anciano se alegró mucho de que ambos tuvieran el mismo apellido. - Perdona -
dijo el Peregrino, dirigiéndose a él -, pero la verdad es que llevo sin lavarme
quinientos años. ¿Te importaría pedir a tus criados que nos preparen un poco de
agua caliente para bañarnos mi maestro y yo? Cuando nos marchemos, sabremos
recompensártelo a nuestra manera. Al instante el anciano mandó poner el agua al
fuego e hizo traer unas tinajas y varios hachones. Después de bañarse, se
sentaron junto al fuego y el Peregrino volvió a decir: - Me temo, viejo Chen,
que aún me queda un nuevo favor que pedirte. ¿Podrías prestarme una aguja y un
poco de hilo? - ¡Por supuesto! - exclamó el anciano y ordenó a uno de sus
criados que fuera inmediatamente a por ellos. El Peregrino tenía una vista muy
aguda y pudo, así, percatarse de que Tripitaka se había quitado una camisa de
sarga blanca y no había vuelto a ponérsela después del baño. Se la apropió con
indescriptible alegría y empezó a coser pacientemente la piel de tigre. Cuando
hubo concluido, volvió a enrollársela a la cintura y, paseando una y otra vez
delante de su maestro, le preguntó: - ¿Qué os parece el aspecto que tengo hoy
comparado con el de ayer? - Totalmente distinto - contestó Tripitaka -. Ahora
pareces un autentico Peregrino. Si crees que esa camisa no está muy gastada,
puedes quedarte con ella. - Gracias por el regalo, maestro - replicó Wu-Kung
con respeto y salió a por un poco de heno para los caballos. En cuanto los hubo
alimentado, se retiraron todos a descansar. A la mañana siguiente Wu-Kung se
despertó muy temprano y preparó el equipaje, mientras Tripitaka terminaba de
vestirse. Cuando se disponían a marcharse, el anciano les trajo agua para que
se lavaran y un poco de comida vegetariana. Nada más terminar de desayunar,
Tripitaka montó en su caballo y reanudaron el viaje. El Peregrino iba adelante,
abriendo la marcha. A los pocos días de camino hizo su presencia el invierno.
Por doquier se veían árboles desnudos y arces abrasados por la escarcha. Sólo
de vez en cuando podía contemplarse el verdor inalterable de los pinos y los
cipreses. A principios del undécimo mes, sin embargo, los días se tornaron
momentáneamente tan calurosos como en primavera 3 y las flores del ciruelo
esparcieron su aroma por todo el paisaje. Pero eso duró poco. Mientras pasaban
por un puente hecho de ramas de árbol, que unía las dos orillas de una
torrentera, vieron flotar sobre sus cabezas nubes grisáceas preñadas de nieve.
El viento era tan frío y recio que hacía llorar. Por la noche las temperaturas
bajaban tanto que resultaba imposible dormir al sereno. Los dos caminantes llevaban
cubierta una buena parte de su trayecto, cuando les salieron al encuentro seis
hombres gritando como locos y armados con lanzas, espadas y arcos. Se pararon
justamente en el centro del sendero y, levantando la voz, dijeron: - Párate,
monje, y bájate del caballo. Si quieres seguir adelante, tendrás que darnos
todo lo que llevas. Tripitaka estaba tan aterrado que sintió cómo el espíritu
se le salía del cuerpo, cayéndose del caballo, incapaz totalmente de articular
palabra. El Peregrino corrió hacia él y, ayudándole a levantarse, le dijo: - No
os asustéis, maestro. Esta gente ha venido a ofrecernos ropa y un poco de
dinero para el viaje. - ¿Estás sordo o es que no has oído lo que han dicho? -
exclamó Tripitaka -. ¡Quieren que les demos el caballo y cuanto llevamos
encima! ¿Cómo puedes afirmar que han acudido a socorrernos? - Vos quedaos aquí
cuidando de nuestras cosas - le sugirió el Peregrino -. Yo voy a acercarme
hasta ellos a ver lo que pasa. - ¿A ver lo que pasa? - repitió Tripitaka -. Por
muy bueno que sea un puñetazo, siempre será inferior en efectividad a dos
puños, y éstos a cuatro manos. ¿No lo entiendes? Tenemos ante nosotros a seis
tiarrones y tú posees una constitución más bien débil. ¿Quieres decirme cómo
vas a hacerles frente? Valiente como era, el Peregrino no se avino a más
razones. Se dirigió hacia ellos con los brazos cruzados y, tras saludarlos, les
preguntó con inesperado desparpajo: - ¿Se puede saber, caballeros, por qué
habéis cerrado el paso a un monje tan pobre como éste? - Somos los reyes del
camino y los señores de la Montaña de la Relación Humana. Desde siempre hemos
sido muy famosos, aunque tú parezcas desconocerlo. Entregadnos lo que lleváis y
os dejaremos pasar. De lo contrario, os haremos picadillo. - También yo he sido
rey y señor de una montaña durante siglos replicó el Peregrino -. Sin embargo,
he de admitir que en todo ese tiempo no he oído hablar de vosotros.
Disculpadme, pero no sé cómo os llamáis. - ¿Que no lo sabes? - repitió uno de
ellos -. Está bien. Te voy a presentar a todos. Uno es el
Ojo-que-ve-y-se-complace-en-ello, otro el Oído-que-oye-y-lo-graba-en-lamemoria,
otro la Nariz-que-huele-y-se-deleita, otro la
Lengua-que-saca-sabor-a-lascosas-y-después-las-anhela, otro la
Mente-que-percibe-y-codicia-la-posesión-de-lopercibido y otro el
Cuerpo-que-aguanta-y-sufre. - Vosotros lo que sois - replicó Wu-Kung, soltando
la carcajada - es unos bandidos que no sabéis reconocer a vuestro amo. ¿Cómo os
atrevéis a cerrarme el paso? Sacad todo lo que habéis robado y divididlo en siete
partes iguales, si queréis seguir con vida. Al oírlo, algunos de los ladrones
se echaron a reír, otros se pusieron furiosos y los menos se echaron a temblar.
Todos, sin embargo, reaccionaron a la postre de la misma manera, ya que se
lanzaron sobre él, gritando: - ¡Maldito monje! No tienes nada que ofrecernos y
encima nos exiges que repartamos contigo nuestro botín. ¿Quién te has pensado
que eres? Blandiendo sus lanzas y espadas, rodearon al Peregrino y descargaron
sobre su cabeza no menos de setenta u ochenta golpes. Pero Wu-Kung se comportó
como si no pasara nada. - ¡Cuidado que tiene la cabeza dura este monje! -
exclamó, asombrado, uno de los bandidos. - No demasiado - le corrigió el
Peregrino, riéndose -. Me parece que tanto ejercicio os está cansando un poco,
¿no es así? Es hora de que saque ya la aguja y me divierta un rato con
vosotros. - ¡No me digas que eres acupunturista! - se burló otro de los
ladrones -. ¿Para qué vas a sacar la aguja, si ninguno de nosotros está
enfermo? El Peregrino se llevó entonces la mano a la oreja y cogió su pequeña
aguja de bordar. La sacudió un poco cara al viento y al instante se convirtió
en una barra de hierro del grosor de un cuenco de arroz. La agarró fuertemente
con las dos manos y gritó con potente voz: - ¡No corráis, cobardes! ¡Dadme la
oportunidad de probar en vosotros mi barra! Los seis ladrones se desperdigaron
en todas las direcciones, pero él de dos zancadas les dio alcance, rodeándoles
con felina destreza. Después los fue matando uno a uno, les quitó las ropas y
les desposeyó de cuanto de valor llevaban consigo. - Ya podéis continuar,
maestro - dijo, volviéndose sonriente hacia Tripitaka -. Los bandidos han sido
exterminados. - Lo que has hecho ha sido algo terrible - le regañó Tripitaka -.
Es posible que fueran unos salteadores, pero tú no tenías ningún derecho a
juzgarlos y condenarlos a muerte de la forma en que lo has hecho. ¿Por qué les
has matado a todos? Deberías haberte limitado a hacerles huir. ¿Cómo puedes
considerarte un monje, cuando vas por ahí asesinando a la gente sin ton ni son?
Quienes nos dedicamos a la vida del espíritu tenemos la obligación de
"cerciorarnos de que no hay ninguna hormiga en el suelo, cuando barremos,
para que no sufra daño alguno; incluso debemos rodear las velas con pequeñas
pantallas, para evitar que las polillas mueran abrasadas". ¿Cómo puedes tú
matar a quien te venga en gana, sin detenerte a distinguir lo blanco de lo
negro? ¡Es increíble que te muestres tan poco compasivo con los demás! Menos
mal que nos encontramos en un descampado y aquí está descartada toda
investigación sobre los hechos. Imagina que esto hubiera sucedido en una
ciudad. ¿Crees que ibas a seguir en libertad después de golpear con tu barra de
hierro al que te apetezca? - Pero, maestro - protestó Wu-Kung, desconcertado -,
si no los hubiera matado, ellos habrían terminado con nosotros. - Los monjes -
sentenció Tripitaka - tenemos la obligación de morir antes que emplear la
violencia. Además, hay una gran diferencia entre perder la vida uno y morir
asesinados seis. No existe ninguna justificación para lo que has hecho. Incluso
si fueras el juez, tendrías que admitir que tu conducta ha sido del todo
desacertada. - Cuando era rey de la Montaña de las Flores y Frutos, hace
aproximadamente quinientos años - trató de defenderse el Peregrino -, maté a yo
qué sé la de gente; si no llega a ser por eso, jamás habría llegado a Gran
Sabio, Sosia del Cielo. - ¿Pero es que no comprendes - replicó Tripitaka - que
sufriste ese tremendo castigo, precisamente porque, al actuar sin ningún tipo
de escrúpulos ni control, atrajiste sobre ti la cólera de la Tierra y la
condena del Cielo? Si, después de abrazar la fe budista, aún insistes en
practicar la violencia y en seguir matando a la gente como antes, no eres digno
de ser un monje ni de acompañarme al Paraíso Occidental, porque simplemente
eres un malvado. El mono no estaba acostumbrado a que nadie le riñera. Al
principio trató de controlarse, pero, como Tripitaka no paraba de regañarle,
terminó perdiendo la paciencia y exclamó, malhumorado: - ¡Está bien, está bien!
Si consideras que no merezco ser un monje ni acompañarte hasta el Paraíso
Occidental, ahora mismo me marcho y asunto concluido. ¡Basta ya de tanta
reprimenda! Antes de que Tripitaka tuviera tiempo de responder, el Peregrino
dio un salto y se perdió en lo alto, después de gritar: - ¡Allá voy! Tripitaka
levantó la cabeza, pero el mono había desaparecido ya. Sólo quedó flotando en
el aire un sonido silbante, que se desplazó como una exhalación hacia el este.
El monje sacudió entonces la cabeza y suspiró: - ¡Qué hombre! ¡Qué poco le
gusta ser adoctrinado! No comprendo cómo ha podido desaparecer tan pronto y
todo porque le he dicho simplemente lo que pensaba. Está bien. Se ve que mi
destino es no tener ningún compañero de viaje, porque a ése no le hago volver
ni aunque le llame. ¿Cómo voy a poder hacerlo, si ni siquiera sé dónde está? No
me queda más remedio que seguir adelante solo - y se dispuso a continuar el
camino hacia el Oeste, aunque hubiera de perder la vida en el intento o no
volver a hablar con nadie en mucho tiempo. No le quedó, pues, más remedio que
coger el equipaje y cargarlo sobre el caballo. El animal parecía tan derrengado
por el peso que no se atrevió a montar en él. Con las riendas en una mano y el
bastón en la otra siguió su triste camino hacia las Tierras del Oeste. No se
había alejado mucho, cuando se topó con una anciana que lucía una túnica de
seda y llevaba en la cabeza un tocado con muchas flores. En cuanto la vio,
Tripitaka se hizo deferentemente a un lado para dejarla pasar. - ¿De dónde
venís y por qué viajáis solo? - preguntó la anciana. - Yo, señora - contestó
Tripitaka, respetuoso -, me dirijo hacia el Paraíso Occidental a buscar, de
parte del gran rey de las Tierras del Este, las auténticas escrituras de Buda.
El Gran Buda del Oeste - comentó la anciana - vive en la India, en el Templo
del Trueno, un lugar que se encuentra aproximadamente a cincuenta mil
kilómetros de distancia. ¿Cómo piensas hacer tú solo un viaje tan largo sin
nadie que te acompañe? - Hace unos días - respondió Tripitaka - me agencié un
discípulo, pero tenía un carácter muy fuerte y no le gustaba que nadie se
metiera en su vida. Precisamente me ha dejado solo porque le reprendí un poco.
Se ve que no tenía mucho interés en aprender. - Una auténtica lástima - exclamó
la mujer -. Traigo conmigo una túnica de seda y una corona con incrustaciones
de oro, que pertenecieron a mi hijo. Fue monje solamente tres días, al cabo de
los cuales murió de una repentina enfermedad. Precisamente ahora vengo del
monasterio en el que buscó el camino de la perfección. El luto ha concluido y
su maestro me ha entregado estas cosas para que me ayuden a guardar para
siempre su recuerdo. ¡Como si no fuera a mantenerlo eternamente vivo en mi
corazón! A mí, en realidad, no me sirven para nada. Puesto que vos tenéis un
discípulo, os las regalo para él. - Os lo agradezco mucho - replicó Tripitaka
-, pero no me atrevo a aceptarlo. Como acabo de deciros, me abandonó un poco
antes de que me encontrara con vos. - ¿Adonde se fue? - insistió la anciana. -
No lo sé - contestó Tripitaka -. Lo único que puedo deciros es que oí como una
especie de silbido que se desplazaba hacia el este. - ¡Qué casualidad! -
exclamó la anciana -. Mi casa se encuentra también en esa dirección. Lo más
probable es que haya ido allí. Conozco, además, un conjuro para controlar la
mente que podéis aprender sin ninguna dificultad. Memorizadlo y no se lo
enseñéis jamás a nadie. Ahora voy a ver si le alcanzo y logro convencerle para
que vuelva con vos. En cuanto regrese, entregadle la túnica y la corona. Si se
obstina en no obedeceros, recitad el conjuro en voz baja y os aseguro que no se
atreverá a dejaros solo nunca más ni a ceder a la tentación de la violencia. En
prueba de agradecimiento, Tripitaka agachó la cabeza. La anciana se transformó
entonces en un rayo de luz que se desplazó a toda velocidad hacia el este. De
esta forma, Tripitaka cayó en la cuenta de que se trataba de la Bodhisattva
Kwang-Ing. Sin pérdida de tiempo cogió un poco de arena y lo espolvoreó como si
fuera incienso, inclinado hacia el este. Tomó después la corona y la túnica y
las metió en la bolsa. Se sentó a continuación a la vera del camino y repitió
una y otra vez el conjuro para dominar la mente, hasta que terminó aprendiéndoselo
de memoria. Wu-Kung, mientras tanto, había viajado hasta el Océano Oriental,
donde abrió un sendero en el agua que le llevó directamente al Palacio de
Cristal de Agua. Al enterarse de su llegada, el Rey Dragón salió personalmente
a darle la bienvenida, diciendo: - Hasta mis oídos han llegado las nuevas de
vuestra liberación, cosa de la que, ciertamente, me congratulo. Disculpadme,
Gran Sabio, que no os haya felicitado todavía por ello. Supongo, de todas
formas, que habréis estado muy ocupado poniendo en orden vuestra montaña y la
caverna que un día habitasteis. - Eso es lo que me hubiera gustado hacer -
admitió Wu-Kung -. Sin embargo, me he convertido en un monje. - ¿En un monje? -
repitió el Rey Dragón, sorprendido -. ¿Qué clase de monje? - Todo ha sido obra
de la Bodhisattva de los Mares del Sur, que me convenció para que me dedicara a
la práctica del bien y a la búsqueda de la verdad. Me comprometí, al mismo
tiempo, a acompañar al monje Tang hasta las Tierras del Oeste en busca de las
escrituras de Buda. Como prueba de ese compromiso, ahora se me conoce por el
nombre del Peregrino. - ¡Eso es, francamente, encomiable! - exclamó el Rey
Dragón -. No es nada fácil abandonar las sendas del mal para seguir el camino
del bien. Sin embargo, si lo que acabas de decirme es verdad, ¿cómo es que
ahora te diriges hacia el este? - Ese monje Tang desconoce totalmente la
naturaleza humana replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Nos salieron
al encuentro unos cuantos bandidos con la intención de robarnos y yo acabé con
ellos en un santiamén. Pero, en vez de darme las gracias, ese bonzo empezó a
reñirme y a echarme en cara lo supuestamente equivocado de mi acción. No pude
aguantarlo y le dejé con la palabra en la boca. Precisamente me dirigía hacia
mi montaña, cuando me dije que por qué no te hacía una visita y tomaba contigo
una taza de té. - ¡No sabes cuánto te lo agradezco! - volvió a exclamar el Rey
Dragón y al instante aparecieron sus hijos y nietos con vasos de un té
aromático. En cuanto el Peregrino hubo apurado el suyo, se dio la vuelta y, al
ver colgada de la pared una pintura que representaba el incidente de los
zapatos del puente I, preguntó, interesado: - ¿Qué es lo que quiere decir este
dibujo? - La escena que en él aparece - respondió el Rey Dragón - ocurrió
cierto tiempo después de que tú nacieras. Es posible, por tanto que no lo
recuerdes. De todas formas, es extraño que no hayas oído hablar de la triple
entrega de los zapatos. - ¿La triple entrega de los zapatos? - repitió el
Peregrino. - Eso es - asintió el Rey Dragón -. El inmortal de la pintura se
llamaba Hwang ShrKung y el joven que hay arrodillado ante él, Chang-Liang 4.
Shr-Kung estaba sentado en el puente I, cuando de pronto se le cayó un zapato y
pidió a Chang-Liang que fuera a recogérselo. El joven así lo hizo, viéndose
obligado a arrodillarse para volver a ponérselo. Esto sucedió tres veces
seguidas, pero Chang-Liang no dio la menor muestra de fastidio o impaciencia,
cosa que le valió el cariño de Shr-Kung, el cual le enseñó en una sola noche el
contenido del libro celeste y le pidió que apoyara a la casa de los Han.
Chang-Liang "realizó después proyectos militares, sentado cómodamente en
una tienda de campaña, que hicieron posible la obtención de victorias a varios
miles de kilómetros de distancia" 5. Cuando la dinastía Han estuvo
firmemente asentada, renunció a su cargo y se retiró a las montañas, donde
siguió las enseñanzas de la Semilla del Pino Rojo 6 Taoísta, llegando a
alcanzar la luz de la inmortalidad. Si no acompañas ahora al monje Tang y no te
sometes a sus consejos y enseñanzas, ten por seguro, Gran Sabio, que toda tu
vida serás un inmortal revoltoso. No pienses que a tu edad ya has conseguido
todos los Frutos de la Verdad, porque todavía te queda mucho por aprender.
Wu-Kung escuchó con atención esas palabras y reflexionó después sobre ellas en
completo silencio. Eso dio ánimos al Rey Dragón para añadir: - Esto es algo que
sólo a ti te compete decidir, Gran Sabio, pero opino que es de tontos hipotecar
el futuro por unos instantes de comodidad. - No necesitas decir nada más - le
atajó Wu-Kung con decisión - Ahora mismo voy a volver al lado de mi maestro. -
Si ése es tu deseo - concluyó el Rey Dragón -, no seré yo quien te detenga
junto a mí ni un solo segundo. Es más, si no me lo tomas a mal, te pediría que
no le hicieras esperar más tiempo y volvieras cuanto antes a su lado. El
Peregrino se dispuso en seguida a abandonar el océano y, tras despedirse del
Rey Dragón, montó en una nube y se elevó por los aires. Al poco tiempo se topó
con la Bodhisattva de los Mares del Sur, que le recriminó, severa: - ¿Por qué
no me hiciste caso y te negaste a acompañar al monje Tang? ¿Qué estás haciendo
ahora aquí? Desconcertado, el Peregrino la saludó desde lo alto de las nubes y
respondió: - No podéis figuraros lo agradecido que os estoy por cuanto habéis
hecho por mí. Como dijisteis, se presentó en mi prisión un monje de la corte de
los Tang, que rompió el hechizo y me salvó la vida. En prueba de gratitud, me
convertí en seguida en discípulo suyo, pero me acusó después de ser demasiado
agresivo y le abandoné. Pero sólo temporalmente. Puedes creerme. De hecho,
ahora me dirijo otra vez a su lado. - Más vale que te des prisa, antes de que
cambies otra vez de opinión - se burló la Bodhisattva y continuaron su camino.
No tardó el Peregrino en ver al monje Tang sentado, muy abatido, a la vera del
camino y, acercándose a él, le preguntó: - ¿Se puede saber qué es lo que estáis
haciendo aquí, maestro? ¿Por qué habéis renunciado a seguir adelante? - ¿Dónde
has estado? - replicó Tripitaka, levantando la vista -. Al desaparecer tan de
repente, no me quedó otro remedio que sentarme aquí a esperarte, sin osar
moverme. - Sólo fui al Océano Oriental a pedir un poco de té a mi viejo amigo
el Rey Dragón - contestó el Peregrino. - Los que se dedican a la práctica de la
virtud no deberían mentir - sentenció Tripitaka - . Has estado fuera
aproximadamente media hora y ¿quieres hacerme creer que has estado tomando el
té en la mansión del Rey Dragón? ¡Vamos! ¿Por quién me tomas? - He de deciros -
respondió el Peregrino, sonriendo - que soy capaz de andar por las nubes y que
uno solo de mis saltos puede llevarme a una distancia de cuatrocientos o
quinientos kilómetros. Ése es el motivo por el que he ido y he vuelto tan
pronto. - Te marchaste hecho una fiera, porque te regañé un poco más de lo
debido - le echó en cara Tripitaka -. Está bien. Fuiste a pedir un poco de té.
Una persona con tus poderes puede hacer prácticamente lo que le de la gana.
Pero ¿te has detenido a pensar que a mí no me quedaba otra opción que sentarme
y pasar hambre? ¿Te parece eso bonito? - En absoluto - reconoció el Peregrino
-. Si lo que tenéis es hambre, ahora mismo voy a pedir algo de comida para vos.
- No habrá necesidad de mendigar nada - informó Tripitaka - porque todavía me
queda en la bolsa un poco de lo que me dio la madre del Guardián de la Montaña.
Lo que sí te agradecería es que me alcanzaras un cuenco de agua. Podremos
proseguir nuestro viaje en cuanto haya comido. El Peregrino desató la bolsa y
encontró unas cuantas galletas hechas con harina sin cribar. Las cogió y se las
entregó en seguida al maestro. Pero vio también el pálido brillo de la túnica
de seda y la corona con incrustaciones de oro y le preguntó, interesado: -
¿Habéis traído esto de las Tierras del Este? - Esa corona y esa túnica siempre
han sido mías - contestó Tripitaka sin pensarlo -. Las lucí en mi niñez y puedo
asegurarte que quien se las ponga podrá recitar las escrituras, sin haberlas
aprendido jamás, y practicar todo tipo de ceremonias, sin haberlas estudiado
nunca. - Si es así - concluyó el Peregrino, entusiasmado -, permitid que me las
ponga en seguida. - Lo más seguro es que no te valgan - comentó Tripitaka -,
pero, si quieres, puedes probártelas. A mí no me importa. Loco de contento, el
Peregrino se quitó la túnica de sarga blanca y se puso inmediatamente la de
seda, que parecía haber sido hecha especialmente para él. Lo mismo le ocurrió
con la corona. Cuando Tripitaka vio que la llevaba en la cabeza, dejó al punto
de comer y empezó a recitar en voz baja un conjuro. - ¡Oh, mi cabeza! - se
quejó entonces el Peregrino - ¡Me duele muchísimo! ¡No sé si voy a poder
soportarlo! El monje siguió repitiéndolo una y otra vez y el dolor se hizo tan
intenso que el Peregrino se tiró por el suelo, tratando inútilmente de
arrancarse la corona con las manos. Temiendo que fuera a romperla, Tripitaka
dejó de recitar el conjuro y el dolor cesó al instante. El Peregrino se llevó
la mano a la cabeza y comprobó que la fina capa de metal se había incrustado en
ella como si hubiera echado raíces. Trató de arrancársela, pero todos sus
esfuerzos resultaron en vano. Sacó entonces la aguja de la oreja, la metió
entre el metal y la carne y empezó a apalancar como un loco. Temiendo, una vez
más, que fuera a quebrarla, Tripitaka volvió a su recitación y el Peregrino
comenzó a verse aquejado de nuevo por terribles dolores de cabeza. Eran tan
insoportables que empezó a dar volteretas y saltos mortales, la cara y las
orejas se le pusieron totalmente rojas, los ojos se le tornaron saltones y una
extraña debilidad se apoderó de todo su cuerpo. Al verlo, el monje se sintió
conmovido y dejó de recitar el conjuro. El dolor desapareció al instante y el
Peregrino comentó, aliviado: - Me habéis embrujado, maestro. No cabe la menor
duda. - ¿Embrujado? - repitió Tripitaka -. Yo sólo estaba repitiendo un sutra.
- Recitadlo otra vez, a ver lo que pasa - sugirió el Peregrino. Tripitaka
volvió a su cantinela y al instante se reanudaron los dolores. - ¡Parad, por
favor! ¡Parad! - suplicó el Peregrino -. ¿No os lo decía? En cuanto abrís la
boca, siento como si me fuera a estallar la cabeza. - ¿Prometes obedecerme
siempre? - preguntó Tripitaka. - ¡Sí, sí! - respondió el Peregrino -. ¡Lo
prometo! - ¿Y que nunca vas a hacer nada contrario a nuestras normas? -
insistió Tripitaka. - ¡Lo prometo, lo prometo! - volvió a decir el Peregrino,
pero no estaba dispuesto a ceder con tanta facilidad. Sacudió la aguja y al
instante adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Con ella en las manos se volvió
contra el monje Tang, pero, antes de que pudiera descargar el golpe, éste
recitó el conjuro dos o tres veces más y él cayó por tierra, presa de un
insoportable dolor. Era tan intenso que ni siquiera podía levantar las manos.
Sólo le quedó en el cuerpo la fuerza suplicante para decir: - ¡He aprendido la
lección, maestro! ¡Parad, por lo que más queráis! - ¿Cómo puedes ser tan
malvado? - bramó Tripitaka -. Jamás imaginé que fueras capaz de intentar
abatirme con tu barra. - ¿Quién os ha dicho que pensaba hacer semejante cosa? -
replicó el Peregrino -. Por cierto, ¿os importaría decirme quién os ha enseñado
ese conjuro? - Una anciana - contestó Tripitaka. - No necesitáis decirme más -
comentó el Peregrino, gruñendo malhumorado -. Esa mujer era Kwang Shr-Ing, estoy
seguro. Lo que no comprendo es por qué quiere que sufra de esta forma tan atroz
Ahora mismo voy a ir a los Mares del Sur a pedirle cuentas. - Reflexiona un
poco - le aconsejó Tripitaka -. Ella conoce los efectos del conjuro. ¿No
comprendes que puedo hacerte morir, recitándolo unas cuantas veces seguidas? El
Peregrino hubo de admitir que tenía razón y no se atrevió a moverse del sitio.
Arrepentido, se arrodilló a los píes de Tripitaka y dijo: - No me queda más
remedio que acompañaros hasta el Oeste. El método que la Bodhisattva ha ideado
para controlarme es francamente extraordinario. Os prometo que no iré a
molestarla, pero vos, por favor, no volváis a pronunciar el conjuro. Os seguiré
de buena gana y jamás os abandonaré. - En ese caso - concluyó Tripitaka,
satisfecho -, ayúdame a montar en el caballo y prosigamos cuanto antes nuestro
viaje. El Peregrino desechó para siempre todo intento de rebeldía. Se arremangó
la túnica, se cargó el equipaje a la espalda y continuaron su camino hacia las
Tierras del Oeste. No sabemos lo que les acaeció después, por lo que todo aquel
que desee conocerlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se
ofrecen en el próximo capítulo.
https://apologiaalatristezateatroloco.blogspot.com/2025/07/las-7-biodramaturgias.html
PUBLICADO POR CHRISTIAN FRANCO EN 8:37
Christian Franco dijo...
Sobre mis cuadernos de colegial,
sobre mi pupitre y los árboles,
sobre la arena, sobre la nieve,
escribo tu nombre.
Sobre todas las páginas leídas,
sobre todas las páginas en blanco,
piedra, sangre, papel o ceniza,
escribo tu nombre.
Sobre las imágenes doradas,
sobre las armas de los guerreros,
sobre la corona de los reyes,
escribo tu nombre.
Sobre la selva y el desierto,
sobre los nidos, sobre las retamas,
sobre el eco de mi infancia,
escribo tu nombre.
Sobre las maravillas de las noches,
sobre el pan blanco de los días,
sobre las estaciones desposadas,
escribo tu nombre.
Sobre todos mis trapos de azur,
sobre el estanque, sol enmohecido,
sobre el lago, luna viva,
escribo tu nombre.
Sobre los campos, sobre el horizonte,
sobre las alas de los pájaros
y sobre el molino de las sombras,
escribo tu nombre.
Sobre cada soplo de aurora,
sobre el mar, sobre los barcos,
sobre la montaña demente,
escribo tu nombre.
Sobre la espuma de las nubes,
sobre los sudores de la tormenta,
sobre la lluvia gruesa e insípida,
escribo tu nombre.
Sobre las formas centelleantes,
sobre las campanas de los colores,
sobre la verdad física,
escribo tu nombre.
Sobre las sendas despiertas,
sobre las carreteras desplegadas,
sobre los lugares que rebosan,
escribo tu nombre.
1 min
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Christian Franco Rodriguez
Sobre la lámpara que se enciende,
sobre la lámpara que se apaga,
sobre mis casas reunidas,
escribo tu nombre.
Sobre el fruto cortado en dos
ante el espejo de mi habitación,
sobre mi cama, cáscara vacía,
escribo tu nombre.
Sobre mi perro glotón y tierno,
sobre sus orejas alzadas,
sobre su pata torpe,
escribo tu nombre.
Sobre el umbral de mi puerta,
sobre los objetos familiares,
sobre la marea de fuego bendito,
escribo tu nombre.
Sobre toda carne entregada,
sobre la frente de mis amigos,
sobre cada mano que se tiende,
escribo tu nombre.
Sobre el cristal de las sorpresas,
sobre los labios bien atentos
por encima del silencio,
escribo tu nombre.
Sobre mis refugios destruidos,
sobre mis faros derrumbados,
sobre los muros de mi hastío,
escribo tu nombre.
Sobre la ausencia sin deseo,
sobre la soledad desnuda,
sobre los pasos de la muerte,
escribo tu nombre.
Sobre la salud que regresa,
sobre el riesgo desaparecido,
sobre la esperanza sin recuerdo,
escribo tu nombre.
Y por el poder de una palabra
reinicio mi vida.
Nací para conocerte,
para nombrarte,
Libertad
